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F. Peres le Vslasco
Octcfcar 1912.
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HISTORIA
DE LA REVOLUCION
DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA.
TOMO CUARTO
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HISTORIA
DE LA REVOLUCION
DE LA
REPÚBLICA DE COLOMBIA
EN LA
AMÉRICA MERIDIONAL,
POR
JOSÉ MANUEL lEITIBPt.
Na dites a la póstente1 que ce qui est digne de la pottérite.
( VOLTAIRK , HUt. o*e Metra U Qrami, Proface. )
No digas á la posteridad sino lo que es digno de la posteridad.
TOMO CUARTO.
BESANZON,
IMPRENTA DE JOSÉ JACQUIN, •
Grande-Rue, n* 1*.
4858.
Di
HISTORIA
DE LA REVOLUCION
DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA
EN LA AMÉRICA MERIDIONAL.
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PARTE TERCERA.
CQHTIWPADA.
CAPÍTULO XII.
Sucre nombrado presidente vitalicio de Bolivia. — Admite la presi-
dencia solo hasta 1828. — El consejo de gobierno del Perú celebra un
tratado de confederación con Bolivia. — - Su» bases. — Se aprueba por el
congreso de Bolivia con modificaciones. — Se desmoralizan las tropas
colombianas en Bolivia. — El capitán Matute se deserta con un escuadrón.
— Pasos que da el gobierno peruano para adoptar la constitución boli-
viana. — Adóptase y Bolivar es nombrado presidente vitalicio. — Partido
republicano que se opone sordamente. — Disgustos con las tropas co-
lombianas. — Santa Cruz y otros Peruanos están opuestos á la nuy a
constitución. — Corrompen a la tercera división auxiliar. — Facilidad
que encuentran ; por qué motivos. — • Se activa y estalla el motin. —
Prisión y maltrato que se da á los jefes. — Acta que acuerdan los ofi-
ciales sublevados. — Movimientos consiguientes en Lima. — Convócase
ft HISTORIA DE COLOMBIA.
un congreso, y se declara insubsistente la constitución boliviana. — Jui-
cio acerca de esta decisión. — Parte oficial de estos sucesos que se da al
gobierno de Colombia. — Regocijo indebido en Bogotá. — Conducta irre-
gular de Santander. — Singular respuesta dada por este á Bustamante,
cabecilla de la rebelión. — El vicepresidente envia al general Antonio
Ohando para mandar las tropas sublevadas; sus instrucciones. — Esco-
bedo comisionado peruano llega á Bogotá. — Cuál es su misión. — Enojo
del Libertador al saber el motin de la tercera división , la fiesta en la ca-
pital y la contestación á Bustamante. — Rompe enteramente con San-
tander. — Procedimientos posteriores de la tercera división. — Persecu-
ciones é insultos en el Perú contra los Colombianos. — La primera
división auxiliar se une á la segunda en Bolivia. — Situación critica de
Sucre. — El gobierno del Perú envia á Colombia la tercera división. —
Miras siniestras que trae. — López Méndez es el director de Bustamante.
— La expedición se divide. — Situación indefensa de Guayaquil. — Una
parte de la tercera división arriba á Manabi. — Planes de los jefes re-
voltosos. — Providencias que dictan las autoridades para frustrarlos. —
Revolución que estalla en Guayaquil. — Lámar es nombrado jefe civil y
militar ; su bipocresía. — Transacción entre las autoridades legitimas y
los facciosos. — Conducta de Lámar y de la municipalidad. — Todo el
departamento sigue la revolución de Guayaquil. — Bustamante ocupa el
Asuay ; sus miras proditorias. — El general Flore/, se opone : él consigue
aprehender á Bustamante y á sus partidarios. — Le envia á Guayaquil, y
Bustamante no cumple sus promesas. — Antonio Obando llega al Ecua-
dor. — Arribo á la costa del batallón Ayacucho, el que se divide. —
Conducta de los revolucionarios y de Ohando. — Flore/ invade á Guaya-
quil y ocupa á Paule. — Opiniones singulares de Obando. — Órdenes
contrarias que recibe del ejecutivo : su regreso á Bogotá. — Lámar es
nombrado presidente del Perú. — Nuevos disturbios en Guayaquil : este
departamento se decide por el sistema federativo. — Divúlgase que Fló-
rez también lo quiere. — Estado de las relaciones exteriores de Colom-
bia. — La república es reconocida por el papa. — Primeros obispos que
nombra. — Terquedad de la España. — Se instala el congreso colombiano
en Tunja. — El vicepresidente hace el juramento constitucional. —
Mensaje que dirige al congreso ; informes de los secretarios de Estado.
— No se admiten las renuncias de Bolívar y de Santander. — órdenes
que este comunica contra la tercera división. — Anuncia el Libertador
su próximo regreso á la capital ; proclama que da en Caracas. — Fuerzas
que le preceden. — Ultimos arreglos que hace en Venezuela. — Se em-
barca para Cartagena. — Leyes importantes que dicta el congreso. —
Pago de intereses de la deuda interior. — Discusiones sobre reforma de
la constitución. — Alarma de los liberales exaltados contra el Libertador.
¿- Proyecto de separación que publica Azuero. — Revolución que iba á
estallar. — Santander es uno de los agitadores principales. — Se con-
voca una convención. — Temores á las tropas que conduce el Liberta-
dor. — Irregularidad de. algunas providencias dictadas por este. — Opo-
sicion decidida que Santander le hace; sus diferentes planes contra
CAPÍTULO XII. 7
Bolívar. — Mensaje que este dirige al congreso. — Presta el juramento
constitucional y se encarga del poder ejecutivo. — Convoca extraordina-
riamente al congreso. — Nombra de nuevo á los secretario» de Estado.
— Personas que á su arribo se ocultan por temores. — Providencias del
Libertador para calmar los partidos, mejorar la administración púhlica y
conseguir buenas elecciones. — El congreso aprueba su conducta y todos
sus actos en Venezuela. — Santander pide que se le juzgue sobre la in-
versión del empréstito. — El congreso termina sus sesiones. — Terre-
moto en las provincias del Centro. — Movimientos de Guayaquil. — Allí
se restablece el orden constitucional. — Operaciones de los guerrillero»
realistas en Venezuela : sus fuerzas. — Pácz los bate y persigue. — Otras
insurrecciones en los departamentos del Orinoco y Maturin. — La de
Cumaná es de mal carácter. — Principian á enardecerse las cuestiones
con el Perú. — Sublevación de algunas tropas colombianas en Bolivia;
se castiga aquel motin promovido por los Peruanos y por los impresos de
Colombia. — Fuerte manifestación de su gobierno contra el peruano. —
El Libertador reforma el ejército. — Escuadra española que cruza sobre
las costas de Venezuela ; nada consigue. — Establece Páez una alta policía.
— Eficaces providencias que dicta para restablecer y asegurar el orden
público en la antigua Venezuela.
Año de 1827. — Después de haber adelantado la narración
de los acontecimientos de Colombia, cúmplenos ahora referir
los del Perú y Bolivia en todo lo que tengan relación con nues-
tro propósito.
Mencionamos ántes que el Libertador presidente habia remi-
tido desde mayo anterior su proyecto de constitución al con-
greso de Bolivia. Adoptóse este haciéndole solamente ligeras
alteraciones. En consecuencia casi la totalidad de los colegios
electorales de la nueva República votaron en favor del gran
mariscal de Ayacucho, Antonio José Sucre, para presidente
vitalicio, y el congreso le nombró por unanimidad de sufragios
para tan alta magistratura. Esta elección fué acogida y cele-
brada por todos los pueblos de Bolivia como un fausto aconte*
cimiento. La administración de Sucre en aquella República ha-
bia sido activa, justa é ilustrada, por cuyos poderosos motivos
se habia adquirido el amor, respeto y consideración de los Bo-
livianos.
A pesar de esto no se ocultaba á la penetración de Sucre que
el terreno sobre el cual se habia construido el edificio de Al
presidencia vitalicia, era deleznable, y resbaladizo el camino
por donde andaba, y tenia pueblos limítrofes ó cercanos que
profesaban con entusiasmo los principios democráticos y repu-
8 HISTORIA DE COLOMBIA.
bl i canos de que alternen todas las magistraturas. No admite,
pues, el destino de presidente vitalicio, y solo se compromete
á servirlo hasta 1828, en que se reuniera el primer congreso
ordinario. En vano el constituyente que le habia elegido, le
insta que acepte sin condición alguna, y aun ocurre al Liber-
tador rogándole que interponga sus respectos con el gran ma-
riscal de Ayacucho para que admita pura y simplemente la
presidencia constitucional y vitalicia de Bolivia. Sucre se man-
tiene firme en su propósito, conducta que honra sobre manera
sus talentos, previsión y desprendimiento.
Por este mismo tiempo el consejo de gobierno del Perú, com-
puesto de don Andrés Santa Cruz como presidente, don José de
Larrea y Loredo ministro de hacienda, don Tomas Hérez de
guerra y marina , y don José María Pando de relaciones exte-
riores y del interior, dieron un paso avanzado para establecer
la gran confederación de la América del Sur, que habian proyec-
tado de acuerdo con el Libertador en los últimos meses de su
residencia en Lima. Habiendo reconocido á la República boli-
viana , enviaron á Ghuquisaca á don Ignacio Ortiz de Ceballos
en calidad de ministro plenipotenciario. Uno de los objetos de
su misión era felicitar á la nueva República por su entrada en
la familia de las naciones americanas. Tenia, sin embargo, la
comisión especial é instrucciones detalladas para celebrar un
tratado de federación entre las Repúblicas del Perú y Bolivia.
Como tal idea habia sido discutida de antemano, el gobierno
de Bolivia nombró inmediatamente á su secretario de relaciones
exteriores coronel don Facundo Infante y al doctor don Manuel
Urcullu de plenipotenciarios para negociar el tratado de confe-
deración. Ajustóse en 15 de noviembre anterior, y sus princi-
pales disposiciones eran : formar una liga entre las Repúblicas
del Perú y Bolivia denominada Federación Boliviana; designar
para su primer jefe supremo vitalicio al Libertador Simón Bolí-
var; establecer un congreso compuesto de nueve diputados que
enviaría cada uno de los Estados de la Federación, los que se
reunirían la primera vez en el lugar que designara el Liberta- e
dor, y tendrían dos meses de sesiones anuales. Tocaba al con-
greso determinar la parte de gastos, tropas, etc., con que debia
contribuir cada Estado; decretar la guerra; aprobar y reprobar
los tratados públicos, y hacer todas las demás leyes convenien-
tes para la organización y ejercicio de las atribuciones que
4.
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CAPÍTULO XII. 9
focaban á los altos poderes. Concedías*; también al jefe supremo
la facultad de nombrar su sucesor. Este tratado era, en mayor
escala, el mismo proyecto de constitución que diera el Liberta-
dor para Bolivia.
Decíase en el artículo 15 : « Ratificados que sean estos trata-
dos por los gobiernos del Peni y Bolivia, nombrarán estos mi-
nistros plenipotenciarios cerca del gobierno de Colombia para
negociar la accesión de aquella República al presente pacto de
federación; y en caso que por parte de dicha República se pro-
pongan algunas alteraciones ó modificaciones que no varíen la
esencia de este tratado, se procederá sin embargo á la instala-
ción del congreso federal : de cuya atribución será arreglar defi-
nitivamente estas bases, con tal que el número de diputados
sea numéricamente igual, y que el Libertador sea el primer
jefe supremo de la Federación, y desempeñe por sí las atribu-
ciones que le son concedidas. » Mientras que se obtenía la ac-
cesión de Colombia debia quedar en suspenso dicho tratado.
Presentóse al congreso constituyente de Bolma para que lo
aprobara, y una comisión presidida por el doctor Casimiro
Planeta propuso modificaciones importantes. Las principales
eran : Ia que muerto el Libertador las Repúblicas confederadas
quedarían en libertad para continuar ó no en la federación;
2* que esta no tendría efecto en el caso en que no accediera
Colombia.
Hacia la misma época se habían desmoralizado un poco las
tropas auxiliares de Colombia residentes en Bolivia, tanto por
la distancia del gobierno que les comunicaba órdenes, como
por otros motivos. Consecuencia de esto fué la sublevación
ocurrida en Cochabamba el i A de noviembre de un escuadrón
del regimiento colombiano de Granaderos á caballo, compuesto
de ciento ochenta hombres. El oficial Domingo Matute fué el
seductor, quien pretendiera colorir su infame acción con el ro-
paje de amor á la libertad. Dirigióse á la provincia argentina de
Salta; y aunque se les persiguió vivamente, no se pudo batir á
os desertores, que eran jinetes valientes, y porque solamente
os persiguió infantería. Admitidos por el gobernador de Salta,
Arenales, aquellos Granaderos tomaron parte en cuantas revuel-
tas hubo en el país que les habia concedido hospitalidad; por
su valor denodado daban la victoria á cualquiera bando que se
arrimaran ; pero se hicieron célebres por su indisciplina. Vióse
10 HISTORIA DE COLOMBIA.
al fin Arenales en la necesidad de hacer morir en un cadalso
al desertor Matute, que pagó de este modo sus delitos repetidos
contra la subordinación militar: algunos soldados fueron indul-
tados , y tornaron á Bolivia.
Los pasos adelantados que diera esta República en su organi-
zación bajo la presidencia vitalicia de Sucre, empujaron el
proyecto que estaba en planta en el Perú cuando la salida del
Libertador, para establecer la constitución boliviana. Indicamos
ántes que todas las provincias, aun las mas remotas, dieron su
voto afirmativo y de una manera que parecía espontánea y libre
de toda coacción. Gran número de municipalidades y otras cor-
poraciones civiles , militares y eclesiásticas dirigieron tanto a
Bolívar como al consejo de gobierno exposiciones, cuyo objeto
era manifestar la complacencia que sentían por que se fuera á
adoptar la nueva constitución, y lo mucho que esperaban del
Libertador, como su único presidente vitalicio ; en muchas actas
se puso esta restricción importante.
En virtud de tales documentos el consejo de gobierno peruano
dispuso que todas las actas de los colegios electorales se pasáran
á la municipalidad de Lima á fin de que examinando los origi-
nales y confrontándolos con el ejemplar impreso que se le acom-
pañó, manifestára si estaban ó no conformes, y cuál era el
resultado del escrutinio. Verificado este, informó la municipa-
lidad que de las cincuenta y nueve provincias, cincuenta y ocho
habían adoptado la nueva constitución y elegido con entusiasmo
al Libertador por su único presidente vitalicio; pues, solo el
colegio electoral de Tarapacá se abstuvo de emitir su opinión,
diciendo que se consideraba sin bastantes luces para decidir en
un negocio de tamaña gravedad ; pero que se conformaba con
lo que resolviera el gobierno.
Apoyado en este informe el congreso había expedido en 30 de
noviembre anterior un decreto razonado, declarando : « que el
proyecto sometido á la sanción popular era la ley fundamental
del Estado, y que S. E. el Libertador Simón Bolívar era el
presidente vitalicio de la República, bajo el hermoso título de(
Padre y Salvador del Perú , que le dió la gratitud del congreso. »
Eft consecuencia , la nueva constitución se mandó publicar en
Lima con grande pompa y solemnidad el 8 de diciembre, y
jurarse por todas las autoridades civiles, militares y eclesiás-
ticas el 9, aniversario de la célebre jornada de Ayacucho, que
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CAPÍTULO XFI. \\
aseguró para siempre la independencia del Perú. Dispúsose que
sucesivamente se promulgára en todas las provincias, y que se
jurase de igual manera que en la capital. Tan importantes de-
cretos fueron acordados por el presidente del consejo de gobierno
y por los ministros vocales Larrea , Hérez y Pando.
Aunque parecía que todos aquellos actos eran libres y con-
formes á la opinión de la mayoría nacional , habia en el Peni
un partido que los calificaba de tiránicos, ilegales é impuestos
por la fuerza. Se contaban en sus filas hombres distinguidos por
su influjo en el país, que aspiraban á la suprema magistratura
y á los mas altos empleos del gobierno, así como los republi-
canos puros, que apetecían el triunfo completo de los principios
democráticos, á cuya sombra pensaban medrar, adquiriendo
consideración y riquezas. Dedicóse este partido á desacreditar
y hacer odiosos á los Colombianos; especialmente á los de la
tercera división que guarnecían á Lima, y que se tenían como
el mas firme apoyo del gobierno peruano, por su disciplina y
excelente comportamiento. Mas ellos eran auxiliares que ter-
minada la guerra no partian para su tierra. Pintábase esta per-
manencia prolongada mas allá del término de la guerra de
Independencia, como una verdadera opresión al Perú, sin que
valiera para disipar tal cargo que se exageraba por algunos la
consideración de que el mismo consejo de gobierno era el que
insistía en la permanencia de las tropas colombianas, mientras
que la tranquilidad del Perú se afirmaba sobre bases mas
sólidas.
Tales sentimientos de malevolencia iban creciendo rápida-
mente, de modo que no se ocultaron al general en jefe de las
tropas colombianas, quien previendo las funestas consecuencias
que pudieran seguirse , envió á Bogotá el de diciembre al
capitán Miguel Ramírez con pliegos para el secretario de la
guerra. Manifestaba en sus comunicaciones que los habitantes
caracterizaban ya de opresor y enemigo al ejército colombiano;
que todos los que lo componían deseaban con ansia restituirse
al seno de su patria; eu fin, que se comprometía la faina y el
nonor de Colombia entre las demás naciones libres, si sus tro-
pas seguían por mas tiempo ocupando el territorio peruano. *
Apenas habian trascurrido siete dias, cuando acaeció un
suceso harto desagradable. Seis granaderos del batallón Araure
trabaron una riña en la plaza de San Francisco , con mayor
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Í2 HISTORIA DE COLOMBIA.
número de soldados peruanos y del populacho de Lima : aque-
llos dejaron bien asegurada la superioridad y el valor colom-
biano; empero se oyó ea este dia el grito alarmante de « Mue-
ran los Colombianos. » En consecuencia el general Lara pasó
un oficio al ministro de la guerra del consejo de gobierno del
Perú , manifestando la conveniencia y aun necesidad de que el
ejército de Colombia se restituyera á su patria , según lo deseaba;
de este modo desaparecería hasta la mas remota idea de que se
pretendiera tiranizar al Perú ó vulnerar de alguna manera su
independencia ó sus derechos nacionales.
Parece indudable que uno de los que promovian sigilosamente
el partido anticolombiano en Lima, era el mismo general Santa
Cruz. Este hombre, á quien el Libertador había elevado colo-
cándole al frente del gobierno y sacándole de la abyección á
que justamente le había condenado la nación entera por su
miserable conducta en 4823, cuando perdió sin combatir un
ejército de seis mil hombres; este hombre, que después se
unió á la facción de Riva Agüero , que trataba de entregar el
país á los Españoles; este hombre, que habia decretado todos
los actos para sancionar la constitución que establecía la presi-
dencia vitalicia, y para nombrar primer presidente á Bolívar;
este hombre, en fin, que se habia manifestado su amigo y su
admirador, parece que observaba una conducta doble y falaz,
por no llamarla pérfida. Acaso le era insufrible la idea de no
ser presidente del Perú roiéntras viviera el Libertador. Habia
otros Peruanos distinguidos que por iguales motivos ó por su
amor á los principios republicanos, ó porque les parecían ilegí-
timos los actos por medio de los cuales se habia aprobado como
ley fundamental la constitución jurada recientemente, deseaban
que esta se anulára en todas sus partes. Tampoco faltaban ene-
migos declarados del Libertador, que anhelaban por que llegára
el momento de minar su influjo en el Perú. Descollaba entre
estos el prebendado don Francisco Javier de Luna Pizarro, au-
sente en Chile, bien temible en las revueltas políticas por sus
talentos y energía de alma; así como los doctores don Manuel^
de Vidaurre, don Francisco Javier Mariátegui y otros.
• Los jefes de este partido peruano veían que la división colom-
biana estacionada en Lima sería un obstáculo insuperable para
realizar sus proyectos de revolución y desorden , por su disci-
plina y valor, así como por la firmeza de sus jefes; se propu-
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CAPÍTULO XII. 13
sieran, pues, corromperla para lograr sus fines. Los generales
Santa Cruz, Otero y Aparicio, este hijo desnaturalizado de la
Nueva Granada, unidos con don Manuel de Vidaurre, presi-
dente de la suprema corte de justicia, el individuo mas á pro-
pósito para corromper las tropas ; porque se asociaba con toda
clase de gentes, fuera cual fuese su inmoralidad, cualidad en
que él se distinguía. Santa Cruz y Vidaurre eran los hombres
de mas influjo en esta conspiración anticolombiana. El primero
procedía con cautela, y para cubrir mas sus pasos se trasladó
con otro pretexto al pueblo de Chorrillos, desde donde obraba.
Las juntas para acordar los pasos que debian darse, se tenían
en Lima en la casa del comandante colombiano Vicente Pie-
drahita, casado con la antigua marquesa de Castellón. Allá
enviaba Santa Cruz á su edecán Martínez, quien iba oculta-
mente por la noche de Chorrillos á Lima á asistir á las juntas.
Estos agentes poderosos unidos con algunos otros individuos de
ménos consideración lograron por medio de falaces promesas
ganarse al jefe de estado mayor José Bustamante, natural de la
provincia del Socorro en la Nueva Granada. Sedujo este á la
mayor parte de los oficiales subalternos y algunas clases de la
división colombiana que se hallaban disgustados con sus jefes
por la severidad con que sostenían la disciplina militar; otros
se lisonjeaban de que haciendo una revolución podrían perma-
necer por mas tiempo en el Perú, donde gozaban de mayor
sueldo que en su patria y se hallaban muy acomodados. Eran
preferidos en todo á los soldados del Perú, y los oficiales sabían
la miseria que abrumaba á los militares en Colombia, por la
escasez de las rentas públicas , y las pocas consideraciones que
tenían los civiles por el ejército. Tales rumores se habían difun-
dido de intento á fin de hacer mas fácil la corrupción.
La facilidad que halló Bustamante y los que le ayudaron en
la seducción provino de que en la tercera división habia gér-
menes revolucionarios. Por desgracia poco ántes se incorpora-
ron en ella varios oficiales que en Bolivia se habían levantado
contra el general Córdova, que mandaba allí la segunda divi-
sión auxiliar de Colombia. Rota una vez la valla de la disci-
plina militar, aquellos oficiales promovieron el desorden en te
tercera división. El teniente retirado Mariano Castillo habia
querido aprovecharse de tales elementos para insurreccionarla,
promoviendo también la rivalidad, bastante pronunciada en
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44 HISTORIA DE COLOMBIA.
aquella época, entre Granadinos y Venezolanos : quejábanse los
primeros de que la mayor parte de los altos empleos de la
milicia se conferian á los segundos; hecho cierto que provenía
de la antigüedad y pericia de los oficiales de Venezuela en la
guerra de Independencia. De aquí nacia que todos los jefes de
la tercera división eran venezolanos ó extranjeros, y la mayor
parte de los subalternos granadinos. Agriando estas quejas é
irritando el amor propio de los subalternos, consiguieron los
cabecillas esparcir ampliamente el veneno de la corrupción.
£1 pretexto que adoptaron para el motin fué pronunciarse en
favor de la constitución de Colombia, y suponer á sus jefes
enemigos de la misma, para prenderlos y deponerlos violenta-
mente de sus destinos. El proyecto debia realizarse luego que
se aproximára á Lima una división peruana que bajaría de la
Sierra. Mas habiendo el jefe de la conjuración, José Bustamante.,
invitado al segundo comandante del batallón Araure, Pedro
Dorronsoro, á que entrára en la conspiración, este se denegó
muy decididamente hasta por segunda vez, cuya conferencia
tuvo con Bustamante el 25 de enero, á las seis de la tarde, en
la que supo todos los pormenores. Luego que salió Bustamante
de la posada de Dorronsoro, dirigióse á comunicar el resultado
de la entrevista al general peruano Otero, uno de los promove-
dores de aquel motin ; aconséjale este que haga la revolución
aquella misma noche, porque de lo contrario serian descu-
biertos , á pesar de que Dorronsoro habia ofrecido á Bustamante
que á nadie lo comunicaría; por desgracia cumplió su palabra
causando á su patria males inmensos, por ser consecuente con
un criminal á quien no debia guardar consideración alguna.
Bustamante y los conjurados siguen el consejo de Otero. Á
la una de la mañana del 26 de enero sacan de sus cuarteles á
los batallones Vencedor, Rifles, Caracas y Araure, así como al
cuarto escuadrón de húsares de Ayacucho, y los forman en la
plaza mayor de Lima. Al mismo tiempo oficiales y tropa de los
conjurados siguen á prender al general en jefe Jacinto Lara; al
de la división, Arturo Sándes ; á los coroneles y comandantes
de los cuerpos, Parédes, Luque, Portocarrero, Izquierdo y*
Whitle , asi como á otros oficiales subalternos que habian per-
manecido fieles á sus deberes. El golpe se completa, y antes de
amanecer los revolucionarios de Lima son dueños de la divi-
sión colombiana. Esta permanece formada en la plaza hasta las
CAPÍTULO XII. 15
tres y media de la larde, sin cometer acto alguno irregular para
con el pueblo y las autoridades de la capital. Restituyóse á sus
cuarteles bajo el usurpado mando de Bustamante, luego que
este, con el activo y eficaz auxilio de los instigadores del mo-
tín, hubo enviado al Callao á los generales, jefes y oficiales
depuestos. Privóseles de sus equipajes, propiedades, papeles y
asistentes , y se les puso en oscuros calabozos como si fueran
criminales. A los cuatro dias se les embarcó para Colombia en
el bergantín ingles tíucher, entregados á merced de los oficiales
Bravo y Lerzundi, que los trataron indignamente, hasta desem-
barcar en el puerto de la Buenaventura, donde los dejaron en
libertad. En Lima Bustamante y su pandilla se apoderaron de
diez y seis mil pesos en oro, que el general Lara tenia en poder
del comisario Romero, producto de sus recompensas militares,
y se los repartieron, pretextando después haberse gastado en
sostener las tropas colombianas.
£1 auxilio que hallaron los amotinados de la tercera división
para prender y maltratar á sus jefes en las fortalezas del Callao
y para enviarlos á Colombia como reos de Estado, es una prueba
incontestable de que Santa Cruz, presidente del gobierno pe-
ruano, obraba de acuerdo con ellos ; sin que le pueda valer la
disculpa de que se hallaba aquel dia en Chorrillos, ausencia
que fué prevista de intento, á fin de prepararse descargos ; pero
aun se verán otras pruebas de la misma aserción, deducidas de
hechos posteriores.
Los oficiales autores de esta sedición militar (enero 26), se
juntaron el mismo dia en la casa de Bustamante, y á fin de
colorir de algún modo su delito, extendieron un acta que fué
firmada por ochenta y seis subalternos, en la que dijeron :
« Que para manifestar á su gobierno y al mundo entero de un
modo el mas solemne los sentimientos que los habian animado
al deponer del mando á los jefes y oficiales de la división, de
quienes tenían muy graves y fundadas sospechas, se habian
reunido para declarar : que permanecerían enteramente sumi-
sos á la constitución y leyes de Colombia, y profesarían el
«layor respeto al Libertador presidente ; mas, que nunca alte-
rarían de manera alguna su propósito de sostener á todo tranc*
la constitución, contra los violentos é injustos ataques que se
le hacian en diferentes lugares de la República ; ni consentirían
en que se nombrara un dictador ó que se adoptara un código
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itt HISTORIA DE COLOMBIA.
desconocido. » Concluían diciendo, « que hacían esta declara-
ción para dar á conocer sus sentimientos al gobierno colom-
biano, el que podría disponer de sus servicios para sostenerse
contra las pretensiones de todos los innovadores, á cuyo efecto
se le daría cuenta remitiéndole copia del acta por medio de su
nuevo comandante. »
Luego que ven los conspiradores peruanos que el orden pú-
blico no se halla sostenido por la tercera división colombiana,
conmueven al pueblo de Lima, el que pide se restablezca la
antigua constitución y se deponga á los ministros del consejo
de gobierno. Estos son perseguidos, y el general colombiano
Hérez tiene que salvarse acogiéndose á un buque extranjero.
En tales movimientos se distinguió don Manuel de Vidaurre
como insigne revolucionario. Él fué premiado inmediatamente
por Santa Cruz, llamándole el 28 de enero al ministerio del
interior y relaciones exteriores ; el general don Juan Salazar
ocupó el de guerra y marina, y al de hacienda Larrea y Loredo
no se le admitió la dimisión que hizo.
Santa Cruz, dirigido por Vidaurre é impelido por sus ambi-
ciosos deseos de mando, expide en el mismo dia (enero 28) un
decreto convocando un congreso constituyente que debia reu-
nirse el 4o de mayo próximo, á fin de que decidiera la consti-
tución que habia de regir y nombrára presidente y vicepresi-
dente de la República peruana. Así fué que apoyado en la peti-
ción tumultuaria de una parte del pueblo de Lima, decidió que
habia sido ilegítima la elección de Bolívar para presidente, y la
sanción que se habia dado á las nuevas leyes fundamentales,
juradas ya en todas ó en la mayor parte de las provincias del
Perú. Este singular decreto se publicó al mismo tiempo que
una miserable proclama de Santa Cruz, obra conocida de Vi-
daurre, en la que decia : a El gobierno no puede consentir en
que se crea que pudo tener la mas pequeña connivencia en la
coacción, porque es el garante de la libertad nacional y de su
absoluta independencia. » No creemos que hubiera fuerza al-
guna para que los colegios electorales aprobáran la constitu-
ción boliviana; mas si existió la coacción en algún punto, ¿no*
emanaron todos los actos para adoptar aquella constitución del
mismo Santa Cruz como presidente del consejo de gobierno?
Publicar esta declaratoria á la faz de la nación peruana era
negar sus actos anteriores, que todo el mundo conocía.
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CAPÍTULO XII.
Para colorir de algún modo las disposiciones que daba el pre-
sidente del consejo de gobierno, se hizo decir pocos dias después
á los individuos que habian compuesto el colegio electoral de
Lima, « que aprobáran por la violencia el proyecto de constitu-
ción boliviana ; pues al efecto se les encerró en la casa de la
universidad rodeados de tropas; corrompiendo á unos con da-
divas aéreas y á otros con amenazas. » Esta revelación puede
ser verdadera; mas en buena crítica no merece crédito, por
haber sido hecha en momentos en que las calumnias contra el
gobierno del Libertador y contra los Colombianos estaban á la
órden del dia.
Otro grave defecto de que adolecían las providencias de Santa
Cruz era, hacer en dos dias tan grandes variaciones en el sis-
tema político de una República; esta no es la manera circuns-
pecta con que proceden los hombres de Estado en el gobierno
de los pueblos. Es muy probable que Santa Cruz hubiera pen-
sado de antemano sobre la materia , y que su actual conducta
haya sido trazada ántes de aquellos dias , y acordada acaso con
su nuevo ministro Vidaurre (*).
No queremos hacer cargos injustos y apasionados al general
Santa Cruz, y este pudiera alegar, que el mismo Libertador en
su carta escrita desde Popayan el 26 de octubre le dijo : a Yo
aconsejo á Uds. que se abandonen al torrente de los sentimien-
tos patrios; y que en lugar de dejarse sacrificar por la oposi-
ción, se pongan Uds. á su cabeza; y en lugar de planes ameri-
canos, adopten Uds. designios puramente peruanos; digo mas,
— designios exclusivos al bien del Perú. No concibo nada que
llene ámpliamente este pensamiento. Mas es de mi deber y con-
viene á mi gloria aconsejarlo. » — Si Santa Cruz habia adoptado
esta idea, debió hacerlo franca y lealmente. En dicha hipótesis,
su primer acto parece que debía ser enviar á Colombia las tro-
pas auxiliares, pues en la misma carta el Libertador le dijo que
las mandára á su país — « luego al punto que embarazáran ó
perjudicaran al Perú. » Hecho esto debiera haber convocado
la representación nacional del Perú para que decidiese libre-
mente sobre las instituciones mas convenientes al país. ¿ Por
qué motivo proceder, pues, con insidias, conjuraciones y mot^
nes militares á un acto que estaba dentro de las facultades del
(1) Véase la nota 1*.
tomo iv. i
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18
HISTORIA DE COLOMBIA.
presidente del consejo de gobierno del Perú? ¿Por qué incitar á
las tropas auxiliares á conculcar la disciplina militar?... Pudié-
ramos proseguir haciendo preguntas, pero aun nos falta referir
hechos que suministran argumentos poderosos contra la ex-
traña é ingrata conducta de los gobernantes del Perú en aquella
época (*).
El gobierno peruano avisó inmediatamente al de Colombia el
movimiento de la tercera división, culpando al general Lara, á
quien dijo haber avisado las noticias que tenia del motin que
se proyectaba; aseguraba también que Lara no las habia creído
por el honor de sus banderas (2). Vidaurre manifestaba que la
división colombiana habia conservado su disciplina y que se iban
á acantonar los batallones fuera de Lima ; lo que se ejecutó si-
tuándolos en Bellavista y la Magdalena. Decia igualmente que
se enviase un oficial general que se hiciera cargo del mando y
condujera las tropas á los lugares que designára el ejecutivo de
la República. Terminaba su nota indicando como una medida
prudente, que no se desaprobára el hecho ni se exasperase á los
oficiales de la tercera división, por los males que podían causar
al Perú y á Colombia. *
Casi á un mismo tiempo recibió en Bogotá el poder ejecutivo
esta nota, el acta de los amotinados, un oficio de Bustamante y
otro del encargado de negocios de la República del Perú , Cris-
toval Armero, cuyas fechas alcanzaban hasta 29 de enero. Con-
dujeron tales documentos los oficiales José Ramón Bravo y
Agustín Lerzundi , que tanto habían maltratado á los generales
Lara y Sándes , y á los demás jefes que trajeron presos hasta
Buenaventura. Desde el momento en que se divulgaron las no-
(t) Á pesar de los fuertes cargos emanados de los hechos que acabamos
de hacer al general Santa Cruz, hubo testigos presenciales y capaces de
juzgar rectamente sobre los sucesos ocurridos en Lima en aquella época,
como el general Tomas Hérez , que dijeran que Santa Cruz no hizo mas
que ceder á las circunstancias de aquel tiempo calamitoso. Confesamos
franca y lealmente que no somos de esta opinión ; pero exponemos la con-
traria porque amamos la imparcialidad histórica y no queremos hacer car-
gos injustos. £1 lector decidirá en vista de los hechos , y celebraríamos
tener otras convicciones para justificar á Santa Cruz , uno de los hombres
domínenles en la revolución de la América del Sur, á la que hizo servicios
muy distinguidos, y cuyo nombre quisiéramos hallar sin manchas que em-
pañaran su reputación.
•(2) Véase la nota 2».
t
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r.APÍTULO XII.
tieiaa, el partido exaltado y enemigo del Libertador, á cuya
cabeza estaba el vicepresidente general Santander, prorumpió
en la mas loca alegría. Repiques de campanas , cohetes, músi-
cas , alboroto y vivas continuados á la tercera división y á sus
oficiales, al congreso , al vicepresidente y al Perú, ocuparon la
tarde y gran parte de la noche de aquel dia (marzo 9). El mismo
vicepresidente acompañó por la noche á una música seguida
de numeroso concurso del pueblo, la que recorría la calle prin-
cipal nombrada del Comercio ; acción indigna del alto puesto
que ocupaba y de la circunspección que él exigía para no dar
la última herida mortal á la disciplina y á la moralidad del
ejército, que desde entonces quedaron completamente destrui-
das. Los hombres pensadores , sensatos é imparciales de la ca-
pital , que eran numerosos , condenaron aquella fiesta como
impolítica, inmoral y escandalosa, pues santificaba una rebelión
militar.
Emanaba semejante alegría de las esperanzas que concibieron
los exaltados republicanos y los enemigos del Libertador, de
que habiendo este perdido con el motin de la tercera división
una de las basas de su poder, que existia en el Peni y en el
ejército colombiano , podrían al fin derrocarle , desacreditando
todos sus actos y oponiéndole las bayonetas de una parte del
mismo ejército. Como llevaran adelante las pasiones y el sis-
tema de su partido político, nada les importaba la guerra civil
que preparaban con aquella insensata conducta.
De ningún modo participaban de estas ideas los secretarios
de Estado del poder ejecutivo. Pero deseando no exasperar á la
tercera división, que podia hacer males muy grandes al Perú y
á Colombia, cometieron una falta grave, permitiendo que el ge-
neral Santander dictára la contestación á Bustamante , conce-
bida en términos que hicieron poco honor á la administración
de que eran parte (marzo Í5). Decia el oficio firmado por el se-
cretario de la guerra, que el ejecutivo habia considerado muy
detenidamente el acta del 20 de enero y los demás documentos
que la acompañaban ; que si atendiera solo á los principios le-
gales que prohiben deliberará la fuerza armad a, debería impro-
bar el movimiento de los oficiales de la tercera división qu*j
prendieron y separaron á sus jefes nombrados por el gobierno
colombiano. Mas , que atendiendo á las circunstancias y al ob-
jeto, se disminuía la gravedad de aquellos hechos.
a
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20 HISTORIA DE COLOMBIA.
Entraba después á analizar lo que entendía por estas cir-
cunstancias , y las hacía consistir en que ántes se ejecutaron
muchos pronunciamientos que habian quedado impunes, « El
gobierno, añadía, considera detenidamente estas circunstancias
y halla en su conciencia , que el honor de un oficial ligado con
juramentos solemnes á las leyes de su patria, y penetrado del
fuego santo de la libertad , el temor de ver perdidas para la Re-
pública en esta época de disturbios, unas fuerzas tan preciosas,
y la distancia que las separaba del gobierno colombiano , eran
estímulos muy poderosos para emitir sus opiniones y dar un
dia de consuelo á esta misma patria, afligida en extremo por los
sucesos que han lamentado junto con el gobierno todos los buenos
patriotas. » Aludían estos pasajes al pronunciamiento de Páez
y al olvido absoluto que decretara el Libertador en Venezuela.
Bajo de este mismo plan continuaba excusando el motín de
la tercera división, diciendo á Bustamante , que si probase las
sospechas que indicaba de que sus jefes coadyuvaban á desqui-
ciar las bases de nuestra constitución, léjos de improbar la con-
ducta de la oficialidad de la división , el gobierno consideraría
á esta y á las tropas, como que « han añadido á las coronas de
laureles que tan heroicamente han ganado en los campos de
batalla, la corona cívica que corresponde á los ciudadanos que
salvan las libertades nacionales. » En seguida manifestaba
cuánto era lo que el gobierno colombiano apreciaba la irrefra-
gable prueba que acababa de recibir de las virtudes é incorrup-
tibilidad de las tropas auxiliares del Perú estacionadas en Lima.
Prometía á Bustamante que ellas correrían la misma suerte que
tocara al ejecutivo nacional, como que se le habia unido estre-
chamente ; en fin , que á su tiempo les distribuiría las justas
recompensas , manifestando á la oficialidad y tropa que sabía
estimar sus servicios , su constancia y fidelidad; encargándoles
que observáran la mas rígida disciplina. Esto mismo dijo á
Bustamante por una carta confidencial.
Era necesario enviar prontamente á Lima un jefe que man-
dara las tropas colombianas insurreccionadas en aquella capi-
tal, y el vicepresidente escogió al general Antonio Obando. Nt-
s«s talentos, ni su prestigio militar le hacían á propósito para
mandar á los vencedores en Ayacucho; así, aun cuando por
otra parte, su adhesión y obediencia al gobierno prestáran á este
suficientes garantías, la elección fué desacertada.
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tap/tilo XI!. 21
Entregóse al general Obando un despacho ascendiendo á
José Buslamante á coronel efectivo de infantería, y se le orde-
naba en un oficio reservado, que le diera cumplimiento en uno
de dos casos : primero, si de los informes que toraára resultaba
que los oficiales de la tercera división habían tenido motivos
fundados para hacer el pronunciamiento del 26 de enero ; y
segundo, si observaba que podia causar perjuicios i la disci-
plina militar la falta de alguna manifestación de parte del
gobierno colombiano en favor de Bustamante. En los mismos
casos dispuso el vicepresidente que diera Obando un grado á
cada uno de los oficiales que mas se hubieran distinguido en
promover y ejecutar el expresado pronunciamiento. Con seme-
jantes medidas se santificaban los atentados cometidos por los
oficiales de la tercera división, y se echaban por tierra los se-
veros principios de obediencia en que se apoya la disciplina
militar.
Por este mismo tiempo llegó á Bogotá el coronel Escobedo,
comisionado por el consejo de gobierno del Perú para llevar al
Libertador la nueva constitución de aquella República, las actas
por las cuales habia sido nombrado presidente vitalicio, los do-
cumentos en que constaba haberse jurado la expresada consti-
tución y las medallas acuñadas en honor de Bolívar, para ates-
tiguar y celebrar aquellos grandes actos. Habiendo sufrido una
enfermedad en el camino, Escobedo arribó á la capital, al
tiempo que eran públicas las novedades ocurridas en el go-
bierno del Perú, á consecuencia del motin de la tercera divi-
sión. Á pesar de esto el coronel Escobedo sigue hácia Caracas ;
pero regresó en breve, cuando supo que Arequipa y otras ciu-
dades habían hecho pronunciamientos en el mismo sentido
que el de Lima. Por consiguiente, el Libertador jamas recibió
los despachos, medallas y demás documentos que conducía
dicho comisionado, que se volvió á su país, después de haber
vendido en Bogotá las medallas de oro.
Las importantes noticias del motin de la división colombiana
estacionada en Lima y las consecuentes novedades ocurridas en
ti gobierno del Perú, se comunicaron oficialmente «al Liberta-
dor, á quien tanto interesaban. Súpose por el oficial conducto*
que las habia leido sin alteración alguna, y que dijo : « Co-
lombia solo ha perdido una división de tropas ; pero la Repú-
blica peruana volverá á sumirse en la anarquía de que la
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22 HISTORIA DE COLOMBIA.
habian sacado mis esfuerzos y los' del ejército colombiano. »
Empero lo que no pudo sufrir Bolívar sin la indignación mas
profunda, fué la fiesta hecha en Bogotá con motivo de los
sucesos del 26 de enero, y la concurrencia á ella del vicepresi-
dente de la República. A tan justo sentimiento se añadió el
asombro, al recibir la contestación á Bustamante arriba men-
cionada. No podia concebir cómo el jefe actual del gobierno de
Colombia se dejára arrastrar á tal exceso por sus pasiones, que
aprobára y aun santificara la mas escandalosa violación de la
disciplina militar, sin la cual jamas puede haber órden ni tran-
quilidad en los Estados. Las observaciones que sobre dichos
actos mandó insertar el presidente en el Reconciliador, su pa-
pel oficial, al paso que abundaban en exactos raciocinios, eran
las mas fuertes contra la conducta del vicepresidente y sus par-
tidarios en aquellas circunstancias.
Bajo del mismo plan estaba calcada la contestación que dio
al jefe del gobierno sobre el oficio dirigido á Bustamante. Des-
pués de pintar con enérgicos colores la enormidad del crimen
cometido por este oficial y sus coasociados, descendía el secre-
tario general á manifestar cuánta era la pena del Libertador
al oir la aprobación que el poder ejecutivo habia dado á tan
nefando delito, y que hubiese considerado á sus autores como
dignos de la corona cívica ; al observar que solo sentia no tener
datos seguros para distribuirles recompensas ; al meditar con
asombro esta inesperada prueba de la decadencia que sufría la
moral del gobierno de la nación ; al ver finalmente que la glo-
ria ántes adquirida por el ejército de Colombia, en los campos
del Perú, habia quedado cubierta de indeleble infamia por los
hechos escandalosos de Bustamante y de sus cómplices.
Data de estos sucesos el rompimiento entre Bolívar y San-
tander, que fué absoluto, y jamas volvieron á tener coneccio-
nes. Es cierto que el primero, después de dar los mencionados
ataques oficiales, no los volvió á repetir. El alma grande y
franca del Libertador se desdeñaba de ocuparse en escribir ar-
tículos de periódicos, y en otras arterías que eran el elemento
del general Santander. Habia mucho tiempo que este empleaba"
fon placer gran parte de su tiempo en redactar artículos para
la Gaceta de Colombia y para otros periódicos. Apénas habia
alguno de ellos en que directa ó indirectamente no atacara al
Libertador, á quien debia tan distinguidos servicios y una sin-
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( APÍrtio xu. 23
cera amistad ; también excitaba á otros escritores de su partido
á que hicieran lo mismo. Esta conducta no era noble, y mu-
chos la tachaban con razón de ingratitud. *
xM i entras en Colombia ocurrían estos sucesos originados del
motin de la tercera división, en el Perú y en los departamen-
tos meridionales de la República se agolpaban los aconteci-
mientos producidos por la misma causa. Vamos á referirlos
trasladándonos de nuevo á Lima.
Á los cinco dias después de la insurrección de Bustamante y
socios, salieron las tropas colombianas de aquella capital, á
situarse en los puntos de Bellavista y la Magdalena. Antes de
marchar juraron á presencia del agente acreditado de Colombia
en el Perú, Cristóval Armero, la constitución de la República
y la obediencia á su gobierno. Este juramento se prestó por los
cuerpos con el mayor entusiasmo, manifestando en el acto un
espíritu nacional bien pronunciado. Desde ántes habia dicho
oficialmente el comandante interino al gobierno del Perú, que
lo reconocía como á tal, y que las tropas de su mando perma-
necían en la misma calidad y con los deberes de auxiliares que
cumplirían religiosamente. Al hacer esta declaración pedia
Bustamante que el gobierno peruano continuára asistiéndolas
con todo lo necesario, y que le comunicara las órdenes que á
bien tuviera. La contestación del secretario de la guerra fué,
que su gobierno asistiría á la tercera división auxiliar con todo
lo que necesitase para su subsistencia y comodidad, miéntras que
su conducta se conservára digna de los hijos de Colombia. Bus-
tamante tuvo la firmeza necesaria para mantener en las tropas
la disciplina militar, sin embargo del funesto ejemplo que él
mismo y los demás subalternos habían dado en contrario. Fruto
de este sin duda fué la revolución que algunos cabos y sarjen-
tos en número de catorce, pretendieron hacerle en el mes de
febrero. Mas descubiertos se les aprehendió, y algunos de ellos
fueron pasados por las armas. Á la par de este ejemplo de se-
veridad, Bustamante dio otro que alentaba al crimen : tal fué
el haber ascendido á oficiales á veinte y nueve sarjentos de los
^jue mas se distinguieron en el motin del 26 de enero; medida
que plagaba á la división con subalternos insubordinados, fue»
de los muchos que por su desgracia tenia ya en su seno.
En tanto que la tercera división colombiana permanecía
acantonada en la Magdalena, llegó de guarnición á la capital
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2 i HISTORIA DE COLOMBIA.
un cuerpo de mil quinientos Peruanos, el que ántes se hallaba
estacionado en el valle de Jauja.
En estos mismos dias se ocupaban las prensas de Lima en
hacer publicaciones las mas virulentas contra los Colombianos
y contra Bolívar. Espíritus mezquinos y almas bajas no podían
soportar las glorias adquiridas por Colombia y por su Liberta-
dor, asegurando para siempre la independencia del Perú. Los
eminentes servicios prestados generosamente por Colombia y
por Bolívar, cuyos nombres habían sido respetados por los Pe-
ruanos, querían entónces cubrirse de baldón por muchos in-
gratos que, libres ya de los Españoles por nuestros esfuerzos
combinados, solo pensaban en atrapar el poder sin reparar en
los medios. Apénas puede creerse que don José María Pando,
ministro que había sido del Libertador y su consejero íntimo,
fuese ahora uno de los mas ardientes promovedores de las
censuras y aun calumnias contra Bolívar; parece que con esta
baja é innoble conducta quería congraciarse con el partido que
ejercía el poder.
Santa Cruz y Vidaurre, Otero, Aparicio y Maríategui eran
los mas activos sostenedores de este sistema, que contenia los
principios de una chocante inmoralidad é ingratitud. Con tal
ejemplo en casi todos los puntos del Perú donde existían algu-
nos Colombianos, se levantó una recia persecución contra ellos,
que excitó quejas y enérgicas reclamaciones al gobierno pe-
ruano por tales agravios ; tuvo este que dar órdenes para que
cesaran tan indebidos procedimientos.
Á consecuencia de las amargas censuras y de la persecución
que se habían suscitado contra los Colombianos, la primera
división colombiana, que tenia sus estancias en Arequipa, com-
puesta del batallón Pichincha y de un escuadrón de húsares
al mando del general Figueredo, salió de aquella ciudad con
dirección al Puno, á fin de ponerse bajo la autoridad del gene-
ral Sucre. El gobierno del Perú habia dispuesto que se embar-
cara inmediatamente para Guayaquil, y lo mismo quería Sucre;
sin embargo Figueredo se denegó á cumplir aquella disposi-
ción, creyendo que era un lanzamiento ignominioso ó inmere-*
cido el que se hacía con las tropas de su mando. En conse-
cuencia el gobierno peruano dispuso en 27 de febrero que no
se les dieran ningunos auxilios ; tuvieron que exigirlos por la
fuerza en el Puno y en su tránsito hasta el Desaguadero. Ha-
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CAPÍTULO XII. V¿
biéndolo pasado, se unieron dichos cuerpos á la segunda di-
visión que existia en la Paz y en otros puntos de Bolivia.
Sucre determinó entonces enviar á Colombia el batallón Aya-
cucho, en lugar de Pichincha, que retuvo en aquella Repú-
blica.
Después del motin militar de la tercera división en Lima, y
del cambiamiento acaecido en el sistema político del Perú y en
las opiniones de muchos Peruanos, la posición del general Su-
cre como presidente vitalicio de Bolivia, vino á ser muy crítica.
El gobierno de Buenos Aires no quería reconocer á la República
de Bolivfa, miéntras hubiera en ella tropas colombianas. Los
gobernantes del Perú y los corifeos del nuevo partido que allí
dominaba, tenían la mayor desconfianza de Sucre por ser Co-
lombiano y amigo íntimo del Libertador; desde entónces pre-
veían que este sería altamente sensible á los agravios que se le
irrogaban. Así, no perdieron tiempo en dirigir á Bolivia agen-
tes secretos que promovieran el descontento y las revoluciones
en esta República, sobre todo entre los soldados colombianos
que allí moraban. El presidente Sucre, que era justamente
querido, dictó las providencias mas eficaces para desvanecer
tan infernales proyectos : dejó también su capital trasladándose
á la Paz á fin de hallarse mas cercano al territorio del Perú, de
donde se atizaba el fuego de la discordia civil. Por tales medios
consiguió mantener la tranquilidad de los pueblos de Bolivia
por algún tiempo mas.
Los tiros del partido desorganizador que se había levantado
en Lima, se dirigían principalmente contra Colombia. El pre-
sidente del consejo de gobierno Santa Cruz y sus ministros
Vidaurre y Salazar, auxiliados por los generales Otero, Aparicio
y otros, se dedican á ganar la confianza del intruso comandante
de la tercera división á fin de que haga lo que ellos quieran.
En efecto lo consiguen á su placer, y luego que le consideran
como un instrumento dócil entre sus manos, conciben proyec-
tos inicuos de desmembrar i Colombia ó por lo ménos de revo-
lucionar sus departamentos meridionales.
* El primer paso que dieron fué sugerir á Bustamante la idea
de que regresára inmediatamente á Colombia. No detuvo 4
Santa Cruz ni á sus ministros la consideración de que en 3t
de enero habían dicho de oficio al gobierno colombiano, que
enviara un oficial general de su confianza, que sacase del Perú
t
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26 HISTORIA OE COLOMBIA.
la división. Después de repetidas instancias Bustamante pasó
al ministro de la guerra Salazar un oficio avisándole en 4 de
marzo, que habia resuelto trasladarse con la división á Guaya-
quil para que situándose allí ó en cualquiera otro punto que
fuera conveniente, dedicára sus servicios en favor del congreso
nacional y de la constitución de su patria. Pedia trasportes para
dos mil cuatrocientos hombres, víveres, y dos buques peruanos
de guerra que convoyasen la expedición, á fin de que tuviera
seguridad (i).
Esta proposición fué acogida con entusiasmo por el gobierno
del Perú. Él manda. preparar los trasportes, las provisiones,
los vestuarios y el dinero para los ajustamientos del prest de la
división, que ascendían á mas de doscientos mil pesos. No se
detiene en los males que podia causar á su benefactora envián-
dole tropas que habían conculcado la disciplina militar; tam-
poco en la falta de órdenes del gobierno colombiano para el
regreso, ni en que se le habia dicho que enviase un oficial
general que condujera á su patria las tropas auxiliares. Tan
importantes consideraciones, debidas entre dos pueblos y go-
biernos aliados y unidos estrechamente, no detienen al Pe-
ruano. Todo lo sacrifica á miras del momento y á planes ambi-
ciosos, que acaso existieron, basados en la desorganización de
Colombia. Y no solamente se deja de dar aviso á su gobierno
del regreso de la tercera división, sino que se impide que el
ejecutivo de nuestra República pueda recibir noticias de la
proyectada invasión. Ciérrase el puerto del Callao, y no se
permite que salga ninguna embarcación capaz de excitar alarma
y que se hicieran preparativos de defensa en las costas de Co-
lombia; aun el mismo agente de la República en Lima ignora
el proyectado regreso de las tropas auxiliares hasta el 13 de
marzo, prueba clara de que se guardó una grande reserva.
Añadióse á este procedimiento sigiloso, que entre tanto
todos los oficiales colombianos que llegaban al puerto del Callao
iban presos á bordo de la fragata Protector, y se les trataba
como si fueran de una nación que estuviera en guerra con^
el Perú. Esto sucedió con los coroneles Luis Urdaneta y Antonio
tfe la Guerra, enviados de Guayaquil en comisiones importan-
tes del servicio público, el primero á Lima y el segundo á Bo-
(1) Véase la nota
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<:apítuu> xii. 27
liria; ninguno de ellos pudo cumplir sus encargos por los
embarazos que les puso el gobierno del Peni, dirigidos á que
no se frustrara el envío de la tercera división, y á que esta
hallara desprevenidas á las autoridades colombianas del sur de
la República.
Descubrióse la trama, porque habiendo sabido el agente de
Colombia en Lima señor Armero la próxima partida de la di-
visión con destino á Guayaquil, reclamó enérgicamente un pro-
cedimiento tan contrario á los intereses de los departamentos
meridionales. Entónces ya no pudo ménos el gobierno del Perú
que permitir á Armero el envío de un buque á Guayaquil; sin
embargo este no se hizo á la vela basta el 18 de marzo, porque
soldados colombianos y peruanos, puestos á bordo de la goleta
Olmedo , impidieron que esta zampara ántes ; por consiguiente
el mensajero capitán Urbina no pudo salir del Callao, sino la
noche anterior al dia en que se hizo á la vela toda la expedi-
ción colombiana. Al siguiente zarparon del mismo puerto los
coroneles Urdaneta y Guerra ; todos consiguieron arribará Guaya-
quil ántes que la tercera división.
Cuáles fueran los proyectos que se propusieran los gobernan-
tes del Perú con el envío furtivo de la expresada división á las
costas meridionales de Colombia, no se pudo averiguar con evi-
dencia en aquella época. Aseguróse por Bustamante á nuestro
agente en Lima, y después en una declaración jurada que dió
en el Ecuador, que se le habia ofrecido una gran suma por que
agregára al Peni el departamento de Guayaquil codiciado por
aquel gobierno. Aunque Bustamante se retractára después de
tal aserción , hízolo cuando mendigaba un asilo en Lima por
habérsele expelido de su país, y en tales circunstancias su re-
tractación no merece crédito. El coronel Urdaneta , el coman-
dante Guerra y el capitán Urbina supieron en el Callao , por
haberlo oidoá nuestro agente Armero, así como al coronel Juan
Francisco Elizabelde y al comandante Camilo Peña , que perte-
necían á la tercera división colombiana, y se hallaban inicia-
dos en todos los secretos relativos á la expedición , que los de-
signios de sus conductores eran : desembarcar en dos columnas
para ocupar á Guayaquil y al Asuay, lo mismo que al Ecuador
y á Pasto hasta el rio Juanambú; deponer á todas las autorida-
des, nombrando otras el cabecilla Bustamante; expeler fuera
del país á los jefes , oficiales y empleados que no fueran de su
28 HISTORIA DB COLOMBIA.
agrado, y convocar después un congreso de representantes de
los tres departamentos del sur, para segregados de Colombia y
unirlos al Perú. Todo esto debia ejecutarse bajo el pretexto de
sostener la constitución colombiana. Los mismos jefes de la
tercera división dijeron , que ellos obraban de acuerdo con el
general Santa Cruz, presidente del consejo de gobierno peruano.
Lo prueban casi hasta la evidencia todos los hechos que hemos
referido anteriormente , cuando narramos el motín del 26 de
enero ; la cerradura del puerto del Callao para que las autori-
dades colombianas del sur no pudieran saber la próxima inva-
sión (O ; la prisión de los jefes y oficiales de Colombia que lle-
gaban al Callao; la facultad que tuvo Bustamante de poner
soldados á bordo de la goleta Olmedo para impedir su viaje á
Guayaquil, permitido en apariencia por el gobierno de Santa
Cruz; en fin, el haber provisto á la tercera división de pertre-
chos y de otros artículos militares para hacer la guerra á su
patria en caso necesario.
El presidente Santa Cruz influyó también eficazmente para
dar á Bustamante un hombre que le aconsejara en los casos
arduos. Era este el antiguo ministro de Venezuela en Lóndres
don Luis López Méndez , quien habia ido á Lima en busca del
Libertador. Después de haber recibido de Bolívar atenciones y
aun dinero , se convirtió en uno de sus mas violentos detrac-
tores. Él habia perdido mucha parte de su razón y estaba me-
dio loco. Sin embargo, se dijo entonces por los mismos jefes de
la tercera división, que López Méndez venia designado para
jefe superior de los tres departamentos del sur, luego que los fac-
ciosos se hubieran enseñoreado de ellos, y depuesto á las auto-
ridades nombradas por el ejecutivo de la República.
El gobierno peruano franqueó el bergantín de guerra Con-
greso, bajo de cuyo convoy zarpára del Callao la expedición el
49 de marzo al amanecer. Componíase de cuatro trasportes que
conducían á su bordo los batallones Rifles, Vencedor, Araure y
Carácas, junto con el cuarto escuadrón de húsares, en número
o
^(1) El ministro peruano se disculpó diciendo : « Haber cerrado el puerto
miéntras se sabía la causa por qué Guayaquil habia expedido igual provi-
dencia. » Evasión ridicula en que se faltaba á la verdad, pues en Guayaquil
no se habia cerrado puerto alguno, y aun cuando hubiera sucedido, esto
no era motivo para cerrar el del Callao.
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CAPÍTULO XII. 29
de mil ochocientos hombres (i). El destino de las tropas era
desembarcar á Rifles, á dos compañías de Caracas y el escua-
drón de húsares en un puerto peruano de la provincia de Puira,
y penetrar por allí , al mando de Bustamante, al territorio co-
lombiano de Loja , á fin de apoderarse del deparlamento de
Asuay. El resto de la división , regida por el coronel Juan
Francisco Elizalde, tenia el proyecto de saltar á tierra en
Manta ó en otro puerto de la provincia de Manabí, para mar-
char á enseñorearse de la ciudad de Guayaquil , así como
del resto de tan importante departamento. Súpose entón-
eos que las tropas venían engañadas por los oficiales , que les
decían, regresaban á su patria llamadas por el gobierno. Creíase
por tanto que luego que se impusieran de la verdad, podría
conseguirse una reacción favorable , especialmente en el bata-
llón Carácas y en el escuadrón de húsares , cuyo espíritu era el
mejor.
Ya la expedición tenia diez dias de navegación, cuando el
20 de marzo llegaron á Guayaquil el capitán Urbina y el coro-
nel Urdaneta con las noticias del próximo arribo á nuestras
costas de la tercera división , y de las miras proditorias que
traían sus intrusos jefes contra la tranquilidad y las autorida-
des legítimas de los tres departamentos del Ecuador, Asuay y
Guayaquil. Estos dos últimos eran los que inmediatamente se
hallaban amenazados, sin tener tropas que oponer á los vence-
dores en Ayacucho. El Asuay, donde mandaba el general Igna-
cio Tórres, solo contaba con unos pocos soldados veteranos y
algunas milicias. En Guayaquil el batallón Guayas, la artille-
ría y un escuadrón de húsares reducidos á cuadros , apénas
componían trescientos cincuenta y tres hombres. La artillería
estaba desmontada; no existían lanchas para defender el rio , y
los buques de guerra se hallaban mal tripulados. Sin embargo,
en aquella ciudad , donde mandaba como intendente el coronel
(1) La división habia sufrido después del motín bajas considerables. Se-
gún el estado general de 31 de enero constaba en aquel dia de 2,728 hom-
ares, incluyendo 400 enfermos. Al embarcarse dejó la mitad de estos.
Provino la falta de los demás, Unto de las deserciones como de que Busta-
mante devolvió cerca de 400 Peruanos de reemplazos que habia dado á 11
división el gobierno del Perú , conforme al tratado que precediera al envío
de las tropas auxiliares de Colombia, Armado en Guayaquil por el general
D. Mariano Portocarrero.
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30 HISTORIA DE COLOMBIA.
Tomas C. Mosquera, residían entonces el jefe superior del sur
José Gabriel Pérez, los generales Valdez, Paz del Castillo, Hérez,
Flórez, Illingrot y otros varios oficiales que podían servir mu-
cho para la defensa de la capital.
El primer paso que dieron las autoridades de Guayaquil fué
declarar el departamento en asamblea, y el jefe superior dis-
puso que hicieran lo mismo los comandantes militares del
Ecuador y Asuay, á fin de que se revistieran de grande autori-
dad. Activaron también los preparativos para la defensa de
Guayaquil , restableciendo las baterías arruinadas , montando
la artillería , armando lanchas cañoneras, habilitando buques
de guerra y completando con milicias los cuerpos de la guarni-
ción. Miéntras que estas providencias surtían su efecto, mar-
charon en comisión en busca de los facciosos invasores, los co-
roneles Mosquera y Vicente González. El objeto de su misión
era, manifestar á Busíamante y á los demás jefes de la tercera
división, el estado en que se hallaban los departamentos del
sur y Colombia entera, que marchaban según el órden constitu-
cional, siendo por consiguiente legítimas todas las autoridades
establecidas legalmente ; persuadirles que desistieran de sus
pretensiones contra la tranquilidad de los tres departamentos,
y que sometiéndose al ejecutivo de la República , siguieran á
desembarcar en Panamá, conforme á las órdenes que este había
ya comunicado. Fuera de la expresada comisión salieron los
generales Illingrot y Hérez con un bergantín y una goleta de
guerra á ver si podían impedir el desembarco , aun usando
de la fuerza.
Los comisionados en su crucero recalaron sobre las costas
de Manabí al norte de Guayaquil , donde supieron que una
parte de la tercera división, compuesta de cerca de novecientos
infantes, había desembarcado en los primeros dias de abril en
el puerto solitario de Manta y estaba ya en Montecristi al mando
del coronel Juan Francisco Elizalde. La otra mitad á cuya ca-
beza venían Bustamante y su mentor, López Méndez, había
tomado tierra en el puerto peruano de Paita, á fin de penetrar
por la provincia de Loja á la de Cuenca. c
- El coronel Mosquera ofició inmediatamente á Elizalde y envió
a tierra á su compañero González para que hablase con este
jefe : hallóle en Montecristi con el batallón Araure, pues Ven-
cedor y Carácas estaban ya avanzados en Jipijapa. Desde el
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r.APÍTÜI.O XII.
31
principio de la conferencia vió el coronel González que las ideas
de Elizalde y socios eran revolucionarias enteramente. Todos
declamaban contra el Libertador presidente llamándole tirano;
decían venir á restablecerla constitución; que no obedecerían
otras órdenes que las emanadas del poder ejecutivo; así que
desconocían á todas las autoridades constituidas en el sur, donde
no babia otras legítimas que los cabildos. Fundaban tan extra-
vagante aserción en que los intendentes, los comandantes gene-
rales y demás empleados babian contribuido á la formación de
actas en que se conferia la dictadura á Bolívar, y eran partida-
rios de la presidencia vitalicia que según aseguraban venían á
destruir.
Estas mismas ideas emitió Elizalde en un largo oficio dirigido
en 6 de abril al jefe superior y á la municipalidad de Guaya-
quil. Anadia, que los jefes de la división estaban convencidos
de que Bolívar no pensaba en la felicidad de los pueblos, sino
en esclavizarlos por medio de la constitución boliviana; así que
la tercera división no desistiría del proyecto que babia empren-
dido , basta que el Libertador se presentara ante el congreso de
la República como simple ciudadano, y diera cuenta de su
conducta en el Perú. Terminaba diciendo que nada contendría
la marcha de la división hasta que consiguiera ver á los depar-
tamentos del sur libres de toda autoridad que le fuera sospe-
chosa; y que mientras se constituían bajo de la forma de go-
bierno que determinára el congreso, serian mantenidos en el
mejor órden.
El coronel Miguel Delgado, que ejercía mando eu la provin-
cia de Manabí, conferido por el ejecutivo de la República, hizo
traición á sus juramentos uniéndose á los facciosos, y dió pro-
clamas incendiarias lleuas de principios subversivos. Todos
estos jefes hacían activamente sus preparativos , para marchar
sobre la ciudad de Guayaquil y ocuparla á viva fuerza, en caso
de que opusiera alguna resistencia.
Luego que el jefe superior Pérez y las demás autoridades
supieron por los informes del coronel Mosquera las miras hos-
tiles y los proyectos de la tercera división, se prepararon á re-
sistir el doble ataque. El general Flórez y el coronel Fébrej
Cordero siguieron al departamento del Ecuador á fin de opo-
nerse á Bustamante ; excelente providencia, que salvó á los de-
partamentos meridionales de que fuesen víctimas de los proyec-
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32 HISTORIA DE COLOMBIA*
tos subversivos de estos nuevos pretorianos, como se lesJlamára
justamente.
Habíase adelantado bastante para la defensa de Guayaquil
trabajando con actividad y constancia; mas no era posible que
se consiguiera. El espíritu de la mayoría de la población no se
habia decidido por una eficaz resistencia. Fuera de esto, desde
Lima habia dicho Elizalde estar seguro de que tendria la coo-
peración de su hermano Antonio, coronel y jefe de estado
mayor de la plaza, y la de Rafael Merino, segundo comandante
del batallón Guayas, hombres de familias distinguidas y de
bastante influjo en la ciudad. Estos y el general Jesús Bárrelo
de acuerdo con Juan Francisco Elizalde ganaron la tropa de
Guayas y la de artillería y dispersaron en piquetes al escuadrón
de húsares, cuyo comandante Lecumberri se mantenía fiel al
gobierno. Seguros ya de que nadie era capaz de oponérseles,
estalló la revolución á las dos de la mañana del 46 de. abril.
Cuando la supieron los generales Pérez , Valdez y el intendente
Mosquera, ya no podian impedirla. Trasladáronse, pues, á bordo
del bergantín de guerra Congreso, con el objeto de estar libres
de los insultos de los revolucionarios, y de salvar á dicho bu-
que, la goleta Olmedo y el bergantín Chimborazo, que se hallaba
anclado al fin de la isla de Santay, dos tercios de legua distante
de la ciudad. Habiéndolo conseguido, supieron que los demás
oficiales que permanecían fieles al gobierno de la República
habían sido reducidos á prisión, y que otros, entre ellos el ge-
neral Hérez, estaban ocultos para libertarse de la rabia de los
sublevados.
Antonio Elizalde, el principal de ellos, mandó reunir muy
temprano á la municipalidad (abril 1G) y le incluyó un oficio
de su hermano Juan Francisco, en que manifestaba las miras
é ideas de los jefes de la tercera división. Decia este que la cor-
poración debia a elegir un jefe de la administración departa-
mental, respecto de que las autoridades nombradas por el ejecu-
tivo de Colombia ejercían facultades inconstitucionales que
vejaban y oprimían las libertades públicas. » — Juntóse en
efecto la municipalidad, y el resultado fué convocar una ásame
^lea popular, con cuyo acuerdo y consentimiento se estampó
en el acta — « que habiendo las autoridades abandonado la
ciudad dejándola acéfala, era indispensable que la corporación
procediese á nombrar un jefe de la administración, que reu-
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CAPÍTULO XII.
niendo el poder civil y el militar, proveyese á la conservación
del órden público. » También se acordó en la junta popular,
que á los cabecillas de la facción Antonio Elizalde y Rafael Me-
rino, se les confiriese el grado inmediato, « como una remune-
ración del importante servicio que habían hecho á la patria,
salvándola de los horrores de la guerra civil. » En acto continuo
el gran mariscal del Perú, don José de Lámar, que se hallaba en
Guayaquil y que estaba próximo á seguir á Lima como diputado
al congreso, fué elegido jefe civil y militar. Llamado á la sala
de la sesión, después de haber arengado al pueblo dándole gra-
cias por el honor que le hacía, se excusó de admitir el destino
diciendo — a que expresaría las razones á la municipalidad,
luego que se retirára el pueblo. » Hízolo así , y aunque ignora-
mos los motivos alegados, suponemos sería el principal, que
era general peruano y no debia mezclarse en las revueltas de
Colombia. Así era en efecto, y mucho ménos debia Lámar po-
nerse á la cabeza de una facción , cuyos tiros se dirigían en su
mayor parte contra el Libertador presidente, á quien debia
grandes honores y distinciones. Empero Lámar desde entonces
manifestó la secreta envidia que roía su corazón por la decidida
superioridad y gloria que Bolívar habia adquirido en el Perú.
Rechazadas por la municipalidad las excusas de una mode-
ración que sospechamos era aparente, diciéndole que jamas
podría ser comprometida su delicadeza, ni aun por la calumnia,
pues era notorio su desprendimiento } Lámar se dió por con-
vencido, prestando el juramento. El coronel Antonio Elizalde
fué nombrado comandante de armas por la misma municipali-
dad. En seguida Lámar ascendió á Merino á teniente coronel
efectivo, y no hizo general á Antonio Elizalde, porque dijo era
su sobrino. ¡ Delicadeza hipócrita como gran parte de los actos
administrativos de Lámar! Este y la municipalidad durante la
época dilatada de aquella farsa, conferian grados y empleos
militares que solo podían darse por el ejecutivo y el senado;
sin embargo, aseguraban con mucha seriedad que era consti-
tucional la marcha del departamento de Guayaquil, porque
ellos lo decían, y porque acusaban el recibo de la correspon-
dencia oficial, y daban algunos avisos al gobierno residente e*
Bogotá.
Cuando sucedía todo esto en la plaza, el capitán de navio
Antonio Luzárraga, por órdenes de Elizalde y después de La-
TOMO IV. 3
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34
ttlSIURU ܣ COLOMBIA.
mar, negociaba con el jefe superior Pérez y con el comandante
general Valdez, la entrega de los tres buques de guerra que
aun estaban á sus órdenes en el rio de Guayaquil. Aquellos
jefes convinieron al fin en que los entregarían, Siempre que se
pusieran á su disposición los oficiales presos por ser adictos al
gobierno constitucional, y que se les dieran trasportes para se-
guir á Panamá precisamente; esta condición fué exigida por los
facciosos que pretendían alejar del Ecuador á dichos jefes y ofi-
ciales, porque temian les hicieran la guerra.
Celebrada esta transacción harto censurable , cuando aparece
que podían salvarse aquellos buques de guerra navegando á los
puertos de Buenaventura ó Panamá, el intendente Mosquera
estuvo en tierra para sacar á su mujer, lo que consiguió , y
salvar también al general Hérez. Vióse con Lámar y tuvo con
él una larga conferencia, en la que este solo dió respuestas eva-
sivas. Hizo io mismo por escrito contestando á las protestas que
le dirigieron el jefe superior y el intendente Mosquera. Asegu-
raba en su contestación haber aceptado el mando solo porque
se le había hecho creer que de este modo se evitarían males.
Pero nada hizo por restablecer el órden constitucional 0).
Lámar y la municipalidad dieron cuenta al poder ejecutivo
de las ocurrencias del 16 de abril : aquella, en una larga expo-
sición en que elogiaba mucho los servicios prestados por el de-
partamento de Guayaquil á la causa de la Independencia, y se
quejaba amargamente de las autoridades que habían ejercido el
mando. Decia que algunas de ellas habían oprimido á los pue-
blos é insultado la moral pública, aun el mismo día de su
fuga; añadía que para evitar los males de una guerra civil, no
les quedó otro arbitrio, que seguir el voto de la milicia auxiliar
pronunciada contra la guerra ; que habiéndose fugado las au-
toridades dejando acéfalo el departamento, pedían como una
gracia, que miéntras se reunía la convención nacional, el poder
ejecutivo ratificara las elecciones de gobernantes que habían
hecho, y que diese los ascensos que el acta revolucionaria re-
c
# (1) Los jefes y oficiales que por su fidelidad y firmeza merecieron que
se Ies remitiera á Panamá, fueron los generales Valdez, Pérez y Hérez ; los
coroneles Urdane ta y Mosquera, los comandantes Campos y Lecumberri, los
capitanes Lake , Valbuena, Guerra y Tórres, con ocho subalternos , cuatro
sárjenlos y diez y ocho soldados.
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r.\pÍTur.o xn. Mi
comendaba en favor de Elizalde y Merino , dejando los destinos
de la administración pública encargados á los hijos de Guaya-
quil. El oficio de Lámar al secretario del interior se reducía á
enviar copia del acta de la municipalidad, á decir que había
admitido el mando con repugnancia y que no dudaba que el
vicepresidente de la República llenaría sin tardanza la falta de
las autoridades depuestas, porque el destino que se le habia
conferido costaba mil inquietudes á su delicadeza, aunque le
era muy satisfactorio conservar el órden y la tranquilidad. Re-
mitía al mismo tiempo una lista de los oficiales que habían se-
guido presos á Panamá, hecho que se verificó por lo ménos con
su anuencia, y enviando al bergantín Congreso para que obli-
gara á los desterrados á dirigirse precisamente á aquel puerto;
sin embargo de que eran las autoridades legitimas del depar-
tamento. A pesar de esto Lámar y la municipalidad decían y
repitieron por largo tiempo, que todo era constitucional en
Guayaquil, lenguaje que podemos caracterizar de una burla
ridicula.
Consumada aquella revolución, Juan Francisco Elizalde y so-
cios ocuparon á Guayaquil con las tropas que mandaban tan
ilegítimamente como Lámar, y de acuerdo con este dispusieron
de todo á su antojo, pues aquel jefe era débil y condescendiente
en extremo. Gran número de personas que no pertenecían á la
facción, tuvieron que huir de las persecuciones; á otros ciuda-
danos se les prendió vejándolos arbitrariamente.
Los demás cantones del departamento invitados por la muni-
cipalidad de la capital, hicieron el mismo pronunciamiento y
aprobaron la elección del general Lámar y la de comandante de
armas en el coronel Antonio Elizalde.
En el intermedio José Bustamante habia ocupado á Loja con
el batallón Rifles , dos compañías de Cárácas y el cuarto escua-
drón de húsares. Allí mando celebrar un acta revocando la
anterior que conferia á Bolívar la dictadura. Avanzóse después
á Cuenca, cuya capital ocupára (abril 25) sin resistencia alguna,
porque el general Ignacio Tórres, que ejercía la autoridad legí-
tima, no tenia fuerzas que oponerle. Este no dejó la ciudad para
ver si conseguia persuadir á Bustamante que abandonára suf
proyectos. En sus comunicaciones oficiales al poder ejecutivo y
a otros magistrados, decia Bustamante que su plan era sostener
la constitución y la autoridad del congreso en los departamentos
• *
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3H HISTORIA DE COLOMBIA.
del sur, sometiéndolos al gobierno constitucional. Has conforme
á lo que el mismo Bustamante y sus oficiales comunicaron á
sus amigos, tenían el proyecto de privar de sus destinos á todas
las autoridades de los tres departamentos, poner otras que les
gustáran , y, según dijeron algunos , independizar de Colombia
aquellos departamentos para unirlos al Perú. Nada pudo conse-
guir Torres con Bustamante, que insistía en trasladarse á Quito
á fin de realizar sus planes.
Empero se le presentaba un obstáculo harto grave. Este era
el general Flórez, que situado en Riobamba con el coronel Cor*
dero organizaba tropas y reunía elementos militares para opo-
nerse con vigor á los proyectos de Bustamante y de sus cómpli-
ces. Dotado de un talento vivo , penetrante y propio para las
intrigas , Flórez se aprovecha de la circunstancia de haberse
encontrado en San Miguel de Chimbo con el capitán José Ramón
Bravo, conductor para Bustamante de la contestación del go-
bierno de la República, al parte que le diera aquel de la revo*
lucion del 26 de enero. Allí instruye á Bravo de las dañadas
intenciones que vociferaban Bustamante y muchos de sus ofi-
ciales para despedazar el sur de la República ; le da informes
exactos de las secretas ocurrencias que hubo en Lima para re-
solver la marcha de la división; y le pide á nombre de la pa-
tria que emplee todo su influjo con el batallón Rifles á fin de
que asegurando á los jefes y oficiales sospechosos, se haga en
este y en los demás cuerpos un cambiamiento que evite la guerra
civil que está para romperse. El capitán Bravo, cuyo patriotismo
logró excitar Flórez, ganando al mismo tiempo su confianza,
ofreció hacerlo, si se confirmaban, luego que se uniera á la di-
visión, las noticias y sospechas que se tenian de los planes de
Bustamante.
Reunido á este en Cuenca le observa algunos días, y asegu-
rándose de que abrigaba proyectos hostiles contra su patria , le
increpa su traición y le amenaza con el castigo. Entonces Bus*
lámante le pone preso para remitirlo á Guayaquil. Mas bien
pronto recibe el castigo debido á sus miras proditorias y á los
funestos ejemplos que habia dado contra la disciplina militad
Tin la madrugada del 5 de mayo Bravo quebranta su prisión,
se coloca á la cabeza de un piquete del cuarto de húsares que
estaba de acuerdo, y se presenta en el cuartel de Rifles; en
breve este cuerpo se pone á sus órdenes, pues le habla á nombre
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CAPÍTULO XII. 37
de la patria y del Libertador. Seguro ya, reduce á prisión á
Bustamante, á su consejero López Méndez y á cuarenta oficia-
les de la facción desorganizadora. Inmediatamente salieron los
cuerpos de sus cuarteles, y formados en la Plaza Mayor victo-
rearon á la República de Colombia, á su gobierno y al Liberta-
dor presidente, padre de la patria, sujetándose á las órdenes del
general Torres. Así terminó la expedición de Bustamante, quien
fué remitido preso con López Méndez y pocos oficiales al gene-
ral Flórez : á los demás los puso Torres en libertad, y huyeron
á Guayaquil ó al Perú.
Flórez se hallaba situado en Alausi, puuto céntrico, para
oponerse á los enemigos que le atacaban por la parte de Cuenca ;
al general Barrete, que con cuatrocientos hombres marchaba
por el camino de Yaguacbi á unirse con Bustamante, y al co-
ronel Antonio Elizalde, que montaba la cordillera por la ruta
de Babahoyos con el resto del batallón Caracas. La marcha de
estos cuerpos se retardó un poco, y entre tanto supierou los
facciosos que ya no podian contar con las fuerzas que mandaba
Bustamante, que se habían pasado á las filas del gobierno. Por
consiguiente en vez de tomar la ofensiva se limitaron desde
entónces á defender el departamento de Guayaquil contra las
fuerzas que juntaba Flórez en las provincias del Ecuador y
Asuay.
Teniendo Flórez en su poder á Bustamante y á los mas acti-
vos revolucionarios, pensó valerse del primero para ver si podia
conseguir una reacción favorable al orden y al legítimo go-
bierno en los cuerpos de la tercera división existentes en Guaya-
quil. Propúsolo á Bustamante, y este para libertarse de la pri-
sión lo ofrece todo y nada cumple. Hizo los mismos ofrecimien-
tos López Méndez con una bajeza y malicia muy chocantes ;
pero no se le creyó sincero, como tampoco lo era Bustamante.
Trasladándose este á Guayaquil Lámar le entregó el mando de
los cuerpos de la tercera división : con ellos siguió apoyando la
rebelión principiada, sin acordarse de sus promesas en con-
trario.
• Desde la prisión de Bustamante y sus partidarios en Cuenca,
quedó asegurada la tranquilidad y el órden de los departamen*
tos del Ecuador y Asuay. Estos eran una excelente base de
operaciones para sojuzgar al de Guayaquil. Tan felices sucesos
fueron debidos en su mayor parte á los talentos, firmeza y acti-
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38 HISTORIA DE COLOMBIA.
*
vidad de Flórez, apoyado por el general Torres y por los coro-
neles Vicente González y León Fébres Cordero.
Hé aquí la situación de los negocios cuando llegó (mayo 46)
el general Antonio Obando, enviado por el ejecutivo para
encargarse del mando de la tercera división. Habiendo en-
contrado en Riobamba á Rifles y á los demás cuerpos que
se habian sometido al gobierno, fué reconocido como jefe de
aquellas tropas. Antes de seguir á Guayaquil, los generales
Tórres y Flórez le instruyeron completamente del estado en
que se bailaban los facciosos y de sus miras encubiertas por
la hipocresía ; que ellos predicaban obediencia al gobierno y
decían que todo marchaba en la plaza por el sendero cons-
titucional; pero que estas solo eran palabras vacías de sen-
tido, pues en casi todos los negocios obraban discrecional-
mente y según les convenia.
Antes de que Obando se presentara en Guayaquil ocurrieron
dos sucesos importantes. El primero fué haber llegado á Quito
el jefe superior general Pérez, que burlando la vigilancia del
bergantín Congreso, enviado por los facciosos para obligarle á
recalar á Panamá, pudo desembarcar en el puerto de Esmeral-
das con varios oficiales y algunos soldados ; desde allí siguió
por tierra á la capital. El segundo fué el arribo á las costas de
Guayaquil del batallón Ayacucho embarcado en Arica y proce-
dente de Bolivia, de donde lo enviaba el general Sucre. Venia
sin armamento y traía la fuerza de setecientos hombres distri-
buidos en dos trasportes. El teniente coronel Anzoátegui, que lo
mandaba, llegó eH6 de mayo hasta la isla de Puná con cuatro-
cientos cincuenta y cinco hombres, pues el resto se había
atrasado en otra embarcación. Sabiendo Anzoátegui el desórden
que reinaba en Guayaquil y su inobediencia al gobierno de la
nación, levó anclas dirigiéndose á Máchala. Desde aquí em-
prendió seguir á Cuenca por el camino del Naranjal. Auxiliado
oportunamente por el general Tórres pudo vencer la fragosidad
de aquella ruta y llegar á Cuenca el 2 de junio. Este procedi-
miento del coronel Anzoátegui mereció la aprobación de todos
los hombres amigos del órden y del gobierno. *
• No lo imitó el segundo comandante del batallón, Manuel de
la Barrera. Este después de arribar también á Máchala no quiso
obedecer á su jefe, quien le prevenía marchase á Cuenca. Se
dejó seducir por los sofismas de los gobernantes de Guayaquil,
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CAPÍTULO XII. 39
y poniéndose á las órdenes de Lámar le llevó doscientos veinte
y cuatro hombres, que aumentaron las fuerzas de la facción
dominante en la plaza.
El mando de la tercera división, que se había conferido á
José Bustamante, no impidió el que habiendo arribado á Guaya-
quil ocho dias después el general Obando, también se le hiciera
reconocer como jefe de aquellas tropas. Empero tal reconoci-
miento y obediencia que se le prestara, solo era miéntras orde-
naba cosas que fueran del gusto de Lámar y de los Elizaldes.
Á pesar de que veía esto ó debia verlo con claridad, Obando se
dejó alucinar por medio de palabras ; él escribía al secretario
de la-guerra que todo iba muy bien y que en Guayaquil reina-
ban la constitución y las leyes. Lo mismo decia Lámar, por-
que contestaba las órdenes que le dirigían las respectivas secre-
tarias de Estado.
Mas el jefe superior del sur, José Gabriel Pérez, le expuso á
una prueba que manifestó la hipocresía de Lámar y de la mu-
nicipalidad de Guayaquil en sus fementidas protestas. Hallán-
dose Pérez en el goce de las facultades que se habían concedido
á su empleo, luego que volviera al Ecuador, se trasladó á San
Miguel de Chimbo, donde Flórez tenia su cuartel general. En-
tónces previno á este que llevando una división de mil tres-
cientos hombres de infantería y caballería, marcbára sobre
Guayaquil á fin de ocupar el departamento, restablecer el
órden constitucional, sacar de allí los restos de la tercera divi-
sión junto con los jefes que promovían los desórdenes y guar-
necer la plaza con uno de los cuerpos que llevaba y que fuera de
su confianza. En cumplimiento de tales disposiciones Flórez se
pone en marcha (junio 6) para Babahoyo, pueblo que ocupa
sin resistencia alguna. Allí se le incorpora la mayor parte del
batallón Caracas, así como varios oficiales y habitantes de Guaya-
quil que se hallaban disgustados con la facción; también le
encuentra una comisión que le dirigían la municipalidad y el
general Lámar. Después de algunas conferencias se acordó un
avenimiento cuyas bases principales eran : que los cuerpos de
]ft tercera división siguieran á Panamá y á Pasto ; que Guaya-
quil sería guarnecida por tropas de las que llevaba Flórez, >
que Lámar continuára en el mando que ejercía, hasta que el
gobierno dispusiera otra cosa.
La municipalidad de Guayaquil desaprobó estas condicio-
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40 HISTORIA DE COLOMBIA.
nes, obstinándose en que Flórez no adelantára sus marchas.
Este cumpliendo las instrucciones del jefe superior no accede,
y prosigue avanzando hácia la villa de Daule por el mejor
camino para llegar á la ciudad capital. Ocupa á Baba y atra-
viesa el rio Vinces, aunque molestado por algunas partidas de
paisanos armados. Entre tanto supo que los batallones Vence-
dor y Guayas, dos compañías de Ayacucho, la artillería y las
milicias de Guayaquil venian á marchas forzadas á defender el
paso de San Gabriel en el rio Daule. Entónces Flórez por un
movimiento rápido que ejecutára el 16 de junio se anticipó, y
á las tres y media de la tarde la división habia pasado ya aquel
rio, batiendo poco después á doscientos jinetes de Guayaquil y
tomando prisionera una partida de húsares que dirigía el co-
mandante Merino. Con esta noticia el gran mariscal Lámar
juzgó prudente hacer que sus tropas contramarcháran á la
plaza, movimiento que ejecutaron en mucho desorden. Flórez
no las quiso perseguir, ni cortar al batallón Guayas para evitar
el derramamiento de sangre. Ocupó sin embargo la villa de
Daule, donde descansaron sus tropas de las fatigas y privacio-
nes que habian sufrido. Desde aquí procuró negociar un aveni-
miento que tuviera por base, el que Guayaquil recibiera la
guarnición que traia, y que siguieran á otros destinos los cuer-
pos existentes de la tercera división. Mas todos los esfuerzos de
Flórez resultaron vanos. Tanto la municipalidad como Lámar,
y aun el mismo general Antonio Obando, decían á Flórez, que
habiendo las autoridades abandonado la capital el 16 de abril,
no se les debia reconocer nuevamente ni alterar cosa alguna de
lo hecho hasta que se recibiera la resolución del poder ejecu-
tivo nacional, á quien se habia dado cuenta de todos aquellos
sucesos. Este era un efugio miserable de parte de la municipa-
lidad y de Lámar; pero que Obando lo hubiera prohijado con
el mayor calor es lo que no se puede explicar. Instado por el
jefe superior Pérez para que asumiera el mando del departa-
mento y restableciera el orden constitucional en virtud de la
autorización expresa que el ejecutivo habia conferido al jefe
superior para nombrar las primeras autoridades de Guayaquil?
respondió : — a que en esta ciudad regia la constitución y que
mas derecho tenia para mandar el general Lámar, aclamado por
el pueblo, que él escogido por el jefe superior. » Lo mas admi-
rable es que el vicepresidente Santander aprobara esta conducta
□ogle
r ArfTÜLO XII. 41
de Obando y sancionára el que las municipalidades tenían fa-
cultades constitucionales para nombrar jefes civiles y militares
como Lámar, deponiendo á los que habiau obtenido sus títulos
del mismo poder ejecutivo, y que fueron expelidos de Guaya-
quil por una fuerza revolucionaria. Resolución extraña sobre
manera, insostenible á todas luces y que era hija de los parti-
dos y de las pasiones que reinaban en la capital de la Repú-
blica.
En tales circunstancias Obando recibió un oficio en que se
ordenaba á Flórez por el secretario de la guerra, que obedeciera
cuanto le previniera aquel. Habiéndole ordenado que regresara
al departamento del Ecuador con los cuerpos que mandaba,
Flórez iba á cumplir esta disposición, cuando recibió otra en
que el mismo secretario le decia, que habiendo el jefe superior
Pérez regresado al distrito de su mando, obedeciera sus órde-
nes; pero ántes de ocho dias fué revocada esta disposición, or-
denando el ejecutivo que cesáran las facultades extraordinarias
en los departamentos del sur, y por lo mismo la autoridad con-
ferida al jefe superior, sujetando de nuevo al general Flórez á
lo que dispusiera Obando. Empero este, creyéndose ofendido y
desautorizado por la órden anterior (julio 7), ya se habia em-
barcado para seguir á Bogotá, después de haber sido el juguete
de la facción de Guayaquil. Él impidió que en aquel departa-
mento se restableciera por Flórez el órden constitucional, 7
que anulara las facultades extraordinarias que se habían arro-
gado la municipalidad y los otros cabecillas.
Lo único que hizo Obando fué enviar á Panamá el batallón
Araure en cumplimiento de las órdenes del poder ejecutivo. Iba
á hacer lo mismo con el Vencedor ; pero su comandante Juan
José Arrieta, uno de los mas tenaces revoltosos, no quiso cum-
plir sus mandatos, y trasladándose de Samborondon, donde
estaba, se acuarteló en Guayaquil con dicho cuerpo. Aseguróse
en aquel tiempo que el mismo Obando estuvo para ser reducido
á prisión por los facciosos. Estos persiguieron también al coro-
nel Vicente González y al general Ignacio Tórres, enviados
Sonforme á disposiciones del ejecutivo, á encargarse de la in-
tendencia y de la comandancia general del departamento d«
Guayaquil.
Lámar se hallaba enfermo hacía algún tiempo, y por este
motivo recayó el gobierno civil en el jefe político, y el militar
i
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HISTORIA DE COLOMBIA.
en el coronel Antonio Elizalde. Mas habiendo arribado á Guaya-
quil una comisión encargada por el congreso del Perú de anun-
ciar á Lámar que había sido electo presidente de aquella Re-
pública, dejó el mando definitivamente y se embarcó para
Lima el 24 de julio ; acontecimiento desgraciado para Colombia
y que debia causarla muchos daños. El corazón del gran ma-
riscal Lámar estaba devorado por la envidia contra el Liberta-
dor y los Colombianos; así la República debia esperar los mas
hostiles procedimientos de su parte.
Bien poco se había alejado de las playas de Guayaquil,
cuando principiaron á sentirse nuevos desórdenes que el influjo
y el buen juicio del general Lámar habían impedido. Desde
que se anunciara su próxima partida comenzaron á reimpri-
mirse en los periódicos de aquella ciudad algunos papeles de
Bogotá, especialmente el titulado Granadino, que abogaban con
empeño por la federación. Imbuidos muchos habitantes en
estas ideas, que tenían gran séquito en Guayaquil, persuaden á
la municipalidad que convoque una junta de padres de fami-
lia. Reunida en efecto el 25 de julio, acuerdan un acta en que
después de alegar muchos fundamentos se deciden por el sis-
tema de gobierno federativo, sin romper la unidad de Colom-
bia. Protestaban que enviarían sus diputados á la convención
nacional, si esta era convocada dentro de un año, pasado el
cual quedaría libre Guayaquil para constituirse del modo que
mas le conviniera. Declaró la asamblea, que el departamento se
hallaba en libertad para darse sus leyes particulares, á fin de
terminar en su seno todos los negocios relativos á la justicia,
policía, hacienda y guerra, á cuyo efecto se establecerían los
tribunales competentes ; declaró también que se pagarían las
deudas públicas y que se reconocerían todos los grados y em-
pleos de los jefes y oficiales que existían en el departamento.
En seguida fueron nombrados, para intendente Diego Novoa y
para comandante general Antonio Elizalde. Por tales actos
Guayaquil se erigió en un Estado independiente, aunque pro-
testára otra cosa, dándose leyes y tribunales propios en los di-
ferentes ramos de la administración. Así lo anunciaron todo^
l«s decretos y disposiciones del intendente Novoa, que no pudo
conservar su nueva dignidad ni por el término de dos meses.
Poco ántes de tales sucesos y después que Flórez en obedeci-
miento de las órdenes del gobierno había desistido de ocupar á
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CAPÍTULO XII. 43
Guayaquil por la fuerza, se le invitó á que visitara aquella ciu-
dad. Ya había dirigido las tropas hácia la Sierra, y yendo solo ,
fué muy bien recibido. Como en aquellos dias se ventilaba aca-
loradamente el proyecto de la federación , Flórez , ya fuera por
no disgustar al partido que lo promovía , ya porque hiciera al-
gunas promesas de que lo apoyaría con su influjo, el hecho es
que los papeles de Guayaquil publicaron como un punto acor-
dado, que en los tres departamentos meridionales se iba á esta-
blecer el sistema de gobierno federativo, para formar unidos un
Estado independiente. Aunque Flórez contradijo por la im-
prenta semejantes aserciones, hízolo tarde, con embozo y alguna
oscuridad, de modo que no disipaba enteramente las ideas si-
niestras que en el momento se concibieron acerca de sus miras
futuras. Luego que se esparcieron en el Ecuador y en el Asuay
las noticias divulgadas por la imprenta de Guayaquil, sobre los
proyectos de federación que se atribuían á Flórez , causaron un
disgusto y alarma general que se comunicó al ejecutivo de la
República. Por fortuna , Flórez después de haber obtenido en
Guayaquil algunos auxilios pecuniarios para sostener las tropas
que mandaba, regresó al Ecuador; con su presencia y buena
conducta, y retirándose algún tiempo del mando acabó de disi-
par los temores que se habían concebido de que patrocinara el
rompimiento de la unión colombiana. Léjos de esto continuó
sosteniéndola con sus distinguidos talentos é influjo en las pro-
vincias meridionales , basta, conseguir se restableciera del todo
en ellas el órden constitucional , que tanto había sufrido con el
regreso de la tercera división. Puede asegurarse con verdad,
que en la mayor parte se debió á Flórez el que abortaran los
planes de Bustamante, Elizalde y socios.
Á la sazón que ocurrían estos sucesos en los departamentos
del sur, acaecían otros en la capital de la República , que son
dignos de recordarse , volviendo un poco atrás y anudando el
hilo de nuestra narración.
En los primeros cinco meses de este año Colombia adelantó
considerablemente sus relaciones exteriores. El rey de los Pai-
tes Bajos envió á Bogotá al caballero Stuers, nombrado cónsul
general de aquella nación , y el poder ejecutivo le admitió e*
esta categoría. S. M. el rey de Francia nombró también cónsul
general á Mr Buchet de Martigny^autorizándole en debida forma,
y la bandera colombiana se mandó admitir en los puertos de
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t
44 HISTORIA DE COLOMBIA.
Francia. Tan feliz resultado se debió en gran parte á los esfuer-
zos bien dirigidos del doctor José Fernández Madrid , agente
confidencial de Colombia en Paris. En premio de tan distin-
guido servicio se le mandó pasar á Lóndres en clase de enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario cerca de S. M. Bri-
tánica, en reemplazo del señor Manuel José Hurtado, á quien se
llamó á su patria. Madrid fué reemplazado por el señor Andrés
Bello, natural de Carácas y secretario de la legación colombiana
en Lóndres ; empero circunstancias domésticas le obligaron á
renunciar el destino y á trasladarse á Chile, quedando por esto
privada Colombia de un excelente servidor y distinguido lite-
rato.
Los reyes de Suecia y Baviera , así como las ciudades Anseá-
ticas, reconocieron igualmente la Independencia de Colombia.
Agregóse á tales actos internacionales el reconocimiento hecho
por el emperador don Pedro primero del Brasil, potencia ame-
ricana limítrofe, con la que nos convenia mantener amistosas
relaciones.
Pero ningún reconocimiento podia ejercer tanto influjo mo-
ral sobre la masa religiosa de los pueblos de Colombia, como el
del papa, príncipe y cabeza de la Iglesia católica romana. Desde
1823 habia hecho nuestro gobierno muchos esfuerzos por medio
de su ministro el señor Ignacio Tejada , para conseguir que
S. S. le admitiera en Roma, de donde se le habia arrojado por
influjo del ministro español : también para que se preconizáran
varios obispos presentados por el poder ejecutivo de Colombia ,
y con esta providencia se remediaran las necesidades de la Igle-
sia colombiana , que eran graves y cuyos males se representa-
ron enérgicamente. Movido al fin el ánimo del sumo pontífice
Leen XII , llamó á Roma al ministro Tejada y dió pastores á
nuestras iglesias. Las metropolitanas de Bogotá y Carácas obtu-
vieron la preconización de sus arzobispos, así como la de Mé-
rida un obispo auxiliar, y las de Santa Marta, Antioquía, Quito
y Cuenca sus obispos titulares , los que después de prestar el
juramento de estilo, comenzaron á regir sus iglesias (*). El nom-
bramiento de obispos hecho por S. S. concilió en favor del go^
bienio colombiano la voluntad de una gran parte del clero y de
muchos hombres religiosos, á quienes se habia imbuido en la
•
(1) Véase la nota
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CAPÍTULO XII. 4K
errada creencia de que el papa no reconocería al gobierno de
nuestra República , y que por consiguiente las iglesias de Co-
lombia continuarían sin prelados. El partido español que dies-
tramente manejaba y habia manejado esta arma poderosa con-
tra la independencia perdió aquel apoyo , y desde entonces sus
esfuerzos para reducirnos de nuevo á la sujeción colonial fue-
ron débiles é impotentes.
Sin embargo por muchos pasos que se daban en Madrid para
persuadir al gobierno de Fernando VII, por medio de los buenos
oficios de las potencias amigas de Colombia , especialmente de
la Gran Bretaña y de los Estados Unidos, que reconociera nues-
tra Independencia, nada se adelantaba en tan importante nego-
ciación. Los ministros de Fernando todavía lisonjeaban al rey
su amo con las ideas halagüeñas de que pronto conquistarían y
pacificarían á « sus Américas. » Ignorando el verdadero estado
de la opinión de los pueblos y las fuerzas de las nuevas Repú-
blicas, creían tener en ellas la madre patria un partido inmenso
que se levantaría á su favor auxiliándola, aunque fuera con pe-
queños cuerpos de tropas; cálculos á toda luz equivocados.
Habían ya corrido cerca de cuatro meses de este año sin que
el congreso abriera sus sesiones. Provenia esto de que faltaba
un senador para completar el número constitucional ó la plu-
ralidad absoluta de todos los miembros de esta cámara. El que
se hallaba mas inmediato era el senador Alonso Uzcátegui , en-
fermo en Tunja y en riesgo de morir. Discutióse entónces cuál
sería el medio constitucional de evitar los graves perjuicios que
sufriría la República, si en este año no se reuniera el congreso.
Después de várias consultas y conferencias de los miembros del
gobierno y de las cámaras legislativas , se acordó — que los se-
nadores y los representantes se trasladáran á la ciudad de Tunja,
y que allí abrieran las sesiones del congreso ; que hecho este
acto, tornáran á la capital para continuarlas , pues entónces no
haría falta el senador Uzcátegui, porque solo se necesitaban los
dos tercios de los miembros presentes. Á fin de que esta me-
dida tuviera efecto y se disiparan los escrúpulos constituciona-
les de algunas personas, el vicepresidente de la República
expidió nn decreto el 40 de abril en virtud de las facultado*
extraordinarias de que se hallaba revestido , suspendiendo los
efectos de la ley de i° de octubre de 1821, que fijaba en Bogotá
la residencia del supremo gobierno de Colombia ; pero esta sus-
s
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46 HISTORIA DK COLOMBIA.
pensión era solamente para que las cámaras legislativas pudie-
ran abrir sus sesiones en el lugar en que se hallára el senador
Uzeátegui.
Determinado este punto importante, los senadores y repre-
sentantes marcharon á Tunja, de donde no se pudo mover Uz-
eátegui. Reunido en aquella ciudad el número constitucional ,
abrieron las sesiones el 2 de mayo, y en el mismo dia se em-
plazaron para continuarlas en Bogotá el 4 2 del citado mes. Este
suceso fué considerado por los patriotas , que deseaban sincera-
mente la consolidación de la República, como un fausto acon-
tecimiento que daba esperanzas de un porvenir mas hala-
güeño.
£1 mismo dia que se reunió el congreso en la capital , fué
llamado el general Santander á fin de que prestara el juramenta
como vicepresidente de la República, nombrado para el segundo
período constitucional. Denegóse hasta por segunda vez fundán-
dose en que había dirigido su renuncia á Tunja , y que insistía
en ella; porque deseaba evitar á su patria los males que se de-
cía públicamente haber causado su administración, y que prin-
cipiara á disfrutar de los bienes que se la predecían, cuando él
no interviniera en los negocios públicos. Añadía que estaba
indispuesto por sus enfermedades habituales , y esperaba que
en ese mismo dia se le admitiera su renuncia.
No ciando el congreso de su propósito, acordó no separarse
hasta que Santander fuera á jurar. Obedeciendo los mandatos
de los representantes de la nación se presentó á las ocho de la
noche en la sala de las sesiones. El presidente del senado Luis
A. tíaralt le recibió el juramento constitucional. En seguida
pronunció un bello discurso en que daba cuenta de los princi-
pios que había seguido en el período de su administración an-
terior, de los cuales no pensaba desviarse en el segundo, y con-
cluía con las siguientes protestas : — « Renuevo aquí en pre-
sencia de la augusta representación nacional la profesión de mi
fe política : sostendré la constitución, miéntras que ella sea el
código de Colombia : mi corazón será siempre puro y desinte-
resado y mi alma siempre libre : mi voluntad será la del pue*
blo colombiano legítimamente expresada : mi obediencia y su-
misión serán de la ley y de las autoridades debidamente cons-
tituidas : mis sacrificios y desvelos serán inalterablemente por
la independencia y libertad de Colombia. » Fué brillante y muy
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CAPÍTULO XII. 47
honorífica al general Santander la contestación que le dió el
presidente del congreso Baralt. Aprobaba en ella su conducta
en el gobierno de la República, esperando que podría llevar á
salvamento la nave del Estado , sacándola del laberinto en que
se hallaba.
Después de tan importante sesión, el vicepresidente dirigió
al congreso el mensaje constitucional. Le daba cuenta del estado
próspero que tenían las relaciones exteriores de Colombia, de
las funestas desavenencias ocurridas en Venezuela y en los de-
partamentos del sur, de la pacificación hecbapor el Libertador,
de la situación prospera en que se hallaba y de las mejoras que
había recibido la educación pública , de la penuria y escasez
lamentables de la hacienda nacional , que exigía prontas y efi-
caces medidas ; finalmente, del motín de la tercera división y
de las protestas que hacía toda su oficialidad de sostener la
constitución de la República. Sucesivamente presentaron los
secretarios de Estado sus respectivas exposiciones, en las que
manifestaban mas extensamente cuál era la situación de Co-
lombia. De estos documentos, que en aquella época inspiraban
grande interés, llamaron principalmente la atención los esta-
dos contenidos en el informe del secretario de hacienda, y los
que publicó el del interior sobre la población de Colombia (*).
Una de las primeras cuestiones que se discutieron en el con-
greso fué la renuncia de la presidencia de la República hecha
con tanta fuerza y encarecimiento por el Libertador. Desde el
principio se descubrió un partido bastante numeroso que estaba
por la admisión; dirigíanlo principalmente los senadores Soto,
Osorio, Gómez, Azuero y Uribe Restrepo. Creían estos y los
que seguían su opinión , que si el general Bolívar se encargaba
del gobierno de Colombia peligraban las libertades públicas;
otros juzgaban por el contrario que en tan delicadas como difí-
ciles circunstancias, el Libertador era el único hombre capaz
de mantener la integridad de la República y de dirigir con
acierto y firmeza el timón del Estado.
Juntáronse las cámaras por la primera vez á tratar sobre las
Anuncias del presidente y vicepresidente de la República el
46 de mayo; después de una acalorada discusión se acordó po»
la mayoría de treinta y cuatro votos contra treinta, que se de-
(t) Véase la nota 5«.
*
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48 HISTORIA MI COLOMBIA.
cidieran tres dias después. Mas no sucedió así, porque se hizo
la moción de diferir y fué aprobada. Los del partido que deseaba:
la admisiou de la renuncia, eran los que procuraban ganar,
tiempo para ver si conseguían sus designios de alejar al Liber-
tador de los negocios públicos. Decían que ignoraban el verdfc*
dero estado de la nación por el sur y por el norte de Golombia, .
y que era necesario esperar á que se desarrollaran los aconteci-
mientos. Se babian recibido entonces las primeras noticias del-
desembarco de la tercera división; los exaltados liberales se
lisonjeaban de que en aquellos veteranos amotinados hallarían
apoyo para humillar á Bolívar y reducirle á la clase de simple
ciudadano.
Trabajábase entre tanto con la mayor actividad por aquel
mismo partido , así dentro como fuera del congreso > en arruinar
la reputación de Bolívar y en destruir su influencia por medio
de publicaciones que no cesaban, y de discursos que se espaiv
cian por todas partes. Creían sus enemigos políticos que iban á
perder sus destinos y que no tendrían seguridad en sus persa-!
ñas si el Libertador se encargaba del mando supremo; deseo*
nociendo así la bien comprobada generosidad y la nobleza de
su carácter. Apoyado en estas brillantes dotes y en la vasta in-
fluencia de Bolívar, un partido auu mas numeroso que el exal-
tado no quería que se admitiera la renuncia que había heoho
de la presidencia de la República.
Habiéndose ya discutido por la imprenta y en sesiones priva-
das la importante cuestión de admitir ó no la renuncia del Liber-
tador (junio 6), se reunió el congreso para decidirla. La sesión
fué muy solemne , y en aquel día se pronunciaron discursos
elocuentes en favor y en contra de la admisión. Distinguiéronse
entre los que pretendían se admitiera, los senadores Uribe Res-
trepo, Soto y Gómez, y contra la admisión Tórres, Arboleda y
Domínguez Roche. Alegaban los primeros que la permanencia
de Bolívar á la cabeza del gobierno colombiano era peligrosa á
la libertad , por su proyecto de constitución boliviana que no
olvidaría, y por los golpes que había dado á la de Colombia ; así
que era ya tiempo de manifestar al mundo entero no ser el Li*
kertador un hombre necesario para la subsistencia de la Repú-
blica; ademas, que era justo dejarle descansar en el sosiego de
la vida privada, según él mismo lo pedia con ahinco. Los del
partido contrario decían con mas razón que si Bolívar se ale-
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capítulo jui. 4»
jaba del gobierno, Colombia se disolvía, porque su grande in-
flujo y sus talentos eran cada día mas üece&ajiw uaia mantener
la unión y la tranquilidad en su vasto territorio.
Gérrada una larga discusión, resultó no admitida la renuncia
del Libertador por cincuenta votos contra veinte 7 cuatro. Ne-
góse en la misma sesión la del vicepresidente Santander por
setenta votos, y solamente cuatro la admitieron. Este resultado
fué muy satisfactorio á la mayoría de los habitantes de la capi-
tal y de gran parte de las provincias colombianas, que juzgaban
necesario el que Bolívar permaneciera todavía al frente del go-
bierno de la República, y que el congreso le diera esta nueva
prueba de confianza, lo mismo que al general Santander : la
firme conducta de este en el sostenimiento de las instituciones
de fin patria habia sido altamente meritoria.
Entre tanto se habían recibido en Bogotá las noticias del
desembarco de la tercera división y de los trastornos que habia
causado en Guayaquil. En la incertidumbre de cuáles serian
las verdaderas miras de Bustamante, de los Elizaldes y socios,
causaron una grande alarma entre los verdaderos patriotas que
amaban sinceramente la integridad y el orden de la República ;
otros se dejaron alucinar con las falaces protestas de los sedi-
ciosos , de que venían á sostener la constitución y las leyes.
Bajo de este velo meditaron apoyarse en aquellas fuerzas, para
derrocar el poder del Libertador, después de minar su reputa-
ción con invectivas y calumnias, sobre sus proyectos de alzarse
perpetuamente con la autoridad suprema de Colombia.
Aunque el jefe de este partido era el general Santander, no
pudo menos, luego que recibió las primeras noticias del arribo
de la tercera división á los departamentos del sur, que obrar
conforme á los principios constitucionales. Declaró, pues, en
21 de mayo por un decreto publicado solemnemente, que el go-
bierno de Colombia desconocía cualquiera segregación de su
territorio, fuera cual fuese su origen; y que también descono-
cía cualquier acto por el cual se trastornara el órden constitu-
cional en el todo ó en parte de los departamentos del sur. Man-
daba que en caso de haberse realizado algún cambio político en
dichos departamentos se restablecieran luego al punto las cosas*
al estado que tenían ántes del arribo de la tercera división.
Conforme á esta resolución general se contestó á la municipali-
dad de Guayaquil, y al general Lámar, que el poder ejecutivo
tomo iv. ♦
SO HISTORIA DB COLOMBIA.
sentía la mayor pena porque se habiaf iterado el óYdfeti estaWe-
cidtt por la constitución en el departamento, el' que debía tefr
tablecerse inmediatamente, á cuyo efecto había dictado las mas
eficaces providencias. Anadia que estas debian ejecutarse por
el jelfe superior Pérez y por el general Obando, uno de ios cua-
les nombraría la persona que debía encargarse de la intendencia
pa*a desempeñarla según las leyes colombianas. Tales órdenes
teWmnantes jamas se publicaron en Guayaquil ni por Lámar,
ni por la municipalidad. Esta dijo siempre que no había reci-
bido contestación del ejecutivo, á fin de tener un pretexto para
alucinar á los pueblos y continuar por largo tiempo el tumulto
y la sedición, bajo de apariencias y protestas de que se obede-
cían' la constitución y las leyes.
Guando el Libertador recibió en Caracas las noticias comuni-
cadas por el ejecutivo y por los intendentes del Istmo y del
Magdalena, del regreso á Colombia de la tercera división ;
cuando supo las miras proditorias que se atribuían á esta ctín
sólidos fundamentos; cuando vio los trastornos causados en
0^7^*4*, y que Juan Francisco Elizalde, Miguel Delgado y
otros hombres oscuros tenían la osadía de proclamar que no
había en Colombia mas autoridades legitimas que las muni-
cipalidades; cuando, en fin, se le informó que estos mismos
aumentaban la extraña pretensión de obligar al Libertador pre-
sidente de Colombia, y al fundador de tres Repúblicas, á que se
presentara al congreso como simple particular á dar cuenta de
su conducta en el Perú, no pudo sufrir sin la mayor indigna-
ción tamaño* ultraje. Así, á pesar de que pocos diasántes se
excusaba de venir á la capital á encargarse del poder ejecutivo,
según se lo había pedido encarecidamente el general Santander
(junio 19), ahora le escribe que han variado enteramente lás
circunstancias; y que tratándose de conmover y desmembrar la
República, él se creía obligado como presidente y como simple
ciudadano á impedirlo , y á evitar el escarnio de las leyes. Por
tanto, que marchaba para la capital de la República, y no
creería haber satisfecho sus mas sagrados deberes hasta no
dejaTfá tranquila y en aptitud de disponer libremente de sfls
"destinos.
Éií una prtíclama del mismo dia, que abunda en grandes,
nobles y patrióticos sentimientos, Bolívar anunció á Colombia
que marchaba hasta los confines meridionales á exponer su vida
CAPÍTULO XII. Hl
y su, gloria para libertar á kt República — « de los pórfidos que
después de haber hollado sus mas sagrados deberes, han enar-
boladoi el estandarte de la traición para invadir ios departa-
mentos mas leales y mas dignos de nuestra protección. » Pin-
taba con muy vivos colores la enormidad del crimen de estos
veteranos, que tenían la insolente audacia de querer dictar sus
mandatos al pueblo soberano á quien debian obedecer, ultra-
jando así la majestad de las leyes. Recordaba los triunfos de las
huestes colombianas bajo del pabellón nacional. Ofrecía de
nuevo que el congreso convocaría la convención , que era el
grito de Colombia y su mas urgente necesidad. — a En sus
manos depondré, añadía, el bastón y la espada que la Repú-
blica me ha dado, ya como presidente constitucional, ya como
autoridad suprema extraordinaria que el pueblo me ha confiado.
Tío no burlaré las esperanzas de la patria. Libertad , gloria y
leyes habéis obtenido contra nuestros antiguos enemigos : liber-
tad , gloria y leyes conservaremos á despecho de la monstruosa
anarquía, »
Adoptada esta enérgica resolución, el Libertador, que jamas
dejaba al tiempo ni á sus contingencias el cumplimiento de lo
que determinara una vez , dispuso con grande celeridad los
medios de someter por la fuerza á los sediciosos de la tercera
división. El general Salón se embarca para Cartagena con ocho-
cientos hombres , y el general Urdaneta, que se hallaba en Ma-
racáibo, recibe órdenes para acercarse á la provincia de Pam-
plona con una gruesa división, fuera de la reserva, que debía
permanecer en Venezuela á las órdenes de Páez, y pronta á
marchar si hubiera necesidad. El secretario general del Liber-
tador avisó (junio 20) por su orden al poder ejecutivo de la Re-
pública los motivos que exigían el movimiento de dichas tro-
pas, circunstancia importante que debe tenerse presente.
Radas tales disposiciones el Libertador se prepara á emprender
su viaje á Bogotá. Al efecto dicta con prontitud los últimos ar-
reglos para la completa organización de los departamentos del
Orinoco, Maturin, Venezuela y Zúlia : déjalos sujetos á la au-
toridad inmediata y fuerte del jefe superior José Antonio Páez,
á quien ordena se comunique con el mismo Libertador por eP
órgano de la secretaria general. Por tanto aquellos departamen-
tos continuaron independientes del poder ejecutivo , anomalía
harto irregular. Probablemente dió lugar á ella la oposición
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HISTORIA DF. COLOMBIA.
que Páez y sus partidarios tenian al vicepresidente Santander,
y también la enemistad capital que existia entre este y Bolívar.
Próximo á partir el Libertador da una proclama despidiéndose
de los Venezolanos, en que por lisonjearlos cometió la imper-
donable ligereza de asegurar — « que todas sos acciones habían
sido dirigidas por la libertad y la gloria de Venezuela, de Cara-
cas. » Rebajó así el grande objeto que se propusiera en sus
inmortales hechos, y en busca del cual habia marchado desde
las bocas del Orinoco hasta las cimas del Potosí, — « la inde-
pendencia y la libertad de la América del Sur. » Excitó igual-
mente los celos del centro y sur de la República, cuya prospe-
ridad y dicha nada habian pesado enja balanza de las acciones
del Libertador, según él mismo.
Embarcóse este para Cartagena (julio 5) en la fragata inglesa
Druida, en compañía del enviado extraordinario y ministro ple-
nipotenciario de S. M. Británica, sir Alejandro Cockburn, que
habia ido á Caracas con el objeto de presentar á nombre del
gobierno británica su respetuoso homenaje al ilustre Libertador
de Colombia. Residió en aquella ciudad dos meses , y tuvo la
cortesanía de ofrecerle dicha fragata, y de acompañarle hasta
Cartagena, adonde arribaron felizmente el 9 de julio. De esta
ciudad regresó Mr Cockburn á Inglaterra á causa de sus enfer-
medades, y encargado privadamente por el Libertador de pro-
mover en lo posible las negociaciones de paz con la España. El
jefe de Colombia ansiaba por este resultado considerándolo de
grande importancia para la organización y futuro bienestar de
la República.
Á la misma sazón que ocurrían estos sucesos en la costas del
Atlántico, el congreso continuaba sus sesiones en la capital. La
primera ley que acordó fué declarando que habría un olvido
perpétuo de todos los actos que habian alterado el órden polí-
tico y legal de la República, desde el 27 de abril 1826 hasta la
publicación de dicha ley. Este acto importante, en que expre-
samente se comprendía el motin de la tercera división y sus
hechos posteriores, fué recibido con aplauso, como un calmante
poderoso de las agitaciones y del calor de los partidos, pués
Haba seguridad á las personas, á las propiedades y á los em-
pleos de los comprometidos.
En seguida se acordó una ley declarando que desde el mo-
mento en que se reuniera el congreso, cesaban las facultades
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CAPÍTULO XII. 53
extraordinarias de que usaba el poder ejecutivo ; declaro ade-
mas el restablecimiento del órden político de la ftepública,
según regia antes del 26 de abril de 1826, y que ningún Colom-
biano estaba obligado á obedecer autoridades que no se halla-
ran establecidas por la constitución y la ley. Este era uu golpe
que el partido exaltado dirigía contra el Libertador, aboliendo
así la autoridad de los jefes superiores y de otros magistrados
que se habían creado en las provincias en virtud de facultades
extraordinarias. El vicepresidente se opuso á esta ley, mani-
festando los inconvenientes que resultarían; pero insistió el
congreso en la mayor parte de sus disposiciones. No consideró
bastan temen te los malos efectos que produciría en los cuatro
departamentos de Venezuela, donde echaba por tierra la nueva
organización que les había dado el Libertador.
Otra ley digna de mencionarse es la que adiciouaba la del año
anterior sobre la comisión del crédito público. Deseaban los
legisladores colombianos que se trabajara con asiduidad y
constancia eu fundarlo, asi exterior como interiormente. Ocu-
pábase la comisión establecida en la capital en consolidar la
deuda interior y en colectar los fondos, operaciones que iban
adelantándose. El primer pago de los intereses vencidos en el
semestre que terminó el 30 de junio de este año, se hizo en
agosto. Gomo estaban ya reconocidos seis millones de pesos de
la deuda interior, y solamente se habían colectado setenta mil
pesos, esta suma se distribuyó entre los acreedores á propor-
ción de sus créditos. Pagóse por los vales que ganaban el cinco
por ciento de ínteres el uno y cuarto ; y uno por ciento sobre
los del tres. Por el resto que se quedaba debiendo, se dieron
billetes de reconocimiento, que jamas se han satisfecho.
Discutíase también con mucho calor, asi dentro como fuera
del congreso, la cuestión importante de convocar ó no una con-
vención que reformára la constitución de Colombia. Algunos
de los liberales exaltados se oponían vigorosamente, y su jefe el
general Santander era de la misma opinión, pues se gloriaba
de ser el primer campeón constitucional. Sin embargo de esto,
fa mayoría de los ciudadanos y todos los miembros del consejo
de gobierno estaban convencidos de que ya era necesario refo&-
mar la constitución de Cúcuta para dar gusto á una gran parte
de la nación que lo pedia y juzgaba ser una condición precisa
para obtener su felicidad. Aunque el articulo 191 disponía que
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. 54 HISTORIA DE COLOMBIA.
ántes hubieran trascurrido diez anos, hallaban modo de inter-
pretar aquella disposición valiéndose de los grandes y extraor-
dinarios sucesos ocurridos en el último año, sucesos que exigían
una medida de tan vital importancia.
Miéntras que seguía el curso de tales discusiones, subió á<8u
colmo la exaltación de los partidos. Súpose el movimiento de
tropas decretado por el Libertador ; el arribo á Cartagena ftel
general Salón con ochocientos hombres y que allá mismo arri-
barían otros cuerpos ; hablóse de los que se movian sobre 'Cu-
enta y que Páez debia juntar mil jinetes hácia Guadualito de
los escuadrones licenciados de Apure. Aunque el secretario
general del Libertador habia comunicado oficialmente al -go-
bierno de la República que movía aquellas tropas para el <oaso
de necesitarse, á fin de someter á los amotinados de la tareera
división, el mismo general Santander dió el grito de alarma,
que se repitió por su partido entero. Creyóse ó aparentóse
creer, que Bolívar movia todas aquellas fuerzas para destruir
las libertades públicas, y oprimir á los patriotas que las habían
sostenido denodadamente. En consecuencia el vicepresidente
pasó al congreso mensajes acalorados en los que hablaba de los
supuestos proyectos del Libertador. Sobre el mismo tono se
declamó largamente en el senado por el partido de oposición á
Bolívar, á cuya cabeza estaba el doctor Soto ; mas no se adoptó
resolución alguna definitiva.
En estas circunstancias el doctor Vicente Azuero vino á au-
mentar el incendio de las pasiones, añadiendo nuevos combus-
tibles (julio 18). Este publicó en El Conductor un artículo en
que proponía como la única medida conveniente á la felicidad
de la Nueva Granada, que esta declarase roto el pacto funda-
mental de unión con Venezuela; que estaban absolutamente
separadas y en estado de organizarse como les pareciera me-
jor; que los departamentos del centro conserváran el nombre
de Colombia y continuáran regidos por la misma constitución
y leyes que se reformarían oportunamente; que la Nueva Gra-
nada reconociera y se obligára á pagar por sí sola toda la deuda
«xteríor en caso de que las otras dos secciones no quisieran
•satisfacer lo que les correspondiera; en fin, que de la deuda
interior reconocería lo que se debiese á los habitantes de su
territorio. Después de estas disposiciones capitales hablaba -de
•las facultades 'extraordinarias* de que se investiría <el ^nbimno
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r.\rÍTüi.o xii. 55
granadino, sin olvidar que debían ser privados de sus empleo^,
presos y expulsados todos los individuos sospechosos que fue-
ran desafectos á la libertad ó á este nuevo orden de cosas. Tal
proyecto, que se pretendia apoyar en que los cuatro departa-
mentos de Venezuela estaban ya de hecho separados de los del
centro y en que era preciso asegurar las libertades públicas, se
iniciaba dando facultades extraordinarias que tanto se critica-
ban ejercidas por el Libertador, y desterrando y persiguiendo,
lo que este no hacia. Semejantes alegaciones solo eran pretextos
para ocultar el verdadero designio de aquel partido: — a alejar
al Libertador del gobierno de la República, aun proclamando .la
revolución. »
Poco faltó para que estallara una en Bogotá (julio 21) con ,el
objeto de jealizar el plan que proponía Azuero. Santander
estaba en el secreto de la conspiración ; pero felizmente para su
honor y para el de la República, confió al secretario de la
guerra el secreto de que habia determinado renunciar la vicc-
presidencia, y ponerse á la cabeza de la revolución, para inde-
pendizar á ios departamentos del centro, de los del sur y norte
de Colombia; añadiendo, que estaba ya de acuerdo con nias.de
veinte jefes militares. El general Soublette le disuadió de que
diera un paso que le sería tan degradante, y por fortuna aban-
donó. Santander aquel proyecto, dictando eficaces providencias
para impedir la revolución. Privados de su apoyo tuvieron que
ceder Azuero y los demás exaltados liberales, que no hallaron
en Bogotá ni en las provincias la cooperación y las fuerzas sufi-
cientes para oponerse al influjo y á las tropas que sostenían al
Libertador.
pesar de que el mismo Soublette y los demás secretarios
del gobierno de Colombia aconsejaban de contiuuo la calma ,y
la moderación al vicepresidente Santander, no podian conse-
guir libertarle de que diera algunos pasos falsos. Los doctores
Azuero y Soto, que formaban su consejo privado, tenían mu-
cho ascendiente sobre él, y le arrastraban en sentido contrario.
De aguí esa oposición decidida á que se convocara la conyen-
áon, sin embargo de que ya era un grito nacional el que la
pedia, y el decir que preferia la guerra civil á que se convo-
cára ; de aquí esas vociferaciones de Santander, quien decía
públicamente que le sería muy fácil oponerse y vencerán la
guerra al general Bolívar, y que esta debia declarársele para
•
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5C HISTORIA DE COLOMBIA.
conservar las libertades públicas; de aquí el haber repetido
várias veces, que si aquellas perecían hubiera preferido qüe
permaneciéramos unidos á la España; de aquí el decir que
entre Morillo y Bolívar quería mas bien que el primero vol-
viera á entrar en Bogotá, porque el segundo derramaría igual-
mente la sangre de los mejores patriotas ó entre estos él se
consideraba en un riesgo inminente. Lo mas admirable es, que
proposiciones tan escandalosas las propalara delante de su con-
sejo, de algunas diputaciones del congreso y de otras várias
personas. Estaba privado de la cordura y circunspección que
demandaba su alta posición social. Dejábase arrastrar por los
raptos de sus pasiones y de su genio brusco, que nada respetaba
cuando perdía la paciencia ; por desgracia esto le sucedia fre-
cuentemente. En aquellos dias el congreso era también objeto
de sus declamaciones. Le tachaba de débil porque no acusaba
y destituía al Libertador presidente, declarando todos sus pro-
cedimientos ilegales.
No obstante la oposición de Santander y de los movimientos
y esfuerzos que hizo el partido exaltado, el congreso acordó la
convocatoria de la convención nacional. Siguiendo el vicepre-
sidente sus propias opiniones y las de sus amigos políticos,
objetó la ley, contra el voto unánime de su consejo. Es cierto
que las objeciones no se versaban sobre la sustancia del
proyecto, por lo cual convino el congreso en casi todo lo que
proponia el ejecutivo, y sancionado por este, vino á ser ley de
la República el 7 de agosto. Convocábase por esta una conven-
ción general de diputados de las provincias de Colombia, que
debían reunirse en la ciudad de Ocaña el 2 de marzo de 1828.
Tal fué el resultado de aquella célebre cuestión de reformas,
iniciada en Valencia por la rebelión de Páez, y que tanto habia
agitado á Colombia. Aun los ojos mas penetrantes en ro futuro
no podían prever cuáles serian las consecuencias de esta me-
dida, que por desgracia era ya necesaria; pero que estaba pre-
ñada de bienes y de males que de un momento á otro podían
volcar el edificio político que habia costado tamaños sacrificios.
El congreso dió inmediatamente después el reglamento según
el cual debían elegirse los diputados para la convención. Como
el partido exaltado nada pudo hallar en tales actos contra los
principios mas liberales del derecho constitucional, calmaron
algún tanto sus declamaciones.
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CAPÍTULO III.
37
Entonces todas se concentraron para atacar al Libertador
después de su arribo á Cartagena y de la contestación que
tiió al presidente del senado y al ejecutivo, de que obe-
diente á la volnntad nacional , se ponia en camino para Bo-
gotá. Como al mismo tiempo se dirigían algunos cuerpos de
tropas hácia la capital , tanto del departamento del Magda-
lena, como de la parte de Cúcuta, Santander y los de su par-
tido hicieron todos los esfuerzos imaginables á fin de impedir
aquella marcha. El vicepresidente manifestó al Libertador que
no habia con qué sostener mas tropas en lo interior, porque
las rentas públicas estaban agotadas, y en cuatro meses no se
habían pagado los sueldos de los empleados ; añadía, que fuera
de esto, eran innecesarias dichas tropas por haber cesado los
temores que inspiraba la tercera división; que el general
Obando habia sido reconocido como jefe de ella y restablecídose
el orden constitucional en Guayaquil. Empero teniendo el Li-
bertador noticias mas recientes y fidedignas de aquella ciudad,
manifestó á Santander su equivocación, y que el departamento
de Guayaquil regido por un general extranjero no daba la
menor garantía de órden ; así, que erau necesarias las fuerzas
que le acompañaban para disolver los cuerpos de la tercera di-
visión y cubrir las fronteras meridionales de la República —
« cuanto lo exige el aspecto poco amistoso que presenta ahora
el Perú, y las siniestras miras con que se ha dicho que su go-
bierno restituyó á Colombia las tropas auxiliares. » En virtud
de tales fundamentos el Libertador se denegó á dar órdenes
para contramarchar los cuerpos que habia dirigido á los depar-
tamentos del centro.
Dichos cuerpos se hallaban sujetos á la autoridad inmediata
del ejecutivo de Colombia, que no estaba á cargo del Libertador,
y por eso el vicepresidente creyó que este le bacía un mani-
fiesto agravio introduciendo tropas en su territorio. Sus quejas
se aumentaron con justicia cuando supo que el general Urda-
neta traía instrucciones de avanzar hasta Chocontá en el de-
partamento de Cundinamarca, y de no obedecer otras órdenes
que las comunicadas por la secretaría general. No se podia de-
cir que tales providencias emanaran de facultades extraordi-
narias que tuviera Bolívar; pues restablecido el órden consti-
tucional por la última ley del congreso, el Libertador nb podia
ejercer las funciones ejecutivas, sin que se hallara en la capi-
*8 HISTORIA DB COLOMBIA.
tal, y sin haber prestado el juramento prevenido por la consti-
tución. Eran por consiguieute actos ilegítimos, la marcha de
las tropas y otros ejecutados en Cartagena, donde confirió em-
pleos, é hizo promociones militares.
Estos procedimientos del libertador dieron ansa al vicepresi-
dente para hacer un grande alboroto ; él publica artículos
fuertes en la gaceta de gobierno, denunciándolos á los pueblos
como notorias infracciones de la constitución ¿ él dirige al con-
greso enérgicas protestas contra todo acto de Bolívar en calidad
de .presidente de la República antes de prestar el juramento
constitucional ; él, en fin, no omite . medio alguno para concitar
enemigos al Libertador, diciendo que pretendía establecer ,uua
verdadera tiranía sobre la ruina de la .constitución y de las
leyes que regían. Observaba, y lo mismo todos sus partidarios,
haber dicho el Libertador que se ponia en marcha para la ca-
pital, sin añadir que haría el juramento. Inferían de aquí, y
aun algunos de los amigos de Bolívar llegaron á temerlo, que el
regreso de este sería parecido al de Bonaparte cuando volvió de
Egipto, y que aboliría la constitución de Colombia, persiguiendo
á los que la hubiesen defendido.
Mas á pesar de tantos esfuerzos del partido exaltado, para
concitarla qpinion pública contra el Libertador, ó impedirle
qne.entrára á ejercer el mando supremo, todas sus esperanzas
fueron ilusorias. Persuadiéronse, al fin, que no tenían medio
alguno eficaz para contrarestar el grande influjo de Bolívar y
las fuerzas respetables que marchaban hácia la capital. Yióse
entónces la prudencia con que el Libertador, aun oponiéndose
á las leyes existentes, habia dispuesto la marcha de tropas á
los departamentos del centro. Sin esta medida hubiera esta-
llado una revolución para impedirle que mandára por mas
tiempo la República ; revolución y guerra civil á cuya cabeza
hubieran estado Santander y sus consejeros íntimos.
Aquel, instigado por su impotente rabia y por su odio contra
el Libertador, protestó (agosto 24) en un mensaje dirigido al
üongreso, que estaba en la firme resolución de .resistir la en-
trega del mando, miéntras Bolívar no prestara el juramento
debido. Convocó también al consejo de gobierno con el fin, de
consultarle dos proyectos que meditaba. Era el primero,, que
no teniendo el ejecutivo fuerzas con que oponerse á las ,gne
traia el presidente, se disolviera, declarándolo así ,por un^ta
CAPÍTULO XII. Sft
y una protesta. Los miembros del consejo de gobierno que
eran amigos del Libertador, que no se dejaban arrastrar *por
pasiones iel momento, y que solo querían el bieu y fe conso-
lidación de la República, se opusieron unánimemente á Meas
tan subversivas del órden y de la tranquilidad. En segundo
lugar quiso el general Santander que se dirigiera una circular
á los ministros extranjeros, protestando contra los actos ilegales
de Bolívar. También se opuso el consejo á esta medida irregu-
lar que á nada conducía, y por la que se pretendía conceder á
las naciones extranjeras una intervención indebida.
Viendo Santander que ninguno de sus proyectos encontraba
apoyo, se quejó amargamente de la apatía de sus secretarios,
para defender, según decía, las libertades : dijoles estar conve-
nido con doce jefes militares en que si resultaba cierto que el
sur de la República se hubiese decidido por el sistema federa-
tivo, y por una separación del centro y del norte, se iría allá
con todos los que determináran seguirle, para hacer la guerra
al Libertador : repitió entónces por la centésima vez, que da
deseaba ardientemente, pues le aborrecía de muerte, y que allí
le opondrían las barreras formidables del Juanambú. Los -se-
cretarios le improbaron todos estos proyectos, que manifestaban
tan , poca circunspección y cordura : al mismo tiempo aconseja-
ron á Santander que si no creía segura su persona de la ven-
ganza de Bolívar, debía renunciar nuevamente la viceprasi-
dencia é irse á viajar fuera de Colombia, mientras pasaba 4a
tempestad; consejo que no siguió, pues dijo que se le presen-
taban graves inconvenientes.
Entre tanto el Libertador se acercaba por tierra á la capital,
pues desembarcando en el Puerto-Nacional de Ocaña, seguía
de 4ísta ciudad á la de Jirón. En Cáchira recibió el decreto
asordado por el congreso reduciendo la fuerza del ejército tle
Colombia á diez mil hombres, disposición que le molestó sobre
manera. Desde allí envía á su edecán el coronel Wilson con
pliegos para el ejecutivo y para el congreso. Manifestaba á este,
que subsistiendo aquella limitación, no podría encargarse del
gobierno porque no tendría medios de hacerse obedecer ^
sobre todo en Guayaquil, departamento que había proclamado
(*) El ejército cólombtano «n aquella época rolo ascendía á poco mas
de díte mil hombros, sin:eontar<do6 mü qvc estiban enlBoirtia.
60 HISTORIA DE COLOMBIA.
la federación, sistema de gobierno que era opuesto á sus ideas.
Examinado el negocio en el congreso, le contestó el presidente
del senado, que viniera á encargarse del poder ejecutivo, y que
podría después hacer presente al congreso lo que estimara
oportuno sobre la reducción del ejército. El Libertador espe-
raba la respuesta en el Socorro, y habiéndola hallado satisfacto-
ria, continuó su viaje á Bogotá. Acompañábanle el jefe de es-
tado mayor general Briceño Méndez y el general ürdaneta;
este habia dejado en Soatá la división del Zúlia. Todos los ofi-
ciales que llegaban á la capital, del cuartel general Libertador,
venian preguntando dónde estaban las avanzadas de las tropas
de Santander : tan persuadidos se hallaban de que este opon-
dría la fuerza contra la autoridad del presidente.
De Cipaquirá avisó Bolívar que prestaría el juramento cons-
titucional en el momento de llegar. Al efecto se reunieron las
dos cámaras legislativas en el hermoso templo de Santo Do-
mingo. El Libertador llegó á las tres de la tarde del 10 de se-
tiembre, é introducido por una gran diputación prestó en ma-
nos del presidente del senado, el juramento de observar y hacer
eumplir la constitución de la República, acto que fué aplaudido
por un numeroso concurso. En seguida pronuncia una corta
arenga en que ofrece gobernar conforme á la constitución y á
las leyes, y entregar á Colombia libre y unida á la convención
nacional. Contestóle en términos muy satisfactorios el presi-
dente del congreso Vicente Borrero. • :
El vicepresidente Santander aguardaba al Libertador en la
casa del gobierno , con bastante ansiedad , acompañado de los
secretarios y de las principales autoridades. Felicitóle en un
discurso por su arribo á la capital y por haberse encargado del
ejecutivo nacional. La contestación del Libertador fué llena de
urbanidad , y dijo entre otras cosas , que la conducta del vice-
presidente habia sido arreglada á las leyes. Aquel dia corrió
felizmente sin que hubiera manifestación alguna de la enemis-
tad decidida que existia por desgracia entre ambos magistrados.
Apénas se hizo cargo del gobierno, dispuso el Libertador que
continuára la sesión extraordinaria del congreso. Díjole en Si
mensaje ser para darle cuenta del modo con que habia ejercido
las facultades extraordinarias , y de los arreglos hechos en los
departamentos de Venezuela; así como para que considerase el
estado general de la nación. Posteriormente sometió al mismo
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T.APÍTUJLO Xll. 61
congreso algunas materias especiales de los ramos del interior,
de guerra, de marina y de hacienda. La situación en que esta
se hallaba era lamentable , pues no habia con que hacer los
gastos públicos.
Sin embargo de que los actuales secretarios de Estado mani-
festaron al Libertador la conveniencia de que formase un nuevo
ministerio, pues ellos estaban comprendidos en las declamacio-
nes que se hacían contra la administración del general Santan-
der, de ningún modo quiso asentir (setiembre 42). Nombróles
pues nuevamente, al señor Revenga para las relaciones exterio-
res, eximiendo de esta secretaria a José María Restrepo, quien
la habia desempeñado junto con la del interior desde que Bo-
lívar se fué para Venezuela; Restrepo continuó encargado déla
secretaría del interior ; el doctor José María del Castillo volvió
á la de hacienda, que antes renunciara, dimisión que le fué ad-
mitida por el vicepr&sidente ; al general de división Carlos Sou-
blette se le encargaron los departamentos de guerra y marina.
Esta distinción y testimonio público que dió el Libertador de
hallarse satisfecho de la conducta oficial de los miembros que
componian el ministerio, fué la mejor contestación que estos
pudieran dar á las diatribas que se habían publicado contra
ellos, especialmente en la rebelión de Venezuela.
El ministerio se decidió á continuar después de haberle ase-
gurado el Libertador, que su firme resolución era mandar con-
forme á las leyes , y como presidente constitucional de Colom-
bia ; díjoles que trabajaría con empeño para ver si podia conseguir
la reconciliación de todos los partidos.
Á la entrada del presidente en Bogotá se ausentaron los se-
nadores Soto, Juan Nepomuceno Azuero y Miguel Uribe Res-
trepo, temiendo el resentimiento de Bolívar por los violentos
discursos que habían pronunciado contra él, especialmente
cuando se debatía la cuestión sobre la rennncia de la presiden-
cia. Rióse Bolívar de sus temores, así como de los de algunos
periodistas que tanto le habían atacado. Hízoles decir á todos—
« que vivieran tranquilos y seguros, pues no conservaba resen-
tftniento alguno contra ellos. »
Para calmar los partidos mandó expedir circulares encar-
gando á los intendentes, gobernadores y demás autoridades,
que cuidasen, ejerciendo su influjo y por cuantos medios les
fuera posible, de restablecer la concordia de los ánimos entre
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62 HISTORIA M COLOMBIA.
los; Colombianos, el imperio y la obediencia k las leyes, y el
exacto cumplimiento de las órdenes y disposiciones del go-
bierno.. Se les indicaba que para el restablecimiento de la con-
cordia procurasen conseguir que cesara la guerra de papeles, y
que. no sej escribiera contra personas ni corporaciones determi-
nadas^ pues convocada la. convención nacional y publicada la
ley de, olvido , un velo impenetrable debia cubrir á todos los
suceso» anteriores, y darse los Colombianos un ósculo fraternal,
á cuyo efecto la imprenta no debia ocuparse sino en proponer
los remedios mas propios para curar las profundas heridas que
habia recibido la patria, por los encarnizados bandos que ántes
dividieran á sus hijos.
El Libertador extendió sus cuidados á reorganizar todos los
ramos de la administración pública , y á nombrar empleados
de su confianza. Trabajaba asiduamente con sus secretarios,
aplicando su atención hasta ¡Líos últimos pormenores del go-
bierno. Ninguno creía que la imaginación ardiente, y el genio
tan vivo de Bolívar pudieran contraerse al despacho de tantos
detalles; mas se engañaban. No solamente los atendía, sino que
los penetraba inmediatamente , aun cuando fueran de ramos
extraños á su profesión militar, por ejemplo de jurisprudencia,
á la que tenia la mayor aversión, lo mismo que á los abogados.
Tampoco se encaprichaba en sostener sus opiniones, aunque
algunas veces las llevara formadas al consejo; cuando los se-
cretarios le manifestaban buenas razones en contrario , cedia
con docilidad.
Viéndole gobernar legalmente desapareció en gran parte la
acrimonia de los partidos en la capital. Lo mismo sucedía en
las provincias y adonde quiera que llegaban las noticias de que
el Libertador se hallaba ejerciendo el poder ejecutivo. Hasta sus
mismos enemigos iban deponiendo su enemistad, y casi todos
los Colombianos confiaban en que por medio de sus talentos y
de. su grande influjo se podría conseguir que renacieran los
dias bellos aunque fugaces de Colombia.
Como la convención nacional era la áncora de la esperanza
para el restablecimiento de la República , el Libertador, al dis-
poner la circulación del reglamento para las elecciones de sus
miembros, encargó muy encarecidamente á los intendentes y
gobernadores, cuidáran de que se hicieran las elecciones con el
mayor órden y libertad. Al mismo tiempo recomendó que las
•
capítulo xit. 63
provincias escogieran para orputaaos a personas ne prouioaa ,
de mees, de patriotismo conocido , y de adhesión á la indepen-
dencia y libertades de Colombia. El Libertador y sus principales
agentes* cumplieron esta circalar con la mayor exactitud.
Durante la sesión extraordinaria el congreso dió al Libertador
las pruebas mas brillantes de la confianza que en él tenia.
Aprobó en todas sus partes las medidas extaordinarias que ha-
bía dictado en los departamentos del Zúlia , Venezuela , Matu-
rin y Orinoco : le facultó para conceder por sí solo grados y
ascensos á los militares roas beneméritos , aun estando reunido
ei congreso ; para vender los buques de la marina de guerra
que no juzgase necesarios ; para mejorar los caminos, disminuir
las cuotas de rentas municipales , cuyo gravamen detestaban
los pueblos ; y para reformar el plan de universidades y cole-
gios de la República (*). En hacienda estableció el congreso una
contribución directa urbana que nunca se cobró , porque se vió
que causaria sumo disgusto a los Colombianos : también esta-
bleció las de alcabala y de patentes, autorizando plenamente al
mismo Libertador para que hiciera en la parte administrativa
de la hacienda nacional los arreglos que estimara convenientes.
Entre los negocios que ocuparon al congreso en la sesión ex-
traordinaria , fué uno la representación que el vicepresidente
Santander habia dirigido al Libertador después que este se
encargó del mando. Solicitaba en ella que hiciera indagar por
todos los medios legales que estuvieran en su poder — « si él
tenia dinero en algún Banco extranjero , ó si durante su go-
bierno se habia mezclado en alguna negociación de cualquiera
especie que fuera. » Esta representación provenía acaso de las
declamaciones que Bolívar y algunos de sus partidarios habían
hecho en Venezuela, sobre las pretendidas negociaciones
del vicepresidente con los fondos del empréstito. El Libertador
declaró que nada de lo que contenia el pedimento le tocaba de-
eidir y que pasára á la cámara de representantes. En esta fué
origen de acaloradas discusiones , y varios diputados elevaron
sus voces apasionadas contra Santander, procurando resucitar
A cuestión antigua del empréstito y de su inversión, y propo-
niendo que se acusara al vicepresidente. Empero otros repre-
sentantes le defendieron como era justo, y al fin el mismo dia
(1) Véase la nota 6«.
Dígita
64 HISTORIA DI COLOMBIA.
que cerrara el congreso sus sesiones, acordó la cámara — « nom-
brar una comisión de cinco diputados , que reuniera los datos
acerca del empréstito , y que recibiera las pruebas que el gene-
ral Santander quisiera presentar ó pedir, á fin de que se viese
el negocio en otra sesión. » Mas fué esta la última, y no se vol-
vió á discutir una cuestión que babia sido tan dilatada é impor-
tante.
Después de acordar todos los actos legislativos ya menciona-
dos, el congreso terminó sus sesiones el 5 de octubre. Como la
convención debia instalarse el 2 de marzo venidero, todo el
mundo juzgaba que este sería el último congreso que se juntara
bajo la constitución de Gúcuta. Disolvióse sin haber fijado por
ley los gastos públicos , siguiendo en esto el mal ejemplo de los
anteriores.
Ya habían calmado algún tanto las pasiones políticas y rena-
cido la tranquilidad en las provincias del centro de la Repú-
blica , cuando vino á turbarlas un fuerte sacudimiento de la
naturaleza. EH6 de noviembre, á las seis y cuarto de la tarde,
un terremoto conmovió la capital y algunas provincias del sur
y del norte, de una manera terrible : varios templos , muchas
casas, y como doscientas cincuenta personas fueron víctimas de
tan horrendo temblor de tierra, el mas fuerte de todos los que
se habían sentido en Bogotá y en las provincias circunvecinas,
en los últimos cincuenta años. Poco á poco fué calmando el
terror de los habitantes; pero los daños causados duraron largo
tiempo (*).
Uno de los primeros cuidados del Libertador después que se
hizo cargo del mando de Colombia , fué restablecer la tranqui-
lidad y el orden constitucional en el importante departamento
de Guayaquil, que aun se resentía del desórden causado por el
regreso de la tercera división. Después de dirigir á los Guaya-
quileños una proclama, en que les decía que ellos no eran cul-
pables, sino sus conductores, los excitaba á que se abrazaran
como hermanos — « á la sombra de los laureles , de las leyes ,
y del nombre de Colombia. » Envió también algunas tropas
hácia Popayan. Al mismo tiempo los generales Torres y Flore*,
trabajaban de consuno en reprimir la facción militar que domi-
naba en Guayaquil. Esta, capitaneada por los comandantes José
(i) Véase la nota T.
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A ' caHtulü xii. 6.s
Antonio Carvallo, Juan José y Ramón Arríela, había tratado en
tos días 9 á i 1 de setiembre de proclamar al gobierno del Perú,
destituyendo k las autoridades del país. Los facciosos consiguie-
ron apoderarse de la artillería , del cuartel de húsares y de las
fuerzas marítimas , apoyados en el batallón Guayas, que estaba
ganado. Mas el comandante general Antonio Elizaldc , se puso
á la cabeza de una columna de Ayacucho; obrando con firmeza
y^ecision se hizo respetar por los traidores, que no hallando
cooperación en el pueblo, se acobardaron. Reunidos la munici-
palidad y gran número de padres de familia , obligaron á los
facciosos á someterse y á dejar el país. El batallón Guayas salió
también de la ciudad para situarlo en la Punta de Santa He-
lena , donde fué disuelto por hallarse corrompido con tantas
sediciones.
Por el contrario, el espíritu y la moral del batallón Vencedor
mejoraba cada dia y estaba decidido á sostener lo que dispusiera
el Libertador ; empero no tenia un jefe capaz de dirigir sus mo-
vimientos. Sabiéndolo el general Flórez , que acechaba cuanto
sucedía en Guayaquil, se pone de acuerdo con el general Turres,
quien había recibido órdenes del poder ejecutivo para encar-
garse del mando civil y militar del departamento , á fin de que
ib reclame. Después de haber dado tal paso , envía Flórez al
demandante Manuel de León , jefe de toda su confianza, para
que se presente en Guayaquil como huyendo del mismo Flórez,
qmen escribe á Elizalde una carta contra León. En consecuen-
cia de este ardid, Elizalde nada sospecha, y León marcha á
Samborondon , pueblo en que el Vencedor se halla acantonado
(setiembre 22). Allí se pone á su cabeza, proclama la obedien-
cia al Libertador, y desconoce las autoridades revolucionarias
establecidas en la capital , exigiendo de ellas que restituyan el
orden constitucional alterado habia algunos meses. En vano el
comandante general Elizalde procura persuadir á León que de-
sista de su patriótico iutento ; él se sostiene y declara que está
obrando conforme á las órdenes de Flórez. El segundo coman-
dante de Ayacucho también apoya su intento.
• Sin detenerse marcha á la plaza apoderándose de los cuarte-
les de húsares y de Ayacucho , cuyos cuerpos no hacen resis-
tencia ; ántes bien apoyan el movimiento. Ocupó igualmente el
parque y los demás puestos militares de la ciudad, sin que hu-
biera desgracia alguna.
TOMO iv. 5
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66 HISTORIA DB COLOMBIA.
En estas circunstancias el intendente Novoa se portó con la
misma firmeza y decisión que tuvo cuando el motin peruano
de los Arrietas. Desde antes habia recibido las órdenes del se-
cretario del interior, en que le prevenía diera posesión de la
intendencia al general Ignacio Torres. Al tiempo de instruir de
ellas á la municipalidad el 25 de setiembre, le manifestó que
estando ya convocada la convención , todo debia volver en
Guayaquil al orden constitucional. Así lo acordó la municipa-
lidad, oyendo previamente el dictamen de diez padres de fami-
lia de los principales vecinos.
Inmediatamente después de haber acaecido esta contrarevo-
lucion entraron en Guayaquil los generales Tórres y Flórez. Aun-
que iban por los distantes caminos del Naranjal y de Babahoyo,
habían combinado tan exactamente sus jornadas, que llegaron
el mismo dia. Seguian á Flórez los batallones Rifles y Carácas,
y á Tórres la mayor parte de Ayacucho. Encargóse Tórres de
la intendencia y del mando civil, y confirió el militar á Flórez.
Bustamante, Juan Francisco Elizalde , Merino , Delgado y otros
oficiales facciosos hasla el número de cincuenta y tres huyeron,
especialmente al Perú, abandonando la patria, que habian des-
honrado con sus delitos. De esta manera se restableció la tran-
quilidad y el imperio de la constitución y leyes colombianas en
el departamento de Guayaquil. Contribuyeron sobre manera á
este feliz suceso las noticias de que el Libertador iba á encar-
garse del mando supremo , así como los talentos y astucia del
general Flórez, quien adquirió nuevos títulos á la gratitud na-
cional.
En tanto que ocurrían estos sucesos en el sur, el centro y
costas de la Nueva Granada permanecían tranquilos, pues bajo
él mando del Libertador, habian calmado un poco los mutuos
odios y resentimientos de los partidos. Mas no se hallaban en
el mismo estado los departamentos del nordeste de la Repú-
blica. Á poco tiempo de haber salido de ellos el Libertador, es
decir, desde el mes de agosto , se sintió un malestar é inquie-
tud general, que presagiaba disturbios y acaso una revolución
qtte interrumpiera la tranquilidad que habian gozado. Hubo
movimientos sediciosos en Qrituco, San Sebastian, los Teques,
Charallave y otros lugares del Llano- Alto de Carácas; allí exis-
tían las partidas de guerrilla de Doroteo Herrera y de Juan
Centeno , los que hacía mucho tiempo que trabajaban á favor
* 4
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I
CAPÍTULO III. 67
del rey de España : hallábanse apoyados en las fragosas monta-
ñas de los Güires, y era harto difícil destruir estas guerri-
llas. Aun era mas temible la facción de Cisnéros, que saqueaba,
robaba y destruía el territorio de Guarénas , Petare , Santa Lu-
cía y otros distritos parroquiales de los valles del Tuy ; en sus
bosques y montañas tenia sus guaridas , inquietando muy de
cerca á la capital de Venezuela, adonde se aproximaba algunas
veces.
Desde el mes de agosto principió á observarse una grande
actividad en todas estas guerrillas, cuyo número y fuerzas cre-
cían por los socorros que les enviaban los realistas, especial-
mente de Caracas , que también les daban avisos á fin de que
tuvieran buen éxito sus correrías; así fué , que Cisnéros pudo
espiar y apoderarse en el sitio del Lagartijo de mas de diez mil
pesos que se remitían de Ocumare á Orituco para comprar los
tabacos de esta factoría, presa que aumentó sus recursos y par-
tidarios.
Súpose en breve que la extraordinaria actividad de las guer-
rillas enemigas provenia de inteligencias que el capitán general
de Puerto-Rico manlenia con los realistas del país, valiéndose
del doctor José Domingo Diaz , enemigo irreconciliable de la
independencia de su patria. La policía de Caracas descubrió
cartas y proclamas incendiarias de Diaz en poder de los religio-
sos Habelo y Juan José García. Averiguóse también que el oficial
español de artillería don José Arizábalo, á quien se había per-
mitido residir en Caracas, después que fué rendido y capitulado
en Maracáibo, abusando del beneficio que recibiera por súplicas
de algunos, se puso en comunicación con los guerrilleros, y
ocultamente se les pasó : juntándolos en los Güires fué recono-
cido en los últimos dias de setiembre por comandante general
de todas las guerrillas tituladas realistas, en cumplimiento de
un despacho que le envió el capitán general de Puerto-Rico.
Desde entonces se hicieron audaces , obraron de acuerdo y tu-
vieron mas partidarios ; pero aunque lo intentaron repetidas
veces, jamas consiguieron apoderarse de ningún punto de la
cdsta. Deseaban esto ardientemente y les convenia sobre ma-
nera para recibir los socorros que les habían ofrecido los jefes
españoles de Cuba y Puerto-Rico.
Solamente la guerrilla de Cisnéros no recouocia la coman-
dancia general de Arizábalo. Aquel astuto guerrillero admitió
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68 HISTORIA DE COLOMBIA.
el despacho de coronel que á nombre del rey de España le en-
viára el capitán general de Puerto-Rico, pero jamas quiso obe-
decer órdenes algunas de otro jefe. Amaba sobre manera la
independencia para ejecutar á su antojo cuantas fechorías se le
proporcionáran.
Una conflagración general debia estallar en Venezuela, y los
cabecillas designados se pusieron en campaña. Su primer anun-
cio fué la rebelión de los Teques, la que se anticipó sin que
todas las demás partidas estuvieran prontas á obrar. Fué esta
una fortuna, porque los facciosos de los Teques llegaron á tener
mas de tres mil hombres diseminados en la dilatada cordillera
que se extiende desde el Consejo hasta San Casimiro de Gui-
ripa, sin contar la antigua facción de los Güires , que se ampa-
raba en los bosques de Orituco , Tamanaco y Batatal, extendién-
dose hacia los valles del Guapo y Riochico.
Alarmado el general Páez con estos principios, que anuncia-
ban un formidable incendio, marcha personalmente á los Te-
ques con la tuerza que de pronto puede reunir ; son dispersados
los facciosos, y cogidos con sus armas los principales autores, á
los que manda ejecutar pronta y militarmente. Este ejemplo
de vigor, y un indulto que publica inmediatamente después,
surten los mas felices resultados, disipándose del todo la fac-
ción de los Teques y renaciendo la tranquilidad en aquel dis-
trito.
Las demás guerrillas fueron perseguidas viva y constante-
mente en todas direcciones; mas abrigadas por bosques y vastos
desiertos por mucho tiempo fué imposible destruirlas. El gene-
ral Infante y los coroneles* Cegarra y Cistiaga, Padrón y Ca-
vante, Tórres y otros, adquirieron mucha reputación, é hicie-
ron distinguidos servicios en esta clase de guerra de partidos,
tan difícil como peligrosa en los yermos y montañas de Vene-
zuela. Con la asidua persecución hecha por las excelentes tro-
pas del gobierno colombiano, y castigando severamente á los
cabecillas que se aprehendían haciendo armas contra la Repú-
blica, se consiguió reprimir á las numerosas guerrillas que se
habían levantado y que volvieran á ocupar sus guaridas acos-
tumbradas.
Fuera de la inquietud que causaban las guerrillas de Vene-
zuela, ci jefe superior tenia que luchar con otra grave dificul-
tad. Esta era la escasez de fondos que se hacía sentir al mismo
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CAPÍTULO XII. «9
tiempo que pululaban las guerrillas. Mientras el Libertador
permaneció en Caracas, su grande celo y activas providencias
mejoraron los rendimientos de la hacienda; empero esta pros-
peridad fué efímera, y sin que podamos explicar las causas
pronto desapareció, acaso por el aumento de tropas y de
gastos.
Tampoco estaba tranquilo el departamento del Orinoco. En
los últimos dias de agosto hubo en el pueblo de los Indios semi-
bárbaros de Cunaviche un motin capitaneado por Hermenegildo
Benavídes y otros pardos : aseguraban estos obrar de acuerdo
con el fugitivo general Miguel Guerrero, á quien se procesaba
por órdenes del gobierno supremo, á causa de haber hecho
asesinar al valiente coronel Aramendi ; ellos meditaban apo-
derarse de la provincia de Apure. Mas fué tanta la celeridad
con que los persiguió el coronel Facundo Mirabal, comandante
de San Fernando, que los obligara á huir pasando el caudaloso
rio Carcanaparo ; antes cometieron algunos asesinatos en perso-
nas blancas, indicaute seguro de la guerra que preparaban.
Situados mas de quinientos en el desierto médano de Potreri-
tos, nada se pudo hacer por algún tiempo para someterlos del
todo, sino ejecutar en San Fernando á algunos de los que se
aprehendieron. Continuando sin embargo la insurrección ar-
mada de los Indios, el gobernador de Apure Cornelio Muñoz
reunió tropas, los sorprendió el 20 de diciembre en San Rafael,
é hizo cerca de trescientos prisioneros de ambos sexos; sus fa-
milias fueron enviadas á la provincia de Caracas á fin de que
no volvieran á insurreccionarse, providencia que unida á otros
castigos puso término á la rebelión de Cunaviche.
Por el mes de octubre hubo otros movimientos revoluciona-
rios en las provincias de Barínas, Coro y Guayana. Los de la
primera fueron promovidos por las intrigas de los partidarios
de la España. Casi á un mismo tiempo se descubrió en la
ciudad de Barínas una conspiración para robar las cajas pú-
blicas y asesinar á várias personas respetables : cerca del rio
Mazparro, Nicolás Valero levantó una partida ; en Nútrias, Pe-
draza y Sabaneta aparecieron otras, promovidas por los amigos
de la España Nicolás Bescanza y Cárlos Condesuyers. Mas el
comandante general José Ignacio Pulido declaró la provincia
en asamblea : obrando entónces con facultades extraordinarias
y con la energía que le daba esta declaración, pudo contener
>ogle
70 HISTORIA DE COLOMBIA.
*
las facciones que brotaban, y castigar de muerte á algunos de
sus cómplices y fautores.
En la provincia de Coro, el capitán de milicias Candelario
Oliváres proclamó al rey en el cantón de San Luis; pero no
tuvo séquito su proyecto, y los sediciosos fueron aprehendidos
por sus mismos compatriotas.
La revolución de Guayana ocurrió en la capital de Angos-
tura. La promovieron su municipalidad y el alcalde primero
Felipe Domínguez. En dos reuniones tenidas por los padres de
familia y los jefes de la guarnición, acordaron en los últimos
días de octubre reducir á prisión y deponer al gobernador Oli-
váres y al intendente del departamento José Félix Blanco;
habia este ido á la ciudad de Angostura con el objeto de visitar
y.restablecer las rentas públicas, corrigiendo varios abusos que
se habian introducido, lo que le atrajo el odio de muchos. Atri-
buyéronle varios actos que llamaban de despotismo, arbitra-
riedad y desprecio del decoro público, así como al gobernador,
que se decia haber injuriado y hecho insultos graves á la mu-
nicipalidad. El alcalde primero municipal Domínguez fué nom-
brado gobernador interino de la provincia, y comandante de
armas el coronel Hemijio Fuenmayor, por ausencia del general
José Gregorio Monágas. Después que enviaron á San Fernando
al coronel Blanco, fué á Angostura el general Silva y se hizo
cargo del mando, sin que asonada tan escandalosa hubiera
producido otras consecuencias. Obrando Silva con vigor consi-
guió que se respetara al gobierno. Algunos de los cabecillas se
escaparon á las colonias extranjeras,; á otros se les remitió á
Carácas y á Bogotá para ser juzgados.
Fué mucho mas difícil terminar la rebelión que desde el mes
de agosto comenzó en la provincia de Cumaná. íbase á prender
á Pedro Coronado por un impreso sedicioso que publicára, al
que condenaron los jurados. En vez de obedecer el auto de
prisión huye á las cercanías de la capital ; allí se reúne con su
hermano Bonifacio, con Isidoro, Luis y Rosario Castillo, y con
otros, de suerte que desde el principio forman una partida de
sesenta hombres armados. El general Marino, que aun mai£
daba en el departamento de Maturin, dispuso rodearlos ocu-
pando á Cumanacoa y otros puntos; pero dos destacamentos
del gobierno se dejan sorprender; los facciosos después de au-
mentar sus filas y su armamento se apoderan de Cumanacoa, y
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CAPITULO XII. 71
ponen á Marino en una siluacion crítica. Bízosc esta aun mas
difícil con la muerte que dieron los rebeldes al corouel Do-
mingo Montes, volviendo de un reconocimiento en que se
alejó demasiado de sus tropas. El desaliento y la deserción las
disminuyeron mucho, y solamente pudo reanimar á los defen-
sores del gobierno la recuperación de Cumanacoa por el co-
mandante Juan de Dios Manzaneque.
Poco mejoró esta ventaja la posición de Mariüo, que era
harto peligrosa, pues los facciosos propendían á fomentar la
guerra de castas, delicada cuerda, cuyo eco pudiera repetirse
en otros lugares de Venezuela con mucho peligro de su tran-
quilidad. Mas comenzaron á llegar de Barcelona, Maturin y
otros puntos los auxilios pedidos por Marino, quien pudo asi
juntar mas de dos mil hombres. Cuando iba á exterminar la
facción arribaron de Carácas el coronel Ramón Burgos y Boni-
facio Coronado, que llevaban un indulto concedido por el jefe
superior. Los facciosos lo admitieron bajo de condiciones; una
de ellas que miéntras Pedro Coronado iba á Carácas, Isidro
Castillo retendría doscientos ciucnenla hombres en Cumanacoa
y San Juan de Macarapana. En efecto así sucedió ; pero en vez
de permanecer tranquilos, solo se ocuparon los rebeldes en
organizarse, buscar reclutas, armamento y municiones, fortifi-
cando también los lugares que dominaban. Viendo Marino tan
pérfida conducta, no les da tiempo de completar los preparati-
vos para hacer triunfar sus planes. Heune tropas, las sitúa en
los puntos mas convenientes para encerrar á los facciosos, y
manda que los acometan simultáneamente el 31 de diciembre.
El general Bermiídez dirige el ataque, y á viva fuerza toma los
atrincheramientos que los rebeldes habían formado en Cuma-
nacoa, los que se dispersan. Medidas de clemencia que adopta
después de la victoria, y un indulto que Marino ofrece á los
restos de la facción amparados en San Juan de Macarapana
les hace dejar las armas : todos se presentan á las autori-
dades, ménos los Castillos, que fueron mas tenaces en su re-
belión.
• Bien necesitaba Colombia que se restableciera la tranquili-
dad en los departamentos de la antigua Venezuela, según pa-
recía haberse conseguido con las ventajas que Páez y Marino
habían alcanzado contra los perturbadores del órden público.
A la misma sazón comenzaba á nublarse el horizonte político
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72 HISTORIA DE COLOMBIA.
por el sur. Kl gobierno del Perú ejercido por el presidente La-
mar, el congreso y los principales funcionarios de aquella repú-
blica desplegaban de día en dia mayor enemiga contra Colom-
bia y su jefe el Libertador. No pasaba mes sin que les irrogáran
nuevos y gratuitos agravios. Poco tiempo ántes el jefe del Perú
habia expelido de Lima al encargado de negocios de nuestra
República Cristóval Armero, dándole un corto plazo y ponién-
dole entre tanto preso en una fragata de guerra. Dijo el mi-
nistro del gobierno peruano haber sido porque Armero promo-
via conspiraciones contra el sistema proclamado en aquella
república ; acusación que carecia de verdad y de pruebas.
Acaso las verdaderas causas de la expulsión fueron : en primer
lugar, que no querian tener un testigo que conociera y recla-
mara las vejaciones que se hacían á los Colombianos sin asig-
nar los motivos; y en segundo, los temores que alimentaba el
gobierno peruano de que se realizára contra él una liga de
Colombia y de Bolivia : aquí mandaba Sucre, cuyo agente era
también Armero ; se le suponía encargado de la mutua corres-
pondencia de los dos gobiernos y de sus jefes.
La conducta del congreso y del gobierno del Perú respecto
de Colombia y de Bolivia, fué en los últimos tres meses de este
año falaz, contradictoria y aun insensata. Ellos no abandona-
ban las pretensiones que habían alimentado cuando el regreso
de la tercera división, de apoderarse de los departamentos me-
ridionales de Colombia hasta el Juanambú : ellos por medio
de un ministro peruano en Bolivia hicieron las mas exquisitas
diligencias con todos los magistrados de aquella república , y
hasta con el mismo Sucre para que el Alto-Perú se incorporase
al Bajo, prodigando al efecto magníficas promesas ; ellos sin
provocación alguna y en la mas profunda paz formaban dos
ejércitos, uno en Puira llamado del Norte y otro del Sur en
Puno, los que amenazaban las fronteras de Colombia y de
Bolivia, sin cuidarse de que estas repúblicas estaban regidas
por Bolívar y por Sucre, los primeros capitanes de la América
del Sur; ellos no querian entrar en relaciones con Bolivia
miéntras mantuviera en su seno tropas de un gobierno extran*
jero; como si Sucre y Lámar no fueran ambos Colombianos;
ellos sabían oficialmente que el presidente de Bolivia habia
resuelto y dado providencias para enviar á su patria las tropas
de Colombia, á fin de quitar el fundamento de la supuesta
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CAPÍTULO XI í.
73
opresión de los Bolivianos, según la llamaban aun los mismos
documentos oficiales del Perú ; sin embargo, el gobierno y el
congreso de esta república eludían conceder el permiso para
que sus libertadores colombianos atravesaran un pequeño ter-
ritorio peruano á fin de embarcarse en Arica ; ellos discutían
semejante cuestión en sesiones secretas del congreso en las que
se supo haberse dado por fundamento de la negativa, — a que
no convenia que regresára á Colombia aquella división vete-
rana, que sería un fuerte obstáculo á las pretensiones que el
Perú tenia sobre nuestros departamentos meridionales ; n ellos
en fin, á pesar de un convenio celebrado en toda forma, cuando
envió Colombia sus tropas como auxiliares de la moribunda
libertad peruana, por el que se obligaron á reemplazar las
bajas de los cuerpos, no querían que estos sacaran de Bolivia á
ningún Peruano ; así lo decretó el congreso, conculcando de
adrede ú olvidándose por lo ménos de los antiguos y sagrados
compromisos de su nación (*).
Apoyadas en tan fútiles como vergonzosos pretextos las pri-
meras autoridades del Perú impedían que se restituyera á su
país la división colombiana estacionada en Bolivia. Entre tanto
abrigaban y maduraban en silencio el fementido proyecto que
desde tiempo atrás habían concebido, de revolucionar aquella
división como hicieron ántes con la tercera. Agentes secretos,
dádivas, promesas, todo se prodigó, aunque sin efecto, con la
oficialidad colombiana. Tan inicuas tramas parece que en el úl-
timo tiempo eran dirigidas por el general en jefe del ejército
del Sur don Agustín Gamarra, que residía en Puno. Al fin
llegan á su madurez; al amanecer del 25 de diciembre los sar-
jentos del batallón Voltíjeros, una parte de los de Bogotá y
otros del escuadrón Granaderos de Colombia acuartelados en la
ciudad de la Paz, proclaman la revolución y hacen general al
sarjento Pedro Guerra ó Grado. Bajo de sus órdenes, cuando
amanece, ya están presos los generales Figueredo, que manda
la división, Urdininea y Fernández; este prefecto de la Paz,
como también todos los oficiales de infantería y caballería. Por
fortuna se escapa el teniente coronel Arévalo, que se dirige á
Viacha, donde se halla acantonado el batallón segundo de Bo-
livia, y á Achocalla, donde existe un escuadrón de húsares co-
(1) Véase la nota 8«.
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74 HISTORIA DE COLOMBIA.
lombianos, mandados el primero por el coronel Rívas, y el
segundo por el comandante Isidoro Barriga, á los que hace
marchar hacia la Paz. £1 capitán Valero de Voltíjeros finge que
entra en los planes de los amotinados ; con esto el sarjento
Grado le hace comandante de la infantería, y Valero consigue
que pongan en libertad al prefecto y á los demás oficiales. En-
tre tanto los rebeldes habian tomado ocho mil pesos en la teso-
rería, y el prefecto les habia "entregado veinte mil que le exi-
gieron. Al mismo tiempo que hacian estas exacciones en todo
el día 25 y en parte del 26, no cesaban de proclamar al Perú y
al general Santa Cruz; pero los habitantes de la Paz, fieles á su
gobierno, despreciaban estas voces proditorias y se armaban en
silencio para sostener su independencia.
Ya los amotinados estaban en formación, prontos (diciembre
26) á marchar hácia el Perú, cuando á las tres de la tarde entra
en la plaza el bravo comandante de la caballería colombiana Fe-
lipe Braun. Él fué uno de los jefes arrestados; pero tuvo la for-
tuna de que el soldado que estaba de centinela le permitió salir
de su arresto , medio desnudo y sin armas. En la calle cogió un
caballo sin silla, en que montara; en seguida se encontró con
tres soldados de su cuerpo que se hallaban montados, á quienes
se dirigió preguntándoles : « ¿ Dónde está el honor colombia-
no?» Contestáronle ofreciendo seguirá su coronel. Uno de aque-
llos valientes soldados dió á Braun su caballo y su sable. Dirí-
gese entonces con sus tres compañeros á la misma línea de los
rebeldes y ordena á los Granaderos que le sigan : obedeciéndole
se arroja sobre el sarjento Grado ; le hierra un pistoletazo , y
marcha junto con los granaderos que organiza en la Quinta del
Potosí. En seguida la infantería amotinada sigue por la cuesta
de Lima hácia Finguanaco, llevándose dos piezas de artillería y
sus correspondientes dotaciones; pero los artilleros abandonan
á los sublevados desde el Panteón : lo mismo hacen mas de
setenta tiradores. Con ellos y la caballería Braun ocupa las altu-
ras, donde se le incorporan los generales Figueredo, Urdininea
y otros compañeros que consiguen caballos para montar. Desde
allí tirotea á los amotinados; sin embargo de que los generales
lo contienen hasta que llegue el segundo batallón de infantería
y los húsares colombianos. Cuando esto sucedía , eran ya las
cinco y media de la tarde, y los rebeldes continuabau su mar-
cha ordenada en número de quinientos. Las tropas fieles ocu-
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CAPÍTULO XII. 75
paban las alturas y la Pampa. Atacaron á los amotinados de
frente y por los flancos cuatrocientos sesenta infantes y dos-
cientos jinetes; pero Voltíjeros se batia admirablemente, ha-
ciendo unas veces un terrible fuego en retirada y formando
otras el cuadro; de esta manera marcharon cerca de dos
leguas, sostuvieron mas de diez cargas, y sin jefes ni oficiales ,
mandados por sarjentos , maniobraban con tanta destreza que
admiraron a los viejos militares, que deploraban la pérdida de
tan excelentes soldados. Cansados ya , se acogen á las diez de
la noche á la fuerte posición de la Capilla y Cimenterio de San
Roque. Allí son alcanzados por la caballería y derrotados com-
pletamente por la infantería. Trescientos caen prisioneros, mue-
ren cosa de ochenta, y los demás se dispersan. El sarjento
Grado, dejando el mando á su segundo Joaquin Galana, huye
de los primeros hasta Pomatá, desde donde oficia al general Ga-
marra con su propio nombre de Pedro Guerra, pidiéndole
que los proteja con un regimiento de caballería á fin de pasar
al Desaguadero, « Yo «espero , anadia , que la nación peruana ,
como el digno general bajo de cuyas garantías se ha verificado
este cambiamiento, tenga la generosidad de aprobar todos lo*
empleos que he dado á los fautores de él. Yo he sido nombrado
por el pueblo y la tropa comandante general. » Esta confesión
no necesita comento alguno para esclarecer el origen del motín.
Los habitantes de la Paz se manifestaron muy decididos á
c ontener la sublevación , y resistieron indignados las aclama-
ciones de los facciosos en favor del Peni. Á pocos dias llegó el
presidente Sucre á dicha ciudad y fué recibido con el mayor
entusiamo por sus moradores. En ninguna parte de Bolivia se
repitió el eco de los amotinados en la Paz. Contestación victo-
riosa contra la tiranía supuesta de Sucre, de que tanto se char-
laba en Lima.
En esta capital se recibió con mucha alegría la noticia del
motin de las tropas colombianas, y los redactores del Fénix ,
como bien instruidos de las tramas que la habían motivado ,
dijeron haber estallado la revolución antes de tiempo , y de
qne pudiesen obrar las ramificaciones poderosas que tenia en el
Alto-Perú. Así afectaban llamar á Bolivia y se complacían do
las aclamaciones de los rebeldes en favor del Perú. Empero su
alegría fué vana, porque los Bolivianos estaban muy léjos de
querer la pérdida de su independencia.
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76
HISTORIA DE COLOMBIA.
Hacía algún tiempo que el presidente de Bolivia temía una
sublevación en las tropas colombianas, y de oficio lo habia di-
cho á nuestro gobierno. Fundábase, fuera de otros motivos, en
los fatales elogios que se dieron en documentos públicos y en
la gaceta oficial de Colombia , por Santander y sus partidarios ,
á la asonada militar de la tercera división en Lima, así como al
motin de los Granaderos en Cochabamba por el oficial Matute ,
á quien algunos panegiristas sin principios se complacieron en
pintar como un atleta de la libertad; cuando lo fué del crimen
que bien pronto le habia llevado al cadalso.
Luego que el ejecutivo de Colombia ejercido por Bolívar supo
el motin de sus tropas estacionadas en Bolivia, y vió claramente
haber sido obra exclusiva de las autoridades peruanas , que no
se cansaban de irrogar á nuestra República las injurias mas
graves , rompió el silencio que hasta entonces habia guardado ,
y en la gaceta oficial publicó un artículo cuyo título era Fe pú-
nica, en que manifestaba las justas quejas que tenia Colombia
contra los procedimientos del Perú. Hacíase mérito de la insur-
rección de Bustamante; del envío de la tercera división con el
objeto de apoderarse de los departamentos del Ecuador, Guaya-
quil y Asuay, y de la provincia de Pasto ; de la expulsión de
nuestro encargado de negocios; de la usurpación é injusta re-
tención de la provincia de Jaén y Máinas sobre el Amazonas;
finalmente del motin de las tropas colombianas en Bolivia.
« Todo esto, añadía el artículo, indica la decisión que hay de
parte de la administración peruana á despedazar la República ,
que no perdonó sacrificios por levantar aquel país del estado de.
colonia y constituirlo en nación independiente. »
Antes de hacer tal declaración de su resentimiento, el ejecu-
tivo colombiano mandó avanzar tropas de observación á la
provincia de Loja , límite meridional de la República. Habia
también dispuesto en 7 de noviembre que se reorganizára el
ejército reformando los batallones Vencedor, Guayas , Araure,
Orinoco y Restaurador, corrompidos ya por los motines ; hizo li-
cenciar igualmente á los oficiales de dichos cuerpos, así como á
los de Rifles, Carácas y Ayacucho , cuyas revueltas y mal coril-
portamiento los habían hecho indignos de pertenecer al ejército
colombiano. Con tales providencias quería el Libertador resta-
blecer la moral y sumisión de los militares, á fin de que los
hallara bien apercibidos la guerra con que nos amenazaba
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CAPÍTULO XI!. 77
el Perú, y recibiera este el castigo debido á su ingrata arro-
gancia.
Año de 1828. — Miéntras ocurrían estos sucesos en el Perú ,
que presagiaban sérias desavenencias entre Colombia y aquella
república, aparecieron otros disturbios en los departamentos de
la antigua Venezuela. En el de Maturin habíase el general Ma-
rino visto obligado á librar nuevos combates para restablecer
la tranquilidad pública. Después que destruyó la facción de
Coronado y los Castillos , tuvo que reprimir á otra que se fo-
mentaba desde la plaza de Cumaná. Quería esta echar abajo el
gobierno y apoderarse de él para dar cima á sus miras sinies-
tras; mas fueron descubiertos y frustrados sus planes. Una
tercera facción que por el mismo tiempo se levantó en Carú-
pano y en Rio Caribe, vino á aumentar los males de la provin-
cia de Cumaná; eran sus caudillos Francisco Villareal y José
del Rosario Farias. Contra ellos siguió el comandante Manza-
neque á la cabeza de ciento cincuenta hombres ; al cabo de
quince dias de marchas y contramarchas, logró hallar las estan-
cias de los perturbadores y batirlos completamente. En conse-
cuencia los cabecillas y sus compañeros imploraron y obtuvieron
la clemencia del gobierno , quedando la provincia tranquila.
Tan felices resultados no se consiguieron hasta los meses de
enero y febrero ; eutónces Marino renuució el mando del de-
partamento de Maturin , que se confirió al general de brigada
Bartolomé Salón.
Al mismo tiempo que las costas de Maturin, estaban alarma-
das las de Venezuela. En primer lugar habiau aparecido algu-
nos corsarios españoles que causaron daños considerables, apre-
sando embarcaciones é interrumpiendo el comercio. Sabíase
también que muy pronto se presentaría sobre las mismas cos-
tas la escuadra española de Cuba al mando de Laborde, trayendo
auxilios de oficiales, armas , municiones y otros elementos mi-
litares para las guerrillas que combatian en los valles del Ori-
tuco y del Tuy á favor del monarca español. Hubo algunos
dias, tanto en la capital de la República, como en las costas del
Atlántico , ya de Venezuela , ya de la Nueva Granada , en que
circularon noticias alarmantes y exageradas de que habia una
invasión mas séria, que traería algunos miles de soldados al
mando del bien conocido brigadier Morales. Súpose después la
verdad, de que solo era una división naval compuesta del navio
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78 HISTORIA DE COLOMBIA.
Guerrero, de la fragata Iberia y del bergantín Hércules. Estas
naves tocaron en Puerto-Rico para surtirse de víveres, y en se-
guida hicieron rumbo bácia la Costa-Firme en 23 de diciembre.
Su jefe llevaba igualmente el designio de buscar y rendir al
navio Asia, que iba á Méjico en su viaje desde el Pacífico, donde
hemos dicho que se habia entregado al gobierno mejicano. La-
borde avistó el puerto de Pampatar en Margarita y siguió al
cabo Codera. Desde allí hasta Riochico estuvo cruzando y reco-
nociendo la costa sin hallar señal ninguna de las numerosas
guerrillas que se habían figurado en Puerto-Rico. Entonces se
hizo á la vela para Cumaná, donde tampoco pudo hallar al na-
vio Asia. De nuevo recorrió las costas venezolanas hasta la
Guaira sin sacar ventaja alguna de sus excursiones marítimas
(febrero 2). Allí tuvo alguna correspondencia oficial con Páez
sobre canje de prisioneros que acordaron. Hecho esto Laborde
continuó en su crucero tan inútilmente como ántes , y después
de tocar en Curazao regresó á la Habana.
La actividad y energía con que habían obrado el general
Páez y sus subalternos, impidieron que los guerrilleros Cisne-
ros y Arizábalo recibieran los auxilios que les faltaban para
hacer una guerra mas activa y formidable al gobierno repu-
blicano. Cuando Arizábalo supo la aparición de la escuadra
española, emprendió una dilatada marcha por los valles de
Barcelona : tuvo que dar algunos combates y se presentó en
Riochico el 20 de febrero. Mas ya habían desaparecido los bu-
ques de Laborde, y Arizábalo para evitar su derrota vióse obli-
gado á retirarse de nuevo hácia los Güires.
Tal fué la última y harto infructuosa tentativa que hizo la
España para auxiliar á ios restos moribundos de sus partida-
rios en Colombia; sin embargo aun alimentó sus esperanzas
una parte del año siguiente, y con proyectos de expediciones
contra las costas de la República, que se creyó á veces que muy
pronto iban á realizarse, mantuvo alarmadas nuestras provin-
cias marítimas. Ademas, sus agentes secretos soplaban de con-
tinuo el fuego de la discordia civil y animaban la resistencia
de los tenaces partidarios de la madre patria en Colombia. 4
Cuando todavía cruzaba la escuadra de Laborde sobre la
Costa-Firme, el titulado comandante general Arizábalo tenia
en sus guaridas y en las de sus dependientes, cuyo centro se
hallaba en los Güires, bastantes hombres para inquietar á las
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CAPÍTULO XII. 79
*
poblaciones y tropa que defendían al gobierno. Cisnéros recor-
ría también los valles del Tuy, seguido en lo general de pocos
guerrilleros, pero valientes y endurecidos para los robos, asesi-
natos, y todo linaje de fatigas. Así era alarmante la situación
del país, especialmente de la provincia de Caracas. Las cárceles
de su capital estaban llenas de presos que ascendían ya á cerca
de trescientos; eran estos y los partidos á que pertenecían, una
amenaza continua al órden y á la tranquilidad de Venezuela.
En tan crítica situación el general Páez no desmintió su fuerza
de alma y su ardiente celo por el bien público. Auxiliado efi-
cazmente por las luces de Mendoza, Yánez, Urbaneja, Martínez,
Sanábria y otros varios patriotas civiles, Carabaüo y demás
militares que se bailaban á sus órdenes, adopta medidas tan
enérgicas y acertadas como eran necesarias para salvar el país,
encargo principal que le babia becho el Libertador.
Una de sus primeras providencias, y acaso la mas eficaz, fué
nombrar (febrero i A) para su segundo en el mando militar y
jefe de la alta policía al general Juan Bautista Arizmendi, bien
conocido en el curso de la revolución por su energía é incan-
sable actividad. Á propuesta de este expide varios reglamentos
que organizan la policía en las provincias de Caracas y Cara-
bobo, que eran el territorio plagado por las operaciones de los
facciosos y de todos aquellos que los protegían. En breve ya no
pueden comunicarse las guerrillas porque son descubiertos sus
agentes y fautores por los comisarios de policía, cuyos regla-
mentos adoptan los pueblos aun ántes de que se les comuni-
quen de oficio. ¡ Tanto era el interés que tenian en destruir el
funesto sistema de guerrillas que desolaban al país !
En tanto que el establecimiento de la alta policía se desar-
rolla en la provincia de Caracas, su jefe piensa en los medios
de terminar con prontitud las causas y procesos que se estaban
siguiendo. Era harto difícil conseguirlo por los trámites ordi-
narios de los juicios. En consecuencia de la situación el general
Páez consulta á la corte superior de justicia de Venezuela.
Esta, que tenia letrados de grandes conocimientos y patrio-
tismo, dió al jefe superior un docto y elaborado dictámen ma-
nifestándole — «que estaba dentro de la esfera de las facul-
tades extraordinarias que le había conferido el Libertador para
salvar el país, mandar juzgar á los reos aprehendidos ó que se
aprehendieren llevando armas ó conspirando contra la Kepú-
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80 HISTORIA DE COLOMBIA. — CAPÍTULO XII.
blica, breve y sumariamente conforme á leyes preexistentes
adaptadas á semejantes casos. »
En consecuencia el general Páez nombró una junta califica-
dora de las diferentes clases de reos, unos de los cuales debian
ser juzgados, otros expelidos del país, confinados algunos, y los
últimos destinados al servicio de las armas. El jefe de la alta
policía, presidente de la junta y sus compañeros trabajaron con
mucha actividad y acierto, de modo que en breve desocuparon
las cárceles de tanta multitud de reos, y fueron también juz-
gados los que merecian un proceso. Á ninguno se le impuso la
pena capital, sino presidio ó expulsión, que fueron las mas
graves. En seguida el jefe superior publicó dos indultos; aco-
giéronse á ellos numerosos partidarios de los guerrilleros y
hasta algunos, jefes, aunque no de los principales. Por estos
medios, por la continua persecución que hacía la fuerza ar-
mada, y por los obstáculos insuperables que opuso la policía á
los auxilios que de los poblados se remitían ántes á las guer-
rillas, estas corrieron aceleradamente á su exterminio. Así fué
que en el mes de mayo el general Arizinendi dimitió su comi-
sión de jefe de la alta policía, dejando el país ya tranquilo, y
sin haber derramado una gota de sangre, según dijo oficial-
mente á Páez.
Sin embargo los jefes principales de las guerrillas Arizábalo,
Doroteo Herrera y Juan Celestino Centeno, lo mismo que Cis-
néros, ocupaban todavía sus acostumbrados escondites en las
montañas del Tuy, Batatal, Tamanaco y los Güires, pero con
poco séquito. Perseguidos vivamente adonde quiera que se
acogian, nada pudieron adelantar contra las tropas del gobierno
colombiano. Solamente consiguieron prolongar los males de
Venezuela y la miserable existencia que arrastraban en los
bosques solitarios de la Costa-Firme.
«
♦
• t
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CAPÍTULO XIII.
Los miembros del gobierno se abstienen de influir en las elecciones para
la convención, mas no los liberales exaltados. — Disgusto del Liberta-
dor. — Sus opiniones sobre forma de gobierno. — Determina seguir á
Venezuela. — Se reviste de facultades extraordinarias en los departa-
mentos del nordeste de la República. — Fija las bases para seguir los
juicios contra conspiradores. — Declara que ejercerá el gobierno fuera
de la capital. — Reorganiza el ministerio. — Excesos contra la libertad
de imprenta. — Declárase con facultades extraordinarias en toda la Re-
pública. — Reformas que son consiguientes. — Peticiones contra los
abusos de la imprenta. — Indiferencia de Bolívar respecto del Perú. —
Sigue hácia los departamentos de Venezuela. — Operaciones de los di-
putados para la convención de Ocaña. — Disturbios en Cartagena promo-
vidos por Padilla. — El general Montilla los reprime. — Padilla sigue á
Ocaña. — Extraña resolución de la mayoría de los diputados ; es revo-
cada. — Padilla vuelve á Cartagena. — Se le remite preso á la capital. —
Alarmado el Libertador determina ir á Cartagena. — Se detiene en Bu-
caramanga. — Instálase la convención. — Oye el mensaje del presidente
de la República : su contenido. — Peticiones numerosas que se dirigen
á la convención ; recíbelas mal. — Declara urgente la reforma de la
constitución acordada en Cúcuta. — Rechaza el gobierno federativo. —
Acuerda algunas bases para la futura constitución. — Proyecto que re-
dactan los liberales exaltados. — El doctor Castillo presenta otro ; propone
que se llame á Ocaña al Libertador ; niégase esto. — Discusiones acalo-
radas que hay en la convención. — La minoría se juzga oprimida. —
Conferencias propuestas para avenirse. — Sepáranse veinte y un diputa-
dos. — Estos dan un manifiesto sincerando su conducta irregular. —
Se disuelve la convención. — Criticas circunstancias en que se halla
el Libertador. — Pide la opinión de su consejo de gobierno. — Acta
%le Bogotá haciendo á Bolívar dictador. — La aprueba el consejo de
gobierno. — Este da cuenta al Libertador presidente, que admite la
nueva magistratura. — Su regreso á la capital. — Juicio sobre tales
actos. — Toda la República se adhiere al acta de Bogotá sin discre-
pancia. — Cargos que se hacen al Libertador. — Providencias que dicta
en varios ramos. — Extingue el corso. — Creación de un jefe supe-
tono IV. 6
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#2 HISTORIA DE COLOMBIA.
rior en el Magdalena. — Expide el deereto orgánico del gobierno dicta-
torio ; su contenido. — Proclama con que lo publica. — Castillo nom-
brado presidente de los consejos. — Se jura el nuevo gobierno con re-
gocijo, especialmente en Venezuela. — Movimientos revolucionarios en
la provincia de Cumaná. — Misión diplomática conferida á Santander
cerca del gobierno de los Estados Unidos. — Sorda agitación que reina en
Bogotá. — Denunciase una conspiración. — Estalla para asesinar al
Libertador. — Su escape providencial. — Los conjurados son batidos. —
Bolívar se presenta y es recibido con entusiasmo por las tropas y por sus
amigos. — Profunda y dolorosa pena que siente. — Elogio merecido por
algunos jefes. — Severas providencias que se dictan. — Ejecución de
varios reos. — Motivos probables que los impelieron al crimen. — Encár-
gase la terminación de los procesos al comandante general de Cundina-
marca. — Condenación de Guerra , Padilla y otros : también la de San-
tander. — Consúltanse al consejo de ministros várias sentencias de muerte.
— Aconseja que estas penas se conmuten por otras. — El Libertador se
conforma. — Congratulaciones que se le dirigen por la salvación de su
vida. — Se traslada al campo. — Arribo del ministro peruano Villa. —
Principia á negociar. — Puntos que se discuten. — Incidente que rompe
lo negociación. — Villa pide y se le da su pasaporte. — Intrigas peruanas
en Bolivia. — Conferencia en ei Desaguadero entre Sucre y Gamarra. —
Herida que recibe el gran mariscal en un motín. — Gamarra invade pér-
fidamente á Bolivia. — ürdininea encargado de la defensa. — Traiciones
de algunos Bolivianos. — Tratado vergonzoso de Píquiza. — Energía de
Sucre, quien protesta contra los actos del gobierno peruano. — 6alo de
Bolivia y 'también las tropas colombianas. — Toca en el Callao como me-
diador pacifico; nada consigue. — Proclamas belicosas de Florea y del
Libertador contra el Perú. — Manifiesto del gobierno de Colombia justi-
ficando la fierra. — Fuertes recriminaciones é insultos del presidente
del Perú. — El consejo colombiano de gobierno se opone á la guerra ;
sus razones. — Consigue que se envié un ministro con instrucciones de
paz.— La noticia de la invasión de Bolivia irrita de nuevo al Libertador.
i,e «alma el consejo. — Desde entóneos quiere constantemente la paz.
— Estado general de las relaciones exteriores de Colombia. — El gobierno
■español no cede un ápice de sus proyectos de reconquista. — Ofreci-
mientos secretos que se le hacen. — Desconfianza que asiste á las demás
potencias sobre nuestra estabilidad. — Tratado que se ajusta con los
Patees-Bajos. — Misión francesa de Bresson. — El ministro Polignae se
opone á entrar en relaciones con las nuevas repúblicas ; no reconoce al
ministro colombiano en Paria.
Año de 1828. — Miéntras se combatía por la tranquilidad y
ei orden en los departamentos del nordeste de Colombia, en
otros puntos se disputaban la victoria los bandos políticos que
por desgracia dividían la República. Todos los hombres previ-
sivos veían claramente que la convención de diputados que se
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CAPÍTULO XIII.
debía reunir en Ocaña el 2 de marzo de este año, sería un
campo de batalla para los dos partidos. El general Santander
capitaneaba siempre el exaltado, que se daba el epíteto de libe-
ral. £1 Libertador y sus amigos, que deseaban para Colombia
un gobierno fuerte que mereciese este nombre, pero conser-
vando á los ciudadanos las garantías esenciales para el goce de
la libertad, y que fuese capaz de sostener el orden público
desde Jaén sobre el Amazónas hasta Gumaná, y desde Guayana
en las selvas del Orinoco hasta Veraguas, componían el otro
partido. Mas desde las elecciones primarias de diputados para
la convención, procedieron de un modo muy diferente. San-
tander con su acostumbrada actividad escribía cien cartas en
cada correo, y lo mismo hacían sus colaboradores, designando
las personas de su partido que debieran obtener los puestos de
electores y diputados. El Libertador y los miembros de su
gobierno se contentaron con recomendar por medio de una cir-
cular del secretario del interior que se escogieran para diputa-
dos personas de patriotismo, de luces y de virtudes, circular
elogiada aun por sus mismos enemigos (»). Después de dar este
paso dejaron el campo libre á las sugestiones ó intrigas de los
exaltados, que en muchas provincias obtuvieron una mayoría
decidida.
Esto, y el ver que Santander y su partido sostenían por do
quiera la necesidad que había en Colombia de que se adoptara
la federación, llenó de disgusto al Libertador. Añadíanse á
tales motivos : primero, que sus enemigos comenzaban á per-
der el respeto á su persona, como aconteció en unas fiestas de
Gipaquirá presididas por Santander, donde se le insultó en
varios brindis públicos, y aun se habló de que era necesario
matar al tirano; y segundo, que la salud de Bolívar iba decli-
nando notoriamente, quien ya no podia andar á caballo dos
horas continuas sin fatigarse.
En cuanto á gobierno las opiniones del Libertador en aquella
época eran de un verdadero escepticismo, pues en ninguna
fojma tenia confianza. El sistema federativo le parecía detesta-
ble para Colombia, y propio solamente para establecer una
perpétua anarquía de odios y rivalidades entre las provincias,
cantones y parroquias. Prefería el gobierno republicano cen-
(1) Véase la nota 9«.
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84 HISTORIA DE COLOMBIA.
tral ó unitario ; mas presagiaba que ninguno sería duradero, y
que la anarquía á manera de un torrente se extendería del sur
hácia el norte. Á veces se inclinaba á que Colombia se divi-
diera en tres repúblicas, del Centro. Norte y Sur; otras creía
que pudiera acaso mantenerse la unión central, formando gran-
des distritos ó departamentos; por ejemplo cuatro, y poniendo
en ellos jefes bastante autorizados; sin que el ejecutivo tuviera
residencia fija. Pensaba que de esta manera podrían seguir
contentas en la unión las ciudades de Carácas, Cartagena,
Quito y Bogotá; pues las tres primeras veían con celos á la ca-
pital provisoria de la República. El Libertador habia abando-
nado y no recordaba enteramente su proyecto de constitución
para Bolivia, que en otro tiempo excitara ataques tan furiosos
contra aquella su profesión de fe política.
En estas circunstancias, las noticias alarmantes de los movi-
mientos revolucionarios ocurridos en los departamentos del
Zúlia, Orinoco y Maturin, que ántes referimos ; así como las
de la aproximación á nuestras costas de la escuadra española
de Cuba, pusieron en gran cuidado á Bolívar; temia en la anti-
gua Venezuela una insurrección general promovida y auxiliada
por los Españoles y realistas. En consecuencia determinó seguir
á los departamentos del nordeste de la República, y permane-
cer en ellos por cuatro ó seis meses, miéntras la convención
acordaba la nueva constitución colombiana. Esta resolución y
las causas que la motivaron fueron efectivas, por mas que algu-
nos hayan dicho en contrario.
Para cumplir aquesta determinación, el presidente se de-
claró (febrero 19) revestido de las faculta'des extraordinarias
del artículo 128 de la constitución, respecto de los departa-
mentos de Maturin, Orinoco, Venezuela y Zúlia, donde se ha-
bia turbado la tranquilidad interior, y estaban amenazados de
una invasión exterior. En consecuencia de esta declaratoria
expidió en 20 de febrero otro decreto prescribiendo los trámites
y fórmulas según los cuales debían ser juzgados breve y suma-
riamente los reos de los delitos de traición y conspiración ; cen
cuyo decreto siguió las reglas acordadas ántes por el gobierno
del vicepresidente Santander en diferentes casos en que usára
de las mismas facultades extraordinarias. Volverémos á men-
cionar este decreto, que en una época posterior se hizo tan
célebre, y que entónces fué censurado como tiránico.
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CAPÍTULO XIII.
Por otro decreto expedido en virtud de las facultades extraor-
dinarias, declaró el Libertador presidente que no yendo á
mandar el ejército ni á salir del territorio colombiano, retendría
el ejercicio ordinario del poder ejecutivo, como indispensable
para que su visita á dichos departamentos fuera provechosa. En
un tercer decreto expresó los negocios que en su ausencia po-
dría despachar el consejo de gobierno que dejaba en la capital,
compuesto de los cuatro secretarios de Estado y de un ministro
de la suprema corte. Debia llevar consigo al general Soublette
como secretario de marina, ramo que nuevamente habia sepa-
rado del de la guerra ; Soublette despacharía todos los negocios
de que tomára conocimiento el Libertador.
Á consecuencia de estas disposiciones y de que el secretario
de relaciones exteriores Revenga pidió con instancia que se le
admitiera su renuncia, se organizó nuevamente el ministerio :
el doctor Estanislao Vergara fué nombrado para relaciones
exteriores; para la guerra el general Rafael Urdaneta, y para
la hacienda el administrador general de correos Nicolás M.
Tanco, porque el doctor Castillo iba á la convención. El del
interior Restrepo continuó en su puesto, y el ministro de la
alta corte de justicia, doctor Félix Restrepo, fué llamado al con-
sejo de gobierno en lugar del señor Vergara.
En tales circunstancias un suceso que fué muy sensible al
Libertador, vino á turbar el nuevo órden acordado para su
ausencia. Publicábase un periódico titulado El Zurriago, en el
que escribian con mucha virulencia contra el gobierno, y espe-
cialmente contra el ejército colombiano, algunos de los que se
llamaban liberales. Irritado el coronel Luque, jefe de un bata-
llón que guarnecia la capital, por las injurias que se vertían
contra los militares, quemó públicamente y en presencia de su
batallón un número del Zurriago : al dia siguiente se publicó
otro papel en tono igualmente injurioso, titulado El Incombus-
tible. Entónces Luque y el coronel Ferguson fueron á la im-
prenta donde se hacian tales publicaciones, maltrataron á los
impresores, quitaron los impresos y descompusieron los tipos,
ftr tales hechos escandalosos se les mandó juzgar y dieron
completa satisfacción al público y á los agraviados.
Viendo el Libertador estos excesos, que manifestaban la irri-
tación de los militares que ya le era notoria por otros conduc-
tos; viendo la efervescencia de los ánimos y de los bandos po-
SÜ HISTORIA DF. COLOMBIA.
Uticos, atizada fuertemente por escritos incendiarios; viendo,
en fin, el estado lamentable que tenia la hacienda nacional,
que en ningún departamento alcanzaba para los gastos mas ur-
gentes, se persuadió que no podía mantener el órden y la tran-
quilidad de Colombia, ni continuar con buen suceso en su ad-
ministración, sin bailarse revestido de facultades extraordina-
rias en toda la República. Así lo acordó en 13 de marzo, é hizo
publicar su decreto, que exceptuaba al cantón de Ocaña como
residencia de la convención.
Este decreto, que alarmó en gran manera al partido de opo-
sición y que excitó críticas y amargas censuras contra el Liber-
tador y su gobierno, fué seguido de otros varios de grande im-
portancia, sobre todo en las rentas públicas. Los derechos de
importación se mandaron cobrar nuevamente por aranceles; se
restableció en la Nueva Granada el estanco de aguardiente, de
caña y anis; se modificó el derecho de alcabala; se mandó
cobrar una contribución urbana decretada ántes por ley; se
pusieron algunas bases para introducir en las rentas públicas
el sistema de arrendamientos, mejorando su administración y
recaudación ; por fin, se devolvió á los intendentes y goberna-
dores la facultad de conocer de aquellos juicios en que se ha-
llase interesada la hacienda nacional. Esperábase con tales
providencias que sus rendimientos serian mayores y que se
disminuiría el déficit que habia para cubrir los gastos públicos.
Por este mismo tiempo era una opinión harto general en
Bogotá y en las provincias que la libertad de imprenta em-
pleada en casi todas nuestras producciones escritas para dividir
los ánimos y para insultar á las corporaciones, magistrados y
personas beneméritas, debia sufrir alguna reforma. El Liberta-
dor recibió sobre esto peticiones firmadas por multitud de per-
sonas respetables, para que reprimiera los abusos de la im-
prenta. Él sin embargo se limitó á encargar á sus agentes en
las provincias que con su influjo, el de las autoridades subal-
ternas y de los principales ciudadanos, procuráran impedir la
promulgación de escritos injuriosos, bien á las personas ó bien
á las corporaciones. Concluía indicando la expresada circula?,
que sería en extremo doloroso al Libertador tener que recurrir
á otros medios mas severos y eficaces , en caso de que conti-
nuaran los abusos de la libertad de imprenta. Esta orden fué
también censurada con acrimonia.
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CAPÍTULO XII!. 87
Antes de seguir el Libertador para los departamentos del
nordeste, no dió alguna disposición que indicara su ánimo de
hacer la guerra al Perú. Esta es una prueba incontestable de
que entonces no meditaba declarar la guerra, como falsamente
han asegurado los Peruanos; observación que contesta á mu-
chas calumnias.
Después de dar todas estas disposiciones (marzo 46) partió el
Libertador, siguiendo por Tunja hácia los valles de Cúcuta. En
el camino recibió noticias del general Páez, que le tranquiliza-
ron sobre la situación de los departamentos de Venezuela : supo
que los facciosos habían sido derrotados donde quiera que se
presentaron, y que la división naval española habia dejado las
costas de los departamentos del nordeste, sin haber podido
auxiliar á Gisnéros ni á los demás partidarios. Nuevas tan pla-
centeras hicieron que Bolívar resolviera no pasar por entónces
de los valles de Cúcuta como punto céntrico para atender á
Venezuela y á la Nueva Granada. Existen y tenemos á la vista
los documentos oficiales por cuyo medio anunciara esta reso-
Entre tanto se habia reunido en Ocaña un número conside-
rable de los diputados que debían formar la convención nacio-
nal. Esta no pudo instalarse el 2 de marzo, según lo disponía
la ley. Esperábase que un mes después abriría sus sesiones. 9e
echaban ménos especialmente los representantes de las provin-
cias meridionales que venían caminando.
Los diputados presentes se ocuparon en calificar las eleccio-
nes. Fué esta la arena donde principiaron á medirse los parti-
dos y á desplegar sus pasiones. Diferentes elecciones se decla-
raron nulas; comprendióse entre ellas la del célebre doctor
Miguel Peña, quien fué excluido por tener acusación pendiente
en el senado. El Libertador reclamó de oficio aquella resolución
diciendo que Peña estaba indultado; empero subsistió lo que
se habia resuelto. Otros varios diputados fueron igualmente
excluidos y en lo general triunfó el partido de Santander, dis-
minuyéndose el número de los amigos del Libertador en la
convención.
En esta disposición de los ánimos, un suceso ocurrido en
Cartagena vino á complicar los negocios y á exaltar mas los
partidos* políticos. Promovíase en aquella plaza por los jefes y
oficiales que la guarnecían, una exposición á la convención de
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HISTORIA DE COLOMBIA.
Ocaña, recordando los servicios, los padecimientos y las injus-
ticias legislativas que se habían cometido con el ejército colom-
biano, y pidiendo que se le aseguráran sus goces pecuniarios,
sus prerogativas y sus exenciones. Algunos oficiales del bata-
llón Tiradores no quisieron firmarla, á quienes se unió desde
el 29 de febrero el comandante de marina general José Padilla,
haciendo conciliábulos en que se deprimía á las autoridades y
se llamaba serviles y amigos del despotismo á los firmantes.
Desde aquella noche Padilla y sus satélites recorrían armados
las calles, imponían á las autoridades y hacían temblar á los
ciudadanos pacíficos. Jactábase Padilla públicamente de que
conmovería cuando quisiera al pueblo y á las tropas de la
plaza, y que se guardáran la intendencia y la comandancia
general de atentar contra la seguridad personal de alguno de
los liberales que le seguían, los que decia hallarse bajo la pro-
tección de su espada.
Se pasaron así los primeros cuatro días de marzo, y el
5 dijo Padilla al comandante general coronel José Montes, que
los liberales desconfiaban de él. Montes tuvo la debilidad de
separarse del mando de las armas que habia recibido del go-
bierno supremo, y por acuerdo del intendente Vicente Ucros
fué nombrado comandante general el coronel Juan Antonio
Piñerez; á pesar de que no podia hacerse tal nombramiento
que se realizára solamente por temor de Padilla ó por compla-
cerle, pues su partido confiaba en Piñerez.
Hallábase á la sazón el general Mariano Montilla en la par-
roquia de Turbaco, donde recibía informes diarios de todas
estas ocurrencias. Viendo el peligro en que se pondría la plaza
de Cartagena y acaso todo el departamento, si dejaba engrosar
el partido sedicioso de Padilla, quien por su color representaba
una funesta bandera, determina reasumir el mando militar con
facultades extraordinarias, conforme á una autorización que
tiene del poder ejecutivo para los casos de invasión exterior ó
conmoción interior. Dispone pues extraer de la plaza los cuer-
pos de Tiradores, artillería y húsares, á fin de ponerlos fuera
del alcance del contagio de los facciosos. Por medio de tos
coroneles Rash, Reimboldt, Aldercreutz y del jefe de estado
mayor Pedro Rodríguez, consigue sacarlos en la noche del 5 de
marzo, sin que lo sospechen ni sientan los sediciosos; solo
quedan en Cartagena unos pocos soldados que en breve siguen
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CAPÍTULO XIII.
so
á Turbaco, adonde habían marchado sus cuerpos, decididos á
sostener las providencias del gobierno.
Padilla y sus cómplices, á quienes se une el doctor Ignacio
Muñoz, se enfurecen luego que saben la marcha de las tropas
y que Montilla ha reasumido la comandancia general. Un grupo
de oficiales y de hombres perdidos proclaman á Padilla inten-
dente y comandante general, quien acepta. Ucros le cede el
puesto que no podia sostener, y un magistrado del poder judi-
cial se rebaja hasta arengar al faccioso como intendente.
Pero esta farza dura poco ; Padilla no puede conseguir que se
le reconozca, y todos los hombres de alguna importancia aban-
donan á Cartagena y se van donde Montilla. Acobardado al ver
el ningún séquito que babia tenido su intento, pues tampoco
se pudo enseñorear de las fortalezas de Bocachica, de donde
fueron rechazados sus emisarios, pide garantías al general
Montilla para sí y para los demás comprometidos ; aquel sin
negarlas da una contestación evasiva. Entonces Padilla, su her-
mano Francisco y Muñoz se embarcan en la noche del 8 de
marzo en una goleta de guerra para ir á Tolú y de allí al inte-
rior. Con su fuga y la de otros amotinados se restablece feliz-
mente la tranquilidad de Cartagena. Debióse tan importante
suceso al talento y previsión de Montilla, que fuera apoyado
por todos los ciudadanos amantes del orden, que temblaban al
considerar los funestos resultados de una revolución capita-
neada por el general Padilla.
Desde Mompox ofició este al presidente de la República dán-
dole cuenta de los mencionados acontecimientos que describía
de un modo que le fueran ménos adversos ; escribió también al
doctor Francisco Soto, como director de los diputados existen-
tes en Ocaña, diciéndole — « que iria él mismo á ofrecer su
persona, su poco influjo y cuanto pudiera pertenecerle en de-
fensa de la convención. »
En virtud de esta comunicación el director Soto propuso (marzo
17) en una junta de treinta y ocho diputados — o que se manifes-
tára al general Padilla la gratitud de la diputación por el celo
el favor del órden público, observancia de las leyes y seguridad
de la convención, que habia manifestado en los días 5, 6 y 7
del corriente, según aparecía de su comunicación y docu-
mentos. » Esta proposición inconsulta fué aprobada por veinte
y seis diputados contra once ; mas conociendo algunos que se
>
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no
HISTORIA DE COLOMBIA.
habían excedido sin tener informes auténticos, se revocó al día
siguiente por moción del diputado Espinal de Caracas. Limitóse
la contestación á avisar el recibo de su oficio á Padilla — «y
que la diputación habia visto con aprecio los sentimientos de
respeto á la gran convención que manifestaba en dicha comu-
nicación. B
Aun duraba esta discusión cuando arribó Padilla á Ocaña,
adonde habia ido á ofrecer su espada y su influjo á la conven-
ción, según escribió á Montilla desde Mompox, mezclando tam-
bién graves amenazas; en aquella ciudad recibióla contestación
expresada y no quedó contento con tal respuesta. Entonces
trata con Santander y socios acerca de los medios de hacer una
revolución en Mompox y Cartagena, para sostener, según de-
cían, los principios liberales contra la tiranía de Bolívar. Acor-
dado el plan esperaban que sería sostenido por el gobernador
Troncoso y el pueblo de Moinpox, á cuyo efecto regresó Padilla
á esta eiudad. Santander y sus amigos políticos por una impru-
dencia inexcusable en hombres de talentos que podían prever
lo futuro, le habían designado para jefe de la revolución. Pa-
dilla, un mero soldado de fortuna, ¡ campeón de los principios
liberales, contra Bolívar, que habia combatido por estos diez y
ocho años y sacrificádoles su fortuna!.... Este era un contraste
cuya anomalía solo podía escaparse á las ciegas pasiones que
arrastraban á los miembros de aquel club. Empero desde los
primeros pasos les salió errado el proyecto de insurrección que
pensaban extender á toda la República. Acercándose á Mompox
tropas destacadas por Montilla al mando del coronel Aldercreutz,
vió Padilla que nada podia hacer allí. Entónces marchó á Car-
tagena asociado á su consejero doctor Muñoz, donde contaba
hacer la revolución con los habitantes del barrio de Getsemaní
y la maestranza de marina, sobre los cuales se lisonjeaba ejer-
cer mucho influjo. Con tan siniestras intenciones presentóse de
repente en Cartagena al amanecer del Io de abril. Pero Mon-
tilla, que estaba alerta, supo inmediatamente el arribo de su
contrario; prendióle en la misma casa de Padilla, poniéndole
una guardia y dentro de seis horas le envió hácia Bogotá c9a
un jefe de toda su confianza. Á Muñoz y á otros comprendidos
en las pasadas revueltas los mandó juzgar en Cartagena.
El Libertador recibió en Sátiba cerca de la villa de Soatá las
primeras noticias de los movimientos subversivos de Padilla, y
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i:apítui.o xih.
Oi
se alarmó sobre manera por la clase formidable de guerra de
que podían ser un principio. Al siguiente dia varia su plan de
viaje en Soatá, y resuelve seguir al Magdalena, donde Montilla
indicaba ser muy importante su presencia. Pensaba cortar el
mal de raíz y volver inmediatamente á Cúcuta. Se dirige, pues,
á Bucaramanga á fin de embarcarse en el puerto de Botijas so-
bre el rio Cañaveral, que desagua en el Magdalena. Antes de
partir dicta las mas activas y eficaces providencias á fin de reunir
las tropas suficientes para ahogar en la cuna la rebelión de Pa-
dilla, si acaso habia hecho algunos progresos. Mas en la villa
de Piedecuesta, sabe los acontecimientos posteriores de Car-
tagena, y recibe una representación bastante sumisa, que
desde Ocaña le dirigió Padilla . Entónces determina hacer alto
en Bucaramanga , enviando á Ocaña un oficial con la comi-
sión de prender y conducir á Padilla á Cartagena para juz-
garle.
De todos estos hechos, que constan en documentos oficiales y
auténticos, se manifiesta, que el viaje del Libertador á Bucara-
manga no fué un hecho pensado de antemano , sino que lo
motivaron los sucesos ocurridos miéntras se dirigia á los valles
de Cúcuta.
Durante el curso de estos sucesos se juntaron en Ocaña se-
senta y siete diputados, que componían mas de la mitad de los
ciento ocho que correspondieron á toda la República. Resuelta
la instalación verificóse el 9 de abril bajo la dirección del dipu-
tado Soto. Este pronunció un discurso excitando á la convención
á que asegurase la independencia y libertad de los Colombianos;
en él hizo fuertes alusiones contra el gobierno del Libertador.
El primer presidente de la convención fué el doctor José María
del Castillo , y vicepresidente el doctor Andrés Narvarte. Los
cuatro secretarios nombrados fueron Luis Várgas Tejada , Ma-
nuel Muñoz (i), Rafael Domínguez y Mariano Escovar, todos
conocidamente del partido exaltado. El general Santander do-
minaba á este, que obtuvo muy pronto una mayoría decidida
hablando siempre de libertad y garantías. Otro partido , que
también las quería , pero aseguradas por un ejecutivo que go-
(1) Por renuncia de este fué nombrado en 30 de abril el señor Juan de
DÍ66 Aranzazu , diputado independiente é imparcial , que desempeñó sus
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02 HISTORIA DE COLOMBIA.
zára de sus facultades esenciales para conservar la tranquilidad
y el órden en el vasto territorio de Colombia, enfrenando á todos
los bandos políticos, era dirigido por Castillo. Habia un tercero
de diputados independientes, como los Mosqueras de Popayan,
los de Antióquia y otros varios que votaban según les parecia ;
estos iban á dar la victoria al partido á que se arrimáran. La
convención de Ocaña reunia hombres de luces , de talentos , de
experiencia y patriotismo , comparables por su número y cali-
dades á los que legislaron en Cúcuta. Mas por una desgracia
lamentable, muchos estaban dominados por violentas pasiones,
que no les dejaron penetrarse del verdadero estado de la opi-
nión y de las exigencias de la República.
Instalada la convención recibió el mensaje que le habia diri-
gido el Libertador desde 29 de febrero. En este importante do-
cumento decía : « que en beneficio de la causa popular dispu-
» siera libremente y sin atender á consideraciones personales
» del bastón de presidente y de la espada de general , símbolos
» de mando y de gloria. » Trazaba después un cuadro triste de
la situación de Colombia y de la necesidad que generalmente se
habia sentido de reformar las leyes fundamentales. Afirmaba
que los poderes no estaban distribuidos según lo requería la
forma social y el bien de los ciudadanos; que solamente el le-
gislativo era soberano , cuando debia ser un miembro de la so-
beranía, lo mismo que el ejecutivo ; que este carecia de fuerza
habiéndose conferido al congreso muchas de sus facultades na-
turales y de la administración pública; que el poder judicial
estaba constituido bajo de una total independencia del gobierno,
á pesar de que sus funciones eran ejecutivas , ó de aplicar las
leyes á los casos particulares ; que nuestras leyes parecían he-
chas al acaso, sin órden ni conjunto ; que ellas habían desmora-
lizado al ejército, destruido el comercio y la agricultura y hecho
un caos de la hacienda pública , por lo cual estaba sumergida
Colombia en una verdadera bancarota; que por tales causas,
sus relaciones exteriores en vez de adelantarse, retrogradaban,
y ya se nos miraba con cierta esquivez por las potencias extran-
jeras. Concluía con el siguiente apostrofe harto expresivt :
« ¡ Legisladores ! ardua y grande es la obra que la voluntad
j> nacional os ha sometido. Salvaos del compromiso en que os
» han colocado nuestros conciudadanos , salvando á Colombia.
» Arrojad vuestras miradas penetrantes en el recóndito corazón
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CAPÍTULO XIII. 93
» de vuestros constituyentes; allí leeréis la prolongada angus-
» tía que los agoniza ; ellos suspiran por seguridad y reposo.
d Un gobierno firme, poderoso y justo es el grito de la patria.
d Miradla de pié sobre las ruinas del desierto que ha dejado el
d despotismo, pálida de espanto, llorando quinientos mil héroes
» muertos por ella, cuya sangre sembrada en los campos, hacía
» nacer sus derechos. Sí, legisladores, muertos y vivos , sepul-
» cros y ruinas os piden garantías. Y yo que sentado ahora so-
» bre el hogar de un simple ciudadano , y mezclado entre la
» multitud recobro mi voz y mi derecho ; yo que soy el último
» que reclamo el fin de la sociedad; yo que he consagrado un
» culto religioso á la patria y á la libertad, no debo callarme en
» momento tan solemne. Dadnos un gobierno en que la ley sea
» obedecida, el magistrado respetado y el pueblo libre; un go<
» bierno que impida la trasgresion de la voluntad general y los
o mandamientos del pueblo.
d Considerad , legisladores , que la energía de la fuerza pú-
» blica es la salvaguardia de la flaqueza individual, la amenaza
» que aterra al injusto y la esperanza de la sociedad. Conside-
» rad que la corrupción de los pueblos nace de la indulgencia
» de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que
» sin fuerza no hay virtud , y sin virtud perece la República.
» Mirad, en fin , que la anarquía destruye la libertad y que la
» unidad conserva el órden.
» ¡ Legisladores ! á nombre de Colombia os ruego con plegarias
» infinitas, que nos deis á imágen de la Providencia, que repre-
f> sentáis como arbitros de nuestros destinos , para el pueblo ,
» para el ejército, para el juez y para el magistrado / leyes m-
» exorables!// »
Estas indicaciones, expresadas de una manera tan enérgica
como convincente y que se apoyaban en los talentos y en la
larga experiencia gubernativa del Libertador, debian haber he-
cho una profunda impresión en el ánimo de los escogidos de
Colombia. Mas sucedió lo que el presidente habia previsto en su
mensaje , y por cuya consideración se abstuvo de recomendar
f<?rina alguna de gobierno, « Nada, dijo, añadiría á este funesto
d bosquejo, si el puesto que ocupo no me forzára á dar cuenta
» á la nación de los inconvenientes prácticos de sus leyes. Sé
» que no puedo hacerlo sin exponerme á siniestras interpreta-
» ciones y que al través de mis palabras se leerán pensamien-
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HISTORIA DE COLOMBIA.
» tos ambiciosos; mas yo, que no he rehusado á Colombia con-
» sagrarle mi vida y mi reputación , me conceptúo obligado á
9 este último sacrificio. » Atribuyéronse en efecto sus recomen-
daciones de que se adoptara un gobierno mas fuerte que el
organizado por la constitución de Cúcuta, á proyectos ambicio-
sos y tiránicos de Bolívar para dominar á Colombia con un po-
der absoluto. Como si entre este gobierno y la excesiva debili-
dad en que pretendía dejarle una exaltada y acaso visionaria
demagogia, no existiera un justo medio , que anhelaban el Li-
bertador y una gran mayoría colombiana , la que exenta de
ambiciones de partidos solo apetecía reposo, órden y seguridad.
Hubiérase adoptado aquel medio que sugerían la razón y la
experiencia de lo pasado , asi como los intereses bien entendi-
dos de los bandos políticos que agitaban á la República , de los
cuales la constitución debía ser un verdadero compromiso; en-
tonces la calma habría renacido , y acaso aun existiera Colom-
bia. Indelebles hubieran sido en este caso los títulos de la con-
vención ála gratitud nacional.
Fuera del mensaje recibió aquella inmediatamente después
de su instalación , multitud de peticiones del norte , centro y
sur de la República. Los cuerpos del ejército permanente , los
de milicias, el estado mayor, la universidad de Carácas, y gran
número, sino todas las municipalidades de los departamentos
de Venezuela, Maturin y Orinoco, hicieron actas por lo general
en el mes de marzo, pidiendo á la convención que conservára
la integridad nacional y á Bolívar en el mando supremo de la
República. En otras representaciones, sin omitir este pedimento
se indicaba, bien no ser oportuna la época actual para que la
convención nos diera una constitución definitiva, ó bien que se
disolviera aquel cuerpo haciendo antes algunas reformas par-
ciales. En muchas de estas actas se declamaba contra las teorías
que iban conduciendo la patria á un abismo de males y contra
el sistema federativo ; añadiendo casi todas fuertes invectivas
contra la administración del general Santander. El jefe supe-
rior de Venezuela envió á Ocaña estas peticiones con un men-
sajero especial , apoyándolas y expresando su opinión , de que
los trabajos de la convención debían limitarse á — «centralizar
el poder y poner en manos del Libertador el mando supremo
del Estado, á que los pueblos le Uamáran por aclamación uná-
nime , hasta que asegurada la independencia de la nación y
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CAPÍTULO XIII.
95
tranquilo el territorio pueda plantearse la forma de gobierno
que sea de la voluntad general. »
Las peticiones del centro y sur de la República se dirigieron
principalmente contra el sistema de gobierno federativo, que
detestaban como débil en extremo y precursor de la anarquía.
Todas exigían que se estableciera un gobierno fuerte y capas de
mantener el órden y la tranquilidad bajo el sistema unitario ,
del que tantos bienes habían resultado á Colombia, desde que
lo adoptara : muchas indicaban también la conveniencia y aun
necesidad de que se conservase al Libertador el mando su-
premo , como el único hombre que por sus talentos , grandes
servicios y vasto influjo , podia mantener unida y tranquila á
Colombia.
Estas peticiones fueron recibidas por la convención con en-
fado y esquivez , censurándose por algunos con apodos depresi-
vos , pues se las llamaba — a producciones del servilismo y de
la abyección. » Expresando ellas el pensamiento y los deseos
del ejército , de muchas corporaciones y de ciudadanos de gran
valía en la tierra , apoyados en razones poderosas , los repre-
sentantes debieron mirarlas con mucha consideración , aunque
algunas contuvieran expresiones indebidas y poco decorosas á
la representación nacional, las que reprobamos. Pero en vez de
proceder con esta circunspección que demandaban las críticas
circunstancias en que se hallaba su patria , la mayoría de los
diputados trató con desprecio aquellas peticiones. Por una pro-
videncia general , que vino á ser la fórmula adoptada (abril 29)
para todas ellas, las envió al Libertador, — « como á quien cor-
respondía mantener el órden público y la disciplina militar. »
Creían los diputados hallarse esta vulnerada por los pedimen-
tos de varios cuerpos de tropas. En consecuencia aquellas peti-
ciones quedaron sepultadas en el olvido , y no se tuvieron en
cuenta por los miembros de la convención para sus futuros
proyectos sobre la organización política de Colombia. No cono-
cían que estaban parados sobre un volcan , y les pareció que
podían constituir á la República , no según los hechos existen-
tes? los votos y los deseos de la mayor parte de los Colombia-
nos, sino conforme á teorías inaplicables á nuestros pueblos, las
que falsamente se bautizaban con el especioso nombre de prin-
cipios.
El primer acto legislativo de la convención fué declarar por
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90 HISTORIA DE COLOMBIA.
unanimidad de sufragios — « que era necesaria la reforma de
la constitución, y que la gran convención nacional se ocuparía
de este objeto. »
Una de las primeras proposiciones que se hicieron luego que
se trató de reformas fué la del diputado por Caracas Mariano
Echezuria , de que se adoptara el sistema de gobierno federa-
tivo. Esta moción fué acogida con entusiasmo por Santander y
sus partidarios, que habia tiempo trabajaban por despedazar á
Colombia introduciendo la federación. Ocupóse la convención
en muchas y largas sesiones en discutir aquella cuestión capi-
tal; en ella, el diputado Joaquin Mosquera pronunció un dis-
curso excitando á la concordia de los ánimos , digno de la tri-
buna de la Gran Bretaña ó de la Francia , en el que á la vez
manifestaba sus luces, sus talentos, su patriotismo y su buen
corazón. La centralización del gobierno se sostuvo con habili-
dad y firmeza por muchos diputados. La propuesta adopción
del sistema federativo fué rechazada en 28 de abril por la mayo-
ría de cuarenta y cuatro votos contra veinte y dos. El general
Santander y sus principales partidarios Soto, Azuero , Gómez,
Duran y otros sostuvieron la federación, á pesar de que ántes
habían sido acérrimos defensores del centralismo , sobre todo
Santander. Sus pasiones los cegaban, sin embargo de que la
experiencia demostraba mas y mas cada dia las funestas conse-
cuencias de aquel sistema, que hizo en años atrás derramar
tantas lágrimas en Venezuela y en la Nueva Granada, y que al
tiempo de la convención de Ocaña mantenía despedazadas por
los furores de la guerra civil á las repúblicas de Méjico y del
Centro-América. Así muchos tuvieron y aun tienen razón para
tachar la versátil conducta de Santander y de sus amigos en
esta gran cuestión, como hija de sus odios y pasiones contra el
Libertador (*).
Un triunfo tan completo como el obtenido para rechazar el
sistema de gobierno federativo , llenó de esperanzas á los que
(1) Persuadiendo uno de los promovedores de la federación á otro Ru-
tado, que votára en favor de ella, no pudo contestar los argumentos con
que este le rebatía aquel sistema. Entóneos le dijo el primero : « que como
se echára abajo con la federación el poder de Bolívar, lo demás no impor-
taba. > Tal era el patriotismo de algunos miembros del partido exaltado :
respiraban solo venganzas.
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CAPÍTULO XIII. 97
deseaban útiles reformas en la constitución de Colombia (mayo
2). Votáronse después y se ganaron por igual número de sufra-
gios las siguientes proposiciones ó bases : « que el gobierno de
Colombia en sus tres poderes sería unitario; que su adminis-
tración se mejoraría , haciendo mas eficaz la acción del ejecu-
tivo en todos los extremos de la República ; en fin , que para
facilitar la consecución de estos objetos, se establecerian asam-
bleas en las divisiones territoriales con las facultades que les
dieran la constitución y las leyes. »
La comisión escogida para formar el proyecto según estas ba-
ses principió entónces sus trabajos ; pero el doctor Vicente
Azuero, que pretendía redactar la constitución conforme á sus
ideas especulativas, riñó en breve con algunos de sus compañe-
ros que le contradecían. Reorganizada de uuevo la comisión (i),
trabajó un largo proyecto de constitución reglamentaria en que
se quitaban al poder ejecutivo sus principales atribuciones,
dando á los Colombianos multitud de garantías para eludir las
leyes ; era ninguna la fuerza que se dejaba al gobierno á fin de
hacerlas cumplir. El territorio colombiano se dividía en veinte
departamentos , cada uno con su respectiva asamblea que dis-
pusiera de los intereses locales. En las elecciones y en otros
muchos pormenores , aquel proyecto estaba calcado sobre los
principios de las constituciones de la tumultuosa y efímera
República francesa. En nada ó en muy poco se tenían en con-
sideración los hechos existentes , las peticiones y los deseos de
los Colombianos expresados de uua manera tan enérgica , ni
tampoco sus hábitos, usos y costumbres : hé aquí los elementos
de que se habría apoderado un legislador filósofo para consti-
tuir á nuestra República.
El doctor Castillo opuso un otro proyecto al ya mencionado ;
pero no pudo conseguir con sus amigos que este se rechazára.
Acordóse que ambos se discut ieran á la vez ; resolución que ase-
guraba el triunfo al de Azuero, porque el partido de Santander
adquirió en el mes de mayo una superioridad decidida en la
convención.
(1) Se compuso de los diputados Soto, Azuero, Liévano, López Aldana
y Real. El proyecto de constitución que redactó Azuero y que los demás
aprobaron, constaba de 315 artículos y 35 títulos ó capítulos; llamóse en-
tónces ■ la constitución Axuerina. »
TOMO iv. 7
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HISTORIA DE COLOMBIA
Al saber el Libertador en Bucaramanga, donde había perma-
necido para estar inmediato á Ocaña , como lugar en que se
trataban los mas importantes negocios de la República , el es-
tado que tenían los trabajos de la convención y su éxito proba-
ble, pierde toda esperanza deque se obtenga un buen resul-
tado. Determina, pues, irse á los departamentos del nordeste y
así lo comunica á sus amigos de Ocaña. Estos piensan entonces
que se le llame á fin de que la constitución se dé con su acuerdo,
á lo ménos en sus principales disposiciones. Estaban persuadi-
dos íntimamente de que ninguna constitución podia estable-
cerse y ser duradera en Colombia, si no aseguraba los intereses
bien ó mal entendidos de los partidos rivales que dividían la
opinión pública y á la población entera. Cuando les pareció que
podrían obtener una mayoría, el doctor Castillo hizo la moción
de que se excitara al Libertador (mayo i A) á que se trasladase
á Ocaña; pero sin admitirse á discusión fué negada por cua-
renta votos contra veinte y ocho. Díjose que la proposición era
contraria al reglamento de elecciones , que prohibía el que es-
tuviera en Ocaña el encargado del poder ejecutivo; ley que de
ningún modo podia ofrecer un obstáculo, porque era fácil revo-
carla, y no hablaba en el caso de un llamamiento expreso. El
verdadero motivo fué que Santander y los que le seguían te-
mieron el influjo del Libertador sobre los diputados , y que se
diera entonces una oonstitucion según las indicaciones que ha-
bía hecho aquel en su mensaje. Se le nombraría en tal caso pre-
sidente, frustrándose los proyectos de los exaltados. Eran aque-
llos acordar una constitución bajo de la cual Bolívar se denegára
á continuar mandando : no les importaban los defectos que tu-
viera, siempre que consiguieran su objeto favorito (t).
Conociendo el Libertador tales miras por informes y docu-
mentos que no le dejaban la menor duda, recibió con frialdad
la indicación que le hicieron sus amigos, de llamarle á Ocaña :
temía que allí se le comprometiera á sancionar disposiciones
constitucionales que fueran contrarias á las que en su concien-
cia juzgaba que solo podían hacer la felicidad de Colombia.
Bajo de tan funestos auspicios comenzaron (mayo 23) á dls-
(1) Santander dijo entonce» en una carta, que se haria hasta musulmán
por salir del general Bolívar, á quien llamaba « el supremo perturbador de
¡a República. » Tan profundo era el odio que le tenia.
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i:apítllo 'xiii. Olí
cutirse los dos proyectos de constitución : primero el de la co-
misión, y seis dias después el que presentirá el señor Castillo
suscrito por veinte y dos diputados de sus mismas opiniones (*).
Á Castillo y á sus amigos costó un gran trabajo y fuertes con-
tradicciones el que su proyecto se admitiera como una modifi-
cación del que habia formado Azuero. Acordóse al fin que se
discutiera á la vez ; método que era dispendioso de tiempo y
que de ningún modo podia conducir á un buen resultado, pues
de esta manera la nueva constitución debia resultar compuesta
de partes heterogéneas ó inconexas incapaces de formar un
todo regular.
En las discusiones el choque y la irritación de los partidos
llegó á su colmo. Los diputados amigos del Libertador que
defendian el proyecto de Castillo eran insultados frecuente-
mente como sostenedores de la tiranía y de los planes ambi-
ciosos de Bolívar, diciéndoseles que pretendían establecer una
constitución mas monárquica que la de Bolivia, así como la
tiranía ministerial. Se les ridiculizaba siempre que menciona-
ban las peticiones de los pueblos, del ejército y de las cor-
poraciones colombianas que pedian con ahinco un gobierno
fuerte y vigoroso, de tal suerte que al fin de mayo acaso
ningún diputado se atrevía á pulsar cuerda tan importante y
delicada. Soto era presidente de la convención, y con sus arte-
rías y larga experiencia en los manejos é intrigas parlamenta-
rias, dirigía las discusiones y votaciones, unas veces con des-
treza y otras aun faltando á los reglamentos internos y á las
leyes a que debían sujetarse los miembros de la convención ; su
bando estaba, pues, seguro de triunfar en aquella lid parla-
mentaria.
Los representantes que defendian el proyecto de Castillo,
viéndose oprimidos por una mayoría orgullosa que les negaba
aun lo justo y legal, y que también conseguía oscurecer con
su influjo hechos que habían pasado en el seno mismo de la
convención, indicaron haber resuelto separarse del cuerpo y
regresar á sus provincias (junio 2) á dar cuenta del triste y do-
loroso resultado de su misión. Entonces algunos diputados que
deseaban ardientemente el bien y consolidación de la República
mediaron con Santander y con otros de su partido, á fin de que
(1) Véase la nota 10".
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100 HISTORIA DE COLOMBIA.
hubiera explicaciones amistosas privadas, que condujeran á un
avenimiento, disipándose las mutuas desconfianzas. Se tuvieron
dos conferencias delante de varias personas imparciales, y
aunque pacíficas, nada se acordó definitivamente; empero
brillaba todavía alguna esperanza de un acomodamiento. Mas
desapareció por una solicitud inoportuna que presentaron San-
tander, Azuero y Soto, en que pediau se les permitiera sepa-
rarse de la convención porque sus principios liberales, de los
que no podian prescindir, eran un obstáculo para las reformas.
Castillo y sus compañeros caracterizaron este paso de perfidia
y de un designio meditado de hacerlos odiosos, desacreditán-
dolos. Confirmáronse, pues, en su propósito de salir de Ocaña
sin asistir á ninguna otra sesión. Verificáronlo el 10 de junio.
En vano los demás diputados existentes en Ocaña quisieron
disuadirlos de su intento ; en vano eligieron como forzados para
presidente de la convención al respetable Joaquín Mosquera,
cuyo carácter conciliador inspiraba la mayor confianza á ambos
partidos ; en vano finalmente dirigieron órdenes á los diputa-
dos que se ibau, arraigándolos en Ocaña ; nada bastó para que
volvieran á las sesiones. Como solo quedaron cincuenta y cua-
tro representantes y se necesitaban cincuenta y cinco para con-
tinuar los trabajos de la convención, después de proyectar que
se diera un acto adicional á la constitución de 1821, y de dis-
cutir otras várias proposiciones, se persuadieron los diputados
que nada podian hacer sin que hubiera el número legal. De-
clararon, pues, en 41 de junio que se hallaban suspendidas las
sesiones por haberse alejado de hecho diez y nueve diputados
sin Ucencia y contra la expresa resolución de que permanecie-
ran en Ocaña hasta que se determinára lo conveniente sobre
la representación que habían dirigido á la convención nacio-
nal (i).
(I) Los nombres de los veinte y un diputados que abandonaron las sesiones,
eran : José María del Castillo , — Pedro Briceño Méndez , — Francisco
Aranda , — Juan de Francisco Martin, — Joaquín José Cori, — José Ucros,
— Domingo Bruzual, — De Beaumont , — Rafael Hermoso, — Pedro* Vi-
cente Grimont, — José Félix Valdivieso , — José Matías Orcllana, — J. Fer-
mín Villaviccncio, — Manuel Avilés, — Fermín Orejuela, — José Moreno
de Salas, — Francisco Montufar, — Miguel María Pumar, — Martin San-
tiago de Icaza, — Pablo Merino, — Anastasio García de Frías , — Vicente
López Merino.
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CAPÍTULO XIII. 101
Los diputados que habían dado aquel paso atrevido, publi-
caron inmediatamente en la parroquia de la Cruz un manifiesto
para justificar su conducta. Los puntos mas prominentes en
que apoyaron su defensa fueron : que oprimidos por una
mayoridad altanera, zaheridos y burlados por ella, se conside-
raban sin libertad eu la convención ; que el partido dominante
pretendía dar una constitución basada en teorías inaplicables á
nosotros, despreciando altamente los hechos existentes en Co-
lombia y las numerosas peticiones de los pueblos; que la misma
tenia por objeto debilitar al ejecutivo para libertarse, según
decia, de las miras de Bolívar, designio que se traslucía en
todas las partes de aquel peregrino proyecto de constitución.
Así que íntimamente persuadidos de que llevándose á cima el
nuevo plan de gobierno, la República sufriría males de enorme
trascendencia, no querían ser la causa indirecta de la ruina de
la patria. « Nuestro deber, anadian, era salvarla, y estamos
persuadidos de haberlo conseguido. Apelamos a4 juicio de Co-
lombia, seguros de que la mayoría nos hará justicia. En otro
tiempo y en mejores circunstancias, cuando ya se hayan amor-
tiguado algún tanto las pasiones y descubierto la verdad ,
cuando pueda verse con claridad el verdadero interés de la
República, podrán hacerse las reformas convenientes. Entre
tanto existe en vigor la constitución del año undécimo, existen
las leyes y existe á la cabeza del gobierno el Libertador presi-
dente, que reúne la confianza nacional. » — Los mismos di-
putados decían también que nunca habia sido su ánimo disol-
ver la convención, y que solo quisieron no contribuir al mal
ni indirectamente; que los demás representantes estaban auto-
rizados para llamar y compeler á los ausentes á concurrir hasta
llenar el número necesario para la continuación de las sesio-
nes ; pero que estos prefirieron disolver la convención con el
designio de imputarles la culpa y que sobre ellos recayera la
execración nacional ; que no la temían, pues aun en la hipó-
tesis de haber sido causa de que se disolviera la convención,
miraban este suceso como un insigne beneficio, pues ella solo
podia hacer males.
Por muy plausibles que se presenten estos argumentos de
la menoría de la convención de Ocaña, nos parece que nunca
pudieron ser suficientes para justificar su absoluta separación.
Tan funesto ejemplo debia ser de enorme trascendencia en
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102 HISTORIA DE COLOMBIA.
lo venidero, pues otras menorías podrían querer separarse
igualmente de los cuerpos legislativos ó constitucionales á que
pertenecieran, y así quedaba minado por su basa primordial
el sistema representativo. Aunque no fuera el ánimo de aque-
llos diputados disolver la convención, debían tener por cierto
que su disolución era inevitable, porque no permanecía en
Ocaña un número legal, y después de cuatro meses que los
representantes habían dejado sus casas y familias, era muy
fuerte el deseo que tenían de abandonar la desagradable é im-
próvida residencia de Ocaña para regresar á sus domicilios. Se
hallaban ademas cansados de las acaloradas disputas y choques
de los partidos que los dividían, y pocas esperanzas restaban
á los diputados independientes que aspiraban á la consolida-
ción de la República de conseguirla. Podían, es verdad, los
cincuenta y cuatro diputados llamar á los suplentes, y tenían
facultad para compelerlos; pero la compulsión habría sido
ineficaz. Por tanto no les quedó mas recurso que disolverse.
En su última acta dirigieron una protesta á la nación, ma-
nifestándole que se disolvían contra su voluntad y solo com-
pelidos á dar este paso por una necesidad imperiosa.
Mas el partido exaltado no se pudo separar sin que en una
reunión de sus miembros preparara revoluciones contra el
gobierno del Libertador. Comprometiéronse algunos diputados
á conmover las provincias de Antióquia, Popayan, Socorro,
Pamplona y Bogotá, movimientos que serian la base de una
conflagración general. Otros de Venezuela debiau promover
allí revoluciones y guerrillas con la mayor extensión que les
fuera posible. El grito y el objeto ostensible sería restablecer la
constitución de Gúcuta y poner término al mando de Bolívar.
El general Santander asistió á la junta ó juntas que se tuvie-
ran con tales designios, y fué señalado como jefe de la proyec-
tada reacción. Aunque estos planes solo se traslucieran entón-
ces porque estaban cubiertos con el velo del misterio, después
se han averiguado hasta la evidencia. No faltaron tampoco
quienes oyeran y denunciáran al Libertador las escandalosas
proposiciones de algunos hombres ménos escrupulosos, qtÜe •
dijeron en Ocaña ser preciso matar á Bolívar para conseguir sus
intentos.
El Libertador, que observaba desde Bucaramanga las opera-
ciones de la convención, y que tenia frecuentes noticias de
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CAPÍTULO XIII.
103
Ocaña, supo las acaloradas disputas de los últimos dias de
mayo, y la resolución tomada por algunos diputados en 2 de
junio de separarse de aquella corporación. Avisólo privada-
mente á los miembros del consejo de gobierno residente en
Bogotá, encargándoles, lo mismo que á varios de sus amigos
mas influentes, — « que meditáran las providencias que debe-
rían dictarse en aquella dolorosa hipótesis, que él no deseaba
y que era muy probable iba á suceder, o Anunciaba que por
tan grave novedad babia determinado regresar á la capital,
deteniéndose algunos dias en el Socorro basta recibir las últi-
mas noticias de Ocaña.
En consecuencia de aquel aviso, tan importante y delicado
negocio comenzó á discutirse privadamente y á sondearse en
Bogotá la opinión de la mayoría. De una parte se presentaban
el escándalo y las críticas acerbas que habría, de que se disol-
viera la convención rodeada del prestigio de representación
nacional, en la que se hallaban algunos hombres de gran valía,
que se tenían como atletas y campeones denodados de los prin-
cipios liberales ; considerábanse también los disturbios y acaso
la conflagración general que pudieran encender tremolando la
bandera de Libertad ; aunque bajo de esta dorada insignia ocul-
táran algunos proyectos ambiciosos y de venganza. De otra
parte se veía claramente que si la convención no se disolvía,
daría una constitución del todo inadecuada á Colombia, esta-
bleciendo un poder ejecutivo que tendría las manos ligadas
para mantener el órden en lo interior, y repeler los ataques
exteriores con que nos amenazaban la España con su ejército y
marina de Cuba, y el Perú con otro ejército apostado sobre
nuestras fronteras meridionales. Veíase ademas con la mayor
claridad que una constitución acordada por el partido del gene-
ral Santander sería muy mal recibida en Colombia, y era
seguro que tanto el ejército como la mayoridad de las corpo-
raciones y de los pueblos la rechazarían, causándose de esta
manera un escándalo mayor, que haría derramar mucha san-
gre y que elevaría al extremo el encono de los partidos ya de-
masiado temible. Adoptóse, pues, la base de que era útil, con-
veniente y aun necesario hacer todo lo posible para que la
convención de Ocaña no diera constitución alguna. Como no
había otro arbitrio que escoger entre males harto graves, este
pareció menor. También se convino en la idea de que para tal
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104 HISTORIA DE COLOMBIA.
caso era necesario dar al presidente constitucional de la Repú-
blica facultades extraordinarias, á fin de que fuera capaz de
proveer á la defensa, así como á conservar el órden y la tran-
quilidad interna, mientras que calmadas algún tanto las pa-
siones, Colombia pudiera constituirse de nuevo.
Habiéndose convenido en estas bases, era preciso cumplir con
prontitud sus disposiciones. El intendente de Cundinamarca
general Pedro A. Herran dio al efecto (junio 43) una proclama
en que manifestaba el estado de la convención, los peligros de
la patria, y que era necesario deliberar sobre los medios de
salvarla, reuniéndose en aquel dia los padres de familia en una
junta popular á que los convocaba, como la primera autoridad
del departamento. La asamblea fué numerosa, y su resultado
la célebre acta de Bogotá del 43 de junio, en que se acordaron :
primero, la protesta de no obedecer los actos que emanáran de
la convención de Ocaña ; segundo, revocar los poderes conferi-
dos á los diputados electos por la provincia de Bogotá; y ter-
cero, que el Libertador presidente se encargase del mando
supremo de la República con plenitud de facultades en todos los
ramos, los que organizaría del modo que le pareciera mas con-
veniente, y cuya autoridad ejercería hasta que juzgase opor-
tuno convocar la representación nacional. Acordóse ademas
invitar al Libertador á que acelerara su regreso á la capital y
que el acta se imprimiera y circulára por el intendente á los
otros departamentos de Colombia.
Esta acta aun sin tener todas las firmas de las personas que
la suscribieron, que fueron muchas, se remitió el mismo dia al
consejo de ministros, el que por medio de su presidente, el
secretario del interior, contestó al intendente Herran, que juz-
gaba el consejo — « muy fundado y de imperiosa necesidad el
pronunciamiento de la capital, la que ha manifestado en él los
ardientes deseos que animan á sus dignos habitantes por la
prosperidad y estabilidad de Colombia, lo mismo que su amor
é ilimitada confianza en el Libertador presidente. » Un mensa-
jero especial, el coronel Wilson , edecán de Bolívar, partió
aquella misma noche para el norte, llevando al presidente ^1
acta aprobada y otro oficio del secretario del interior en que le
avisaba, por disposición del consejo, la aprobación que este
había dado, y añadía : « El consejo al emitir su opinión ha
tenido presentes la gravedad é importancia de la materia, y
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rAPÍTino xni. 105
aunque sin tener orden ni instrucciones de S. K. d) para un
caso tan inesperado é imprevisto, no ha dudado el tomar sobre
sí la responsabilidad de aprobar el acta de esta capital. Los
motivos que han influido en el ánimo del consejo para adoptar
semejante resolución han sido los mas puros, y han emanado
principalmente del íntimo convencimiento en que se hallan
sus miembros, de que no hay otra medida capaz de salvar la
patria, sino constituir un gobierno fuerte y enérgico, ejercido
por S. E. el Libertador. Los miembros del consejo esperan que
su resolución, aunque de tamaña trascendencia, no será desa-
probada por el Libertador, y que por lo menos merecerá su
indulgencia. »
Cuando Bolívar, en marcha para la capital, recibió en el
Socorro los expresados documentos, acababa de entregarle el
comandante Francisco Montufar, uno de los representantes que
se alejaron de la convención, el manifiesto y los demás papeles
que acreditaban la separación de los veinte y un diputados, y
la consiguiente suspensión de las sesiones. Kl Libertador se
hallaba confundido y agitado por dudas sobre la suerte de la
República, de las que le sacára tan oportuno pronunciamiento
(junio Í6); así, aprobó con expresiones satisfactorias las de-
mostraciones de celo y las pruebas de confianza que le daban
el pueblo y los magistrados de la capital, que habian tomado
sobre sí, conforme á sus expresiones, — «la salvación de la
patria, la custodia de su gloria y de su unión, creando una
autoridad que aniquile la anarquía y le asegure dicha inde-
pendencia y libertad. »
Al mismo tiempo manifestó al consejo que veía como una
gran calamidad el que se hubiera disuelto la convención agi-
tada por disturbios y pasiones, sin haber dado su código á la
patria. Decia que esta catástrofe nos privaba de toda esperanza,
llenándonos de temores, pero que confiaba demasiado en el
buen sentido de sus conciudadanos, para temer algún trastorno
(1) Esto es cierto. El Libertador, aunque desde Sanjil con fecha 12 de
jimio dijo oficialmente al consejo que meditara lo que debiera hacerse en
el caso de que se disolviera la convención de Ocaña sin constituir ú Colom-
bia , jamas hizo la menor indicación acerca riel partido que debiera tomarse.
El consejo contestó á la mencionada indicación , — « que habiendo apro-
bado el acta de Bogotá, habia emitido ya su opinión sobre lo que debia ha-
cerse en las circunstancias. »
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106 HISTORIA DE COLOMBIA.
que agravára los males públicos : esperaba que la voluntad na-
cional no se extraviaría por causa alguna, aun por la mas po-
derosa; y últimamente afirmaba — « estar resuelto á emplear
su autoridad y su energía por la salud del Estado (i). »
Al dia siguiente se pone en camino para la capital, en la que
entra el 24 de junio en medio de las aclamaciones de un pueblo
numeroso , que se manifiesta contento y lleno de entusiasmo
por su Libertador. Estos sentimientos dominan en las arengas ,
discursos y brindis que se le dirigen , y en los convites que se
le dan. Bolívar se hallaba también satisfecho , y esperaba que
podría mantener la tranquilidad y la unión colombiana hasta
que lucieran dias mas felices.
El partido exaltado pensó entónces que la constitución de
Gúcuta debió quedar vigente , y después tanto sus miembros
como otras muchas personas han hecho cargo á Bolívar por no
haber adoptado aquel arbitrio , y porque aceptára la dictadura ,
haciéndose , según dicen , el tirano de su patria. En principio
convenimos en que era mas conforme al derecho constitucional
que siguiera rigiendo la constitución de Cúcuta. Mas ¿era esto
posible en aquellas circunstancias en que las mas fuertes pasio-
nes agitaban los ánimos en sentido contrario? Las provincias
de Venezuela acababan de sufrir una revolución con el objeto
de abolir la constitución colombiana, revolución que apénas se
pudo calmar ofreciéndoles que se reformaría. En consecuencia,
reunida la convención de Ocaña declaró por unanimidad —
« que era necesaria y urgente la reforma de la constitución. »
Esta solemne declaratoria habia quitado á dicho código el poco
prestigio que ántes conservaba en las provincias que hasta en-
tónces lo sostenían. ¿Cómo, pues, habría podido Bolívar mante-
nerla paz, la tranquilidad y la unión de la República con institu-
ciones que ninguno amaba y cuya reforma pedían todos? ¿Cómo
enfrenar á los partidos políticos, reprimir las exigencias inde-
bidas del ejército y defender la integridad del territorio colom-
biano, amenazada por el sur y por el norte? ¿Cómo finalmente
habría podido ejecutar las reformas que eran necesarias en los
diferentes ramos de la administración pública, sujetándose* á
obrar en el círculo estrecho de los poderes constitucionales?
Era imposible hacer lodo esto rigiendo la constitución de Cú-
(1) Véase la nota li".
CAPÍTULO XIII.
107
cuta, pues si usaba el jefe del ejecutivo de las facultades extra-
ordinarias del artículo 128, teníamos siempre la dictadura sin
las "ventajas de una franca declaratoria apoyada en las actas
populares y en el consentimiento expreso de los pueblos. Los
que han afirmado lo contrario vieron los sucesos de lejos y sin
profundizar la verdadera situación de Colombia en tan críticos
momentos. Entonces pareció á nuestros hombres de Estado y á
los ciudadanos mas influentes, que en tan difíciles circunstan-
cias era absolutamente necesaria la dictadura conferida al Li-
bertador, para que investido de plenas facultades conservára la
unión colombiana , defendiera su territorio , y con mano fuerte
pero justa reprimiera los partidos , calmára las pasiones é hi-
ciera con órden y sistema las reformas necesarias, mientras se
convocaba no tarde y bajo mejores auspicios la representación
nacional. Ningún político ha negado hasta ahora la necesidad
de la dictadura en las crisis políticas de las repúblicas , y mu-
chas se han salvado de grandes peligros por esta magistratura
extraordinaria. Tan patriótico objeto fué el que tuvieron en
mira , así los moradores de la capital al conferir á Bolívar la
dictadura , como este en admitirla , arrostrando por servir á su
patria tantas penas, disgustos y calumnias como debía causarle
aquel peligroso y delicado encargo que le hacían sus conciu-
dadanos.
El acta de Bogotá fué el tipo y la norma de todas las demás
actas celebradas á la misma sazón en el vasto territorio de Co-
lombia. Los sentimientos que ella produjo obraron como un
fuego eléctrico. Apénas se recibía donde quiera, que se reunían
los vecinos principales y las corporaciones , adhiriéndose á su
contenido y haciendo sustancialmente las mismas declaratorias
y concesiones al Libertador. En el centro , en el norte y en el
sur de la República reinó con admiración el mismo espíritu en
los habitantes, sin que se notara en ninguna de las tres grandes
secciones contradicción alguna que indicara la menor repug-
nancia : hasta las parroquias mas pequeñas tenían como un
deber el celebrar su acta dando al Libertador el mando supremo
coH facultades ilimitadas para reorganizar la República, lle-
gando algunos á excederse hasta indicar que las conservára por
todos los días de su vida. Y no solamente las pequeñas pobla-
ciones sino las grandes ciudades, como Quito, Guayaquil,
Cuenca, Panamá , Cartagena, Mompox, Antióquia, Medellin y
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108 HISTORIA DE COLOMBIA.
Popayan, Carácas, Valencia, Ciimana y Maracáibo, hicieron las
mismas actas. Aprobáronlas también los militares mas promi-
nentes, como Páez, Urdaneta, Soublette, Arizmendi, Mariño,
Montilla , Córdova , Flórez y otros. Una aprobación del acta de
la capital dada tan espontánea como umversalmente apenas se
tenia noticia de ella , no puede menos que caracterizarse como
la expresión sincera de la voluntad nacional. Parece, pues, que
los autores ó los que promovieron aquel pronunciamiento, tu-
vieron bastante previsión para conocer la opinión de la mayoría
del pueblo colombiano.
Entonces ni una voz se levantó en favor de la convención de
Ocaña; evidente prueba de que las teorías exageradas y los
proyectos constitucionales inadaptables á Colombia, que forma-
ban el símbolo de su fe política , carecían del apoyo y asenti-
miento de una gran mayoridad. Sin embargo de este triunfo
que parecía espléndido, lodos los hombres previsivos temieron
desde aquella época nuevos disturbios que se promovieran por
el partido exaltado; este podia obrar apellidándose liberal, é
invocando los nombres mágicos de « libertad é igualdad, » cuyo
imperio es siempre muy poderoso, especialmente sobre los in-
cautos (i).
La aceptación que dió Bolívar al poder ilimitado que le con-
feria el pueblo colombiano, se ha tenido por muchos como una
evidente prueba de que él amaba la tiranía y el mando abso-
luto ; mas no era así, aunque por las apariencias y por algunos
sucesos de esta época parezca que se puede probar aquella aser-
ción. El Libertador deseaba para Colombia un gobierno en que
los pueblos gozáran de todas aquellas garantías compatibles con
su estado social ; pero sus grandes talentos y su experiencia le
habían enseñado como una verdad incontestable — « que los
habitantes de las colonias españolas de la América del Sur
no se podían gobernar por constituciones calcadas sobre las de
los Estados Unidos del Norte-América y sobre las que jamas
pudieron subsistir en la Francia republicana. Estos eran los
modelos que el Libertador veía seguir á nuestros legisladores, y
él profesaba la mas grande aversión á tales modelos. Creía fir-
memente que Colombia no se podia regir por los principios po-
líticos que se establecían en dichas constituciones ; pues juzgaba
(1) Véase la nota 12».
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CAPÍTULO XIII. ÍOSi
que los ambiciosos, los demagogos y los anarquistas, amparados
por nuestros bosques, por la falta de caminos y por las inmen-
sas distancias , turbarían siempre el orden, sin que el ejecutivo
pudiera reprimirlos ni conservar las garantías del resto de los
ciudadanos pacíficos, si no poseía legalmente la fuerza y el vigor
necesarios.
Auu después de haber aceptado el Libertador el poder su-
premo é ilimitado que le habían conferido los pueblos , usó de
él con mucha parsimonia hasta recibir el asentimiento de la
mayor parte de la República. Solo mandó expedir, usando de
sus facultades extraordinarias , unos pocos decretos que le pa-
recieron urgentes. Su noble corazón deseaba mucho acelerar la
libertad de los esclavos, como gran medida de política y de hu-
manidad. Dio, pues, un decreto mejorando las juntas de ma-
numisión á fin deque se colectaran y emplearan con mas regu-
laridad los fondos destinados para tan santo objeto (julio 40).
Por otros decretos abrogó las leyes que suprimían los conven-
tos menores y las profesiones religiosas antes de veinte y cinco
años de edad; quería con estas disposiciones que se formaran
misioneros á quienes encargar la civilización y conversión al
cristianismo de los indígenas que vagan en nuestros dilatados
bosques.
También se dedicó el Libertador á reorganizar el ejército ,
reparando su moral y disciplina. l*ara conseguirlo restableció
las disposiciones de la ordenanza española que prohiben á los
jefes y oficiales el casarse sin licencia del gobierno , y á los sar-
jemos, cabos y soldados sin la de los comandantes generales
respectivos. La ley colombiana que derogó estas prohibiciones,
habia relajado sobre manera la disciplina militar. Por otro de-
creto posterior restableció á toda su fuerza y vigor la ordenanza
española en lo relativo al fuero militar, á los delitos, penas, y
tribunales que debían conocer de aquellos, aboliendo las leyes
y decretos que fueran contrarios ó que hubieran modificado
dicha ordenanza. Amenazada Colombia por el sur y por el norte,
necesitaba mejorar la organización de su ejército y aumentarlo.
Iñí lo decretó el Libertador en 7 de agosto , previniendo que
se elevase á cuarenta mil hombres. Este armamento era prin-
cipalmente dirigido á la defensa de nuestras costas del Atlántico,
amenazadas sériamente por la España. Acababa esta de reforzar
su ejército de Cuba con tres mil reclutas y mas de cien oficiales
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110 HISTORIA DE COLOMBIA.
oriundos de la América ántes española : tenia, pues, en aquella
isla de diez y siete á diez y ocho mil hombres de buenas tropas
y diez y siete buques de guerra. Contaba para sus empresas con
las turbulencias excitadas por sus partidarios y agentes secre-
tos en Méjico y en Colombia, y con que se habia amortiguado
el espíritu público en favor de la Independencia , con motivo
de las continuas revueltas. Unas veces se aseguraba que la ex-
pedición iria á Méjico , y otras que vendría á Colombia ; pero
en esta época los avisos que tema nuestro gobierno y la tenta-
tiva hecha á principio del año sobre las costas de Venezuela
induciauála creencia deque íbamos á ser atacados nuevamente
por la España. Á pesar de lo exhausto que se hallaba el tesoro,
se preparó activa y enérgicamente la defensa de las costas , su-
pliendo el patriotismo de los Colombianos lo que no podían
sufragar las rentas públicas.
Sin embargo de aquel estado de alarma, Bolívar hizo expedir
las órdenes mas eficaces para extinguir el corso , mandando re-
coger cuantas patentes se habían franqueado, y que no se die-
ran otras. Las quejas de las naciones amigas por varios actos de
piratería y de pillaje marítimos cometidos por nuestros corsa-
rios , y las reclamaciones de indemnización , muchas de ellas
harto costosas, persuadieron al Libertador de que en el estado
actual de la guerra de Independencia , el corso, en vez de ser
provechoso á nuestra República, le era perjudicial.
Para dar unidad, fuerza y prontitud á la defensa de nuestras
costas, creó también un jefe superior civil y militar sobre los
departamentos del Zúlia, Magdalena é Istmo; tan importante
encargo se confirió al general Mariano Montilla , cuyos talentos
eran bien conocidos y propios para aquella elevada magistra-
tura.
Hé aquí los principales objetos en que se ocuparan el Liber-
tador y su consejo de gobierno , miéntras que se recibían en la
capital las actas de la mayor parte de la República, por las que
se le concedían facultades ilimitadas. Luego que supo la volun-
tad de la mayoría de los Colombianos , expidió en 27 de agosto
el decreto orgánico de la nueva autoridad de que se encargana
con el título de Libertador presidente que le habían dado las
leyes y los sufragios públicos. Este importante documento cons-
taba de una introducción en que se enumeraban las principales
razones y fundamentos que Bolívar habia tenido para admitir
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CAPÍTULO XIII. ÍU
la dictadura , y los grandes objetos que se proponía realizar
mientras durase. Hallábase también dividido en seis títulos. En
el primero se desenvolvían clara y sencillamente las atribucio-
nes que por sí mismo ejercía el jefe supremo del Estado; serian
estas las que ántes correspondían al congreso y al poder ejecu-
tivo. Establecíase por el segundo título un consejo de ministros
compuesto de seis secretarios de Eslado responsables en todos
los casos en que faltaran al exacto cumplimiento de sus deberes :
establecíase un presidente del consejo de ministros, á quien to-
caba desempeñar el gobierno de la República en las faltas acci-
dentales ó perpétuas del jefe supremo del Estado ; por tanto
quedó abolida la vicepresidencia de la República. Trataba el
título tercero del consejo de Estado, nueva corporación que
se compondría de los ministros secretarios de Estado, y de un
consejero tomado de cada uno de los departamentos de la Repú-
blica. Era su jefe el presidente del consejo de ministros. Tocaba
á esta corporación preparar todos los reglamentos que se debían
expedir ; dar al gobierno su dictamen en los casos de declaración
de guerra, ajuste de paz, ratificación de tratados con otras na-
ciones, conmutación de penas capitales, concesión de amnistías
é indultos geoerales ó particulares , y en todos los demás casos
arduos que se le consultáran. Informaba también el consejo sobre
las personas de aptitud y méritos á quienes debían conferirse
los principales destinos civiles y eclesiásticos de la República.
Por el título cuarto se adoptaba otra nomenclatura para las
principales divisiones de la República ; llamáronse prefecturas,
y prefectos los que áutes se denominaban intendentes, con
las mismas atribuciones legales. Los jefes de las provincias
continuaron llamándose gobernadores. No se hizo alteración
alguua acerca de la administración de justicia, que debia
continuar distribuyéndose á los pueblos por los tribunales y
juzgados existeutes y conforme á las atribuciones que les
concedían las leyes. Ofrecíase dar reglamentos orgánicos de
los tribunales y juzgados, para mejorar la administración de
justicia, así como para el establecimiento de jueces de hecho,
tribunales de policía correccional y organización del ministerio
público.
En el título sexto y último se mandaban conservar todas las
garantías concedidas á los ciudadanos por la constitución de
Cúcuta, y se les prescribían los mismos deberes que esta enu-
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i \% HISTORIA OE COLOMBIA.
meraba. Tambieft se ofrecía sostener y proteger la religión
católica, apostólica, romana, como la religión de los Colombia-
nos, y que se convocaría la representación nacional para el 2 de
enero de 1830, á fin de que diera la constitución de la Repú-
blica. Este decreto, que suscribieron el Libertador presidente y
los cuatro secretarios de Estado, se mandó publicar y obedecer
en todo el territorio colombiano.
Acompañóse su publicación con una proclama de Bolívar
manifestando de nuevo á los Colombianos la disolución lamen-
table de la convención, que había sucedido por las disensiones
desús miembros, sin dar instituciones á la República, y des-
pués de haber quitado á las de Cúcuta el poco prestigio que
les quedaba : decia que penetrado el pueblo soberano de todos
los peligros que corria en su crítica situación, proveyó por sí
mismo á su futura seguridad estableciendo un magistrado su-
premo. « Mi carácter de primer magistrado me impuso la obli-
» gacion de obedecerle y servirle, aun mas allá de lo que la
» posibilidad me permitiera. No he podido por manera alguna
» denegarme en momento tan solemne al cumplimiento de la
» confianza nacional, de esta confianza que me oprime con una
» gloria inmensa, aunque ai mismo tiempo me anonada bacién-
» dome aparecer cual soy.
» i Colombianos ! me obligo á obedecer estrictamente vues-
» tros legítimos deseos : "protegeré vuestra sagrada religión
» como la fe de todos los Colombianos y el código de los bue-
» nos; mandaré haceros justicia por ser la primera ley de la
» naturaleza y la garantía universal de los ciudadanos. Será la
» economía de las rentas nacionales el cuidado preferente de
» vuestros servidores; nos esmerarémos por desempeñar las
» obligaciones de Colombia con el extranjero generoso. Yo, en
» fin, no retendré la autoridad suprema sino hasta el dia que
» mandéis devolverla, y si ántes no disponéis otra cosa, convo-
» caré dentro de un año la representación nacional.
» i Colombianos ! no os diré nada de libertad, porque si
» cumplo mis promesas seréis mas que libres, seréis respeta-
» dos ; ademas, bajo de la dictadura ¿ quién puede hablar* de
» libertad ? ¡ Compadezcámonos mutuamente del pueblo que
» padece y del hombre que manda solo ! »
En efecto, Bolívar era digno de compasión. Cuando se deci-
día á aceptar aquella tremenda magistratura que carecía de
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CAPÍTULO XIII. 113
atractivos, impelido por sus ardientes deseos del bien y felici-
dad de Colombia, en pos de los cuales habia corrido ya diez y
ocho años de continuos trabajos, daba ansa á la calumnia,
comprometiendo su gloria y aun su existencia.
Publicado el decreto orgánico, el doctor José María del Cas-
tillo fué nombrado presidente del consejo de ministros y del de
Estado. La malevolencia de la oposición dijo que era en pre-
mio de haber disuelto la convención de Ocaña. Los cuatro se-
cretarios del interior ó gobierno, de guerra y marina, de ha-
cienda, y de relaciones exteriores, continuaron como ministros,
sin que hubiera variación alguna en el personal. También se
nombraron los miembros del consejo de Estado (*), que se
instaló (agosto 30) con los que se hallaban presentes en la capi-
tal. Esta corporación principió inmediatamente sus trabajos,
ocupándose en preparar algunas reformas importantes.
El nuevo órden establecido en Colombia en virtud de las
facultades ilimitadas conferidas al Libertador por la casi una-
nimidad de sufragios de la República, fué jurado y celebrado
en muchas ciudades con fiestas y regocijos públicos. Mas nin-
guna excedió en sus demostraciones á Carácas, la patria que-
rida de Bolívar. Ya el jefe superior Páez habia anunciado ofi-
cialmente, — a que los pueblos habían levantado actas con
tanto gusto como columnas á la libertad, encargando á S. E. el
Libertador para darnos todas las reformas que exigen nuestras
necesidades, nuestras costumbres, nuestro estado de civiliza-
ción y nuestros excesos , pudiendo asegurar á Us. que el
pronunciamiento que hizo la ciudad de Bogotá el 13 de junio
ha reanimado la concordia entre esos y estos pueblos con víncu-
los de humanidad, que harán permanente y común su dicha. »
Consecuente Páez con estos sentimientos y acaso para imponer
á la multitud, determina que se jure con grande pompa y
solemnidad obediencia al Libertador, como á jefe supremo de
(1) Los nombrados fueron los señores José María del Castillo y Rada,
José Manuel Restrepo, general Rafael Urdaneta, Estanislao Vergara, Nicolás
Mjíanco, arzobispo de Bogotá doctor Fernando Caicedo, José Rafael Re-
venga, Francisco Cuevas, Joaquín Mosquera, Jerónimo Tórres, Félix Val-
divieso y Martin Santiago de Icaza ; estos se hallaban presentes. Los nom-
brados que estaban ausentes fueron el general Francisco Bermúdez , Pedro
Gual, Modesto Larrea, Joaquín Olmedo, y José Espinar, secretario con voto.
A ninguno se le asignó sueldo, y casi todos eran empleados en otros ramo».
TOMO IV. 8
t
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114 HISTORIA DE COLOMBIA.
la República, revestido de facultades ilimitadas para arreglar
todos los ramos de la administración . Verificóse este acto en
Caracas el 21 de setiembre por todas las autoridades civiles,
militares y eclesiásticas, por los padres de familia, y por seis
batallones y dos escuadrones de tropa que componían cerca de
seis mil hombres, los que formados en gran parada hicieron la
función mas imponente. Parecía que todos contraían aquel
vínculo sagrado con el mayor placer, lo que unido á la deci-
sión que manifestaba Páez en sostener el mando del Libertador
hacía augurar con fundamentos que la paz y la unión colom-
bianas serian duraderas en los departamentos del norte de la
República.
En ellos solo habían ocurrido algunos movimientos de parti-
darios de guerrillas. Una de las que mas diera qué hacer
fué la de los hermanos Castillos en la provincia de Cumaná,
que propendía á la guerra de castas. Hemos referido anterior-
mente cuánto hizo el general Marino para destruirla del todo.
Aunque lo consiguiera, dejó todavía qué irabajar al que le
sucedió general Bartolomé Salón. Deseando este concluir con
aquella facción, que había causado males muy graves á la pro-
vincia de Cumaná, sin que se hubiese podido exterminarla á
causa de hallarse amparada por bosques y guaridas impenetra-
bles, celebró en 26 de julio un convenio con los cabecillas.
Indultóles de cualesquiera delitos que hubieran cometido, per-
mitiendo á muchos de los comprometidos residir en los lugares
del departamento que eligiesen. Solamente Rosario Castillo y
Juan Cordero fueron exceptuados, los que se embarcaron para
Trinidad, siguiéndolos Isidro Castillo y otros pocos individuos
que dijeron iban á domiciliarse en aquella isla.
No pasó mucho tiempo sin que volvieran armados, apode-
rándose de Guiria en 20 de octubre, diciendo que traían el
objeto de hacer una revolución contra la tiranía del Libertador.
El general Bermúdez burló sus pérfidos designios, y derrotados
tuvieron que abandonar su empresa, retirándose fugitivos á los
bosques.
Para completar el cuadro de estos sucesos añadirémos ó^ie
los mismos facciosos volvieron á empuñar las armas en febrero
del año siguiente, y cayeron de repente sobre Yaguarap&ro,
de cuya sorpresa escapó Bermúdez con bastante dificultad; pero
atacados por este valiente jefe, y por el capitán Vicente Guerra,
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CAPÍTULO XIII. i i5
comandante del rio Caribe, huyeron nuevamente por mar, es-
capándose á Trinidad. Reclamados por las autoridades colom-
bianas como insignes criminales, el gobernador ingles se de-
negó á entregarlos. Hízoles sin embargo dejar la isla en un
bajel que iba á Santo Domingo. Habiendo este arribado á San
Juan de Puerto-Rico, los Castillos y sus compañeros desembar-
caron ; presentándose á las autoridades como celosos partida-
rios de la España, fueron acogidos. De esta manera se libertó
la Costa-Firme de los males que causaban en los campos de
Cumaná tan grandes malhechores.
Tales movimientos eran insignificantes comparados con los
que ocurrían en la capital de la República. Desde ántes de
haberse publicado la organización que diera Bolívar al go-
bierno dictatorio, habian llegado á Bogotá algunos miembros
de la malhadada convención de Ocaña ; poco después arribó el
general Santander. Anunciósele oficialmente que en virtud de
la nueva organización habia cesado en la vicepresidencia de
Colombia, declaración que debia serle dolorosa. El Libertador
mandó también cesar en sus destinos á algunos de los conven-
cionistas, sus mas encarnizados enemigos. Esta providencia,
que dictan aun gobiernos muy liberales, que no pueden mar-
char si no son administrados por personas que forman un todo
homogéneo, fué caracterizada de tiránica y excitó algún des-
contento. Creyendo calmarlo y alejar á Santander, quien pare-
cía y era en efecto un hombre peligroso, el Libertador le nom-
bró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario cerca
de los Estados Unidos del Norte-América. Después de muchas
dudas, él acepta y escoge para su secretario á Luis Várgas Te-
jada, poeta de talentos muy distinguidos, pero de una extre-
mada exaltación de principios. El gobierno sin embargo le dió
su aprobación, pues deseaba que no se malograran las esperan-
zas que ofrecía aquel jóven á su patria.
Con semejantes providencias y observando una conducta ge-
nerosa é imparcial, que buscaba al mérito para distinguirle en
donde quiera que se hallára, el gobierno del Libertador tenia
esperanzas de que podría acaso desarmar á sus enemigos; em-
pero estos eran implacables y se principió á temer que come-
tieran excesos. Vióse á un jóven insolente ocupar en un baile
público el asiento preeminente destinado á Bolívar, con lo
cual pretendía insultarlo; sabíase que tanto aquel como otros
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116
HISTORIA DE COLOMBIA.
de sus compañeros estaban en la fiesta armados de pistolas : afir-
mábase que en otro baile de máscaras una pandilla fué al tea-
tro con intenciones dañadas y preparativos contra la vida de
Bolívar, quien se retiró ántes de lo que se pensaba, evitando
así un funesto escándalo. Estos becbos, que á la sazón apénas
se conocian á medias, y las amargas censuras de los titulados
liberales contra lo que llamaban tiranía del Libertador, debie-
ron excitar en su gobierno la idea de crear una policía bien
organizada. No la establecieron sus miembros que dormían so-
bre un volcan espantoso.
Se conocia la existencia de una sociedad de jóvenes que apa-
rentaban estudiar en ella; pero después se supo que su princi-
pal objeto era conspirar contra el gobierno del Libertador.
Todos ellos eran miembros de una sociedad secreta dirigida por
Juan Francisco Arganil, uno de los sans-culottes de Marsella en
tiempo de la revolución de Francia, por Agustín Horment tam-
bién Francés, y por el comandante venezolano Pedro Carujo, la
que constaba de bastante número de miembros. Se supo des-
pués haberse acordado en ella, que estallaría la conspiración el
28 de octubre próximo, en que debían celebrarse los días del
Libertador ; los asesinos habían combinado tan bien sus medi-
das que ni Bolívar ni otras muchas víctimas que estaban desig-
nadas habrían escapado (setiembre 21). Súpose igualmente
que los conjurados quisieron matar al Libertador en un paseo
que hizo al pueblo de Soacha con escasa comitiva : el general
Santander se opuso ; de lo contrario habrían asesinado allí á
Bolívar con algunos de sus amigos y compañeros.
El 25 de setiembre tuvo el gobierno los primeros anuncios
de que estallaría bien pronto una revolución. El oficial Fran-
cisco Salazar denunció á Benedicto Triana de que le había invi-
tado á entrar en una conspiración que se tramaba contra el
Libertador. Triana fué preso ; mas nada se averiguó en el curso
del dia, ni se tomaron precauciones para tener mayor vigilan-
cia y seguridad.
alarman y se creen descubiertos ; en consecuencia se juntan
por la noche en casa de Luis Várgas Tejada desde las siete
hasta cerca de las once, y resuelven dar el golpe aquella misma
noche ; se distribuyen las operaciones y cada uno marcha á des-
empeñar su criminal papel. Cuentan con el jefe de estado mayor
No sucedió lo mismo respecto
117
Ramón Guerra, con el comandante de la brigada de artillería
Budecindo Silva, con otros oficiales y con algunos paisanos
reclutados, especialmente de los jóvenes estudiantes, cuya
imaginación y principios se babian exaltado en las sociedades
secretas. El cuerpo de artillería, que tenia poco mas de cien
hombres y que aun no se hallaba seducido en su totalidad, era
la base de aquella arriesgada empresa. El comandante Pedro
Canijo, el Francés Agustín Horment, su compañero Wenceslao
Zulaivar y un teniente de artillería que había sido degradado
por su mala conducta, cuyo nombre era José Ignacio López, se
encargan de atacar el palacio del gobierno y de matar al Liber-
tador. Después de las once de la noche Canijo se pone á la
cabeza de un piquete de artillería y de doce ó mas paisanos
reunidos por Horment. Sorprenden al oficial y á la guardia
de veinte hombres, hieren ó matan á cuatro centinelas y ocu-
pan las salas superiores del palacio, armados de puñales y pis-
tolas. En vano se les opone allí el teniente aun muy jóven
Andrés Ibarra, edecán del Libertador, á quien baldan de una
herida en un brazo. Ya iban á forzar la alcoba donde Bolívar
reposaba, el que puesto en pié quería oponérseles ; mas siendo
esto imposible, salta por una ventana baja frente al teatro, la
que felizmente carecía de reja : no halla quien le persiga, y
cruzando sobre la derecha hacia el convento del Cármen, logra
ocultarse en los hondos barrancos que forma el arroyo de San
Agustin. Por fortuna su criado fiel José María, que estaba en la
calle, le ve saltar, le sigue, se hace reconocer y le acompaña
en aquella horrenda situación. Los asesinos, dueños del pala-
cio, se desesperan cuando ven que se les ha escapado su víc-
tima ; cometen excesos , y una mujer débil , doña Manuela
Saenz, natural de Quito, y querida del Libertador, la que hizo
esfuerzos varoniles por salvarle, fué maltratada por el infame
y cobarde López. Los asesinos gritan : « Murió el tirano ; »
pero su eco no encuentra quien lo repita en Bogotá, cuyos mo-
radores estupefactos cuando lo saben, se hallan muy lejos de
aprobar el crimen ni de patrocinar á los conspiradores. Al salir
estos del palacio se presenta el coronel Férguson, edecán del
Libertador, que iba á cumplir sus deberes; el malvado Canijo,
en premio de beneficios que le debia, le pasa el pecho con una
bala, y le deja muerto en la calle.
Entre tanto el comandante Silva había atacado el cuartel del
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HISTORIA ÜE COLOMBIA.
batallón Várgas, con la mayor parte de la brigada de artillería
y abocado un cañón á la puerta; pero la guardia de prevención
auxiliada por algunos otros soldados, que con las pocas muni-
ciones que tenían hicieron fuego desde las ventanas altas , re-
chaza á los amotinados ; quitándoles el cañón, los persigue por
várias direcciones.
Al mismo tiempo que ocurrían estos sucesos , los capitanes
Rafael Mendoza y Emigdio Briceño, escalando unas paredes del
cuartel de artillería, se habian introducido en la casa donde es-
taba preso el general Padilla (*) : ellos mataron al valiente coro-
nel Bolívar que le custodiaba, disparándole una pistola, cuando
estaba desarmado. Padilla, cómplice de la conspiración, se cine
la espada del muerto , y se prepara á salir para ponerse á la ca-
beza de las tropas.
El teniente Torrealva de Junin , que se hallaba preso en el
cuartel de Várgas, después de ayudar á defenderlo, sale con una
partida dirigiéndose contra los conspiradores que ocupan el pa-
lacio : pronto agota las pocas municiones que trae, y regresando
al cuartel se le unen el ministro de la guerra general Urdaneta
y el coronel del batallón Vargas, Diego Whittle; este debió ser
asesinado por Várgas Tejada y otros que fueron á su casa con
tal designio, mas eran cobardes y le tuvieron miedo. El general
Urdaneta se pone entónces á la cabeza del batallón municio-
nado ya, y trata de montar el escuadrón Granaderos, cuerpos
que se forman en la plaza mayor; desde aquí envía partidas que
recorriendo la ciudad persigan y aprehendan á los facciosos ,
que aun combaten en varios puntos sostenidos por algunas par-
tidas de artilleros , los que pronto huyen ó son cogidos prisio-
neros.
Miéntras acaecían estos sucesos , el Libertador había pasado
mas de tres horas en una horrible ansiedad. Después que cesó
el fuego ignoraba absolutamente cuál habría sido el éxito de la
conspiración; mas, de algunas partidas de Várgas que se envia-
ron ¿buscarle, pasó una casualmente por cerca del lugar donde
se hallaba escondido, la que á gritos publicaba la derrota de los
conspiradores. Bolívar se le une, va al cuartel de Várgas, y feo
hallando al batallón sigue á la plaza de la catedral , donde es
(1) Es la misma casa que por muchos años ha servido par» las sesiones
del congreso granadino.
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CAPÍTULO XIII. I líl
recibido con el mayor alborozo por sus amigos, por los oficiales
y tropa , que abrazándole como á su padre daban gracias á la
Providencia por haberle salvado de una manera tan prodigiosa.
Desde allí recorre la ciudad en diferentes direcciones, y ama-
neciendo ya, vuelve á su palacio, que encuentra teñido aun con
la sangre derramada por los asesinos.
Estos no hallaron reposo ni seguridad en parte alguna : los
mismos pueblos, espantados de tan horrendo crimen, persiguen
á cuantos les parece que pueden ser de los conspiradores. Hor-
ment, Zulaivar, López, Silva, Galindo, Pedro C. Azueroyotros
muchos fueron aprehendidos; siendo sensible pero irremedia-
ble en casos tan. extraordinarios que se redujera á prisión por
meras sospechas á várias personas inocentes. Entre estas pode-
mos enumerar al general Santander, respecto de los asesinatos
cometidos la noche del 25 ; se le prendió en la mañana del 26 ,
lo mismo que al general Padilla, á quien se hallara en el cuar-
tel de artillería.
Los deplorables sucesos de la noche del 25 de setiembre hi-
cieron en el ánimo de Bolívar la impresión mas profunda y
duradera. Mirábalos como un sueño , y decia que jamas había
podido pensar que el odio y la maldad de sus enemigos Uegára
hasta el extremo de irle a asesinar, dando este premio á los
servicios prestados á la Independencia de Colombia , despre-
ciando los que aun podia hacer á su patria , y hollando las
preeminencias del primer magistrado, sin contenerles el riesgo
de sumergir á la República en la anarquía mas espantosa. Si
tan horrendo asesinato se hubiera consumado, esta habría sido
la consecuencia, y en toda la faz de Colombia se hubiera der-
ramado mucha sangre. La benéfica Providencia nos salvó de
tamaños males , conservando la vida del Libertador. Mas debi-
litado ya el cuerpo de este por las fatigas de una guerra de diez
y seis años, fué moralmente asesinado el 25 de setiembre ; ja-
mas se restableció de la honda y dolorosa impresión que le cau-
saran los puñales asesinos. Parecíale donde quiera, especialmente
en la noche , que los veía brillar y que iba á ser su víctima in-
falrole.
El comportamiento de los generales Urdaneta, Herran, París,
Ortega y Vélez, así como del coronel Whittle, del teniente Tor-
reaba y de otros oficiales, fué muy distinguido en la noche del
25 por su fidelidad y decisión en sostener el gobierno del Liber-
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\10 nJSTORlA DE COLOMBIA.
tador. Merecieron también justos elogios por las mismas cuali-
dades el batallón Várgas y el escuadrón Granaderos, que der-
rotaron , persiguieron y redujeron á prisión á muchos de los
amotinados. En premio recibieron dichos cuerpos una distribu-
ción de dinero.
Hechos posteriores influyeron en que se dudáradela decisión
del general Córdoba, que á varios excitó sospechas por su con-
ducta en aquella misma noche. Después han creído algunos que
tuvo parte en la conjuración, á lo que nos inclinamos por infor-
mes fidedignos.
La libertad, que invocaban los asesinos del 25 de setiembre,
y que solo era el pretexto para saciar sus pasiones vengativas ,
sufrió mucho con aquel ataque tan criminal como impolítico
(setiembre 26). El Libertador se declaró en la misma mañana en
pleno ejercicio de las facultades extraordinarias que le habían
conferido los pueblos , á fin de reprimir las pasiones feroces de
sus enemigos. Para gratificar á las tropas que permanecieron
fieles se exigió un préstamo forzoso á personas inocentes , que
ninguna parte habían tenido en la conjuración , y que detesta-
ban aquel delito. Formóse un tribunal especial y mixto de cua-
tro jefes militares y de cuatro letrados escogidos por su probi-
dad , patriotismo y saber, para juzgar breve y sumariamente á
los conspiradores ; en fin , se prendió á muchas personas , sin-
dicadas solamente por sospechas. ¡ Tristes y precisas consecuen-
cias del proyectado asesinato !
Los primeros reos condenados á muerte fueron Horment,
Zulaivar, el comandante Silva, y los tenientes Galindoy López,
todos convictos y confesos de su delito , cuya pena sufrieron el
30 de setiembre. Carujo , Horment y Zulaivar fueron los mas
audaces y encarnizados conspiradores.
Se han formado conjeturas sobre los motivos que los impe-
lían, y algunos han sospechado que eran agentes secretos de la
España , lanzados sobre nosotros para dividirnos é introducir
la anarquía. Carujo habia sido oficial español de la escuela de
Bóves; Horment era un Francés que hacía poco tiempo que es-
taba en Colombia : ¿por qué otro motivo debia querer asesinar
á Bolívar? Entre sus papeles se halló una carta escrita de Na-
varrens, su patria, en que le decían que si salia bien de su em-
presa obtendría un destino pacífico. El jóven Zulaivar habia
pertenecido también al partido español. Estos individuos acaso
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CAPÍTULO XIII.
121
pretendieron hacer á la España un gran servicio matando al
Libertador. — Otro instigador principal de tan horrendo cri-
men fué Juan Francisco Arganil , antiguo jacobino francés y
pretendido sabio , que aborrecía de muerte á Bolívar porque
había despreciado los necios escritos que le dedicara. Este no
concurrió al asesinato con su persona.
En breves dias había palpado el Libertador las dificultades
que rodeaban á un tribunal colegiado para juzgar con prontitud
á los reos, y que era mejor el unitario establecido desde febrero
anterior por un decreto suyo preexistente. Conferíase por este
la fecultad de juzgar breve y sumariamente á los conspirado-
res, á los comandantes generales, comandantes de armas, ó á
los gobernadores de las provincias ; en el mismo se fijaban las
penas con que debian ser castigados. Las disposiciones conteni-
das en el mencionado decreto eran idénticas, y también los jui-
cios, á los que había establecido en Colombia el vicepresidente
Santander, siempre que usaba de facultades extraordinarias
conforme al artículo 428 de la constitución. Los juicios suma-
rios , las penas y los jueces designados contra los conspiradores
y perturbadores del orden público no fueron, pues , una inven-
ción de la dictadura de Bolívar, como falsamente se ha querido
persuadir 0).
Para organizar el tribunal unitario el Libertador encargó la
comandancia general del departamento de Cundinamarca al
general Rafael Urdaneta (setiembre 29), relevándole del minis-
terio de la guerra, que confirió al general José María Córdoba.
Urdaneta, que profesaba el principio de no excusarse jamas de
cumplir los encargos militares que se le hicieran, especialmente
por el Libertador, aceptó la comandancia general, con el penoso
y difícil encargo de juzgar á los conspiradores del 25 de setiem-
bre. Asociado de su auditor Tomas Barriga, dedicóse con mu-
cha actividad , grande firmeza é imparcial justicia á terminar
aquellos ruidosos procesos que tenían agitada la capital, y cons-
ternados á sus moradores.
Los reos ejecutados Silva , Galindo y López habían compro-
nfetido en sus declaraciones al jefe de estado mayor coronel
Ramón Guerra; probósele que sin haber concurrido á la ejecu-
ción del asesinato, habia estado en las juntas preparatorias y
(i) Véase la noto i 3».
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122 HISTORIA DE COLOMBIA.
que dio las órdenes para municionar á los artilleros y para el
ataque del cuartel de Várgas. Con Guerra fué juzgado y pasado
por las armas el general José Padilla (octubre 2) : este se había
unido á los conspiradores después de la muerte del coronel Bo-
lívar, pasando al cuartel de los artilleros por sobre una pared ;
ademas era el jefe designado para mandar las tropas de los
facciosos. Se acumuló á su proceso el que se le formaba con
motivo de la revolución que hizo en Cartagena , por la que te-
nia igualmente pena de la vida, conforme á las ordenanzas
militares.
Como consecuencia de los procesos seguidos por Urdaneta,
fueron también pasados por las armas el i 4 de octubre Pedro
Celestino Azuero, catedrático de filosofía en el colegio de San
Bartolomé , el teniente de artillería Juan Hinestrosa , un sár-
jente y cuatro soldados del mismo cuerpo : estos cerraron la
lista fatal de los que entónces perecieron en un cadalso.
Sin embargo continuaban siguiéndose las causas de Carujo,
á quien tuvo oculto el general Córdoba , y que se habia presen-
tado bajo la promesa de que se le perdonaría la vida si descu-
bría las ramificaciones de la conspiración, de Florentino Gonzá-
lez de Mendoza, de Briceño y de otros , pues muy pocos de los
reos pudieron escapar de la persecución que les hicieran los
pueblos.
Actuábase ademas el proceso del general Santander, que ex-
citaba mucho interés por la alta posición que habia ocupado en
Colombia. Al fin se terminó su causa , y el 7 de noviembre fué
sentenciado con^ otros á ser pasado por las armas ; pero antes
de ejecutar la sentencia, el Libertador somete los procesos á su
consejo de gobierno para que le consulte lo que deba hacer en
justicia y en política. El presidente Castillo y los cuatro secre-
tarios que formaban el consejo, después de haber examinado
los procesos, convinieron unánimemente en que á Carujo se le
cumpliera el ofrecimiento de perdonarle la vida extrañándole
de Colombia ; y que eran justas las sentencias de muerte pro-
nunciadas contra Florentino González, Emigdio Briceño, Rafael
Mendoza, Joaquín Acevedo , Teodoro Galindo y Juan Miguel
Acevcdo; pero que se les conmutara la pena de muerte por
otras mas benignas.
Opinó también el consejo que no se ejecutara la pena capital
impuesta á Santander, aunque era justa y conforme al decreto
CAPÍTULO XIII.
123
de 20 de febrero , porque habiendo sabido que Horment, Canijo
y otros pretendieron ir el 21 de setiembre á matar al Liberta-
dor, que se hallaba en el pueblo de Soacba , se limitó á disua-
dirles de su criminal intento , y no dio el menor aviso al go-
bierno ó á la policía , los que desde entonces habrían tomado
precauciones para impedir tan grande atentado. Á esta grave
falta en un general de la República, se añadió que Santander
sabía la conjuración urdida , daba consejos para asegurar su
éxito, y era el jefe de la República designado por los facciosos
para mandarla cuando mataran á Bolívar. Santander no pudo
contestar satisfactoriamente cargos de tanta gravedad; en vir-
tud de ellos el consejo fué de dictámen, que se le conmutara la
pena de muerte en la de destitución del empleo de general, y
en extrañamiento de la República, con prohibición de volver á
su territorio sin permiso del gobierno , y con calidad de ejecu-
tarse la pena capital, si regresaba sin expresa licencia (i). El
consejo terminó su consulta indicando lo conveniente que sería
que se concluyera la ruidosa causa de conspiración, indultando
la vida á todos los reos prófugos , á fin de que cesara la agita-
ción pública y que este negocio no distrajera la atención del
gobierno.
£1 Libertador, guiado siempre por las inspiraciones de su
noble y generoso corazón , se conformó en todas sus partes con
el dictámen de su consejo. Entónces creyeron algunos, tanto en
América como en Europa, que la benigna conducta de Bolívar
habia sido un acto de verdadera debilidad cuyo origen corres-
pondía al consejo , y que la política exigía haber cimentado la
tranquilidad pública, dejando á Santander, como que era la ca-
beza del partido de oposición , bajo la espada de la ley. Mas se
hubiera, en esta hipótesis, caracterizado aquel acto como de
venganza y no de justicia, y se habrían robustecido las acusa-
dles de tiranía que las pasiones exaltadas atribuían á Bolívar.
Á consecuencia de esta resolución salieron para Cartagena y
otros lugares los reos condenados á muerte , y los demás que
lo habían sido 4 destierros , presidio ó encierro ; entre los pri-
mitas iba Santander. Desde antes habían sido confinados á di-
ferentes lugares los doctores Soto, Juan Nepomuceno y Vicente
Azuero, Gómez Duran , López Aldana , Liévano , Gómez Plata ,
(1) Véate la nota 14».
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124 HISTORIA DE COLOMBIA.
Arganil y otros enemigos declarados del Libertador, los que se
juzgaron peligrosos en sus domicilios ordinarios. Á Santander
se le retuvo preso algún tiempo en el castillo de Bocachica en
Cartagena.
Este fué el término de la conspiración del 25 de setiembre.
El Libertador comprobó en ella que no era un tirano , pues li-
bertó de la pena de muerte á sus mas rencorosos enemigos ,
derramando solamente la sangre que exigía la vindicta pública.
Tuvo la satisfacción de verse rodeado en aquellas luctuosas cir-
cunstancias por el amor y las simpatías de los pueblos del
norte , del centro y sur de Colombia ; todos ellos, inmediata-
mente que recibieron la noticia de la conspiración y asesinato
intentado contra su persona en la aciaga noche del 25 de se-
tiembre , le dirigieron las mas expresivas congratulaciones por
el feliz y providencial escape de su vida. Estas felicitaciones
contenían muy sinceras expresiones de amor, de reconocimiento
por sus eminentes servicios, y de esperanzas por los bienes que
su gobierno podía aun hacer á la República ; al mismo tiempo
execraban en ellas al crimen y á los criminales que lo habían
perpetrado. Aquestos documentos prueban que entónces el Li-
bertador reunía en su favor la opinión pública de la mayoría
de los Colombianos, lo que hemos asegurado ántes de ahora
fundados en pruebas no ménos concluyentes.
No obstante las manifestaciones de amor y respeto que habia
dado la mayoridad de los habitantes de Bogotá á la persona y
autoridad del Libertador, este desde el 21 de setiembre miró
con aversión la residencia en la capital. Temía que el odio con-
centrado de algunas cabezas volcánicas estallára nuevamente al
menor descuido, y que él fuera víctima de algunos otros asesi-
nos. Por estos motivos y también para reponer su salud ya de-
teriorada, salió por algunos días á la parroquia de Chía, dejando
encargado el despacho de los negocios al consejo de ministros.
En breve regresó á la capital por algunos sucesos ocurridos en
el sur.
Ántes de referir tales acontecimientos, trazarémos un cuadro
rápido de las causas que los motivaron, retrocediendo á los pri-
meros meses de este año.
El II de febrero se presentó en la capital don José de Villa
con el carácter de enviado extraordinario y ministro plenipoten-
ciario del Perú cerca del gobierno de Colombia. Al anunciar á
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CAPÍTULO XIII. !Í5
este su misión , aseguró que venia á satisfacerle sobre los agra-
vios de que se quejaba contra el Perú. El Libertador, que según
dijo tenia objeciones , así contra la persona de Villa , á quien
viera alistado en las filas de los realistas al lado del traidor Be-
rindoaga, como contra el ministro don Francisco Javier Maria-
tegui, que le enviaba, no quiso verle privadamente , y tampoco
dió a Villa la audiencia pública acostumbrada, diciendo que no
era necesaria. Encargó, sí, al secretario de relaciones exteriores
que le visitara y discutiera los puntos cuestionados. Tal nega-
tiva del Libertador fué contra el dictamen de algunos miembros
de su consejo, los que veían claramente que se pintaría en Lima
como un agravio y desprecio : ellos deseaban que se termina-
ran las desavenencias con el Perú, que nos debian acarrear mu-
chos males , sin producir bien alguno.
Este primer paso , que sin duda causaría grave molestia al
ministro peruano , de ningún modo impidió que se adelantara
la negociación. Habiendo anunciado Villa los deseos que tenia
de saber los agravios de que se quejaba el gobierno de Colombia
para satisfacerlos y estrechar las relaciones entre ambos Esta-
dos, el ministro de relaciones exteriores Revenga los redujo á
ocho capítulos, y preguntó al enviado peruano si tenia autori-
zación para satisfacerlos. Estos eran : la retención de la provin-
cia colombiana de Jaén y Máinas ; el envío de la tercera divi-
sion,sin previa noticia y á puertos no designados por el gobierno
colombiano ; la expulsión violenta del agente público de Co-
lombia en Lima ; la prisión indebida , y otras vejaciones irro-
gadas á varios Colombianos ; la denegación de transito por el
territorio peruano á los cuerpos del ejército auxiliar residentes
en Bolivia ; la acumulación de tropas sobre las fronteras de Co-
lombia; en fin , el no liquidar y fenecer las cuentas de todos
los suplementos que Colombia hizo al Perú para conseguir su
independencia, y no haber satisfecho deuda tan sagrada.
Habiendo contestado el ministro Villa , que exceptuando los
capítulos primero y último , tenia instrucciones sobre los de-
mas, se empeñó una larga y acalorada discusión, tanto en con-
ferencias verbales como en notas y memorias escritas , la que
durara cuatro meses, y contribuyó sobre manera á agriar los
ánimos. Creemos que desde el principio el ministro Revenga
usó de un lenguaje acre, y creyendo Villa que se pretendía tra-
tarle con superioridad y poca consideración, no se abstuvo del
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126 HISTORIA DE COLOMBIA.
mismo estilo, que por parte de Colombia tampoco se dulcificara
por el nuevo ministro de Estado doctor Estanislao Yergara. En
nada se convino con Villa, ni nuestro gobierno se dió por satis-
fecho con ningunas de sus explicaciones; á pesar de que algu-
nas podían admitirse como justas, aunque otras no lo fueran.
Nos parece que ni de una ni de otra parte hubo un espíritu con-
ciliador para restituir la concordia á las dos Repúblicas , que
tanto necesitaban de paz y unión , evitando así los males de
una guerra inminente.
Empeñóse al fin la discusión acerca de los reemplazos del
ejército colombiano auxiliar al Perú , los que debian llenarse
con Peruanos, conforme al convenio celebrado en Guayaquil ,
en marzo de 1823, con el general Mariano Portocarrero, en-
viado del presidente Riva Agüero. Villa fué sorprendido con la
aparición de este documento, cuya existencia habia negado, y
tuvo la imprudencia de contestar — a que no era válido, porque
no habia sido nombrado Portocarrero con aprobación del con-
greso, según lo exigia la constitución vigente en aquel tiempo. »
Pareció esta una evasión miserable que vulneraba la fe pública.
Confiado el Libertador en dicho convenio y en el aviso oficial
que le dirigió Riva Agüero de estar ratificado, envió al Perú los
mas poderosos auxilios que dieron independencia á aquel país;
y después de haberse terminado la guerra á costa de mucha
sangre colombiana y de enormes sacrificios de todo linaje , de-
cir un ministro público que el Perú no cumplia el convenio
expresado porque habia sido nulo, era conculcar todos los prin-
cipios de la buena fe de las naciones (i).
Atónito el gobierno colombiano de semejantes aserciones
avanzadas por Villa, quiso darle una dura lección sobre las con-
secuencias que podrían seguirse de sus doctrinas. Previno que de
nuevo se examinára su credencial, y hallando que no constaba
haber sido hecho el nombramiento con acuerdo del congreso,
conforme á lo prevenido en la constitución peruana, desconoció
su carácter de ministro plenipotenciario : acompañóle en segui-
c
(1) La cuestión de los reemplazos no debió agitarse con tanto calor por
nuestra parte ; solo faltaban por regresar de Bolivia unos pocos cuerpos de
tropas, y el general Santander habia mandado devolver en 1827 los solda-
dos peruanos que se encontraban en las Illas del ejército, porque no con-
venían en Colombia.
t
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CAPÍTULO XIII. itl
da su pasaporte que Villa había pedido antes, asignándole para
su regreso la misma ruta de la Buenaventura por donde vino.
La misión de Villa contribuyó á irritar mas los ánimos de
ambos gobiernos. Durante su residencia en Bogotá se ligó estre-
chamente con el partido de oposición al Libertador. Creyóse en
aquel tiempo, y es muy probable, que trajo la comisión secreta
de acalorar los bandos políticos y de excitar conmociones en
Colombia, ofreciendo á los mal contentos auxilios del Perú.
Empero tal sistema de perfidia y de traiciones no tuvo en el
pueblo moral y sensato de Bogotá y de las provincias adyacentes
el éxito que por el mismo tiempo Bolivia deploraba.
Referimos anteriormente la sublevación en la Paz de una
parte de la división colombiana auxiliar en Bolivia, aduciendo
las pruebas incontestables de que habia sido obra de las intri-
gas peruanas dirigidas por el general Gamarra, jefe del ejército
que se titulaba del Sur. Como dicho motín fué disuelto y casti-
gado sin que produjera el resultado apetecido , las tramas y la
seducción continuaron para ver si podian conseguir un tras-
torno en Bolivia, y que sus habitantes Uamáran en su auxilio
á los Peruanos , cuyo ejército se mantenía siempre estacionado
en el Puno y otros lugares mas inmediatos á la frontera. Para
quitar todo pretexto, el gran mariscal de Ayacucho habia te-
nido en el Desaguadero por marzo de este año una entrevista
con Gamarra : aseguró en ella al jefe peruano que sus senti-
mientos eran pacíficos; anuncióle el pronto envío á su país de
los auxiliares colombianos , á quienes Sucre seguiría sin falta
alguna en el mes de agosto en que debía instalarse el congreso
de Bolivia, resolución que hizo publicar el mismo Sucre. Mos-
tróle también cartas y oficios originales del gobierno del Li-
bertador, en los que este aconsejaba á Sucre que mantuviera
buenas y amistosas relaciones con los Estados limítrofes , y que
enviara á Panamá las tropas auxiliares. Estos documentos au-
ténticos demostraban hasta la evidencia que ni el gran mariscal
ni Bolívar tenían de consuno miras ningunas contra el Perú ,
según se propalaba. Después de aquella entrevista , cuyo éxito
pareció muy satisfactorio y que aseguraba las relaciones amis-
tosas entre ambas Repúblicas, el presidente de Bolivia regresó
á Chuquisaca.
Mas á pesar de tan franca manifestación, y de que en se-
guida envia á los puertos del Perú para que se embarquen , á
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128 HISTORIA DE COLOMBIA.
los restos de los batallones auxiliares Pichincha y Bogotá, no
cesan las tramas urdidas por los Peruanos, que han conseguido
minar la tranquilidad de Bolivia. El 48 de abril al amanecer,
cincuenta granaderos que hacen la guarnición de Ghuquisaca,
acaudillados por dos sarjentos peruanos y uno del Tucuman,
se apoderan de sus oficiales y proclaman la revolución, á los
que se juntan el coronel Asebey y algunos paisanos. Sabiendo
Sucre el movimiento , sigue sin tardanza al cuartel; acompa-
ñado de solo seis personas acomete á los amotinados, que hacen
fuego, y una bala le rompe el brazo derecho. Esta herida le
obliga á retirarse, apoderándose luego los sediciosos de su per-
sona y de las de sus ministros y amigos; pero el secretario del
interior don Facundo Infante, sin acobardarse , tuvo la firmeza
y previsión de expedir órdenes y mandar venir á la capital al-
gunas tropas de las que estaban mas inmediatas. El coronel
López , prefecto del Potosí, luego que las recibe, vuela con cien
hombres á las cercanías de la capital; atacado por los facciosos,
los bate y huyen á la provincia de Laguna después de haber
sufrido alguna pérdida. Los mismos pueblos los persiguen y
aprehenden , y el ilustre mariscal de Ayacucho , á quien tanto
hicieron sufrir aquellos malvados, recibió en su desgracia testi-
monios sinceros del respeto y consideración que los Bolivianos
profesaban á su persona.
Gamarra , el pérfido autor de aquel atentado contra el gran
mariscal que en el Ayacucho completára la independencia del
Perú, luego que llegan á su noticia los sucesos del 18 de abril,
finge una gran pena ; él anuncia oficialmente en 30 del mismo,
que el ejército de su mando iba á pasar el Desaguadero para
defender la persona del general Sucre, que tan eminentes ser-
vicios habia prestado al Perú y á Bolivia , la que debia ser sa-
grada ; así como para impedir que el país quedára á merced de
las facciones, de los partidos y de la anarquía.
Empero apénas habia hecho Gamarra tan falaces protestas
cuando las olvidára. Luego que supo el mal éxito de los faccio-
sos en Ghuquisaca, varía enteramente de lenguaje. Ya no dijo
que marchaba á defender la persona sagrada del gran maristal,
y á comprimir las facciones : su objeto era dar libertad á los
Alto-Peruanos (*), oprimidos por un gobierno vitalicio é irres-
(1) Asi los llamaba en odio de Bolívar su benefactor, y quien habia ele-
*
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CAPÍTULO XIII. 129
ponsable , y que los extranjeros dejáran el país, á fin de que
los pueblos se constituyeran según les acomodára, bajo las ga-
rantías del ejército peruano , cuyo principio inalterable , según
decia , era respetar la Independencia de Bolivia y la voluntad
nacional. Gou tales pretextos , y asegurando que los pueblos le
habian llamado por medio de numerosas peticiones , Gamarra
y sus tropas invadieron el territorio boliviano con el designio
de intervenir por la fuerza en los negocios internos de aquella
República.
En el intermedio Sucre no pudiendo gobernar, por su herida,
formó un consejo de gobierno presidido por el ministro de la
guerra general José María Pérez de Urdininea. El consejo se
componía de este, de don Miguel Aguirre, ministro de hacienda,
y de don Facundo Infante del iuterior. En seguida entregó el
mando del ejército al presidente, confiriéndole facultades extra-
ordinarias á fin de que pudiera dictar cuantas medidas juzgara
conducentes para defender la República.
Esta grande empresa habría exigido un jefe de talentos , de-
cisión y elevados sentimientos de honor nacional. El ejército
peruano constaba de cerca de cinco mil hombres bien equipa-
dos, y Bolivia habia sido sorprendida por la perfidia y mala fe,
cuando apénas tenia tres mil quinientos soldados de todas ar-
mas , los quinientos colombianos , acantonados á largas distan-
cias. Mas Urdininea no mostró ni los talentos de un capitán, ni
los cálculos de un político, ni la energía de un patrióla de revo-
lución. Deja que el enemigo ocupe el departamento y rica ciu-
dad de la Paz, cuyos moradores con sus protestas y armamento
espontáneo dieron á Gamarra una fuerte lección, de que era
vano su intento de refundir á Bolivia en el Perú, seduciendo á
los pueblos con promesas para que sacrificaran el bien inesti-
mable de su independencia. Negoció torpemente cuando era
preciso combatir y conmover á los pueblos para la defensa de
la patria. En estas circunstancias el oro y la seducción del jefe
peruano encontraron auxiliares entre los Bolivianos. El coro-
nel Blauco , que mandaba en la provincia de Chichas el regi-
miento de Cazadores á caballo , cometiendo la mas infame de
vado á Gamarra al eminente puesto que obtenía. Era también su objeto re-
cordar la identidad de nombres para ver si promovía la idea de que Bolivia
se incorporase al Perú , suceso que los Peruanos deseaban con ahinco.
tomo iv. 9
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HISTORIA HE COLOMBIA.
las traiciones, se pronuncia por los invasores extranjeros, y lo
mismo hace el coronel Portilla. Entonces Urdininea, por una
medida fatal y sospechosa, destaca contra Blanco, que se hallaba
á mas de cien leguas á retaguardia, gran parte del ejército , y
queda á merced de los Peruanos ; estos ocupan sucesivamente
los departamentos de Oruro y Cochabamba ; también el de Chu-
quisaca , después de haberse unido el traidor Blanco á una co-
lumna peruaua mandada por Cerdeña. Esta cometió la infamia
de sacar á su libertador el general Sucre de una casa de campo
donde se curaba; arrastróle preso obligándole á marchas forza-
das que le agravaron su herida : ¡ cobarde insulto que deshon-
rará siempre á sus autores !
Reducido Urdaniuea al departamento del Potosí, abre de
nuevo la negociación de paz y acepta condiciones mas duras y
vergonzosas que las que ántes habia rechazado en Sorasora. Por
el tratado de Píquiza , firmado en 6 de julio , recibió la ley que
le impuso Gamarra , .sacrificando el honor nacional. Convino
en que los generales , jefes, oficiales y soldados extranjeros sal-
drían del territorio boliviano dentro de un breve término , y
que los colombianos harían su viaje al puerto de Arica por la
ruta que les señalara Gamarra ; que se convocaría al dia si-
guiente de la ratificación del tratado el congreso constituyente
que estaba en receso , para que abriera sus sesiones el Io de
agosto, cuya función principal sería oir el mensaje y admitir
la renuncia del presidente Sucre , nombrar el gobierno provi-
sional y convocar una asamblea que revisara la constitución y
eligiera presidente. Entre tanto el ejército peruano debia ocu-
par los departamentos del Potosí, la Paz y Oruro, percibiendo
todas sus rentas naturales. Por otros artículos se coartaron las
facultades nacionales de Bolivia en sus relaciones con el Brasil :
estipulóse dar premios á los que habían auxiliado á los enemi-
gos de su patria. Esta infamia colmó la medida de la interven-
ción armada del Perú en los negocios internos de Bolivia , y
echó el sello á la ineptitud y acaso á la perfidia y mala fe del
que aceplára condiciones tan humillantes.
Bi congreso que por los tratados de Píquiza se mandaba reu-
nir, no era el constitucional, cuyas elecciones habían sido con-
trarias á las miras de Gamarra y de su partido. El Io de agosto,
señalado para la instalación, faltó un representante para com-
pletar el número constitucional. Al dia siguiente, á las dos de
CAPÍTULO XIII. 431
la tarde, Sucre llamó al presidente, y á presencia de seis dipu-
tados le entregó tres pliegos cerrados : contenían estos su men-
saje al congreso , la organización de un gobierno provisional y
las propuestas para vicepresidente de la República. Hecho esto
emprendió su viaje con dirección al puerto de Cobija ó Lámar,
de regreso á Colombia.
Apénas habia salido de Chuquisaca, entró Gamarra con una
división de su ejército para influir en las deliberaciones del
congreso y en la organización del gobierno de Bolivia. Á pesar
de la proximidad de Gamarra á la capital, Sucre en su mensaje
al congreso habló con la mayor firmeza de la pérfida é injusta
agresión de los Peruanos dirigida contra la Independencia de
Bolivia, invasión que llamó justamente de Tártaros y Cosacos.
Protesto contra los humillantes tratados impuestos á Bolivia en
una campaña— o envuelta hasta hoy entre la cobardía, la trai-
ción y la perfidia, » conforme á sus mismas expresiones. En
seguida se despidió para siempre de los representantes del pue-
blo de Bolivia, pidiéndoles como premio de sus servicios, que
le mandáran juzgar si habia alguna infracción de ley durante
su administración, pues renunciaba solemnemente su inviola-
bilidad constitucional : encargóles que á todo trance conservá-
ran la Independencia de Bolivia, obra de sus esfuerzos comunes
y de los generosos sacrificios de los pueblos.
Para terminar su mensaje añadió Sucre con la noble sencillez
y verdad que caracterizaban sus discursos : « L)e resto, señores,
es suficiente remuneración de mis servicios regresar á la tierra
patria después de seis años de ausencia , sirviendo con gloria á
los amigos de Colombia ; y aunque por resultado de instigacio-
nes extrañas lleve roto este brazo que en Ayacucho terminó la
guerra de Independencia americana, que destrozó las cadenas
del Perú, y dió ser á Bolivia, me conformo cuando en medio de
difíciles circunstancias tengo mi conciencia libre de todo cri-
men. Al pasar el Desaguadero encontré una porción de hombres
divididos entre asesinos y victimas , entre esclavos y tiranos :
devorados por los enconos , y sedientos de venganza. Concilié
los ánimos, — he formado un pueblo que tiene leyes propias,
que va cambiando su educación y sus hábitos coloniales, que
está reconocido de sus vecinos, que está exento de deudas exte-
riores , que solo tiene una interior pequeña y en su propio pro-
vecho, y que, dirigido por un gobierno prudente, será feliz. Al
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KISTUKU DE COLOMBIA.
ser llamado por la asamblea general para encargarme de Boli-
via, se me declaró que la independencia y la organización del
Estado se apoyaban sobre mis trabajos. Para alcanzar aquellos
bienes en medio de los partidos que se agitaron quince años y
de la desolación del país, no be hecbo gemir á ningún Boli-.
viano ; ninguna viuda, ningún huérfano solloza por mi causa :
he levantado del suplicio porción de infelices condenados por
la ley, — y he señalado mi gobierno por la clemencia, la tole-
rancia y la bondad. Se me culpará acaso de que esta lenidad es
el origen de mis heridas ; pero estoy contento si mis sucesores
con igual lenidad acostumbran al pueblo boliviano á condu-
cirse por las leyes, sin que sea necesario que el estrépito de las
bayonetas esté perennemente amenazando la vida del hombre
y asechando la libertad. En el retiro de mi vida veré mis cica-
trices y nunca me arrepentiré de llevarlas , cuando me recuer-
den que para formar á Bolivia preferí el imperio de las leyes á
ser el tirano ó el verdugo que llevára siempre una espada pen-
diente sobre la cabeza de los ciudadanos.
d ; Representantes del pueblo! hijos de Bolivia, ¡ que los desti-
nos os protejan ! Desde mi patria , desde el seno de mi familia ,
mis votos constantes serán por la prosperidad de Bolivia. »
Hé aquí retratado con rasgos verdaderos é indelebles el ca-
rácter de Sucre como magistrado, de ese hombre eminentemente
liberal, amigo constante de un gobierno en que imperáran la
constitución y las leyes. Tirano extranjero le llamaban los Pe-
ruanos, y para destruir su tiranía invadieron á Bolivia en plena
paz, ocuparon sus departamentos con cinco mil hombres, usur-
paron por algún tiempo las prerogativas esenciales de su sobe-
ranía, y jamas pudieron negar, ni aun poner en duda con sus
vagas declamaciones , las aserciones de Sucre en su anterior
alocución de despedida : su nombre debe pasar sin mancha á la
posteridad, siempre coronado por una auréola de verdadera
gloria.
Casi á un mismo tiempo dejaron las playas del Peni Sucre
y los últimos restos de los Colombianos, que habian dado inde-
pendencia y libertad al antiguo imperio de los Incas. Condujo
aquellos el intrépido coronel Braun, que tanto se habia distin-
guido en el Perú y en Bolivia (i). El gran mariscal de Ayacucho
(1) En el mes de abril de este año habian llegado á Guayaquil los restos
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CAPÍTULO XII!. n:t
tocó en el Callao, de donde ofreció — « sus buenos servicios en
cuanto tendieran á transigir las diferencias del gobierno peruano
con el de Colombia. » Añadia que daba este paso , porque se le
había acusado de que él era una de las causas ó el agente de
un rompimiento , por lo cual su honor mismo estaba compro-
metido en rebatir esta calumnia. Por ausencia de Lámar el vi-
cepresidente del Perú aceptó cortesmente la oferta , añadiendo
que no esperaba de este paso el menor resultado favorable, y
que eran bien conocidos los aprestos y planes que por el sur y
por el norte se habían formado contra el Perú. Sucre, para su
mas completa justificación de que el jefe de Bolivia no había
meditado planes de consuno con el de Colombia , tuvo la satis-
facción de mostrar seis notas oficiales de este gobierno al de
Bolivia, escritas en 29 de junio último, las que acababa de re-
cibir á bordo en el Callao; en ninguna de ellas se trataba de
hostilizar al Perú , y por el contrario decia el Libertador —
« cuánto se complacía en que la voz de la justicia y la razón se
hiciesen oir, para que todos los Americanos se entendiesen de
un modo amistoso y pacífico. » Después de dar este paso muy
honroso al carácter de Sucre , continuó su viaje á Guayaquil ,
adonde arribára el 19 de setiembre, corriendo después á unirse
con su familia en Quito (*).
Los movimientos de Bolivia que acabamos de referir, produ-
jeron desgraciadamente muy sérias consecuencias en Colombia,
que analizarémos tomando un poco atrás el hilo de los sucesos.
del batallón Bogotá, compuestos de diez y seis oficiales y cerca de dos-
cientos soldados ; cuerpo que fué disuelto por su mala moral. En il
de mayo arribó al mismo puerto el medio batallón Pichincha con diez
y nueve oficiales y trescientos veinte y siete individuos. En S5 de
agosto llegó el coronel Mariano Acero con el célebre escuadrón de Gra-
naderos á caballo de Junin , el que trajo dos jefes , diez oficiales y ciento
cuarenta plazas. Por último el coronel Braun, general al servicio de Bolivia,
desembarcó en el puerto de Manta al norte de Guayaquil el 10 de octubre.
Conducía al tercer escuadrón de húsares , compuesto de dos jefes , diez ofi-
ciales y ciento veinte soldados ; asi como las últimas reliquias de Pichincha,
c$i tres jefes, once oficiales y sesenta y cinco de tropa, veteranos casi todos,
que habían hecho eminentes servicios á la Independencia de la América del
Sur.
(1) Sucre se había casado en Quito con la señorita Mariana de Carcelen,
hija del antiguo marques de Solanda : solo tuvo una hija que murió en la
cuna.
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i 34 HISTORIA DE COLOMBIA.
Fué el primero el motin del batallón Voltíjeros en la Paz; luego
que se publicó este acontecimiento en los departamentos meri-
dionales , el general en jefe de nuestro ejército del Sur, Juan
José Flórez, expidió en iS de abril una proclama anunciando
que el Libertador marchaba hácia el sur con el designio de cas-
tigar á los pérfidos que habían mancillado el honor nacional ,
irrogándonos muy graves y repetidos agravios; decia,que nues-
tros valientes pisando por segunda vez la tierra movediza del
Perú, romperían con sus armas las cadenas de los pueblos opri-
midos. Tenemos fuertes motivos para pensar que la responsabi-
lidad de esta proclama tan imprudente como impolítica gravita
sobre el general Flórez : todos los hechos del Libertador y de
su gobierno concurren á demostrar que en aquella época en
que el primero habia marchado hácia los departamentos del
norte de Colombia , de ningún modo tenia formado el intento
de hacer la guerra al Perú ; pues aun estaba pendiente la nego-
ciación con su ministro Villa. Esta proclama, sin embargo, con
razón ó sin ella , fué tenida en Lima como una declaración de
guerra, á la que el congreso constituyente respondió en 20 de
mayo con un decreto en que ordenaba se preparasen para la
guerra el ejército y la armada del Perú ; autorizábase también
al presidente Lámar para que mandase en persona las tropas y
dispusiera de la milicia nacional. Cuando se daban tales provi-
dencias , ya el gobierno peruano habia comenzado á poner en
ejecución los planes que hacía tiempo maduraba contra Bolivia.
Gamarra estaba en el corazón de esta República para desarmarla
y encadenarla , á fin de que el Perú nada temiese por el sur,
luego que se empenára la guerra en Colombia; medida alta-
mente injusta, pero que si era conforme á los cálculos de una
política previsiva y suspicaz.
Luego que llegaron á Bogotá las noticias de la invasión de
Bolivia por los Peruanos , — de los vergonzosos tratados de Pí-
quiza y demás sucesos, el Libertador se irritó sobre manera por
los insultos hechos á su hija predilecta. No pudiendo contener
su indignación, da y publica la proclama de 3 de julio. Habló
en ella con mucha energía de la perfidia del gobierno del Perú,
de su conducta, que llamára abominable, y que no conocía ni
las leyes de las naciones , ni las de la gratitud , ni siquiera el
miramiento debido á pueblos amigos y hermanos ; y que sería
demasiado referir el catálogo de los crímenes del gobierno del
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r.APÍTll.O xiii. 1.TI
Perú. Después de expresiones tan irritantes convidó á los habi-
tantes del sur de Colombia á armarse y á volar á las fronteras ,
aguardando allí su presencia , que sería la señal del combate.
En esta proclama, el Libertador dejándose arrastrar de sus
fuertes pasiones se permitió expresiones duras contra el go-
bierno peruano, inusitadas entre las naciones cultas.
Poco después mandó este publicar en 20 de julio el mani-
fiesto justificativo de la guerra que iba á hacer al Perú. Los
principales agravios que recapitulaba eran : el motin de la ter-
cera división auxiliar que se atribuía á los gobernantes del
Perú ; su regreso á Colombia sin órdenes de su gobierno, con-
voyadas las tropas por los buques de guerra peruanos, con el
dañado y pérfido proyecto de dividir nuestra República en pro-
vecho de la del Perú ; la expulsión de nuestro agente en Lima
dentro del término de diez y ocho horas con ignominia y afrenta ;
la prisión injusta de varios oficiales colombianos, la expulsión
de otros, y el haber acogido á los traidores á nuestro gobierno ;
el envío de un ministro plenipotenciario sin instrucciones sobre
los puntos capitales que se disputaban, con las siniestras miras
de adormecer la vigilancia del gobierno colombiauo y de turbar
la tranquilidad de la República ; el haber negado el paso por su
territorio á las tropas libertadoras existentes en Bolivia ; el ha-
berlas sublevado por instigaciones de los generales peruanos ;
el haber en fin invadido en plena paz y con la mas negra per-
fidia á Bolivia , con cuya república tenia Colombia íntimas re-
laciones de fraternidad y amistad. Á tan poderosos motivos para
hacer la guerra, añadía : que el gobierno del Perú acumulaba
tropas en nuestras fronteras meridionales ; enviaba una escua-
dra para bloquear los puertos colombianos sobre el Pacífico, y
publicaba las injurias mas atroces contra Colombia y su go-
bierno. Concluía el manifiesto declarando, que haria la guerra,
no á los pueblos sino al gobierno del Perú ; compelido á ella
por los ultrajes, ofensas y perfidias que habia sufrido Colombia
de parte de los gobernantes peruanos , que se habian formado
una política peculiar suya para hostilizar á los Estados limí-
trofes.
La publicación de estos documentos , sobre todo de la pro-
clama de 3 de julio, contribuyó á irritar mas y mas los ánimos
en el Perú. En consecuencia el presidente Lámar contestó en
Lima, bajo el título de proclama, una diatriba horrenda contra
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HISTORIA Dfc COLOMBIA
Bolívar, indigna del jefe de una nación civilizada. En este sin-
gular documento negó al Libertador los títulos que le habia
conferido Colombia , y se le prodigaron por Lámar, que hacia
impotentes esfuerzos para rivalizarle , los epítetos de pérfido,
tirano, devastador, y otros igualmente injuriosos ; avanzó tam-
bién hecbos falsos contra el gran mariscal de Ayacucho, para
justificar, aunque en vano, la invasión de Bolivia.
Á pesar de pasiones tan exaltadas de una y otra parte y de
que ya se consideraban rotas las hostilidades , el consejo de go-
bierno del Libertador se oponía decididamente á que se hiciera
la guerra, en lo que estaban acordes todos los miembros. Sus
principales fundamentos eran : que la guerra, en vez de ser na-
cional, tenia contra ella la opinión de casi todos los hombres
pensadores que no pertenecían á la milicia, y la de los pueblos
de Colombia , desde Carácas hasta Loja y desde Guayana hasta
Veraguas; que ellos habían depositado la suprema autoridad
en el Libertador con facultades ilimitadas , bajo la firme espe-
ranza de que reorganizaría todos los ramos , especialmente la
administración de justicia y la hacienda nacional, que se halla-
ban en un estado lamentable ; pero que si en vez de ejecutar
esto , según lo exigían las necesidades de los pueblos, su mismo
honor y los dictámenes de la mas sana política , se alejaba de
la capital á los confines meridionales de la República con el
objeto de la guerra del Perú , no correspondía á la confianza ni
álas esperanzas de los Colombianos. Dejaría también encargada
la administración de la mayor parte de Colombia al consejo de
ministros , que era un gobierno colegiado , acaso el mas defec-
tuoso que podía existir; al que por tanto le sería muy difícil
conservar la tranquilidad y el orden público.
El Libertador, profundamente herido en su honor y en su
delicadeza personal por los hombres del partido que entónces
tenia en sus manos las riendas del gobierno peruano, deseaba
la guerra para obtener por sus triunfos una brillante satisfac-
ción y humillar aquella república. Debemos confesar que no le
faltaba razón. Llamado en 1826 por los votos casi unánimes de
los colegios electorales á la presidencia vitalicia, cuando se Ba-
ilaba ausente en Colombia y habia dicho que él no regresaría
al Perú , de repente un partido enemigo suyo se apodera del
mando; declara abolida la constitución boliviana y nulo el nom-
bramiento de presidente. El Libertador nada contesta al anun-
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CAPÍTULO XIII. 137
ciársele tamaño cambiamiento y guarda el silencio mas pro-
fundo. En pos de aquella revolución los mismos hombres hacen
invadir el sur de Colombia por la tercera división convoyaba
por los bajeles de guerra del Perú, y con los aprestos militares
que su gobierno la diera ; en retorno de los grandes sacrificios
que hicieron Colombia y el Libertador por asegurar la indepen-
dencia del territorio peruano, se les insulta en los papeles pú-
blicos, en los documentos oficiales, y en otros varios actos; se
corrompen y amotinan las tropas auxiliares residentes en Boli-
via ; se ataca á aquella república y se amenaza á Colombia con
una próxima invasión , para cuyo buen éxito no se omiten me-
dios, por reprobados que sean. Era imposible que la indigna-
ción de Bolívar no hubiera llegado á su colmo contra un go-
bierno que le habia irrogado ultrajes tan grandes, y á la faz de
toda la América.
Tales fundamentos persuadían á los miembros del consejo
del Libertador que la guerra sería justa , si nos veíamos en la
triste necesidad de hacerla ; pero no la juzgaban política ni
conveniente á Colombia. Á las razones anteriormente desen-
vueltas añadían , que nuestros pueblos necesitaban el descanso
después de una sangrienta lucha de diez y ocho años. Opinaban
también que no debíamos imitar las injusticias del Perú con
Bolivia, llevando á su territorio la guerra y la desolación , é in-
terviniendo en sus negocios domésticos. Tanto insistió el con-
sejo con el Libertador, que al fin convino en enviar por la posta
á su primer edecán el coronel Daniel F. O'Leary, en cuyos ta-
lentos y demás cualidades para una misión tan importante te-
nia la mayor confianza (julio 31). Este debía ir hasta Guayaquil
y aun al Perú, con el objeto de negociar primero una suspen-
sión de armas que fuese como el principio y preliminar de la
reconciliación duradera entre ambos países. Las instrucciones
de O'Leary eran del todo pacíficas. Colombia nada exigía contra
la independencia y dignidad del Perú ; las dos grandes cuestio-
nes de la deuda en su favor, y la de límites por las provincias
de Jaén y Máinas debían arreglarse por los trámites acostum-
brados entre las naciones cultas. Dióse también á O'Leary el
encargo de solicitar auxilios y la cooperación del Perú contra
una expedición española que se tenia como cierto que vendría
á invadir á Colombia.
Después de dar este importante paso, que los amigos de la
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138
HISTORIA DE COLOMBIA
paz deseaban produjera los mas felices resultados , el Liberta-
dor recibió (febrero 45) noticias detalladas de la completa ocu-
pación de Bolivia y de todas las injusticias cometidas por Ga-
marra contra esta jóven república. Encendióse de nuevo su
enojo, y convocando al consejo le preguntó — « si en virtud de
tales datos se haría la guerra al gobierno del Perú bajo de cuya
administración actual juzgaba que no tendríamos garantía al-
guna de paz en lo venidero. » Añadió, que si no se principiaba
la guerra era preciso disolver el ejército del Sur, el que no tenia
con que subsistir, según los partes recientes del general Flórez,
que lo mandaba. Los ministros de guerra y de hacienda expu-
sieron también la escasez que padecian las tropas , que no po-
drían subsistir dos meses mas sin enviarles recursos que no
habia. Á pesar de la angustiada situación en que se puso al
consejo, la mayoría de sus miembros se mantuvo firme en
su opinión de que no se hiciera la guerra principiando Colom-
bia las hostilidades ; pero que estuviéramos preparados para
la defensa de nuestro territorio y del honor nacional, miéntras
se sabia el resultado que produjera la misión del coronel
O'Leary; por consiguiente, que de ningún modo se disolviera
el ejército del Sur. Para sostenerlo y auxiliarlo se excogitó el
establecimiento de una contribución personal que al fin no
tuvo efecto.
Esta fué la última vez que el Libertador pareció decidido á
hacer la guerra al Perú. Sus sentimientos y conducta posterio-
res fueron del todo pacíficos y constantemente hizo cuanto es-
tuvo á su alcance para restablecer la paz entre ambas Repúbli-
cas, sin desdoro del honor nacional. Persuadióse que la guerra
era impopular en Colombia , y también impolítica en el estado
en que se hallaba la República , y cuando muchos creían que
Bolívar la promovía para satisfacer su amor propio ofendido
por los Peruanos. Vió ademas con mayor claridad que las na-
ciones de Europa y de América, que observaban todos sus pasos
con grande atención, atribuirían la guerra á proyectos ambicio-
sos de Colombia y de su jefe , como ya lo aseguraban sus ene-
migos. Por consiguiente , las miras de Bolívar y las instruccio-
nes que diera se dirigieron á restablecer la paz sin descuidarlos
preparativos para repeler una invasión peruana que ya se
temía.
El estado crítico de las relaciones de Colombia con el Perú ,
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CAPÍTULO XIH.
130
así como los varios sucesos ocurridos en el presente año, mante-
nían estacionarias las que cultivábamos con las principales po-
tencias de Europa. Al principio causó alarma y temores de que
se turbára sériamente la tranquilidad de la República, por ha-
berse disuelto la convención de Ocaña. Mas, cuando los gobier-
nos europeos vieron la brillante prueba que diera el pueblo co-
lombiano de la confianza ilimitada que tenia en los talentos, en
las virtudes cívicas y en el desprendimiento de su Libertador,
resonaron por todas partes las alabanzas de este , considerán-
dole como un fuerte vínculo y la garantía mas segura de la esta-
bilidad, del órden y de las glorias de Colombia. Pero estas espe-
ranzas se disiparon bien pronto con la nefanda conspiración del
25 de setiembre. Suceso tan lamentable, y la guerra con el Perú,
que ya se juzgaba no podría evitarse, perjudicaron sobre ma-
nera á nuestras relaciones exteriores. Parecia á los gobiernos
europeos que la vida del Libertador estaba siempre amenazada
por el puñal de un asesino, y que empeñada Colombia en una
guerra extranjera, podría volcarse su gobierno de un momento
á otro; inferían por tanto que no ofrecía garantías para que se
entrara con ella en ajuste de tratados ni en alguna otra clase
de relaciones políticas.
Estas consideraciones alentaban al gabinete de Madrid para
denegarse á escuchar los consejos de la Gran Bretaña, de la
Francia , de los Estados Unidos , y aun de la Rusia , que em-
pleaban sus buenos oficios con la España para que terminase de
una vez la desastrosa guerra de América , que tantos daños
causaba al comercio y á la civilización. Siempre contestaban
los ministros de Fernando VII, que nada había estable en sus
colonias, que esperaban reducir muy pronto á su obediencia.
En comprobación recapitularon la eterna lista de revoluciones
y de crímenes que á nombre de la libertad y para deshonra de
esta se perpetraban en los nuevos Estados descendientes de la
España. Mas el gabinete de Madrid no meditaba que la opinión
por la independencia era firme y uniforme en todas las repú-
blicas establecidas en sus antiguas colonias.
a fin de vencer la terquedad del ministerio español, aun se
dieron pasos indirectos y reservados para sondear su ánimo
acerca de si reconocería la Independencia de Colombia reci-
biendo el rey una compensación en dinero. Mas todo fué en
vano; pues los ministros de Fernando cerraban los oidos y no
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HISTORIA DE COLOMBIA.
querían escuchar proposición alguna en que se pronunciára la
palabra independencia.
Iguales motivos de falta de estabilidad, de órden y consisten-
cia en los gobiernos de las nuevas repúblicas , así como la fre-
cuencia de sus revoluciones y trastornos , inspiraban á las po-
tencias que nos habían reconocido algún resfriamiento en sus
relaciones de amistad con nosotros, y una gran desconfianza en
los otros gobiernos para celebrar tratados. En Lóndres estaba el
centro de nuestras relaciones políticas, que dirigía el señor José
Fernández Madrid con grande talento y consagración. Estas cali-
dades le habían granjeado las consideraciones de aprecio del
cuerpo diplomático residente en la capital del imperio britá-
nico. Á pesar de ellas no habia conseguido resultado alguno
positivo, sino la celebración de uu tratado de amistad , comer-
cio y navegación con el ministro de los Países-Bajos barón
Falk : este diferia el firmarlo hasta que recibiera su gobierno
mejores informes sobre la paz y tranquilidad de Colombia, y
supiera el resultado de la guerra que amenazaba contra el Perú.
Con los ministros de Prusia , Suecia (*) , Dinamarca y ciudades
anseáticas se hallaban pendientes negociaciones para ajustar
tratados de comercio y navegación. Jamas se realizaron, porque
tenían pretensiones exageradas, y por otras causas que sobrevi-
nieron para impedirlo.
En el mismo estado de observación y de duda se mantenía
la Francia para entablar relaciones diplomáticas con las nuevas
repúblicas. Hasta el presente año habia detenido á su gobierno,
según dijeron los ministros de S. M. O" á nuestros agentes, la
consideración de que sus tropas aun no habían desocupado
enteramente la España. Verificáronlo al fin , y anuncióse en-
tónces la misión del señor Cárlos de Bresson, quien debía re-
correr las nuevas repúblicas de América , para informar al go-
(1) El ministro de Suecia en Lóndres, conde de Bjrvanstjerna, decía al señor
Madrid en una conferencia — > que S. M. el rey de Suecia (Bernadotte) no
solo se hallaba muy bien dispuesto en favor de Colombia, sino que sentía
muy particular estimación y admiración por el Libertador. Anadió, que S. H.
juzgaba haber mucha analogía entre él y Bolívar; pues ambos debian su
elevación á su espada y á sus servicios, que ambos eran amados de los
pueblos y fieles á la causa de la libertad, bien diferentes en esto de Napo-
león. »
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CAPÍTULO XIII. 141
bienio francés acerca del estado en que las halláran á fin de
iniciar ó no algunas negociaciones. £1 señor Bresson se dirigió
primero á Méjico; pero la sangrienta revolución de Guerrero y
de Lobato hicieron que variase de rumbo y que viniera á Co-
lombia.
El gobierno francés daba estos pasos en el ministerio del
conde de la Ferronays, que se mostró animado de buenos sen-
timientos respecto de los nuevos Estados americanos, y espe-
cialmente de Colombia , por las garantías que daba el gobierno
del Libertador. En una nota que el ministro de relaciones exte-
riores de Francia dirigió al señor Madrid decia : a El gobierno
del rey ve con placer que la posición de la República se mejora;
él quiere creer que estos progresos hácia el bien no se deten-
drán, y que la administración que hoy rige á Colombia conse-
guirá en cuanto á la consolidación de la paz y de la tranquilidad
de este país los felices resultados que hay razón para esperar de
la sabiduría y de la habilidad de) ilustre jefe que preside á sus
destinos. » Los mismos sentimientos manifestaron los colegas
del conde de la Ferronays en uua discusión pública que hubo
en la cámara de diputados sobre la importancia de reconocer
los gobiernos de las nuevas repúblicas, para extender el comer-
cio francés, que debia aprovecharse del vasto mercado que le
ofrecían estos países. Mas sin embargo de las fundadas esperan-
zas que daban dichas discusiones apoyadas por la opinión pú-
blica y por gran número de hombres influyentes en Francia ,
el resultado no fué el que se esperaba. Por enfermedad del conde
de la Ferronays, el conde Portalis se hizo cargo del ministerio
de relaciones exteriores; pero su duración fué muy corta.
Reemplazóle el príncipe de Polignac, exaltado legitimista, que
profesaba una aversión decidida á que el gobierno de Carlos X
entrára en relaciones políticas con las repúblicas formadas de
las colonias españolas. Preocupado contra ellas, y servil adora-
dor de los derechos de Fernando VII, no dió un paso mas que
sus predecesores en negocio de tamaña trascendencia , á pesar
de los constantes esfuerzos que hizo el representante de Co-
lombia.
Era este el señor Leandro Palacios , enviado extraordinario
y ministro plenipotenciario que habia sido en la corte del Bra-
sil .Terminada su misión le destinó el Libertador á Francia con
el mismo carácter diplomático. El gobierno de Cárlos X jamas
»
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442 HISTORIA DE COLOMBIA. — CAPÍTULO XIIT.
le reconoció; pero ofrecía que si le nombraban cónsul general
pondría inmediatamente el exequátur, lo mismo que á los cón-
sules y vicecónsules que destinara el gobierno colombiano para
cualesquiera puntos del territorio francés. Con el carácter de
cónsul general de Francia residia en Bogotá el señor Buchet de
Martigny.
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CAPÍTULO XIV
Rompimiento de la guerra con el Perú. — El gobierno peruano no admite
la misión de O'Leary : niega al Libertador sus títulos legales. — Declara
bloqueados nuestros puertos del Pacífico. — Lámar se traslada á Piura :
insultos que escribe contra Bolívar. — Fuerzas del Perú y Colombia. —
Sucre es nombrado general en jefe. — Pérdida de la corbeta colombiana
Pichincha. — Bloqueo y ataque de los Peruanos contra Guayaquil. — Son
rechazados y muere el vicealmirante Guise. — Sublevación en Popayan de
Obando y López de acuerdo con Lámar. — Marcha de Bogotá una división
al mando de Córdoba. — Obando triunfa en la Ladera de las tropas del
gobierno. — Apodérase de Popayan, donde encuentra apoyo; mas no en
los valles del Cauca y Neiva. — Obando se apodera de Pasto. — Córdoba
oeupa á Popayan. — Providencias de Páez en Venezuela para mantener la
tranquilidad pública. — £1 Libertador convoca un congreso constituyente
de Colombia : expide otros varios decretos importantes. — Pasos que da
en favor del comercio con la España ; motivos políticos que los dictan. —
Extingue el corso. — Sigue á Popayan. — Fuerzas militares que marchan
hacia el sur. — Ocupaciones que deja al consejo de ministres ; empeño de
este en reunir el congreso constituyente. — Manifiesto de Páez defendiendo
la conduela política del Libertador y contra la Monarquía. — Sus protes-
tas de amistad no fueron cumplidas. — Noticias que Bolívar recibe en
Popayan sobre el estado del ejército del sur. — Hostilidades de Obando y
López como auxiliares de los Peruanos. — Operaciones del general Hérez
en los Pastos. — Proyectos incendiarios de Lámar contra los Colombianos.
— El Libertador está decidido á trabajar por la paz. — El ejército pe-
ruano se muove sobre las fronteras de Colombia. — El general Flórez
junta en Cuenca al colombiano.— Estado crítico de Guayaquil ; bloqueado
estrechamente , capitula Ulingrot con los Peruanos. — Conserva una parte
del departamento. — Marcha por Loja del ejército de Lámar; sus pro-
climas contra el Libertador. — Encuentra simpatías y apoyo en los ha-
bitantes de Loja. — Sucre se pone en Cuenca á la cabeza del ejército
colombiano ; su proclama , número , estado y situación del ejército del
Sur.— Negociaciones de paz que se rompen.— Invasión y toma de Cuenca.
— Ataque nocturno contra Saraguro. — Graves daños que causa á los
Peruanos. — Marcha de estos hacia Jirón ; y la de Sucre hasta la llanura
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i 44 HISTORIA DE COLOMBIA.
de Tarqui. — Determina atacar á los Peruanos. — Derrótalos en el Pór-
tete de Tarqui. — Brillante comportamiento de los jefes colombianos. —
Sucre expide un decreto de honores y recompensas al ejército vencedor.
— Decreta la erección de una columna sobre el campo de batalla. —
Ofrece una capitulación á los Peruanos , que ponen dificultades ; pero al
fin la aceptan en Jirón. — Bases y artículos que contiene. — Fueron
demasiado generosas las concesiones y sin garantías para su cumpli-
miento.— Pérdidas que sufrieron los Peruanos. — Operaciones de Obando
y López. — Amnistía que publica el Libertador. — Produce buenos efec-
tos en Palia. — Decreto que da en el puente de Mayo ; concede ventajas
y una completa amnistía á todos los comprometidos en la revolución. —
Es aceptada. — Motivos que influyeron en tan generosa conducta. — El
Libertador llega á Pasto , donde es bien recibido. — Sabe al dia siguiente
el triunfo de Tarqui. — Los Peruanos no devuelven á Guayaquil en cum-
plimiento de órdenes que Lámar les comunica.— Motivos que este alega
para colorir su pérfida conducta. — Excesos que sus tropas cometen al
retirarse. — Sentimiento penoso del Libertador por la continuación de la
guerra; providencias que dicta para hacerla con vigor. — Da una pro-
clama á los Colombianos, manifestándoles sus deseos de paz. — Dispone
que Flórez marche con varios cuerpos sobre Guayaquil. — Dificultades
para atacar la plaza reforzada por los Peruanos. — Se incendia en la Ría de
Guayaquil la fragata Presidente, del Perú. — Arreglos administrativos que
hace el Libertador en Quito. — Activa la guerra sin descuidar la paz. — Dirige
aberturas pacificas al gobierno del Perú. — Manifiesto que este publica
justificándose de no cumplir la capitulación de Jirón. — Descontento de
los pueblos del Perú contra la guerra. — El Libertador sale de Quito y se
dirige hácia Riobamba; sus designios. — Fragatas colombianas enviadas
al Pacífico. — En La Cundinamarca sigue de Cartagena á Puertocabello el
general Santander. — Bolívar se traslada á la provincia de Guayaquil. —
Defectos ó dificultades que ofrece su plan de campaña. — Descontento en
el Perú y maquinaciones contra el presidente Lámar. — El general La-
fuente se apodera en Lima del poder ejecutivo. — Gamarra en Piura
asume el mando del ejército del norte. — Lámar es deportado al Centro-
América. — Justicia que los Peruanos hacen á Colombia y al Libertador.
— Lafuente y Gamarra mandan abrir negociaciones de paz. — Armisticio
celebrado con los jefes de Guayaquil. — Misión diplomática que el Liber-
tador envía á Lima. — Armisticio general que se ajusta en Piura. —
Recuperación de Guayaquil. — Grave enfermedad que Bolívar sufre en
esta ciudad ; causas que la producen. — Célebre circular que dirige para
que los pueblos de Colombia indiquen la forma de gobierno y el primer
magistrado que deseen. — Instalación del congreso peruano : nombra
presidente á Gamarra, decidido por ajustar la paz. — Aprueba el *om-
bramíento del ministro plenipotenciario del Perú. — Abrense las confe-
rencias en Guayaquil. — Se firma un tratado definitivo de paz. — Con-
diciones honrosas á ambas partes, que contiene. — Declaración aceptada.
— El Libertador nombra un ministro plenipotenciario para Lima , y una
comisión de limites. — Regresa á Quito. — Expide varios decretos para
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CAPÍTULO XIV.
145
mejorar ia administración pública de los departamentos meridionales.—
Censura de algunos. — Los regulares sometidos al ordinario eclesiástico.
— El general Flórez revestido en el sur de la autoridad superior civil y
militar. — Bolívar sigue hácia la capital de la República.
Año de 1828. — La misión del córonel O'Leary no produjo
los saludables efectos que esperaba el gobierno del Libertador.
Cuando arribó á Guayaquil, ya el Perú habia tirado el primer ca-
ñonazo contra Colombia. Lo disparó la corbeta peruana Liber-
tad, cerca de la punta Malpelo en la costa de Tumbes. Cruzaba
la corbeta sobre la isla del Muerto, visitando y deteniendo aun
por la fuerza á todos los buques mercantes que entraban eu el
puerto de Guayaquil. Salieron entonces la goleta Guayaquileiia
y la corbeta Pichincha al mando del capitán de navio Tomas
Wright, á inquirir por qué motivo se bacian aquellas hostilida-
des. Habiéndolo preguntado al oficial que mandaba La Liber-
tad, su contestación fué una descarga (agosto 31). Siguióse
un combate, y nuestra goleta á pesar de su inferioridad sostuvo
el honor nacional , sin que La Pichincha tomára parte por su
poco andar ó por mala voluntad. Al fin los buques se aparta-
ron con bastantes pérdidas á reparar sus averías. Pero es evi-
dente, y lo confesaron los mismos Peruanos , que su nave fué
la agresora para romper hostilidades.
En estas circunstancias arribó O'Leary á Guayaquil ; desde
allí dirigió á Lima su credencial pidiendo un salvoconducto y
correspondiente pasaporte para trasladarse á dicha ciudad. Mas
el gobierno peruano de ningún modo se lo envió , exigiendo se
le dijeran las bases sobre las cuales rodaría la negociación. Tal
respuesta equi valia á denegarse á entrar en un avenimiento ,
pues continuarían las hostilidades por desgracia ya principiadas.
Estos y otros graves inconvenientes presentaba la exigencia del
gobierno peruauo, según lo observó justamente el comisionado
O'Leary en su réplica , de la que jamas obtuvo contestación ,
sin embarco de que también se dirigió de oficio y particular-
mente al presidente Lámar. Por la terquedad del gobierno pe-
rú Jho la negociación no tuvo efecto alguno.
Tanto el gobierno del Perú como Lámar negaban al Liberta-
dor presidente títulos tan gloriosos, y pretendían tratarle como
á un usurpador. Así fué que llamaron á O'Leary «comisionado
del general Bolívar. » Aquel reclamó semejante falta como de-
tono iv. 10
i
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146 HISTORIA DE COLOMBIA.
presiva de su gobierno, y en una época posterior no quiso re-
cibir un pliego oficial que le dirigiera Lámar con el mismo
título, en lo que manifestó su decisión por sostener el honor
nacional. Una gran mayoría de Colombia habia revestido al
Libertador con un poder ilimitado, y era absolutamente indebida
la ingerencia de la administración peruana negando títulos que
la nación habia conferido á su jefe supremo. El orgullo colom-
biano se resentía de que los Peruanos quisieran darnos leccio-
nes de libertad, cuando habíamos ido á fundarla en su patria,
aherrojada al poder español, sostenido principalmente por los
mismos hijos del país.
Decididos como se hallaban Lámar y sus partidarios á inva-
dir á Colombia , creyendo que podrían hacer entre nosotros lo
que ejecutaran en Bolivia , declararon bloqueados todos nues-
tros puertos del Pacífico. Lámar, después de dar en Lima las
providencias que juzgara necesarias para la guerra, se embarcó
el 14 de setiembre en la fragata presidente La Prueba, trayendo
dinero y algunos refuerzos para el ejército del norte que venia
á mandar. Á pocos dias de su arribo á la provincia de Piura,
escribió otro libelo con el título de proclama , en que repitiera
desde Tambo-Grande los mismos insultos que ántes habia pro-
digado al Libertador, llamándole también « agresor de los de-
rechos nacionales. » ¡ Como si Bolívar hubiera dado algún paso
contra la Independencia del Perú, al que habia dejado en
plena libertad para que se constituyese conforme le placiera!
Con el arribo de Lámar ascendió el ejército peruano estacio-
nado en la provincia de Piura á cuatro mil hombres. Debia
aumentarse con la mayor parte de las tropas que sirvieron á
Gamarra para invadir á Bolivia , las que estaban en marcha
para embarcarse en los puertos iutermedios; esperábanlas,
cuando mas tarde, en el mes de noviembre próximo.
Por el mismo tiempo el ejército colombiano del sur ascendía
á un número casi igual , pero de tropas muy superiores; pues
se componía en gran parte de los veteranos que habían dado
la independencia á Colombia, Perú y Bolivia. El general Flórez,
superando las graves dificultades que le oponían la escasezSle
las rentas públicas , la miseria de los pueblos y la aversión casi
general que ellos tenían á que hubiese guerra con el Perú , ha-
bia conseguido con su actividad , influjo y conocimientos mili-
tares dar á los cuerpos que mandaba una buena organización ;
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i apítuio xiv. 147
dióles también una excelente disciplina y espíritu militar que
jamas se desmintieron aun en medio de las mayores privacio-
nes. Con tales tropas no podía ser dudoso el éxito de una ba-
talla con el ejército peruano.
Sin embargo de tan importantes servicios prestados por Fló-
rez, luego que el Libertador presidente supo que el gran maris-
cal de Ayacucho regresaba á su patria, se apresuró á encargarle
el mando, tanto del ejército como de los departamentos meri-
dionales de la República en clase de jefe superior. El prestigio
que daban á Sucre sus grandes hecbos de armas y sus talentos
políticos y administrativos bicieron que se le prefiriese justa-
mente á Flórez. Este debía ser el segundo de Sucre. Al gran
mariscal se le confirieron facultades amplias en todos los ramos,
hasta para hacer la guerra ó la paz, y también se le sometió la
misión de O'Leary. Sucre se denegó al principio á admitir el
encargo, porque deseaba disfrutar de la vida privada; mas los
insultos del Perú á Colombia y la guerra que nos declaró , le
arrancaron finalmente de su retiro , sucesos que vamos á re-
ferir.
La fragata peruana que habia conducido desde el Callao i
Piura al general Lámar, la corbeta Libertad y una pequeña go-
leta de guerra, después que desembarcaron en aquel puerto los
hombres y efectos que conducían , se dirigieron á bloquear la
Ria de Guayaquil. Consiguiéronlo completamente, pues Colom-
bia no tenia en el Pacífico buques algunos que oponerles. La
corbeta Pichincha habia ido á Panamá á conducir un batallón ;
pero en la isla de Taboga se levantaron los marineros extranje-
ros que la tripulaban, y apoderándose del buque bicieron
rumbo á Páita, donde la entregaron á los Peruanos. Esta infe-
rioridad marítima, que era desventajosa en extremo , obligó al
gobierno á mandar que saliera lo mas pronto posible para el
Pacífico la hermosa fragata Cundinamarca , que se hallaba en
los puertos del Atlántico , obra larga y costosa.
La escuadrilla peruana obraba , pues , con toda seguridad :
ella hizo desembarcos sobre varios pueblos, especialmente en el
Naranjal , causando en todas partes daños considerables. Mas
ninguno igualaba á la cesación absoluta del comercio y de la
productiva aduana de Guayaquil. Esta falta aumentó la mise-
ria del pueblo y la pobreza del erario , que no tenia con que
hacer los gastos mas precisos.
i
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U8 HISTORIA DE COLOMBIA.
Enorgullecido el vicealmirante Guise, que mandaba la escua-
dra peruana, el que habia sido y era uno de los mas acérrimos
enemigos del Libertador y Constante promovedor de esta guerra,
por la superioridad marítima que tenia, aspiró á empresas
mayores. Determina, pues, atacar á la ciudad de Guayaquil; el
22 de noviembre á las cuatro y media de la tarde se presenta
con una fragata , una corbeta , una goleta y tres lanchas , sor-
prendiendo á los defensores de la ciudad. La batería de Cruces,
defendida solo por diez y seis artilleros, tiene que ceder á fuer-
zas mucho mayores (noviembre 22) ; el enemigo pasa la ca-
dena, incendia la batería y rompe un fuego de metralla contra
las casas y la población. El coronel Wright se habia retirado
batiéndose en La Guayaquileña junto con algunas lauchas. Los
enemigos anclaron á las siete y media de la noche. Al siguiente
dia muy temprano la batería de La Planchada y las cañoneras
hicieron algún fuego á la escuadra peruana , mas con poco
efecto; aprovechándose esta de la brisa y de la marea, sube á
las cuatro y media de la tarde al centro de la ciudad, y á medio
tiro de pistola de la ribera hace un fuego horroroso de metralla
y palanquetas sobre las principales casas , á las que causa mu-
chos danos, fuego que duró sin interrupción por cualro horas
hasta las once de la noche. El batallón Caracas , que guarnecia
la ciudad, y su bizarro comandante Gabriel Guevara ocurrieron
á todos los puntos, y defendieron las bocascalles que daban so-
bre el rio, con una firmeza y valor extraordinarios. El coronel
O'Leary, poniéndose á la cabeza de la artillería, colocó tan dies-
tramente cuatro violentos , que hizo muchos daños á la escua-
dra peruana.
Viendo el vicealmirante Guise que le era imposible realizar
un desembarco, y que el pueblo entero de Guayaquil estaba de-
cidido á defenderse , suceso contrario á lo que habia esperado,
determinó retirarse en el curso de la noche; pero la fragata
Presidente y que él mandaba, se varó al frente de la Aguardien-
tcría (noviembre 24). Al amanecer los valientes soldados de
Carácas formaron un terraplén al frente y montaron un cañón
de veinte y cuatro : esta batería, dirigida por el coronel Pareja,
causó muchos daños á La Presidente, que recibió también algu-
nos tiros de La Planchada, y nuestras lanchas cañoneras, diri-
gidas por el teniente de fragata Francisco Calderón , la moles-
taron igualmente en su retirada. Tuvieron que conducirla á
CAPÍTULO XIV. 1 í.»
remolque de los otros buques de la escuadra , luego que pudo
flotar auxiliada por el flujo ó marea : tantos fueron los daños
que se le hicieran. El mayor sin duda fué la muerte del viceal-
mirante Guise de una herida mortal que recibió en el combate
de aquella mañana por una bala de cañón. Bravo oGcial ingles
de marina, que habia hecho distinguidos servicios á la causa
de la Independencia de la América del Sur, aunque fuera difí-
cil manejarle por su altivo é intratable genio.
La escuadra enemiga se retiró bien escarmentada á su cru-
cero cerca de la isla del Muerto. Fué brillante en aquellos dias
de peligro el comportamiento del prefecto Illingrot,de los coro-
neles Guerra, O'Leary, Pareja, Luque, Wright, Letamendi, Vi-
llamil y Luzarraga, así como de otros oficiales subalternos que
sería largo mencionar.
Se lisonjeaban los Peruanos de encontrar partido y traidores
en Guayaquil, y el desengaño les fué harto costoso.
Pero mas léjos habían hallado auxiliares que se proponían
ayudar á los Peruanos. La desgraciada Popayan era el teatro
donde se presentaban estas escenas. Allí los coroneles José Ma-
ría Obando y José Hilario López desplegaron en 12 de octubre
el estandarte de la insurrección, bajo del especioso pretexto de
sostener la constitución deCúcuta y las leyes expedidas por los
congresos de la República. Era su objeto arrancar á Bolívar la
autoridad que le habían conferido los pueblos. López fué uno
de los diputados que se comprometieron en la convención de
Ocaña á levantar guerrillas. Sabíalo el gobierno del Libertador,
y sin embargo habia respetado su seguridad personal, para des-
mentir el epíteto de tirano con que le apellidaba el bando de la
oposición. El coronel Obando habia preparado todo para su le-
vantamiento de acuerdo con López y con los Peruanos , proba-
blemente por medio del ministro Villa, cuando estuvo en Cali
al retirarse de su misión. Asi fué que la prensa peruana anun-
ció en Lima el 11 de octubre su revolución, un dia ántes de
que estallára. Obando también desde su primera proclama de
Timbio dijo : — «La poderosa Peni marcha triunfante sobre
est ejército de miserables (octubre 42). » i Miserables los valien-
tes que triunfaron en Ayacucho, completando la Independencia
de la América del Sur !... El mismo Obando repitió complacido,
que q el Perú triunfante de Bolivia ó de Colombia marchaba á
proteger su alzamiento. » Las pasiones del momento le impe-
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{1)0 HISTORIA DE COLOMBIA.
dian meditar que bien fuera la de los Peruanos una invasión
para desmembrar el territorio colombiano quitándole á Guaya-
quil, ó bien una intervención á mano armada en los negocios
internos de Colombia, en ninguno de los dos casos era decoroso
á jefes colombianos hablar de este modo, y ménos auxiliar á
los invasores enemigos de su patria.
Cuando estas noticias llegaron á Bogotá , el Libertador, que
estaba en Chia , regresó á la capital. En pocos dias hizo prepa-
rar una expedición de mil quinientos veteranos , cuyo mando
confirió al general de división José María Córdoba , que marchó
rápidamente hácia Popayan. Era de la mayor importancia des-
truir aquella insurrección ántes que se fortificára : ella cortaba
las comunicaciones con los departamentos meridionales en las
críticas circunstancias en que iban á ser invadidos por los Pe-
ruanos. El Libertador se proponía seguir él mismo después de
Córdoba, porque la seguridad del sur reclamaba su presencia.
Cerca de un mes corrió sin que hubiera en Popayan mas que
algunas escaramuzas de guerrillas. El intendente y comandante
general Tomas Cipriano Mosquera aguardaba los refuerzos que
habia pedido al valle del Cauca; llevóselos el coronel Pedro
Murgueitio y con ellos ascendieron sus pequeñas fuerzas acerca
de setecientos hombres, la mayor parte de milicias.
Entonces Obando y López , que habían conseguido organi-
zar en Timbio y demás pueblos seducidos del valle de Patía
una columna de mas de cuatrocientos hombres, se acercan á
Popayan , situándose en una casa de la Ladera, á la vista de la
ciudad. Mosquera resuelve atacarlos , y dispuestas sus fuerzas
sale con este fin á las seis de la mañana del 42 de noviembre.
Trábase el combate, y los obandistas ceden el terreno para atraer
á las tropas del gobierno al punto donde tenían su fuerza prin-
cipal. Al doblar la cima de la colina donde se combate dan un
ataque brusco de infantería y caballería que desordena á los
pocos soldados fieles que tenia Mosquera; la cobardía y la trai-
ción de muchos introducen el desórden , y los disidentes obtie-
nen un triunfo completo. Allí perecieron combatiendo con va-
lor denodado los comandantes Sirakoski y Cedeño con alguifbs
soldados. Los coroneles Mosquera y Murgueitio se retiraron á
la ciudad, que pensaron defender. Empero la desmoralización
era completa, y viendo que seducida la tropa les quedaban muy
pocos hombres leales , determinan abandonar la plaza ; ejecú-
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CAPÍTULO XIV. 154
tanlo en la noche deH 3 , habiendo antes recomendado al jefe
de estado mayor Lino de Ponibo que capitulára con los enemi-
gos. Mosquera y Murgueitio siguieron hácia la Plata por el ca-
mino de Guanácas , acompañados por cincuenta y cinco solda-
dos. Obando en persona los persiguió con ochenta y cinco : al-
canzólos en el Tambo de Gabriel López , donde se dispersaron
los primeros por aquellos bosques y heladas cimas. Allí murió
el capitán Carlos Salgar con varios soldados : otros cayeron pri-
sioneros, salvándose los jefes.
Á consecuencia de estas ventajas Obando y López se apodera-
ron en Popayan de mil setecientos fusiles y de todos los ele-
mentos militares que allí existían, que eran numerosos. Llenos
entonces de esperanzas , activaron la seducción y las promesas
para ganar partido. Así consiguieron que en Popayan hicieran
actas en su favor, tanto los padres de familia , como varios ofi-
ciales halagados con las promesas de libertad , órden y leyes.
Alucinados algunos vecinos de Popayan que profesaban y han
profesado después principios enteramente opuestos á los de
Obando , pareció que se habían ligado con este y sus consocios.
El contador departamental Manuel José Castrillon se hizo
cargo de la intendencia, y trabajó activamente en promover la
insurrección.
Obando y sus compañeros por medio de proclamas , de emi-
sarios, y por cuantos medios le fué posible, trataron de seducir
y atraer á su partido á los habitantes del valle del Cáuca; pero
en vano. Los jefes políticos de Cali , Palmira , Buga y Cartago ,
los militares de alguna respetabilidad y los pueblos se deci-
dieron vigorosamente contra los disidentes y se armaron para
resistirlos si querían usar de la fuerza. La conspiración y ase-
sinatos del 25 de setiembre contribuyeron sobremanera á este
resultado : con aquellos actos inmorales se desacreditaron ente-
ramente los principios del partido demagógico, que llegó á ser
detestado por los pueblos, circunstancia muy honrosa á la mo-
ralidad colombiana.
Viendo que por la seducción no adelantaban, el coronel Ló-
pef bajó al valle del Cáuca con algunos soldados. Usando de la
fuerza y por medio de halagüeñas promesas consiguió apode-
rarse del cantón de Caloto; mas no se atrevió á adelantar sus
marchas porque los moradores de los cantones de Cali, Palmira
y Buga se hallaban preparados para oponerle una vigorosa re-
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i.',-! HISTORIA DE COLOMBIA.
sistcncia. En aquellas críticas circunstancias se distinguieron
los jefes políticos de Cali y Buga, José Ignacio González y Simón
Quintero, por su grande actividad y decisión en favor de la tran-
quilidad y del órden público.
Otro proyecto meditaron los jefes de los disidentes , del que
esperaban los mas felices resultados. Tal fué el de enviar dos
columnas de tropa á ocupar la ciudad de la Plata y extender la
revolución en la provincia de Néivas. La primera marchó por
el fragoso camino de Pitayó y la segunda por el de Guanácas.
Mas el éxito no correspondió á sus esperanzas. La última fué
batida (diciembre i I ) cerca de Panzá por el coronel Murgueitio
con ochenta veteranos, y la otra volvió sobre sus pasos luego
que supo la desgracia del Panzá ; ambas regresaron á Popayan
con pérdidas y sin gloria.
Desengañados de que por el norte no pueden adquirir prosé-
litos , López abandona al valle del Cáuca, y vuelve á Popayan :
allí le deja Obando, quien marcha hácia Pasto con doscientos
hombres, algunos fusiles sobrantes y otros elementos militares.
Él consigue á fuerza de promesas levantar á los Pastusos contra
el gobierno de Colombia. Díjose enlónces, y lo aseguraban per-
sonas fidedignas de Pasto, que les ofreció jurar obediencia al
rey de España, que aun era el ídolo de aquellos pueblos, lo que
jamas tuvo efecto; pero consiguió fortificar á su partido con la
belicosa población de Pasto, que unida á la de Patía, era harto
difícil que las domeñára el gobierno colombiano. Sin embargo
carecían de pólvora y municiones ; pues aunque fabricaban la
primera en pequeña cantidad , les era casi imposible conseguir
plomo. Esta circunstancia fué muy favorable al Libertador para
el buen resultado de la campaña.
Entre tanto las tropas de este se juntan en la Plata y atra-
viesan la montaña de Guanácas sin oposición alguna. El coronel
López no tenia en Popayan fuerzas bastantes con que tentar la
fortuna de las armas contra la división que conducia el general
Córdoba. Así este ocupó á Popayan (diciembre 27), de donde los
enemigos se retiraron al valle de Patía : persiguiólos y en la
Horqueta los dispersó en su mayor parte ; de allí regresó Cór-
doba á Popayan á organizar una expedición contra Pasto y los
demás pueblos partidarios de la insurrección de Obando.
Felizmente no habia tenido esta séquito en el resto de la Re-
pública, que se mantenía tranquila. Habíase temido justamente
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CAPÍTULO XIV. 153
que los proyectos revolucionarios concebidos por el partido
exaltado, y tramados en varios conciliábulos reunidos enOcaña,
turbáran el orden público en algunos puntos ; pero la vigilan-
cia de los agentes del ejecutivo hizo abortar aquellos proyectos
incendiarios. Uno de ellos fué el jefe superior de Venezuela,
quien espontáneamente y sin órden alguna superior, se vió
compelido á dictar providencias que- parecieron duras, aunque
eran necesarias para mantener la tranquilidad de Venezuela.
Tales fueron las de expeler del país á los diputados que habian
estado en la convención de Ocaña , Martin Tovar, José Ribar-
ren y Juan José Romero, así como á otros individuos. Súpose
que por lo ménos los tres primeros se habian comprometido á
levantar guerrillas en Venezuela para contribuir á una insur-
rección general contra el mando del Libertador ; esta revela-
ción indiscreta , hecha por los mismos conspiradores , obligó á
Páez á separarlos temporalmente del país que meditaban revo-
lucionar, y así conservó la paz y el órden. Por el mismo tiempo
los revolucionarios Castillos agitaron algún tanto el departa-
mento de Maturin ; pero se consiguió reprimirlos, y sus guerri-
llas no dieron cuidado al gobierno de Colombia.
No sucedía lo mismo respecto de los negocios del sur; la
guerra declarada por el gobierno del Perú , que ya no habia
esperanza alguna de impedir, y los auxiliares que tenia en la
insurrección de Obando y López, mantenían agitado en extremo
el ánimo del Libertador. Anhelaba por el momento en que Cór-
doba, ocupando á Popayan y Pasto, despejára el camino del
Ecuador para volar hácia allá (*). Entre tanto empleó el tiempo
en hacer, de acuerdo con sus consejos de ministros y de Estado,
muchas é importantes reformas para mejorar las rentas, la
justicia, la administración y para reconstituir la República. Los
principales decretos orgánicos que expidiera fueron : el de tri-
bunales y cortes de apelaciones, que resultó excelente en la prác-
tica, mejorando la administración de justicia; el de las prefec-
turas, y el de la suspensión de todas las municipalidades; medida
(i) El Libertador desde el 25 de setiembre odiaba la residencia de la ca-
pital; por este motivo pasó el tiempo en la villa de la Mesa, y la mayor
parte en la hacienda de Bojacá al poniente de Bogotá y en su explanada.
Allí acordó multitud de decretos importantes para el gobierno de la Repú-
blica, hasta que marchára al sur.
154 niSToniA de Colombia.
reclamada por muchos pueblos , á quienes eran gravosas estas
corporaciones, pero que excitó críticas y censuras amargas,
creyéndose que encerraba el designio de extinguir la represen-
tación municipal querida por algunos ; en fin, los decretos
convocando para el 2 de enero de 1830 un congreso general
constituyente de Colombia, y prescribiendo las reglas para las
elecciones de diputados , reglas conformes á los principios mas
liberales. Quiso el Libertador expedir sin tardanza este decreto,
para demostrar claramente que de ningún modo pretendía per-
petuarse en el mando de Colombia , y que no era un tirano
como aseguraban sus enemigos (*). En esta misma época esta-
bleció Bolívar la publicación del registro oficial , que ha sido
tan útil y durado largos años.
Uno de los importantes decretos que expidiera en i 8 de
setiembre se dirigió á revocar el que babia publicado el poder
ejecutivo de la República en 20 de enero de 1823, excluyendo
de nuestros puertos á los frutos y manufacturas de la nación
española , aun cuando se introdujeran por buques neutrales.
En consecuencia dispuso el Libertador la admisión en los puer-
tos colombianos habilitados, de los frutos naturales, efectos y
manufacturas de dicha nación , siempre que se importáran en
buques neutrales y sin que en estos viniera Español alguno, ni
como dueño , ni como sobrecargo. Declaróse después que los
frutos , efectos y manufacturas de la Península se admitieran
en nuestras aduanas, aun cuando constase que eran propiedad
española. En el mismo decreto se decia expresamente que si la
España admitiese algún dia en sus puertos los frutos, efectos y
manufacturas de nuestro territorio en buques colombianos, el
gobierno de la República haria la misma concesión á los buques
de la madre patria.
El primero de estos decretos, aunque en él no se diga, fué
motivado por uno que el ministro de Fernando VII , don Luis
López Ballestéros,habia expedido de real orden en 21 de febrero
(1) A pesar de su autoridad ilimitada, Bolívar en su dictadura no hito
derramar otras lágrimas que las de las familias de los criminales qu<Ple
fueron á asesinar el 25 de setiembre. Aun entóneos detuvo con mano gene-
rosa el brazo de la justicia levantado sobre algunos de sus mas encarnizados
enemigos. Con hechos es que se prueba la tiranía, y no se podrán citar
contra el Libertador en la época de que tratamos. Siempre era generoso y
humano, olvidando prontamente los agravios que le hacían sus enemigos.
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CAPÍTULO XIV.
15S
de este año, permitiendo con derechos moderados la importación
en los puertos habilitados de España, de los frutos, géneros y
efectos de la América española, sin atender á que estuviera ó
no pacificada; siempre que la introducción se hiciera en buques
españoles ó extranjeros amigos. Aunque el motivo de este de-
creto fuera el proveer á la Península de muchas de nuestras
producciones de que carecia, y de promover la navegación,
también pareció que acaso el ministro español podía haber pen-
sado en que principiára á calmar el odio y la mutua irritación
que existia entre los Españoles europeos y americanos.
Otro paso que diera la España hácia el mismo objeto fué una
declaratoria publicada por el expresado ministro Ballestéros,
disponiendo que valieran en España los documentos públicos
otorgados en los países de América aun cuando se halláran en
insurrección. Poníase , sin embargo , la salvaguardia de que no
por esto se perjudicara la nación, ni se creyera que de algún
modo se reconocía la Independencia de dichos países.
Á pesar de que no podamos decir los verdaderos motivos que
impelieron al gobierno español para dictar las mencionadas
providencias , sí nos hallamos instruidos de cuáles influyeron
en el ánimo del Libertador para acordar los referidos decretos :
él quería promover el comercio con la madre patria, y que re-
nacieran los generosos sentimientos de amor y benevolencia
que debían existir entre padres é hijos, amortiguados, pero no
extinguidos por tan larga y sangrienta lucha como la de la In-
dependencia. Proponíase también inculcar la idea de ser ya
tiempo de que cesáran la irritación y las fuertes pasiones que
nos habían dividido miéntras duró la guerra activa con la Es-
paña. La manifestación de tales sentimientos no podia ménos
que atraer al gobierno del Libertador las simpatías de la Gran
Bretaña, de los Estados Unidos y acaso el de otras potencias que
trabajaban por inspirar al gobierno español sentimientos pací-
ficos hácia Colombia.
Por iguales motivos de política conciliatoria habia dispuesto
Bolívar en una circular del mes de junio último que se suspen-
diera la expedición de nuevas patentes de corso, y que los co-
mandantes de los departamentos y apostaderos colombianos de
marina remitieran varios datos al poder ejecutivo. Quería este
sujetar á los corsarios á una estrecha supervígilancia, á fin de
evitar las depredaciones que algunos de ellos cometían en alta
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150 HISTORIA DE COLOMBIA.
mar, y poder dar una condigna satisfacción á las reclamaciones
de las naciones amigas.
Dadas estas y otras muchas disposiciones gubernativas , orga-
niza el gobierno de la República durante su ausencia. Déjalo
encomendado al consejo de ministros en todo lo relativo al des-
pacho ordinario de los negocios, reservándose los extraordina-
rios y la aprobación de los proyectos de decretos que emanaran
del consejo de Estado. Para autorizar todo cuanto despachara
en los departamentos del sur, nombró su secretario general al
coronel José Domingo Espinar ; hecho esto y sin regresar de la
hacienda de Bojacá á la capital , se puso en camino para Po-
payan el 28 de diciembre.
De diferentes puntos del norte de Colombia, especialmente
de los departamentos de Venezuela y del Magdalena , marcha-
ban al mismo tiempo varios cuerpos de tropas con dirección á
dicha ciudad. Destinábanse para reforzar el ejército del sur, en
caso de que aun fuera tiempo, ó para reparar cualquiera revés
que pudiera sufrir. El Libertador en su marcha dió las mas ac-
tivas y eficaces providencias para que tuvieran efecto las medi-
das expresadas, que supervigilaba el ministro de la guerra
Urdaneta. Este mandaba también en jefe el ejército de reserva
que debia permanecer en los departamentos del centro, y en
escalones hacia Popayan y el valle del Cáuca. Al mismo tiempo
se le nombró jefe superior militar de los departamentos de
Boyacá, Cundinamarca y Cáuca, cuya tranquilidad y seguridad
se le encargó especialmente. Para el caso de que necesitára
ausentarse de la capital, debia desempeñar interinamente el
ministerio de la guerra el general Pedro Alcántara Herran.
Después que el Libertador partió de los alrededores de la
capital hácia el sur, la principal ocupación del consejo de mi-
nistros , á quien dejaba encargado el gobierno , fué poner en
ejecución los muchos é importantes decretos que expidiera án-
tes de su partida. Todos ellos fueron obedecidos y acatados por
los pueblos, porque la mayor parte introducían reformas y
mejoras en la administración. Es cierto que no eran conformes
algunos á las teorías exageradas de los que se llamaban libe-
rales; pero sí eran mas practicables sus disposiciones y acomo-
dadas á las circunstancias morales , á los usos , costumbres y
habitudes de nuestros pueblos. Sin hacerlos desgraciados cau-
sándoles daños muy graves, no se podia regir á los Colombianos
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CAPÍTULO XIV. 157
como á los Ingleses, Franceses y Norte-Americanos. Sin em-
bargo, tales eran las teorías de nuestros exaltados políticos, que
pretendían entonces, y han continuado después con el designio
de aclimatar entre nosotros las diferentes leyes de aquellas na-
ciones, y llamaban tiranía el que no se les diera gusto.
Los decretos en cuyo cumplimiento se empeñó mas el consejo
de ministros fueron el de 24 de diciembre convocando un con-
greso constituyente para el 2 de enero de \ 830, y el de la misma
fecha que establecía reglas para las elecciones de los diputados
que debían componerlo. La capital de la República era el lugar
designado para la reunión. Las elecciones primarias debían
principiarse el 20 de mayo próximo, y reunirse los colegios
electorales el Io de julio inmediato. Prescribíase que por cada
cuarenta mil almas de población se eligiera un diputado mayor
de treinta años, y por tanto el número total se calculaba poco
mas ó ménos en sesenta y tres. La liberalidad que reinaba en
el sistema de elecciones tomadas en su mayor parte de la cons-
titución de Cúcuta, y el cumplimiento exacto que babia dado
el Libertador á las promesas hechas á los pueblos de convocar
un congreso constituyente en la misma época en que lo man-
daba reunir, eran poderosos motivos para lisonjearse de que
calmaría la saña de sus enemigos contra la supuesta tiranía de
su dictadura. Consiguióse en gran parte, aunque no del todo,
tan saludable efecto, y la generalidad de los pueblos, que no
estaba por los exaltados principios de los demagogos , reposó
tranquila , esperando que legalmente se variase el órden esta-
blecido por el dictador.
Aun no se habían recibido los mencionados decretos en los
departamentos del norte , cuando su jefe superior Páez publicó
en7 de febrero un manifiesto oficial á los Colombianos que estaban
sujetos á su autoridad. En e te documento bien escrito y razo-
nado , después de ofrecer á una justa execración el asesinato de
Bolívar intentado el 25 de setiembre, del que le salvára la
Providencia , atribuía el origen de aquel crimen á las opiniones
y principios exagerados que habia sostenido el partido político
qirl capitaneaba el general Santander. De aquí tomaba ansa
para atacar la administración y gobierno de este en 1826, y
para defender la insurrección venezolana de aquel año, que lla-
maba a Grito de reformas , » vindicando los actos con que Bo-
lívar la habia terminado. En seguida recorría los hechos, pro-
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458 HISTORIA DE COLOMBIA.
clamas y protestas del Libertador desde 1813, en que principió
su gloriosa carrera, hasta la época actual , y siempre le hallaba
amigo firme y entusiasta de la independencia y libertad de la
América del Sur, cumpliendo religiosamente su palabra y di-
mitiendo el mando absoluto tan pronto como le era dado con-
vocar y reunir á los representantes del pueblo. Para realzar la
gloria de Bolívar le comparaba con algunos héroes antiguos y
modernos, y descubria en él cualidades mas brillantes y virtu-
des cívicas muy elevadas. De este cúmulo de hechos comproba-
dos por toda la serie de la vida pública del Libertador infería
justamente el general Páez que eran infundadas calumnias las
acusaciones que se hacian á Bolívar, de que aspiraba á perpe-
tuarse en el mando supremo contra la voluntad de los pueblos,
ó de que tuviese miras de coronarse en Colombia, cuando tan-
tas veces habia deprimido enérgicamente en sus escritos el cetro
y la corona.
Concluía Páez su manifiesto con la profesión de su fe política,
expresando con nobleza y valentía que ni los ilustres jefes del
ejército libertador, ni él , inclinarían jamas la rodilla ante un
déspota coronado. « Vosotros, anadia, sí, vosotros me habéis
visto elevarme de la triste esfera de un soldado al eminente
rango que ocupo : desde las inmensas llanuras del Apure yo me
lancé sobre el despotismo como el león rabioso sobre su presa;
en mil combates he arrostrado la muerte, la he tocado con mis
manos, la he rechazado con mi sangre, y armado con la lanza
de la libertad , he ganado mis derechos , los vuestros y los de
Colombia. Soy, pues, incapaz de permitir vuestra opresión,
ni ayudar á imponeros las mismas cadenas que he despeda-
zado. ¡Yo querer un monarca! Primero me arrancaría el co-
razón ántes que intentar perjurarme, ántes que yo sucum-
biese á tan vil degradación. Estad seguros de esto, Colombia-
nos del norte. Nunca, nunca el general Bolívar, nuestro liber-
tador y vuestro padre, será rey ni soberano en Colombia ni en
América , ni José Antonio Páez cooperará á tan nefario parri-
cidio. »
En seguida excitaba á los ciudadanos de los departamentos
del norte á la conservación de la paz y del orden, confiando ili-
mitadamente en las promesas que les habia hecho el Libertador,
y terminaba Páez su manifiesto de la manera siguiente : « Yo
os protesto de nuevo que mi vida, mi sangre y todo yo , son el
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CAPÍTULO XIV. 159
holocausto que tributo á vuestra felicidad y á vuestras glorias :
por tan nobles intereses ¿no es dulce perecer, Colombianos del
norte? Os repito, pues, los mismos conceptos que en otra oca-
sión me oísteis, y con los que sellaré mis labios.
» ¡La espada redentora de los humanos! Ella en mis manos
no será jamas sino la espada de Bolívar: su voluntad la dirija,
mi brazo la llevará. Antes pereceré cien veces, y mi sangre será
perdida, que esta espada salga de mi mano, ni atente jamas á
derramar la sangre que hasta ahora ha libertado. ¡ Conciudada-
nos ! la espada de Bolívar está en mis manos ; por vosotros y
por él iré con ella á la eternidad. j>
Los nobles y elevados sentimientos que con tanta fuerza in-
culcaba el general Páez en favor del héroe colombiano; los po-
derosos fundamentos en que los apoyaba, y la profunda admi-
ración que manifestaba por sus grandes y gloriosos hechos para
conseguir la independencia y libertad, no solo de Colombia,
sino de la mayor parte de la América del Sur, debian persuadir
á cualquier hombre imparcial que para siempre se habría unido
Páez á Bolívar en la grande obra de la organización completa
de la República. Sin embargo , no pasará mucho tiempo sin
que le veamos volver la espalda al Libertador, despedazar á
Colombia, la obra predilecta de este, y colocarse en las filas de
sus mas encarnizados enemigos. Tales son los efectos de las
revoluciones y de la ambición que estas hacen desplegar.
Miéntras llega la época de tan lamentables acontecimientos ,
sigamos el curso de los que á la sazón ocurrían en las provin-
cias del sur.
Año de 1829. — Las guerrillas de Obando tenían interrum-
pidas las comunicaciones con los deparlamentos del sur por la
ocupación de Patía y Pasto. No pudo, pues, el Libertador saber
con certidumbre todos los sucesos ocurridos en ellos ; pero con
el arribo de su antiguo edecán el coronel Demarquet, que llegó
á Popayan por la costa del Pacífico, se instruyó de algunos por-
menores relativos al ejército que defendía el territorio colom-
biano contra la invasión del Perú. Aquel ejército se le pintó
respetable por su número y por el excelente espíritu nacional
que animaba á los oficiales, jefes y soldados : esto sucedía, sin
embargo de las privaciones que sufrían por la escasez de recur-
sos en que se hallaban los tres departamentos del Ecuador,
Guayaquil y Asuay, sobre los cuales gravitaba únicamente el
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i 60 HISTORIA DE COLOMBIA.
peso de la guerra y el sostenimiento de las tropas. Las fuerzas
de Obando, enseñoreadas del camino de la Cordillera, impe-
dían que del centro pudiera el ejecutivo nacional enviar fondos
para la caja militar del ejército de operaciones , y los demás re-
cursos que necesitaba. No solo hizo aquella insurrección este
daño, sino que Obando practicó las mas exquisitas diligencias
para comunicarse con el indigno Colombiano (i), que á la cabeza
de ingratos extranjeros invadía nuestro territorio para despeda-
zar y humillar á Colombia, al que llamó con instancia á fin
de que el ejército peruano acelerára sus marchas. Por fortuna
los pueblos fieles no dejaron pasar ninguno de los oficios di-
rigidos por Obando á Lámar, ni tampoco los de este al pri-
mero, pues todos fueron interceptados y remitidos á las auto-
ridades colombianas. Los disidentes instaban á Lámar en dichos
oficios que enviára los auxilios de tropa que les habia ofre-
cido. Hé aquí una prueba perentoria de que la resolución de
Obando habia sido promovida en parte por el presidente del
Perú.
Uno de los secuaces de Obando, el coronel Parédes, asociado
del capitán Villota , habia levantado una columna de mas de
trescientos hombres en los Pastos, con la que apoyaba sus pla-
nes en favor de los Peruanos. El general en jefe del ejército del
sur, temeroso del contagio y de sus funestas consecuencias ,
envió contra los sublevados á su segundo el general Tomas Hé-
rez. Este sorprende á Parédes y á sus compañeros al amanecer
del 19 de diciembre, los derrota completamente y coge prisio-
neros á los cabecillas, que sufren la pena capital. Esta ventaja
oportuna restableció el órden al sur del Guáitara. Mas no pudo
Hérez continuar obrando contra Pasto porque sus tropas fueron
llamadas á fin de oponerse á los Peruanos , que ya pisaban el
territorio colombiano.
Decididos como lo estaban el general Lámar y el violento
partido anti-colorabiano, que le sostenía en el Perú , á hacer la
guerra á Colombia, ó como ellos decían, « al general Bolívar, »
no escucharon proposición alguna de paz, sin embargo de que
repetidas veces se les dirigieron por el comisario O'Leary, qftien
permaneció en Guayaquil, pronto siempre á abrir negociacio-
(1) Lámar habia nacido en la ciudad de Cuenca, capital del departamento
del Asuay.
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CAPÍTULO XIV. 161
nes pacíficas. Pero Lámar y sus consejeros, arrastrados por fuer-
tes pasiones, de envidia unos á su elevada gloria, y de venganza
otros contra el Libertador por agravios personales verdaderos ó
supuestos cuando gobernaba en el Peni , y por un necio or-
gullo, solo meditaban planes de guerra. Ellos pretendían con-
mover á Colombia contra su jefe, auxiliar á los revolucionarios,
destruir la autoridad suprema que los pueblos habían conferido
á Bolívar, y presentarse Lámar como el primer capitán de la
América del Sur y atleta denodado de los principios republi-
canos.
El general Flórez, jefe del ejército colombiano del Sur, lleno
de confianza en la fuerza , en la moral y en la disciplina de
este, quiso mas de una vez en el año anterior invadir la pro-
vincia limítrofe de Piura y batir á los Peruanos ántes que les
llegaran los refuerzos que esperaban. Aunque el Libertador ha-
bía consentido en este plan de campaña, revocó su órden desde
que en setiembre último se decidiera por la misión de O'Leary
para negociar la paz. Persuadióse íntimamente de que la guerra
ofensiva mancillaría su gloria , pues suministraría argumentos
plausibles á sus enemigos para pintarle como un ambicioso que*
turbaba la tranquilidad y buena armonía de las repúblicas li-
mítrofes. Desde entónces Bolívar promovió constantemente la
reconciliación, y estuvo pronto siempre á aceptar ú ofrecer con-
diciones honrosas, que restablecieran la concordia entre Colom-
bia y el Perú, sin embargo de los graves perjuicios que nos ir-
rogaba la guerra defensiva.
Frustrados al general Flórez los planes que habia meditado
para adquirir gloria y triunfos en las provincias , creyó segura
la victoria , si conseguía atraer á Lámar y á sus tropas á que
invadieran el territorio colombiano. Por medio de diestros
emisarios trabaja , pues , en aumentar la confianza de los jefes
peruanos, pintándoles á nuestro ejército en mal estado y cor-
rompida la opinión de los pueblos que se inclinaban á su fa-
vor. Estas noticias y las que de antemano tenia Lámar de la
insurrección de Obando y López, le decidieron á tomar la ofen-
sivt. Esperaba también que pronto se le unirían cerca de tres
mil quinientos hombres del ejército que invadió á Bolivia. Con
este refuerzo, el peruano se compondría de ocho batallones de
infantería , dos regimientos y dos escuadrones sueltos de caba-
llería, y una brigada de artillería. El todo debia constar cuando
TOMO IV. U
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102 HISTuHIA DK COLON RIA.
se reuniera de ocho mil cuatrocientos hombres perfectamente
equipados, con buenos jefes y oficiales (*).
El ejército colombiano del sur apenas se componía, con guar-
niciones y hospitales , de seis mil hombres, pobres, mal vesti-
dos y escasos de todo lo necesario ; pero ardiendo en amor por
su patria, llenos de nobles y elevados sentimientos : ellos re-
cordaban sus antiguos triunfos, á los que no dudaban añadirían
una nueva palma de victoria cogida en la lid con los Peruanos,
si osaban invadir el territorio colombiano. Sin embargo de esto,
no todos los soldados eran veteranos y habia multitud de re-
clutas.
Luego que Flórez supo que desde los últimos días de noviem-
bre se habia comenzado á mover de sus acantonamientos el ejér-
cito peruano, y que se dirigía hacia la provincia de Loja reunido
ya con la división Gamarra , dió las órdenes mas activas para
que nuestros cuerpos de observación se fueran replegando á
Cuenca. Ordenó también que marcharan sobre el mismo punto
los batallones Gáuca y Caracas y un escuadrón que guarnecían
el departamento de Guayaquil ; así como Pichincha y el cuarto
escuadrón de húsares que al mando del general Hérez obraban
sobre Pasto, y el batallón Quito, que guarnecía la capital del
Ecuador. Dirigióse también á Cuenca el general en jefe desde
Guayaquil, donde se hallaba.
La guarnición de aquel importante departamento quedó re-
ducida al batallón Ayacucho, compuesto en su mayor parte de
reclutas con una pequeña base veterana de Peruanos que no
inspiraban confianza. Debíaseles unir la mitad del batallón Gi-
rardot, que el 4 de enero desembarcó en Manta , puerto de la
provincia de Manabí. Á pesar de este refuerzo el general Illin-
grot, prefecto y comandante general, se hallaba cercado de las
mayores dificultades. Bloqueada la ría de Guayaquil por cinco
buques mayores y por ocho lanchas de guerra peruanas , no
podia entrar una sola embarcación que condujera víveres ó
(1) El ejército peruano estaba equipado con lujo ; la caballería bien ntbn-
tada; y su caja militar venia provista de fondos bastantes. El que esto es*
cribe oyó decir al señor Marriátegui, ministro peruano de hacienda en
aquella época , que el ejército habia costado al Perú tres millones de pesos ;
y de oficio dijo al congreso peruano el secretario de la guerra, que en él
se habían gastado dos millones y medio.
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CAPÍTULO XIV.
163
mercancías. Por consiguiente no habia un peso en la tesorería ,
y sufria la guarnición duras privaciones. Agregábase á esto que
la escuadra enemiga habia conseguido por medio del traidor
José Bustamante y de otros oficiales igualmente infames de los
fugitivos de la tercera división , introducir en el departamento
el espíritu de infidelidad á su patria. Las poblaciones del Morro,
Santa Elena , Máchala y otras que están situadas en la ribera
izquierda de la Ria desde la capital á la isla de Puna, se habían
levantado contra el gobierno de Colombia. Sus habitantes co-
metían asesinatos y otros excesos , auxiliados con armas y mu-
niciones que les suministraba la escuadra peruana. Siendo muy
escasa la guarnición , el general Illingrot no se hallaba en apti-
tud de enviar á largas distancias pequeños destacamentos que
podían ser cortados y destruidos , haciéndose asi mas crítica su
situación.
Con estas ventajas que habia obtenido el comandante de la
escuadra peruana don José Boterin, determina estrechar el blo-
queo de Guayaquil y aun atacar la ciudad segunda vez si no se
le entrega (enero 13). Intima por tanto la rendición, tratando de
persuadir al jefe colombiano la conveniencia y aun necesidad
que tenia de capitular, para no exponer á una ciudad casi
abierta y de madera á un incendio y ruina indefectibles. Estas
observaciones eran en su mayor parte exactas , pues las tres ba-
terías que defendían á Guayaquil no podían resistir por muchas
horas los fuegos de la fragata Presidente y de los otros buques
de guerra peruanos. Sin embargo el general Illingrot contestó
con denuedo la intimación, denegándose á la entrega que se le
exigía.
A pesar de esto continuó la discusión por medio de parla-
mentarios y de una larga correspondencia. Illingrot envió á bordo
de la escuadra á los coroneles Luzarraga y Pareja, que presen-
taron las bases de una capitulación , conforme á lo que verbal-
mente se habia convenido con el jefe enemigo. Mas habiendo
sabido este la sublevación de la villa y cantón de Daule, cuyos
habitantes asesinaron al comandante Dávalos y cometieron otros
varfcs excesos, no quiso ratificar las bases ántes acordadas;
pudo entonces pasar tropas y elementos de guerra para auxiliar
á los facciosos, apostando sus fuerzas sutiles en la boca del rio
Daule, operación que puso á Illingrot en la situación mas an-
gustiada. Viendo que si no activa una transacción pierde sin
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Í64 HISTOHlA ÜE COLOMBIA.
remedio todo el departamento , envia de nuevo á los mismos
comisionados, y el 19 de enero firman un convenio, cuyas prin-
cipales estipulaciones fueron : primera, que si dentro de diez
dias no se tenia noticia de que se hubiera dado una batalla en-
tre los ejércitos colombiano y peruano, se evacuaría la ciudad
de Guayaquil por la guarnición y autoridades departamentales,
bajo de las mas expresas garantías de las personas y propieda-
des; segunda, que si la batalla se perdia por los Colombianos,
también se evacuaría la plaza al tercer dia de haberse recibido
la noticia oficial; tercera, que los buques de guerra, artillería
y demás máquinas al servicio de la plaza se entregarían en ca-
lidad de depósito durante la presente guerra, sin que pudieran
emplearse contra Colombia. Por los artículos 5o hasta el 11° se
arregló la continuación del gobierno municipal de Guayaquil
conforme á las leyes colombianas , el pago de las deudas con-
traidas á nombre del gobierno , y otros pormenores sobre cesa-
ción de hostilidades. Los comisionados peruanos añadieron dos
artículos para seguridad de las personas y propiedades de los
que hubieran seguido su partido ; otro sobre el modo y tiempo
de evacuar la plaza, y estipulándose que en el intermedio no
se aumentarían las fuerzas de ninguna de las partes conten-
doras.
No habiéndose recibido noticia de una batalla entre los beli-
gerantes, Guayaquil fué evacuada por las tropas colombianas ,
y el general Illingrot siguió á establecer el gobierno en la villa
de Daule, salvando los archivos, la artillería de campaña, lo-
dos los pertrechos, una imprenta y algunos otros artículos
pertenecientes al gobierno. Si el jefe de Guayaquil difiere por
mas tiempo la celebración de este convenio , hubiera perdido
todo el departamento, seducido por el oro y las intrigas de los
agentes y partidarios del Perú. En vez de esto , colocado en
Daule mantuvo la correspondencia con el jefe superior del sur
y sometió la mayor parte de los pueblos disidentes, conservando
al mismo tiempo á la fiel provincia de Manabí, cuyos valerosos
habitantes hicieron en esta guerra servicios muy distinguidos
al gobierno de su patria (*).
(1) £1 general Illingrot sufrió después un juicio militar por la entrega de
Guayaquil á los Peruanos. Mas como era justo fué absuelto, y su honor
quedó sin mancilla.
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CAPÍTULO XIV. 16Ü
ínterin ocurrían en las costas del Pacífico estos sucesos des-
graciados para Colombia, el ejército peruano marchaba, aunque
lentamente, por la provincia de Loja, con el designio de ocupar
los departamentos del Asuay y Ecuador. En Gonzanamá al sud-
oeste de la capital de Loja pubbcó Lámar en 22 de diciembre
dos proclamas, que mandó circular con profusión. Dirigíase la
primera a los pueblos del Ecuador , diciéndoles : « que las ar-
mas del Perú eran las de la libertad, que la América entera
estaba amenazada de perderla, y que debia levantarse en masa
contra los proyectos ambiciosos del dictador de Colombia. »
Añadia que el único objeto que traía el ejército peruano era
romper el yugo que se les habia impuesto alevosamente, y con-
tener en su origen el torrente de males en que se les pretendía
sumergir , cuyo grande beneficio venia á proporcionarles , así
como lo habia ejecutado en Bolivia. Elogiaba el ataque perpe-
trado contra el Libertador el 25 de setiembre , y excitaba á los
pueblos á que hicieran al gobierno de su patria una traición
que se atrevía á llamar generosa. Esta proclama detestable é
inmoral , que no puede sufrir el análisis de la severa razón ,
fué acompañada de otra al ejército colombiano que era de la
misma calaña. Decia que los Peruanos marchaban contra algu-
nos jefes de Colombia , que se habían prostituido ignominiosa-
mente declarándose por el general Bolívar. Excitaba á los solda-
dos á la deserción y á que se le unieran para exterminar la
tiranía , conseguido lo cual ofrecía Lámar que su ejército se re-
tiraría, dando así una relevante prueba de su desinterés y amor
á la gloria.
Por desgracia tales proclamas seductoras y el oro que los Pe-
ruanos derramaban profusamente, hicieron una impresión bas-
tante profunda, no en el ejército colombiano, cuya moral , de-
cisión y disciplina se mantuvieron puras é inalterables, sino en
los habitantes de la provincia de Loja ; estos en sus hábitos é
inclinaciones simpatizaban con los Peruanos, de cuyo gobierno
esperaban concesiones que aumentarían sus riquezas , y por
tales motivos se decidieron en favor del ejército peruano. El
gobtrnador Carrion, sus parientes y demás personas de influjo
sirvieron á los Peruanos en cuanto los ocuparon. Llegó á tanto
la decisión de los habitantes de Loja, que ni aun espías se po-
dían conseguir por los jefes colombianos , siendo así que los in-
vasores las tenían fieles y en abundancia , de modo que sabían
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i »C HISTORIA DE COLOMBIA.
todos nuestros movimientos , cuando nosotros ignorábamos los
suyos. Es verdad que pagaban muy bien el espionaje , lo que
no podian hacer nuestros jefes, porque su caja militar se ha-
llaba exhausta. Tan grave mal se corrigió en gran parte luego
que las operaciones de la guerra se concentraron en la provin-
cia de Cuenca. Sus moradores se decidieron por la defensa de
sus hogares y del gobierno de su patria, prestando al ejército
los mas importantes servicios , con una energía y constancia
dignas del mayor elogio.
El enemigo ocupó á Saraguro , cuando una partida colom-
biana de observación se hallaba en Ocaña ; tenia como cien
hombres mandados por el teniente coronel Braun. El 3 de enero
fué sorprendida por una columna peruana de seiscientos ; sin
embargo de tamaña desigualdad, nuestros soldados hicieron
bastante daño á los enemigos, y Braun, después de haber com-
batido heroicamente, al principio á la cabeza de solo catorce
húsares que le siguieron, se retiró sobre Navon, perdiendo once
hombres, la mayor parte dispersos.
Al mismo tiempo el ejército colombiano se reunia en Cuenca
(enero 21) regido por Flórez. Mas habiendo recibido el general
Sucre órdenes terminantes del Libertador para que se encar-
gase del mando civil y militar de los tres departamentos del
sur, con plenitud de facultades en todos los ramos de la admi-
nistración , y para hacer la guerra ó ajustar la paz, aquel ilus-
tre guerrero viendo á su patria en peligro, acepta el encargo
que antes rehusára. Parte de Quito inmediatamente y es reco-
nocido en Cuenca como jefe superior del sur, quedando Flórez
de comandante en jefe. Sucre anuncia su entrada al mando por
medio de una hermosa proclama en que manifestaba los moti-
vos que hasta entonces le habian impedido aceptar el mando ,
que entraba á desempeñar — « cuando enemigos extranjeros ,
ingratos á nuestros beneficios y á la libertad que os deben, han
hollado las fronteras de la República. »
ce Colombianos, anadia, una paz honrosa ó una victoria es-
pléndida son necesarias á la dignidad nacional y al reposx» de
los pueblos del sur. La paz la hemos ofrecido al enemigo : la
victoria está en vuestras lanzas y bayonetas.
» Un triunfo mas aumentará muy poco la celebridad de vues-
tras hazañas, el lustre de vuestro nombre; pero es preciso obte-
nerlo para no mancillar el brillo de vuestras armas. »
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CAPÍTULO XIV. 107
Después de enumerar en seguida los nombres de los mas
célebres combates de la guerra de Independencia colombiana,
terminaba así la proclama (enero 28) : — « Cien campos de ba-
talla, y tres repúblicas redimidas por vuestro valor en una car-
rera de triunfos del Orinoco al Potosí , os recuerdan en este
momento vuestros deberes con la patria, con vuestras glorias y
con Bolívar. »
Esta proclama excitó el mas vivo entusiasmo en el ejército
colombiano , al verse mandado por el segundo guerrero de la
América del Sur. Las fuerzas que tenia disponibles eran seis
batallones de infantería con tres mil ochocientos hombres, y
seis escuadrones que contaban seiscientos jinetes , número que
ascendía apenas á la mitad de los Peruanos. Sin embargo como
una gran parte era de los antiguos soldados que habían hecho
las campanas de la independencia, tenian la mas alta idea de sí
mismos, se creían muy superiores á los Peruanos, y lo eran en
efecto por su moral, su disciplina y su entusiasmo patriótico.
Al general Flórez y á los dignos jefes que habian trabajado á
sus órdenes se debia en mucha parte que tuviera el ejército
aquellas brillantes cualidades para conservar ileso el honor na-
cional. Ellas eran tanto mas laudables , en cuanto á que jefes ,
oficiales y soldados sufrían privaciones de toda clase por la es-
casez de los fondos públicos , sin que se oyeran ningunas que-
jas , y sin que el oro ni la seducción de los jefes enemigos
hubiesen podido hacer vacilar la fidelidad de los militares co-
lombianos.
Tan noble comportamiento inspiraba á nuestros generales
esperanzas las mas lisonjeras. Para realizarlas se movieron de
Cuenca el 29 de enero en busca del enemigo , cuyas tropas si-
tuadas en escalones se extendían desde Navon hasta Loja. Al
acercarse nuestra vanguardia, los Peruanos se replegaron preci-
pitadamente sobre Saraguro, donde se hallaba apostado el grueso
del ejército en una posición inatacable. Situóse el nuestro en
Pagichapa á legua y media de Saraguro.
Desde Cuenca habia excitado Sucre al general peruano á que
teftnináran las cuestiones pendientes por un avenimiento , y
que no derramasen la sangre de dos pueblos hermanos. Esta
abertura de negociaciones hecha conforme á las órdenes y de-
seos del Libertador, en la que Colombia se humillaba algún
tanto, proponiendo la paz á un enemigo que habia invadido su
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|<¡8 HISTORIA DE COLOMBIA.
territorio y que ocupaba la provincia de Loja , fué contestada
con desdeñoso orgullo por Lámar. Originóse de aquí una cor-
respondencia en que el jefe peruano dió á conocer sus miras
y deseos de trastornar nuestro gobierno aparentando amor á
la paz. Ambas partes presentaron sus bases. Lámar dijo de las
que Sucre le pasó redactadas en Oña por su comisionado el
coronel O'Leary, « que mas bien parecian condiciones durísi-
mas puestas en el campo del triunfo á un pueblo vencido , que
proposiciones hechas á un ejército que habia conseguido ven-
tajas considerables, y que tenia todas las probabilidades de la
victoria.»
Instado el presidente del Perú á que indicara los términos
justos en que pudiera hacerse una transacción , dirigió á Sucre
ocho artículos (febrero 7), en que exigia que Colombia devol-
viera al Perú todos los reemplazos que en virtud de un conve-
nio solemne habia dado su gobierno para llenar las bajas del
ejército auxiliar colombiano ; que pagára todos los gastos de la
guerra, y que se dejara en libertad al departamento de Guaya-
quil á fin de que se pronunciára por el gobierno que mas le
acomodase. En estos mismos artículos Lámar llevando adelante
su propósito , desconocía la autoridad del Libertador como jefe
supremo de Colombia, y únicamente le daba el título de gene-
ral Bolívar. Sucre le devolvió en el acto las bases , haciendo
notar su falta y repitiéndole lo que ya se le habia dicho —
« que no se le admitiría documento alguno que tuviera aquella
informalidad. »
Aunque eran inadmisibles las bases propuestas por Lámar,
Sucre le invitó de nuevo á que nombraran comisionados que
discutieran las pretensiones mutuas. Quería dar esta nueva y
relevante prueba de la moderación de Colombia , y de que no
era su gobierno quien promovía la guerra. Al fin se convino en
la medida. Sucre nombró al general Hérezyal coronel O'Lear y,
y Lámar al general Orbegozo y al teniente coronel Villa. Reu-
niéronse los dias 41 y 12 de febrero en los puentes de Saraguro
y Pagichapa, y discutieron la minuta de bases presentadas por
Lámar. No pudiéndose avenir los comisionados, disolvieron $or
unanimidad las conferencias. Los Peruanos orgullosos pensaron
que les sería fácil imponer á Colombia las duras condiciones á
que sujetaron á Bolivia; y nuestros negociadores estaban muy
léjos de consentir en que se diera la ley al gobierno de la Repú-
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CAPÍTULO XIV. IflO
blica. Sus hijos tenían muy presentes los triunfos de Junin y
Ayacucho, que consolidaron la Independencia de los Peruanos ;
estos, sin la ayuda de Colombia y entregados á sí mismos, ha-
brían gemido largos años bajo el poder de la España.
Disuelta la comisión de paz , se supo que el general Lámar
nunca habia pensado en ella. El mismo diaque firmaba la cre-
dencial para un comisionado , disponía un movimiento por el
flanco derecho de nuestro ejército, á fin de ocupar á Cuenca y
amenazar la espalda de los Colombianos, procedimiento innoble
y de mala fe como otros varios actos del general peruano en
esta guerra. En efecto, una columna ligera de trescientos hom-
bres se presentó delante de Cuenca, patria de Lámar; allí solo
existían nuestros hospitales, en que habia quinientos enfermos.
£1 prefecto del departamento general Vicente González consiguió
ponerse ála cabeza de setenta convalescientes; situados en la
torre de la catedral y en la casa de gobierno, hicieron tan vigo-
rosa resistencia que obligaron á los enemigos á concederles una
capitulación honrosa, que salvó á Cuenca de un saqueo. Nues-
tros hospitales se dispersaron; pero en breve se consiguió reu-
nir de nuevo á los enfermos (febrero 42).
Habiendo sospechado el general Sucre que todo el ejército
peruano debía seguir el movimiento de la columna de vanguar-
dia, atravesando el valle insalubre de Yunquilla para ocupar á
Girón, previno al comandante en jefe Flórez que mandase hacer
un ataque brusco sobre Saráguro , para desordenar y si fuera
posible sorprender los cuerpos de la retaguardia peruana. El
general de brigada Luis Urdaneta recibió órden para ejecutar
la operación con la compañía de granaderos del Cauca, y cuarta
de Caracas. Era ya noche cuando nuestra avanzada compuesta
de veinte soldados de Yaguachi se presenta en el puente de Sa-
ráguro. El enemigo cede el puesto dispersándose, y los fugitivos
introducen el desórden y un pánico terror en los batallones nú-
meros 1° y 8°, que componían la tercera división y se hallabau
formados en la plaza del pueblo de Saráguro, distante como
media legua del puente. El coronel Jiménez, que los mandaba,
hu^e, y huyen también sus soldados en dispersión, acompa-
ñándolos el gran mariscal don José Lámar, pues creyeron que
los atacaba todo nuestro ejército. La oscuridad de la noche im-
pidió á Urdaneta perseguir á los enemigos, que perdieron sus
almacenes, muchos equipajes, armamento, municiones, ca-
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170 HISTORIA DE COLOMBIA.
ballos y sesenta prisioneros, frutos del acometimiento de veinte
soldados colombianos. Mas acaeció la desgracia de que habiendo
el general ürdaneta mandado poner fuego á los almacenes de
los Peruanos, se comunicó á otras casas y destruyó parte de la
población , cuyos habitantes habían sido desleales al gobierno
de Colombia, y sufrieron justamente.
Al siguiente dia el coronel Luque á la cabeza del batallón
Rifles , y el comandante Camacaro con un piquete del escuadrón
Cedeüo, marcharon mas allá de Saraguro, con el objeto de
recoger los fugitivos de los dos batallones dispersos. Estos jefes
tomaron bastantes prisioneros, doscientas muías, muchos equi-
pajes que el enemigo abandonó en su fuga, y le destruyeron
ochenta cargas de municiones y dos piezas de batalla. Así fué
que la sorpresa de Saraguro costó muy cara al ejército peruano,
dejándole escaso de municiones, y le manifestó cuán precarias
eran las ventajas que tanto decantaba.
Nuestro ejército pudo atacar al enemigo por la espalda; pero
habría tenido que entrar en el mortífero valle de Yunguilla ; por
tanto el general Sucre prefirió emprender el 13 de febrero un
movimiento retrógrado de Oña á Navon. Desde aquí por una
marcha de flanco atravesó la cordillera, situándose en Girón
ántes que el enemigo. Con esta hábil maniobra cubria á Cuenca
y al departamento del Ecuador, é impedia que Lámar se pusiera
en comunicación con sus fuerzas de Guayaquil y con los faccio-
sos de Pasto. Cuando el enemigo supo nuestro arribo á Girón,
se cargó hácia poniente, situándose en muy buenas posiciones
entre Lenta y San Fernando. Allí no podia obligársele á una
batalla sin muchas desventajas; así nuestro ejército se adelantó
hácia la capital con el designio de ocupar la llanura de Tarqui,
desde donde se podian observar las maniobras del general pe-
ruano á fin de aprovecharse de cualquiera desacierto que come-
tiera. Siendo excesivo el frió en la alta explanada de Tarqui, el
general Sucre dispuso retrogradar dos leguas mas, situándose
el 21 en Narancay, cruzero del camino que desde San Fernando
conduce á Cuenca. Esta ciudad habia sido evacuada por la co-
lumna peruana, que sufrió muchas bajas ántes de incorpoArse
á su ejército.
El general Lámar, después de hacer varios reconocimientos
sobre Baños y Girón para distraer la atención de nuestros jefes,
determinó penetrar al Pórtete de Tarqui por Girón; en efecto,
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CAPÍTULO XIV. 171
la división del general Plaza , compuesta de dos batallones y un
escuadrón , ocupó á Girón el 24 de febrero. Sabiendo Sucre que
el ejército peruano aun permanecía en San Fernando , deter-
mina atacar á Plaza (febrero 26). Con tal designio se pone en
movimiento á las tres de la tarde , llevando tres mil seiscientos
hombres de pelea; empero una fuerte lluvia que sobreviene le
obliga á quedarse en Tarqui á las siete de la noche.
Miéntras descansa la tropa, sabe que la división Plaza ocupa
el Pórtete y que el resto del ejército peruano llegaría aquella
misma tarde á Girón. Resolvió, pues, empeñar una acción ge-
neral y al efecto dió todas las disposiciones necesarias. Ciento
. cincuenta hombres escogidos, apoyados por el escuadrón Ce-
deño, debían comenzar la batalla por una sorpresa. El resto
del ejército continuó su marcha á las doce de la uoche,y cerca
de las cinco de la mañana del 27 hizo alto la primera división,
compuesta de los batallones Rifles, Yaguachi y Carácas, á fin
de esperar á la segunda y á la caballería, que estaban muy atra-
sadas.
El general Plaza ocupaba una fuerte posición en la alta colina
del Pórtete, defendida al frente por una profunda quebrada : á
su derecha tenia breñas escarpadas, y á su izquierda un bosque
espeso.
Al rayar el dia una descarga de fusiles anunció que princi-
piaba el combate con el escuadrón Cedeño, y que el capitán
Piedrahita se habia extraviado. Rifles atacó al enemigo por su
derecha, y en breve le ayudaron el destacamento de Piedrahita
y los Cazadores de Yaguachi. Al mismo tiempo el comandante
general Flórez, con el resto de este batallón y el de Carácas, pe-
netra por el bosque de la izquierda enemiga. La división Plaza
cede al ataque combinado de nuestros valientes; ya estaba der-
rotada cuando apareció sobre la colina del Pórtete una gruesa
columna de Cazadores conducida por el general Lámar en per-
sona (febrero 27), que restableció por un momento la pelea :
al mismo tiempo subieron la colina dos batallones de la división
Gamarra con este jefe á su cabeza. Entónces la batalla vino á
ser general entre mil quinientos infantes colombianos unidos
al pequeño escuadrón Cedeño , y cinco milhombres de la infan-
tería peruana. La resistencia de esta fué obstinada entre las
breñas de nuestra izquierda. Mas no pudo sostenerse contra el
ataque denodado y simultáneo de Carácas, Yaguachi, Rifles y
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172 HISTORIA DE COLOMBIA.
Cedeño, reforzados con una sola compañía de Cazadores del
Cáuca. Por todas partes el enemigo plega,ysepone en completa
fuga con sus grandes mariscales Lámar y Gamarra, á quienes
persiguen vivamente por el desfiladero que desde el Pórtete
conduce á Girón, los comandantes Alzuru al frente de Yagua-
chi, Guevara con parte de Caracas, y el coronel Braun, que
dirige últimamente á Cedeño, mandado ántes por O'Leary. En
el tránsito hallaron al general Cerdeña, que habia conseguido
restablecer el órden en un fuerte cuerpo que fué deshecho por
el comandante Alzuru. Entre tanto Rifles persigue á los fugiti-
vos de la colina por los bosques y pantanos que yacen á su
espalda. Á las siete de la mañana se habia terminado el com-
bate. La segunda división colombiana llegó con grande senti-
miento suyo, cuando ya todo estaba concluido.
El enemigo perdió en esta batalla mas de dos mil quinientos
hombres, entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos, in-
clusos sesenta jefes y oficiales, contándose entre los primeros
al general Plaza. Se tomaron muchos fusiles, cajas de guerra,
banderas y otra multitud de despojos. Nosotros perdimos ciento
cincuenta y cuatro muertos, entre ellos tres jefes y seis oficia-
les, y tuvimos doscientos seis heridos.
Fué muy distinguida y gallarda en esta ocasión la conducta
del general Flórez, á quien mataron su caballo. En la mayor
parte se le debió el éxito brillante de la campaña que él habia
preparado con la disciplina y moral que inspirar supo al ejér-
cito del sur. El jefe superior, usando de las plenas facultades
que le habia conferido el Libertador, le ascendió á general de
división sobre el mismo campo de batalla, y á O'Leary de bri-
gada.
Distinguiéronse también los generales Hérez y Sándes , así
como los coroneles Cordero, Braun, León, Guerra, Wright y
otros varios oficiales, especialmente los comandantes de los
cuerpos Alzuru, Guevara, Lak y Camacaro; este, con su se-
gundo Nadal, y Vallarino, segundo comandante de Yaguachi,
murieron arrastrados por su impetuoso valor, que los condujo
sobre una masa de caballería enemiga, cuando iban desaperci-
bidos de tal riesgo.
El general Sucre expidió en el mismo día un decreto de ho-
nores y recompensas á los cuerpos que habian ganado tan im-
portante acción, concediendo medallas á los oficiales y soldados
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CAPÍTULO XIV. 473
que combatieron en ella. Debían tener este mote : — « Á los
vengadores de Colombia en Tarqui. » Declaraba que la junta
provincial del Asuay presentaría su medalla al general Flórez,
la que debia tener la siguiente inscripción : a El Asuay al ilus-
tre defensor del Sur. »
Lo mas notable de aquel decreto era una columna de jaspe
que se mandaba erigir sobre el campo de batalla, en cuyos tres
lados se leerían los nombres de los cuerpos que habian comba-
tido, de los generales y jefes, así como de los oficiales y solda-
dos muertos. En el lado opuesto al campo enemigo, se pondría
la siguiente inscripción, en letras de oro : — a El ejército pe-
ruano de ocho mil soldados, que invadió la tierra de sus liber-
tadores, fué vencido por cuatro mil bravos de Colombia, el 27
de febrero de 4829. »
Aun no habia cesado el fuego sobre el campo sangriento de
Tarqui, cuando el general Sucre, que diera á los Peruanos tan
brillante prueba del valor colombiano, quiso dársela también
de la moderación de sus jefes y de los sentimientos pacíficos
que los animaban conformes en todo á los del Libertador. En-
vió, pues, un oficial adonde Lámar, ofreciéndole una capitula-
ción que salvára los restos de su ejército. Aquel jefe preguntó
cuáles serían las condiciones y los comisionados para el conve-
nio. El general Hérez y el coronel O'Leary fueron nombrados
inmediatamente, y se suspendió la persecución del enemigo
destrozado en su mayor parte. Siguiendo el general Sucre las
instrucciones que tenia del gobierno colombiano, de no abusar
de la victoria, dió á sus comisionados como bases para el ajuste
de la paz los mismos artículos que habia propuesto en Oüa el
40 de febrero , y que Lámar rechazó entóncescon necio orgullo.
Tampoco sus negociadores quisieron admitir entónces aquellas
condiciones, y aun tuvieron la osadía de pedir que Colombia
abandonára á Guayaquil ; por esto se terminaron las conferen-
cias ya tarde. Luego que el general Sucre lo supo, envió un
mensaje al jefe peruano , diciéndole : que si no las aceptaba al
amanecer del 28, no concedería transacción alguna, sin que
á lJs bases de Oña se agregára — «la entrega del resto de sus
armas y banderas, y el pago efectivo de todos los gastos de la
guerra. »
Lámar reunió en aquella noche una junta de guerra, cuyos
miembros por unanimidad emitieron la opinión de que « fuera
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174 HISTORIA DE COLOMBIA.
cual fuese el partido que se adoptára,bien de combatir segunda
vez, ó de emprender una retirada hacia las fronteras del Perú,
el ejército se perderia infaliblemente (*). Por tanto que no habia
otro remedio sino capitular. » En consecuencia apénas rayaba el
dia siguiente cuando se presentó en nuestro campo un oficial
del estado mayor, solicitando por medio de un mensaje de La-
mar, que se suspendieran las hostilidades. En prueba de la
sinceridad con que deseaba la terminación de las diferencias
existentes entre las dos Repúblicas , decia á Sucre que cono-
ciendo este á todos los jefes del ejército peruano, escogiera para
comisionados que negociaran el convenio á los dos que le ins-
piráran mas confianza por su buena fe. El general colombiano
contestó que todos eran iguales para él, á pesar de que en Pa-
gichapa habia manifestado sus deseos de que el gran mariscal
Gamarra fuera uno de ellos.
Juntáronse en efecto á las diez de la mañana (febrero 28) los
comisionados colombianos general Flórez y coronel O'Leary con
los generales Gamarra y Orbegozo de parte del Perú, con plenos
poderes de una y otra parte. Apelaron los últimos para sacar
partido á la generosidad colombiana y á los intereses de frater-
nidad que debian existir entre los Americanos, vínculos sagra-
dos que habían desconocido los del Perú en la guerra fratricida,
que emprendieron contra sus libertadores por la ambición y
bajas pasiones de algunos Peruanos y de extranjeros residentes
en aquel país. Tales artes y el sistema de excesiva é impolítica
generosidad que el general Sucre habia determinado seguir,
produjeron sus efectos. El conveuio se firmó el mismo dia, y el
4° de marzo fué ratificado, quedando así terminada una cam-
paña de treinta dias, que añadió nuevos lauros á los jefes, ofi-
ciales y soldados del ejército colombiano.
Estipulóse por el convenio de Girón, que las fuerzas milita-
res del norte del Perú y del sur de Colombia se reducirían á
tres mil hombres en cada país; que se arreglarían los límites
de ambos Estados por una comisión, á la que serviría de base
y punto de partida la división política de los vireinatos de la
Nueva Granada y del Perú en agosto de 1809; que la ini§ma
comisión liquidaría la deuda del Perú á Colombia, que se pa-
(1) Así lo dijo oficialmente al congreso del Perú el secretario de la guerra
en una Memoria.
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CAPÍTULO XIV. 175
garia dentro de diez y ocho meses ó eii el término que se con-
viniera; que se concederían los reemplazos por las bajas que
sufrió el ejército colombiano auxiliar al Perú, y que se daría
igualmente una satisfacción por haberse expelido al agente co-
lombiano residente en Lima. Se declaró que ninguna de las
partes contratantes tenia derecho de intervenir en los negocios
domésticos de la otra. Este punto y otros varios se debian arre-
glar por un tratado definitivo de paz, á cuyo efecto se juntarían
los comisionados de ambas repúblicas en Guayaquil en el mes
de mayo próximo. Ademas, se comprometió el jefe peruano á
nombre de su gobierno á devolver la corbeta Pichincha, entre-
gada por traición ; á pagar dentro de un año ciento cincuenta
mil pesos para satisfacer las deudas contraidas por la escuadra
y ejército del Perú en los departamentos de Guayaquil y Asuay;
a desocupar el territorio colombiano dentro de veinte dias, de-
volviendo en el mismo término la ciudad de Guayaquil con su
marina y demás efectos, que los Peruanos recibieron en depó-
sito, levantándose también el bloqueo de los puertos colombia-
nos del Pacífico. Por último se declaraban las seguridades ó
garantías que tendrían los Colombianos en el Perú, y los Pe-
ruanos en Colombia ; que se solicitaría de los respectivos go-
biernos un decreto de amnistía para todas las personas que se
hubieran comprometido en la presente guerra ; y que en esle
tratado preliminar quedaría iniciada una alianza defensiva
entre las dos repúblicas, contra toda agresión extranjera que
atentara destruir la independencia y los derechos nacionales.
Convínose en que las bases anteriores serían forzosas para el
tratado definitivo que debia celebrarse.
En el estado en que se hallaba el ejército peruano, destruido
en su mayor parte, perdida su moral y enteramente desalen-
tado, estas concesiones del jefe colombiano parecieron á todo
el mundo demasiado Amplias, y que Sucre habia consultado
en ellas mas bien á la generosidad de su noble corazón, que á
las exigencias de la política y de los intereses de su patria. En
hora buena que no hubiese abusado de la victoria, ni humi-
llado las armas, ni al pueblo peruano, motivos que él mismo
decia á su gobierno que habian influido en su conducta. Em-
pero debió exigir garantías suficientes para asegurar la devolu-
ción de la importante plaza de Guayaquil y la termiuaciou de
la guerra. No habiéndolo hecho, es claro que se dejó engañar
»
t
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476 HISTORIA DE COLOMBIA.
por Lámar y sus negociadores, y que en la mayor parte perdió
el fruto de Ja victoria y de tantos sacrificios como hasta entón-
ces habia costado la guerra.
Sucre podia alegar en su defensa que sus tropas hambrientas
carecían enteramente de vituallas, que era difícil conseguir.
Era también cierto que durante el combate se habian deser-
tado muchos de los reclutas que se hallaban en las filas colom-
bianas, lo que disminuyó considerablemente su número. Parece
que estos motivos influyeron en la resolución que adoptara de
negociar.
El ejército peruano, reducido á dos mil quinientos hombres,
restos de ocho mil cuatrocientos con que invadiera á Colombia,
emprendió su retirada el 2 de marzo por la ruta de Loja, que se
le habia trazado. Su jefe Lámar, que se precipitó en aquella
guerra impendo por su envidia, por su odio personal hácia el
Libertador y por el de un partido peruano que se movia por
las mismas innobles pasiones, no sacó de la campaña mas que
ignominia. Habia soñado dar la ley á Colombia y abatir al Li-
bertador quitándole el mando por medio de revoluciones y
motines promovidos entre los Colombianos; pero halló muy
pocos traidores á su patria. Así vió disiparse en Tarqui sus lo-
cas esperanzas de ser el primer capitán de la América del Sur,
venciendo á Bolívar y á Sucre. Añaden algunos que tampoco
pudo realizar otras miras harto criminales en favor de la Es-
paña, de quien varios le creian un agente secreto, hecho que no
podemos asegurar (i).
Derrotado y completamente humillado el ejército peruano,
veamos ahora la suerte que habia cabido á los auxiliares que
Obando capitaneaba en el valle insalubre de Patía, y sobre todo
en las rocas de Pasto. Este partidario alimentaba en el mes de
enero el entusiasmo de los Pastusos con mil y mil cuentos.
Unas veces les decia que iban á triunfar porque veinte y cinco
mil Peruanos habian destruido al ejército del gobierno y ocu-
pado á Quito, motivo por el cual se retiraba Flórez de los Pas-
tos ; otras fingía triunfos y revoluciones hechas por su partido
que aseguraba les darían bien pronto una victoria decisiva^
Para desvanecer estas ilusiones, y atraer á los pueblos sedu-
cidos, el Libertador dió una proclama á los habitantes de las
(1) Véase la nota 15*.
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CAPÍTULO XIV.
177
provincias de Popayan y Pasto, elogiando á los que se habían
mantenido fíeles ásus deberes, y disculpando á los extraviados.
Expidió también el 26 de enero un amplio decreto de perdón
y olvido á todas las personas comprometidas en la revolución
con tal de que se presentárau dentro de veinte dias á prestar
juramento de fidelidad al gobierno de la República, deponiendo
ántes las armas. En el mismo decreto se conminaba con la
pena de muerte á los que continuáran haciendo la guerra al
gobierno ó reincidieran en este delito.
Tan amplia amnistía, apoyada por el prestigio del Libertador,
por una pastoral del reverendo obispo de Popayan, y una co-
misión de paz compuesta de los respetables eclesiásticos docto-
res Mariano ürrutia, José María Grueso y Belisario Gómez, pro-
dujo los mas felices resultados. Los jefes de guerrillas que ha-
bían seguido á Obando, Manuel María y Jacinto Córdoba, Manuel
María Vargas y otros, así como la parroquia y el valle entero
de Patía, quedaron pacificados y obedientes al gobierno dentro
de pocos dias, y la insurrección confinada al cantón de Pasto.
El Libertador, que deseaba ardientemente volar al Ecuador
con las fuerzas veteranas de que se componía la división Cór-
doba, la hizo partir de Popayan el 10 de febrero, y él mismo
siguió en pos de ella. Iba adelante la comisión de paz que
anunciaba el perdón y olvido. Obando y los comisionados por
la municipalidad de Pasto tuvieron en el puente del Mayo y
en el rio Juanambú algunas conferencias con los eclesiásticos
portadores del decreto de amnistía. Eran muchas sus exigen-
cias y pretendían dar la ley al Libertador haciendo una capitu-
lación escrita, que firmaron en la Cañada y cuya ratificación
pedían como si fuera un tratado entre naciones beligerantes.
Mas el Libertador la imprueba, y el 2 de marzo expide un
decreto en el puente del Mayo, que fué aceptado por Obando y
los Pastusos. Üióles por este una amnistía plena, de vidas,
propiedades y empleos, haciéndoles algunas otras concesiones.
Las principales fueron, que en el cantón de Pasto no se exigi-
ría en un año contribución alguna ordinaria ó extraordinaria;
estS como indemnización de los males que habían sufrido sus
habitantes, ni se tomarían reclutas por el mismo tiempo ; que
á Obando se le conservaría en la comandancia de Pasto, deján-
dole las armas que tenia ; que allí sería empleado López, y se
premiaría según sus méritos y servicios a los demás jefes y ofi-
TOMO IV. 12
♦
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i'H HlSTUltlA 1)R COLUMUIA.
cíales que estaban actualmente sirviendo en Pasto. También se
eximió de responsabilidad á los jefes y subalternos por todos
los efectos que hubieran tomado para el sostenimiento de las
tropas disidentes. En esta concesión general se comprendían las
barras y tejos de oro de particulares que habían quitado á un
correo de Barbacoas y repartídose entre los insurrectos ; conce-
dióles aun, que pudieran introducir dicho oro en la casa de
moneda de Popayan sin pagar derechos, pues dijeron que ya
los habían satisfecho al colector de rentas de Pasto (i).
Bolívar, arrastrado por la necesidad de oponerse á los Perua-
nos, se vio compelido á hacer tan excesivas concesiones : él
solo pensó en evitar la sangre que podía correr en las formida-
bles rocas del Juanambú, y en abrirse paso para defender el
territorio colombiano. Esperaba que medidas posteriores po-
drían asegurar la tranquilidad del país, y que su generosidad
le ganaría el afecto de Obando, López y de los Pastusos. El
orgullo de estos creció, jactándose de haber dado la ley al pre-
sidente de la República, y desde Popayan al Guaitara los pue-
blos quedaron bajo la férula de Obando y de sus guerrilleros,
cuyos sueldos se mandaron pagar de preferencia á los de los
fieles servidores de la patria. Bolívar cometía con frecuencia
este defecto ; era excesivamente generoso con sus enemigos, á
quienes pretendía ganar, y muchas veces olvidaba á sus ami-
gos, de cuyo afecto se creia seguro. Con esta singular conducta
no ganaba á sus encarnizados enemigos y perdía el cariño de
sus partidarios.
Habiendo quedado libres con el decreto de 2 de marzo el
paso del Juauainbú y las fortificaciones que Obando y los Pas-
tusos habían hecho en Matab.ijoy, el Libertador se trasladó á
Pasto, cuyos sencillos habitantes le recibieron con júbilo é hi-
cieron demostraciones de un puro regocijo, lo mismo que sus
jefes, empleados y corporaciones. Pareció que la reconciliación
había sido sincera, según las muestras que dieron al Liberta-
dor de sumisión y respeto. El mismo Obando publicó una pro-
clama á los habitantes de Pasto y de Patía, llamando á los
Peruanos, que antes eran sus auxiliares, pérfidos de la tierra1, y
excitando á los Pastusos á que marcharan en pos — « del gran
soldado que les diera gloria, patria y libertad. »
(1) Véase la nota 16».
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<:apítuí.o xiv. 179
Al siguiente dia de baber entrado en Pasto supo el Liberta-
dor los brillantes sucesos de las armas colombianas en el sur,
y poco después recibió el convenio de Girón. Partió en conse-
cuencia para Quito, deseoso de activar el tratado definitivo de
paz, del que debían ser preliminares los artículos del men-
cionado convenio : el 17 de marzo arribó á la capital del
Ecuador.
Pocos dias estuvo el Libertador presidente en la ilusión de
que se hubiera terminado la guerra. Como desde el campo de
Girón habían partido los generales colombianos Cordero y
Sándes, junto con el ayudante general de Lámar, don Manuel
de Porras, los primeros á recibir, y el último á mandar entre-
gar la plaza de Guayaquil, se aguardaba con ansia el resultado.
Este de ningún modo fué satisfactorio. Súpose que á los comi-
sionados de Colombia se les habia mantenido como presos en la
corbeta Libertad, sin permitirles ir á tierra, por disposición del
coronel don José Prieto, comandante de las fuerzas peruanas
en Guayaquil ; súpose también que este jefe habia reunido el
i 2 de marzo una junta de guerra, que determinó que no se
cumpliera con la devolución de la plaza, hasta no recibir órde-
nes directas del gobierno peruano; que entre tanto cesaran las
hostilidades si de parte de Colombia se concedía un armisticio
de cuarenta y cinco dias ; de lo contrario que se continuara la
guerra. De esta manera un jefe subalterno tomó aparentemente
sobre sí la responsabilidad de romper un convenio solemne que
celebró el jefe de su gobierno revestido por el congreso peruano
con facultades omnímodas para hacer la guerra y ajustar la
paz. Pero este procedimiento fué hijo de la negra perfidia del
gran mariscal Lámar. Su mismo ayudante Pórras llevó á Prieto
la órden para que no devolviera la plaza, hecho que se averi-
guó con evidencia ; así como que los jefes peruanos habían fir-
mado el convenio de Girón con el objeto de impedir un se-
gundo combate, al que las reliquias de su ejército no podían
resistir, é infaliblemente morirían ó serian hechos prisioneros.
Con^razon, pues, hemos dicho que Sucre se dejó engañar,
creyendo que los jefes peruanos participaran de los nobles y
caballerosos sentimientos que animaban al gran mariscal de
Ayacucho.
Un oficio de Lámar á este, fechado enGonzanamá, cuando ya
los restos miserables de su ejército estaban fuera del alcance
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180 HISTORIA DE COLOMBIA.
del nuestro, vino á descorrer enteramente el velo que cubría
su mala fe (marzo 47). En aquel documento se quejaba de los
términos en que estaba concebido el parte de Sucre á su go-
bierno sobre la batalla de Tarqui, el que decia era injurioso á las
armas del Perú ; como también de asesinatos de oficiales prisione-
ros, y de otros actos de venganza que ocurrieron en Tarqui sin
noticia ni consentimiento de los jetes principales del ejército co-
lombiano, los que no podían por tanto ser responsables. Insistia
mucho sobre el deshonor que resultaría al Perú de que se eri-
giese en el campo de Tarqui la columna decretada por Sucre, para
perpetuar la memoria de su espléndido triunfo, decreto que ha-
bi a precedido al convenio de Girón. Apoyado en tan fútiles argu-
mentos, decia Lámar haber dado órdenes para que se suspen-
diera la devolución de Guayaquil, y el cumplimiento de los
tratados de Girón, mientras se destruían aquellos documentos
odiosos y se dabau al Perú condignas satisfacciones. « De otro
modo, anadia, será indispensable, violentando los deseos de la
República peruana, que en realidad aspira á una paz que no
manche su honor ni comprometa su responsabilidad, volar á
impedir que se fije ese monumento de infamia. » Ridicula fan-
farronada que de ningún modo se acordaba con el estado mise-
rable de su ejército.
Este al retirarse por la provincia de Loja cometió graves ex-
cesos contra los pueblos indefensos , saqueando sus propiedades
y asesinando aun á personas distinguidas, como á dos indivi-
duos de la familia de Valdivieso , manifestando así la rabia que
devoraba á los Peruanos por su malhadada invasión. Á pesar
de haber recogido algunos dispersos y varios destacamentos,
Lámar pudo apénas reuuir dos mil seiscientos hombres de todas
armas, cuando repasó el rio Macará en 22 de marzo. Acanto-
náronse los restos en la provincia de Piura , donde sus jefes se
dedicaron á reorganizarlos , y á aumentar su número para la
continuación de la guerra.
El Libertador, confiado en la buena fe con que juzgó algunos
dias que se cumplirían las estipulaciones de Girón , habia dado
órdenes para despedir del servicio militar á los reclutas y á las
milicias; pero desengañado de que en la administración pe-
ruana presidida por Lámar no habia fe alguna , por muy so-
lemnes que fueran sus comprometimientos, vió que se hallaba
Colombia en la triste necesidad de continuar la guerra. En
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CAPÍTULO XIV. 181
consecuencia dictó las providencias mas activas para aumentar
el ejército, para que la división Córdoba situada en Pasto se
acercara á Quito , y para que continuaran sus marchas al Ecua-
dor varios cuerpos veteranos de tropas acantonados por escalo-
nes desde Popayan hácia el norte. Dispuso también que el mi-
nistro de la guerra general Urdaneta formara un ejército de
reserva de cuatro mil hombres en los departamentos de Boyacá
y Cundinamarca. Mas lo que atribulaba al Libertador y á su
gobierno en aquellas circunstancias difíciles era la escasez de
fondos públicos para ocurrir á los gastos de la guerra , la mise-
ria de los pueblos, especialmente del sur, donde era su teatro,
y lo cansados que se hallaban del estado continuo de agitación
en que por tantos años habia estado Colombia : sus habitantes
deseaban paz y reposo; empero la paz y el reposo huían de sus
hogares.
Para calmar los espíritus y manifestar á los pueblos sus ar-
dientes deseos de paz y sus miras futuras , el Libertador dio
una proclama (abril 3) en que decia á los Colombianos no ha-
berse cumplido el convenio de Girón, y que eran precisos nue-
vos sacrificios y combates para recuperar á Guayaquil. Pero
que reintegrado el territorio de la República pediría la paz á
los vencidos. « Tan moderada conducta, añadía, desmentirá á
la faz del universo nuestros proyectos de conquistas y la in-
mensa ambición que nos suponen. Y si después de estos rasgos
de noble desinterés y de desprendimiento absoluto, nos com-
baten todavía, nos calumnian y nos quieren oprimir con la opi-
nión del mundo, responderemos en los campos de batalla con
nuestro valor, y en las negociaciones con nuestros derechos. »
Estos mismos eran los sentimientos que animaban al Liber-
tador desde que envió al comisionado O'Leary, los que nunca
desmintiera durante la cuestión peruana. Así contestaba victo-
riosamente á las negras calumnias é invectivas que se publica-
ban en Lima contra sus proyectos de dominación y de conquista,
los que se repetían por la imprenta en Buenos Aires y aun en
Méjico. El brillo de Colombia, sus triunfos espléndidos, y la
autoridad ilimitada concedida temporalmente á Bolívar, la que
se suponía arrancada á los pueblos por la fuerza , habían exci-
tado en esta época la envidia, los zelos y temores infundados
en las nuevas Repúblicas americanas , de que pretendiera Co-
lombia extender su dominación á los Estados limítrofes. Bolívar
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182 HISTORIA DE COLOMBIA.
contestaba á estas calumnias y desconfianzas manifestando una
gran moderación, que debia llegar hasta donde lo permitiera
el honor nacional.
Como este exigia prontas y enérgicas medidas para vindi-
carlo, arrojando á los Peruanos del importante departamento
de Guayaquil, dedicóse el Libertadora promover desde Quito
aquella empresa. El mando de las tropas que debían acometerla
se confió al general Flórez, porque Sucre después del triunfo
de Tarqui y del arribo del presidente al Ecuador, se habia reti-
rado nuevamente á la vida privada, que hacía entonces sus
delicias. Puesto Flórez á la cabeza de algunos cuerpos se avanza
hasta Samborondon en las llanuras de Guayaquil, saliendo sus
tropas victoriosas en pequeños é insignificantes combates. Em-
pero la naturaleza oponia obstáculos insuperables para la ocu-
pación de la ciudad capital en los meses de abril y mayo. Las
llanuras bajas que la rodean estaban cruzadas por ríos, que
saliendo de su cauce en la estación de las lluvias forman este-
ros, caños y lagunas intransitables para tropas. Ademas, los
Peruanos dominaban los ríos navegables con sus fuerzas sutiles,
y con los buques mayores la ria de Guayaquil ; así era imposi-
ble avanzar contra un enemigo que no presentaba cuerpo al-
guno que se pudiera batir.
Añadióse á tan graves dificultades la de haber sido reforzada
la guarnición de Guayaquil con dos batallones de infantería, que
contaban mil cuatrocientos hombres, y cuatro escuadrones con
trescientos ochenta y cinco jinetes (abril 18). Lámar enviaba
estas fuerzas desde Piura á las órdenes del general Necochea ,
oficial bien distinguido como jefe de caballería y como ene-
migo del Libertador. Ascendieron entónces las tropas que
guarnecían á Guayaquil á mas de dos milhombres, fuera de la
escuadra y buques menores (i).
Con estos refuerzos vino á ser inútil y aun peligrosa la per-
manencia del general Flórez en Samborondon : hizo, pues, un
movimiento retrógrado situándose en Baba. Entre tanto el ge-
neral Illingrot ocupaba siempre la villa y cantón de Daule con
algunas fuerzas. *
Esta retirada excitó el orgullo de los Peruanos; mas en breve
sufrieron un golpe funesto y en extremo sensible. Tal fué el
(1) Véase la nota 17«.
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cap/tilo xiv.
incendio repentino y destrucción de la fragata Presidente en la
ria y á ménos de una milla distaute de Guayaquil. Una vela
encendida que un mozo dejó caer sobre un poco de aguardiente
el 18 de mayo fué causa del fuego , que se descubrió ya muy
avanzado. La tripulación abandonó el buque y este ardió desde
launa hasta las cuatro de la tarde, á cuya hora, prendiéndose
el almacén de pólvora hizo la explosión , y abriéndose el casco ,
se hundió. Los habitantes de la ciudad huyeron despavoridos á
los campos, temiendo que esta se arruinara; pero felizmente la
explosión fué ménos de lo que se esperaba y se redujo á la des-
trucción de la fragata con todos los aprestos navales que en ella
existían, pues nada se pudo salvar.
Entre tanto el Libertador se hallaba en Quito, ocupado en al-
gunos arreglos de administración para aliviar á los departa-
mentos meridionales de los males que sufrían por la continua-
ción de la guerra y por otras varias causas. Á fin de conseguirlo,
obteniendo antes los mas seguros informes acerca de los hechos
existentes, estableció en Quito una junta que llamó de distinto,
compuesta de catorce miembros , dos por cada provincia de las
siete en que estaban divididos los departamentos del Ecuador,
Guayaquil y Asuay. Sus principales objetos debian ser : pre-
sentar al gobierno toda clase de peticiones y memorias útiles á
las provincias del sur; formar provéelos de decretos y regla-
mentos sobre la hacienda pública y demás ramos de la adminis-
tración; dar su opinión fundada acerca de los decretos de la
administración general de la República, que fueran perjudicia-
les ó inadaptables á los departamentos del sur; evacuar final-
mente los informes que el gobierno pidiera á la junta respecto
de las personas capaces de desempeñar los destinos públicos
dentro del distrito, y denunciar á los que por su incapacidad ó
mala conducta no merecieran obtenerlos. El mismo Libertador
escogiólos miembros de la junta, á la que debía presidir el
jefe superior, y por su falla el doctor José Fernández Salvador.
Algunos creían que iban á resultar grandes bienes de los traba-
jos de esta junta; otros opinaban que se aumentarían los regla-
mentos excepcionales y se harían mas heterogéneas las leyes de
Colombia.
También se ocupaba el Libertador en reunir tropas y au-
mentar el ejército para hacer al Perú una guerra activa que le
arrancara la paz , deseo dominante de Bolívar. Había tentado
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184 HISTORIA DE COLOMBIA.
cuantos medios le parecieron compatibles con el honor nacio-
nal, á fin de que el gobierno peruano cumpliera el convenio de
Girón, aun dirigiéndose al vicepresidente don Manuel Salazar,
que mandaba en Lima. Á sus insinuaciones de paz respondían
Lámar y sus partidarios con un grito de guerra, que lanzaba su
amor propio ofendido por la ignominia que cayera sobre ellos
en los campos de Tarqui. Arrastrado por estos sentimientos de
irritación, el ministro de relaciones exteriores en Lima pu-
blicó un manifiesto ridículo en su mayor parte, sobre los moti-
vos que tenia el Perú para no cumplir el convenio y capitula-
ción de Girón. Fundábase en que Lámar no pudo celebrarlo
porque solo era general en jefe , y que necesitaba ser aprobado
por el congreso ; sin acordarse que este, en su decreto de 20 de
mayo de 1828, habia autorizado á Lámar para retener el mando
político , aunque se hallase al frente del ejército , y que todo
general puede capitular cuando lo exige una necesidad impe-
riosa, como la derrota de Tarqui. Anadia que las estipulacio-
nes firmadas en Girón eran ignominiosas á pesar de no haberse
exigido en ellas sino lo que el Perú habia prometido hacer desde
ántes , como el pago de las deudas contraidas para obtener su
independencia, el arreglo de límites ofrecido muchas veces,
dar reemplazos y devolver á Guayaquil, ciudad que se le habia
entregado en depósito.
Apoyado el gobierno del Perú en tan frivolos como injustos
pretextos, anunció que no le eran obligatorias las estipulaciones
de Girón. En consecuencia se dedicó muy activamente á juntar
tropas y recursos de toda clase para dirigirlos hácia Piura y
Guayaquil , á fin de contrarestar los esfuerzos de Colombia y
del Libertador. Mas para conseguirlo era preciso exigir á los pue-
blos nuevos y costosos sacrificios, y ya estaban cansados con los
que dieron para la invasión que Lámar hizo en el territorio
colombiano ; estos en su mayor parte fueron perdidos en la
campaña , tanto por la mala administración é imbecilidad de
aquel general , como por la disipación de los jefes y oficiales
subalternos , muchos de los cuales se apropiaban las caballerías
y otros objetos arrancados á los pueblos para el ejército. Nfoti-
vos tan poderosos daban fuerza á un partido de oposición al
gobierno de Lámar, el que declamaba contra la guerra , y opi-
naba que debia ajustarse la paz. Esperábase , aunque vaga-
mente, que este principio de choque en las opiniones y partidos
t
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CAPÍTULO XIV.
18:í
políticos en el Perú proporcionaría acaso al¿;un feliz desenlace
á Colombia para conseguir la paz , sin que fuera necesario der-
ramar nuevamente la sangre americana. Sérias desavenencias
y hasta una sublevación habían ocurrido en el Cuzco , según
las noticias que circulaban.
Deseoso el Libertador de aprovechar cualquiera circunstan-
cia que se le presentára , salió de Quilo el 24 de mayo y se de-
tuvo algunos dias en Riobamba. Estaba decidido á seguir con
la división Córdoba y otros cuerpos veteranos á hacer una rá-
pida excursión contra la provincia de Piura á fin de batir y dis-
persar al ejército peruano que allí existia. Habían llegado á su
noticia las desavenencias de sus jefes, y aun sabia confusamente
que se tramaba una revolución que sería favorable á Colombia.
Mas habiéndosele informado que estaba ya sufocada, varió de
resolución , decidiéndose á seguir sobre Guayaquil. Influyó en
la variación del plan el incendio de la fragata Presidente. Era
esta una pérdida irreparable para el gobierno del Perú , sobre
todo en aquellas circunstancias. En virtud de las activas provi-
dencias del gobierno de la República , navegaban ya hácia el
Pacífico la hermosa fragata Colombia y la corbeta Urica. Debían
seguir la misma ruta la fragata Cundinamarca y otra corbeta.
No habia duda alguna de que con estos cuatro buques y aun
con los dos primeros tendríamos en el Pacífico una superiori-
dad decidida, si duraba la guerra contra el Perú (1).
En la fragata Cundinamarca siguieron á Puertocabello el ge-
neral Santander , Arganil , Canijo y otros de los conspiradores
ó personas que por sus exaltadas opiniones precedentes se man-
daron trasladar á Venezuela, donde se les permitía residir. San-
tander estuvo preso en Cartagena en el castillo de Bocachica
desde diciembre último. El gobierno del Libertador habia temido
que poniéndole en libertad, sus fuertes y rencorosas pasiones le
impelieran á unirse á los Peruanos, y volver armado contra su
patria. Esta detención fué el origen de repetidas quejas y re-
fí) La fragata Colombia arribó sola á Guayaquil después de ajustada la
paz con el Perú, y pasado algún tiempo se quemó en aquella ría. La Urica
regresó de Montevideo por un motín de los oÜciales contra el comandante.
Brown ; pero el señor Juan María Gómez , nuestro encargado de negocios
en el Brasil, consiguió devolverla á Venezuela, adonde arribára el año
siguiente.
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186 HISTORIA DE COLOMBIA.
presentaciones que dirigiera al Libertador contra la estrechez
de su prisión y el celo con que se le supervigilaba. Habiendo
pedido algunas veces que se le permitiera salir á un país ex-
tranjero, Bolívar autorizó al consejo de ministros para que de-
cidiera si convenia ó no darle tal permiso. La decisión fué con-
cedérselo y prevenir al prefecto de Cartagena que le enviára á
Puertocabello en la fragata Cundinamarca, lo que se verificó en
el mes de julio.
El Libertador realizó inmediatamente su determinación de
marchar hácia Guayaquil á la cabeza de varios refuerzos á fin
de apoderarse de aquella plaza y completar el reintegro del
territorio colombiano. Situado en Baba resuelve ocupar de
nuevo á Saborondon (junio 16); lo ejecuta por una marcha rá-
pida, pues las tropas del Perú se retiran á la plaza después de
un tiroteo que hubo con nuestras fuerzas de tierra , y algunos
esquifes ó pequeños buques de guerra que se habian armado.
En seguida el ejército continuó sus marchas hasta que el 26 de
junio fijó Bolívar su cuartel general en Buijo, hacienda situada
en la confluencia de los hermosos rios de Babahoyos y Daule, á
fin de acercarse á Guayaquil.
Aun tenia graves dificultades que superar para la ocupación
de aquella plaza por lo anegadizo y mal sano del país, y por la
multitud de rios y caños que lo cortan, dominados en su mayor
parte por los buques y fuerzas sutiles del enemigo. Motivos tan
poderosos han hecho decir á los conocedores, que el Libertador
se equivocó enteramente al emprender esta campaña sobre
Guayaquil en una época del año en que nada ó muy poco po-
día adelantar, por los obstáculos insuperables que oponía el
país anegado, las fuerzas sutiles de los Peruanos, y lo insalubre
del clima. Aseguran que cerca de tres mil hombres perecieron
entonces víctimas desgraciadas de las fiebres y de otras enfer-
medades. La campaña sobre Guayaquil debió diferirse para
una época mas oportuna, pues en aquella no parecía probable
que se pudiera tomar la plaza. Sin embargo , de repente vinie-
ron á allanar el camino de la paz revoluciones que hacía aljjun
tiempo se fraguaban en el Perú.
Ya hemos indicado el descontento de los pueblos por los
grandes sacrificios que les obligaban á hacer para la guerra con-
tra Colombia, guerra en que no veían objeto alguno nacional ,
sino el saciar las pasiones vengativas de Luna-Pizarro, Neco-
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CAPÍTULO XIV. 187
enea, Lámar y de otros que la sostenían por su odio contra el
Libertador. Ambiciosos intrigantes se apoderaron de tan justo
descontento para elevarse sobre ¿as ruinas del partido Lámar,
que no tenia hombres de talentos gubernativos, y que babia re-
ducido casi todos los ramos de la administración peruana á un
verdadero cáos. Aprovechándose de estas favorables circunstan-
cias, y de que Lámar era un extranjero nacido en Colombia ,
los generales don Antonio Gutiérrez de Lamente, y don Agus-
tín Gamarra, obrando de consuno , determinan apoderarse al
mismo tiempo del gobierno supremo y del mando en jefe del
ejército del norte. Lamente acababa de llegar á Lima con la
tercera división del ejército formada en el sur y destinada á
Guayaquil, viaje que repugnaba á todos los que la componían.
Así, poniéndose de acuerdo con el mismo Lamente los princi-
pales jefes y oficiales le dirigen desde la quinta de la Magdalena
una larga representación en que le pintan los males que sufría
la patria á causa de la guerra en que se habia comprometido á
la nación ; porque Lámar no era presidente legítimo , y porque
— « un gobierno (tales eran sus palabras) nulo , sin prestigio ,
sin respeto y sin sistema , no prometía ninguna esperanza. »
En consecuencia pedían á Lafuente que se resolviese á asumir
el mando político y militar de la República y á reunir pronta-
mente la representación nacional á fin de que eligiera el jefe
que en lo sucesivo debia mandar. Concluían con la protesta de
todos los revolucionarios — « de que estaban decididos á salvar
el país á cualquiera costa. »
Seguro del triunfo por tener á su devociou la única fuerza que
existia en Lima, el general Lafuente determina encargarse del
gobierno. Abandonado el vicepresidente don Manuel de Salazar
y Baquijano dimitió su destino en Lafuente, cuya renuncia fué
aceptada en 5 de junio por la diputación permanente del con-
greso. Al siguiente dia Lafuente se hizo cargo del poder ejecu-
tivo con el título de — « jefe supremo provisorio ,» miéntras se
instalaba el congreso, lo que debia ser pronto. Con la hipocresía
acostumbrada por algunos de los jefes militares de nuestras
mamadadas repúblicas dijo á los Peruanos , que asumía el
mando supremo porque de lo contrario — a se haria responsa-
ble ante Dios y los hombres, si desoyese la voz de los pueblos
y del ejército, que habían clamado por que se pusiera al frente
de los enemigos. »
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HISTORIA DE COLOMBIA.
Casi al mismo tiempo que habia sucedido este cambiamiento
en Lima, ocurrió otro semejante en Piura. El gran mariscal don
Agustín Gamarra dirigió en 7 de junio una larga carta al gene-
ral Lámar concebida en el tono de la amistad , pero que conte-
nia duras verdades. Decíale que el Perú caminaba á una abso-
luta ruina por los desaciertos de su gobierno, y por los partidos
que por do quiera habia promovido ; que estaba dominado por
la facción de Luna-Pizarro y daba su confianza á jóvenes inex-
pertos ; que el descontento era general y que se hallaban con-
movidos los departamentos del sur, sin que él lo supiera; que
el Perú estaba decidido á no sufrir por mas tiempo el ultraje de
su constitución política , que prevenía rigiera a la nación un
Peruano de nacimiento, y que Lámar no lo era. Concluía acon-
sejándole que fuera generoso y renunciára con decoro el mando
que obtenía inconstitucionalmente , para que lo ejercieran los
Peruanos, verdaderos interesados en la felicidad de su patria ;
añadía que él estaba decidido á satisfacer los deseos de sus com-
patriotas.
Consejos dados con tanta decisión , apoyados en tales moti-
vos, y en la fuerza del ejército del norte, que estaba seducido
contra su jefe, eran obligatorios y una verdadera revolución.
Así no quedó á Lámar otro arbitrio que renunciar la dirección
de la guerra contra su patria, y el mando en jefe de las armas,
en el mismo general Gamarra. Este le hizo embarcar dentro de
dos dias, y le deportó á la república de Centro-América. Justo
castigo que le diera la Providencia por los males que habia he-
cho sufrir á los pueblos y por la sangre derramada en la guerra
entre Colombia y el Perú , debidos á las pasiones de Luna-Pi-
zarro, de Lámar, de Vidaurre y del partido que los sostenía (i).
En el momento que cayó aqueste partido , enemigo gratuito
de Colombia y del Libertador, la opinión pública del Perú les
dió la justicia y por todas partes la imprenta anatematizó la
guerra que se nos hacía , como impolítica , injusta é innecesa-
ria. Lamente y Gamarra fueron los órganos principales de
aquella opinión, y justificaron completamente á Colombia j al
(1) Murió Lámar dentro de poco en su destierro, probablemente de pena,
olvidado como hombre público de todo el mundo, y sin patria; una ambi-
ción desmedida le hizo atacar á la suya, donde podia haber obtenido altos
honores y distinciones por las vías legales.
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CAPÍTULO XIV. t 80
Libertador. Bastará oir al primero en su proclama inaugural :
« Una guerra , decía , insensata y fratricida provocada artificio-
samente con depravados designios ; una invasión del territorio
extranjero ejecutada con la mas insigne indiscreción ; la cam-
paña que, dirigida por las máximas mas obvias del arte militar,
hubiera debido producir laureles á nuestros bravos guerreros ,
terminada con desdichas é inmerecido oprobio ; los valientes
salvados de las consecuencias primeras de la ineptitud, conde-
nados después á perecer lastimosamente ; el nombre peruano
sin mancilla en medio de los antiguos reveses de la fortuna ,
ahora pronunciado con desprecio por las naciones y con baldón
por un pueblo hermano; la constitución y las leyes holladas por
satisfacer privados é innobles resentimientos y para arrancar á
la indigencia contribuciones onerosas destinadas á fomentar la
funesta lucha; los campos yermos, las familias desoladas, cega-
dos todos los manantiales de la prosperidad pública... hé aquí
en bosquejo el triste, el espantoso cuadro que presenta el Perú,
cuando debia ya saborear en paz y alegría los goces de la abun-
dancia y de la dicha social. 0
Conforme á estos principios anunció Lafuente en la misma
proclama que uno de los objetos primordiales que se proponía
era : « la celebración de un convenio que suspendiese las hosti-
lidades que estaban causando el escándolo de América. » Así
fué que al comunicar á Gamarra los acontecimientos del 5 de ju-
nio, le confirmó en su destino de general en jefe del ejército del
norte, y le previno — « que inmediatamente se pusiera en co-
municación con el jefe de las fuerzas colombianas , á fin de
tratar sobre la celebración de un convenio militar ó suspensión
de hostilidades, que subsistiera hasta tanto estuviese reunido el
congreso, y deliberase sobre la gran cuestión de la paz ó de la
guerra. »
En breve supo el Libertador estos sucesos , y que á conse-
cuencia de ellos el general Necochea y seis jefes mas de la divi-
sión que guarnecía á Guayaquil, habían dimitido sus respecti-
vos mandos embarcándose para el Callao; en consecuencia el
gobierno de la plaza recayó en el coronel español de nacimiento
don Miguel Benavídes. Intimó, pues, á este que la entregára en
cumplimiento del convenio de Girón. Habiendo contestado que
tenia órdenes expresas de sostenerla á todo trance, añadió : que
el Libertador podia entenderse con el general Gamarra, y que
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HISTORIA DE COLOMBIA.
si para esto creyese necesario un armisticio , estaba pronto á
ajustarlo, siempre que fuese bajo de condiciones justas. Des-
pués de algunas otras contestaciones el coronel Benavídes envió
al cuartel general de Buijo á don Francisco del Valle-Riestra ,
jefe de su estado mayor. Este se puso de acuerdo con el general
Cordero, nombrado por parte del Libertador (junio 27) , y fir-
maron una suspensión de hostilidades por mar y tierra. Debia
durar mientras regresaba el coronel Antonio Guerra , que se
habia embarcado la noche anterior en Guayaquil para ir en co-
misión á Piura cerca del mariscal Gamarra. Entre tanto las
fuerzas de cada una de las partes contendoras ocuparían las
posiciones que tenían en la actualidad.
La misión del coronel Guerra habia provenido de una exci-
tación muy satisfactoria que el gran mariscal Gamarra dirigió
al Libertador desde Piura; oficio que contenia las mismas ideas
emitidas por Lamente, que ya hemos copiado, y aun otras mas
explícitas. En él se confesaban los esfuerzos que repetidas veces
habia hecho Colombia para evitar ó terminar una guerra in-
justa ó fratricida , cuya culpa se atribuía enteramente á la ad-
ministración del presidente Lámar y de sus partidarios. Ga-
marra terminaba su nota proponiendo un armisticio por noventa
dias, hasta que instalado el congreso peruano, acto que debia
realizarse en todo el mes de julio, dicha corporación autorizára
al jefe del gobierno provisorio para nombrar los plenipotencia-
rios que acordaran el tratado definitivo de paz, la que el Perú
deseaba ardientemente. Á fin de promover en Lima este feliz
resultado , el Libertador envió de comisionado á aquella capital
á su edecán el coronel Uemarquet. Este llevaba una nota oficial
y una carta particular de Bolívar dirigida al jefe provisional del
Perú; manifestábale los sentimientos pacíficos que le animaban
y la esperanza que le hacía concebir la nueva administración
de que se ajustara la paz siu derramar nuevamente la sangre
americana en combates fratricidas, que habia procurado evitar
hasta entónces no atacando á Guayaquil á pesar de la superio-
ridad de sus fuerzas.
La comisión á Piura del coronel Guerra tuvo feliz resultaao.
En iO de julio ajustó un convenio militar con el teniente coro-
nel don Juan Agustín Lira , y el mismo dia fué ratificado por
el general en jefe del ejército peruano. Estipulábase en él :
primero, un armisticio de sesenta dias por mar y tierra , y la
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CAPÍTULO XIV. <!M
cesación del bloqueo de las costas y puertos colombianos del
Pacífico ; y segundo, la devolución, dentro de seis dias después
de obtenida la ratificación del Libertador, de la plaza y depar-
tamento de Guayaquil, sin la cual el gobierno colombiano ha-
bía protestado que no podia continuar negociación alguna.
Respecto de los buques, enseres y demás útiles que se entrega-
ron á los Peruanos con dicha plaza , se estipuló que continua-
rían en depósito hasta la ratificación del tratado definitivo de
paz, sin que en ningún caso se pudiera hacer de ellos un uso
hostil contra Colombia. Se convino en que comisionados de Co-
lombia y del Perú se ocuparian tan pronto como fuera posible
en concluir las negociaciones para el tratado definitivo de paz
dentro de los sesenta dias del armisticio, que se prorogarian en
caso necesario. También se arreglaron otros puntos de menor
importancia sobre las cuestiones pendientes entre ambas repú-
blicas. El Libertador ratificó este convenio, que puso término á
la guerra, mas no á los sacrificios de los pueblos. Mientras la
paz no estuviera basada en un tratado definitivo , era preciso
mantener en buen pié el mismo ejército, que era demasiado
gravoso á las escasas rentas de Colombia, y principalmente á
los arruinados departamentos del Ecuador, Guayaquil y Asuay.
Esta consideración desesperaba á Bolívar, y por tanto se propo-
nía activar la celebración del tratado.
La ciudad de Guayaquil fué entregada y ocupada por nues-
tras tropas (julio 21), entrando en ella el Libertador á los seis
dias de ratificado el convenio. Con la misma fidelidad desocu-
paron los Peruanos los demás pueblos del departamento que
estaban eu su poder, quedando así libre el territorio colom-
biano. Empero en el de Guayaquil se veían ruinas por todas
partes, consecuencias funestas de la guerra que por tantos me-
ses lo habia desolado. Mas la presencia del Libertador era un
consuelo para sus habitantes ; pues con sus altas facultades po-
dia remediar en mucha parte los males. Dedicóse á esto auxi-
liándole eficazmente Flórez, nombrado comandante general del
departamento.
Sfli embargo no duraron mucho estas esperanzas. Bolívar
cayó gravemente enfermo desde el 3 de agosto , y estuvo en
riesgo inminente de morir hasta el 10, en que principió á mejo-
rarse. Padeció un violento ataque de nervios y de cólera-morbo
con fuerte calentura. Esta grave enfermedad , que le dejara dé-
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192 HISTORIA DE COLOMBIA.
bil y extenuado, provino en parte del clima insalubre en la
estación del invierno, y de los cuidados de la campaña; pero se
atribuyó principalmente á una fuerte pasión de ánimo causada
por los continuos ataques y escritos que se publicaban contra
él en los nuevos Estados de la América ántes española ; casi to-
dos sus actos y pasos se le interpretaban mal , se le atribuían
intenciones que no abrigaba, y se le calumniaba atrozmente.
Esta conspiración general contra él afectó sobre manera su ar-
diente imaginación y su exquisita sensibilidad ; por poco le
cuesta la vida (*). Para reponer su salud tuvo que trasladarse á
la isla de Santay al frente de Guayaquil (agosto 31).
Por este tiempo expidió el Libertador la célebre circular,
para que los pueblos emitieran libremente sus opiniones por la
imprenta ó de cualquier otro modo legal, sobre la forma de go-
bierno y la constitución que debiera adoptar el próximo con-
greso constituyente, y acerca del jefe de la administración que
se hubiese de elegir. Explícitamente decia en ella, — « que él
no tenia ninguna mira personal relativa á la naturaleza del go-
bierno , ni de la administración que debia presidirlo ; así que
todas las opiniones, por exageradas que parecieran, serian igual-
mente bien acogidas , con tal que se emitieran con moderada
franqueza y no fueran contrarias á las garantías individuales ó
á la Independencia nacional. »
En esta misma circular se decia que los colegios electorales
podían dar instrucciones á los representantes en el congreso. Sin
embargo de que previno el Libertador presidente al ministro
del interior que enviára dicha circular al resto de Colombia, el
consejo de ministros acordó que se cumpliera la órden , pero
suprimiendo el párrafo que trataba sobre dar instrucciones á los
diputados que se eligieran para el congreso constituyente. Pa-
recióle dicho pasaje contrario á los principios del sistema repre-
sentativo, según los cuales no se deben dar instrucciones á los
diputados á las que se les obligue á sujetarse. Las intenciones
del Libertador eran muy puras y patrióticas. Deseaba que se
iniciára una discusión racional sobre las reformas que debieran
hacerse en nuestra constitución, á fin de que el congreso fiíturo
conociera la opinión nacional bien pronunciada ya, cuando
abriera sus sesiones. Mas la Providencia habia dispuesto que
(1) Véase la nota 18".
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CAPÍTULO XIV.
193
dicha circular en vez de remedio fuera un tósigo mortal para
Colombia.
El mismo dia 31 de agosto, en que se expidiera en Guaya-
quil, se instaló en Lima el congreso peruano. El comisionado
del Libertador, coronel Demarquet, habia sido muy bien reci-
bido por el gobierno de aquella república, á quien dió los mas
ventajosos informes de los sinceros votos que su comitente ha-
cía por la paz y buena armonía entre Colombia y el Perú. De-
marquet habia activado por cuantos medios le fué posible la
mas pronta instalación de aquel cuerpo. Dependía de sus actos
el nombramiento del ministro que debía negociar el tratado
definitivo de paz , suceso que deseaban ardientemente los go-
biernos de ambas repúblicas : el de Colombia para disminuir su
ejército y ocuparse de su organización interior, y el del Perú
porque el ajuste de la paz era una condición necesaria para la
existencia de la nueva administración. Esta habia sido recibida
con entusiasmo por los pueblos, principalmente porque espera-
ban haría la paz : ellos detestaban la guerra y al partido de
Lámar, Luna-Pizarro y demás que la habían hecho declarar y
sostenido con exaltación.
El congreso nombró presidente provisorio al gran mariscal
Garaarra, y Lafuente obtuvo la vicepresidencia. Este en su men-
saje dirigido al congreso justificó nuevamente á Colombia y al
Libertador, siendo el órgano de la opinión nacional. — « Una
guerra, dijo , suscitada con el único y esencial objeto de saciar
odios y venganzas individuales, arrebatando á una república
amiga y hermana la porción mas cara de sus posesiones, habia
expuesto á la nuestra á ser el despojo del extranjero. Ni los re-
veses de nuestros bravos en la jornada del Pórtete, ni los últi-
mos sacrificios arrancados á nuestra espirante patria , bastaron
á calmar el furor y encono de la facción opresora ; guerra y ex-
terminio eran su divisa. »
Apenas abrió el congreso sus sesiones, que con su consenti-
miento y aprobación fué nombrado don José Larrea y Loredo
mimstro plenipotenciario para negociarla paz en Guayaquil,
quien se embarcó inmediatamente. Era Larrea antiguo amigo
del Libertador y ministro de hacienda cuando Bolívar man-
daba en el Perú : escogiósele expresamente á fin de que la
amistad consiguiera lo que no pudiese obtener la diploma-
cia. Por parte de Colombia fué nombrado el señor Pedro
TOMO IV. 13
t
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194 HISTORIA DE COLOMBIA.
Gual, bien conocido por sus talentos y conocimientos diplo-
máticos.
Decidido como habia mucho tiempo que se hallaba el Liber-
tador á restablecer la paz con el Perú, entre otros poderosos
motivos para demostrar que ni él ni Colombia tenian la des-
mesurada ambición que les atribuían sus calumniadores (se-
tiembre 15), recibió á Larrea con las mayores consideraciones.
Abriéronse inmediatamente las conferencias, cuyo primer re-
sultado fué prolongar el armisticio por sesenta dias. Sin em-
bargo de la estrechez y mezquindad de las instrucciones que
su gobierno diera al ministro del Perú, hallándose Bolívar en
la firme persuasión de que sería necesario concederle una paz
honrosa y justa, opinión que era también la del ministro
Gual, este prescindió como buen negociador de todos aquellos
puntos que podian mortificar el orgullo del Perú, y cuya omi-
sión no perjudicára al honor y prosperidad de Colombia. Ba-
sada así la negociación, y siguiendo principios tan concilia-
dores, ella fué corta, y el 22 de setiembre se firmó en Guaya-
quil el tratado definitivo de paz, que anhelaban y era tan
necesario á ambas repúblicas. Envióse sin tardanza á Lima y
á Bogotá ; en la primera ciudad debia aprobarlo el congreso, y
en la segunda el consejo de Estado, ántes de extenderse las
correspondientes ratificaciones.
En este documento importante, después de prometerse los
gobiernos de ambas repúblicas una paz y amistad perpétuas, se
reducían las fuerzas militares de las fronteras al pié de par,
devolviéndose todos los prisioneros. Estipulábase que los límites
de las dos repúblicas serian los mismos que tenian los vireina-
tos de la Nueva Granada y del Perú ántes de su Independencia,
con las solas variaciones que juzgáran conveniente acordar
entre sí, haciéndose recíprocamente cesión de aquellos territo-
rios que contribuyeran á que la línea divisoria fuese mas natu-
ral, exacta y capaz de evitar competencias. Para conseguirlo se
acordó que cada parte nombraría una comisión compuesta de
dos individuos, la que debia comenzar sus trabajos dentro^de
cuarenta dias después de la ratificación del tratado, recorriendo
y rectificando la línea divisoria que principiaría desde el rio
Túmbes en el océano Pacífico ; se declaró que sería común la
navegación de los rios y lagos que corrieran por las fronteras
de una y otra república. Estipulóse igualmente que otra co-
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CAPÍTULO XIV.
misión, compuesta de dos ciudadanos por cada parte, liquida-
ría en Lima la deuda que el Perú contrajo con Colombia por
los auxilios que esta le prestó para asegurar su Independencia.
La misma comisión debia fijar y establecer los plazos y térmi-
nos en que se realizaría el pago de las cantidades que se bqui-
dáran.
Estos puntos y el de la restitución de los buques, lanchas,
enseres y demás que el comandante peruano de Guayaquil
habia recibido en depósito, fueron los artículos principales del
tratado. Los demás se versaban sobre igualdad de agentes di-
plomáticos, cónsules y comercio marítimo, sobre prohibición
del tráfico de esclavos de África, que fué declarado piratería,
en caso de hacerse bajo el pabellón de cualquiera de las partes
contratantes ; sobre el modo de terminar, por el arbitramento
de un gobierno amigo, cualquiera disputa que pudiera ocurrir
en lo venidero entre Colombia y el Perú acerca de los límites
y de la deuda.
El ministro de Colombia declaró después de firmado el tra-
tado : primero, que su gobierno estaba pronto á revocar en
términos satisfactorios el decreto que expidió el gran mariscal
de Ayacucho en el Pórtete de Tarqui el 27 de febrero, luego
que llegara á su noticia que el del Perú habia hecho lo mismo,
restituyendo al Libertador presidente y al ejército libertador
los honores y distinciones que se les habian conferido legal-
mente por sus servicios pasados ; y segundo, que á nombre de
su gobierno escogía como árbitro y conciliador para transigir
las diferencias que ocurrieran entre ambas repúblicas á la de
Chile ; esperando que se prestaría gustosa á una obra tan im-
portante al bien de la América. Habiendo el ministro peruano
aceptado en todas sus partes estas declaraciones, quedó con-
cluido el tratado. Él obtuvo oportunamente la ratificación del
gobierno del Perú y la del Libertador sin limitación alguna.
Terminó así la injusta guerra que Lámar y su partido declara-
ron á Colombia y á Bolívar para satisfacer innobles pasiones.
jupies de seguir el Libertador de Guayaquil hácia Quito,
adonde se dirigió inmediatamente después de firmarse el tra-
tado de paz, nombró enviado extraordinario y ministro pleni-
potenciario cerca del gobierno del Perú al general Tomas Ci-
priano Mosquera, encargándole asimismo la liquidación de la
deuda en favor de Colombia. También organizó y dió instruc-
t
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496 HISTORIA DE COLOMBIA.
ciones á la comisión de límites, á fin de que principiara sus
trabajos sin demora.
Á su arribo á Quito, que fué el 20 de octubre, el Libertador
se ocupó activamente en reorganizar la administración de los
tres departamentos meridionales, objeto que atrajera su prin-
cipal atención desde que se posesionó de Guayaquil. Á pro-
puesta de la junta provisional del distrito habia ya expedido
varios decretos especiales para dichos departamentos, que se
hallaban arruinados por la guerra. En favor del comercio de
Guayaquil estableció un tribunal de comercio arreglado á la
cédula española que erigió el consulado de Cartagena. Tam-
bién hizo rematar en pública subasta el monopolio de la renta
del tabaco, que producía muy poco en administración.
Hacía mucho tiempo que los hombres influentes de los de-
partamentos meridionales atacaban las leyes y administración
colombianas. Casi nada de lo que se decretaba como útil al
centro y norte de Colombia, se reputaba por aquellos conve-
niente al sur. Clamaban que la nueva legislación los habia
arruinado, y pedían con instancia medidas retrógradas. Tales
eran, que se restableciera la esclavitud de los negros, extin-
guida gradualmente por el congreso de Cúcuta; sin embargo
nunca pudieron conseguir que el Libertador volviese atrás.
Empero si obtuvieron durante su dictadura que se cobrára nue-
vamente el tributo de los Indios, y que por tal medio continuá-
ran siendo esclavos de la gleba. Los apuros de la hacienda
pública en los tres departamentos meridionales obligaron á
esta medida, pues en ellos los tributos de los Indios constituían
la renta mas pingüe, y sin la cual no podía sostenerse la ad-
ministración pública. Continuó por tanto la degradación, harto
difícil de curar, de la numerosa clase de los indígenas que
pueblan la cordillera de los Andes.
Otro decreto dió el Libertador para fomentar las manufac-
turas del Ecuador y Asuay; prohibió que se introdujeran por
los puertos del Pacífico varios tejidos ordinarios que se fabrica-
ban en el país, prohibición que los habitantes del sur deseaban
con ansia, creyendo que podia aumentar los productos de la
industria indígena, y por consiguiente su riqueza. Esta me-
dida, que halagaba á muchos dueños de fábricas ú obrajes, su-
frió críticas severas. Las merecía con mas razón otro decreto
poco meditado que diera el Libertador presidente; probable-
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CAPÍTULO XIV. \'.n
mente se lo arrancaron las súplicas, representaciones c influjo
de los propietarios de haciendas. Tal fué el que dispuso que
los réditos de los censos con que estaban gravadas las fincas y
propiedades raíces de los departamentos del Ecuador y Asuay,
no se pagáran en dinero conforme se habia estipulado libre-
mente en los contratos primitivos, sino con los frutos de la
heredad que mas le acomodáran al acreedor. Con una plumada
se alteraron así todos los antiguos contratos y escrituras públi-
cas, sacrificándose los intereses de los dueños de censos que se
dejaron á merced de los deudores, para que les pagáran sus
rentas en frutos que no necesitaban y que las mas veces no
podían vender.
En los últimos dias de su residencia en el sur, expidió el
Libertador otro decreto que debia regir en toda la República.
Por sus disposiciones sujetó provisionalmente al ordinario ecle-
siástico respectivo á todos los regulares de Colombia. Esta pro-
videncia, dictada con las mejores intenciones y á fin de curar
en lo posible la relajación que se habia introducido en algunos
conventos y evitar desórdenes, se mandó someter á la conside-
ración de la Silla romana, para obtener del papa un Breve que
reglamentase completamente la materia.
Después de dar tan varias disposiciones el Libertador nom-
bró al general de división Juan José Flórez prefecto general ó
jefe superior de los departamentos del Ecuador, Guayaquil y
Asuay, conservándole también el mando en jefe del ejército
del sur. Su jurisdicción militar se extendía al departamento del
Cáuca para mantener la tranquilidad del territorio compren-
dido entre los Pastos y Popayan. Las facultades y autoridad
concedidas al prefecto general eran extensas á fin de que pu-
diera ocurrir á sufocar cualquiera conmoción interior y repe-
ler una invasión exterior. En seguida el Libertador se puso en
camino el 29 de octubre hácia la capital de la República,
adonde le llamaban negocios de la mas alta importancia.
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CAPÍTULO XV.
Estado de los departamentos del nordeste de Colombia. — Escasez de sus
rentas públicas; su independencia del gobierno central. — Desagrado
con la policía establecida por Páez. — El sur de Colombia se gobierna
también por leyes excepcionales. — Temores que inspira el estado de la
República. — Se proyecta el establecimiento de una Monarquía con un
principe extranjero. — Harrison ministro de los Estados Unidos, y Bresson
comisionado francés en Bogotá. — Apoya este el proyecto de Monarquía;
mas no el Libertador. — Se piensa que la adopte el congreso colombiano.
— El proyecto ofrece muy graves dificultades. — Búscase el apoyo de los
jefes militares y del alto clero. — Se sondea el ánimo de Bolívar sobre
el establecimiento de Monarquía. — Proyecto del Libertador para que se
solicite el apoyo y protección de una gran potencia. — El consejo de mi-
nistros se opone á tal idea. — Insistencia de Bolívar; juicio sobre esta.
— Puntos que Bresson discute con el ministro de relaciones exteriores.
— Las de Colombia han retrogradado: motivos para esto. — Conferencias
en Londres con el ministro británico sobre Cuba y Puerto-Rico. — Tratado
con los Países Bajos. — Nada consigue Colombia en Francia. — Ministro
que envia el emperador del Brasil. — El general Harrison es reemplazado
por Moore. — Ventajas del cambio ; cesa la política maquiavélica del
presidente Adams de los Estados Unidos. — Manejos é intrigas de Har-
risson y de Torrens, encargado de negocios de Méjico. — Juicio de Bolívar
sobre las logias masónicas. — El gobierno de los Estados Unidos ofrece
no mezclarse en nuestros negocios domésticos. — Nombramiento de
O'Leary para ministro plenipotenciario en Washington. — Objetos de esta
misión. — Proyectos de conquista que emprende realizar la España. —
Capitulan en Venezuela las guerrillas realistas, ménos la de Cisnéros. —
El general Santander arriba á Puertocabello y sigue á Europa. — Suerte
de la fragata Cundinamarca.—^ Elecciones para el congreso constituyente.
— El consejo de gobierno adelanta el proyecto de Monarquía. — Acuecio
Ajando sus basas. — Negociaciones iniciadas con los comisionados ingles
y francés. — Se da cuenta al Libertador de estos pasos oficiales. — Fun-
damentos en que el consejo apoya sus actos. — Bolívar propone á sus
ministros que el congreso constituyente acuerde la separación de Vene-
zuela y de la Nueva Granada. — Impugna de paso el establecimiento de la
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CAPÍTULO XV.
federación y de Monarquía. — Opina por un presidente y un senado vita-
licios; empero nada quiere proponer. — Juzga que loca al congreso
establecer « el gobierno que mejor convenga á la nación, y á él soste-
nerlo. » — Este es el resumen de sus opiniones y su voluntad decidida.
— El consejo de gobierno se opone al proyecto de disolver á Colombia.
— Tramas revolucionarias del general Córdoba.— Se levanta en Antióquia
y se apodera de esta provincia. — Sus falaces promesas y ambiciosos
proyectos. — Oposición que halla en los pueblos. — Córdoba procura
extender la revolución. — Activas providencias que dicta el consejo do
ministros para reprimir la expedición militar que envia. — Esta penetra
por las montañas de Antióquia, ataca y vence á los rebeldes. — Córdoba
muere después de la acción del Santuario. — Se deplora su muerte. —
Tropas que se dirigían á combatirle — O'Leary indulta á los compro-
metidos. — La provincia del Chocó también se somete de nuevo al go-
bierno. — El Libertador celebra el restablecimiento de la pas. — Espíritu
militar que en esta época reina en el territorio colombiano. — El poder
civil está abatido. — Aquesta situación se atribuye al Libertador, que
pierde su popularidad. — El mismo espíritu militar se opone á la reor-
ganización de Colombia. — La expedición española contra Méjico capitula.
— Bolívar imprueba á sus ministros el proyecto de Monarquía. — Avísales
que ha resuelto separarse del mando. — Célebre carta que escribe á
Páez acerca de sus miras futuras. — El consejo de ministros defiende su
conducta sobre el proyecto de Monarquía. — Segunda improbación del
Libertador que está bien fundada. — Abandono del plan de Monarquía.
— En Francia no produce efecto alguno. — Conferencias y explicaciones
del ministro ingles de relaciones exteriores ; fuertes y fundadas observa-
ciones que hace. — El ministro colombiano Madrid toca otros puntos de
negociación; su resultado. — Turner nombrado ministro de la Gran
Bretaña en Bogotá. — Temores que hay en Europa de que se disuelva
Colombia.
Año de 4829. — El encadenamiento de los sucesos políticos
y militares ocurridos en el sur de la República nos ha impedido
referir el estado en que se hallaban los departamentos del norte
y centro de Colombia en los primeros meses de este año ; tarea
que ahora nos proponemos seguir.
Decidido el general Páez á sostener con mano firme el go-
bierno del Libertador en Venezuela miéntras llegaba la época
designada para constituir de nuevo la República, según lo habia
dicflb en su manifiesto de febrero, la tranquilidad de aquellos
departamentos no se alteraba. Es verdad que amenazadas de
continuo nuestras costas por el ejército y escuadra que el go-
bierno español habia reunido en la isla de Cuba, se veía obli-
gado el gobierno colombiano á mantener en los departamentos
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200 HISTORIA DE COLOMBIA.
del nordeste un pié de ejército numeroso; obligaba también á
lo mismo la continuación de la guerra del Perú. Por consi-
guiente eran crecidas las erogaciones púbbcas en las provincias
de la antigua Venezuela, y sus rentas no producian lo necesario
para hacerles frente. Seguíanse de aquí los males que se origi-
nan siempre de no tener los gobiernos lo suficiente para cubrir
los gastos civiles y militares de la administración; uno de ellos,
y acaso el mayor, era que se aumentaba considerablemente la
miseria pública.
Atribuían esta en mucha parte á los decretos orgánicos de
hacienda que expidiera el Libertador en 4826; achacábase es-
pecialmente al de aduanas haber alejado á los comerciantes
extranjeros y disminuido el tráfico mercantil, que era el prin-
cipio vital de la prosperidad de los departamentos de Venezuela.
Había desaparecido también el crecimiento de las rentas nacio-
nales, que produjeron al principio aquellos decretos; ya fuera
porque se relajára su ejecución, ó ya porque bajo la adminis-
tración del jefe civil militar se hubieran aumentado los gastos
del ejército, abandonando la estricta economía que introdujera
el Libertador.
Tanto por los mencionados decretos como por los que dictára
el jefe civil y militar hasta la época actual, en virtud de las
facultades extraordinarias que le habia delegado el Libertador,
los tres departamentos de Venezuela, Orinoco y Maturin tenían
una administración peculiar diferente del resto de la República :
rentas, policía y administración de justicia en primera instan-
cia, todo era diverso. Añadamos á esto un dictador que solo en
el nombre dependía del gobierno general, cuyas órdenes y de-
cretos suspendía siempre que juzgaba no ser convenientes, y
deberemos inferir — « que aquellos departamentos estaban ya
separados de hecho de Colombia. »
La administración establecida por este nuevo sistema era sin
embargo impopular en Venezuela. Quejábanse mucho sus ha-
bitantes de las numerosas trabas que imponían al comercio los
reglamentos de aduanas , y de las que sufrían por el estableci-
miento que hizo Páez de una policía urbana y rural, que pene-
traba hasta la choza mas recóndita del labrador, prescribiéndole
reglas para la cria de sus ganados y animales domésticos. Aun-
que esta policía, presidida por el general Arismendi, hombre
cuyo carácter no podia hacerla amable, produjera bienes para
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«MPÍTU1.0 XV.
20f
el restablecimiento y la conservación de la tranquilidad , los
pueblos la miraban con mal ceño : era el motivo principal que
restringía su libertad, con una gavilla de empleados á sueldo,
que debían cometer excesos, sobre todo en los yermos y parro-
quias lejanas del centro de la autoridad. Todo esto unido al
estanco de carnes que Páez estableciera en gran parte de la
provincia de Carácas, contra los principios mas triviales de la
economía política, estanco en que se le atribuía, acaso falsa
mente, un interés personal para vender los novillos de sus
hatos, y á la falta de libertad de imprenta comprimida por la
dictadura, hacía que se aumentase el descontento público en
los tres departamentos del nordeste de Colombia.
Habia muchos que se aprovechaban de esta situación forzada
atribuyéndola al Libertador, á quien habian conseguido despo-
pularizar en gran parte. Olvidaban empero que el origen de
estos males venia principalmente de los autores del 30 de abril,
que echaron abajo la constitución de Ciícuta, los que ahora y
en lo venidero querían achacar á Bolívar la funesta obra de sus
pasiones y desacierto ; ellos eran los únicos responsables de
aquellos males y de gran parte de los que se sufrían en el resto
de la República.
Uno de ellos , acaso el mayor, que presagiaba desgracias y
revoluciones á la República, era ese espíritu que se habia intro-
ducido en el norte y en el sur, de tener y acordar reglas excep-
cionales en todos los ramosde la administración. Ya hemos visto
que Venezuela solo dependía nominalraente del gobierno gene-
ral. Desde el principio del año en los departamentos meridio-
nales habia otra administración separada , que obtuvo decretos
y disposiciones que le dieron una verdadera independencia.
Puede asegurarse muy bien que entonces quedó Colombia divi-
dida en tres grandes secciones : el norte, el sur y el centro de
la República. Este , compuesto de seis departamentos incluso el
de Zúlia , era el que observaba y cumplía las disposiciones ge-
nerales expedidas para el gobierno de Colombia; pues, según
hemos dicho , las otras secciones se regían por decretos y pro-
videncias peculiares á ellas solas.
Al ver muchos de los hombres de experiencia y de influjo en
los negocios, residentes en Bogotá, el estado alarmante que
tenia la subsistencia de la unión colombiana; al considerar que
el único vínculo que ligaba á las diferentes partes de esta her-
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202 HISTORIA DE COLOMBIA.
mosa República era Bolívar, su fundador, cuyas enfermedades
y vejez prematura no prestaban garantías de que viviese lo
bastante para dar cima á la obra comenzada; al meditar final-
mente las fuertes antipatías que existían por desgracia entre
Granadinos y Venezolanos, y las que profesaban contra ambos
los hijos del Ecuador (i), naturalmente miraban con ansiedad
el porvenir de Colombia, que no podían juzgar duradero. Á
tales motivos fundados de temor se anadian las revueltas origi-
nadas de las elecciones de presidente y vicepresidente que ha-
bían puesto á Colombia á punto de dividirse, y la inmensa lista
militar compuesta en gran parte de jefes audaces y ambiciosos,
émulos algunos del Libertador, que aprovecharían la primera
ocasión que pudieran atrapar, á fin de dividir el territorio y
mandar con independencia en la sección que les tocara. Todos
estos y otros varios motivos reunidos hacían excogitar á muchos
antiguos y verdaderos patriotas cuál sería el remedio para que
subsistiera largo tiempo el magnífico Estado de Colombia.
Después de muchas meditaciones, pareció á algunos, entre
los cuales se contaban los miembros del consejo de ministros,
que Colombia no podía subsistir regida por instituciones repu-
blicanas que prescribían un jefe electivo cada cuatro años, según
lo estableciera la constitución de Cúcuta, pues infaliblemente
se dividiría por las antipatías y rivalidades existentes, y las que
excitaban las cuestiones eleccionarias. Fuero q, pues, de opi-
nión que el único gobierno que daría al territorio colombiano
garantías de orden y estabilidad , sería el monárquico constitu-
cional, llamando al trono á un príncipe extranjero de las anti-
guas dinastías de la Europa.
Pero al mismo tiempo creyeron que era preciso combinar con
esta idea capital ¿qué se haria en tal caso con el Libertador?
Parecía que su grande influjo era necesario para hacer la tran-
sición y consolidar á Colombia; esta ademas no debia olvidar
los eminentes servicios que le habia prestado para conseguir su
(1) Jamas los habitantes del Ecuador, Guayaquil y Asuay se consideraron
parte integrante de Colombia. Llamaban Colombianos á los Venezolanos y
Granadinos, como si ellos no lo fueran, y esta era una locución que enten-
dían muy bien los moradores de dichos departamentos. Hemos visto ademas
las anomalías legislativas que era necesario cometer para dar gusto á los
habitantes del sur de Colombia.
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CAPÍTULO XV. 203
Independencia, y que los pueblos estaban acostumbrados á obe-
decerle. Creyeron, pues, algunos resolver el problema estable-
ciéndose : a Que se adoptara en principio la Monarquía consti-
tucional en Colombia ; y que Bolívar, miéntras viviera, mandase
en ella con el título de Libertador presidente; pero que desde
ahora se llamase á un príncipe extranjero á sucederle , quien
sería el primer rey, y hereditario el trono en sus descendientes. »
En cuanto á la elección del príncipe, pareció á algunos que se-
ría acaso lo mas conveniente escogerle de la familia reinante en
Francia, entre los hijos del duque de Orleans.
Apénas principiaron en el mes de abril á cundir privadamente
semejantes ideas, se vio que estaban mas extendidas de lo que
se creyera al principio; esto animó á los que procuraban difun-
dirlas en la capital y en las provincias.
Acababan entónces de llegar á Bogotá dos misiones extranje-
ras que debían obrar en sentido contrario sobre aquel proyecto.
Tales eran las del general Guillermo Harrison , ministro pleni-
potenciario de los Estados Unidos, y del señor Carlos de Bres-
son, comisionado por el gobierno francés para investigar el es-
tado en que se hallaban las nuevas repúblicas establecidas en la
América ántes española, y decidir si S. M. Cristianísima entraría
ó no en relaciones diplomáticas con ellas. Aunque Harrison
expresára á nombre del presidente Adams, que de ningún
modo se mezclaría en los negocios internos de Colombia , la
conducta del gobierno de los Estados Unidos en Méjico, donde
fué maquiavélica, dirigida por el ministro Poinset, hacía temer
que tales protestas no fueran verídicas.
La difusión de las ideas monárquicas en la República debía
ser apoyada por el comisionado Bresson (abril 18). Este desde
el dia en que fué presentado al consejo de ministros hizo gran-
des elogios de las virtudes y de los talentos políticos del Liber-
tador, manifestando que los votos de su gobierno eran « por la
tranquilidad de Colombia, por su prosperidad, por el desarrollo
de sus inmensos recursos y por el restablecimiento y consolida-
ción de instituciones libres y fuertes. »
Dásde que el comisionado Bresson arribó á Carácas ántes de
venir á la capital , se conocía su opinión acerca de las institu-
ciones que él y su gobierno deseaban que se establecieran en
Colombia ; eran las monárquicas constitucionales, á lasque alu-
día sin duda cuando hablaba de instituciones libres y fuertes.
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20-i
HISTERIA DB COLOMBIA.
En consecuencia Bresson acogió con entusiasmo el proyecto de
cambiar la constitución republicana de Colombia por otra mo-
nárquica. Durante su comisión promovió esta idea por cuantos
medios estuvieron al alcance de sus distinguidos talentos y de
su práctica en el manejo de los negocios de Estado.
Era tan alta la idea que varios gobiernos europeos habian
concebido de los talentos , de las virtudes cívicas , de la eleva-
ción de carácter, y de los eminentes servicios que Bolívar habia
prestado á su patria , que si este bubiera tenido la insensata
pretensión de hacerse monarca , naciones de primer órden le
habrían reconocido y saludado como á hermano y compañero de
los antiguos reyes, lo que sabemos por documentos oficiales
auténticos.
Bolívar estaba muy léjos de abrigar proyectos semejantes,
que alguna vez habia denunciado al congreso de su patria , y
sobre los cuales dijera en una muy solemne ocasión á los repre-
sentantes de Bolivia : « ¡Legisladores !... los príncipes flaman-
tes que se obcequen hasta construir tronos encima de los es-
combros de la libertad , erigirán túmulos á sus cenizas , que
digan á los siglos futuros, como prefirieron su fatua ambición
á la libertad y á la gloria. » Estos mismos eran los sentimien-
tos que en la época de que hablamos Bolívar mantenía ilesos ,
y ninguno de los que apoyaban el proyecto de Monarquía, que
por lo general eran amigos suyos, entusiastas por la conserva-
ción de su gloría , podia proponerle que trocára el eminente y
expresivo título de Libertador por el de rey. Hé aquí los motivos
que influyeron sobre manera en el pensamiento de que durante
sus dias gobernara á Colombia como presidente y con arreglo á
la constitución que acordase el próximo congreso.
Esta era la condición precisa de todos los que opinaban por
el establecimiento de una Monarquía constitucional en Colom-
bia : « que fuera sostenida por la mayoría de la nación , y que
la acordáran los representantes de los pueblos reunidos en con-
greso. » Cualquiera paso que se diera sin estos firmes apoyos
era un insulto á la voluntad nacional , suprema ley en un ne-
gocio de tamaña trascendencia. 4
Para sondear y conocer un poco mas la opinión pública sobre
tan importante negocio, hubo el 30 de junio en Bogotá una
junta de personas notables, civiles, militares y eclesiásticas. Con-
vínose en ella que debía tratarse de formar la opinión pública
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CAPÍTULO XV.
205
en favor del sistema de gobierno monárquico constitucional , y
los concurrentes ofrecieron trabajar privadamente en conse-
guirlo.
La empresa que se acometía era harto difícil. Cambiar la
opinión de los pueblos en favor del gobierno republicano y de
la igualdad , ideas tan halagüeñas á la multitud, y hacer esto
los hombres que tantos encomios habían prodigado por diez y
nueve años continuos á los principios democráticos ; ensalzar
la Monarquía que ellos mismos para conmover á los pueblos
contra el gobierno de Fernando VII habían caracterizado siem-
pre como sinónimo de tiranía; exponerse á los ataques de la
juventud ilustrada, imbuida desde la cuna y por tantos años en
los principios republicanos ; arrostrar el descontento de las cas-
tas numerosas existentes en el territorio colombiano , las que
naturalmente debian sentir y oponerse á la introducción de
cualquiera clase de aristocracia ; querer finalmente conseguir
un triunfo tan espléndido sin el apoyo del Libertador, era sin
duda empresa muy atrevida y arriesgada.
Mas por otra parte debian seguirse á Colombia , en concepto
de los promovedores del proyecto, bienes tan grandes, que vahan
ó compensaban los riesgos que se corrieran. Enfrenar á los mi-
litares y á los exaltados demagogos con el apoyo de una pode-
rosa nación ; impedir que los primeros disolvieran á Colombia
para dominar algunos la parte que estaba á su alcance; estable-
cer un órden permanente capaz de resistir á los ambiciosos
hombres de espada, que tiranizaban á los pueblos y se apropia-
ban su sustancia bajo falaces promesas de libertad ; asegurar
los derechos políticos, las propiedades y las garantías individua-
les, apoyándolos en el órden y en los principios de una libertad
racional ; impedir, ó por lo ménos hacer ménos frecuentes los
pronunciamientos y las rebeliones periódicas originadas de los
bandos eleccionarios ; dar estabilidad y permanencia á la unión
colombiana, y á Colombia mayor respetabilidad en lo exterior,
proporcionada á su fuerza, á su poder y á sus recursos ; hé aquí
los bienes principales á que aspiraban los patronos de aquel
provecto. Deslumhrábanse acaso acerca de los resultados, que-
riendo para su patria la suma de libertad y prosperidad que
gozan los habitantes de la Gran Bretaña y de otras naciones
regidas por Monarquías constitucionales. Veían también los pro-
gresos que bajo esta forma de gobierno hacía el Brasil, país li-
t
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206 HISTORIA DR COLOMBIA.
mítrofe de Colombia, que tenia grandes analogías con nuestra
República en las diferentes clases de su población.
Para formar un juicio recto é imparcial sobre la oportunidad
ó inoportunidad del proyecto de Monarquía es preciso trasla-
darse uno á 1829. Á la sazón la anarquía y las revoluciones se
paseaban triunfantes por casi todas las repúblicas establecidas
en la América ántes española , cometiéndose á nombre de la
democracia crímenes que^fscandalizaban á las naciones civili-
zadas. Colombia misma estaba amenazada por una revolución
que podia ser sangrienta, chocándose el partido militar con el
civil liberal. Lisonjeábanse los amigos de la Monarquía de que
establecida esta bajo de una constitución que consagrara los
gTandes principios del derecho político en favor de los Colom-
bianos, se pondrían por los representantes del pueblo las bases
de una organización que asegurase las garantías individuales,
el órden y la paz. Confesamos francamente que el remedio era
enérgico y atrevido : él podia causar males , si el proyecto en-
contraba una resistencia en los pueblos. Empero lo repetimos,
las intenciones y deseos de sus promovedores eran los mas pu-
ros; dirigíanse á que gozára Colombia de tranquilidad, y á que
fuera rica , próspera y feliz , conservándose unida.
Naturalmente los primeros pasos que debían darse, eran el
adquirir en favor del proyecto la opinión de los jefes del ejér-
cito colombiano, así como la del clero y de sus altos dignitarios.
Unos y otros han sido y son todavía tanto en Colombia como
en las demás repúblicas de la América del Sur empleados vita-
licios, y por consiguiente elementos aristocráticos que no pue-
den extinguirse. El proyecto mereció la aprobación de la mayor
parte de los jefes militares y del alto clero, que se manifestaron
prontos á darles su apoyo. Sin embargo , un militar distingui-
do , el general Páez, exigió saber ántes de prestar su apoyo al
proyecto de Monarquía, si el Libertador quería su estableci-
miento. No pudiendo dársele contestación positiva sobre tal
pregunta, envió cerca de Bolívar al primer comandante José
Austria con el designio de obtener instrucciones precisas, ¿la-
bia temores fundados de que en Venezuela no tuviera mu-
chos partidarios la empresa; á pesar de que fué de allí que
en 1826 emanára el proyecto de Monarquía para coronar al
Libertador, proyecto que entónces reunía en favor suyo la opi-
nión de muchas personas de influjo en aquella parte de la
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CAPÍTULO XV. 207
República , y aun la del mismo ilustre jefe que ahora vacilaba.
Otro de los pasos mas esenciales que dieran los promovedores
del proyecto de Monarquía , fué inquirir por medio de su cor-
respondencia privada la opinión del Libertador. Deseaban saber*
si se encargaría durante su vida del mando de la república ,
con calidad de que le sucedería un príncipe extranjero en caso
de que así lo determinara la nación colombiana por medio de
sus representantes legítimamente congregados y deliberando en
plena libertad. Preveían de antemano ser muy difícil que Bolí-
var diera una contestación explícita á la primera parte, porque
sus enemigos lo atribuirían á ambición de mando ; esperábase
sin embargo que llegado el caso podrían vencerse las dificulta-
des que opusiera. En cuanto á la adopción del sistema monár-
quico eligiendo un príncipe europeo, hacía ya algún tiempo que
varios de sus amigos habían oido decir al Libertador a que Co-
lombia y toda la América española no tenían otro remedio para
libertarse de la anarquía que devoraba á sus pueblos, que esta-
blecer Monarquías constitucionales , y que si los habitantes de
Colombia se decidieran por este sistema de gobierno y Uamáran
á reinar á un príncipe extranjero, él sería el primero que se so-
metería á su autoridad y le apoyáracon su influjo. » Esto mismo
repitió en una época posterior.
El Libertador había emitido estas opiniones ántes de su par-
tida hácia el sur. Durante su viaje y después de arribar á los
departamentos meridionales no dejó de ocupar sus pensamien-
tos y de mirar con grande ansiedad la cuestión vital de « cuál
sería la mejor organización política de Colombia para dar la paz
y el órden á sus pueblos y estabilidad á sus instituciones, »
Rodeados como se hallaban estos problemas de muchas y con-
trarias dificultades, Bolívar no podía fijarse en ninguna solu-
ción que fuera practicable, y que no presentára obstáculos
casi insuperables. Pero siempre concluía diciendo, — « que no
se contara mas con él, porque estaba cansado del mando y de
oirse llamar tirano y usurpador, y que su mayor anhelo era
retirarse á la vida privada. » Para conseguirlo dispuso, según
ante? hemos dicho, que se consultase la voluntad nacional
acerca de la forma de gobierno y de la futura organización de
Colombia, así como sobre el jefe y la administración que de-
biera presidirla; previno que hubiese la mayor libertad en
emitir y acoger las opiniones políticas de los pueblos, por exa-
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208 HISTORIA DE COLOMBIA.
geradas que parecieran. Esta fué la opinión oficial y decidida
del Libertador en aquellas delicadas circunstancias, y á la que
arregló todas sus operaciones posteriores, sin embargo de que
alguna vez expresára en sus cartas particulares otros conceptos
sobre la misma materia.
De tales antecedentes resulta, que en el ánimo de Bolívar
habia un fuerte combate entre sus convicciones íntimas sobre
la organización que especulativamente creía mejor para Co-
lombia, y la que juzgaba posible establecer siguiendo el tor-
rente de las opiniones republicanas mas arraigadas y generales
entre sus habitantes.
Fruto de este combate interior y de las guerras, de las trai-
ciones, de los asesinatos de primeros magistrados y de los
desórdenes de todo linaje, que el Libertador veía reinar en las
nuevas repúblicas de la América ántes española, los que por
do quiera presagiaban un funesto porvenir, fueron las profun-
das afecciones de ánimo que sufriera miéntras permaneció en el
sur, las que al fin le causaron una peligrosa enfermedad.
Emanó del mismo origen un proyecto que desde Quito some-
tiera al exámen del consejo de ministros en Bogotá. Después de
trazar en 4 de abril un cuadro triste de nuestras disensiones
con el Perú, de las amenazas que hacían á Colombia otras
repúblicas y de los desórdenes ocurridos en Bolivia y Buenos
Aires, donde habían sido asesinados los presidentes Blanco y
Dorrego, así como de la revolución ocurrida en Méjico comba-
tiéndose en la misma capital los partidos de Victoria y de
Guerrero, la que habia sido saqueada en gran parte por los
Léperos ó hez de aquel pueblo, excitaba Bolívar al ministro de
relaciones exteriores á que privadamente hablára con los en-
viados de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña. Con el
primero á fin de solicitar la mediación de su gobierno con el
objeto de poner término á la guerra del Perú, como que era la
nación escogida por el convenio de Girón para intervenir en
las diferencias entre aquella república y la de Colombia y para
garantir los tratos que se hicieran. Con el segundo para expo-
nerle las pocas esperanzas que habia de que se consol idárañ los
nuevos gobiernos americanos, y las probabilidades de que se
despedazáran mutuamente si un estado poderoso no intervenía
en sus diferencias, ó tomaba á la América bajo de su protec-
ción. Según el resultado que tuviera una conferencia privada,
«
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CAPÍTULO XV. 200
autorizaba al ministro de relaciones exteriores para entablar de
oficio la negociación, siempre que hubiese probabilidad de un
buen suceso (i).
El consejo de ministros, á quieu se mandaba consultar un
(1) En oficio dirigido por el secretario general del Libertador al ministro
de relaciones exteriores, desde el cuartel general de Quito, á 4 de abril de
1829, después de manifestar que no se habia cumplido el convenio de Girón
y que iba á continuar la guerra, trazaba un cuadro harto triste del estado
lamentable en que se hallaba la América antes española , devorada por la
anarquía , las guerras civiles y todo linaje de excesos, y anadia :
« Tan espantoso cuadro como ofrecen los nuevos Estados americanos,
hace prever un porvenir muy funesto , y la causa de la Independencia se ve
amenazada por los mismos que debieran sostenerla. Colombia es ahora la
nación señalada por el dedo de lu venganza y del resentimiento : y si una
mano, una nación poderosa no media entre lo* Estados sud-americanos,
tendremos ó que adoptar un espíritu de conquista, ó prepararnos, tal vez
infructuosamente, á repeler una nueva invasión de las fuerzas combinadas.
» El Libertador presidente insiste en las medidas de procurar una paz
honrosa y permanente ; la proclama adjunta emite francamente los designios
de S. E. Mas en el actual desenfreno de pasiones, y á pesar de las revolu-
ciones intestinas que deben sucederse en los Estados meridionales del Sur,
no queda otro recurso (en el concepto de S. E.) que el que Us. hable priva-
damente con los ministros de los Estados Unidos y de Inglaterra, manifes-
tándoles las pocas esperanzas que hay de consolidar los nuevos gobiernos
americanos, y las probabilidades que hay de que se despedacen recíproca-
mente, si un Estado poderoso no interviene en sus diferencias ó toma á la
América bajo su protección. Según el resultado de esta conferencia privada,
podrá Us. dirigirse oficialmente á dichos ministros, siempre que haya pro-
babilidad de un buen suceso.
• He demostrado á Us. las intenciones de S. E. el Libertador en obsequio
de la paz y de la dicha de Colombia. Resta que Us. someta al consejo de
ministros estas opiniones, y que de acuerdo con él, proceda Us. en las rela-
ciones con los agentes extranjeros sobre este importante negocio.
Antes de concluir añadiré á Us. que al dirigirse al ministro de los Esta-
dos Unidos, debe hacerse con el objeto de la mediación, como que es la
nación invocada en los tratados de Girón, por parte del Perú, para interve-
nir en las diferencias entre el Perú y Colombia , y para garantir el cumpli-
miento de los convenios internacionales. La protección es mas propia de
una potencia europea.
•Vuelvo á encarecer á Us. haga fijar la consideración del consejo en un
asunto de tan vital importancia , y del cual dependen los destinos de Co-
lombia.
* Acepte Us. el testimonio de mi distinguida consideración y aprecio con
que soy de Us. muy obediente servidor.
» Firmado José D. Espinar. >
tomo ív. i *
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210
HISTORIA DE COLOMBIA.
proyecto tan extraño, hijo probablemente de momentos de
exaltación y de absoluta desconfianza sobre el porvenir de las
nuevas repúblicas, lo meditó con la debida circunspección. Él
halló impracticable la abertura de semejante negociación : pri-
mero, porque el gobierno de Colombia no tenia poderes ni
instrucciones de los demás Estados americanos para someterlos
a la protección de una potencia extranjera, y disminuir así los
derechos de su soberanía; segundo, porque el gobierno de
S. M. B. no querría obligarse á dar tal protección que lo com-
prometería, especialmente con la España ; y tercero, porque un
paso de tamaña trascendencia radicaría y haria mas fuertes los
celos y animosidad de los otros Estados americanos contra Co-
lombia, persuadiéndoles que esta pretendía ejercer sobre ellos
una supremacía indebida é intervenir en sus negocios domés-
ticos. Ademas, era probable que el gobierno de los Estados
Unidos soplára el fuego de aquella animosidad, por el influjo
que en tal caso debía adquirir en estos países la Gran Bre-
taña, influjo que perjudicaría sobre manera á la política y ú
los intereses comerciales de los Americanos del norte y aun de
otras potencias.
El ministro de relaciones exteriores conforme á un acuerdo
del consejo de ministros, expuso en oficio de 25 de mayo aques-
tas razones al secretario general del Libertador presidente. Eran
tan incontestables los fundamentos aducidos para no entablar
la negociación, que jamas pensó el consejo que el Libertador
insistiera en su indicación primitiva. Sin embargo, como el
ánimo de este se hallaba cada dia mas desconsolado sobre la
suerte futura de las repúblicas americanas, y como en aque-
llos dias habia recibido noticias alarmantes de nuevos excesos,
revoluciones y crímenes que hacían cada vez mas negra la his-
toria de la América española ya independiente; en fin, como
se hablaba de una fuerte expedición marítima y terrestre que
la España reunía en la isla de Cuba para invadir á Méjico, Bo-
lívar insistió en su primera idea. Así, en oficio de su secretario
general, fecha de G de julio, expuso con la enérgica expresión
de ideas q«e acostumbraba el estado lamentable de la Ame-
rica, por la insubsistencia y mala fe de sus gobiernos, que ho-
llaban los tratados mas solemnes y la fe pública de las nacio-
nes ; por los desórdenes, ignorancia y apatía de los pueblos,
que eran instrumentos ciegos del primer ambicioso que hablán-
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CAPÍTULO XV.
doles de libertad é igualdad, les hacía cometer los mayores
crímenes; por la desmoralización de los ejércitos, los excesos
de la demagogia y la insaciable sed de mando ; en fin, por la
actual amenaza de una fuerte expedición española dirigida
contra la América. Después manifestaba la insuficiencia de los
remedios adoptados hasta entonces para conjurar la tempestad
y curar tan graves males, y se hacía cargo de las dificultades
que se habian opuesto por el consejo de ministros para em-
prender la negociación que pusiera á la América ántes española
bajo la protección de la Gran Bretaña (*).
(1) Nos parece conveniente copiar integro este documento importante , que
decía :
€ REPÚBLICA DE COLOMBIA.
• Secretaria general de S. E. el Libertador.
» Cuartel general en Buijo, á 6 de julio de 1819 — 19.
• Al H. señor ministro de Estado en el despacho de relaciones exteriores.
» Señor,
» He tenido la honra de dar cuenta á S. E. el Libertador presidente de la
comunicación de Us. de 25 de mayo, contraída á manifestar los pasos que se
han dado privada y ollcialmente por el ministerio de Us. para excitar á los
gobiernos de los Estados Unidos y del Reino Unido de la Gran Bretaña é Ir-
landa, por medio de sus ministros, á una mediación entre el Perú y Colom-
bia; y de las observaciones que ha hecho el consejo á la indicación que de
orden de S. E. trasmití á Us. sobre la conveniencia de solicitar de alguna
potencia europea, tomase la América bajo su protección. Los primeros son
conformes con los deseos de S. E. Las segundas , aunque desenvuelven los
principios del derecho de gentes convencional , son mas bien aplicables á la
palabra protección, de que me he servido en mi nota de 4 de abril , que á la
idea concebida por S. E. y que no acerté á expresar.
» Desde que las diferentes secciones americanas han ensayado infructuosa-
mente todas las formas de gobierno simples ó mixtas comprendidas entre la
democracia pura y el completo absolutismo ; después que los pueblos se han
familiarizado en destituir, deportar y aun ejecutar infamemente á los monar-
cas, directores, presidentes y demás conductores de las naciones; cuando los
gobiernos nuevos hacen profesión de desconocer todo derecho de gentes , y
guiados por el instinto del mal y por su propio interés , han conculcado los
tratedos mas solemnes y faltado á la fe pública de las sociedades ; después que
ineptos para gobernarse á si mismos son frecuentemente la presa del primer
ambicioso, de un emprendedor audaz, y convertidos en instrumentos ciegos
de pasiones individuales, llevan la guerra á las naciones limítrofes ; desde que
la desmoralización ha penetrado en el corazón de los ejércitos ; cuando la de-
magogia ha arrastrado á los hombres, no solo á despedazar las entrañas de
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212 HISTORIA DE COLOMBIA.
Solamente un ánimo afectado por la mas profunda melan-
colía, como se hallaba entónces el de Bolívar en la hacienda de
Buijo, al ver cundir por do quiera los desórdenes y la multitud
su patria y abrasarla en el fuego déla discordia civil, sino en invocar á los ene-
migos de aquella, abrirles las puertas y franquearse á ellos como á sus cola-
boradores; después, en fin, que la sed de mando ha sugerido el medio de
saciarla, vituperando á los predecesores hasta el extremo de fallar contra ellos
en favor de los enemigos; y cuando la antigua metrópoli, tan lejos de perder
las esperanzas de reconquiste, hace preparativos para una nueva y fuerte ex-
pedición sobre las costas y provincias australes de la América , es preciso, es
inevitable deplorar anticipadamente la futura suerte del Muevo Mundo.
> ¿ Qué medios pueden excogitarse para salvarnos por nuestros propios es*
fuerzos del estremecimiento casi universal que ha derrocado los imperios, que
ha sepultado las repúblicas, que ha hecho desaparecer las naciones enteras?
¿Cómo librar á la América de la anarquía que la devora y de la colonización
europea que la amenaza? — Se reunió un congreso anfictiónico, y sus tareas
fueron desdeñadas por las naciones mas interesadas en sus convenios. — Se
propuso una federación parcial de tres Estados soberanos, y la maledicencia y
el escándalo se elevaron hasta los cielos. En fin, la América necesita de un
regulador, y con tal que su mediación, protección ó influencia emanen de una
nación poderosa del antiguo continente , y con tal que ejerza un poder bas-
tante para que en caso de ser desatendida é insuficiente su política , emplee
la fuerza y haga oir la voz del deber, lo demás es cuestión de nombre.
» S. E. está al cabo de las dificultades que hay para que Colombia implore
el favor de la Europa ó de una nación cualquiera para sí y los demás Estados
americanos. Lo está también de los celos que excitaría entre las potencias
europeas la influencia que una de ellas (que no fuese la España) ejerciese
sobre la América ; pero debiendo esta á la Inglaterra doscientos millones de
pesos, es sin duda la nación á quien mas interesa impedir la destrucción y la
esclavitud de la América. Pero este interés aislado ó falto de aplicación y ejer-
cicio no pondrá á la América á cubierto de ser colonizada nuevamente por la
España ú otra nación continental ; y hé aquí el término de la revolución y el
fruto de veinte años de sacrificios.
> S. E. no tiene en este negociado el mas remoto interés personal, fuera del
de Colombia, fuera del de la América. No se adhiere á la palabra; busca la
cosa. Llámese como se quiera, con tal que el resultado corresponda á sus de-
seos, de que la América se ponga bajo la custodia ó salvaguardia, mediación
ó influencia de uno ó mas Estados poderosos que la preserven de la destrucción
á que la conduce la anarquía erigida en sistema, y del régimen colonial de que
está amenazada. Inglaterra ¿no ofreció espontáneamente su mediación entre
el Brasil y el Rio déla Plata? ¿No intervino á mano armada entre la Turquía
y la Grecia? Busquemos, pues, señor ministro, una tabla de que asirnos, ó
resignémonos á naufragar en el diluvio de males que inundan á la desgraciada
América.
* Sea Us. servido de someter nuevamente al consejo esta explicación de los
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CAPÍTULO XV.
213
de crímenes hijos de la revolución, entre los cuales no olvidaba
el 25 de setiembre, y que todos sus trabajos y fatigas en diez y
nueve años, no habían hecho la felicidad de los pueblos, podía
insistir en su primera indicación. El gobierno de Colombia no
debia iniciar sin poderes ni instrucciones una negociación con
el fin de poner bajo la protección, es decir, dependencia de una
ó mas naciones europeas á los nuevos Estados americanos. En
primer lugar, estos habrían rechazado con indignación cuales-
quiera estipulaciones acordadas sin su consentimiento ; y en
segundo, ninguna de las potencias europeas habría querido
encargarse por sí sola de una empresa tan vasta y difícil como
sujetar por su política y por sus armas los Estados erigidos en
la América ántes española, á fin de que marcháran por la senda
del deber, y se estimaba casi imposible la combinación de dos
ó mas naciones. Ademas, era un presentimiento demasiado
melancólico pensar que la débil España pudiera someter se-
gunda vez y colonizar las nuevas repúblicas. Si estas, sin tener
al principio hombres de Estado, sin armas y sin experiencia
habían triunfado hasta entonces del poder é influjo de la madre
patria, después de una guerra sangrienta no habia peligro al-
guno de que sucumbieran en la lucha, cuando eran mas fuer-
tes, aguerridas y experimentadas que al principio, y cuando
generalizada la opinión de los pueblos, estaban mas decididos
por la Independencia. El Libertador, que durante su vida pú-
blica habia dado tan relevantes pruebas de una constancia y
valor incontrastables, era el que ménos podia temer otra subyu-
gación. Nos parece, pues, que su exaltada sensibilidad y una
enfermedad grave que habia debilitado su parte moral, ó acaso
una mala redacción de las ideas que expresára, por falta de su
secretario, fueron las causas que le hicieron decir cosas que no
pensaba seriamente.
Ántes que el ministro de relaciones exteriores Vergara reci-
biera dicha comunicación para someterla al consejo, habia
tenido várias conferencias con el señor Bresson. Este expuso los
objetos de su misión, que eran : manifestar al gobierno de Co-
votos del Libertador por la felicidad de las naciones, en cuya existencia le ha
cabido no pequeña parte.
» Soy de Us. con perfecto respeto muy obediente servidor.
• José D. Espinar. »
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214 HISTORIA DE COLOMBIA.
lombia que el de S. M. Cristianísima no habia podido reco-
nocer su Independencia y la de las otras nuevas repúblicas de
la América ántes española, por las relaciones íntimas de alianza
y de sangre que lo ligaban con la familia reinante en España ;
en segundo lugar, por la delicadeza con que debia manejarse
en tanto que sus tropas ocupaban y recorrían el territorio es-
pañol; pero que sin embargo de tan graves obstáculos que en-
cadenaban la política de la Francia, esta en la primera ocasión
que se le presentó habia procurado establecer relaciones comer-
ciales nombrando cónsules y agentes para Colombia. También
habia dado constantemente buenos consejos al gobierno de la
España, para que terminára los sufrimientos de la América,
consejos dictados por los motivos mas puros y pacíficos. Ase-
guró que la Francia jamas habia alimentado designios hostiles
contra Colombia, y en el caso de que se hubiesen hecho insi-
nuaciones contrarias al gobierno colombiano, declaraba que
ellas carecian enteramente de fundamentos.
Manifestó en tercer lugar el comisionado francés, que eva-
cuado ya el territorio de la Península por las tropas francesas,
él habia sido enviado expresamente por S. M. Cristianísima,
para asegurar al gobierno colombiano de sus intenciones amis-
tosas y benévolas. Añadió Bresson, que estaba próximo el dia
en que fuera reconocida Colombia y se establecieran por la
Francia relaciones políticas con su gobierno; que este paso
únicamente se retardaba por el estado interior del país, que
esperaba se fijaría por el congreso constituyente que debia
reunirse dentro de pocos meses ; que Colombia daría entónces
mayores garantías de estabilidad, de orden y de paz : la falta
de estas garantías era la causa que en la actualidad retraía al
gobierno de S. M. Cristianísima, para contraer relaciones po-
líticas con los nuevos Estados ; aseguró, sin embargo, que Co-
lombia era una excepción por los constantes esfuerzos que
siempre habia hecho el Libertador presidente para restablecer
completamente el órden, y para consolidar las instituciones de
la República. « El Libertador presidente, añadió Bresson, eji á
nuestros ojos el hombre de gobierno y de buen orden : nosotros
sabemos apreciar sus talentos y su firmeza : el presidente es la
mas fuerte garantía de lo presente y del porvenir. »
Por último quiso saber el comisionado si Colombia, al hacer
tratados coa las. naciones que primero la habían reconocido,
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CAPÍTULO XV. 2li>
habría encadenado su política concediéndoles favores y preemi-
nencias que no pudiera acordar á la Francia tratándola como
la nación mas favorecida, base indispensable para el reconoci-
miento de la República. El ministro colombiano informó al
señor Bresson, que el gobierno estaba libre y sin traba alguna
por sus convenios anteriores, para tratar con el de S. M. Cris-
tianísima sobre la base de una perfecta y recíproca igualdad.
Esta franca declaración fué muy satisfactoria al comisionado,
quien expresó á nombre del gobierno francés, que en los trata-
dos que hiciera con el de Colombia sería generoso, y que no
tendría exigencias que perjudicaran á la República. Agregó que
estos eran únicamente los objetos de su misión, y que no tenia
poderes algunos para celebrar tratados ; pues, como habia dicho,
esto dependía del desarrollo que tuvieran los negocios internos
de Colombia, y de las garantías de orden y de estabilidad que
diera su gobierno. También aplaudió, como una medida propia
para conciliarse el afecto de las demás naciones, el decreto del
Libertador suspendiendo el corso y llamando á todos los corsa-
rios : expresó haber hecho tal decreto una impresión muy fa-
vorable en el ánimo de los negociantes franceses, lo que desde
antes habia manifestado él ministro de relaciones exteriores
conde la Ferronays.
Iguales motivos á los que indicaba el gobierno francés para
no reconocer á Colombia, obraban sobre otros gabinetes euro-
peos. Aquellos que habían reconocido nuestra Independencia
se retraían un poco de cultivar la amistad y las relaciones po-
líticas ya contraidas. Los demás retardaban de dia en dia el
reconocer á la República y tratar con su gobierno. Aunque
todos manifestaban la mayor confianza y admiración de los
talentos, de la buena fe y del influjo del Libertador, altas cali-
dades que le ponían en aptitud de cumplir ló que ofreciera,
todavía suscitaban objeciones. Temían que se prolongára la
guerra de Colombia con el Perú y que le suscitára acaso otros
enemigos : que el Libertador muriese, como podia suceder, ó
que^el congreso constituyente no le nombrára de nuevo para la
presidencia.
Como estas objeciones, que detenían el curso de nuestras re-
laciones exteriores, dependían de hechos encubiertos aun con
el velo de lo futuro, los señores Madrid y Palácios, ministros
colombianos en Lóndres y en Paris, á pesar de su celo y de sus
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210 HISTORIA DE COLOMBIA.
constantes esfuerzos, no podían desvanecerlas. El cuerpo diplo-
mático en la capital del imperio británico continuaba dando al
primero relevantes pruebas de consideración y de alta estima,
así como el lord Aberdeen, que dirigía las relaciones exteriores
bajo del ministerio Wellington. Sin embargo, Madrid no pudo
recabar de él que interpusiera sus buenos oficios con la España
á fin de que diera la paz á Colombia. El ministro británico res-
pondió que tantas veces lo habia hecho el gobierno de S. M.,
sin obtener un éxito favorable, que si no ocurría uu nuevo y
poderoso motivo que diera alguna probabilidad de un feliz
resultado, ó de que en el gabinete de Madrid ocurriera algún
cambio en su política actual, no podia repetir semejante paso
sin desdoro de la administración británica. Tampoco accedió el
lord Aberdeen á reclamar del gobierno español los armamentos
que se hacian en las islas de Cuba y Puerto-Rico, destinados,
según se decia, contra Colombia y Méjico. Recordósele por el
señor Madrid y por el ministro mejicano, que las dos repúbli-
cas pudieron invadir y tomar aquellas importantes colonias de
la madre patria, lo que no hicieron por complacer al gobierno
de la Gran Bretaña, que manifestó por medio de su difunto
ministro Mr Canning deseos de que no atacáran á Cuba ni á
Puerto-Rico. Añadieron los ministros ántes mencionados, que
armándose allí tropas contra el continente americano, al fin se
verían obligados los gobiernos de Colombia y de Méjico á rea-
lizar la invasión usando de su natural defensa. El ministro
ingles sostuvo que no habia constancia de promesa alguna
hecha por parte del gobierno británico, de impedir los arma-
mentos en aquellas islas contra las repúblicas de la Costa-
Firme : confesó el derecho que tenían los beligerantes de inva-
dir dichas colonias ; empero añadió secamente al ministro me-
jicano : « que si verificaban la invasión se sujetarían á las con-
secuencias. »
El señor Madrid fué mas feliz con el embajador de los Países
Bajos en Lóndres. Consiguió al fin allanar todas las dificultades
y escrúpulos que oponía el barón Falk sobre el estado actua^de
Colombia, que juzgaba esencialmente provisorio, y en Io de
mayo firmaron un tratado de amistad, navegación y comercio.
Este era en su mayor parte conforme al celebrado con la Gran
Bretaña ; pero en él se hacian concesiones mas liberales á nues-
tra navegación y se obtuvieron algunas otras ventajas. Debia
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CAPÍTULO XV.
permanecer en su fuerza y vigor por el término de doce años
contados desde el día del canje de las ratificaciones. Cumplido
este término aun continuada observándose, miéntras una de las
dos partes contratantes no declarase á la otra su resolución de
terminarlo; en cuyo caso estaría en vigor por el espacio de
doce meses contados desde el dia en que se hubiera recibido la
expresada notificación. Luego que dicho tratado se recibió en
Bogotá se envió al Libertador, de quien obtuvo la ratificación
correspondiente.
En París nada habia podido adelantar el enviado colombiano
Palácios. El ministerio Polignac era contrario enteramente al
reconocimiento de las nuevas repúblicas. Aun tachaba la con-
ducta del Libertador, pues el príncipe dijo á Palácios en una
conferencia, que por miras ambiciosas promovía la guerra con
el Perú, proposición que no pudo sostener luego que oyó las
razones victoriosas que le diera en contrario nuestro ministro.
Decíase, y resultó después cierto, que el príncipe de Polignac
habia revocado la comisión del señor Bresson y llamádole á
Francia.
En su lugar y con el carácter de enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario del emperador del Brasil, venia á
aumentar la lista diplomática en la capital de Colombia el
comendador don Luis de Souza Díaz. El Libertador se habia
propuesto, desde que se estableció aquel imperio limítrofe de
Colombia, mantener buena amistad con su ilustre jefe, espe-
cialmente después que se esclarecieran los hechos que por
algunos días turbaron las relaciones, cuando Bolívar se hallaba
en el Alto-Perú. El emperador correspondía ahora con la mi-
sión de Souza Díaz, á la que el Libertador enviára á don Pedro
á fin de felicitarle por su elevación al trono imperial.
Fuera de esta variación hubo algunas otras en el personal
del cuerpo diplomático residente en la capital de Colombia.
El general Harrison, enviado extraordinario y ministro pleni-
potenciario del gobierno de los Estados Unidos del Norte, fué
reemplazado por el coronel Tomas Moore con el mismo carác-
ter. Harrison habia sido nombrado por el presidente Adams.
Por tanto le cupo la suerte que á los demás empleados de aque-
lla administración, que perdieron sus destinos por remoción
que el nuevo presidente general Jackson hizo de ellos, luego
que subiera á la silla presidencial en marzo de 1828; tachóles
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218
HISTOHU DE COLOMBIA.
en su discurso de inauguración — a de manos infieles ó incom-
petentes. »
Á Colombia fué ventajosa la variación de ministro. Harrison,
á pesar de sus primeras protestas que parecían emanadas de
un militar franco, habia tomado parte en las cuestiones políti-
cas que se agitaban en la República, y declarádose enemigo
gratuito del Libertador, á quien escribió al sur una larga carta
dándole consejos sobre el modo de gobernar á los pueblos, los
que este despreciára, y porque no establecía en Colombia un
gobierno como el de los Estados Unidos. Pretensiones insensa-
tas, pues hasta los principiantes en los estudios políticos saben,
que acaso no se hallarán dos naciones que puedan ser regidas
por una misma constitución.
Tales designios del ministro Harrison emanaban probable-
mente del presidente Adams y de su secretario de Estado Clay,
que se habían propuesto influir en los gobiernos de las nuevas
repúblicas, sobre todo en Méjico y en Colombia. Por medio de
su ministro J. R. Poinsett consiguieron minar ai gobierno de
Méjico hasta introducir el mas horroroso desórden en aquella
república, valiéndose de las logias masónicas y promoviendo
una grande rivalidad entre los ritos escoces y yorkino ; patro-
cinando á este, Poinsett lo hizo triunfar y pudo con tal auxilio
disponer á su arbitrio de la suerte del país. Nació de aquí la
sangrienta revolución que colocára al general Vicente Guerrero
al frente de la nación mejicana, echando abajo la elección de
Gómez Pedraza. Siguiéronse después las revueltas continuas y
posteriores de Méjico , que nos dan derecho á pensar que la
administración de Adams obraba en esto con un maquiave-
lismo refinado. No quería que un Estado limítrofe, rico y po-
deroso, tuviera un gobierno bien establecido, que algún dia se
opusiera á los proyectos de influjo, predominio, engrandeci-
miento y expoliación que acaso desde entónces meditaba el
gobierno de los Estados Unidos. La cuestión de Téjas, el Nuevo
Méjico y las Californias eran probablemente los designios am-
biciosos que aun estaban en embrión. a
Aunque respecto de Colombia no podia meditar iguales
proyectos, porque los territorios no eran limítrofes, el brillo de
esta nueva República, así como la gloria y el influjo de su
ilustre jefe, que se caracterizaba por Adams y por su ministro
Clay como un hombre ambicioso, parece que eran los motivos
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CAPÍTULO XV
219
que obraban en su ánimo para turbar la marcha del gobierno
de Colombia. A fin de conseguirlo Harrison se ligó en Bogotá
con los enemigos del Libertador, especialmente con el encar-
gado de negocios de los Estados Unidos mejicanos, coronel
Anastasio Torrens. Este, cuyos talentos eran bien limitados, se
habia ocupado desde el tiempo del presidente Guadalupe Vic-
toria en dirigir á su gobierno chismes oficiales contra el Liber-
tador, asegurándole que pretendía sojuzgar á Méjico para do-
minar en la América ántes española, calumnia que no tenia el
menor fundamento, y que se supo haber sido apoyada por el
ministro Poinsett en cumplimiento de órdenes expresas de su
gobierno. De aquí provino que la administración de Guerrero
en Méjico profesaba mala voluntad á Colombia y al Libertador;
así fué que en la guerra del Perú se habia declarado abierta-
mente en favor de esta república, diciendo — « que su causa
era la de la humanidad. » También manifestó regocijo el
mismo gobierno cuando los Peruanos publicaron que habían
ganado la batalla de Tarqui y humillado á Colombia.
Esta mala voluntad la habia extendido Torrens cuanto le
fuera posible, por medio de las logias yorkinas, que desgracia-
damente disponían de la suerte de Méjico, y con las que se ha-
llaba en correspondencia. Afortunadamente ni Harrison, ni Tor-
rens, ni otros intrigantes pudieron adquirir influjo político en
Colombia valiéndose de las logias masónicas. Aunque hasta
1823 tuvieron bastante séquito por la novedad, desde entónces
comenzó á decaer su crédito mal adquirido, y poco después de
1826 terminaron su desacreditada existencia. El Libertador las
ridiculizaba con mucha fuerza y otros hombres influentes hi-
cieron lo mismo, atacándolas también el principio religioso y
los eclesiásticos desde el pulpito. Es verdad que en Colombia
los masones se ocupaban en divertirse á costa de los noveles
hermanos, en largas cenas, y en explotar algunos de ellos mas
astutos y experimentados la sencillez de otros, arrancándoles
crecidas limosnas para socios de la confraternidad que se su-
ponían pobres, ó que en efecto lo eran.
lodos estos hechos de Torrens llegaron al conocimiento del
gobierno de Colombia por documentos fehacientes, quien ma-
nifestó al de Méjico sus deseos de que lo reemplazára por otro
agente diplomático, que cultivase mejoría buena armonía entre
ambas repúblicas.
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220 HISTORIA DE COLOMBIA.
En cuanto al ministro Harrison, se atajaron los males que
pudiera haber causado á Colombia, con su relevo y la posesión
del nuevo enviado extraordinario coronel Moore ; este, en su
discurso al jefe del gobierno de Colombia el dia que fué reco-
nocido, protestó á nombre del presidente Jackson y en virtud ?;
de instrucciones especiales, — a que se abstendría muy escru-
pulosamente de cualquiera intervención directa ó indirecta en
la política y negocios domésticos de Colombia. » La misma
declaración hizo el coronel Moore al secretario de relaciones
exteriores de nuestra República; en conferencia verbal le ase-
guró á nombre del presidente de los Estados Unidos, que habia
revocado los poderes de Harrison, para enviar un ministro de
toda su confianza é impedir cualquiera ingerencia en los nego-
cios internos de Colombia. Hé aquí una prueba convincente de
cuanto hemos dicho sobre la intervención maquiavélica del
gobierno del presidente Adams en los asuntos domésticos de
nuestra República y de Méjico. Aun se verán otros hechos pos-
teriores que robustecen este mismo concepto.
Sin embargo del cambiamiento feliz acaecido en la legación
de los Estados Unidos, el Libertador deseando tener en Was-
hington un representante de toda su confianza, nombró con el
carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario
de Colombia en los Estados Unidos al general Daniel F. O'Leary.
Instruyóse á este para que examinára cuidadosamente los pla-
nes y la política de aquel gabinete, sus miras y sus proyectos
sobre las repúblicas de la América del Sur y de Méjico, y mas
particularmente respecto de Colombia.
Aun prescindiendo de estos negocios, habia á la sazón otro
motivo de suma importancia para mantener en Washington un
ministro como O'Leary, inteligente y celoso por el servicio y
prosperidad de la República. Tal era, tener fija la vista sobre
las operaciones del gobierno español en las islas de Cuba y
Puerto-Rico. La primera sobre todo era entónces el centro de
los proyectos hostiles que la España meditaba contra los nuevos
Estados que se habían formado en sus antiguas colonias. Jro-
pas numerosas y una escuadra existían en Cuba, y se decia estar
pronta á zarpar una fuerte expedición. Aquestas noticias tenían
alarmadas nuestras costas y especialmente las de Venezuela. El
agente colombiano en Curazao, Rafael Diego Mérida, aseguró al
general Páez que la expedición preparada al mando del briga-
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CAPÍTULO XV. 221
dier don Isidro Barridas vendría contra Venezuela , noticia
que causara á Páez una grande alarma, obligándole á hacer
muchos preparativos, y crecidos gastos en circunstancias en
que la hacienda pública de los departamentos sujetos á su in-
mediato mando se hallaba en un estado lamentable de pobreza
y decadencia. Mas el gobierno de la República, mejor instruido,
no tuvo el menor cuidado. Conocia desde algunos meses atrás
los pasos que se dieron en Madrid para armar aquella expedi-
ción, las intrigas que la habian motivado y que se dirigía con-
tra Méjico (t). Algunos emigrados y otros entusiastas por la
dominación española hicieron creer ai gobierno de Fernando VII,
que al desembarcar tropas suyas en las costas mejicauas todo
el país se levantaría en masa á favor de la madre patria, y que
el general Santana se pondría á la cabeza del movimiento. Esta
es la única y verdadera clave para explicar la locura del gabi-
nete de Madrid, que enviara con un jefe tan inepto como
Barradas, solo tres mil seiscientos hombres de desembarco,
contra una república que tenia mas de seis millones de ha-
bitantes. Sin embargo la escuadra que conducía un número
tan insignificante de tropas españolas zarpó de la Habana el 7
de julio.
Alarmados como se hallaban los departamentos de Venezuela
supieron bien pronto que la expedición había dirigido su rumbo
hacia las plazas de Méjico. Interrumpiéronse , pues, los prepa-
rativos de defensa, y el general Páez dedicó su atención á con-
solidar la tranquilidad interna. Aun todavía la turbaban algunas
fuertes partidas de guerrillas en favor del rey. Las principales
eran las que tenían sus guaridas en las montañas de los Güires,
de Tamanaco, y Batatal entre Orituco y Rio-Chico. Según he-
mos dicho antes, las mandaba el Español don José María Amá-
balo con el título de « comandante general de las tropas ame-
(1) Un patriota distinguido natural de Caracas, que residía en Madrid desde
algunos años ántes, y que se decidió á servir á su patria con talentos nada
comunes, daba al gobierno de Colombia todas las noticias que le importaba
saber* Este agente, que tenia en la corte buenas relaciones, sabía aun los se-
cretos militares y de gabinete, los que analizaba con una crítica severa y con
excelente lógica. Tan distinguido Colombiano, don Tomas Quintero, lia muerto
pobre en Madrid, sin que Colombia, por sus funestas divisiones, pudiera pre-
miarle sus importantes y patrióticos servicios. Debemos por lo menos darle un
testimonio público de nuestro reconocimiento.
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222
HISTORIA DE COLOMBIA.
nenias de S. M. Católica. » Cansado aquel de la penosa vida que
llevaba en los bosques, se desengañó de que nada podían ade-
lantar sus guerrillas contra las fuerzas numerosas que tenia el
gobierno de Colombia. Mandaba las destinadas á combatir los
facciosos por la parte de Orituco en el llano alto el general An^
tonio Valero; y por el lado de Rio-Chico el primer comandante
Lorenzo Bustíllos, los que por medio de sus partidas tenían en
donde quiera acosados á los guerrilleros. Á consecuencia de tan
penosa situación , Arizábalo propuso una capitulación para sí y
para todos los que seguían las banderas del rey de España ; él
ofreció hacer cuanto estuviera á su alcance á fin de que todos sus
partidarios depusieran las armas bajo de la mas solemne garan-
tía de que podrían permanecer en el país los que no quisieran
trasladarse á Puerto-Rico en un buque preparado al efecto que
les daría el gobierno colombiano.
Aceptada la propuesta, el general Páez confirió al comandante
de Rio-Chico Bustíllos el poder y las instrucciones convenientes
para que ajustase la capitulación. Efectivamente se firmó el 18
de agosto en el campo de la boca del rio Aragua, entre Bustíllos
y Arizábalo. Ofreció este que todas las tropas que estaban á sus
órdenes evacuarían las posiciones que ocupaban y rendirían las
armas en el pueblo de Guapo, concediéndoseles los honores mi-
litares establecidos por el derecho de la guerra; prometióse la
mas completa garantía respecto de todos sus hechos anteriores
á los jefes, oficiales y soldados que se entregaran , y que serian
bien tratados, lo mismo que sus familias, todos aquellos que
determináran quedarse en el país , jurando la constitución y
leyes de la República. Á los que prefiriesen trasladarse á los
dominios del rey de España, se les ofreció que con toda seguri-
dad y á costa de Colombia se les llevaría con sus familias á la
isla de Puerto-Rico ó de Santómas.
Luego que estuvo concluida y firmada la capitulación, que
fué aprobada por el jefe superior de Venezuela, y posterior-
mente por el consejo de ministros que residía en Bogotá, se in-
vestigó la voluntad de los jefes, oficiales, soldados y sirvientes
que componian las guerrillas presentadas : todos expusieran á
presencia de Arizábalo y de Bustíllos , que preferían quedarse
en el- país de donde eran naturales. En seguida prestaron en el
templo del Guapo el juramento de fidelidad al gobierno de la
República de Colombia, de sumisión y obediencia á sus leyes é
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CAPÍTULO XT. T¿3
instituciones ; acto á que se diera bastante solemnidad. Única-
mente el comandante Atizábalo expuso : que ni su naturaleza
ni su honor le permitían abrazar y seguir otro partido que el
de la fidelidad á las banderas del rey de España, fuera cual fuese
suerte. En consecuencia se le trasladó á Puerto-Rico.
En virtud de esta capitulación , cumplida fielmente por una
otra parte, se presentaron a gozar de ella en el cantón de Rio-
Chico y en el de Orituco los comandantes Juan Celestino Cen-
teno y Doroteo Herrera, diez oficiales, ciento cuarenta soldados,
y ciento ochenta y ocho entre mujeres y niños. Gran parte fue-
ron distribuidos en el cantón de Rio Chico con el destino de
que se ocuparan en la agricultura, dándose por cuenta del go-
bierno tierras baldías á los que las pidieran. A Doroteo Her-
rera, cuyas habitudes eran militares, le llamó el general Páez
á fin de emplearle en el ejército como oficial de caballería.
Estos jefes de guerrillas fueron los últimos restos del partido
español que depusieron las armas en Colombia , y también las
postrimeras hostilidades que nos hiciera la España (agosto 18).
De aquí para adelante la guerra de nuestra Independencia fué
enteramente nominal.
Es cierto que subsistía la partida de José Dionisio Cisnéros en
los valles del Tuy y en las cercanías de Carácas. Pero, según se
dijo en la capitulación de Arizábalo , era Cisnéros un faccioso
malhechor que ninguna conexión ni relaciones tenia con el go-
bierno de S. M. Católica, y por esto no se sujetaba á la regula-
rizacion de la guerra, ni a las leyes de la nación española. Asi
fué que Arizábalo no incluyó á Cisnéros en la mencionada ca-
pitulación. Él continuó robando y matando por algunos años,
sin que nunca se le pudiera aprehender. Por fin capituló con el
gobierno de Venezuela, perdonándole este todos sus crímenes,
con tal de que pusiera término , según lo hizo , á los robos y
matanza de los labradores pacíficos é inermes.
Ademas de estos sucesos ocurrieron otros en Venezuela dig-
nos de recordarse. Uno de ellos fué el arribo á Puertocabello
(agosto 20) en la fragata Cundinamarca del general Francisco
de Piula Santander, con otros de los que habian sido mandados
expulsar del país á consecuencia de la conspiración del 25 de
setiembre. En cumplimiento de órdenes que ya tenia Páez ,
quien se hallaba en aquella plaza, le hizo salir inmediatamente
en un buque mercante que se dirigía en la ciudad de Ham-
HISTORIA DF. COLOMBIA .
burgo. Algunos de sus compañeros de viaje permanecieron en
Venezuela, donde se les permitió residir.
La fragata Cundinamarca debía dirigirse al Pacífico, adonde
estaba destinada. Mas considerando que llegaría muy tarde
para hacer la guerra al Perú , el general Páez suspendió los
aprestos de su partida, á causa también de la escasez de las
rentas publicas de Venezuela, que no producían eutónces para
cubrir los gastos mas precisos i*).
Casi al mismo tiempo que en Venezuela ocurrían estos suce-
sos en el curso del mes de agosto, en Bogotá recibió el consejo
de ministros la nota del 6 de julio del secretario general del
Libertador, en que le prevenía excogité ra los medios mas pro-
pios para conseguir en favor de Colombia — a la custodia ó sal-
vaguardia, mediación ó influencia de alguna de las grandes po-
tencias de Europa. » A la sazón ya se sabia el resultado de las
elecciones de los representantes que debían formar el congreso
constituyente de Colombia, hechas en toda la República el Io de
julio. Estas elecciones se habían practicado en las provincias
con el mayor órden, y por do quiera excitaron un grande inte-
rés, concurriendo al nombramiento mayor número de sufra-
gantes parroquiales que en las anteriores (*). Habían sido elegi-
dos diputados para el congreso algunos de los proceres de la
Independencia, hombres de grande influjo en sus provincias, y
amigos de los que componían la administración del Libertador :
ellos deseaban que se adoptaran en Colombia instituciones mas
durables y acomodadas á las habitudes que reinaban en nues-
tros pueblos, que aquellas por las cuales nos habíamos regido
hasta entonces. Parecía también á muchos que por medio de
razonamientos podría vencerse la exaltación y amor á la demo-
cracia pura de algunos otros diputados , especialmente de los
mas jóvenes.
Esta perspectiva se juzgó favorable á las ideas del consejo de
ministros y de todos aquellos que opinaban por la Monarquía,
animándolos á continuar en su iniciado proyecto. Después de
(1) La fragata Cundinamarca continuó anclada en Puertocabello , doifcie se
estaba pudriendo. Vendióla el gobierno del general Páez por trescientos cin-
cuenta mil pesos en vales de la deuda doméstica de Colombia , que no se pa-
gaban al veinte y cinco por ciento. Según veremos después, La Colombia tuvo
un ñn aun mas desgraciado.
(2) Véase la nota 19».
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CAPÍTULO XV. 22»
algunas meditaciones bastante detenidas, se decidió el consejo á
extender un acuerdo el 3 de setiembre. Trataba en él de resol-
ver el difícil problema recomendado con tanta fuerza por el Li-
bertador, de adquirir para Colombia la ayuda ó protección de
una poderosa nación europea, sin comprometer de modo alguno
la Independencia nacional. Observóse justamente que no se po-
dría conseguir ninguna ayuda , salvaguardia ó protección que
enfrenase la anarquía , sin dar primero estabilidad al gobierno
de la República ; sin este requisito ninguna potencia querría
entrar en comprometimientos con nosotros. El consejo se habia
ocupado anteriormente en examinar la ardua cuestión de ¿cuál
sería la forma de gobierno que mas convenia á Colombia ? Él
acordó por unanimidad — « que una Monarquía constitucional
presenta todo el vigor y estabilidad que debe tener uu gobierno
bien cimentado; al mismo tiempo que da á los pueblos y á los
ciudadanos cuantas garantías necesitan para asegurar su bien-
estar y su prosperidad. Es cierto , añadía , que toca al futuro
congreso hacer este cambiamiento de formas , el que se halla
convocado para enero próximo; mas habiendo sido hechas las
elecciones de diputados en personas de confianza y amigas del
gobierno , hay mucha probabilidad de que el congreso adopte
el cambiamiento indicado y dé á Colombia la forma monár-
quica. »
En fuerza de tales antecedentes los miembros del consejo
fueron unánimemente de opinión , que habia llegado el tiempo
de que el ministro de relaciones exteriores abriera reservada-
mente una negociación con los agentes diplomáticos de Ingla-
terra y Francia , reducida: primero , á manifestar la necesidad
que tenia Colombia, para su organización definitiva, de variar
la forma de su gobierno , decretando una Monarquía constitu-
cional; que sin embargo de tener el derecho indisputable de
acordar la forma de gobierno que mas le conviniese , para pro-
ceder de acuerdo y en buena armonía , el consejo de ministros
deseaba saber — si los gobiernos de S. M. Británica y de
S. M. Cristianísima, llegado el caso que el congreso decretára la
Monarquía constitucional , darían su asenso á ella ; si conven-
drían en que el Libertador con este título mandára miéntras
viviera, y que después de su muerte entrára á reinar el prín-
cipe que se eligiera de alguna de las dinastías de la Europa ;
tercero, en fin, que se manifestára á los dos expresados gobier-
TOMO IV. 15
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226 HISTORIA »)F. COLOMBIA.
nos, que siendo muy probable que los Estados Unidos del
norte y las demás repúblicas de la América se alarmáran contra
Colombia por el importante paso que daria probablemente, se
reclamára para este caso la poderosa y eficaz intervención de la
Gran Bretaña y de la Francia, dirigida á que de ningún modo
se turbara ni inquietase á Colombia por haber usado del dere-
cho indisputable que le asistia, de darse la forma de gobierno
que mejor le conviniese, cuya intervención podría pedirse á una
sola ó ambas potencias. Acordóse igualmente que se hiciera en-
tender al comisionado trances, aunque sin contraer comprome-
timiento, que en el caso de escogerse alguna rama de las casas
reales de Europa , opinaba el consejo que convendría á Colom-
bia elegir un príncipe trances , que sería de nuestra misma re-
ligión, y á cuyo favor militarían otras muchas razones de polí-
tica y de conveniencia.
El secretario de relacioues exteriores inició sin tardanza las
negociaciones acordadas por el consejo de ministros. Tuvo,
pues, conferencias con los señores Bresson y Campbell : expli-
cóles en ellas todos los pormenores y la naturaleza del proyecto
que se meditaba, los fundamentos que se tenían , y las dificul-
tades que podían oponerse para que se coronara por un éxito
feliz. Ambos ministros se manifestaron complacidos de comu-
nicación tan importante y pidieron que se les hiciera por escrito
(setiembre 15). En efecto, así se verificó en notas que por mas
extenso y apoyadas en raciocinios contenían las mismas bases
del referido acuerdo de 3 de setiembre. Expresamente se de-
cía á los agentes británico y francés, que el consejo no contaba
aun con el asentimiento del Libertador, y que no era posible
que este lo diera en los términos en que se habia concebido el
proyecto, y antes de saber cuál sería la voluntad nacional le-
galmente manifestada; pero que habia sido la máxima inva-
riable de Bolívar sostener lo que hiciera el congreso , en cuya
mayoría creía expresada la voluntad general, de la que S. E. ha-
bia dicho siempre que era el súbdito. Por tanto , si esta corpo-
ración cambiára las formas republicanas en una Monarquía
constitucional, esperaba el consejo de ministros que el Liberta-
dor se sometería á su decisión. Indicábase al comisionado fran-
cés que probablemente el príncipe que habia de suceder al Li-
bertador con el título de rey, se escogería de la casa real de
Francia. Por último se solicitaba la intervención eficaz del go-
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CAPÍTULO XV. 227
bienio francés para el caso de que los Estados Unidos y las
demás repúblicas americanas quisieran turbar el derecho per-
fecto que tenia Colombia de variar la forma de gobierno , adop-
tando el que juzgara mas conveniente á su futura prosperidad
y grandeza.
La intervención no se pidió al gobierno de la Gran Bretaña
en aquellas circunstancias, ni se indicó á su encargado de nego-
cios cosa alguna sobre la probable elección de un príncipe fran-
cés. Consideróse que esto no agradaría al gobierno británico.
Las instrucciones que se dieron á los ministros colombianos
en Lóndres y París , señores Madrid y Palácios , fueron confor-
mes á las bases que había acordado el consejo de ministros. En-
cargóseles que procedieran con prudencia y circunspección.
Al comisionado francés Bresson le parecieron estas comuni-
caciones de tanta importancia, que solicitó el regreso inmediato
del duque de Montebello , que se hallaba en Bogotá como via-
jero ; quería que llevase á París sus notas oficiales y que diera
al ministro de relaciones exteriores todas las explicaciones ne-
cesarias para formar un juicio exacto (setiembre 20).
El consejo de ministros dió cuenta al Libertador con todos
los documentos de la materia. Concluía diciéndole — « que es-
peraba que tales providencias y el fin á que se dirigían fueran
de su aprobación. »
Creíase el consejo autorizado por las órdenes del Libertador
para dar de oficio semejantes pasos , á fin de solicitar la media-
ción, ayuda, protección ó apoyo de alguna nación poderosa.
Mas no sabia con certidumbre su modo de pensar en la aplica-
ción que hacía de aquella solicitud á la cuestión de Monarquía.
Sus miembros conocían en priucipio las opiniones de Bolívar
sobre la conveniencia de esta forma de gobierno á los países de
la América antes española, que se habían erigido en repúblicas,
opiniones que hemos dado á conocer; empero ignoraban su
modo de opinar y los inconvenientes que hallaría en que se
aplicára el sistema monárquico á la reorganización de Colom-
bia. Repetidas habían sido las cartas particulares que los miem-
bros^del consejo habían escrito al Libertador desde el mes de
mayo , manifestándole con todos sus pormenores el proyecto
importante que tenían entre manos ; sin embargo ninguno ha-
bía recibido contestación.
Bolívar fué mas explícito con el encargado de negocios de la
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I
228 HISTOniA DE COLOMBIA.
Gran Bretaña señor P. Campbell, que también le había escrito so-
bre el proyecto que se meditaba en Bogotá. Á la mitad de setiem-
bre recibió Campbell una carta del Libertador, de laque dio
aquel una copia al secretario de relaciones exteriores de Colom-
bia. Hablábale en ella de las muy graves dificultades que había
para organizar la República : iudicábale que acaso el único me-
dio sería el establecimiento de una Monarquía constitucional ,
llamando á un príncipe extranjero que fuera de nuestra misma
religión ; mas que para esto sería necesario contar con los auxi-
lios de una gran potencia como la Inglaterra y la Francia, que
nos defendiese de los ataques de las demás repúblicas america-
nas, que acaso harían la guerra á Colombia ; que también sería
muy difícil evitar los celos de los gobiernos europeos, pues ni
la Francia querría que el príncipe se escogiera de la Gran Bre-
taña, niesla de la Francia. Bolívar terminaba su carta diciendo
á Campbell que hiciera de este documento el uso que gustara.
El contenido de la mencionada carta, y las consecuencias que
de ella podian inferirse legítimamente , calmaron algún tanto
la ansiedad que sentían los miembros del consejo acerca del
paso oficial que habían dado con el Libertador y con los minis-
tros de Inglaterra y de Francia sobre el establecimiento de una
Monarquía.
Calmáronse también sus cuidados al considerar, que la ne-
gociación principiada en nada comprometía los intereses nacio-
nales. Reducíase á preguntar álos gobiernos de la Gran Bretaña
y de Francia, si en el caso de acordar el congreso colombiano
el establecimiento de una Monarquía constitucional , darían su
asenso á ella, y si protegerían á Colombia en el evento probable
de que por tal motivo la atacáran las repúblicas americanas.
Estos dos extremos eran ambos hipotéticos , y urgia sobre ma-
nera obtener una respuesta á fin de que pudiera darse al próximo
congreso este dato necesario para sus deliberaciones. Hé aquí el
motivo por qué no se aguardó la respuesta del Libertador.
Apénas el consejo de ministros habia dispuesto en su acuerdo
de 3 de setiembre de la importante nota del Libertador^ara
solicitar la ayuda, protección, mediación ó influencia de una
poderosa nación europea, cuando los secretarios de relaciones
exteriores y de la guerra recibieron cartas particulares escritas
en el mismo campo de Buijo á 13 de julio. Bolívar manifestaba
en ellas con toda la fuerza de expresión y de razonamiento que
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CAPÍTULO XV. 229
acostumbraba lo que él llamó su secreto , que revelaba para
conocimiento del gobierno y de sus amigos. Dccia que hasta
entonces habia seguido las opiniones ajenas sin expresar las
suyas, que eran antiguas y meditadas profundamente. En resu-
men, aquel secreto se reducía á decir: que las diferentes partes
de Colombia no tenían conexión, y que fuertes é invencibles
antipatías entre Venezolanos y Granadinos obraban de continuo
para romper la unión central ; que él era el único lazo de unión
y el mediador común ; pero que, aniquilado física y moralniente,
apénas podría durar cuatro ó seis años arrastrando una causada
y penosa existencia. Así, que no pudiendo el continuar en el
mando supremo , debia disponerse todo para que el congreso
constituyente declarase legalmente la separación de Venezuela
y de la Nueva Granada, á fin de que cada parte se organizara
según conviniese mejor á sus intereses. Anadia que, haciéndose
esta separación durante su vida, habría un mediador común
que tranzára las desavenencias ; pero que después de su muerte
o se dividirían infaliblemente los dos países en medio de la
guerra civil , y de los desórdenes mas espantosos. » Opinaba
que la Nueva Granada debia quedar íntegra con la extensión
del antiguo vireinato, á fin de que pudiera defenderse de los
Peruanos hácia el sur, y para que Pasto no viniera á ser su
cáncer. Confesaba que la separación tenia muy graves incon-
venientes, pero que nadie podia resistir á la fuerza de las pa-
siones y de los intereses inmediatos que la demandaban impe-
riosamente; que tampoco habia modo de suavizarlas antipatías
locales, ni de abreviar las distancias enormes, causas poderosas
que impedían formar un solo Estado de Venezuela y de la
Nueva Granada. Indicaba que la creación de Colombia habia
surtido ya su efecto, que fué la defensa contra la España. Opi-
naba también que era insoluble el problema de elegir otro pre-
sidente para Colombia unida, bien fuera Venezolano ó Grana-
dino de nacimiento.
En cuanto á la forma de gobierno que debiera establecer el
futuro congreso , el Libertador rechazaba la federación , como
absolutamente inadaptable á Colombia y á toda la América
ántes española; juzgaba no ser otra cosa dicho gobierno —
« que la anarquía regularizada. »
Tampoco creía posible el establecimiento de una Monarquía
en nuestra República. La diferencia de castas, que exigían la
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230 HISTORIA DE COLOMBIA.
igualdad legal, con derechos incontestables; una población
pobre y esencialmente democrática ; el fuerte alarma que debia
suscitarse en las clases inferiores; el temor de los efectos de la
aristocracia y de la desigualdad que produciría una guerra de-
soladora; la dificultad de que un príncipe extranjero admitiese
un reino anárquico y sin garantías, pobre é incapaz de sostener
una corte si no era miserablemente; en fin, la ambición de los
generales y de otros hombres prominentes , que no podrían
soportar la idea de verse privados para siempre del mando su-
premo : « veis aquí, decia, algunos de los obstáculos que se
presentan para establecer en Colombia una Monarquía. » Esto
era sin contar los celos de las potencias europeas, cuando lle-
gára el caso de la elección del príncipe que debiera ocupar el
trono , y el grande alarma que semejante institución causaría
necesariamente en las repúblicas americanas. Por tales funda-
mentos y por otras várias razones, decia Bolívar que el proyecto
de Monarquía era una quimera.
El Libertador concluía sus indicaciones constitucionales di-
ciendo : « que en su concepto el mejor gobierno para Colombia
sería el de un presidente vitalicio, con un senado hereditario,
como el que en 48J9 propusiera en Guayana. » Hé aquí lo
único practicable que juzgaba podia hacerse para consultar la
estabilidad del gobierno colombiano , estabilidad que llamaba
quimérica miéntras se fundára en la unión de Venezuela y de
la Nueva Granada.
Un presidente vitalicio y un senado hereditario fueron las
bases constantes de Bolívar para organizar las nuevas repúblicas
de la América ántes española. Esta era su íntima convicción,
la que parecía abandouar en algunas épocas, ya cediendo al
torrente de la opinión decidida por los gobiernos democráticos
puros y alternativos , y ya porque no se creyera que él aconse-
jaba el gobierno vitalicio á fin de que se le nombrase presidente
con este título. Mas considerándose en la actualidad incapaz de
reprimir en Colombia el torrente de anarquía que devoraba á
la América entera; despedazado su corazón al oirse llamar
usurpador y tirano porque se habia prestado á mantener ef or-
den y la unión colombiana después que se disolvió la conven-
ción de Ocaña; teniendo siempre á la vista el 25 de setiembre,
y sintiéndose física y moralmente debilitado, habia resuelto
separarse definitivamente del mando de la República. Impelido
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CAPÍTULO XV. 231
por tan poderosos motivos, era que de nuevo decia á sus amigos
íntimos sus antiguas ideas, que jamas había abandonado, aun-
que las callara. Mas de ningún modo quiso comunicarlas sino
á aquellos, y nunca de oficio. Siempre repetía : a Mi opinión
sobre forma de gobierno y organización política de la República
es, que se haga lo que los representantes del pueblo crean ser
mas conveniente : á ellos toca fijar los destinos de Colombia y
examinar cuáles son los medios de engrandecerla ; y á mi so-
meterme á su voluntad soberana, cualquiera que ella sea. Esta
es mi resolución irrevocable. »
Bolívar hasta los últimos dias de su vida obró en consonan-
cia con esta su profesión de fe política, respetando la voluntad
nacional, á la que sacrificara sus convicciones privadas.
Tales eran los sentimientos, las máximas y proyectos de Bo-
lívar en este período importante de su vida (i). Por consiguiente
su ambición y sus aspiraciones á la Monarquía de Colombia , y
aun de otras secciones de la América antes española , que le
atribuyeron sus enemigos, han sido calumnias gratuitas sin
fundamento alguno. Sus pensamientos siempre fueron nobles,
elevados y republicanos; sus planes eran dirigidos á consolidar
la verdadera libertad de los pueblos, asegurando sobre la sólida
base de la opinión nacional la estabilidad del gobierno y de las
instituciones de su patria.
La propuesta del Libertador, dirigida á que se tratase en el
próximo congreso de separar á Venezuela de la Nueva Granada,
no produjo en el consejo de gobierno los efectos que deseaba.
Los ministros no se convencieron de los fundamentos que adu-
cía Bolívar en el apoyo de su opinión. Parecíales que exageraba
las antipatías de los dos pueblos, y las dificultades que oponían
las distancias y la falta de caminos , para mantener la unión
colombiana. Guardaron, pues, el mayor secreto acerca de la
división propuesta, convencidos de que si traspiraba al público
el pensamiento del Libertador, sería capaz de causar una revo-
lución que disolviera á Colombia. Combatieron por consiguiente
la idea, y conjuraron á Bolívar por la salud de la patria á que
(1) Hemos tomado los hechos y noticias precedentes de la correspondencia
oficial y de la particular de Bolívar con sus ministros y con otros varios de sus
amigos, á quienes comunicaba sus mas íntimos sentimientos, y lo que pensaba
sobre el gobierno de Colombia.
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232 HISTORIA DE COLOMBIA.
no la publicara. Prometiólo, en efecto, y los miembros del con-
sejo creyeron haber hecho un grande servicio á su patria. Les
parecia que la felicidad de Colombia estaba fincada en la con-
servación de tan glorioso nombre, y en mantener ilesa la unión
de su vasto y rico territorio ; unión que en breve la había he-
cho un Estado poderoso , fuerte y respetable á nacionales y ex-
tranjeros. Empero por muy graves que fueran estos fundamen-
tos, la opinión del Libertador habia sido mas profundamente
meditada , y sabemos que tenia datos y sólidos fundamentos
para creer que no estaba léjos el dia en que estallára en Vene-
zuela otra revolución.
Tampoco habia certeza de que la tranquilidad se conservase
en la Nueva Granada. Sordos rumores circulaban de una explo-
sión inminente á cuya cabeza se pondría el general José María
Córdoba. Este militar valiente y ambicioso , enorgullecido con
la gloría que justamente adquiriera en los campos de Pichincha
y de Ayacucho, se proponia ser el campeón de la Nueva Gra-
nada, y mandarla aun en vida del Libertador. Olvidando, pues,
todos los favores , ascensos y distinciones que debia á este , se
dedicó desde el mes de abril ó ántes , primero con alguna re-
serva , y después sin disfraz alguno, en Pasto, donde mandaba
una división, á ganarse el afecto de los oficiales granadinos, á
soplar los celos entre estos y los Venezolanos , y á desacreditar
á los jefes del ejército del sur, incluso Bolívar, proclamando al
mismo tiempo principios exagerados de libertad. Sin embargo,
en un viaje que hiciera al cuartel general , satisfizo al Liberta-
dor, diciendo : que él tenia sus planes que descubría con su
acostumbrada franqueza, los que eran para después de sus días.
Bolívar no hizo novedad en la confianza que ántes le habia ma-
nifestado.
Á pesar de esto Córdoba á su regreso á Pasto continuó sus
vociferaciones contra el mando del Libertador, ligándose con
sus enemigos, jefes y autores de la última revolución de
esta provincia. Para sacarle de aquel teatro peligroso y que tu-
viera mejores consejeros , se le nombró ministro de Estado en
el departamento de la marina ; aceptó el destino , pero dijo !|ue
era para ganarle que el Libertador le daba tan elevado puesto ,
cuyo negociado ignoraba enteramente. Pidió entonces licencia
para ir á Antióquia á ver á su familia, cuya provincia le habia
elegido diputado al próximo congreso. De paso en Popayan y en
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CAPÍTULO XV. 233
el valle de Cáuca continuó sus tramas revolucionarias con la
mayor publicidad. Tanto el Libertador como el consejo de mi-
nistros supieron que iba á Antióquia con el objeto de hacer una
revolución , apoderándose de las armas y municiones que allí
existían ; pero las distancias no permitieron que se pudiera im-
pedir aquel proyecto.
Efectivamente desde el mismo día 8 de setiembre en que lle-
gara á la ciudad de Rio-Negro , asistió por casualidad á un con-
vite que se daba á los principales habitantes : allí pronunció
algunos brindis, excitando á derramarla sangre del Libertador.
En seguida reunió juntas para atraerse partidarios y combinar
la revolución que decia á todos iba á proclamar.
Córdoba tenia muchas ventajas para realizar este plan. Su
hermano el coronel Salvador Córdoba era comandante de ar-
mas de la provincia , y gobernador su cuñado Manuel Antonio
Jaramillo, puestos obtenidos por el influjo del general. Así pe-
dia conspirar á todas sus anchas.
Solo existia en la capital de Medellin el coronel Francisco
Urdaneta que pudiera oponérsele , aunque no tenia mando ni
fuerza alguna veterana. En efecto, luego que este supo los pasos
revolucionarios de Córdoba, determinó ver si podia salvar la
tranquilidad de la provincia aprehendiendo al general, al coro-
nel Córdoba y á Jaramillo, corifeos de la rebelión (setiembre 18).
Junta veinte hombres, que envia á Rio-Negro mandados por el
capitán Manuel Herrera, buen oficial. Mas se traspira la opera-
ción, y Córdoba recibió avisos del riesgo que le amenazaba. Ar-
móse, pues, con algunos pocos de su familia y con otros que le
eran adictos. Á las dos de la mañana llegó el capitán Herrera á
los arrabales de Rio-Negro, y creyendo á una mujer que le dijo
había mucha gente armada en la plaza, regresó á Medellin sin
dar ningún otro paso.
El general Córdoba reunió como cuarenta milicianos y diez
jóvenes de á caballo, y á las siete de la mañana del dia siguiente
marcha á ocupar á Medellin, ciudad que solo dista seis leguas
de Rio-Negro. El coronel Urdaneta habia hecho en aquella ca-
pital muchos esfuerzos y tocado la generala para alarmar la
población ; pero en vano. Solo pudo juntar cuarenta hombres
que no sabían cargar los fusiles. Sin embargo, salió á oponerse
á Córdoba. Mas los principales vecinos de Medellin se interesa-
ron con Urdaneta para que hubiese una transacción y no se
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234 HISTORIA DE COLOMBIA.
derramara sangre. Este, que no confiaba en sus milicianos, ac-
cedió á entrar en conferencias ; habiendo ofrecido Córdoba una
completa garantía de las vidas y propiedades de sus contrarios
(setiembre 20), cesó toda resistencia, y á las seis de la mañana
ocupó la capital , donde existian cerca de dos mil fusiles , bas-
tantes municiones y otras armas; con estos elementos dominó
á toda la provincia de Antióquia. De esta manera unos pocos
oficiales y milicianos sojuzgaron una vasta y rica provincia.
Desde aquel aciago dia Córdoba dispuso á su arbitrio de las
rentas públicas, de las vidas y propiedades de los moradores de
Antióquia, bajo el título que él mismo se diera de — « coman-
dante en jefe del ejército de la libertad. » En seguida manda
desconocer al gobierno de Colombia por órdenes terminantes
que dirige á todos los cantones de la provincia, los que al efecto
celebran actas : él declara subsistente la constitución de Cúcuta
para tener un pendón que fuera la enseña de su partido; él en-
via á todas partes emisarios y proclamas incendiarias, asegu-
rando que el Libertador aspira á la Monarquía y á mandar
sin constitución ni leyes, para quitar á los ciudadanos todas
sus garantías ; él , en fin , ofrece restablecerlas , declarándose á
sí mismo el adalid de la libertad.
Para realizar sus proyectos Córdoba trabaja con infatigable
actividad y energía, disponiendo que se hiciera un reclutamiento
general ; mas los Antioqueños , que no participaban de sus pa-
siones, huyeron á los bosques, según su costumbre, para no ser
soldados. Tampoco halló cooperación en los hombres influentes
de la provincia : muy pocos se decidieron á tomar parte en una
revolución que juzgaban mal combinada, y que no podia tener
un éxito favorable contra los grandes recursos de tropas y de
otros elementos de que disponía el gobierno del Libertador. Su
mando y autoridad eran preferidos en lo general á los fementi-
dos ofrecimientos de libertad que hacía Córdaba. El virtuoso
obispo de Antióquia Fr. Mariano Garnica le negó también la
ayuda de su influjo. Muchas personas abandonaron sus domici-
lios para no mezclarse en la revolución , y casi todas las pobla-
ciones le opusieron una gran fuerza de inercia.
Hubo quienes pretendieran oponerse á la rebelión. Los ofi-
ciales Herrera y Vélez trataron de apoderarse de un cuartel y
de matar al corifeo de la revolución. Este los puso en capilla
en el acto mismo de aprehenderlos, y en seguida los mandó
CAPÍTULO XV.
235
fusilar sin proceso alguno. ¡ Prueba elocuente de las garantías
que iban á gozar los Antioqueftos bajo el mando absoluto de
Córdoba !
Fuera del terror, este procuró sostener su alzamiento con
proclamas, manifiestos y cartas seductoras á varios jefes; con
otra al Libertador, supuesta ó verdadera, y con emisarios para
alborotar á los pueblos. En dichos documentos anunciaba Cór-
doba, que pronto la revolución, como un fuego eléctrico, se
extendería á Popayan y Pasto, así como á Bogotá, pues habia
dejado minadas aquellas provincias y tenia partidarios nume-
rosos en la capital de la República.
Esto era probable, porque el partido exaltado hacía tiempo
que buscaba con ansia un jefe. Era, pues, muy verosímil que
hiciera los mayores esfuerzos para promover donde quiera los
designios de Córdoba, jefe militar de tanta nombradía.
Por tales motivos el consejo de ministros tuvo el mayor cui-
dado, luego que recibió el 26 de setiembre la noticia que ya
esperaba de la insurrección de Córdoba. Dedicáronse todos sus
miembros á dictar las providencias convenientes para sufocarla
tan pronto como fuera posible, y ántes de que estallára en otros
puntos.
En la capital existia la columna del occidente de Venezuela,
compuesta de excelentes soldados. El ministro de la guerra
general Urdaneta la hizo preparar el mismo dia y confirió su
mando al general de brigada Daniel F. O'Leary, bien conocido
por sus talentos, actividad y experiencia militar. Ochocientos
veteranos marcharon hácia Honda al dia siguiente con todo lo
necesario, celeridad que acreditará siempre la energía de Urda-
neta.
No fué esto solo. Para asegurar la capital de las maquina-
ciones de algunos, cuando solamente quedaba guarnecida por
milicias, dedicóse el gobierno con empeño á descubrir el orí-
gen y los autores de aquellas. Averiguó en efecto que Torrens,
el encargado de negocios de Méjico, que Hendersou, el cónsul
general británico, que el general Harrison y su antiguo secre-
tario con otras personas particulares sabían la rebelión de Cór-
doba desde ántes que estallára ; que algunos tenían correspon-
dencia con él y concurrían á juntas clandestinas, en que se
declamaba fuertemente contra el Libertador y su gobierno.
Habiendo el consejo adquirido los datos suficientes para de-
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236 HISTORIA DE COLOMBIA.
fender y sincerar en todos tiempos los pasos que diera, deter-
minó con acuerdo de los enviados de la Gran Bretaña y de los
Estados Unidos, que salieran fuera de Colombia y dentro de un
breve término el cónsul Henderson y el general Harrison:
también expidió sus pasaportes á Torrens, dirigiendo á sus
gobiernos las correspondientes explicaciones y documentos.
Acreditaba con ellos la indebida ingerencia de aquellos extran-
jeros en los negocios internos del país, con el designio de alte-
rar la tranquilidad pública.
Otra de las providencias que dictó el consejo de ministros en
aquellas delicadas circunstancias, fué declarar investido al se-
cretario de la guerra ürdaneta con la autoridad y facultades
de — « jefe superior de los departamentos de Cundinamarca,
Boyacá y Cáuca. » Desde antes le habia conferido el Libertador
esta magistratura previniéndole que la pusiera en ejercicio
cuando se turbára la tranquilidad de alguno de dichos depar-
tamentos.
El mismo Urdaneta marchó á Honda con el objeto de activar
el embarque de la expedición. Se deseaba coger á Córdoba
desprevenido y no darle tiempo de reclutar y disciplinar tro-
pas. Bien pronto las del gobierno estaban (octubre 5) nave-
gando el rio Magdalena con muy pocas bajas. En Nare sor-
prendieron un destacamento de los disidentes, y la expedición
entró en la fragosa montaña de Júntas, que tiene quince le-
guas de bosques. No la detuvieron las lluvias continuas ni otros
fuertes impedimentos que oponia la naturaleza del terreno,
hasta ocupar el importante paso del Balseadero ó Guatapé.
OXeary llamó entonces la atención de Córdoba por el camino
del Arenal ó Páramo, que es en extremo fragoso, y la expedi-
ción marchó entera por la parroquia de San Cárlos, ruta mas
poblada y ménos difícil.
El general O'Leary envió desde la montaña al comandante
José Manuel Montoya, amigo de Córdoba, á fin de persuadirle
que se sometiera al gobierno y no hiciera derramar inútil-
mente la sangre de sus compatriotas, en una lucha tan desi-
gual; para este caso le ofrecia las garantías correspondientes.
Halló á Córdoba situado en el Peñol y en la Ceja de Guatapé
á la salida de la montaña, con cerca de cuatrocientos hom-
bres casi todos reclutas. Montoya nada pudo conseguir para
atraerle á una honrosa capitulación. Siempre se creía inven-
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CAPÍTULO XV. 237
cible y contestaba con las bravatas de su última y ridicula pro-
clama.
Entre tanto la expedición avanzaba por San Cárlos á salir á
los Báos, adonde llegó el 46 de octubre después de vencer muy
graves dificultades que oponía la fragosidad de los caminos.
Allí supo O'Leary que Córdoba le aguardaba en la hacienda
del Santuario ya fuera de la montaña. En esta inteligencia la
división se puso en marcha á las seis de la siguiente mañana,
y á las once halló á las fuerzas revolucionarias formadas cerca
de la capilla del Santuario, con su reserva situada detras de la
casa de teja de la hacienda. O'Leary dió inmediatamente sus
disposiciones de ataque, las que fueron bien ejecutadas por
el coronel Cárlos Castelli y por los demás oficiales ; en breve la
acción vino á ser general. La retirada prevenida á una compa-
ñía hizo creer á Córdoba que cedían las tropas del gobierno ;
avanzó, pues, con imprudencia, comprometiendo todas sus
fuerzas. Sus soldados, aunque reclutas, iban guiados por anti-
guos y valientes oficiales; así combatieron con mucha firmeza,
excitados también por el ejemplo de su jefe. No hay que repe-
tir que este fué siempre el mismo que en Ayacucho, y que
disputó palmo á palmo el terreno. Pero al cabo de dos horas de
combate sus oficiales y soldados quedaron muertos, prisione-
ros y dispersos. Viéndolo todo perdido el general previene á su
hermano Salvador que huya, y él se coloca en la puerta de la
casa de teja con algunos soldados y oficiales, desde donde hace
un fuego muy vivo. Entónces O'Leary manda al coronel Cas-
telli, y al segundo comandante de caballería Ruperto Hand,
que ataquen la casa y no den cuartel á los que resistan. Cór-
doba, ya herido, se retira al interior, donde le halla Hand;
asegúrase haberle dicho Córdoba que estaba rendido, y que sin
embargo le hirió con el sable en una mano y en la cabeza,
herida que le parte el cráneo y es mortal («). Poco tardó en
morir después que O'Leary y sus oficiales le dieron los auxilios
que pudieran en aquellas circunstancias. La misma suerte cupo
en breve al capitán Benedicto González, herido también, sal-
vándose Jiraldo, edecán de Córdoba, cuyas heridas no resul-
taron mortales.
Cerca de doscientos soldados y oficiales de Córdoba quedaron
(1) Véase la nota ÍO».
238 HISTORIA DB COLOMBIA.
muertos en aquel obstinado y lamentable combate, bastantes
heridos y casi todo el resto prisioneros. La pérdida del go-
bierno fué de doce soldados muertos y quince heridos.
Improbamos el modo cruel con que se quitara la vida á Cór-
doba cuando estaba rendido. Fué una fatalitad lamentable que
este valiente jefe, que tantos servicios habia prestado á la causa
de la Independencia de Colombia, se precipitara en una revo-
lución que solo produjo males á su patria. Si deseaba tan
ardientemente la terminación de la dictadura, debia aguardar
á lo ménos la reunión del congreso, del que iba á ser miembro,
y combatir allí las ideas antiliberales. En caso de no conseguir
que las instituciones republicanas se fundaran sobre bases sóli-
das, hubiera tenido entonces algún fundamento para sacar su
espada y cortar los impedimentos que se opusieran al restable-
cimiento de la libertad. Observando esta conducta juiciosa y
prudente, es probable que habria sobrevivido Córdoba largos
años, y hecho distinguidos servicios á la Nueva Granada, pues
aun era jóven cuando murió.
Con la derrota y muerte de Córdoba toda la provincia de
Antióquia quedó pacífica. Amigos sus habitantes de la tranqui-
lidad y del orden, aborrecían la revolución, á la que opusieron
cuando ménos la fuerza de inercia. Los cantones de Antióquia,
del nordeste y de Marinilla hicieron algo mas. El primero pro-
clamó, la contrarevoiucion el 16 de octubre, y los hijos de Ma-
rinilla se mostraron hostiles á Córdoba. Entusiastas á favor del
gobierno del Libertador, y dirigidos por su respetable cura y
vicario doctor Jorge Ramón de Posádas, se pusieron en comu-
nicación con el general O'Leary, á quien dieron peones para
conducir los pertrechos y equipajes, víveres para la tropa,
bagajes y caballos. Sin estos oportunos auxilios, y sin los avi-
sos que le dirigían, hubiera sido harto difícil vencer la aspe-
reza de la montaña de Juntas, y que tuviera la expedición
tan feliz resultado.
Contribuyó á este que la revolución de Córdoba no tuvo
séquito en el valle del Cauca, en Popayan, en Pasto y en Bo-
gotá ; suceso contrario á las esperanzas del caudillo y a las pro-
mesas de algunos que abrigaban sus mismos designios. Es
verdad que el gobierno del Libertador se presentó obrando con
mucha energía á la vez que usaba de prudencia y discreción.
Disponía también de una fuerza á la cual no podían resistir
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CAPÍTULO XV. 239
Córdoba y sus partidarios. De Cartagena marchaban hácia An-
üóquia dos batallones con mil doscienlos hombres, y el mismo
general Montilla se habia situado en Mompox. Bolívar, desde
que supo los pasos revolucionarios que daba Córdoba en su
viaje á Antióquia, pensó que era inevitable un trastorno del
órden público. Mandó, pues, que marcbáran tropas de Popayan
á Carlago, reemplazándolas con otras situadas en escalones;
estos cuerpos disciplinados se pusieron á las órdenes del general
Laurencio Silva, y estaban prontos á caer sobre Antióquia al
primer aviso. Por consiguiente aun cuando Córdoba hubiera
triunfado en la primera refriega, habria tenido que lidiar en
breve con dos mil veteranos de Colombia, á los que no podrían
resistir sus reclutas, por excelentes que sean los soldados an-
tioqueños para la infantería.
El general O'Leary después de su victoria restableció en la
provincia el órden legal y expidió un indulto á todos los com-
prometidos, con muy pocas excepciones. Las principales eran
el gobernador Manuel Antonio Jaramillo, y el coronel Salvador
Córdoba, á causa de que distinguidos y empleados por el go-
bierno de Colombia, habian faltado á sus comprometimientos.
Sin embargo, el Libertador, que siempre era generoso, los
perdonó enteramente pocos meses después, permitiéndoles vol-
ver al seno de sus familias.
Aun faltaba restablecer la tranquilidad de la provincia del
Chocó que se habia alterado. Por sugestiones de su gobernador
el primer comandante Fermin Vargas, hizo la capital de Quibdó
un acta semejante á las dictadas por Córdoba en Antióquia,
desconociendo al gobierno del Libertador y declarando resta-
blecida la constitución de Cúcuta. Mas luego que recibieron una
intimación de O'Leary en que anunciaba la derrota y muerte
de Córdoba, auuque Vargas contestara animoso, algunos veci-
nos resolvieron terminar la rebelión. De acuerdo con el jefe
político José María Díaz, se puso á su cabeza el extranjero Gui-
llermo Coutin, y se apoderó del cuartel con todo lo que allí
existia. Habiéndosele uuido el vecindario, aprisionaron (octu-
bré*31) al gobernador Vargas y proclamaron de nuevo la obe-
diencia al Libertador. Con tal noticia el general O'Leary cesó
en sus preparativos para enviar tropas al Chocó. De esta ma-
nera quedó terminada enteramente la rebelión de Córdoba, que
pudo causar un incendio formidable en la República.
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240 HISTORIA DR COLOMBIA.
Las noticias que anticipadamente recibió el Libertador de
los pasos que daba Córdoba en Pasto y Popayan para hacer una
revolución contra su gobierno, le causaron la mas profunda
impresión. Si un hombre á quien habia elevado tanto, mani-
festándole confianza y amistad, á pesar de sus beneficios le
volvia la espalda y hacía revoluciones para usurpar el mando
supremo, ¿qué no harian otros militares que no estaban liga-
dos por los mismos vínculos ? Esta consideración desesperaba á
Bolívar, y no sabía qué partido tomar para mantener la sumi-
sión y el orden entre sus generales (i).
El Libertador supo en Pasto con el mayor alborozo el resta-
blecimiento de la tranquilidad : él habia estado muy cuidadoso
por la rebelión de Córdoba, temiendo que el renombre militar
del jefe le diera partidarios; pero se los quitó su poco juicio y
la inoportunidad de su movimiento. Estaba próxima la época
de la reunión del congreso constituyente; por cuyo medio se
podia conseguir el establecimiento de una constitución y de
leyes permanentes, que deseaban con ardor todos los Colom-
bianos que influían en la opinión de los pueblos. Estos ya no
podian sufrir el espíritu militar que dominaba por do quiera,
y que todo lo habia invadido en la República. Militares eran
los jefes superiores, militares los prefectos, y militares los go-
bernadores de las provincias, cada una de las cuales tenia tam-
bién su comandante de armas. Tanto el Libertador como el
ministro de la guerra habian prodigado los grados y empleos
(1) Con motivo de estos sucesos escribía Bolívar á uno de sus ministros desde
las Bodegas de Babahoyo en Guayaquil, el 28 de setiembre, lo que sigue : —
t ¿Qué haremos con e>los generales conspiradores? Si los contengo, soy
tirano, y si espero que delincan para castigarlos, soy cruel asesino. ¿Qué hare-
mos? Ud. verá lo que hay con respecto á Córdoba y Popayan. Debemos, sin
embargo, impedir el mal para que luego no sea mayor. El consejo hará lo que
tenga por mas conveniente. Vo no sé si todavía es dable mandar en misión á
Córdoba. Si fuera posible emplearlo en Europa, haría ménos mal sin dejar de
hacerlo. Uds. verán lo que hacen para que no nos acusen de dejar fomentar las
conspiraciones para castigarlas y de impedir la libertad.
> Lo peor es que cuantos jefes haya en la Nueva Granada, harán lo misnfe si
se creen con partido; y este no les faltará por su fe de bautismo. Yo tendré
que ser víctima y tirano juntamente al fin de todo. Esto es horrible. Yo no sé
cómo conducirme para dar gusto á estos señores. Si hago mucho abusan, y si-
no están quejosos. Ahora voy á hacer cuatro generales granadinos, y Ud. verá
luego lo que hacen : no quedarán conformes. Esto no tiene remedio. »
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CAPÍTULO XV. 241
en la milicia, de modo que los militares y el ejército absor-
bían todas las rentas públicas. Por este motivo era casi impo-
sible establecer en ellas órden y contabilidad. Hé aquí el cáncer
que devoraba á Colombia.
De tan numerosa lista militar, y de la concesión del fuero de
guerra aun a las milicias, se habia originado el grave mal de
que las autoridades civiles eran nulas y muchas veces ultraja-
das por los militares : estos no las obedecian cuaudo les desa-
gradaba lo que mandaban. Por tanto aquellas estaban envileci-
das á la vista de los pueblos que se interesaban por ellas, y
que en silencio deploraban la tiranía y los excesos de los liber-
tadores. Hízose entonces muy común y popular el dicbo de
que — « no habría libertad mientras hubiera libertadores. »
Estos, iufatuados por un necio orgullo, creían que ellos solos
habían dado independencia á la República ; en nada estimaban
los sacrificios de los pueblos ; y parece estaban persuadidos de
que Colombia debia ser patrimonio suyo. De aquí esa intempe-
rancia por ascensos militares y por crecidos sueldos, ese des-
contento cuando no se les concedían, y esa desmesurada ambi-
ción de algunos, como Córdoba y otros semejantes, que pre-
viendo la corta duración de los dias de Bolívar, se habían casi
apropiado ya, ó pensaban apropiarse una parle de Colombia.
Los hombres civiles influentes, y aun gran parte de las masas
de la población, miraban con impaciencia semejante estado de
cosas. Atribuíanlo en «u mayor parte al Liberlador, que daba
ascensos y grados aun á los militares que se habían sublevado
contra él, á fin de contentarlos y que no turbaran la paz pú-
blica. La situación de Bolívar era muy crítica, rodeado como
se hallaba por todas partes de escollos originados de la ambi-
ción militar, y de los celos entre Granadinos y Venezolanos ;
tales dificultades hacían acaso disculpable su conducta; empero
los civiles se la improbaron altamente, y en lo general los
pueblos eran de su opinión. Perdió, pues, el Libertador el aura
popular y el afecto de los Colombianos, que principiaran á dis-
minuirse desde 1826, cuando regresó del Perú. ¡Desgracia
lamentable para Colombia, que necesitaba del influjo de un
hombre que dirigiera sus destinos con mano firme y verdadero
patriotismo ! El mismo Bolívar conocía haber perdido en gran
parte el amor de los Colombianos, lo que 1c afligía sobre ma-
nera, pues tenia la conciencia de haber hecho en favor de los
TOMO IV. 16
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242 HISTORIA DE COLOMBIA.
pueblos cuanto estuvo á su alcance en las circunstancias difí-
ciles que le habían rodeado desde 1826 : ¡ año de fatal memo-
ria para nuestra hermosa República !
El estado de la opinión pública respecto del Libertador y de
los militares hacía diariamente mas difícil la reorganización de
Colombia por el futuro congreso. Perdido el influjo de Bolívar,
que podia haber sido tan saludable, era seguro que no se adop-
tarían sus indicaciones constitucionales, aun cuando hubiese
determinado hacerlas, lo que de ningún modo pensaba. Por
otra parte, el haberse extendido tanto el influjo militar era un
impedimento, que podemos llamar insuperable, para que los
representantes de Colombia pensáran en consolidar las institu-
ciones, estableciendo una Monarquía ú otra forma de gobierno
que se acercara á esta. Todos los hombres que amaban la liber-
tad, que ciertamente contaban en sus filas á los antiguos y á
los nuevos patriotas, los que solo diferian en los medios de asegu-
rarla, no podían soportar la idea de que tantos generales y
coroneles que formaban la alta lista militar de Colombia, llega-
ran como empleados vitalicios á componer la aristocracia en un
gobierno monárquico 0). Este era el mas grave obstáculo que
se presentaba á semejante proyecto ; él impedia que tuviera el
apoyo de la opinión pública, y aun hacía vacilar á los que
antes se habían decidido por tal forma de gobierno : ellos de
ningún modo querían que los Colombianos se convirtieran en
feudatarios de militares déspotas, ignorantes y sin educación.
Convenimos en que había muchas excepciones honrosas que no
están comprendidas en esta severa calificación de la generali-
dad. El mismo Bolívar, enumerando en un documento contem-
poráneo los impedimentos que habia en Colombia para esta-
blecer una Monarquía, dijo con la mayor fuerza y verdad : a La
nueva nobleza, indispensable en una Monarquía, saldría de la
masa del pueblo con todos los celos de una parte, y toda la
altanería de otra. Nadie sufriría sin impaciencia esta miserable
(1) Casi todos los generales y coroneles de Colombia eran hijos del pueblo,
y algunos pertenecían á l¡is castas. Su amor á la Independencia y su valor indo-
mable los habían elevado á los primeros grados en la milicia. Ocupaban,
pues, una alta posición social ; pero la mayor parte no recibieron la educación
conveniente, ni habían adquirido después alguna instrucción. De aquí prove-
nian los excesos y los vicios de algunos, que eran insoportables en la sociedad,
y por tanto aborrecidos.
CAPÍTULO XV.
2i.*{
aristocracia cubierta de pobreza é ignorancia, y animada de
pretensiones ridiculas. »
Hé aquí el estado de la opinión cuando el Libertador se
avanzaba de las provincias meridionales bácia la capital de la
República. Á las placenteras noticias que babia recibido sobre
el renacimiento de la tranquilidad y del orden, perturbados en
Antióquia, se añadió otra bien importante : la capitulación en
Méjico de las tropas españolas que á las órdenes del brigadier
Barradas habían invadido aquellos Estados Unidos. Todas las
hazañas de los invasores se redujeron á ocupar á Tampico y
otros pocos lugares inmediatos á este puerto. Detenidos y en-
cerrados por el ejército mejicano que mandaba don Antonio
López de Santana, los Españoles se vieron en la triste necesidad
de capitular el H de setiembre. Entregaron las armas, muni-
ciones y banderas, reteniendo los oficiales sus espadas; prome-
tieron no tomar las armas contra la República mejicana, y en
virtud de este convenio los acuartelaron en Altamira y Victo-
ria, miéntras que las autoridades de Cuba enviaban transportes
y todo lo demás necesario para el regreso de las tropas á aque-
lla isla. Este fué el vergonzoso resultado que consiguieron los
tres mil seiscientos hombres conducidos por Barradas contra
Méjico; expedición que parecía la obra de un delirio del gabi-
nete de Madrid. Ella fué el último esfuerzo que hizo la España
para sojuzgar á sus antiguas colonias.
Cuando el Libertador en el curso de su viaje llegó á Popayan
en el mes de noviembre, bien fuera porque ya conocía mejor
la opinión pública; bien por el influjo que sobre él ejercieron
algunos patriotas de aquella ciudad, que no juzgaban conve-
niente ni posible el establecimiento de una Monarquía en Co-
lombia; bien finalmente porque le pareciera que su nombre y
su reputación habían sido comprometidos por el consejo de
ministros, dando pasos oficiales en tan delicado negocio, ó por
todos estos motivos reuuid os, creyó necesario emitir su decidida
opinión. Hízolo en 22 de noviembre en un oficio dirigido al
ministro de relaciones exteriores, en que le dijo : que juzgaba
ya demasiado avanzados los pasos que babia dado el consejo
sobre un negocio tan arduo y delicado, de cuyo éxito estaba
pendiente la felicidad y desgracia de la patria; que habiéndose
invitado á los pueblos de Colombia á que manifestáran libre-
mente sus deseos acerca del régimen político que debia esla-
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244 HIST01UA DE COLOMBIA.
Mecerse, tocaba al congreso decidir sobre tan importante cues-
tión, sin coartar de modo alguno sus facultades y deliberaciones.
Prevenía por tanto al consejo de ministros, que suspendiera
todo paso ulterior que tendiese á adelantar la negociación pen-
diente con los gobiernos de la Gran Bretaña y de Francia.
« Piensa el Libertador, añadia el secretario general, que su
propia obligación, la del consejo y la del pueblo colombiano se
reduce á ilustrar simplemente al congreso sobre los verdaderos
intereses de la nación, y becbo esto, someterse á sus decisiones,
como la única medida que puede convenir universalmente á
todos los individuos y clases de la sociedad. — Por estas y otras
mucbas consideraciones S. E. me manda protestar, como pro-
testo á su nombre ante el consejo, que no reconocerá por acto
propio de S. E. otro que someterse como ciudadano al gobierno
que dé el congreso constituyente, y que de ninguna manera
aprobará la menor influencia en aquel cuerpo de parte de la
administración aclual.
o S. E. sin embargo no deja de conocer al mismo tiempo, y
aun de admirar cuán grande ba sido el esfuerzo patriótico y el
heroico valor cou que el consejo ha acometido, por el bien de
la República, á una empresa tan arriesgada, y se ha empeñado
en la negociación mas peligrosa que puede ocurrir en los anales
de un gobierno. Por lo mismo me ordena S. E. dar las gracias
al consejo de ministros por este sacrificio, que si no obtiene un
íin satisfactorio, puede ser la causa de los mas crueles compro-
misos para los miembros que lo componen. »
Al terminarse la lectura de esta nota fué uniforme el senti-
miento de los miembros del consejo de ministros, — la indigna-
ción. Creyéronse sacrificados á la popularidad de Bolívar, y
que, sin consideración á sus largos y fieles servicios al gobierno
de Colombia y á la Independencia de su patria, se les habia de-
jado deslizarse por un camino peligroso. El Libertador pudo y
debió hacerles evitar los riesgos y multitud de sinsabores, ha-
blan doles desde el principio con franqueza, á fin de que no con-
taran con su apoyo en aquella difícil empresa 0). Esta conducta
(1) Alo mas tarde desde el mes de mayo comunicaron al Libertador los
miembros del consejo de ministros el plan que meditaban sobre Monurquia.
Cuatro meses corrieron hasta el célebre acuerdo de 3 de setiembre. Sobrado
tiempo hubo pura que les hubiera dicho expresamente a ue él no podía apoyar
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CAPÍTULO XT. 245
habría sido noble , leal y generosa , propia de Bolívar con sus
antiguos amigos.
Después de haber dado esta resolución el Libertador escribió
á sus ministros que ejercieran el gobierno en todos sus ramos,
porque él se separaba enteramente del mando , por cuyo mo-
tivo habia ordenado cerrar su secretaría general , y que todo lo
pendiente se enviase á los respectivos ministros. El consejo de
ministros por el voto unánime de sus miembros no admitió esta
delegación, manifestando á Bolívar : que á él exclusivamente
era que los pueblos habían concedido las facultades de un dic-
tador, y que habiéndolas aceptado, no podia dimitirlas sino á la
representación nacional convocada para el Io de enero próximo.
En consecuencia le pedían que abandonara semejante resolu-
ción y viniera á la capital con el fln de instalar el congreso cons-
tituyente. Debía recibir esta comunicación en el valle del
Cáuca, cuyos pueblos habia determinado visitar, pues le llama-
ban con ahinco.
Tres semanas se detuvo el Libertador en Popayan (diciembre
15). Desde allí escribió una carta á Páez, contestándole laque este
le escribiera inquiriendo cuál era su pensamiento acerca del
proyecto de Monarquía. Decíale Bolívar que no le parecía de-
bían cambiarse las instituciones de la República, y que tocaba
al congreso constituyente establecer la forma de gobierno que
mas conviniera á los pueblos; que su ánimo decidido era dejar
para siempre la presidencia del Estado, y continuar sus servi-
cios como general en jefe del ejército , apoyando con toda su
autoridad, influencia y recursos al nuevo magistrado que eli-
giera el congreso. Invitaba á Páez á que le ayudára en esta em-
presa patriótica, ya fuera que se escogiese para presidente al mis-
mo Páez, ó ya á otro, pues decia que sin esta cooperación no se
lisonjearía de poder conservar la existencia de la República.
Expresábale que si era nombrado Páez para jefe del Estado ,
Bolívar serviría con gusto bajo de sus órdenes. En seguida le
exigía que le hablase con la mayor franqueza sobre sus planes
y deseos. Protestábale su ardiente amor á Venezuela, con cuyos
intereses se hallaban íntimamente ligados los suyos propios ,
tal intento, paso que debió dar en obsequio por lo ménos de la amistad. Callóse,
sin embargo, por tres meses mas, al cabo de los cuales envió su áspera im-
probación oficial. El lenguaje de los hechos es elocuente.
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24G HISTORIA DE COLOMBIA.
por lo cual debían formar una liga sincera y cordial ; a pero
tenga Ud. entendido para siempre , anadia , que la suerte de
Colombia está dependiente de la de Venezuela, y la de Vene-
zuela de Colombia. Mucho y mucho mas podría añadir á Ud. en
esta carta, que sería nunca acabar. Por lo mismo me refiero en
todo á lo que diga á Ud. Austria, que va bien empapado de mis
ideas, que se reducen á dos palabras : Sostener al congreso. »
En los apuntamientos que diera el mensajero Austria, ma-
nifestó á Páez que no opinaba por la Monarquía, porque es-
taba seguro que los pueblos no cambiarían sus formas republi-
canas; decia que en la actualidad, lo mismo que en otros
tiempos , su único norte era la conservación de las libertades
públicas y de la mayor suma de garantías individuales que fuese
dable ; pero que no expresaba opinión alguna á fin de que los
pueblos por medio de sus representantes escogieran una forma
de gobierno que emanara de la fuente pura de la nación,
o S. E. ha dicho antes , aüadia, que jamas cambiaría su título
de Libertador por el de emperador ni rey, y que este ha sido y
es el voto mas sincero de su corazón ; y por último, que aun
cuando Colombia entera} del modo mas decidido y resuelto ,
quisiera un rey, S. E. no sería el monarca. »
Esta declaración tan terminante , publicada por los mismos
enemigos del Libertador en Venezuela , es la contestación mas
victoriosa que puede darse á las calumnias forjadas allí mismo,
de que Bolívar aspiraba á coronarse.
Terminaba el Libertador los apuntamientos que diera al co-
mandante Austria para conocimiento del general Páez, rogando
á este y á todos sus conciudadanos que cooperasen con él á sal-
var su gloria , porque esta gloria no era la propiedad exclusiva
de su persona; que pertenecía á Colombia, y que siendo de Co-
lombia debía conservarse inmaculada.
El mismo dia que el Libertador expresára estas ideas marchó
hácia el valle de Cauca. Entre tanto el consejo de ministros re-
cibió la fuerte y severa improbación que Bolívar habia dado ála
negociación entablada con los gobiernos de Inglaterra y de Fran-
cia ; el contenido de aquella nota fué en extremo sensible áHsns
miembros. Apresuráronse, pues, á contestar los cargos que se
les hacían, y en nuestro concepto lo verificaron en 8 de diciem-
bre con muy sólidos fundamentos. Decían al secretario general
que el Libertador en su nota escrita en Buijo á 6 de julio úl-
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CAPÍTULO XV. 247
timo, insistiendo en la de 4 de abril, habia prevenido al consejo
que abriera una negociación con una ó mas potencias para ob-
tener su protección , influencia , mediación ó salvaguardia , y
libertar á Colombia y á la América entera de la anarquía que
la devoraba y de la colonización europea que nuevamente la
amenazaba ; que el consejo habia juzgado insoluble el problema,
yque ninguna potencia querria encargarse de protegernos, si no
veía que se trataba de establecer un órden de cosas duradero,
fijo y permanente , capaz de refrenar la anarquía y de burlar
las esperanzas de sujetarnos, que pudiera haber concebido la
España, aprovechándose de nuestros desórdenes ; que por tan
poderosos motivos habia creido el consejo que no podia obte-
nerse resultado alguno favorable en la negociación prevenida ,
si no se excitaba el interés de la Francia v de la Gran Bretaña
con el proyecto de fundar una Monarquía, único arbitrio prac-
ticable , aunque erizado de muy graves dificultades , que halló
el consejo para obtener el éxito que se proponía el Libertador;
que hizo aun menos de lo que se le previno , pues debia solici-
tar para la América entera — «la mediación , protección , in-
fluencia, custodia ó salvaguardia de uno ó mas Estados podero-
sos, que la preserváran de la anarquía erigida en sistema y del
régimen colonial que la amenazaba, y que fuera un regulador. »
Á pesar de esta órden terminante el consejo se abstuvo de tra-
tar nada respecto de las (lemas repúblicas americanas, porque
vio claramente que tal negociación comprometería sobre ma-
nera al gobierno de Colombia , si llegaba á traslucirse aquella
petición, la cual, hecha seguu los deseos del Libertador, podría
vulnerar la Independencia nacional. «El consejo modificó, aña-
día, la disposición de S. E., reduciéndola á los términos en que
la creyó asequible. Tal vez erró en esto ; pero sus intenciones
fueron puras, y su ánimo cumplir con la órden de S. E. con-
servando intactas y sin mengua las prerogativas nacionales. »
Indicaba después que la pregunta hecha á los gobiernos de
Francia y de la Gran Bretaña en nada comprometía al de Co-
lombia, porque era condicional : — a si el congreso constituyente
adoptaba el proyecto de un régimen monárquico. » Tampoco
habia comprometido el nombre del Libertador, pues se habia
dicho á los enviados extranjeros — « que no contaba el consejo
con la-opinion explícita de S. E. » — En seguida ofreció el com-
sejo no adelantar la negociación peudiente; pero sus miembros
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HISTORIA DE r.OLOMBlA.
se denegaron á suspenderla : primero, porque la propuesta ya
debía estar decidida; y segundo, porque era vergonzoso y desa-
creditaba al gobierno de Colombia el retractar las proposiciones
que ántes habia hecho. « En este caso , Señor, debe variarse el
ministerio, para que los que entren que no han tenido parte eu
el proyecto , puedan también sin rebozo y sin empacho mani-
festar que se ha mudado de pensamiento. »
Dicha nota fué contestada por el secretario general el 18 de
diciembre desde Japio en el valle del Cauca. Decía á nombre
del Libertador que este habia improbado el proyecto de Monar-
quía, porque él no podia sostenerlo como contrario á su consa-
gración á la causa pública, á su carrera, y á los principios que
siempre habia profesado, y porque mancillaría su reputación.
<í Convenga ó no, decia, elevar un solio , el Libertador no debe
ocuparlo. Aun mas, no debe cooperar á su edificación, ni acreditar
por sí mismo la insuficiencia de la actual forma de gobierno. »
Manifestaba en seguida ser una empresa sobrehumana con-
vertir la República en Monarquía y establecer una pacífica
sucesión de ella ; « así era, anadia, que el consejo acometiendo
la empresa que le inspirara su acendrado patriotismo , habia
incurrido en una tremenda responsabilidad. » El Libertador qui-
so exonerar de ella al consejo con su improbación y mandando
suspender el proyecto, que pugnaba abiertamente contra su pro-
pio honor y sus intereses individuales. Fuera de esto indicaba
el secretario general , que no se miraría como libre y espontá-
neo el cambio de la forma de gobierno , habiéndose iniciado y
preparado cuando el actual se hallaba revestido de facultades
extraordinarias.
Confesamos francamente que los fundamentos aducidos por
el Libertador para fundar la improbación del proyecto de Mo-
narquía, eran muy poderosos. Aun sin haberlo consentido sus
enemigos se valieron de este pretexto para calumniarle, y para
despedazar su reputación , haciendo creer maliciosamente á los
incautos é ignorantes , que Bolívar, el fundador de tres repú-
blicas , habia querido coronarse y establecer un trono en Co-
lombia (i). »
(1) Publicamos íntegro este oficio para vindicar mas completamente la me-
moria del Libertador, mancillada injustamente por muchos de sus enemigos.
Debemos confesar con nuestra imparcialidad histórica que Bolívar vió claramente
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CAPÍTULO XV
2Í9
Aqni terminó el proyecto de establecer una Monarquía en
esta República , proyecto originado de los ardientes deseos que
en este delicado negocio, y que el consejo de ministros se equivocó al promo-
verlo. Sin embargo, ¿por qué no lo improbó desde que lo supo? El oficio
dice lo siguiente :
« REPÚBLICA DE COLOMBIA.
» Secreta» ia gene mi.
■ Cuartel general en Japio, á 18 de diciembre de 1829.
» Al señor ministro de Estado del despacho de relaciones exteriores.
• Señor,
» Versándose el acta del consejo ministerial sobre fundar una Monarquía,
cuyo trono (cualquiera que fuese su denominación) debía ocupar S. E. el Li-
bertador presidente , y por lo mismo sostener á todo trance sus cimientos á
beneficio del sucesor, S. E. creyó de su deber improbarlo ; porque su misma
consagración á la causa pública seria infructuosa desde que, mancillada su
reputación por un acto contradictorio de su carrera y de sus principios, entrase
en la trillada senda de los monarcas.
» Convenga ó no á Colombia elevar un solio, el Libertador no debe ocuparlo ;
aun mas, no debe cooperar á su edificación ni acreditar por si mismo la insu-
ficiencia de la actual forma de gobierno. Monarquizar l;i República y establecer
una pacifica sucesión, es á la verdad una empresa sobrehumana. Y ¿quién
puede dudar que el consejo, dando un paso tan gigantesco, se ha recargado
de un enorme peso, apónas soportable por el acendrado patriotismo que pro-
dujo tal inspiración ? Al negar S. E. su aprobación al proyecto, pensó que para-
lizándolo exoneraria al consejo de la tremenda responsabilidad que pudiera
resultarle, al mismo tiempo que manifestaba S. E. el fondo de su conciencia,
rehusando afectar siquiera un consentimiento implícito que pugna abiertamente
contra su propio honor y sus intereses individuales. En este estado me previno
dijese expresamente al co sejo, no se diese un paso adelante, y se suspendiese
la prosecución de un proyecto que probablemente precipitaría al gobierno en
un abismo de males.
■ Por otra parte, ¿ se miraría como espontáneo el cambio de formas cuya
transición había sido iniciada ó preparad* con toda la energía del gobierno
actual? Estas y otras consideraciones abstractas que S. E. ha hecho sobre este
importante asunto, son las que han dictado las resoluciones de S. E., sin que
ninguna mezcla de popularidad ni de sentimientos individuales haya tenido
parte en ellas. Por lo mismo, cuando S. E. está resuelto á separarse indefecti-
blemente del mando, no debe comprometerse á continuar en él, burlando asi
las aperan zas de la nación y del consejo, á cuyos respetables miembros profesa
S. E. el mas profundo reconocimiento.
» Es cuanto puedo decir á Us. dcórdeu de S. E. en contestación á su distin-
guida nota de 8 del que rige.
» Soy de Us. con perfecto respeto muy obediente servidor.
• José D. Espinar. •
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250 HISTORIA DE COLOMBIA.
tenían sus autores de que hubiese en su patria un órden legal
fijo, duradero y permanente , que á la vez alejara para siempre
de nosotros las frecuentes revoluciones, las dictaduras militares
y las exaltaciones turbulentas de la demagogia. Hicieron olvi-
dar este proyecto la improbación del Libertador y la opinión
mas conocida ya de la mayoría nacional que se manifestaba
coutraria (*).
No disminuyen la verdad de esta aserción los pronuncia-
mientos que hubo en las provincias de Manabí y de Guayaquil,
que se declararon por la Monarquía, siempre que los demás
pueblos de la República dieran su consentimiento para adoptar
esta forma de gobierno. Las mismas provincias y la de Quito
manifestaron también su opinión, de que la religión católica,
apostólica, romana, fuera la religión del Estado, y que este la
protegiera; así como que se conservaran las inmunidades ecle-
siásticas. Las asambleas electorales de las mencionadas provin-
cias añadieron, — a que fuera cual fuese la forma de gobierno
que se adoptara, se conservaran las garantías délos ciudadanos,
y que al Libertador se le nombrara jefe constitucional del Es-
tado. »
Á tiempo que esto sucedía en Colombia, la negociación inten-
tada por el consejo de ministros con el gobierno de S. M. Cris-
tianísima no habia tenido resultado alguno. El ministro Poli-
gnac, esencialmente legitimista, no dió oidos ni quiso tratar
nada que perjudicase á los derechos que suponía tener la Es-
paña sobre sus antiguas colonias. Tampoco quiso reconocer á
Colombia ni entrar en convenio alguno político.
Respecto de la Gran Bretaña, la iniciada negociación pro-
dujo todos sus efectos. El ministro colombiano Madrid tuvo
dos conferencias oficiales con el secretario de relaciones exte-
riores de S. M. Británica lord Aberdeen. En la primera sondeó
el ánimo del ministro, y en la segunda manifestó las instruc-
ciones de su gobierno para tratar sobre el proyecto de Monar-
quía. De estas conferencias y de cuanto dijo en ellas el minis-
tro británico, resultó : primero, que el gobierno ingles nada
aconsejaba ni aconsejaría á Colombia sobre alteraciones en*la
forma de su gobierno, porque este negocio tocaba á ella exclu-
sivamente; pero que, bien lejos de oponerse al establecimiento
(1) Véase la nota 21".
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CAPÍTULO XV. 251
de una Monarquía, celebraría que se verificase esta reforma,
por cuanto el gobierno de S. M. Británica se hallaba conven-
cido de que contribuiría al orden y por consiguiente á la pros-
peridad de esta parte de la América : segundo, que el gobierno
ingles no opondría objeción alguna si el pueblo colombiano
propusiera al Libertador para su monarca; declaración que
hizo espontáneamente el lord Aberdeen sin que se le tocara la
cuestión, pues ni Bolívar ni sus amigos pensaron jamas en que
cambiára su glorioso título de Libertador por ningún otro,
aunque fuera de los mas elevados entre las naciones civiliza-
das : tercero, que la Inglaterra tampoco tendría objeción alguna
que hacer si el príncipe que se eligiese era de la familia real
de España; pero escogiéndose de cualquiera otra dinastía,
sería este negocio de sumo interés para la Gran Bretaña, cuyo
gobierno de ningún modo permitiría — « que un príncipe de
la familia reinante en Francia cruzara el Atlántico para venir
á coronarse en el Nuevo Mundo. » Al mismo tiempo declaró
que el gobierno de S. M. no se prestaría, aun cuando se le pro-
pusiera, á que un príncipe de la real familia inglesa fuese á
reinar en la América española; declaración que hacía para
manifestar que ningún espíritu de concurrencia ni aspiración
alguna motivaban aquella declaratoria, a Me parece ademas,
añadía el ministro, que el proyecto, como se ha indicado, es
irrealizable : él es demasiado vago é incierto para que pueda
satisfacer á nadie. ¿ Cómo es posible que ningún príncipe de las
grandes naciones de Europa acepte un nombramiento que no
podia llevarse á efecto sino después de la muerte del Liberta-
dor ? Si se cree que la Monarquía es necesaria en Colombia, y
que convendría un príncipe europeo, llámese á este desde
luego; de otro modo Uds. no pueden encontrar un individuo
de las primeras dinastías europeas que pueda llevar consigo el
lustre y consideración que desean ; encontrarán á lo mas algún
pequeño príncipe de Alemania, con el que poco adelantarán
Uds... Pero ¿qué necesidad tienen Uds. de hablar ahora de la
sucesión ni de príncipes europeos ? Continuando el Libertador
al ffente de Colombia, ya sea durante su vida ó por un cierto
número de años, Uds. podrán después resolver en lo sucesivo
lo que sea mas conveniente. »
Estas últimas observaciones del ministro de S. M. Británica
son incontestables : ellas prueban hasta la evidencia los graves
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232
HISTORIA DK COLOMBIA
defectos de que adolecía el plan que algunos meditaban, de
llamar desde entonces a un príncipe extranjero que fuese el
monarca de Colombia después de la muerte del Libertador.
Hé aquí llevada al cabo respecto de la Gran Bretaña la ne-
gociación que iniciára el consejo de ministros. Ningunos com-
prometimientos se habian seguido al gobierno ni al congreso
de Colombia. Este conservaba la plena libertad de estatuir lo
que mejor conviniese á la felicidad de los pueblos. Por consi-
guiente la negociación no envolvia los peligros que se habian
temido. Las respuestas obtenidas del gabinete británico eran
en todo tiempo de grande importancia, y esta habría sido
mayor si el proyecto de Monarquía no se hubiese relegado al
olvido.
En esta conferencia del ministro colombiano con el lord
Aberdeen se tocaron otros puntos dignos de mencionarse. Fué
el primero recordar Madrid al ministro británico la promesa
que ántes le habia hecho, de que si la expedición del brigadier
Barradas contra Méjico tenia el mal éxito que todos predecían,
el goDierno de S. M. Británica renovaría sus instancias al de
España para que diese la paz á los nuevos Estados de América.
El ministro contestó que en efecto no habia olvidado aquel
ofrecimiento ni perdido la ocasión; pero que várias pláticas
confidenciales que habia tenido con el ministro español Zea
Bermúdez, le habian convencido de que el gabinete español no
estaba dispuesto á tratar con sus antiguas colonias sobre la base
de reconocer su Independencia. Por tanto el gobierno Britá-
nico habia decidido abstenerse de hacer nuevas instancias por
considerarlas ajenas de su dignidad. « Estoy desengañado ,
agregó ; todos los Españoles están unánimes en este asunto : lo
mismo piensan los apostólicos que los constitucionales, afran-
cesados, liberales y emigrados. »
Este negocio condujo naturalmente al señor Madrid á hablar
sobre otro que estaba íntimamente relacionado. Tal era el de
las expediciones españolas que se armaban en Cuba y Puerto-
Rico contra los nuevos Estados. Hacía algún tiempo que Madrid
y el ministro mejicano instaban al lord Aberdeen para qué* el
gobierno de S. M. Británica obligase á la España á declarar, —
« que las islas de Cuba y Puerto-Rico no tomarían en lo suce-
sivo parte alguna en las hostilidades contra las repúblicas del
continente que ántes era español. » Fundábanse, conforme á lo
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CAPÍTULO XV
dicho anteriormente, en que Méjico y Colombia desistieron de
invadir aquellas islas cuando tenian la mayor probabilidad de
un buen suceso; porque Mr Canning como ministro británico
les indicara los inconvenientes de tal expedición, que en parle
comprometían al gobierno ingles. Aquella sola insinuación
bastó para que se abaudonase la empresa, acto de la mayor
deferencia y consideración hacia el gabinete de San Jámes.
Este aun insistía en que no se llevase al cabo la invasión de las
mencionadas islas por el peligro que corría la tranquilidad de
los negros que hay en ellas. Así, dejando á la una parte en
libertad para atacar al continente desde Cuba y Puerto-Rico, c
impidiendo á las nuevas repúblicas invadir y apoderarse de
aquella base de las expediciones militares que armaba la Es-
paña, era evidente que el gobierno de S. M. Británica se apar-
taba de las reglas de neutralidad que habia proclamado, y que
también eran las de la justicia. « Evitar para lo sucesivo, anadia
el señor Madrid, la lucha entre las islas de Cuba y Puerto-Rico,
y los nuevos Estados Americanos, es terminar de hecho y del
modo mas plausible la guerra entre estos y la España. »
Con tan sólidos fundamentos prosiguió Madrid sosteniendo la
reclamación intentada. Lord Aberdeen le contestó al fin de la
conferencia, — « que no negaría que sus observaciones le pa-
recían dignas de tomarse en consideración y que las tomaría en
efecto. »
En la misma entrevista se couíirmó (diciembre U) por el lord
Aberdeen la noticia, que ya ténia Madrid, del nombramiento
hecho en el señor Guillermo Turner para enviado extraordina-
rio y ministro plenipotenciario de la Grau Bretaña cerca del
gobierno de Colombia. Es seguro que este nombramiento fué
motivado por el proyecto de Monarquía de que se habia tratado.
Lord Aberdeen aun refirió á Madrid una parte de las instruc-
ciones hechas á nuestro enviado en aquellas importantes con-
ferencias.
Hablando lord Aberdeen sobre la rebelión de Córdoba, que
hizo temer á los extranjeros el incendio de una guerra civil en
Cdlbmbia, preguntó á Madrid si no creía que Venezuela se se-
pararía de la Nueva Granada. La misma pregunta le habia di-
rigido ántes el embajador de los Países Bajos barón Falk, aña-
diendo : — « que sus temores nacían de los encontrados intere-
ses y de la rivalidad que se notaba entre los pueblos de la anti-
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254 HISTORIA DE COLOMBIA. — CAPÍTULO XV.
gua Venezuela y de la Nueva Granada ; igualmente que entre
los de ambas con respecto á los deparlamentos del sur. Por
tanto, aun los extranjeros preveían este suceso como probable
en un período no muy remoto, lo que aumentaba su descon-
fianza respecto de la estabilidad de Colombia.
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CAPÍTULO XVI.
Mal estado de la opinión en Venezuela contra el gobierno del Libertador.
— Publicación de una carta de este para calmar la irritación. — Pées y
Soublette en Valencia. — Reciben allí la circular para que los pueblos
pidan lo que quieran. — Excítalos Páez á que lo hagan. — Primeras actas
en forma de peticiones al congreso constituyente.— La de Caraca» acuerda
su separación absoluta de Colombia, estableciendo un Estado indepen-
diente. — Juicio sobre dicha acta : se demuestran sus defectos. — In-
sultos escritos contra el Libertador, que se reprimen. — Páez no acepta
la primera magistratura de Venezuela, que se le ofrece. — Motivos déla
negativa y de su contestación. — Da cuenta al gobierno colombiano de
lo acaecido y ofrece mantener el órden. — Pocos diputados venezolanos
quieren asistir al congreso de Colombia. — Se generaliza el acta de Ca-
racas. — Algunas son muy injuriosas al Libertador. — Valencia , la pri-
mera, pide su ostracismo. — San Rafael de Orituco le defiende. —
Parroquias que revocan sus poderes á los diputados al congreso. — Peti-
ción que algunos vecinos notables de Caracas dirigen al Libertador. —
Esfuerzos que hacen los jefes para generalizar la revolución, sobre todo en
el Zúlia. — Páez se manifiesta decidido á sostenerla. — Parte que tuvo
en ella el almirante ingles Fleeming. — El gobierno de Colombia pide
órdenes al Libertador sobre tan grave negocio. — Dispone oficialmente
suspender toda negociación acerca del proyecto de Monarquía. — Opinio-
nes en la Nueva Granada contra la unión : también sobre forma de go-
bierno — Páez establece en Venezuela un gobierno independiente. —
Convoca un congreso constituyente en Valencia. — El departamento del
Zúlia se adhiere á la revolución. — Proclama hinchada de Páez anuncián-
dolo. — Preparativos de defensa que hace. — Fórmase en Bogotá la di-
putación del congreso colombiano. — El Libertador arriba á la capital. —
Reforma su ministerio. — Instalación del congreso constituyente. — Men -
saje que le dirige Bolívar, y puntos principales que contiene. — Su pro-
clama á los Colombianos — Injusticia con que se ataca al Libertador. —
El congreso defiende su honor. — Exposición al congreso del presidente
del consejo de ministros. — Aquel se ocupa en formar un reglamento
interior. — El congreso se decide por conservar la unión colombiana, —
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2oG
IIISTOIUA DR COLOMBIA.
Proyecta el Libertador ir á Venezuela. — Partida del comisionado Bresson.
— Presentación de dos ministros extranjeros. — Preparativos militares
del prefecto general Montilla para conservar la tranquilidad del Zúlia. —
El ejecutivo dispone reunir otra división en Cúcuta. — El general O'Leary
es su jefe; instrucciones que recibe. — El batallón Boyacá se subleva y
pasa á Maracáibo. — Temores que inspira esta defección. — Sistema de-
fensivo que se adopta respecto de Venezuela. — Comisiones constitucio-
nales que se forman. — Decreta el congreso una comisión de paz que siga
Venezuela ; instrucciones que le da. — Basas que se adoptan para la cons-
titución : alocución del congreso á los Colombianos. — Resuelve mantener
la unión de Colombia. — Bolívar indulta á los que aun sufren penas por
los sucesos del 25 de setiembre. — Nombra al general Caicedo presidente
del consejo de ministros. — Á la comisión de paz se le impide penetrar
á Venezuela. — Proclama belicosa de Páez, quien sale á campaña. — Los
comisionados colombianos tratan con los de Venezuela en la villa del
Rosario de Cúcuta. — Nada se consigue. — Miras pacificas del gobierno
de Colombia; el de Venezuela trabaja por conmoverla Nueva Granada.—
Revolución de Casanare. — Asesinatos que cometen los cabecillas. —
Alarma que causan estos sucesos. — Conatos de revolución en Bogotá.—
Consejo que reúne el Libertador : disgustos que causa. — Opiniones rei-
nantes sobre que no se dé constitución. — Las apoya por un mensaje el
poder ejecutivo. — El congreso insiste en darla. — Protestas que dirigen
los ministros de la Gran Bretaña y del Brasil. — Son infundadas. —
Proyecto de decreto para acordar las opiniones encontradas. — Se resta-
blece la libertad de imprenta. — Opinión en la Nueva Granada a favor
de la separación de Venezuela ; sus motivos. — Discusiones acerca del
futuro presidente de la República : Bolívar quiere serlo. — Proyecta
reasumir el mando. — Movimientos que esto causa en los partidos. —
Sus fieles amigos le aconsejan que se retire definitivamente. — Anuncia
al congreso su última resolución. — Contestación del congreso y senti-
mientos de los bandos políticos.— Bolívar se decide á salir de Colombia.
— Supresión de las prefecturas generales. — Terminase la constitución.
— Mosquera y Caicedo nombrados presidente y vicepresidente. — Encár-
gase este del mando de la República. — Moción en favor del Libertador.
Se manda publicar la nueva constitución. — Decreto que arregla cómo
ha de ofrecerse á Venezuela. — Sublevación del batallón Granaderos. —
Sus consecuencias y motivos. — Temores de Bolívar, que sigue á Carta-
gena. — Decreto del congreso en su favor. — Este cierra sus sesiones.
— Juicio acerca de él y respecto de la constitución. — Carácter de los
nuevos magistrados. — Sucre era el presidente que habría convenido. —
Desobediencia de la división acantonada en Pamplona. — Arribo á Cúcuta
de una división venezolana : su jefe Mariño viola el territorio granaoino.
— La división de Pamplona capitula su traslación á Venezuela. — Aran-
zazu y Soto comisionados granadinos para ofrecer la nueva constitución á
Venezuela. — Aranzazu consigue que se retiren de Cúcuta los Venezola-
nos.— Mariño deja allí á los soldados y oficiales granadinos.— Sométense
estos al gobierno colombiano.
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CAPÍTULO XVI. 257
Año de 4829. — Apénas se había terminado la rebelión de
Córdoba en Antióquia, y cuando parecía que la tranquilidad
debía durar por lo ménos hasta que el próximo congreso cons-
tituyente diera instituciones á los pueblos de Colombia, una
tempestad se formó hacia el norte, la que desde el principio
amenazára destruir á la República.
Hacía algún tiempo que en Venezuela existia un fuerte par-
tido contra el gobierno del Libertador, á quien atribuían mu-
chos actos que eran producciones espontáneas y exclusivas de
Páez como jefe civil y militar. Los enemigos de Bolívar no per-
dían ocasión ni medio alguno, por reprobado que fuera , para
destruir su reputación y enajenarle el afecto de los pueblos que
tan justamente había ganado por sus eminentes servicios á la
patria. El proyecto de Monarquía, concebido por el consejo de
ministros y adelantado hasta el punto que hemos visto , sirvió
admirablemente á los enemigos de Bolívar para pintarle como
un ambicioso que deseaba coronarse y dominar á los pueblos
con un cetro de hierro. En vano quisiéramos excusar á Páez y
á otros magnates de Venezuela de que no contribuyeran á ex-
tender y acreditar esta calumnia, que tanto convenía á sus
miras de futuro engrandecimiento. Aunque es cierto que el pri-
mero tuvo desde el principio noticia comunicada particular-
mente por el ministro de la guerra Urdaneta, sin que se opu-
siera al proyecto, pues solamente exigió saber lo que pensara
el Libertador, y aunque le enviára con este fin al comandante
José Austria, quien fué hasta Quito; con todo, tenemos datos
para creer que Páez no obró en este negocio con la franqueza
que aparentaba en sus cartas particulares. Toda su conducta en
aquel tiempo y sus hechos posteriores nos persuaden , que apa-
rentando á los miembros del gobierno de Bogotá que procede-
ría de acuerdo con sus miras , se aprovechó diestramente de las
circunstancias á fin de abrirse el camino para obtener la pri-
mera magistratura de un Estado independiente, rompiendo la
unión colombiana.
Hallábanse los ánimos de muchos Venezolanos en la disposi-
ción arriba expresada, cuando ocurrió la rebelión de Córdoba
en Antióquia. El valor y nombradla del corifeo, la guerra que
aun se ignoraba en Carácas haberse terminado con el Perú , y
la ausencia del Libertador en los confines meridionales de la
República , todo esto les hizo creer que habia llegado el mo-
TOMO IV. 17
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HISTORIA DK COLOMBIA.
mentó oportuno de disolver á Colombia, separando de la unión
á los departamentos de la antigua capitanía general de Vene-
zuela, á fin de erigirlos en un Estado soberano é independiente.
Los corifeos de este proyecto no dudaban que él reuniría en sn
favor la opinión de los pueblos, declamando contra el gobierno
de Colombia y contra el Libertador, excitando al mismo tiempo
las fuertes antipatías, bien conocidas ya, que habia entre Ve-
nezolanos y Granadinos. Una chispa bastaba para causar un
terrible incendio , y desde los últimos dias de octubre comen-
zaron á circular en Carácas pasquines manuscritos é impresos
en que atrozmente se injuriaba á la persona y al gobierno del
Libertador, á quien pintaban como un déspota que pretendía
ceñirse la corona de su patria.
Para combatir estas impresiones algunos amigos de Bolívar
publicaron una carta suya al general O'Leary.en la que le ma-
nifestaba su repugnancia á continuar mandando. En seguida le
proponía una idea que le habia ocurrido , á fin de que la me-
ditara : era esta, que en el próximo congreso se eligiera un
presidente, y que á él se le dejára de generalísimo de las fuer-
zas colombianas ; con estas apoyaría al jefe del gobierno y man-
tendría la tranquilidad en todas partes, manifestando así que
no aspiraba á perpetuarse en el mando; manifestación que es-
peraba le haría recobrar el afecto de sus conciudadanos. Preo-
cupados como estaban los Venezolanos, y arrastrados por pasio-
nes interesadas, interpretaron mal, y aun ridiculizaron algunas
expresiones de aquella carta, que no habia sido escrita para su
publicación. Por tanto ella no produjo los efectos saludables que
se esperaban.
Guando principiaba aquel movimiento , Páez y su secretario
el general Soublette se hallaban en Valencia : dijeron unos que
se habían trasladado allí para que en Carácas y en otros lugares
se obrára libremente, sin que pareciese que era por influjo suyo;
otros, y el mismo Páez lo informó al gobierno de Bogotá —
« que su viaje á Valencia tuvo por objeto velar sobre el sosiego
y quietud de los valles de Aragua y pueblos del occidente, alar-
mad*» con las noticias de que se pensaba organizar la República
bajo de una forma monárquica. » En dicha ciudad recibió Páee
la célebre circular expedida por el Libertador desde Guayaquil
en 31 de agosto último, para que los pueblos expresáran libre-
mente sus opiniones, tanto de palabra como por la prensa, con
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capítulo xvi. 259
respecto á la forma de gobierno , al código fundamental que
debía establecerse y al nombramiento del jefe que hubiera de
presidir la administración. Comunicósela desde Bogotá en 16 de
octubre el secretario del interior, excitándole á que dispusiera
su cumplimiento.
No podia ofrecerse á Páez y á sus partidarios, que trabajaban
por la separación de Venezuela, un medio mas eficaz para con-
seguir sus designios, que la expresada circular. Envióla á Cará-
cas y á las parroquias de esta provincia con órdenes de que en
todas partes se hicieran actas pidiendo al congreso constituyente
que decretára la separación de Venezuela. La primera acta que
apareció en este sentido fué la de Puertocabello , celebrada el
17 de noviembre : al anunciarla el general Soublette al secre-
tario del interior del gobierno colombiano, después de elogiar
dicha circular como que habia impedido una revolución, le
añadió : « que en el próximo correo enviaría otros muchos pro-
nunciamientos, con los cuales principiaría, en el año de treinta,
una época nueva para la nación. » Esta es una prueba clara de
que los pronunciamientos eran excitados ó prevenidos por los
jefes que residían en Valencia.
La segunda acta (noviembre 23) fué de esta ciudad, concebida
también en forma de petición al congreso para que acordára la
división de la República. Al mismo tiempo los ciudadanos mas
notables de Valencia se declararon contra el sistema de gobierno
monárquico y en favor del republicano.
Hasta entónces nada irregular habia ocurrido, y estas actas
se hallaban dentro del círculo trazado por las leyes que decre-
taron la unidad de la República. Mas no sucedió lo mismo en
Caracas. Allí existia un plan concertado para romper la unión,
y era preciso realizarlo tan pronto como fuera posible. Así , no
perdieron la oportunidad. El instrumento principal de que se
valiera Páez fué del jefe general de policía Juan Bautista Aris-
mendi : tuvo este una junta en su casa de habitación el 24 de
noviembre. Acordóse en ella, que para el día siguiente se con-
vocaría otra reunión mas numerosa de los padres de familia de
Caracas. Arismendi quedó encargado de dar los pasos condu-
centes , para que la junta se reuniera con anuencia del prefecto
del departamento , general Lino de Clemente : aquel hizo todas
las invitaciones , y el prefecto , arrastrado por el torrente revo-
lucionario, publicó un bando por el que convocaba á los ciuda-
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260 HISTORIA DF. COLOMBIA.
danos á que expresáran libremente lo que quisieran acerca de
la futura organización de Colombia.
Reunido el pueblo de Caracas en el convento de San Fran-
cisco el 25 de noviembre , y en número de cerca de quinientas
personas, se leyó el capítulo de una carta de Bolívar á Páez,
escrita en Guayaquil á 13 de setiembre de este año. Hablábale
en ella de la circular que había mandado expedir para que los
pueblos manifestaran sin rebozo ni temor alguno cuál era su
voluntad : — « He mandado publicar, decía, una circular con-
vidando á todos los ciudadanos y corporaciones para que expre-
sen formal y solemnemente sus opiniones. Ahora puede Ud.
instar legalmente para que el pueblo diga lo que quiera. Ha
llegado el caso en que Venezuela se pronuncie sin atender á
consideración alguna mas que el bien general. Si se adoptan
medidas radicales para decir lo que verdaderamente Uds. de-
sean, las reformas serán perfectas y el espíritu público se cum-
plirá. El comercio abrirá sus fuentes, y la agricultura será
atendida sobre toda cosa. En fin , todo se hará como Uds. lo
quieran. Yo no me atrevo á indicar nada porque no quiero
salir responsable, estando resuelto á no continuar en el mando
supremo. Como este congreso es admirable, no hay peligro en
pedir lo que se quiera, y él sabrá cumplir con su deber, deci-
diendo de los negocios con sabiduría y calma; nunca se ha ne-
cesitado de tanta como en esta ocasión, pues se trata nada
méuos que de constituir de nuevo la sociedad, ó, por decirlo
así, darle una existencia diferente. » Los que ya conocían las
opiniones y el secreto del Libertador, sobre la necesidad de
dividir á Colombia, vieron en estas expresiones y en otras
que contenia aquella célebre carta, que les decia claramente
en ella : « Pidan Uds. la separación de Venezuela, y yo la
apoyaré. » Aun sospechamos que comunicára sus ideas sobre
la materia á algún Venezolano, y que este no le guardara el
secreto.
Empero sea de esto lo que fuere , las discusiones duraron los
dias 25 y 26 de noviembre, rodando principalmente sobre la
separación absoluta de Venezuela y el desconocimiento *tlel
gobierno de Colombia. El resultado fué acordar: « Primero,
separación del gobierno de Bogotá y desconocimiento de la au-
toridad del general Bolívar, aunque conservando siempre paz,
amistad y concordia con sus hermanos de los departamentos
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CAPÍTULO XVI. 2fii
del centro y sur de Colombia para entrar á pactar y establecer
lo que convenga á sus intereses comunes.
» Segundo, que se dirija el acta justificativa del proceder y
que contenga estas resoluciones al excelentísimo señor general
jefe superior, pidiéndole que consulte la voluntad de los depar-
tamentos que forman la antigua Venezuela , y se sirva convocar
con toda la brevedad posible las asambleas primarias en todo el
territorio de su mando, para que según las reglas conocidas se
haga el nombramiento de electores y sucesivamente el de re-
presentantes que deben componer una convención venezolana,
para que tomando en consideración estas bases, proceda inme-
diatamente al establecimiento de un gobierno republicano, re-
presentativo, alternativo y responsable.
» Tercero, que esta convención extienda el manifiesto que se
dirigirá á nuestros hermanos de Colombia y á todo el orbe,
expresando las razones que imperiosamente han ocasionado
esta resolución.
» Cuarto, que S. E. el benemérito general José Antonio Páez
sea jefe de estos departamentos, y que reuniendo como reúne
la confianza de los pueblos, mantenga el urden público y todos
los ramos de la administración bajo las formas existentes, mién-
tras se instala la convención.
» Quinto, que Venezuela, aunque impelida por las circuns-
tancias, ha adoptado medidas relativas á su seguridad , sepa-
rándose del gobierno que la ha regido hasta ahora, protesta que;
no desconoce sus compromisos con las naciones extranjeras, ni
con los individuos que le han hecho suplementos para consoli-
dar su existencia política , y espera que la convención arregle
estos deberes de justicia del modo conveniente. » — El acta que
conteuia estas resoluciones se firmó por cuatrocientas ochenta y
seis personas.
Los documentos que sirvieron para unos acuerdos de tamaña
trascendencia fueron cartas particulares escritas en la confianza
de la amistad por Bolívar y Urdaneta á Páez y á otros de sus
amigos, las que por consiguiente no debían obrar en aquella
asamblea. El único documento oficial que debió presentarse,
que fué la circular de 31 de agosto, comunicada á Páez por el
secretario del interior, no se trajo á colación ni se mencionó en
el acta, acaso porque honraba la conducta franca y liberal del
Libertador; ella contestaba de antemauoá los cargos que le hi-
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262
HISTORIA DE COLOMBIA.
rieron los redactores de la mencionada acta; es verdad que no
dejaba de servir al mismo fin la carta de Bolívar á Páez. En
lugar de estos documentos se insertaron en el acta simples car-
tas de invitación para asistir á la junta, escritas por Arismendi,
las que nada mas significaban sino que el jefe de policía obraba
conforme á las órdenes de Páez.
En cuanto á los fundamentos aducidos en el acta mencionada,
estuvieron muy léjos sus autores de manifestar algunos talen-
tos ó la práctica de hombres de Estado , apartándose aun de la
verdad y justicia. Nada tenia que ver el estado actual de los
negocios con las opiniones de Bolívar comunicadas oficialmente
al congreso de Guayana , sobre la necesidad de dar una base
permanente y vitalicia á nuestros gobiernos republicanos; opi-
nión que habia tratado de aplicar en la constitución para Boli-
via. Todo hombre que reflexiona algún tanto sobre los sucesos
pasados, conoce que el Libertador iba acaso mas de cincuenta
años adelante de sus contemporáneos, y plenamente le justifi-
can las revoluciones continuas que á nombre de la libertad han
despedazado y despedazan por do quiera á la antigua América
española, revoluciones que harían temer á los verdaderos pa-
triotas, amigos de la libertad racional, que esta hermosa ó rica
porción del globo, bañada por la sangre de sus hijos, retrogra-
dara á la barbarie del siglo xvi°. ¿Qué cargo se podia hacer,
pues, á Bolívar de esta opinión?
No fueron ménos injustos los autores de aquella acta célebre,
atribuyendo al Libertador oposición á la constitución de Cú-
cuta, la disolución de la convención de Ocaña y las actas de la
dictadura. Al hacer estos cargos debieron los Venezolanos re-
cordarlos sucesos de 1826, que destruyeron aquella constitución
por darles gusto, hechos exclusivamente suyos; sus numerosas
actas contra la convención de Ocaña , y la unanimidad con que
se pronunciaron por la dictadura , gobierno muy superior á la
anarquía en que habríamos caido indudablemente si el Liber-
tador no acepta en 1828 el mando supremo que le confirieron
los pueblos.
Respecto de Monarquía, otro cargo que se le hiciera en difcha
carta, nunca el Libertador pensó en erigirla, y los que en Ve-
nezuela y en otros puntos de América han dicho lo contrario, le
han calumniado atrozmente. Es cierto que algunos ciudadanos
del centro y sur de la República, usando de la libertad de que
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CAPÍTULO XVI. 263
gozaban por las leyes, propusieron en 4829 la adopción de aquel
sistema de gobierno en Colombia , persuadidos como se halla-
ban profundamente de que en las Monarquías constitucionales
se goza de mayor suma de libertad, de seguridad , y por consi-
guiente de felicidad, que en la anarquía de nuestras repúblicas.
Empero estas indicaciones no eran ni podían alegarse como
fundados motivos para la separación. En 1826, algunos Vene-
zolanos y el mismo Páez hicieron al Libertador la propuesta de
que se coronára en Colombia , sin que por esto pretendiera la
Nueva Granada separarse de la unión, ni hacer á los Venezola-
nos un crimen por su manera de opinar, sin embargo de que
se iba á echar por tierra con violencia la constitución de Cúcuta.
Por otra parte , dar al gobierno monárquico por sinónimo de
tiránico , según se hizo en el acta , fué ridículo y manifestó ig-
norancia ó grande malicia en los redactores. Esto podía pasar
al principio de la revolución, cuando hablábamos del gobierno
de Fernando VII, y para concitar á los pueblos contra los Espa-
ñoles ; mas nos admiramos cómo en i 829 se usara en Caracas
de tal lenguaje por hombres que conocían ó debían conocer ia
significación de las palabras.
Pudiéramos impugnar victoriosamente los demás fundamen-
tos de aquella acta, si no temiésemos fastidiar á nuestros lecto-
res, haciéndoles notar vagas declamaciones, metáforas hincha-
das, y recriminaciones contra la Nueva Granada hasta por \o
que se decia en periódicos del todo inconexos con el gobierno.
¡ Como si los Granadinos no hubieran gozado de libertad para
expresar sus pensamientos á fin de mejorar el gobierno -de da
República!
En lugar de haberse perdido los redactores del acta mencio-
nada en argumentos metafísicos sobre las formas de gobierno, y
en otros que se apoyaban en hechos falsos, ó aplicados con in-
exactitud, pudieron haber aducido sólidos fundamentos para la
separación , los que á nadie hubieran agraviado , porque eran
tomados de la misma naturaleza. Las grandes distancias desde
los extremos de Venezuela hasta Bogotá, residencia del gobieono
supremo; los malos caminos y navegaciones que tenia el país;
las muchas dificultades que nacían de aquí para reunirse los
congresos; los caractéres diferentes de los Granadinos y Vene-
zolanos , y sus diversas necesidades que no podían regirse por
unas mismas leyes, hé aquí razones incontestables y que per-
264 niSTORIA DE COLOMBIA.
suadian á todos los hombres desapasionados , de que terminada
la guerra de Independencia , los pueblos de la Nueva Granada
y de Venezuela debían separarse y erigirse en Estados indepen-
dientes. Ya hemos visto que el mismo Libertador, á quien tanto
se calumniaba, habia propuesto la medida como de vital im-
portancia para conservar la tranquilidad y la buena armonía
entre ambos pueblos.
En los dias que se hizo este pronunciamiento en Carácasyen
los siguientes, se cometió un exceso que fué prontamente cen-
surado y reprimido. Tal fué el haber aparecido en las paredes
de las casas inscripciones sumamente injuriosas á Bolívar y á
sus amigos, lo que hacía temer un trastorno y persecuciones á
muchas familias , turbando el reposo público. El comandante
de armas coronel Juan Antonio Padrón se apresuró á impedir
este desorden : él publicó un decreto en que lo prohibía y con-
minaba á los infractores con el debido castigo. El general Páez
luego que supo aquellos desmanes (noviembre 30), envió á Ca-
rácas un edecán suyo al prefecto del departamento , previnién-
dole que mandára borrar cualesquiera inscripciones y letreros
que se hubieran puesto, según decia, — « contra el primer ma-
gistrado, que al mismo tiempo es el héroe mas insigne de esta
parte del Nuevo Mundo y á quien debemos inmensos servicios.»
Fundábase en que habiendo libertad de imprenta, este era el
vehículo regular para que el pueblo expresára sus sentimientos,
y no valiéndose del anónimo para escribir ultrajes y amenazas
contra el Libertador. Semejante desórden se habia cometido no
solamente en la capital , sino también en otros lugares de la
misma provincia , y se contuvo con estas providencias tan jus-
tas como oportunas.
El acta de Carácas se envió inmediatamente al jefe civil y mili-
tar, que se hallaba en Valencia. Condujéronla tres secretarios,
que fueron los señores Alejo Fortique, Félix M. Alonso , Anto-
nio Leocadio Guzman , y dos ciudadanos por enfermedad del
primer secretario doctor Andrés Narvarte. Los comisionados exi-
gían de Páez que se trasladára inmediatamente á Carácas á ha-
cerse cargo del gobierno independiente que se le habia coflfe-
rido. Pero aquel , no olvidando los comprometimientos á que
por su lijereza y precipitación se habia sujetado en 1826, quiso
obrar con mayor cautela. Se denegó, pues, alegando que estaba
comprometido con juramento á observar la organización provi-
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CAPÍTULO XVI. 265
sional que el Libertador había dado á la República. Prometió
sin embargo á los comisionados , que miéntras se instalaba el
congreso constituyente de Colombia, ningún mal se originaria
al pueblo de Caracas á causa de su pronunciamiento , que ten-
dría efecto por las resoluciones de aquella corporación, á cuya
fuente debían ocurrir para obtener remedio á sus males.
Creyeron algunos desde aquella época, que estando el general
Páez en el secreto del acta de separación acordada en Caracas ,
la que promovieron activamente por órdenes suyas el jefe gene-
ral de policía y sus demás amigos , no fueron escrúpulos reli-
giosos los que le detuvieran para declararse inmediatamente
jefe supremo de Venezuela. Eran las inesperadas noticias que
recibió en aquellos días del tratado definitivo de paz con el Perú,
así como de la derrota y muerte de Córdoba. Los promovedores
de la separación habían contado con que la guerra extranjera
detendría al ejército colombiano en los confines australes de la
República. Creerían también que la valentía de Córdoba, y el
sostenimiento de la libertad que había proclamado , le darían
partidarios numerosos en otras provincias , causando nuevos
embarazos al gobierno supremo/y que entre tanto podría Vene-
zuela consumar su revolución. Mas , libre ya el gobierno de
aquellos obstáculos, y triunfante por todas partes, fué necesario
á Páez y á los demás corifeos de la separación cejar algún tanto,
aparentar moderación , y esperar á ver si los pronunciamien-
tos se generalizaban en los otros departamentos de la antigua
Venezuela. Páez , que por tres semanas habia guardado un si-
lencio desdeñoso con el gobierno de Colombia (diciembre 8), le
dió entonces cuenta de los efectos que habia producido la cir-
cular mandada expedir por el Libertador y comunicada por el
secretario del interior. Decia que, publicada por bando, habían
resultado varios pronunciamientos concebidos en forma de pe-
ticiones al congreso constituyente solicitando la separación; em-
pero que los habitantes de Carácas la habían decretado de hecho
y pedídole que se pusiera al frente del nuevo gobierno , á lo
que no asintió por la naturaleza de sus anteriores comprometi-
mientos y la obediencia que habia jurado á la organización pro-
visional de la República. Ofrecióles, sin embargo, que no se les
molestaría por sus opiniones; que sus deseos tendrían efecto
por las relaciones del congreso constituyente, á cuya fuente le-
gal debían dirigir su acta para la determinación, y que entre
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266 HISTORIA DE COLOMBIA.
tanto se le permitiera gobernar como era de su deber en nom-
bre 7 bajo la autoridad de S. E. el Libertador presidente. Aña-
día que de esta manera habia podido conservar el órden , y
calmar la agitación y alarma de los pueblos, que habian estado
y aun estaban verdaderamente inquietos.
Concluía su oficio diciendo al ministro del interior : a Ahora
aprovecho esta oportunidad para escribir á üd. á fin de que se
sirva ponerlo en conocimiento del consejo de gobierno, aña-
diéndole que si la separación de Venezuela es un mal, ya parece
inevitable, porque todos los hombres la desean con vehemencia,
y creo no dejan pasar esta ocasión sino á costa de sacrificios
sangrientos , horrorosos y desgraciados. La opinión es general,
superior al influjo de todo hombre, que es en realidad la opi-
nión del pueblo. Yo no me he querido mezclar en nada, por
que S. E. el Libertador me ha prevenido que deje á los pueblos
obrar y decir lo que quieran con entera franqueza y libertad.
Así lo han hecho , y yo por mi parte diré que he llenado mis
deberes , si sosteniendo el régimen jurado puedo mantener el
órden, la tranquilidad y la administración hasta que el congreso
constituyente resuelva en la materia. Así lo he encargado á to-
das las autoridades que están bajo de mi mando en estas pro-
vincias, dando órdenes al mismo tiempo para que se conserve el
respeto , veneración y obediencia á S. E. el Libertador presi-
dente. » — Bien pronto veremos que estas promesas no se cum-
plieron, como tampoco las que Páez habia hecho en su mani-
fiesto del mes de febrero, sin embargo de haberlas publicado
con tanta solemnidad y profusión.
Á la sazón que principiaron tales movimientos, estaban para
seguir á Bogotá la mayor parte de los diputados de Venezuela,
á fin de asistir al congreso constituyente. Unos hicieron renun-
cia, otros se excusaron con varios pretextos de emprender el
viaje, y otros se denegaron á hacerlo porque sabían el proyecto
de separación. Solamente se pusieron en camino para la capital
cuatro de los nombrados, que ó no estaban en el secreto, ó no
eran partidarios de la revolución. Cinco Venezolanos mas que
asistieron al congreso, se hallaban en otros departamentos cíe la
República. Originóse de esta falta otra nueva é inesperada 'difi-
cultad para la reunión del cuerpo constituyente.
El pronunciamiento de la capital fué imitado por casi todas
las parroquias de las provincias de Carácas y Car abobo. Promo-
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CAPÍTULO XVI. Z67
vió eficazmente las actas el jefe general de policía Joan B. Aris-
mendi , que se declaró uno de los mas celosos partidarios del
proyecto de separación, activándolo por medio de sus agentes
que se hallaban esparcidos por todas partes en el departamento
de Venezuela. Al principio várias parroquias extendieron sus
actas como peticiones al congreso. Mas parece que esta forma
no agradó á los directores del proyecto , y vimos que en parro-
quias y aun ciudades importantes, como Valencia y Puertoca-
bello, hicieron dos actas; la primera en forma de petición, y
la segunda separándose de hecho de Colombia, desconociendo
á su gobierno y sujetándose al general Páez, miéntras que con-
vocados los representantes de Venezuela , sancionaban estos la
constitución que debía regir en la República, y elegir su pri-
mer magistrado. Hubo muchas parroquias que se decidieron
por el gobierno federal de tres Estados , que según sus autores
debían crearse en el norte, centro y sur de Colombia; otras
actas guardaron silencio acerca de este punto importante. Pero
en todas ellas se pedia el establecimiento de un gobierno repu-
blicano , alternativo y responsable , improbándose altamente el
proyecto de Monarquía. Sobre este punto la opinión se mani-
festó muy decidida y uniforme.
No fueron generales las declamaciones contra el Libertador y
su gobierno, de las que había dado Carácasel ejemplo. Empero
se distinguieron en esta línea las actas de Calabozo y Puertoca-
b ello. Sobre todo la última amontonó contra Bolívar calumnias
gratuitas, injurias y denuestos los mas groseros é indecentes,
que deben ser un borrón indeleble para los que firmaron el
acta : ellos tuvieron la insensata pretensión de relegar al olvido
el nombre inmortal de Bolívar. El mismo juicio formamos de
una proclama virulenta del general José Francisco Bermúdez,
indigna del alto puesto que ocupaba en la milicia. Acumu-
laba en ella, contra el Libertador, cuantas injurias se le vinie-
ron á las mientes, sin respetarse á sí mismo ni á los pueblos
á quienes hablaba, y calumniando atroz y descaradamente
al héroe contra quien se dirigía, el que por tanto tiempo
había sido su ilustre jefe , que le colmára de honores y distin-
ciones.
Los vecinos notables de Valencia que suscribieron la segunda
acta de esta ciudad en 28 de diciembre, pueden reclamar para
sí el funesto honor de haber sido los primeros que propusieron
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268 HISTORIA DE COLOMBIA.
el ostracismo contra Bolívar, ó que no se le permitiera volver á
Venezuela. Á la sazón pocos imitadores tuvo tamaña ingratitud,
y entre ellos se cuentan los pueblos de Nirgua, Carache y Mon-
talvan. Sin embargo, en aquella época en que parecía estaban
á la órden del dia los insultos contra el Libertador, los vecinos
de la villa de San Rafael de Orí tuco se presentaron expresando
en su acta con firmeza — « que profesaban el mas alto respeto,
amor y gratitud á la persona del Libertador, á quien la Amé-
rica del Sur debia tantos sacrificios, y Colombia en particular
su creación é independencia. » — En nuestra humilde opinión
los habitantes de Venezuela teuian razones poderosas para se-
pararse, tomadas de la misma naturaleza; mas no debieron
haberlo realizado de hecho , sino por la autoridad del congreso
constituyente; tampoco debieron fundarla en calumnias contra
Bolívar, ni mancillar su reputación, que era propiedad de Vene-
zuela , ni en fin desconocer sus eminentes servicios prestados
á tres repúblicas de la América antes española.
Entre la multitud de actas que celebraron los pueblos de
Venezuela, hubo algunas en que se revocaron los poderes con-
feridos á los diputados electos para el congreso constituyente.
Tales fueron las de Barcelona, Barínas, Barinítas , Calabozo,
Cumaná, Santa Lucía, Mérida y Pedraza, revocaciones que no
surtieron efecto alguno.
El clero y personas mas notables de Carácas, presididas por
el general Páez y mejor avisadas que en 26 de noviembre, di-
rigieron (diciembre 24) una representación al Libertador, la que
se dijo tenia mil quinientas firmas, pidiéndole encarecidamente
que ejerciera su poderosa influencia para que el cambio que
intentaban de sus instituciones se hiciera en paz , y no se les
atacára. Expresaban con moderación que en este caso se verían
obligados á defenderse, y que no les sería imputable la sangre
que se derramára. Esta exposición debia causar mejores efectos
en el ánimo del Libertador presidente y de sus consejeros, que
los cargos é insultos que contenia la memorable acta del 26 de
noviembre. k
Verificados los primeros movimientos de separación, partie-
ron comisionados de Valencia y de otros puntos á fin de gene-
ralizar los pronunciamientos en Maturin y Orinoco. Hacia este
departamento siguió con tropas el general Mari ño, uno de los
mas activos promovedores de actas, quien fijó su cuartel gene-
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CAPÍTULO XVI. 269
ral en Guanare. Desde allí influía sobre Barí ñas y enviaba
emisarios al departamento del Zúlia.
Era este el que daba mas cuidados á Páez y á sus partidarios,
de que no siguiera el impulso comunicado á los otros departa-
mentos de Venezuela para disolver la República. El Zúlia jamas
había estado sujeto á la autoridad de Páez, porque el Libertador
lo dejó independiente en i 826. Ademas, sus pueblos tenían
muchas relaciones comerciales y de familias en la Nueva Gra-
nada, y aun habitudes granadinas, por la dependencia en que
estuvieran del vireinato hasta 1777. Por otra parte, sus habi-
tantes parecían decididos á sostener el gobierno del Libertador.
Algunos vecinos de Maracáibo habían hecho actas y firmado
representaciones en 19 y 27 de noviembre de este año, pidiendo
al congreso que acordara una constitución republicana de la
que fuera Bolívar presidente vitalicio, ejemplo que imitara la
villa de Perijá. Sin embargo de tales circunstancias, se emplea-
ron por los promovedores de la separación todos los medios
conducentes para vencer cualquiera resistencia en Coro, Mara-
cáibo, Trujillo y Mérida, ciudades principales del Zúlia, á las
que enviaran emisarios celosos y astutos.
Entre tanto habían corrido los meses de noviembre y gran
parte de diciembre. Páez, luego que vio el apoyo que tenia en
los pueblos el proyectó de separación , abandona su moderación
aparente. Trasládase á Caracas al terminar diciembre, aprueba
lo hecho y ofrece sostener con las armas el pronunciamiento de
la capital y demás pueblos de Venezuela que lo habían seguido.
Escribió al mismo tiempo una carta particular á Bolívar, mani-
festándole su resolución, y excitándole á que no se empeñára
en contrariar la voluntad decidida de los Venezolanos; que si
los atacaba, el país entero se cubriría de guerrillas que lo des-
truirían ; y que por último recurso mas bien se entregarían á
los Españoles. No creemos que Páez y sus partidarios hubieran
pensado jamas en cumplir esta amenaza criminal : ella sin duda
era el peor medio para inclinar el ánimo constaute del Liberta-
dor. Los valientes no ceden ni se arredran con amenazas.
tíb medio de las pasiones y de la excitación que producía en
Venezuela una crisis de tamaña trascendencia, vino á aumen-
tarla un elemento extranjero. El almiraute ingles de Barbada,
Fleeming, había hecho un viaje á Carácas en abril anterior,
acompañado de su mujer, que era una señora española, y volvió
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270 HISTORIA DE COLOMBIA.
cuando principiaron los movimientos de separación. Algunos
dijeron entónces que habia dado buenos consejos á Páez en
favor de la unión colombiana; pero lo cierto es que se declaró
enemigo del gobierno del Libertador; que desde Caracas fué á
Valencia repetidas veces á verse con Páez, á quien diera conse-
jos para que llevase al cabo su resolución ; que ofreció premios
y empleos en la isla de Trinidad á algunos de los mas atrevidos
separacionistas; que dió plomo de la fragata inglesa que le ha-
bia conducido , y ofreció á Páez elementos de guerra para sos-
tenerse, en el caso de ser atacado; que activó, en fin, por
cuantos medios estuvieron á su alcance, la separación de Vene-
zuela. No podemos persuadirnos que la conducta de Fleeming
en aquellas circunstancias emanára de órdenes que tuviera de
S. M. Británica para promover la disolución de Colombia, como
algunos han pensado equivocadamente. Sabemos que por la
indebida ingerencia de dicho almirante en nuestros negocios
domésticos, el gobierno de la Gran Bretaña mandó hacer infor-
maciones contra él; que por medio del ministro Túrner y de
nuestra legación en Lóndres, procuró persuadir al gobierno
colombiano, que las operaciones de dicho almirante en Vene-
zuela de ningún modo habian provenido de órdenes del gobierno
británico. Si Fleeming no fué castigado, pudo esto provenir de
que, disuelta Colombia por la separación de Venezuela, y ha-
biendo el Libertador dejado el mando, no hubo quien recla-
mára la intervención ilegal de Fleeming y los pasos que diera
en Venezuela contra el derecho de las naciones. Por tales moti-
vos quedó impune su mal procedimiento, que algunos han atri-
buido á la oposición decidida que profesaba á los Franceses, y
dirigido á contrariar el influjo que suponia tener Bresson en
los consejos de Bogotá.
Desde las primeras noticias que se recibieron de los movi-
mientos de Venezuela, vió claramente el gobierno colombiano
que Páez estaba á su cabeza, y que los demás hombres influen-
tes en aquella parte de la República seguirían el mismo impulso
con poca ó ninguna resistencia; la separación halagábalas aspi-
raciones de muchos, abria un extenso campo á su ambición, y
por tanto debia ser popular. El consejo de ministros consideró,
pues, el negocio como de la mayor gravedad. Mas conociendo
las ideas de Bolívar, que desde algunos meses ántes habia indi-
cado con mucha fuerza, que la separación de Venezuela era
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CAPÍTULO XVI. 27 Í
necesaria y por consiguiente inevitable, no quiso tomar provi-
dencia alguna por sí solo. Dió cuenta al Libertador exigiéndole
dictára sus órdenes en un negocio de trascendencia tan vasta.
Bolívar, que se hallaba en camino para la capital , contestó in-
sistiendo en que era de absoluta necesidad la separación, y que
el próximo congreso constituyente debia decretarla á fin de que
se realizara pacíficamente.
Viendo el consejo de ministros en las primeras actas de Cari-
cas y en otros papeles, que se tomaba por pretexto de la sepa-
ración el proyecto de Monarquía en que se había pensado, re-
solvió quitar este motivo de disgusto para muchos. Así, á pesar
de lo que ántes escribiera al Libertador, y á pesar también de
lo que sufrían la delicadeza y pundonor de sus miembros, pre-
valecieron sus deseos de evitar males á la República, y deter-
minaron que se oficiára á los ministros colombianos en la Gran
Bretaña y Francia, dando por rota la negociación entablada
sobre Monarquía. La improbación del Libertador al proyecto, y
la aversión que contra él se habia manifestado en Venezuela,
fueron los principales motivos alegados en las notas que se pa-
saron sobre este negocio en los últimos dias del mes de di-
ciembre.
Hácia este mismo tiempo las noticias de la separación iniciada
por los habitantes de Venezuela, causaban grande agitación en
la capital de la República. Por diferentes motivos en la Nueva
Granada habia también una opinión bastante general, de que
se disolviera la unión colombiana. El partido de los demócratas
exaltados, que desde 1826 era enemigo acérrimo del Libertador
y de sus principios políticos, redobló entónces sus esfuerzos
para arruinarle del todo en la opinión pública. Viéndose apoyado
por Venezuela, creyó haber llegado el momento de separar á
Bolívar de la primera magistratura, designio favorito de las
meditaciones, intrigas y esfuerzos de aquel partido. Parecíale,
y no sin razón, que perdería su fuerza el argumento usado
hasta entónces de que no habría otro jefe que pudiera reunir
los sufragios de los pueblos de Venezuela y Nueva Granada.
Para este solo país era ménos difícil hallar un magistrado que
tuviera popularidad.
Ademas de dicho partido habia multitud de Granadinos en
la capital y en las provincias, que deseaban la separación para
libertarse, según decían, del mando y de la tiranía de los Ve-
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272 HISTORIA DK COLOMBIA.
nezolanos. Desde la uniou , esto s habían ocupado los primeros
destinos en la Nueva Granada, así los del centro como los de
Quito.
Si los diferentes partidos se acordaban en sus deseos de sepa-
ración, no sucedía lo mismo en cuanto al gobierno que debiera
establecerse. Tanto en el sur como en el centro de la Nueva
Granada habia muchos que opinaban por la Monarquía consti-
tucional, creyendo ser el gobierno en que podían los pueblos
disfrutar mayor suma de seguridad, de bienestar y de estabi-
lidad; consideraban que sin reposo y verdaderas garantías,
estos países no seriau capaces de progresar. Empero tales opi-
niones eran teóricas ó en principio solamente, pues ya no se
creía posible la fundación de una Monarquía. Otros , y este era
el partido mas general , querían un gobierno central , republi-
cano, alternativo y responsable , como el de la constitución de
Cúcuta; sin embargo exigían que tuviese el ejecutivo mayor
fuerza y vigor para mantener la tranquilidad pública. Otros
finalmente no abandonaban las ideas y los planes exagerados
de la democracia , y anhelaban por verlos planteados en Co-
lombia, como el non plus ultra de la perfección gubernativa.
Por fortuna el sistema federativo estaba tan desacreditado por
los ejemplos funestos de anarquía, de guerras civiles, y de
escándalos que había dado recientemente en el Centro- América,
Buenos Aires y Méjico, que la mayor parte de los Colombianos
estaban curados de la pasión que tuvieron en otro tiempo por
esta clase de gobierno. Mas todos los hombres pensadores y
civiles convenían en que — « ninguna especie de gobierno sería
duradera entre nosotros , por la ambición de los militares que
por do quiera se juzgaban ellos mismos los únicos libertadores
de toda la América ántes española. » Hé aquí la verdadera
causa eficiente y poderosa de nuestros prolongados males.
Año de 1830. — La uuiformidad de opiniones que á la sazón
no se podía encontrar en los pueblos de la Nueva Granada se
hallaba en los de la antigua Venezuela. El general Páez estaba
ya seguro de la cooperación y auxilio de todos los que conjpo-
nian los departamentos de Venezuela, Maturin, Orinoco y
Guayana (i); así como del auxilio de los jefes militares residentes
(1) Esta provincia habia sido erigida en departamento por el gobierno del
Libertador en decreto de 3 de octubre de 1829.
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CAPÍTULO XVI. 273
en ellos, que generalmente se habían declarado por la sepa-
ración. Viéndose apoyado con vigor, determinó dar pasos mas
atrevidos para obtener el fin á que aspiraban. Con tal designio
expidió en Caracas, el 4 3 de enero, varios decretos. Por el pri-
mero declaró que siendo Venezuela un Estado soberano é inde-
pendiente , necesitaba para el despacho de los negocios de su
gobierno y administración, que provisionalmente le habian
encargado los pueblos hasta la reunión del congreso consti-
tuyente , de secretarios que le ayudasen. Por tanto creó tres
secretarias : una del interior, justicia y policía; otra de hacienda
y relaciones exteriores, y la tercera de guerra y marina. Para
la primera nombró al doctor Miguel Peña , uno de los mas au-
daces promovedores de la separación ; para la segunda al licen-
ciado Diego Bautista Urbaneja , y para la tercera al general de
división Carlos Soublette. Todos aceptaron , entrando inmedia-
tamente en el ejercicio de sus funciones administrativas.
Por otro decreto de la misma fecha (enero i 3) convocó el jefe
civil y militar un congreso constituyente de todo el territorio
de la antigua Venezuela, el que se reuniría en Valencia el 30 de
abril próximo. En el mismo decreto prescribió las reglas para
las elecciones de los diputados , que debían ser uno por cada
quince mil almas de población , y otro por un residuo que
alcanzara ó excediera de la mitad de esta base.
Con tales pasos la revolución venezolana se avanzaba cada dia
á su término; pero aun le faltaba un eslabón muy importante :
el departamento del Zúlia no se habia pronunciado por la sepa-
ración. Desde el principio Páez y sus emisarios habian estado
trabajando muy activamente para conmoverlo , y al fin lo con-
siguieron. La capital de Maracáibo fué la primera que se pro-
nunció en 16 de enero, excitada por el coronel Célis , emisario
de Páez, y alarmada con la noticia de que marchaban de Carta-
gena tres batallones para guarnecer aquella ciudad y hostilizar
á los otros departamentos venezolanos. Esta nueva causó un
tumulto cuya consecuencia fuera la celebración de un acta por
la cual el pueblo de Maracáibo se declaró confederado con
Venezuela, se sometió á Páez , le pidió auxilios , y determinó
impedir la marcha délas tropas de Cartagena. Siguió su ejemplo
la ciudad de Trujillo, y después se pronunció Mérida sin hablar
de federación; el resto del deparlamento hizo lo mismo. Quedó
así unido y reintegrado el territorio de la antigua capitanía
TOMO IV. 18
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274
HISTORIA DK COLOMBIA.
general de Venezuela, conforme á los límites que tenia en 1810
cuando se apartó de la España.
El general Páez anunció estos acontecimientos á los pueblos
de Venezuela por medio de una proclama del 29 de enero;
estaba plagada de expresiones hinchadas é inexactas , defecto
que justamente han criticado los Europeos á nuestros procla-
mistas de las nuevas repúblicas americanas. Decia en ella á los
Venezolanos, que estaba cumplida su voluntad de separarse del
resto de Colombia ; que puesto él al frente del ejército nadie
invadiría su territorio; que era el pueblo mas heroico del Nuevo
Mundo ; en fin , que serian desgraciados los que pretendieran
oponérseles , pues solo encontrarían la muerte. Manifestábase
muy complacido con el pronunciamiento del Zúlia , y tenia
razón. El territorio venezolano se habia redondeado con la
unión de este departamento. Era ya muy difícil cualquiera
expedición contra Venezuela que pudiera dirigir el gobierno
colombiano por la garganta de los valles de Cúcuta : esta podía
defenderse con facilidad de parte de Venezuela ; mas en el caso
de ser vencida , desde Maracáibo se atacaría la espalda de los
invasores : la ruta de los Llanos era tan fragosa como insalubre.
Al mismo tiempo que Páez dictaba las mencionadas provi-
dencias orgánicas de Venezuela, no se descuidaba en prepararse
para la defensa en caso de que se le atacára. Él levantaba y
disciplinaba las milicias para aumentar el ejército permanente.
Pero desde el mes de diciembre habia tocado una grave difi-
cultad; la escasez de las rentas públicas y la pobreza de que se
lamentaban los ciudadanos. Así fué que echó mano de un
recurso que debia ser sagrado. Habia algún tiempo que, persua-
dido el Libertador de la importancia de adelantar y mejorar el
cultivo del tabaco de Barínas llamado cura-seca, para venderlo
en Europa, donde hasta entónces conservaba un alto precio,
envió al secretario de hacienda Revenga á promover aquella
empresa. Revenga con su constancia, asiduidad y puro manejo
habia conseguido elevar la cosecha á trece mil quintales. Guando
los estaba dirigiendo á los puertos, con muy fundadas espe-
ranzas de que produjera el primer ensayo medio millón de
pesos, comenzó la revolución. Á fin de proveer á los gastos que
necesariamente iba á causar esla, Páez dispuso que todo el
tabaco se vendiera en Carácas, donde no se obtuvo la mitad del
precio que habría tenido en Europa. Sus productos se gastaron
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CAPÍTULO XVI. 275
desgraciadamente, no en sostener el crédito de Colombia según
se meditaba , sino en promover su disolución y hacer prepara-
tivos contra su gobierno.
En tan criticas circunstancias era mucha la ansiedad con que
en la capital de la República se aguardaban la instalación del
congreso constituyente y el arribo del Libertador, de quienes
dependia la resolución de un problema de vital importancia,
la subsistencia ó disolución de Colombia. El 2 de enero no pudo
reunirse el congreso, pero se formó la diputación con treinta y
cuatro representantes. El doctor José María del Castillo y Rada
fué nombrado director, y el señor Juan García del Rio , secre-
tario. Debia ocuparse la diputación en calificar las elecciones de
los diputados, y en exigir la pronta concurrencia de los ausentes,
compeliéndoles hasta con multas. El número total de los electos
era de sesenta y siete ; por consiguiente para la instalación se
necesitaban cuarenta y cinco , que componían las dos terceras
partes. Esperábase que pronto se reunirían, porque varios
diputados estaban en camino hácia Bogotá , entre ellos cuatro
de Venezuela.
Una de las primeras providencias de la diputación fué llamar
al Libertador para que acelerando su viaje viniera á instalar el
congreso. Llegó en efecto á la capital el 15 de enero, y fué reci-
bido con la pompa y los honores que siempre se le habían tri-
butado. Todos deseaban conocer su opinión actual sobre la
separación de Venezuela; él no la ocultó y dijo que estaba ásu
favor, y por salir de Colombia luego que dejára arreglada
aquella importante cuestión. Improbó, sí, las actas de Carácas y
demás lugares que las hubieran imitado, como vías de hecho
ilegales á todas luces.
Siendo diputados al congreso los ministros de relaciones
exteriores , y de guerra y marina , y habiéndose admitido su
renuncia al de lo interior, José Manuel Restrepo , fueron reem-
plazados (enero 18). Los generales de brigada Domingo Caicedo
y Pedro Alcántara Herran entraron á servir los ministerios de
relaciones exteriores y de guerra. El de lo interior se confirió al
fiscal de la alta corte de justicia doctor Alejandro Osorio. Conti-
nuaron en sus destinos el ministro de hacienda Nicolás M. Tanco,
y el doctor Castillo , presidente de los consejos de ministros y
de Estado.
Llegó por fin el dia que tanto se anhelaba de la instalación
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276 HISTORIA DE COLOMBIA.
del congreso constituyente. Realizóse el 20 de enero con el
número de cuarenta y siete diputados y por el Libertador en
persona. Este recibió á los representantes el juramento de cum-
plir bien y fielmente los deberes de sus destinos. Presidió la
elección de presidente del cuerpo , que recayó en el gran ma-
riscal de Ayacucno; la del vicepresidente, que se declaró á
favor del doctor José María Estéves, obispo de Santamaría, y la
de secretario, que fué el señor Simón Búrgos, que no era dipu-
tado. Concluido el acto , el Libertador pronunció una breve y
elocuente arenga; manifestó en ella que la nación entera fin-
caba en el congreso sus mejores y mas legítimas esperanzas de
que le diera una constitución llena de fuerza y libertad ; que
por tanto se retiraba con la mayor confianza, dejando presididos
á los representantes del pueblo por el mas digno general de
Colombia (*). Esta expresión verdadera ofendió á otro general
que allí estaba, el que pretendía acaso rivalizar á Sucre , según
lo manifestaron todos sus actos posteriores.
Después que el Libertador dejó el salón de las sesiones , fué
leido el mensaje que dirigía al congreso, documento que se es-
peraba con ansia, especialmente para ver loque dijera sobre los
acontecimientos de Venezuela. Principiaba manifestando cuán
ardua era la empresa que arremetía el congreso de dar institu-
ciones que hicieran felices á los Colombianos ; pero que consul-
tando los ejemplos del antiguo y nuevo mundo , la naturaleza
de nuestro país, sus necesidades y aun sus mismas revolucio-
nes, así como la razón ilustrada de los hombres sensatos, podría
vencer todas las dificultades ; que para facilitar sus trabajos el
presidente de los consejos de ministros y de Estado daría todos
los conocimientos necesarios de la situcion actual de la Repú-
blica, de los diferentes ramos de la administración, y de lo que
hubiera hecho el gobierno en los últimos diez y ocho meses ;
que si los trabajos no habían correspondido á las esperanzas,
esto debía atribuirse á la guerra exterior, que felizmente había
desaparecido , y á las convulsiones intestinas calmadas ya á be-
neficio de la clemencia y de la paz.
(1) En el discuno del Libertador, publicado en la Gaceta de Colombia, se
corrigió la expresión y se puso — « por uno de los mas dignos generales
de Colombia. » Pero ya ese imprudente aunque verdadero elogio había
producido su efecto de enajenar el ánimo del general en jefe Rafael Urdaneta.
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CAPÍTULO XVI. 277
Trazaba después un cuadro harto triste de nuestras convul-
siones y trastornos desde 1826 hasta la disolución de la conven-
ción de Ocaña , la que dijo le habia colocado en una situación
horrible, — o porque le puso á discreción de los juicios y de las
sospechas. Mas que para salvar la República de la disolución y
de la anarquía , no le habia detenido el menoscabo de una re-
putación adquirida en una larga serie de servicios en que ha-
bían sido necesarios y frecuentes sacrificios semejantes. » Men-
cionaba luego los límites que en el decreto de 27 de agosto de
1828 habia puesto á la dictadura; el horrible ataque del 25
de setiembre hecho á su persona ; la guerra civil que se encen-
dió en el sur, y la del Perú fomentada por el presidente La-
mar, que se habia terminado por un tratado honroso de paz,
satisfaciéndonos el gobierno peruano con magnanimidad extra-
ordinaria. Añadía, que para extinguir las disensiones intestinas
no se habia derramado ninguna sangre fuera del campo de
batalla, y que todos los Colombianos extraviados fueron per-
donados en el sur y en Antióquia. Solo habían caído por la
espada de la ley unas pocas víctimas que intentaron cometer
un parricidio , salvándose otras muchas por la clemencia del
gobierno.
En seguida expresaba que no hacía indicación alguna sobre
las instituciones que debieran darse á Colombia , porque ha-
biendo él mismo convocado al congreso, y señaládole sus fa-
cultades, no le era permitido influir de modo alguno en sus
deliberaciones. Su único deber sería obedecer sin restricción al
código y á los magistrados que dieran los escogidos del pueblo,
y que la voluntad de este fuera proclamada , respetada y cum-
plida por sus delegados. Dijo que para conocerla dispuso antici-
padamente que los pueblos manifestaran sus deseos con plena
libertad y seguridad, y que dirigieran sus peticiones al congreso,
escritas con la debida moderación y órden, según se habia cum-
plido ; sin que tuvieran que lamentar otro exceso que el de la
junta popular de Carácas , sobre el cual debían juzgar la pru-
dencia y sabiduría del congreso.
•Por último conjuraba ardientemente al congreso á que pen-
sara en otro ciudadano para la presidencia de la República.
« Dentro y fuera de vuestro seno, les decía, hallaréis ilustres
ciudadanos que desempeñen la presidencia del Estado con glo-
rias y ventajas. Todos mis conciudadanos gozan de la fortuna
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278 HISTORIA DE COLOMBIA.
inestimable de parecer inocentes á los ojos de la sospecha : solo
yo estoy tildado de aspirar á la tiranía.
d Libradme, os ruego, del baldón que me espera si continúo
ocupando un destino que nunca podrá alejar de sí el vituperio
de la ambición. Creedme, un nuevo magistrado es ya indispen-
sable para la República. El pueblo quiere saber si dejaré alguna
vez de mandarle. Los Estados americanos me consideran con
cierta inquietud, que pueden atraer algún dia á Colombia males
semejantes á los de la guerra del Perú. En Europa misma no
faltan quienes teman que yo desacredite con mi conducta la
hermosa causa de la libertad. ¡ Ah! ¡ cuántas conspiraciones y
guerras no hemos sufrido por atentar á mi autoridad y á mi
persona ! Estos golpes han hecho padecer á los pueblos , cuyos
sacrificios se habrían ahorrado si desde el principio los legisla-
dores de Colombia no me hubiesen forzado á sobrellevar una
carga que me ha abrumado mas que la guerra y todos sus
azotes.
» Mostraos, conciudadanos, dignos de representar un pueblo
libre, alejando toda idea que me suponga necesario para la Re-
pública. Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado ,
este Estado no debería existir, y al fin no existiría.
» El magistrado que escojáis será sin duda un iris de concor-
dia doméstica , un lazo de fraternidad , un consuelo para los
partidos abatidos. Todos los Colombianos se acercarán ai rede-
dor de este mortal afortunado : él los estrechará en los brazos
de la amistad, formará de ellos una familia de ciudadanos. Yo
obedeceré con el respeto mas cordial á este magistrado legítimo;
lo seguiré cual ángel de paz , lo sostendré con mi espada y con
todas mis fuerzas. Todo añadirá energía , respeto y sumisión á
vuestro escogido...
» Disponed de la presidencia que respetuosamente abdico en
vuestras manos. Desde hoy no soy mas que un ciudadano ar-
mado para defender la patria y obedecer al gobierno. Cesaron
mis funciones públicas para siempre. Os hago formal y solemne
entrega de la autoridad suprema que los sufragios nacionales
me habían conferido. » c
Terminaba el mensaje recomendando al congreso que prote-
giera la santa religión que profesamos ; que atendiera á la ha-
cienda nacional , á la deuda pública, al ejército y á la adminis-
tración de justicia; pues todo era necesario crearlo, y echar los
i
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CAPÍTULO XYI. 279
fundamentos de nuestra prosperidad futura al establecer las
bases de nuestra organización política. — « ¡Conciudadanos!
anadia, me ruborizó al decirlo : la Independencia es el único
bien que hemos adquirido á costa de los demás. Pero ella nos
abre la puerta para reconquistarlos bajo vuestros soberanos
auspicios , con todo el esplendor de la gloria y de la liber-
tad, n
El mismo dia publicó el Libertador (enero 20) una proclama
á los pueblos, en que les dijo : a ¡Colombianos! veinte años há
que os he servido en calidad de soldado y magistrado. En este
largo período hemos conquistado la patria, libertado tres repú-
blicas, conjurado muchas guerras civiles, y cuatro veces he de-
vuelto al pueblo su omnipotencia , reuniendo espontáneamente
cuatro congresos constituyentes. A vuestras virtudes, valor y
patriotismo se deben estos servicios : á mí la gloria de haberos
dirigido.
» El congreso constituyente que en este dia se ha instalado,
se halla encargado por la Providencia de dar á la nación las
instituciones que ella desea , siguiendo el curso de las circuns-
tancias y la naturaleza de las cosas.
» Temiendo que se me considere como un obstáculo para
asentar la República sobre la verdadera base de su felicidad, yo
mismo me he precipitado de la alta magistratura á que vuestra
bondad me habia elevado.
» ¡ Colombianos ! he sido víctima de sospechas ignominiosas,
sin que haya podido defenderme la pureza de mis principios.
Los mismos que aspiran al mando supremo, se han empeñado
en arrancarme de vuestros corazones , atribuyéndome sus pro-
pios sentimientos, — haciéndome parecer autor de proyectos
que ellos han concebido, representándome , en ün , con aspira-
ción á una corona que ellos me han ofrecido mas de una vez ,
y que yo he rechazado con la indignación del mas fiero republi-
cano. Nunca, nunca, os lo juro, ha manchado mi mente la
ambición de un reino , que mis enemigos han forjado artificio-
samente para perderme en vuestra opinión.
«•Desengañaos, ¡ Colombianos ! mi único anhelo ha sido el de
contribuir á vuestra libertad y á la conservación de vuestro re-
poso : si por esto he sido culpable, merezco mas que otro vues-
tra indignación. No escuchéis, os ruego, la vil calumnia y la
torpe codicia que por todas partes agitan la discordia. ¿Os deja-
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280 HISTORIA DE COLOMBIA.
reis deslumhrar por las imposturas de mis detractores? ¡Vos-
otros do sois insensatos!
» ¡ Colombianos ! acercaos en torno del congreso constituyente;
él es la sabiduría nacional, la esperanza legítima de los pueblos,
y el último punto de reunión de los patriotas. Penden de sus de-
cretos soberanos nuestras vidas, la dicha de la República y
la gloria colombiana. Si la fatalidad os arrastrare á abandonar-
lo , no hay mas salud para la patria; y vosotros os ahogaréis
en el océano de la anarquía , dejando por herencia á vuestros
hijos el crimen, la sangre y la muerte.
» Compatriotas! escuchad mi última voz al terminar mi car-
rera política : á nombre de Colombia os pido, os ruego, que
permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria
y vuestros propios verdugos. »
Esta elocuente apóstrofe á los Colombianos, tan bien pensada
como sentida , es acaso la mas brillante y la postrera defensa
que hiciera el Libertador de su conducta y de sus operaciones
políticas. No pueden ser mas justas las quejas que profiere
contra sus compatriotas los Venezolanos , muchos de los cuales
por medio de sus próceres le habian ofrecido una corona que
rechazó con indignación republicana. Estos mismos le atacaban
ahora cruelmente en sus actas y papeles públicos, atribuyén-
dole que pretendía empuñar el cetro. ¡ Tanto era el descaro de
la ambición y de la calumnia !
Con igual injusticia hacían á Bolívar sus compatriotas la
acusación de que habia desterrado, perseguido y reducido á la
miseria á hombres libres y á patriotas ilustres de Venezuela.
El Libertador no desterró, no expulsó, ni dió orden alguna
contra ningún Venezolano después que se le confirieron ya
facultades y ya el poder ilimitado de un dictador. Páez desde
1826 obraba con independencia, y los destierros de Tovar, de
Narvarte, de Iribárren, de Romero y de otros, así como las pri-
siones de algunos por causas políticas, fueron obra exclusiva
del jefe civil y militar (i). Era, pues , la mayor injusticia en
esta época luctuosa, que Páez hubiera venido á ser el ídolo de
los Venezolanos, y que todos sus errores é injusticias, si aquellos
actos lo fueron, se atribuyeran á Bolívar, á fin de hacer aborre-
cible su nombre y su bien experimentada generosidad y cle-
(1) Véase la noto 22».
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CAPÍTULO XTI. 281
mencia. Por el contrario, entre sus hechos que se han criticado
con razones poderosas, ha sido uno la excesiva generosidad que
usara en 1827 hácia el partido de Páez, aun con desdoro y
olvido harto sensible de los amigos y sostenedores del gobierno,
de la constitución y de las leyes.
Permítasenos esta lijera digresión, hija de nuestro amor á la
imparcialidad histórica y á la justicia. Nos ha parecido nece-
sario esclarecer algunas de las calumnias que se propalaban por
do quiera contra Bolívar, las que él impugnaba en la proclama
copiada anteriormente.
En breve tuvo el Libertador otro argumento con que rebatir
de nuevo las imposturas de sus enemigos y detractores. El con-
greso constituyente, que se componía de los hombres mas respe-
tables de la República , hijos de todas sus provincias y de dife-
rentes colores políticos, al contestar su mensaje, le dió un
espléndido testimonio aprobando su conducta y lo que habia
hecho, así para conservar la unión colombiana, como para
libertar á los pueblos de la anarquía. En el mismo documento
manifestó el congreso que estaba decidido á sostener la ley fun-
damental de unión entre la Nueva Granada y Venezuela. Tam-
poco admitió la dimisión que habia hecho Bolívar de la presi-
dencia de la República. Instóle á que siguiera ejerciéndola
hasta que se promulgára la nueva constitución que se iba á
estatuir, y se nombrasen los primeros magistrados, a Por lo
que hace, añadia, á vuestra reputación, ella no puede sufrir me-
noscabo por las calumnias de vuestros detractores. La existencia
de esta asamblea es la respuesta mas victoriosa á todas ellas.
Continuad , Señor , preservando á Colombia de los horrores de
la anarquía : dejadla por legado la consolidación de sus leyes,
y vuestro nombre, ya inmortal, aparecerá mas resplandeciente
aun y mas puro en las páginas de la historia , cuando el buril
de esta haya grabado en ellas — « que todo lo pospusisteis,
todo lo sacrificasteis á la felicidad de vuestra patria. »
Este era el lenguaje que usaban los escogidos del pueblo
colombiano hablando del Libertador. Su testimonio es irrefra-
gaBle para desmentir la tiranía y el despotismo que le han
achacado algunos de sus detractores. En efecto , un déspota no
consulta á los pueblos sobre sus deseos; no los excita con ur-
gencia á que los manifiesten ; no los reúne á deliberar ; no pro-
mete ejecutar y sostener sus resoluciones; no perdona álos
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282
IIISTORIA DE COLOMBIA.
que atenían contra su vida y autoridad; y no pide con ahinco
que se le exima del peso de la autoridad suprema. Bolívar
habia dado todos estos pasos, y contestado así victoriosamente á
sus enemigos.
Acordada la contestación al mensaje del Libertador, el con-
greso oyó la exposición que le hizo el señor Castillo, como pre-
sidente del consejo de ministros , del curso que habían tenido
los negocios desde que el Libertador se encargó del gobierno de
la República con facultades dictatorias, á consecuencia de
haberse disuelto la convención de Ocaña. Esta exposición fué
una reseña harto rápida de todos los acontecimientos que ya
hemos referido , así como de los diferentes actos y decretos ex-
pedidos por el gobierno del Libertador en los últimos diez y
ocho meses.
Muy luego ocupó el congreso siete dias de sus sesiones en
acordar el reglamento interior que debia servir para conservar
el órden en los debates del cuerpo. Respecto de algunos de sus
artículos hubo largas discusiones, que fueron conducidas con
mucha regularidad y decoro. Este principio anunciaba que la
razón, y no las pasiones, presidiría los debates del congreso
constituyente, lo que daba una esperanza de salvación para
Colombia.
Solamente habían trascurrido siete dias de sesiones del con-
greso , cuando ya se conoció la firme voluntad de una gran
mayoría de sus miembros , decididos á sostener la integridad
de la República. Habíase traslucido esta decisión en los debates
sobre algunos artículos del reglamento interior y de los informes
de varias comisiones acerca de las actas de Venezuela, remitidas
unas por el secretario del interior del gobierno colombiano ,
y otras por Páez como jefe superior de aquellos departamentos.
Opinaban las comisiones, que dichas actas debían considerarse
como meras peticiones, y tenerse presentes al estatuirla consti-
tución que iba á dar el congreso para Colombia entera.
Impuesto el Libertador de estas opiniones dominantes entre
los escogidos del pueblo, y habiendo protestado repetidas veces
de la manera mas solemne, que cumpliría la voluntad popuFar,
expresada por medio de sus legítimos representantes, varió algún
tanto sus antiguas opiniones sobre la conveniencia y aun nece-
sidad de acordar la separación de Venezuela. Contribuyó á esta
mudanza que todavía se ignoraban en Bogotá los sucesos ocur-
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CAPÍTULO XVI.
283
ridos en Venezuela en el mes de enero , y los del Zúlia que
habían completado la revolución venezolana. En consideración
á aquel estado de los negocios , el Libertador dirigió el 27 de
enero un mensaje al congreso, en que le manifestaba estar per-
suadido que sería oportuna la medida de acercarse á Venezuela
— a con el objeto, decia, de transigir amistosamente unas
desavenencias que desgraciadamente turban el órden y la tran-
quilidad de la nación. » Añadió haber invitado ya con este
designio al jefe superior de Venezuela á una entrevista ; pero
que no habia juzgado conveniente adelantar semejante medida
sin someterla ántes al congreso , y recibir, en caso de que se
aprobara, la competente autorización que debia influir sobre
manera en el buen éxito de este paso conciliatorio. Indicaba
que en su ausencia podría quedar encargado del gobierno el
consejo de ministros , dirigido por el presidente doctor José
María del Castillo, ó por la persona que designara el congreso.
Concluía asegurando á la representación nacional que no le
ocupaba otro pensamiento que el bien de la República.
Luego que la comisión á quien se pasára tan importante
mensaje presentó su informe, se empeñó un largo debate sobre
su contenido. Reducíase aquel á manifestar al Libertador la
ilimitada confianza que tenia el congreso en su larga expe-
riencia, en sus talentos y patriotismo, relevantes prendas que
le daban aptitud para calmar las pasiones y la división que por
desgracia se habia introducido entre los Colombianos : le en-
cargaba que les asegurase que el congreso no omitiría medio ni
sacrificio alguno para dar á Colombia una constitución — « que
conservára la unión entre sus diferentes partes sin detrimento
de los intereses locales , y que combinara la libertad con el
órden, poniendo fuera del alcance del poder, no ménos que de
las facciones, las garantías individuales y la tranquilidad
común. » Al mismo tiempo indicaba el congreso en su contes-
tación, no estar en sus facultades, limitadas por la convocatoria
á dar uua constitución y á elegir los altos funcionarios, el inge-
rirse en el viaje propuesto por el Libertador, medida que tocaba
al ejecutivo adoptar ó no, contando siempre con la cooperación
del congreso en todo lo que condujera á sostener la unión y la
estabilidad de Colombia ; pero que sentiría su ausencia de la
capital , ántes de que se acordase la nueva constitución — «y
que pudiera presentar en ella un testimonio irrefragable de la
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HISTORIA DE COLOMBIA
voluntad general, y una garantía nacional y permanente contra
las desconfianzas y sugestiones de los enemigos de Colombia. »
De esta manera el congreso esquivó las dificultades que en-
volvía el paso indicado por Bolívar. Tanto por esto , como por
las noticias posteriores que se recibieron de Venezuela y del
Zúlia, no se volvió á tratar sobre el proyectado viaje. Es verdad
que Páez tampoco se prestó á la entrevista que le propusiera el
Libertador.
Este concedió una audiencia de despedida al comisionado
francés Bresson , que babia permanecido en Bogotá hasta ser
presentado al Libertador, á quien deseaba conocer personal-
mente y ofrecerle sus respetos á nombre de S. M. Cristianísima.
Habiéndola obtenido, partió para Francia, sin que hubiese con-
seguido de su misión otros resultados que los referidos antes.
Poco tiempo después fueron también presentados al Liberta-
dor dos nuevos ministros plenipotenciarios; el comendador don
Luis de Souza Díaz , enviado por el emperador de Brasil, y el
señor Guillermo Túrner por el gobierno de S. M. Británica, los
que principiaron inmediatamente á desempeñar sus funciones.
Entre tanto el prefecto general del Magdalena, Mariano Mon-
tilla, cuya autoridad superior se extendia al departamento del
Zúlia, daba desde los primeros dias de enero las mas activas
disposiciones para mantener la tranquilidad de Maracáibo y
preservar al departamento entero del influjo y sugestiones de
los disidentes. Para conseguirlo, el primer paso de Montilla fué
poner en marcha el batallón Boyacá, que enviára á Santamaría
y en seguida á Riohacha. Después activó la venida del istmo de
Panamá á Cartagena de los batallones Apure, Pichincha y Ya-
guachi, así como de los escuadrones segundo y tercero de Aya-
cucho, que acababan de arribar de Guayaquil. Unidos estos
cuerpos á los húsares del Magdalena y ai batallón Tiradores,
debían formar una hermosa división de soldados antiguos y ve-
teranos. Dióse el mando de ella al coronel Adlecreutz, oficial y
noble Sueco al servicio dé Colombia. El objeto especial á que se
destinaban estas fuerzas , según las órdenes que el Libertador
hizo comunicar á Montilla , era conservar la tranquilidad del
departamento del Zúlia, si no se habia alterado, restablecerla
donde quiera que se hubiese turbado, y repeler por la fuerza á
los disidentes de Venezuela si intentaban extender al Zúlia su
movimiento revolucionario.
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CAPÍTULO XV!. 285
Fuera de las tropas que el prefecto general del Magdalena iba
á juntar en Riohacha, á cuya cabeza pensaba ponerse él mismo,
el gobierno del Libertador habia dispuesto que otros varios
cuerpos marcháran hácia los valles de Cúcuta, limítrofes del
Zúlia. El batallón Rifles , que estaba en el departamento de
Boy acá, se puso en marcha; también debia seguir al mismo
destino la columna de Cazadores de Occidente que babia des-
truido á Córdoba, y que á las órdenes del coronel Castelli bajaba
por el Magdalena basta las cercanías de Ocaña. Para mandar
esta división se nombró primero, con permiso del congreso, del
que era miembro, al general José María Carreño, que tuvo ór-
denes de seguir á Maracáibo ; pero el Libertador las revocó in-
mediatamente, escogiendo para jefe de las tropas que marchaban
sobre Cúcuta al general de brigada Daniel F. O'Leary; creyóse
á este mas apto para oponerse á las intrigas y seducción de Páez
y de sus partidarios sobre los pueblos del Zúlia. O'Leary debia
hacerse cargo del mando militar del departamento.
Al tiempo que se le dieron instrucciones por la secretaría do
la guerra, ya se sabia que en la provincia de Mérida, correspon-
diente al departamento del Zúlia, se habían hecho actas en fa-
vor de la separación de Venezuela. Por tanto se previno al ge-
neral OXeary, que situándose en los valles de Cúcuta estuviera
á la defensiva. Solamente en el caso de que se le presentára
una ocasión en que pudiese ocupar el departamento y gran
parte de él, sin ningún peligro de la división de su mando , se
le permitía pasar el Tá chira , línea divisoria entre los departa-
mentos de Boyacá y del Zúlia. Estas órdenes se le corroboraron
todavía mas cuando llegó á Bogotá la noticia del pronuncia-
miento de Maracáibo, adhiriéndose á las actas de separación de
Colombia y al desconocimiento de su gobierno.
El Libertador pasó entónces al congreso un mensaje verbal
por medio de su presidente el general Sucre, encargándole muy
encarecidamente — « que tomára en consideración este negocio
como de suma importancia, para que se meditára la suerte que
iba á correr Venezuela en estas circunstancias; pues ya no eran
un^ueblo ni dos los separados, sino toda la antigua Venezuela. »
Aseguraba el Libertador que él no tenia voluntad propia. « Si
el congreso, anadia , determina que se haga la división , que se
haga; si se resuelve la federación , ó que de algún modo se
sufoque esta novedad, estoy pronto á todo; pero deseo que el
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286 HISTORIA DE COLOMBIA.
congreso medite muy bien y con mucha detención lo que deba
hacerse. » — Bolívar habia ofrecido repetidas veces que esta
sería su conducta respecto del congreso constituyente, y con re-
ligiosidad cumplió sus promesas.
Un suceso ocurrido por este mismo tiempo en Riohacha, vino
á complicar mas los negocios y á hacer aun mas crítica la situa-
ción del gobierno colombiano. Hallábase acantonado en aquella
ciudad el batallón Boyacá, que contaba cerca de quinientos bue-
nos soldados regidos por el coronel José María Várgas, natural
del Socorro. Luego que este y otros oficiales saben el acta cele-
brada en Maracáibo el 16 de enero, adhiriéndose á los demás
pronunciamientos de Venezuela (febrero 14), se juntan por in-
flujo de Várgas y hacen un acta comprometiéndose : — « pri-
mero , á sostener la separación de Maracáibo , á cuyo efecto
marcharían inmediatamente hácia aquella ciudad; segundo, á
ponerse á las órdenes inmediatas del prefecto y comandante
general del Zúlia , así como á las superiores de Páez, á fin de
que este los considerase — « como una parte integrante de sus
estandartes liberales. » — En efecto , el 16 de febrero por la
tarde completó el batallón su traición , emprendiendo su mar-
cha á Maracáibo por la ruta de la Goajira , y enviando por mar
una parte de los equipajes, los enfermos y la familia de Várgas.
Este exigió por la fuerza cerca de tres mil pesos y cometió va-
rias tropelías con el gobernador, con las demás autoridades y
con varios vecinos de Riohacha , en donde no hallára simpatía
alguna su deserción. Várgas la consumó entregando en Mara-
cáibo el batallón Boyacá. Tuvo igualmente la degradaute debi-
lidad de permitir que lo desarmáran al entrar en Sinamáica,
sufriendo el desprecio de los hombres de bien que por do quiera
detestan á los traidores, aunque se aprovechen á veces de la trai-
ción. No se puede excusar la acción de un Granadino que se pa-
sára con tropas á Venezuela, dando fuerzas contra su patria ,
cuando habia tanto peligro de que estallára una guerra entre
los dos países, y que a pretexto de favorecer la libertad concul-
cára así la disciplina militar. t
Esta defección causó una impresión harto desagradable tanto
en Bogotá como en los departamentos litorales. Si un batallón
compuesto en su mayor parte de hijos de la Nueva Granada y
mandado por un jefe granadino habia desertado á los disidentes,
debían crecer de punto los temores de igual deserción respecto
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CAPÍTULO XVI.
287
de otros muchos cuerpos, formados en su mayoridad de Vene-
zolanos, y regidos casi todos por naturales de aquellos departa-
mentos. Era probable en extremo que sintieran fuertes simpa-
tías por la causa de separación que habían abrazado sus com-
patriotas, y que si principiaba la guerra, hubiera otras muchas
defeccioues que podrían cubrirse con el manto del patriotismo.
Estas fuertes consideraciones influyeron sobre manera en el
ánimo del general Montilla, quien dedicó su atención á mejorar
el espíritu y la oficialidad de los cuerpos de tropas que estaban
en via para reunirse en Riohacha; también á mantener la tran-
quilidad de los departamentos sometidos á su mando. Consi-
guiólo en efecto , pues una partida de bandoleros acaudillados
por un Español europeo que se levantara en Lorica no tuvo
otro resultado que la aprehensión y castigo de los cabecillas.
Bien pronto Montilla recibió órdenes del Libertador para ace-
lerar la reunión de tropas en Riohacha , según lo verificó. Mas
se le previno que estuviera solamente a la defensiva. Tal sis-
tema pro venia de los últimos acontecimientos y de la extensión
que había tomado la revolución de Venezuela. Originábase tam-
bién del giro que iban recibiendo las opiniones, así en los pue-
blos de la Nueva Granada como en el congreso. En ninguna
parte , y tampoco en el gobierno colombiano, encontraba apoyo
la idea de compeler por la fuerza á Venezuela á que continuase
en la unión. Los sucesos .que vamos á referir acabaron de ro-
bustecer el sistema pacífico.
Uno de los primeros pasos del congreso constituyente cuando
principiaron las sesiones había sido nombrar una comisión de
diputados, á quienes presidia el antiguo secretario de relaciones
exteriores del Libertador y representante por Bogotá, doctor Es-
tanislao Vergara, para redactar el proyecto de la uueva consti-
tución. Como las opiniones de los pueblos eran tan várias y
encontradas , la comisión pidió al congreso que fijára previa-
mente las bases, cuyo proyecto fué redactado por otra comisión
especial. Entróse á discutirlas sin tardanza , y siendo diez y
seis en número, las que envolvían muy arduas cuestiones de
derícho constitucional , empleó el congreso doce sesiones en
acordarlas.
Cuando se principiaban á discutir, el Libertador pidió per-
miso al congreso para emplear en un mando militar al diputado
José María Carreno. Pensaba , según dijimos antes, enviarle al
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288 HISTORIA DB COLOMBIA.
Zúlia á encargarse del mando civil y militar de aquel departa-
mento; pues se ignoraba todavía en la capital haberse adherido
á la revolución de Venezuela. Al presentar su informe la comi-
sión á quien se pasára este negocio, compuesta de los diputados
Aranda, de Francisco Martin, y Unda, propuso — « que se en-
vidra á Venezuela una misión de paz , compuesta de dos miem-
bros del congreso, la que, precediendo á todo temor y á toda
sospecha , hiciera conocer las verdaderas intenciones de la re-
presentación nacional , y las esperanzas que ofrecian en escru-
pulosa consideración á la situación presente de la República, y
su ardiente anhelo por dejar satisfechos los votos nacionales. »
La misma comisión debia llevar las bases de la constitución
para disipar cualesquiera temores y sospechas que hubieran
podido concebirse en Venezuela sobre el código fundamental
que iba á estatuirse.
Esta idea fué muy bien acogida por el congreso, que la adopto
casi por unanimidad. Escogiéronse para la misión el general
Sucre , presidente del congreso , el vicepresidente doctor José
María Estéves, obispo de Santamarta, y el diputado por Carta-
gena Juan García del Rio. Por excusa de este quedó la comisión
reducida á los dos primeros, de cuya experiencia, talentos é
influjo se esperaba mucho en aquellas circunstancias para
restablecer la unión, la paz y la tranquilidad de Colombia.
El mismo congreso acordó las instrucciones que debían servir
de regla á los comisionados. Manifestar á los pueblos de Vene-
zuela las bases de la futura constitución enteramente republi-
cana; persuadirles que los escogidos del pueblo colombiano de
ninguna manera pensaban establecer una Monarquía; hacer
entender á los mismos pueblos y á las autoridades constituidas
en Venezuela , que el congreso habia tomado el mayor interés
en que no se les hostilizára, esperando conseguir un avenimiento
amistoso , sistema que se propuso al ejecutivo desde que esta-
llaron los movimientos primeros contra la unión ; inculcar al
mismo tiempo la firme é invariable resolución en que estaba el
congreso de conservar la integridad déla República y la unidad
del gobierno en la nueva constitución que se iba á decrefctr;
asegurar bajo de la mas inviolable garantía, que publicada
aquella quedarían sepultados en el olvido todos los disturbios
anteriores, sin que á ninguno de sus autores y cómplices se les
siguiera el menor daüo en sus personas y propiedates, y que
<
»
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CAPÍTULO XVI.
280
por una ley se prohibiría cualquiera recuerdo de las opiniones
individuales , que se hiciera en ofensa de los que las hubieran
profesado; tratar, en fin , con todas las autoridades y personas
que fuera necesario para conseguir una amistosa terminación
de las diferencias existentes, según el buen juicio de los comi-
sionados : hé aquí los puntos principales que contenían aquellas
instrucciones.
Después de leerlas y meditarlas, el general Sucre, al despedirse
del congreso para emprender su viaje á Cúcuta (febrero 17),
dijo en sesión pública — « que atendidas las bases que se le
prescribían para la negociación y el estado de los negocios en
Venezuela, no esperaba resultado alguno favorable. » Sin em-
bargo el congreso no le eximió , nombrando para sucederle en
la presidencia del cuerpo al doctor Vicente Borrero, diputado
por la provincia de Popayan, y para vicepresidente en lugar del
obispo Estéves , al señor Modesto Larrea, diputado por Pi-
chincha.
Termináronse entónces las discusiones sobre las basas pro-
puestas para la futura constitución, adoptándose definitivamente.
Conforme á ellas la República sería una según la ley funda-
mental, y su gobierno popular, representativo y electivo en
períodos de ocho años : el poder legislativo debía estar divi-
dido entre el senado, la cámara de representantes y el ejecu-
tivo : habría un consejo de Estado para auxiliar al presidente
de la República, quien sería irresponsable , exceptuando sola-
mente el caso de traición ; la responsabilidad gravitaría sobre
sus secretarios. Se creaban ademas cámaras de distrito para
cuidar de los intereses locales ; se aseguraban las garantías in-
dividuales , y se declaraba que la religión católica , apostólica ,
romana era la religión de la República, y que el gobierno, ejer-
ciendo el patronato de la Iglesia colombiana, no permitiría otro
culto público. El congreso hizo imprimir inmediatamente
dichas basas, acompañándolas con una alocución á los Colom-
bianos (febrero 20). En esta procuraba dar razón de sus funda-
mentos principales, disipar las desconfianzas, y excitar á la
uníRn , como el único vínculo que podía salvar á la República
del naufragio que la amenazaba por do quiera.
a ¡Colombianos! decia, el congreso constituyente os presenta
ya las basas que ha adoptado para la constitución. Hallareis en
ellas llenos vuestros deseos y respetada vuestra voluntad.
TOMO IV. «9
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290 HISTORIA DE COLOMBIA.
Vuestros representantes solo han tenido por objeto el mayor
bien de la República, y siguiendo los impulsos de su corazón,
sin desviarse de sus deberes, creen haber cumplido vuestros
votos.
» Reunidos para dar instituciones permanentes á Colombia ,
se les impuso la sagrada obligación de sostener la integridad
nacional. Nuestra fuerza y nuestro poder, el precioso bien de la
Independencia, el nombre colombiano, las relacioues contraidas
con naciones poderosas , todo cuanto hay mas glorioso y mas
respetable para los que con su heroísmo se han formado una
patria, y adquirido el derecho de presentarse éntrelas naciones
del mundo ; todo se interesa en el sostenimiento de Colombia.
No serán jamas sus hijos los que se atrevan á destruirla; y
aunque en el calor de la pasión sublime que inspira la libertad,
esta haya merecido preferentes votos , vuestros representantes
en la calma que exige su ministerio, y apreciando debidamente
vuestros esfuerzos, no han podido separar la libertad de la
unión , y han ratificado el pacto solemne que existe entre pue-
blos que se ligaron para componer una sola nación.
» £1 gobierno continúa siendo uno mismo para toda la Repú-
blica, y él será popular, representativo y electivo. El congreso
ha tenido presente el sentimiento universal de Colombia, su
oposición á todo otro sistema ; y recorriendo los mas memora-
bles acontecimientos de la revolución, ha encontrado en su
apoyo nuestra propia historia. Los gobiernos representativos
nacieron con el primer deseo de libertad; y después de tantos
desastres y triunfos, de tantas alternativas y cambios, y cuando
nada existe entre nosotros que no haya experimentado el in-
flujo de una suelte inconstante , solo esta basa ha sido inmu-
table, y se ha presentado siempre como un principio de vida en
nuestra organización política. Si la debilidad de los gobiernos
que se establecieron al principio abrió las puertas á la sangui-
naria y feroz dominación española, el poder que reuniendo los
recursos dió una sola dirección á los negocios y á las opera-
ciones, ha destruido á los enemigos de la América arrojando
sus reliquias mas allá de los mares y conquistado la Indejfcn-
dencia. Este bien inestimable , adquirido á costa de sangre y
sacrificios sin número, recomienda altamente la unidad del
gobierno. La España no nos ha reconocido aun, y ella, como en
otro tiempo, se aprovechará, si variásemos, de nuestra debilidad
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CAPÍTULO IT!. 29t
ó de nuestras antipatías locales que renacieran, para subyu-
garnos nuevamente. ¿El congreso, que esto prevé, llenaría su
misión retrocediendo á la época de nuestras desgracias ? De ningún
modo, porque la constitución que hiciera no sería permanente. »
Continuaba después analizando las diferentes basas acordadas,
y exponiendo sus principales fundamentos , y concluía : —
« Sobre estas basas el congreso va á formar la constitución , y
espera que su trabajo no será infructuoso. El espíritu de des-
unión quedará desarmado por el celo de vueslros representantes.
Los patriotas se levantarán en todas las provincias para sostener
el órden que renace en los conflictos de la anarquía. Ellos verán
que los dictámenes de su conciencia política sancionados por la
ley, se presentan triunfantes como la voluntad nacional, y ase-
gurados para siempre contra todos los partidos enemigos de la
libertad. Unidos, exentos de desconfianzas y temores, nos reco-
noceremos todos por la pureza de nuestros principios , por la
constancia de nuestros esfuerzos , por el instinto irresistible del
patriotismo. La constitución será el punto de contacto de los
que en diversas direcciones solo han buscado un término al
desorden que ha invadido nuestras esperanzas. Ella disipará
las tempestades acumuladas sobre nuestras cabezas , y la patria
recibirá nueva vida y recuperará su crédito y su gloria. » —
Publicóse esta alocución el 20 de febrero.
En aquellos mismos dias se ocupó el congreso en discutir el
informe de una comisión especial que babia nombrado para
examinar la multitud de actas celebradas en los departamentos
de Venezuela. Después de una larga y muydetenida discusión,
acordó declarar solemnemente — « que todos los actos que se
hubiesen celebrado ó celebraren con otro objeto que el de re-
presentar al cuerpo acerca de la forma de gobierno que convenga
á Colombia, son nulos é ilegítimos y de ningún valor, como
contraríos al órden , á la ley fundamental y á los tratados so-
lemnes que nos ligan con las naciones que nos han reconocido
hasta el dia. Declara igualmente , que parta cuanto antes la
misión de paz que está decretada, instruida de la anterior
resolución, y encargada, no solo de hacer conocer las basas
adoptadas ya por el congreso para dar sobre ellas la constitu-
ción, sino también de persuadir la necesidad de la unión, los
males incalculables que prepararía al país la ruptura, y las
disposiciones del congreso á atender á las necesidades locales de
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292 HISTORIA DE COLOMBIA.
los diferentes puntos de la República. » — Estas importantes
resoluciones se comunicaron al Libertador á fin de que las
cumpliera por su parte , publicándose en la Gaceta oficial para
conocimiento de los pueblos, y para impedir el abuso que se
estaba haciendo en Colombia de las reuniones y actas populares.
Á excepción de Venezuela , se consiguió en la Nueva Granada
el efecto saludable que deseaba el congreso.
Hacia este mismo tiempo, el Libertador, á fin de dar nuevas
pruebas de su generosidad, mandó expedir salvosconductos
para regresar á Colombia á todos los que aun sufrían destierros
por causa de la conspiración del 25 de setiembre. Permitió
igualmente á los que cumplian las penas de sus sentencias por
el mismo delito , que volviesen á sus domicilios ó que salieran
del país, según la parte que hubieran tenido en aquel crimen.
Apénas se concluyeron tan importantes negocios, cuando el
Libertador pasó un mensaje al congreso en que le manifestaba :
primero, que hallándose enfermo necesitaba con urgencia sepa-
rarse del ejercicio del poder ejecutivo; y segundo, que siendo
miembro del congreso el señor Castillo, presidente del consejo
de ministros, quien debia desempeñarlo conforme á lo dispuesto
en el decreto orgánico de 20 de agosto de 1828 , tocaba al con-
greso elegir la persona que desempeñara interinamente el go-
bierno de la República. Este mensaje suscitó una larga discu-
sión, á consecuencia de la cual declaró el congreso — « que no
le tocaba, conforme al decreto de su convocatoria, elegir la per-
sona que debia presidir el consejo de ministros , y ejercer las
funciones del ejecutivo, miéntras el Libertador restableciera su
salud. » — Era esta en efecto una función que correspondia al
mismo Bolívar, según el decreto orgánico que aun estaba en
observancia.
En vista de tal declaratoria el Libertador nombró en 1° de
marzo al general Domingo Caicedo para presidente interino del
consejo de ministros, conservándole al mismo tiempo la secre-
taría de relaciones exteriores. En seguida le encargó temporal-
mente del poder ejecutivo , retirándose al campo ó quinta de
Fucha á reponer su salud. Hallábase esta muy deteriorada^, así
por el trabajo como por los sufrimientos morales que le causa-
ban sus enemigos en la Nueva Granada y principalmente en
Venezuela. Desde aquel dia no volvió á ejercer el poder ejecu-
tivo de Colombia.
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CAPÍTULO XVI. 293
Bolívar conocía la bondad de corazón , el patriotismo y des-
prendimiento de mando del general Caicedo. Tuvo, pues, la
mira, y lo dijo á várias personas, de que iba á elevar a este vir-
tuoso Granadino para que mediase entre los partidos y prote-
giese á los amigos del Libertador de las persecuciones que nece-
sariamente les suscitarían los demócratas exaltados.
Miéntras tanto la comisión de paz que el congreso había
dirigido á Venezuela arribó á Cúcuta , de donde siguiera sin
tardanza al territorio de la provincia de Mérida. Apénas había
llegado áTáriba, pueblo situado ocho leguas mas allá de la
raya, cuando se les presentó el comandante de la Grita, Per-
domo, con una órden del gobernador de Mérida Piñango , en
que terminante y expresamente le prevenia con arreglo á otra
del gobierno de Páez, que no permitiera introducirse en el ter-
ritorio venezolano á ningunos comisionados del gobierno colom-
biano, fuera cual fuese su representación y categoría; que de-
tuviera á los que se presentáran , y que enviase al gobierno de
Venezuela cualesquiera comunicaciones que condujeran. Los
comisionados Sucre y Estéves protestaron contra aquella me-
dida, caracterizándola de injusta, impolítica é inaudita en los
anales de las revoluciones, pues cerraba la puerta á una comi-
sión de paz , como era la suya , y produciría acaso un rompi-
miento, que de ningún modo sería imputable al gobierno ni al
congreso colombiano. Añadieron que ellos eran comisionados
de este , y no del gobierno de Bogotá , á los que se referia la
órden.
Habiendo dado esta contestación , siguieron su viaje hasta la
Grita ; pero aquí se impusieron de las órdenes perentorias co-
municadas á las autoridades civiles y militares, para no dejarlos
avanzar un paso mas (marzo 20). En consecuencia determina-
ron volver á Cúcuta, hácia donde se pusieron en camino. Tu-
vieron ántes de emprender su marcha la noticia oficial de que
el jefe de Venezuela habia nombrado á los señores general San-
tiago Marino, Martin Tovar Ponte y Andrés Narvarte , para que
presentándose en los límites del territorio venezolano , tratáran
con los enviados del congreso de Colombia.
De esta manera el general Páez y sus partidarios cerráronlas
puertas á la comisión de paz que enviaba el congreso, y di-
siparon las esperanzas que justamente se habían concebido
en los talentos é influjo que pudieran ejercer para conservar
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HISTORIA DE COLOMBIA.
la unión colombiana el gran mariscal de Ayacucho y el obispo
de Santamaría. El partido separacionista de Venezuela , poco
seguro de la opinión pública en favor de su proyecto , sin duda
temió que los comisionados disiparan las fíbulas y patrañas
con que habían conmovido á los pueblos contra el gobierno del
Libertador, contra la unión colombiana y contra la futura
constitución. Un sistema tan mal cimentado debia caer por sí
mismo luego que se conociera la verdad. Fué por eso que los
corifeos de la separación , temiendo que la misión de paz tras-
tornara sus designios , cerraron á los comisionados la entrada
de Venezuela.
En los pocos pueblos que visitaron estos, la opinión mas ge-
neral no estaba por la separación absoluta ; pero sí por el esta-
blecimiento de un gobierno federativo compuesto de tres gran-
des distritos, — Venezuela, centro y sur de Colombia.
Estando ya en el territorio venezolano recibieron también los
comisionados la proclama de Páez, publicada el 2 de marzo.
Contenia esta fuertes y decididas protestas de sostener la nueva
organización que se habia dado á Venezuela. Decia que los ene-
migos que la atacaran no podrían triunfar sin que pasaran ántes
sobre el cadáver del jefe civil y militar. Informaba á los Vene-
zolanos que la comisión reunida en Bogotá habia declarado que
la ley fundamental era indestructible , y encargado al general
Bolívar que conservára la integridad del territorio, misión odiosa
que este habia aceptado voluntariamente. Anadia que después
de resignar el mando marchaba con un ejército á desgarrar las
entrañas de su madre, y á saciar sus venganzas, pretextando obe-
decer á la voluntad nacional. Aserciones tan falsas como aven-
turadas, hijas de Páez y de sus consejeros, tenían por objeto
entusiasmar á los pueblos con tales patrañas, y excitar su odio
contra el Libertador y contra los que sostenían la unión colom-
biana.
En consecuencia de aquellas noticias Páez , dando soltura á
su genio belicoso , se preparó para salir á campaña , no sola-
mente, según decia, con el objeto de sostener el pronuncia-
miento de Venezuela , sino con el de libertar á la Nueva Gra-
nada. En efecto el 16 de marzo se puso en marcha hácia San
Carlos con una división de tropas , y fijó su cuartel general en
esta villa, donde permaneciera algún tiempo. Afortunadamente
para Venezuela y para la Nueva Granada, mejor informado
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CAPÍTULO XVI. 295
aquel general no insistió en su campaña propagandista. La
Nueva Granada abundaba en hijos y en elementos para organi-
zarse, y si tenia contradicciones que vencer era de parte de los
Venezolanos que habia en su seno. Por consiguiente detestaba
cualquiera intervención de Páez y de sus llaneros, que solo ha-
bría servido para engendrar nuevos odios y rivalidades entre
ambos pueblos.
Habiendo dado cuenta los comisionados desde la villa del
Rosario de Cúcuta del estado que tenia su encargo , se les auto-
rizó para tratar con los enviados de Páez , y el diputado vene-
zolano Francisco Aranda fué agregado á la comisión colombiana.
Túvose en mira que este representante diera á la vez las ins-
trucciones convenientes á sus dos compañeros , y que les hiciera
conocer el espíritu que en la actualidad reinaba en el congreso
constituyente á favor de la paz y del restablecimiento del ór-
den público.
Los comisionados venezolanos que se habian anunciado, tar-
daron cerca de un mes en presentarse en la villa de San Anto-
nio del Táchira, viniendo, en lugar del señor Narvarte, el ecle-
siástico doctor Ignacio Fernández Peña. Üe común acuerdo se
tuvieron las conferencias en la villa inmediata del Rosario, lu-
gar que brindaba mayores comodidades (abril 18). Los diputa-
dos Sucre y Estéves discurrieron largamente sobre la conve-
niencia y necesidad de la unión colombiana que el congreso
constituyente estaba decidido á sostener; manifestaron y anali-
zaron las basas de constitución acordadas, basas de un gobierno
republicano, alternativo y responsable, que desmentían victo-
riosamente el pretexto que se habia tomado para la separación
de Venezuela, que era el proyecto de establecer una Monarquía;
indicaron que siempre que se salvára la unión , propusiera la
comisión venezolana cualquiera reforma constitucional ó admi-
nistrativa que tuviera por conveniente, pues el congreso estaba
pronto á conceder todo lo que no se opusiera á la felicidad de
los demás pueblos. Después de desplayarse sobre el espíritu
conciliatorio y de paz que animaba á la representación nacional,
coi el que esperaba salvar á los pueblos de cualesquiera conse-
cuencias desgraciadas , terminaron su exposición con una pro-
testa— « de que los males que sobrevinieran, solamente serian
impulables á los que insistieran en despedazar á Colombia. »
Los enviados de Venezuela dijeron que solo tenian que hacer
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206 HISTORIA DE COLOMBIA.
la proposición — «de que se reconociese el gobierno actual de
Venezuela y la capacidad en que se hallaba aquel Estado para
darse la organización política que estimase conveniente. » Aria-
dieron que esta era la opinión general y la determinación irre-
vocable de Venezuela, de la que no retrocedería un ápice, fuera
cual fuese la constitución que se diera el resto de Colombia.
Instados por la comisión colombiana para que indicaran otro
medio de conciliación, se mantuvieron firmes en que no podían
ni debían hacer ninguna otra proposición. En apoyo de la suya
expusieron , que los pueblos de Venezuela estaban persuadidos
de que se habia tratado de destruir la República erigiendo so-
bre sus ruinas una Monarquía , y que el gobierno de Colombia
causaba males enormes á Venezuela. Sin embargo de la pri-
mera aserción, los comisionados venezolanos hicieron entender
á los de Colombia, según estos lo comunicaron oficialmente, que
la acusación de quererse fundar una Monarquía, solo habia sido
un pretexto de que se valieron los corifeos de la revolución á
fin de poder generalizarla.
En la segunda conferencia los comisionados de Venezuela
presentaron en su carácter privado siete proposiciones que
dijeron ser la expresión de la opinión pública. Se reducían á
que se dividiera Colombia en tres Estados independientes , y
que estos acordáran después los vínculos que debieran ligarlos.
Semejante propuesta fué declarada inadmisible por la comisión
del congreso. El general Sucre hizo también la proposición —
« de que para asegurar la libertad de los pueblos oprimidos por
los militares , se acordase que en los cuatro años siguientes no
pudieran ser presidentes ni vicepresidentes de Colombia ni de
los tres Estados, en caso de adoptarse la federación, ninguno de
los generales en jefe ni de los otros generales que habían obte-
nido los altos empleos de la República desde 1820 á 1830. »
Esta proposición, que hace honor al desprendimiento del gran
mariscal de Ayacucho , el cual se excluía él mismo de obtener
los primeros puestos á que estaba llamado por su mérito y ser-
vicios, agradó á los comisionados Tovar y Peña ; pero el general
Mariüo , que no tenia el mismo desprendimiento, la improbó.
Aun se dijo que hubo con este motivo palabras fuertes entre él
y Sucre. Rechazóse igualmente la proposición que hicieron los
comisionados colombianos de que se les permitiese pasar á
Valencia para instruir por sí mismos al congreso de Venezuela
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CAPÍTULO XVI.
207
de las disposiciones del de Colombia, y que la comisión venezo-
lana siguiese á Bogotá, pues de este modo se conseguiría acaso
un acomodamiento pacífico y amistoso en beneficio de los
pueblos.
No pudiéndose adelantar cosa alguna , se declararon termi-
nadas las conferencias. Antes de separarse, los comisionados del
congreso solicitaron de los de Venezuela , aunque en vano, que
mandasen retirar de la villa de San Antonio una columna de
tropas suyas que allí existia ; porque algunos individuos prote-
gidos por ella, estaban seduciendo á los habitantes de San José
y del Rosario de Gúcuta , para que desconocieran al gobierno
colombiano, ofreciéndoles auxilios , cuya prestación conduciría
acaso á que se rompieran hostilidades. Alegaron la prudencia y
circunspección con que obraba el ejecutivo de Colombia, que
para evitar cualquier choque imprevisto había retirado sus
tropas á Pamplona , situando algunas aun mas al sur de esta
ciudad,; conducta que exigía la reciprocidad de parte de
Venezuela.
En efecto, desde que se decretara por el congreso la comisión
de paz , el Libertador comunicó las órdenes mas terminantes á
las divisiones estacionadas en Pamplona y Riohacha para que
se mantuvieran á la defensiva sin cometer el menor acto de
hostilidad, ni hacer cosa que fuera capaz de provocarlas. Las
únicas variaciones ocurridas en aquellas tropas miéntras dura-
ban las negociaciones fueron , que el general Montilla envió á
Ocaña dos escuadrones de caballería y el batallón Apure con el
fin de aumentar la división de Pamplona. En esta se varió tam-
bién su jefe. El general O'Leary, que debía seguir de ministro
á los Estados Unidos , se retiró , y fué reemplazado por su
segundo el general Florencio Jiménez. Este no inspiraba con-
fianza á los pueblos , ni por sus talentos ni por su origen ; era
Venezolano , y en la cuestión pendiente debia tener simpatías
por la causa que sostenía su patria.
Los medios de que se valían los disidentes de Venezuela para
conseguir sus designios, no eran justos , ni tenían por objeto el
bieíi de los pueblos. Habíanse propuesto revolucionar á la
Nueva Granada á pretexto de que sus habitantes se pronunciáran
por un gobierno de mayor libertad, sumergirla en la anarquía,
y por este medio reducir á la impotencia al gobierno de
Colombia, á fin de que nada pudiera intentar para restablecer
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niSTORlA DE COLOMBIA.
la unión. Pruebas de este plan maquiavélico son las proclamas
y papeles seductores enviados de Maracáibo á Riohacha por el
coronel Borras, y que fueron interceptados ; el desconocimiento
del gobierno, del congreso y de las otras autoridades colom-
bianas hecho en actas populares de las villas del Rosario y San
José de Cúcuta, por sugestiones venezolanas, á cuyos jefes mili-
tares pidieron auxilio y se les concedió; en fin, el pronuncia-
miento de la provincia de Casanare el 4 de abril , promovido
por Venezolanos. Esta provincia, cuyo gobierno asumió el
general de brigada Juan Nepomuceno Moreno , desconoció no
solamente al gobierno colombiano, deponiendo al gobernador y
demás autoridades que este habia nombrado, sino que se declaró
parte integrante de Venezuela, á la que tratára de agregarse.
Mas no fué este el único exceso cometido por su gobernante
Moreno. Bajo de su autoridad fueron asesinados cruelmente el
general Lúeas Carvajal y el comandante Francisco Segovia , ro-
bándoles cuantos intereses tenían y haciendo desaparecer á una
Inglesa que acompañaba al primero. El motivo de tan crimi-
nales atentados fué defender Carvajal los hatos de las Misiones
del Meta, que el Libertador habia dado en arrendamiento al
general Rafael Urdaneta. Por la dificultad de obtener justicia
legalmente , Carvajal azotaba á los ladrones que cogia, lo que
le atrajo el odio de los llaneros. Estos, capitaneados por Moreno,
querían apoderarse y vender por su cuenta aquellos ganados (i) :
hé aquí el motivo principal de su rebelión y de los asesinatos
cometidos.
Por fortuna tan criminales proyectos , fraguados para des-
membrar á la Nueva Granada y sumirla en la anarquía, no
tuvieron otros imitadores. Estrelláronse en el patriotismo de
sus habitantes , que fieles al gobierno que habían jurado
sostener, y confiados en la sabiduría del congreso constituyente,
esperaron tranquilos el resultado de las tareas de los escogidos
del pueblo. Sabían que se ocupaban con asiduidad y constancia
en discutir y sancionar las nuevas institutiones que debían dar
á Colombia, en cuya tarea avanzaban diariamente.
(1) Estos hatos contaban entónces mas de treinta mil cabezas de ganado
vacuno y cerca de cinco mil yeguas y caballos. A los doce años no habia
quinientas cabezas, destrucción cometida por los que proclamaban libertad
é independencia para robar impunemente.
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CAPÍTULO XVI.
Sin embargo, tanto en los departamentos del centro como en
los del sur de Colombia existia una inquietud y malestar , que
era de temerse produjera una conflagración universal. Los de-
partamentos limítrofes á Venezuela, especialmente el de Boyacá,
temían una invasión por Casanare y Cuenta, pues las proclamas
de Páez eran guerreras y amenazantes al gobierno de Colombia.
Sabíase que, frustrada la negociación de paz, marchaba una
división de tropas venezolanas sobre nuestra frontera de los
valles de Cúcuta , mandada por el general Mariño ; su número
se bacía montar á mas de tres mil hombres , y en efecto se cal-
culaba aproximarse á dos mil soldados.
Todo esto causaba mucha agitación en las provincias, pero el
centro de todos los movimientos era Bogotá. En 21 de marzo el
Libertador tuvo que volver á la ciudad desde la quinta de
Fucha , donde vivia retirado. Motivó su regreso una revolución
que se proyectaba por el coronel de milicias Mariano París con
los cuerpos que estaban á sus órdenes, excitado , según se dijo
con fundamento, por un jefe de alta graduación militar. París,
hombre de un genio muy inquieto y atrevido , había sido poco
ántes entusiasta por Bolívar, á quien debía favores muy distin-
guidos. Los objetos que se proponía eran, separar de hecho á la
Nueva Granada de Venezuela, y que no mandase el Libertador.
El general Caicedo, encargado del ejecutivo, dictó algunas pro-
videncias, como quitar á París el mando de las milicias y en-
viarle al campo, restableciendo así la tranquilidad alterada.
Ántes de regresar de Fucha, y cuando se supo la noticia de la
defección del coronel Várgas con el batallón Boyacá , juntó el
Libertador un gran consejo de los ministros, del presidente del
congreso , Borrero y del general Rafael Urdaneta. Tenia por
objeto acordar las medidas convenientes en tan críticas circuns-
tancias, pues aquella traición se consideraba como de trascen-
dencia muy funesta, especialmente cuando había tanta inquietud
en los pueblos. Debían tratar igualmente la cuestión de si
convendría que el Libertador reasumiera de nuevo el mando.
El doctor José María Castillo fué invitado á esta junta; pero no
concurrió. Sin embargo escribió á Bolívar una carta diciéndole,
Que la guerra con que se amenazaba á Venezuela no era popular,
y que los habitantes de la Nueva Granada querían mas bien la
separación que la guerra ; que en tales circunstancias , él era
de opinión — « que separándose definitivamente del mando ,
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niSTORlA DE COLOMBIA.
se estableciera un gobierno provisional y propio de la Nueva
Granada. » El Libertador sabía que el general Urdaneta profe-
saba las mismas opiniones, y esta coincidencia le molestó sobre
manera. Díjole á Urdaneta expresiones duras en la conferencia,
"y viendo los concurrentes al consejo que Bolívar habia perdido
la calma, ninguno emitió su opinión.
Nos parece con bastante fundamento haber creido entónces
el Libertador, que Urdaneta y Castillo se habían adunado para
excluirle del mando supremo , y que ellos fueran nombrados
presidente y vicepresidente de Colombia. Por tal motivo Bolí-
var desde aquel dia rompió con Castillo y Urdaneta. Este se le
habia puesto desde ántes en oposición , á causa de los celos que
concibió por los elogios y preferencia que el Libertador daba á
Sucre, contra quien manifestaba Urdaneta una rivalidad deci-
dida. Poco después , aun se ligó con los exaltados que tanto se
empeñaban en derribar al Libertador, los que pretendían
apoyarse en Urdaneta como hombre de guerra.
Aumentóse el disgusto de Bolívar con la siguiente moción
que supo haber hecho Castillo en el congreso : — « Que se sus-
penda el exámen del proyecto de constitución, dándose un re-
glamento provisorio con todas las garantías , y que se elijan un
presidente y vicepresidente que con un senado ó consejo dirijan
la República hasta que en mejores circunstancias se reúna la
representación nacional, y se dé la constitución que convenga. »
Esta proposición, que era conforme á la opinión mas dominante
fuera del congreso , excitó una acalorada discusión. Por los dis-
cursos; especialmente de los diputados del sur, se vió con cla-
ridad lo que todo el mundo temia ; esto era , que en el caso de
consumarse la separación de Venezuela sería inevitable la de la
antigua presidencia de Quito. La moción fué desechada por una
gran mayoría ; mas no cambió con este rechazo la opinión pú-
blica.
Pasaron algunos dias ocupado el congreso en discutir el
proyecto de constitución, cuando nuevos incidentes volvieron á
suscitar la misma cuestión. El principal fué una exposición di-
rigida al congreso por los vecinos de Popayan, en que maAfes-
taban su opinión — «de que sin grandes esfuerzos y costosos
sacrificios no se podía conservar la unión colombiana , porque
Venezuela parecía decidida á sostener su separación ; que en
tales circunstancias nada adelantaría el congreso con dar una
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CAPÍTULO IT!. 301
constitución para Colombia, pues no sería aceptada ni obede-
cida ; que los Granadinos de ningún modo querrían hacer la
guerra á los Venezolanos para someterlos á la constitución que
dictara el actual congreso , guerra cuyos gastos arruinarían á
los pueblos y de que no sacarían la menor utilidad. De este y
de otros antecedentes inferían, que debia disolverse el congreso
constituyente sin acordar constitución alguna, y convocarse otro
de la Nueva Granada, para estatuir las leyes fundamentales que
habían de regir bajo del sistema que se adoptase , bien fuera el
central ó el federal. El señor Joaquín Mosquera fué el jefe de
esta opinión , y quien le dio mucho séquito sosteniéndola con
su influjo y con razones en un periódico titulado El Metéoro,
En los dias en que una representación llegó á manos del po-
der ejecutivo , había este recibido la noticia de la rebelión de
Casanare y de su pronunciamiento en favor de Venezuela. Co-
nocía también el estado de agitación en que se hallaban casi
todas las provincias de la Nueva Granada por sus temores de
una guerra con Venezuela. Apoyado en estos fundamentos el
general Domingo Caicedo, que desempeñaba el poder ejecutivo,
pasó en 15 de abril un mensaje al congreso. Le exponía la si-
tuación forzada en que se hallaba la República , y las dificulta-
des que tenía el gobierno para mantener la tranquilidad de los
pueblos. Decía que en concepto del ejecutivo no debia darse
constitución alguna, supuesto que Venezuela estaba decidida á
resistirla por la fuerza , pues entonces tampoco sería adoptada
en los otros departamentos, y se presentaría á los pueblos el fu-
nesto ejemplo de acordar instituciones que desaparecieran al
día siguiente. Proponía en consecuencia que el congreso se li-
mitara á acordar — a un decreto orgánico que detallara las
atribuciones del gobierno supremo , y que asegurase las garan-
tías individuales, y á nombrar los altos funcionarios que deban
tomar las riendas del Estado , autorizándolos para que convo-
quen una convención que se ocupe de la suerte de estos pue-
blos. » Añadía que tales eran los deseos generales , y que si no
se adoptaba esta medida, era de temerse una extensa revolución
qiit nos condujera á la anarquía. El congreso empleó dos sesio-
nes en examinar tan importante cuestión. Hubo alguna acrimo-
nia en los discursos , especialmente de parte de los diputados
por Cartagena, García del Rio y Francisco Martin, que hicieron
fuertes inculpaciones al encargado del ejecutivo por las opüüo*
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302 HISTORIA DE COLOMBIA.
nes que habia consignado en aquel mensaje, en que dijeron se
proponía que el congreso faltara á sus deberes y á sus juramen-
tos sancionando la disolución de Colombia. En virtud de estos
y de otros fundamentos insistió el congreso en dar la constitu-
ción. Dijo en respuesta al presidente del consejo de ministros
— « que la representación nacional se ocupaba de los medios
de evitar los progresos de los disturbios que se temían, y que
el gobierno usando de sus facultades hiciera todos los esfuerzos
posibles para calmar los espíritus y restablecer el orden tur-
bado. »
En esta resolución del congreso influyó probablemente la pro-
testa que á consecuencia de aquel mensaje dirigieron al poder
ejecutivo los ministros plenipotenciarios del Brasil y de la Gran
Bretaña en 49 de abril como primicias de su reciente misión
diplomática cerca del gobierno de la república de Colombia. La
del primero era moderada, y se reducía á manifestar que en el
caso de nombrarse un gobierno provisional para la Nueva Gra-
nada, consideraria haber cesado su representación.
La del segundo estaba concebida en términos fuertes , pues
decía haber visto con sorpresa la propuesta hecha por el ejecu-
tivo de establecer un gobierno separado para la Nueva Granada,
propuesta que envolvía la disolución de la república de Colom-
bia : — « que no dudaba notificar al gobierno colombiano , que
sí esta medida se adoptaba por el congreso y se llevaba defecto,
por el mismo hecho quedaría anulado en el momento el tratado
que existia entre la Gran Bretaña y Colombia, y cesarían inme-
diatamente sus funciones como enviado extraordinario y minis-
tro plenipotenciario (i). »
Tales protestas eran infundadas ; pues, cuando el presidente
del consejo de ministros proponía el establecimiento de un go-
bierno provisional, no era solo para la Nueva Granada sino para
Colombia, con facultad de convocar en lo venidero una conven-
ción granadina. Los ministros que firmaron la protesta sabían
que, aun convocada esta, y separada Venezuela, Colombia po-
día subsistir, pues un Estado no se disuelve porque pierde al-
•
(1) Fué mucha lástima que no se hubiera cogido la palabra al señor Gui-
llermo Túrner. Tal fué el principio de la misión diplomática de este caba-
llero, que tantos disgustos debía proporcionarnos ; su estilo era cáustico y
con frecuencia degeneraba en sarcasmos, aun en sus notas oficiales.
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CAPÍTULO XVI.
303
gimas provincias y su territorio sea menor. Testigos recientes
la España con la América, y el Portugal con el Brasil.
El gobierno contestó á los expresados ministros, que jamas
habia tenido el ánimo de disolver á Colombia, sino ántes bien
conservar la unión, meditando en calma sus instituciones futu-
ras. Añadiéronse al ministro británico las mas enérgicas protes-
tas de que el gobierno colombiano observarla inviolablemente
los tratados existentes con la Gran Bretaña , fueran cuales fue-
sen las circunstancias en que se hallára la República , pues en
esto no habia divergencia de opiniones.
Entre tanto la agitación de los pueblos crecia diariamente. De
Néiva, Cipaquirá, de Tunja y de Sogamozo se recibieron actas
pidiendo lo mismo que Popayan. En ninguna provincia de la
Nueva Granada se quería la guerra con Venezuela, y los temo-
res de que se rompiese tenían sobre manera inquietos los áni-
mos. Por otra parte, una gran mayoría del congreso insistia en
que se diera la constitución , objeto primordial de su convoca-
toria. El diputado por Antióquia, Alejandro Vélez, halló en ta-
les circunstancias el medio que allanaba las dificultades. Él
presentó un proyecto de decreto en que se disponía que se acor-
dara la constitución para Colombiana que se ofrecería á los
pueblos de Venezuela como un vínculo de unión ; pero que si
no la admitían, de ningún modo se les hiciera la guerra, y que
se convocára una convención granadina bajo de las reglas que
expresaba el mismo decreto. Este proyecto , que fué bien re-
cibido , calmó algún tanto los espíritus, y el congreso prosiguió
en sus tareas constitucionales.
En el intermedio el gobierno del general Caicedo, observando
que en aquellas circunstancias la imprenta guardaba silencio,
y que la opinión pública necesitaba de este poderoso vehículo
para extenderse y rectificar sus principios, examina cuál será
el motivo. Hallando que provenia de la responsabilidad manco-
munada que desde 1828 habia impuesto el Libertador á los
impresores y autores de cualquier escrito, por decreto de 16 de
abril quitó aquella traba á la libertad de imprenta. Esta pro-
videncia fué muy agradable á los pueblos que la deseaban , é
inmediatamente comenzaron á imprimirse periódicos y hojas
sueltas; algunas de estas publicaciones contribuyeron á irritar
mas los ánimos. ¡ Triste, pero necesaria consecuencia de la pre-
ciosa libertad de imprenta!
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304 HISTORIA DB COLOMBIA.
Por el mismo tiempo (abril 20), así en la capital como en las
provincias de la Nueva Granada, era fuerte y bien pronunciada
la opinión de que al centro de Colombia convenia sobre manera
la separación de Venezuela. « Ved, decían los Granadinos, la
inmensa lista militar que ahora gravita en mucha parte sobre
nuestras rentas disminuidas ; pues mas de los dos tercios de su
monta son de Venezolanos , que regresarán á su país y nos de-
jarán aliviados. Observad quiénes desempeñan las prefecturas
generales, las de los departamentos, los gobiernos de provincia,
las comandancias generales y de armas; quiénes mandan los
cuerpos del ejército y ocupan el mayor número de los empleos
de oficiales : son casi todos Venezolanos en la Nueva Granada,
sin que en Venezuela haya empleados granadinos, que Páez ha
tenido buen cuidado de enviar desde ántes á su país. Miserables
son las sumas que se han traido de Venezuela á la Nueva Gra-
nada durante la unión, y de las rentas granadinas se han en-
viado cuantiosos auxilios de dinero á Venezuela, fuera de pagar
nosotros casi todo lo que cuesta el gobierno supremo. De allá
han venido constantemente los oficiales generales y los subal-
ternos á que les hicieran en Bogotá los ajustamientos de sus
sueldos, donde recibian sus alcances de las rentas de la Nueva
Granada, sin que á Granadino alguno le ocurriera ir á ser pa-
gado en Venezuela. Estos son los males que la unión y el go-
bierno colombiano han causado á los Venezolanos. Si exceptua-
mos la respetabilidad y la fuerza moral que la unión da á la
República, la Nueva Granada será mas libre, mas rica y mas
feliz separada de Venezuela y gobernada por sus hijos. Cesará
entonces la dominación venezolana en todos los altos puestos
civiles y militares , la que ciertamente no ha sido amable ni
hecho felices á los Granadinos. No hagamos, pues, los inmen-
sos sacrificios que la guerra nos costaría. » — Tal era la expre-
sión de los sentimientos mas generales en aquella época de agi-
tación. Ciertamente parecían justas, exactas y verdaderas casi
todas las quejas que hemos referido.
Otra importante cuestión que dividía los ánimos y agitaba los
partidos en la capital de la República era la persona que erf las
circunstancias debia ser elegida para presidente de Colombia,
conforme á la nueva constitución. La duración que esta habia
fijado para el presidente y vicepresidente era de ocho años , lo
que hacía aun mas importantes aquellas magistraturas. El com-
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CAPÍTULO XVI. 305
bate de opiniones se sostenía con fuerza por los amigos del
Libertador, que deseaban mantenerle al frente de la nación, que
su glorioso nombre y sus eminentes servicios harían respetable,
y por los enemigos de Bolívar. Odiábanle estos de muerte, y
tanto de palabra como por la imprenta le hacían una guerra
encarnizada, repitiendo los cargos, las calumnias y sarcasmos
que contenían los papeles de Venezuela, y aun añadiendo cuanto
les sugería su odio acerbo é inveterado. El partido demagógico
ó liberal exaltado, que antes capitaneára el general Santander,
revivió entónces con mas fuerza, dando abundante pábulo á sus
pasiones rencorosas. Él era el mas empeñado en que se recono-
ciera la separación de Venezuela, á fin de que no hubiese nece-
sidad de que Bolívar presidiera al gobierno de ambos pueblos.
Separados los dos países, había otros ciudadanos respetables
que pudieran regirlos.
Con esta guerra tan encarnizada , los euemigos del Libertador
habían conseguido el triunfo de minar todo su influjo, y de que
se le aborreciera así en Venezuela como en la Nueva Granada. La
lista de las faltas y errores que á Bolívar se atribuían , algunos
de los cuales se apellidaban crímenes contra la libertad, era
larga. Sus opiniones en Guayana desde 1819 á favor de un se-
nado vitalicio; la constitución boliviana, que su secretario Pérez
llamó « su profesión de fe política; » los ofrecimientos que se
le hicieron en el Perú y en Colombia de una Monarquía; sus
ataques á la constitución de Cúcuta, álos que esta no pudo re-
sistir; sus elogios desmedidos á Páez, porque también la com-
batiera en 1826, y el desprecio que hizo de los defensores del
gobierno; la disolución que se le atribuía de la convención de
Ocaña; la admisión de la dictadura y las fuertes medidas con-
siguientes á la conspiración del 25 de setiembre; el proyecto,
en fin , que otros concibieron de establecer en Colombia una
Monarquía : hé aquí los cargos que siempre se repelían para
inculcar y persuadir los proyectos ambiciosos y la tiranía que
le achacaban sus crueles enemigos. Cien veces se habían contes-
tado cargos tan manoseados; pero se repetian siempre con aire
de triunfo, bien convencidos los detractores del Libertador, que
al fin los harían creer y tener por verdaderos á las masas de
nuestros pueblos que reflexionan poco.
Añadíase á esto , que gran parte de los hombres pensadores
de la Nueva Granada, y aun muchos de sus amigos, censuraban
TOMO IV. 20
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HISTORIA T1K COLOMBIA.
á Bolívar algunos defectos capitales en su sistema gubernativo.
El principal y mas funesto era su excesiva condescendencia con
los militares. Habíales conferido desde i 826 grados y empleos
con prodigalidad. Antes de aquella época, Bolívar había sido
harto económico en conferir grados y ascensos, que daba con
mas profusión el vicepresidente general Santander. Mas luego
que principiaron las funestas divisiones entre estos dos jefes, el
Libertador tuvo que seguir el mismo camino, tanto respecto de
los altos empleos militares, como de los subalternos. Por con-
siguiente las rentas de Colombia apénas eran suficientes para
cubrir la lista militar. Sin embargo, la ambición de estos no
conocia límites; el Libertador con los premios no los ganaba
para sostener la tranquilidad y el órden. Otra de sus grandes
faltas en el gobierno era que habia elevado al poder militar
sobre las ruinas del civil, que estaba deprimido. Fundábase en
que solamente á este se le obedecía con puntualidad. Así los
militares mandaban de un extremo al otro de Colombia, ocu-
pando los primeros destinos desde las parroquias hasta las
grandes ciudades. Y lo mas sensible para los Granadinos, —
« eran en su mayor parte Venezolanos. »
Independiente de estos poderosos motivos que debían alejar
del mando supremo al Libertador, habia otro obstáculo que
oponía la misma naturaleza. Bolívar estaba gastado física y
moralmente. Sus largos trabajos y fatigas, así como sus crueles
sufrimientos morales , en medio de la tempestad que por todas
partes se habia levantado contra él, debilitaron su cuerpo, y su
alma no obraba ya con su antigua energía y acierto.
Sin embargo, por una debilidad inexcusable y contrariando
sus repetidas y solemnes protestas — « de que su único anhelo
era tornar á la vida privada, » el Libertador deseaba que se le
nombrase presidente constitucional de Colombia, y se habia
hecho un punto de honor el conseguirlo. Esta mudanza nacia :
primero, del influjo que sobre él ejercían algunos de sus ami-
gos, que habían conseguido persuadirle, que era debilidad suya
separarse del gobierno y ceder ai torrente de las pasiones de sus
enemigos, dejando expuestos los bienes mas preciosos de\sus
amigos á los resentimientos y venganzas del partido de los de-
mócratas exaltados, que sin duda iban á ocupar los primeros
destinos de la República; segundo, de las persuasiones de los
ministros y agentes diplomáticos residentes en Bogotá, que
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CAPÍTULO XVI.
307
también le instaban no dejase el mando , porque se empañaría
el brillo que su ilustre nombre habia dado á Colombia entre las
naciones extranjeras, y porque sin este poderoso vínculo de
unión sería acaso inevitable la disolución de la República ; ter-
cero, en fin, tenia en mira no dar á sus enemigos el triunfo
eleccionario, y que se gloriasen con razón, de que le habían
arrojado de la primera magistratura anulando su antiguo in-
flujo sobre los Colombianos, triunfo que costaba mucho á su
amor propio el concederles.
Por tan fuertes motivos el Libertador habia prohijado el plan
que algunos le sugirieron de que se le nombrase presidente en
las próximas elecciones, y que el congreso eligiese para vice-
presidente al general Üomingo Caicedo ; que este se encargára
del poder ejecutivo , dejando á Bolívar el mando del ejército , á
cuyo frente iria á ponerse, no con el objeto de hacer la guerra
á Venezuela, sino para defender á la Nueva Granada si era in-
vadida , y sostener al gobierno supremo , manteniendo la tran-
quilidad, el órden y la paz en las provincias.
Imbuido el Libertador de estas ideas, se le persuadió por
algunos que convendría reasumiese de nuevo el mando su-
premo que desempeñaba el general Caicedo por delegación suya.
No lo ejecuta sin embargo ántes de consultar la opinión de este,
la de sus ministros , del general Urdaneta y de los doctores
José María Castillo y Estanislao Vergara, á quienes convoca en
su casa el 21 de abril. Mas ninguno da su dictámen con fran-
queza, y la junta se disuelve sin acordar nada.
Al siguiente día hubo una grande efervescencia en Bogotá.
Desde temprano circuló el rumor de que se recogían firmas á
fin de elevar peticiones al congreso pidiendo que se reeligiese á
Bolívar; que los prelados de los conventos de regulares le ha-
bían escrito que no los abandonara , porque peligrábala religión
de Jesucristo; finalmente, que el coronel español al servicio de
Colombia, Demetrio Díaz, uno de los colectores de firmas, iba
á salir también á la cabeza de un escuadrón de milicias gri-
tando por las calles : — « Viva la religión y el Libertador como
presidente dictador. » — Se anuncia que serian victimas sacri-
ficadas por esta revolución los diputados del congreso Castillo,
Posádas y otros. La ciudad entera se alarma y ciérranse las
puertas de las tiendas. Mas el jefe del gobierno Caicedo recorre
las calles, calma á los tímidos y restablece la tranquilidad, ha-
»
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308
HISTORIA DE COLOMBIA.
ciendo prender á Díaz y á los que le apoyaban con mas calor.
Esta tentativa costó la vida á su autor (i).
En los días siguientes los bandos encontrados se agitaron vi-
vamente en la capital. En el congreso babia un partido fuerte
del que eran jefes los diputados Juan de Francisco Martin, y
Juan García del Rio , que deseaba reelegir á Bolívar presidente
constitucional. Este proyecto alarmó sobre manera á los repu-
blicanos exaltados , que amenazaron hasta con quitar la vida de
aquellos diputados. Hacía algún tiempo que el general en jefe
Rafael Urdaneta estaba unido con los primeros, y para hacerse
partido en Bogotá, trabajaba por que la Nueva Granada se diso-
ciase de Venezuela, y contra la reelección del Libertador. Este,
sin embargo , habia influido con el gobierno para que nombrase
á Urdaneta comandante general de Cundinamarca,áfin de que
mantuviera la tranquilidad pública, encargo que desempeñó
con mano firme y vigorosa. Otras defecciones semejantes de sus
amigos vió el Libertador en aquella época. Sufriólas en calma ,
aunque le causaron sensaciones harto amargas.
Entre estas contaron algunos la del presidente del consejo
Caicedo , y la de otros de los ministros nombrados por el mismo
Libertador; díjose que le hacían la guerra, unos pública, y
otros solapadamente. Los miembros de la administración podían
contestar que obraban así para proceder conforme á la opinión
de la mayoría nacional decidida contra el sistema gubernativo
que Bolívar habia planteado, explicación que es bastante satis-
factoria para sincerar su conducta oficial.
Mas no todos los que opinaban contra la reelección del Liber-
tador eran desertores de su amistad. Muchos de sus verdaderos
amigos no querían que se le reeligiera, porque juzgaban que el
reposo y aun la vida del héroe estaban muy interesados en que
definitivamente abandonara el mando supremo. Siguiendo esta
idea le persuadieron algunos, que convocase una junta á la que
él no asistiera , cuyo objeto sería examinar si convendría decir
al congreso que no le nombrase para la presidencia de la Repú-
blica. Reunióse en efecto en la casa del general Caicedo, coin-
t
(1) El 29 del mismo abril , el coronel Díaz fué remitido preso á Cartagena.
En el camino le hizo quitar la vida el oficial conductor capitán Juan Arjona.
Mándasele procesar, lo mismo que al capitán Manuel Hernández, proceso
que no tuvo resultado alguno contra los acusados de aquel delito.
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CAPÍTULO XVI.
309
puesta de los miembros del gobierno ; también asistió á ella por
encargo especial del Libertador el señor Luis A. Baralt, ciuda-
dano independiente por su fortuna, porque á nada aspiraba,
sincero por carácter y capaz de dar un consejo. Examinóse dete-
nidamente la cuestión, y los concurrentes fueron por unanimi-
dad de opinión — « que convenia á la paz y tranquilidad de
Colombia que el Libertador no fuese reelegido para la presi-
dencia de la República. » Fundábanse en que Venezuela lo
rechazaba con violencia, y la Nueva Granada se exponia á
iguales actos de revolución y á criminales atentados si Bolívar
obtenía de nuevo la presidencia constitucional, por elección del
actual congreso, al que algunos consideraban como hechura
suya por haberlo convocado. Mas que si los colegios electorales
que se reunirían en octubre próximo le daban sus votos, esta
elección popular le sería honrosa, y entonces debia aceptar la
primera magistratura.
Los señores Caicedo , Herran y Baralt fueron comisionados
por la junta para decir al Libertador el resultado de su delibe-
ración. La escena fué desagradable por la molestia é irritación
que tuviera al saberlo ; aun dió á entender á Caicedo que su
opinión era interesada para que se le nombrase presidente.
Sin embargo, los comisionados, al mismo tiempo que sincera-
ban la rectitud de sus intenciones, se mantuvieron firmes en
su dictámen. Bolívar en lo que mas insistía era en preguntar
¿cómo quedaba él, siendo el ludibrio de sus enemigos cuando
dejára el mando? Á esto le contestaban que él era siempre el
mas alto jefe militar, el primero y mas ilustre ciudadano de
Colombia; que en la Nueva Granada, donde quiera que fijara
su residencia, sería acatado y consultado por todos, cual otro
Washington.
El Libertador, después de meditar en calma y con deteni-
miento una cuestión de tamaña trascendencia, quedó persuadido
de que se le daha un consejo de verdadera amistad , el que
apreció debidamente. Supo también por otros, que este mismo
era el sentir de gran número de sus amigos y de los hombres
influentes de casi todos los ángulos de la República, reunidos
entónces en la capital. Abandonó , pues , el proyecto que aun
abrigaba, de que se le nombrase presidente para mandar sola-
mente las tropas, y que el general Caicedo como vicepresidente
se encargára del poder ejecutivo. Resignándose entónces á lo
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310
HISTORIA DF. COLOMBIA
que exigían las circunstancias actuales de Colombia, y le acon-
sejaban sus mas fíeles amigos, dirigió al congreso constituyente
su último mensaje, concebido en estos términos :
« ¡ Conciudadanos !
» Concluida la constitución, y encargados como os halláis por
la nación de nombrar los altos funcionarios que deben presidir
la República, he juzgado conveniente reiterar mis protestas
repetidas de no aceptar otra vez la primera magistratura del
Estado, aun cuando me honraseis con vuestros sufragios. —
Debéis estar ciertos de que el bien de la patria exige de mí el
sacrificio de separarme para siempre del país que me dio* la vida,
para que mi permanencia en Colombia no sea un impedimento
á la felicidad de mis conciudadanos.
» Venezuela ha pretextado, para efectuar su separación, miras
de ambición de mi parte ; luego alegará que mi reelección es un
obstáculo á la reconciliación , y al fin la República tendría que
sufrir un desmembramiento ó una guerra civil.
# » Otras consideraciones ofrecí á la sabiduría del congreso el
dia de su instalación, y unidas estas á otras muchas, han de
contribuir todas á persuadir al congreso, que su obligación mas
imperiosa es la de dar á los pueblos de Colombia nuevos magis-
trados, revestidos de las eminentes cualidades que exige la ley
y dicha pública.
» Os ruego, conciudadanos, acojáis este mensaje como una
prueba de mi mas ardiente patriotismo, y del amor que siempre
he profesado á los Colombianos.
» Simón Bolívar. »
El congreso dirigió al Libertador en 30 de abril una contesta-
ción muy honrosa á ambos. Después de elogiar el patriotismo y
desinterés que manifestaba en su mensaje , decia : que los re-
presentantes al consignar sus votos en la urna electoral pesarían
en el fondo de su conciencia cuál era la persona que el bien de
la República exigiera elevar á la primera magistratura. Después
anadia : « Sea cual fuere , Señor, la suerte que la Providencia
prepara á la nación, y á vos mismo, el congreso espera que iodo
Colombiano sensible al honor y amante de la gloria de su patria
os mirará con el respeto y consideración debida á los servicios
que habéis hecho á la causa de la América , y cuidará de que
conservándose siempre el brillo de vuestro nombre, pase á la
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CAPÍTULO XVI. 311
posteridad cual conviene al fundador de la Independencia de
Colombia. »
Por el mensaje del Libertador se publicó su resolución defi-
nitiva de abandonar á su país natal , teatro de sus glorias , y al
que habia becho tan grandes servicios en la guerra de Indepen-
dencia. Sus enemigos en Venezuela y en la Nueva Granada
temian sobre manera que renaciese el influjo debilitado de
Bolívar, y que este derrocára su poder naciente. Exigían por
eso que saliera de Colombia , cubriendo su negra ingratitud y
sus pasiones, tan interesadas como rencorosas , con el manto
del bien público. Sus amigos deploraban profundamente este
sacrificio doloroso que se le quería imponer ; mas por diferentes
motivos deseaban se verificase. De una parte esperaban que las
atenciones , obsequios y consideraciones que en Europa se pro-
digarían al Libertador, calmarían sus penas y la profunda me-
lancolía que se iba apoderando de su ánimo ; esperaban igual-
mente que los viajes restablecerían acaso su salud arrancándole
del teatro de sus padecimientos morales. Querían ademas sacar
á Bolívar de Colombia , para que en la lueba de los partidos ,
que probablemente aun debia causar revoluciones, no se le
comprometiese en algún paso indebido, ni su nombre se tomára
como enseña para nuevos trastornos.
Una vez persuadido Bolívar de que su ausencia del pa-
trio suelo podia contribuir al restablecimiento de la unión,
de la paz y de la concordia entre los Colombianos, se resig-
nó con sinceridad y firmeza, preparándose para seguir á Car-
tagena.
El general Flórez, el obispo Lasso y los principales Habitantes
de Quito le llamaron para que fuese á pasar allí el resto de sus
dias, dirigiéndole una muy bien sentida representación; esta
hacía un contraste nada honroso para los Venezolanos , que al
mismo tiempo exigían su perpetuo ostracismo. Empero el Liber-
tador se mantuvo firme en el propósito enunciado, de abandonar
para siempre las playas de su patria y los lugares que le vieron
nacer. Hé aquí el premio que han dado siempre á sus mas fieles
serMdores las repúblicas antiguas y modernas , con muy raras
excepciones.
Cuando el Libertador tomaba aquella determinación final , el
encargado del poder ejecutivo adoptaba otra bien importante
(abril 27). Tal era la supresión de las prefecturas generales del
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312 HISTORIA DE COLOMBIA.
Ecuador y del Magdalena, creadas por Bolívar durante la dic-
tadura. Dieron motivo á esta disposición las noticias seguras
que tuvo el gobierno colombiano por medio de personas fidedig-
nas, de que Flórez, prefecto general del sur, valiéndose de la
extensa autoridad que ejercía, trataba de formar un Estado in-
dependiente de los tres departamentos meridionales. Creyóse
que privándole de aquella autoridad , podría acaso impedirse
esta nueva división de Colombia. El prefecto general del Magda-
lena, Montilla, obedeció el decreto de supresión, y después
veremos lo que hizo Flórez.
Miéntras tanto el congreso constituyente finalizó sus tareas,
terminándose la constitución de Colombia el 29 de abril, laque
se firmára el 3 de mayo. Señalóse el A para el nombramiento
del presidente y vicepresidente de la República , cuya duración
solo debia ser hasta las próximas elecciones constitucionales.
Verificado el primer escrutinio resultó que tenia mas votos el
doctor Eusebio María Canabal, y que le seguiael señor Joaquín
Mosquera, candidato de los republicanos exaltados. Luego que
se principiára el segundo escrutinio , que anunciaba el mismo
resultado , comenzó á sentirse un grande movimiento en las
galerías , y gritos de que se Uamára al pueblo para impedir
semejante elección; en efecto, muchas personas salieron cor-
riendo hácia la calle á excitar un tumulto. Alarmados los repre-
sentantes, que temían una tropelía, cambiaron sus votos dán-
dolos á Mosquera ; así en breve resultó nombrado presidente de
la República , sin que su elección tuviera la absoluta libertad
que debia desearse en aquellas circunstancias críticas. Canabal
era el candidato de los amigos de Bolívar, y sin aquel movi-
miento se le habría elegido presidente. Los enemigos del Liber-
tador no querían que se le nombrára, porque le consideraban
como hechura é instrumento suyo. Les convenia acabar del
todo con su poder.
El general Domingo Caicedo fué nombrado vicepresidente,
sin que el Libertador hubiera tenido un solo voto en estas elec-
ciones. Aun sus mejores amigos estaban persuadidos de que^uo
convendría nombrarle á fin de que su elección no fuera un
obstáculo para la incorporación de Venezuela, y para que no
se alarmáran los celosos republicanos con la permanencia de un
mismo hombre en el mando supremo por tantos años. Los
exaltados celebraron este resultado y la salida final de Bolívar ó
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CAPÍTULO XVI.
313
la terminación de su gobierno con músicas, cohetes y algazara,
procedimiento que debió serle muy sensible.
Hallándose Mosquera ausente en Popayan, su país natal,
acordó el congreso que se llamára al vicepresidente para que
prestando el juramento constitucional , se encargase del poder
ejecutivo. Verificóse aquel acto solemne en la misma sesión.
También se participó al Libertador por medio de una diputación
de cuatro miembros del congreso, diciéndole — « haber este
cumplido ya con los objetos de su convocatoria, y que por con-
siguiente debia cesar el decreto orgánico de 27 de agosto de
J828, y las facultades que por la convocatoria se reservó el
Libertador, á quien se le expresara la gratitud de la nación por
los servicios que le ha prestado. » Bolívar se manifestó muy
complacido con este mensaje, felicitó al congreso por el término
de sus trabajos y por la elección de magistrados que merecían
la confianza de los pueblos. Dijo — « que él quedaba reducido
á la vida privada, que tanto habia deseado ; y que si el congreso
quería una prueba especial de su ciega obediencia á la consti-
tución y á las leyes, estaba pronto á dar la que se le exigiese. »
Tal era y habia sido siempre la sumisión á los escogidos del
pueblo, del hombre á quien se llamaba tirano.
En esta misma célebre sesión el diputado por el Socorro,
doctor Salvador Camacho , — a hizo presente que la República
debia al Libertador una gran suma de servicios que debia satis-
facerle, y que habiendo vuelto á la vida privada, era muy justo
que, bien existiese en Colombia ó fuera de ella, si lo creía con-
veniente, se le continuase la pensión que por toda su vida le
decretó la legislatura en 23 de julio de Í823, á cuyo efecto de-
bia expedirse un decreto por el congreso. » — Esta moción,
apoyada por el diputado Joaquín Posada, se aprobó por una-
nimidad del congreso. Tan brillante testimonio del reconoci-
miento nacional hácia el primer hombre de la América del Sur,
fué redactado inmediatamente en un decreto á fin de que
sufriera la segunda y tercera discusión.
yespues de haber terminado el congreso sus tareas constitu-
cionales, cada uno de sus miembros juró obedecer y defender la
nueva constitución que se envió al poder ejecutivo (mayo 5).
Este la mandó publicar, cumplir y ejecutar por todos los pueblos
de la República.
Como ya todo el mundo estaba persuadido que no la acepta-
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314 HISTORIA DE COLOMBIA.
ria Venezuela, el congreso meditó y acordó definitivamente el
decreto legislativo que habia propuesto el diputado Vélez , en
que se daban reglas para este caso. La constitución se debía
ofrecer por el gobierno á los pueblos de la antigua Venezuela
como un vínculo de unión y concordia; si dichas provincias se
negaban á aceptarla, á ménos de que en ellas se hicieran va-
riaciones, se convocaría inmediatamente una convención colom-
biana en la villa de Santa Rosa de la provincia de Tunja , que
decidiría lo que estimase conveniente al bien general. Si aque-
llas provincias rechazaban enteramente la constituciou, y todos
los medios que se les ofrecían para conservar la unión, tampoco
se les haría la guerra á fin de obligarlas á respetar el nuevo
pacto. Entónces convocaría el gobierno inmediatamente una
convención de diputados del resto de Colombia , á fin de que
prescribiera al ejecutivo la conducta que debia observar, y re-
viese la constitución que se adaptaría cuanto fuese posible á los
intereses nacionales. Este decreto, hijo de las circunstancias y
resultado de largas meditaciones de los escogidos del pueblo,
salvó á la República de una guerra sangrienta, calmó la inquie-
tud y efervescencia de los partidos, y fué el primer acto legal
dictado para la separación de Venezuela y la disolución de
Colombia. Grandes esfuerzos y dolorosas sensaciones costó á
muchos representantes el decidirse á quitar la primera piedra
del hermoso edificio de la República de Colombia ; mas érales
preciso sujetarse á la imperiosa ley de la necesidad , y sacri-
ficar sus fuertes convicciones. Acompañáronlos en este sacri-
ficio multitud de Colombianos, que veían como uno de los
mayores males que pudiera sucedemos la disolución de Co-
lombia.
Solamente habían corrido dos dias después de acordarse tan
importantes disposiciones, cuando acaeció un suceso desagra-
dable que manifestaba el estado de transición y de una verda-,
dera crisis revolucionaria en que se hallaba la República. El
batallón Granaderos y el escuadrón Húsares de Apure, que
componían la guarnición de la capital, se sublevaron al amane-
cer del 7 de mayo : ellos pusieron presos á sus comandantes
Mugüerza y Soto, se apoderaron del parque y se sujetaron á las
órdenes del general venezolano Trinidad Portocarrero. Este,
auxiliado y de acuerdo con otros generales, especialmente con
Luque, fué el autor principal del motin. En vano el ministro
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CAPÍTULO XVI. 315
de la guerra Herran, el comandante general Urdaneta y otros
jefes se presentaron en el cuartel de los sediciosos ; todos fueron
rechazados. La primera demanda que hizo Portocarrero fué que
le dieran bagajes, víveres y setenta mil pesos, suma á que dijo
ascendía lo que se les adeudaba, y que le era necesaria para
trasladarse á Venezuela con los cuerpos insurrectos. Se les ofre-
cieron mil pesos para raciones y los bagajes precisos con tal
que no hicieran daños.
Luego que esto sucediera se publicó un bando para que se reu-
nieran las milicias, y lodos los demás ciudadanos que tuvieran
armas. Á las diez de la mañana había ya en la plaza de la Ca-
tedral cerca de mil voluntarios, los ochocientos armados de fu-
sil, pero con muy pocas municiones , porque los sublevados
ocupaban el parque. Muchos eran de opinión que se les hosti-
lizara ; pero otros, mas prudentes , inclusos los miembros del
gobierno, previendo los males que podían seguirse de un cho-
que tan desigual con tropas veteranas , contuvieron la impe-
tuosidad , especialmente de doscientos jóvenes estudiantes apos-
tados en el edificio de la alta corte. Sin embargo , aquellas
muestras de entusiasmo y decisión impusieron á los amotina-
dos : ellos no se atrevieron á cometer exceso alguno ; antes por
el contrario aceleraron su partida, rebajando sus primeras y exa-
geradas demandas , pues se contentaron con mil pesos y los
bagajes ofrecidos. Á las dos de la tarde desfilaron quinientos
buenos soldados del batallón Granaderos y ciento ochenta hú-
sares, tomando la ruta de Venezuela. Acompañóles por disposi-
ción del ejecutivo el general Laurencio Silva, encargado de man-
tener el orden, proporcionarles vituallas y bagajes y de condu-
cirlos hasta la raya de Venezuela. Ejecutólo de buena voluntad,
tanto mas que muchos creyeron que tal motinsehabia fraguado
con su conocimiento y aprobación. Una columna de milicias de
caballería, mandada por el general Urdaneta, marchó también
al día siguiente pisando las huellas de los cuerpos amotinados,
con el objeto de contenerlos y promover la deserción que era
inevitable , lo que en gran parte consiguiera. El comandante
geíeral de Boyacá también reunió algunas milicias; pero ha-
biendo el prefecto doctor Bernardino Tovar dado en Tunja los
correspondientes auxilios á los cuerpos sublevados , estos con-
tinuaron pacíficamente su marcha hacia Pamplona. No cau-
saron otro daño á los pueblos que las raciones que les dieran y
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316 HISTORIA DE COLOMBIA.
una multitud de caballerías exigidas para bagajes, y que, se-
gún los abusos acostumbrados por mucbos militares de aquella
época, no devolvieron á sus dueños.
El motin de los granaderos excitó en la capital una grande
irritación contra el Libertador. Creyóse generalmente quealgunos
de sus amigos lo babian azuzado y promovido, y que él lo supo
de antemano. Es cierto haber dicho Bolívar, que desde ántes
sabia que iba á estallar el motin después de su partida, sin que
tratara de impedirlo. Atribuyéronsele también aquel dia , sin
exactitud, algunas expresiones indiscretas de las que solían
escapársele con frecuencia, las que hicieron creer que aprobaba
el movimiento. Opinóse que esta irregular é inesperada conducta
se originaba del profundo resentimiento que tenia contra los
llamados liberales de la capital, y de planes que abrigaba para
lo venidero. Decíase por aquellos que Bolívar, excitando la in-
disciplina y sedición en las tropas , quería persuadir que si él
no gobernaba , la anarquía iba á extender su funesto im-
perio por donde quiera , y que esto obligaría á los pueblos á
llamarle de nuevo al mando supremo. Otros sospechaban que
Bolívar, haciendo ir á Venezuela á aquellas tropas, se preparaba
con ellas uua base de operaciones contra Páez á fin de hacerle
una revolución. Todos estos proyectos fueron meras sospechas
y hablillas contra el Libertador. Él no confiaba en Portocarrero ,
y si hubiera tenido parte en aquel motin , habría escogido para
dirigirlo á otro jefe de su confianza. Ademas ofreció al gobierno
en aquel dia que él mismo iria al cuartel de los sublevados , si
lo juzgaba conveniente para apaciguar la sedición. Tampoco
son excusables los liberales que, llamando serviles á los amigos
del Libertador, así como á los oficiales y soldados que guarne-
cían á Bogotá , enardecieron sus resentimientos y aceleraron la
defección de aquellas tropas ; ellas sin duda tendrían simpatías
por la revolución de Venezuela , y esto sería acaso el motivo
principal de su alzamiento.
La noche siguiente (mayo 7) no fué tranquila para Bolívar :
temía la exaltación de las milicias acuarteladas , especialmente
de los doscientos jóvenes estudiantes. Estos despedazaron su
retrato, colocado en una de las salas de la suprema corte de
justicia. También pretendían que se impidiera el próximo viaje
del Libertador, á quien suponían planes concertados para opri-
mir á los pueblos y destruir la libertad con las tropas que exis-
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CAPÍTULO XVI
317
tian en el departamento del Magdalena 0). Mas los oficiales per-
suadieron á la juventud exaltada que no debía turbar el orden
ni alterar la tranquilidad pública. Sin embargo parece que Bo-
lívar no durmió aquella noche , temiendo un insulto. El vice-
presidente Caicedo le acompañó en su casa de habitación , para
mayor seguridad de Bolívar.
Por estos sucesos se temia que al emprender su viaje el Liber-
tador, cometieran los exaltados algún desacato hácia él; empero
nada sucedió. Por el contrario, se le presentó una manifestación
de respeto y consideración firmada por los principales habitantes
de Bogotá, la que hubiera tenido mayor número de firmas, sin
las sospechas que infundieron los sucesos del 7 de mayo. Por
esta misma causa no le acompañaron á su salida algunas per-
sonas que estaban prontas á darle esta prueba final de su
amistad (mayo 8). Sin embargo salieron en su compañía los
ministros del gobierno , los miembros del cuerpo diplomático ,
muchos militares y ciudadanos , con algunos extranjeros. En
todos los pueblos del tránsito fué recibido y tratado Bolívar con
las atenciones debidas al que por tantos años habia gobernado
á Colombia , y al primer campeón de la Independencia. Se di-
rigía hácia Cartagena.
Al siguiente dia después de su partida acordó el congreso de-
finitivamente el decreto que discutía en su favor. Él hace mucho
honor á los representantes de Colombia que lo dieran , y al
Libertador, que era su objeto. Cuando en esta época la ingra-
titud, los dicterios y las calumnias contra Bolívar pasaban por
una ejecutoria de liberalidad y republicanismo , sobre todo en
Venezuela, su patria, era un consuelo para la humanidad y
para la virtud ver á los miembros del congreso , casi todos gra-
nadinos del centro y del sur de Colombia , ofrecer por unani-
midad al Libertador un tributo de la gratitud nacional; prome-
terle que sería tratado con la consideración y respeto debidos al
primero y mejor ciudadano de Colombia en cualquier lugar de
la República en que fijára su residencia ; continuarle , final-
mente , la pensión de treinta mil pesos anuales por todos los
(1) Decían que iba á ponerse á la cabeza de dos mil hombres que asegu-
raban existir en Ocaña. Era falso este número, pues solo estaba allí el escaso
batallón Apure. Los dos escuadrones de Ayacucho habían marchado, el uno
al Socorro, y el otro á la provincia de funja, donde fué disuelto.
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318 HISTORIA DR COLOMBIA.
dias de su vida (i). Bolívar la necesitaba, porque estaba pobre
y no tenia con qué vivir en una tierra extranjera. Este habia
sido uno de los mayores obstáculos para determinarse á dejar á
Colombia (*).
Ademas se habia ocupado el congreso en acordar la ley de
elecciones y otras complementarias de la constitución. Termi-
náronse bien pronto sus tareas , y el 10 de mayo por la noche
cerró sus sesiones. Patriotismo , deseos ardientes de hacer feliz
á su patria, talentos y conocimientos prácticos de las habitudes,
usos, costumbres y necesidades de los pueblos que iban á cons-
tituir principios sólidos y no exagerados de libertad , y una
calma imperturbable en medio del torbellino de las pasiones y
de los partidos, hé aquí las cualidades que desplegára el con-
(1) Hé aquí el texto de este decreto :
« £1 congreso constituyente,
» Considerando :
» Que el Libertador Simón Bolívar no solo ba dado existencia y vida á
Colombia por sus interesantes é inauditos esfuerzos, sino que ha excitado
la admiración del universo por sus proezas y eminentes servicios á la causa
americana ;
» Que ha cesado de ser presidente de la República, desde que insis-
tiendo en hacer dimisión del mando , el congreso nombró su sucesor ;
» Que el desinterés y la noble consagración de que ha dado las mas dis-
tinguidas pruebas desde que comenzó su carrera pública , exigen una de-
mostración de la gratitud nacional , que le ponga á cubierto de los efectos
de un generoso y sin igual desprendimiento,
> Decreta :
> Artículo 1°. £1 congreso constituyente á nombre de la nación colombiana
presenta al Libertador Simón Bolívar el tributo de gratitud y de admiración,
á que tan justamente le han hecho acreedor sus relevantes méritos y sus
heróicos servicios á la causa de la emancipación americana.
> Articulo 2». En cualquier lugar de la República que habite el Libertador
Simón Bolívar, será tratado siempre con el respeto y la consideración de-
bidas al primero y mejor ciudadano de Colombia.
» Artículo 3°. £1 poder ejecutivo dará el mas puntual y exacto cumpli-
miento al decreto del congreso, de 23 de julio de 1833, por el cual se
concedió al Libertador Simón Bolívar la pensión de treinta mil pesos an%ales
durante su vida, desde el dia en que terminase sus funciones de presidente
de la República ; y esta disposición deberá tener efecto , cualquiera que sea
el lugar de su residencia.
> Dado en Bogotá á 9 de mayo de 1830, etc. »
(2) Véase la nota 23».
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CAPÍTULO XVI. 319
greso constituyente de \ 830. Los Venezolanos y otros que
seguían su bando político , lo quisieron ridiculizar llamándole
con el apodo de admirable, epíteto que Bolívar le habia dado en
una carta á Páez ; empero la reputación de este congreso está
colocada fuera del alcance de los tiros de la maledicencia y de
la ironía.
La constitución que dio* á Colombia bajo del sistema de go-
bierno republicano unitario y conforme á las basas que ántes
hemos analizado , era muy superior á la de Cúcuta , en la que
introdujo mejoras importantes. Pero todo el mundo la juzgaba
provisional, porque Venezuela de ningún modo la aceptaría , y
esta circunstancia desgraciada le hacía perder su mérito. Ella
nos excusará también de añadir su análisis.
Los jefes encargados de ejecutar la nueva constitución tam-
poco eran los mas á propósito. El señor Joaquín Mosquera
poseía talentos, patriotismo y probidad; mas carecía de expe-
riencia en el ejercicio del gobierno y se dudaba mucho que
tuviera la firmeza necesaria para conjurar las tempestades que
probablemente se levantarían. El vicepresidente Caicedo con
una bondad extremada de corazón , y con valor personal era
débil en el ejercicio del poder ejecutivo, y á pesar de sus buenos
deseos cometía errores perjudiciales, á lo que contribuía que
sus talentos y conocimientos eran limitados. Él continuaba
desempeñando el gobierno miéntras que se trasladaba á la ca-
pital el señor Mosquera, que aceptó la presidencia.
En aquella crisis peligrosa se hubiera necesitado al frente del
gobierno supremo un ciudadano de grande influjo , de mucha
energía y de un renombre militar que arrancára la obediencia
á tantos generales que se denominaban libertadores. Este
hombre probablemente hubiera sido el gran mariscal de Aya-
cucho. Mas diferentes circunstancias concurrieron á su exclusión.
En primer lugar, él inspiraba temores á los liberales exaltados
por sus ideas en favor de una Monarquía ; y en segundo, algunos
de sus discursos en el congreso y sus conversaciones privadas,
en que zahería á la administración anterior de Colombia, á los
miliares, al clero y á otras clases del Estado, le atrajeron ene-
migos políticos , los que aumentára la indiscreción del Liber-
tador, cuando le llamó — «el mas digno general de Colombia. »
Por tales motivos se propusieron algunos miembros influentes
del congreso, entre ellos principalmente el doctor Castillo,
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320 HISTORIA DF. COLOMBIA •
excluir á Sucre de la presidencia de la República. Hizo , pues ,
aquel, sin que se percibieran sus fines, que se adoptase el arti-
culo constitucional — « de que tuviera el presidente cuarenta
años de edad. » Así, cuando muchos diputados pensaron elegir
á Sucre, ya no pudieron hacerlo porque se lo impedia aquella
disposición, indebida y perjudicial en extremo. Sucre de ningún
modo se dió por ofendido ; pues manifestaba una aversión deci-
dida á mandar en Colombia, despedazada por tantos partidos, á
lo que sin duda contribuían sus desengaños en el Perú y
Bolivia, y el amor que tenia á su familia.
La elección de Sucre para la primera magistratura habría
sido muy importante , sobre todo respecto del ejército, que era
tan adicto al Libertador, y que respetaba á Sucre como á su
segundo en los altos hechos de armas. Separado Bolívar del
mando supremo , habia temores de que sobrevinieran actos de
insubordinación hácia el nuevo gobierno. Bien pronto se reali-
zaron en la división Boyacá, estacionada en Pamplona y lugares
inmediatos. El vicepresidente envió á que toniára el mando de
estas fuerzas al general granadino Francisco de Paula Vélez.
Empero el jefe de la división Florencio Jiménez reunió en junta
el 29 de abril á los oficiales , venezolanos casi todos , los que
hicieron un acta diciendo : « que hallándose rodeados de dudas
acerca de la existencia del gobierno y del estado de la República,
se suspendiera la entrega del mando á los generales Vélez y
Fortoul ; al primero miéntras se disipaban los recelos que de
todas partes se inspiraban á la división , y al segundo porque
se habia pronunciado contra el gobierno. En dicha acta expre-
saron los oficiales sus recelos de que se pretendia disolver
aquellos cuerpos é introducir en ellos la anarquía; protestaron
al mismo tiempo que sus deseos eran mantener íntegra y unida
la división. En efecto, semejantes recelos y la poca prudencia
del general Vélez, que en esta época era muy exaltado contra
las tropas y personas adictas al Libertador, pudieron influir en
aquel acto de insubordinación militar.
Al mismo tiempo llegaba á la línea del rio Táchira una divi-
sión venezolana mandada por el general Mariño. Este ofició
desde allí al gobierno colombiano, manifestándole — « que
algunos temores que se tenían en Venezuela sobre sus inten-
ciones, habían inducido á su gobierno á enviar aquellas tropas,
cuyas miras no eran hostiles á la Nueva Granada; y que jamas
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CAPITULO XVI.
se habia pensado en violar el territorio granadino. Negaba que
Venezuela hubiera tenido parte en la rebelión de Casanare , de
lo que se habia quejado uuestro gobierno y reconvenido á Páez;
mas confesando que habían dado protección á dicha provincia ,
aseguraba Marino, que ni él ni su gobierno pensaban intervenir
en los negocios de la Nueva Granada.
Pero muy pronto se olvidó Mariüo de ambas promesas. Pre-
textando los temores que tenían algunos habitantes de los valles
de Cúcuta de que se les atacara, porque habían negado la obe-
diencia y desconocido al gobierno de su patria, erigiendo una
junta que presidia el bien conocido doctor Francisco Soto, y
de la que era miembro el general Pedro Fortoul , pasa la fron-
tera y fija su cuartel general en la villa de San José. Dijo entón-
ces que él lo hacía con el fin de proteger aquellos pueblos, que
se habían pronunciado contra la tiranía del general Bolívar, á
quien obedecían las tropas existentes en Pamplona ; fútiles pre-
textos, pues todo el mundo sabia que desde dos meses ántes
estaba el Libertador separado del mando. Hablando á su go-
bierno alegó también que daba paso tan indebido con el fin de
buscar víveres para sostener la división, los que no podia con-
seguir en la villa de San Antonio.
Cumplido este proceder aventurado y ofensivo , pues violaba
el territorio granadino, Mai-ino al mismo tiempo que ofrecía al
gobierno supremo que lo desocu paria inmediatamente que des-
aparecieran sus temores de parte del gobierno colombiano,
aseguraba que no pretendía intervenir en los negocios de la
Nueva Granada : como si esta no fuera intervención, y como si
también no lo fuese la pregunta que muy sériamente dirigía á
nuestro gobierno, de que — « si pensaba compeler por la
fuerza á los pueblos á quienes Venezuela habia ofrecido su pro-
tección, á que aceptáran la constitución colombiana. » Era muy
sencilla la respuesta de esta indebida ingerencia del general
venezolano , y no creemos que el gobierno de Colombia se de-
gradase á darla. Tales contradicciones en una misma nota pre-
sentan la medida exacta de los talentos políticos de Marino,
quiin tuvo siempre altas pretensiones, sin aptitud para darles
cima.
Pero á la vez que improbamos tales actos indebidos, referire-
mos con placer otros del mismo general que contribuyeron á
cimentar la paz entre ambos pa/ses. Marino se puso en comu-
TOMO IV. ii
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322 HISTORIA DE COLOMBIA.
nicacion con el general Florencio Jiménez, y le manifestó : que
habiendo él y los oficiales de la división acantonada en Pam-
plona desobedecido al gobierno, en cuyo territorio existían, se
bailaban en posición muy precaria, y eran una amenaza conti-
nua contra la paz y tranquilidad de los pueblos. Anadia que
siendo casi todos los hombres de que se componia la división
Venezolanos de nacimiento, su patria los reclamaba con justi-
cia; en consecuencia ios invitaba á que marcháran á unirse con
las tropas de Venezuela, cuyo gobierno estaba pronto á reci-
birlos con demostraciones de puro amor y reconocimiento.
Aunque esta proposición fuera rechazada al principio por
Jiménez, quien la creyó ofensiva al honor de los cuerpos que
mandaba, después de darse nuevas y mutuas explicaciones , se
arregló el convenio por medio del coronel Francisco María Fá-
rias, que pasó al campo de Marino. Jiménez participó en conse-
cuencia al gobierno de Colombia, que tanto él como los jefes y
oficiales de la división habían determinado irse á Venezuela,
usando de la autorización y pasaporte que en 7 de mayo les
había concedido el mismo gobierno á fin de que pudieran ha-
cerlo todos los hijos de aquel país. Dijo también que la división
marchaba unida, llevando sus armas y municiones. Los bata-
llones Rííles y Cazadores de occidente, así como Granaderos y
el escuadrón Húsares de Apure, que debían llegar á Pamplona,
emprendieron su marcha hácia Cúcuta el 27 de mayo unos, y
los últimos el 2 de junio, donde fueron incorporados al ejército
venezolauo. Así la Nueva Granada quedó libre de la inquietud
que producía la insubordinación de aquellos cuerpos , que se
ponderó eutónces mas de lo que era en efecto. El comandante
de la columua de occidente Castelli no había participado de
ella, motivo por el cual Jiménez le hizo prender. Esta conducta
honra la moralidad del coronel Castelli, la que contrasta con la
bulliciosa indisciplina de los coroneles Andrade y Fárias, auto-
res principales del motín que estalló el 29 de abril.
Antes de saberse este resultado , temeroso el vicepresidente
Caicedo de la proximidad de las tropas venezolanas á nuestra
frontera, y de que las intrigas criminales de algunos revoltosos
nos empeñaran por fatalidad en una guerra cuyo término sería
difícil prever, se apresuró á nombrar las personas que conforme
al decreto legislativo de 11 de mayo debían presentar la cons-
titución al congreso de Venezuela. Fueron escogidos los señores
A
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CAPÍTULO XVI.
323
Juan de Dios Aranzazu y Francisco Soto. El comisionado Aran-
zazu partió sin demora hácia Cúcuta, donde Soto no quiso ad-
mitir el encargo que se le habia conferido.
Aranzazu halló á Marino en la villa de San José ; instruyóle
del decreto expedido por el congreso colombiano, según el cual
no podía haber ningún peligro de que la guerra se empeñára
con Venezuela para someterla de nuevo á la unión. Participóle
también la separación definitiva del mando del Libertador y su
viaje á Cartagena. Esta franca manifestación, junto con la in-
corporación á sus tropas de la división Boyacá, disipó entera-
mente los temores verdaderos ó aparentes de Marino, quien sin
tardanza repasó la línea divisoria entre los dos países, que
forma el rio Táchira; Aranzazu le proporcionó los medios ne-
cesarios para moverse; habíaselos ofrecido el fantasma de go-
bierno revolucionario existente en Cúcuta, que no podía cum-
plir sus promesas tan lijeras como imprudentes.
Hizo entónces Mariüo un acto de justicia, en que le habia
precedido el gobierno colombiano. Tal fué haber formado una
columna de todos los jefes , oficiales y soldados granadinos que
habia en sus tropas. Los puso al mando del antiguo comandante
del batallón Boyacá, coronel Várgas, no de muy buena celebri-
dad, dejándolos en nuestro territorio. Desde ántes el poder eje-
cutivo habia dispuesto que se licenciáran todos los Peruanos,
Bolivianos y Venezolanos que hubiese en el ejército que estaba
sujeto á sus órdenes. Con estos pasos y providencias conciliato-
rias se disipó cuteramente la ansiedad penosa que existia tanto
en la Nueva Granada como en Venezuela, de que se rompiese
una guerra fratricida y destructora entre ambos países.
El comisionado Aranzazu consiguió por medio de sus persua-
siones é influjo, que aquella columna de jefes, oficiales y solda-
dos granadinos se sometiera á nuestro gobierno, y que marchára
hácia la capital. Tuvo que vencer las sugestiones contrarias del
coronel José Concha, que siempre activo en promover asonadas,
quería formar de los valles de Cúcuta una provincia indepen-
diente, doude inandáran él y sus amigos. Tal era la medida de
su liberalidad y patriotismo.
■ m m
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I
I
CAPÍTULO XVII.
"I
Instalación del congreso constituyente de Venezuela. — Mensaje de Páez. —
Aquel trata de dar una constitución. — Discusiones previas y acuerdo
contra Bolívar. — Comunícase la resolución al congreso de Bogotá. —
Ingratitud de los Venezolanos con su Libertador.— La Nueva Granada no
los imita. — No se admite la agregación de Casanare á Venezuela. —
Pronunciamientos en Venezuela á favor de la integridad de Colombia. —
Cesan por un avenimiento pacifico. — El congreso venezolano da un acto
en favor de los autores y cómplices del 25 de setiembre. — Rechaza la
constitución de Colombia ; pero ofrece entrar en pactos reciprocos de fe-
deración. — Dificultades que se tocan para esta. — El comisionado Aran*
zazu nada mas puede conseguir. — El congreso constituyente nombra á
Páez presidente de la República. — El general Flórez agrega la provincia
de Pasto al Ecuador. — Las autoridades superiores del Cauca frustran
aquel paso ilegal. — El poder ejecutivo aprueba su conducta. — Lo de-
sempeña el vicepresidente Caicedo. — Pretensiones de los departamentos
del sur : Flórez las apoya. — Acta de Quito declarándose independiente.
— Hacen lo mismo Guayaquil y Cuenca. — Nombran á Flórez jefe civil y
militar. — Convoca un congreso constituyente de los tres departamentos :
promesas que hace á los pueblos. — El gobierno del centro combale con
razones la separación; mas ninguno piensa en que se use de la fuerza
para impedirla. — El general Sucre se pone de acuerdo con el vicepresi-
dente Caicedo ; parte hacia Quilo. — Temores que hay de que peligre su
vida. — Su arribo á la Venta Quemada. — Sospechas que tiene de Sarria
y Erazo. — Es asesinado en la montaña de fierruécos. — Pormenores de
este crimen. — Sentimiento general que causa. — Sospechas contra algu-
nos. — El general Obando procura hacerlas recaer sobre Flórez. — Cuéi
es la opinión pública mas común.— Predicción del asesinato.— Mosquera
se posesiona de la presidencia : su ministerio. — Pesquisas sobre el ase-
sinato de Sucre. — Denuncia hecha por Luis Urdaneta. — Luto decretado
en honor de Sucre. — Movimientos contra la constitución de Colombia en
Néiva, Socorro y Cartagena, que se cortan. — Júrase la constitución. —
Conducta del Libertador en las provincias litorales. — Causas que impi-
den su viaje á ultramar. — Establecimiento del consejo de Estado. ■—
Variaciones en el cuerpo diplomático. — Estado de las relaciones exterio-
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CAPÍTULO XVII.
32!)
res de Colombia. — Discusiones en el parlamento británico sobre la Inde-
pendencia de las repúblicas americanas. — Muerte del ministro Madrid.
— Noticias recibidas en Cartagena sobre la insurrección de Venezuela en
favor déla integridad de Colombia. — Sensación que causan. — El Liber-
tador las comunica al gobierno del centro ; su contestación i los revolu-
cionarios y á sus amigos. — Sabe la muerte de Sucre : contrae su última
enfermedad. — Mosquera organiza definitivamente su ministerio. — Niega
auxilios á los sublevados en Venezuela. — Comunica al Libertador su
ostracismo de Venezuela. — Juicio sobre este paso. — Los bandos políticos
se pronuncian mas fuertemente. — Situación del ejecutivo colombiano.
— Oposición entre los batallones Callao, Boyacá y Cazadores. — Mosquera
se desalienta con el estado critico de los negocios. — Reformas várías
que decreta su gobierno : sepárase del mando por algunos días — Marcha
del Callao hácia Tunja ; detiénese en Gachansipá y es seducido por algu-
nos revoltosos. — Ataca y vence en Cipaquirá á un destacamento del go-
bierno. — Se unen varios jefes á los facciosos. — Trátase de un aveni-
miento que no se consigue. — Peticiones de Jiménez y socios sin resultado.
— Fuerzas de los rebeldes y del gobierno; este pide auxilios á las pro-
vincias. — Regres:) del presidente Mosquera ; acuerda una amnistía y
recibe un refuerzo. — Intervención del general Urdaneta; es doble su
conducta. — Revolución del Socorro. — Determina el ejecutivo que se
ataque á los facciosos. — Trábase el combate y los rebeldes triunfan com-
pletamente. — El presidente Mosquera capitula y entrega á Bogotá. —
Deja el mando después de varios incidentes. — Pronunciamientos en
favor del Libertador. — Acta en que Bogotá hace lo mismo. —Separación
definitiva de Mosquera y deCaicedo.— Urdaneta se encarga del ejecutivo
con gusto de la capital. — Organiza su ministerio. — Invalida la expul-
sión de once ciudadanos. — Envía una comisión llamando á Bolívar. —
Simpatías de los extranjeros por los facciosos. — Estado de la opinión
en Cartagena. — Desconócese allí la autoridad y gobierno de Mosquera. —
Proclaman al Libertador, que se deniega á tomar el mando. — Su con-
testación al acta de Bogotá. — Publica una proclama.— Resiste á nuevas
actas de Cartagena. — El mismo explica y vindica su conducta politica.
— Su juicio sobre el gobierno de Urdaneta y acerca de la situación de la
República. — Mompox imita los pronunciamientos. — Riohacha se opone
á ellos con vigor. — Pide auxilios á Maracáibo ; le envían á Canijo. —
Fuerzas que atacan á la provincia de Riohacha. — Espinar conmuevo á
Panamá contra el ejecutivo : declara al Istmo en asamblea sin causa justa.
— Sepárase este de la unión del centro. — Asamblea de Antióquia y su resul-
tado.—«Movimientos en Cali á favor de Bolívar. — La asamblea del Cáuca se
decide también por sumando. — Otros acuerdos de la misma. — Opinión
te las provincias de la Nueva Granada contra la guerra civil. — Esta con-
tinúa en Riohacha con varios sucesos. — Decisión de sus habitantes
contra el gobierno existente. — Son derrotados en San Juan de César. —
Movimiento revolucionario en Santamaría. — Expulsión decretada contra
algunos ciudadanos. — Sardá sigue á Riohacha y pacifica esta provincia.
— La de Panamá se reúne y obedece al gobierno del centro.
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326 HISTORIA DE COLOMBIA.
Año de \ 830.— Entre tanto que ocurrían en los valles de Cúcuta
los sucesos que acabamos de referir, se instalaba en Valencia, el
6 de mayo, el congreso constituyente de Venezuela, convocado
por el jefe civil y militar, concurriendo á la instalación 33 dipu-
tados. Los doctores Francisco Javier Yánez y Andrés Narvarte, an-
tiguos y distinguidos patriotas, fueron elegidos presidente y vice-
presidente. Continuóse á Páez en el mando, y desde San Car-
los, donde se hallaba en camino para la Nueva Granada, según
decia, envió su mensaje. En este documento manifestaba la si-
tuación tranquila de Venezuela , que continuaba impávida su
marcha independiente y liberal : hacía enérgicas protestas de
sumisión á la voluntad nacional , expresada por las decisiones
de las leyes; presentaba al congreso las memorias ó informes de
sus tres secretarios sobre los principales ramos de la administra-
ción pública; recomendaba la milicia nacional, las virtudes y
glorias del ejército , esperando que el congreso recompensaría
sus servicios, y que aliviaría la miseria de sus familias, objeto
digno de la compasión y de la gratitud nacionales. Una parte
considerable de este mensaje la empleaba Páez en manifestar su
creencia , de que instalado el congreso ya estaba reducido á la
vida privada , en que gozaría del reposo y felicidad doméstica ,
de que estaba privado hacía veinte años , consagrados , según
dijo, á las fatigas de la guerra y al cuidado de los intereses pú-
blicos. Nuestros altos jefes de las repúblicas americanas han
repetido tanto — « los ardientes deseos que los devoran de tor-
nar á la vida privada, » — que ya nadie cree en estas expresio-
nes, consideradas como de mera cortesía. Por lo demás, el men-
saje de Páez bien pensado y bien escrito abundaba en nobles y
elevados sentimientos , y hacía promesas que cumplió en lo ve-
nidero.
El congreso venezolano, después de encargar á una comisión
especial compuesta de un diputado por cada provincia, es decir
de diez miembros, que redactara un proyecto de constitución,
declaró — « que el gobierno de Venezuela no sería central ni
federal, sino centro-federal; » basa á que precisamente debían
sujetarse los redactores del proyecto. Por consiguiente el con-
greso llevaba adelante el propósito manifestado por los pueblos
de gobernarse con absoluta independencia del resto de Colom-
bia, é iba á consumar la separación.
Era una consecuencia precisa de esta opinión general en el
-
i.
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capítulo xvii. 327
congreso , que sus miembros excogitáran los medios que cada
uno juzgaba mas eficaces para conseguirlo. El reconocimiento
de su Independencia por la Nueva Granada, que era el resto de
Colombia, y el libertarse del influjo de Bolívar, que podia echar
por tierra sus proyectos, y cuya sombra perseguía por do quiera
á los separacionistas , fueron los dos primeros objetos que lla-
maron la atención de algunos diputados. Señalóse el represen-
tante Alejo Fortique por una violenta proposición, solo excusa-
ble por su juventud é inexperiencia en los negocios políticos.
Propuso (mayo 19) — « que se exigiera del gobierno que exis-
tiese en Bogotá el reconocimiento pronto y expreso de la sepa-
ración y soberanía de Venezuela , en el concepto de que la ne-
gativa ó dilación se tendría por una declaración de guerra. »
Esta intimación desusada é insolente fué combatida por el buen
juicio del diputado José Várgas. En las sesiones de los dias si-
guientes los representantes Ramón Ayala , Ángel Quintero y
otros redujeron la proposición á que se participara al congreso
de Bogotá la instalación del de Venezuela á fin de que recono-
ciendo la Independencia de esta, pudieran extenderse, a pero
que no tendría lugar ninguna negociación , miéntras permane-
ciera en todo el territorio de la antigua Colombia el general
Simón Bolívar; entendiéndose ademas, que no debía tener in-
tervención ninguna en este negocio el consejo de ministros. » En
otra modificación del diputado José Osio se exigía de la Nueva
Granada, para que Venezuela entrára con ella en relaciones
amistosas de mutuo reconocimiento, — «la expulsión del gene-
ral Simón Bolívar de todo el territorio de Colombia. » La vio-
lencia de esta proposición fué excedida, algunos dias después ,
por otra que hicieron los diputados Ramón Ayala de Caracas, y
Juan Evangelista González de Maracáibo , cuando propusieron
— « que se declarára al general Bolívar fuera de la ley, si iba
á la isla de Curazao, y lo mismo á todo el que se le uniera. »
Sin embargo de tan virulentas proposiciones, sostenidas con
grande empeño por sus autores, la mayoría del congreso tuvo
el Juen sentido de rechazarlas. Solo acordó — « que se partici-
para al congreso de Bogotá la instalación del de Venezuela, y se
le ofreciera entrar en relaciones y transacciones. » — Mas aun
no se había extendido la comunicación en los términos acorda-
dos , cuando algunos diputados enemigos del Libertador, pre-
valiéndose de las últimas noticias recibidas sobre la ocupación
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32S HISTORIA DE COLOMBIA.
de los valles de Cuenta, y de otras inexactas ó exageradas , re-
novaron sus ataques contra Bolívar. El diputado Angel Quin-
tero, con el apoyo de Juan José Osio, abrió de nuevo la discu-
sión ya terminada, pidiendo que se tomase en consideración la
moción pendiente hecha por el diputado José Luis Cabrera,
quien habia pedido se declarase — « que Venezuela no entraría
en relaciones de ninguna especie con Bogotá, miéntras existiera
en su territorio el general Bolívar. » Sin embargo de manifes-
tarse por algunos, que esta era la misma proposición votada
ya, y que se habia negado, el congreso declaró ser distinta. En
seguida , dejándose arrastrar por el torrente impetuoso de las
pasiones de algunos de sus miembros , cometió la vergonzosa
debilidad de aprobar en 28 de mayo la proposición que ántes
rechazára noblemente.
Dirigióse, pues, una comunicación al presidente del congreso
que suponían estar reunido en Bogotá, firmada por el presi-
dente Yánez. Participábale en ella la instalación del congreso de
representantes de Venezuela, como justa consideración de fra-
ternidad ; que ambos cuerpos debían entenderse, porque habia
diferencias que transigir é intereses que arreglar, lo que no
podría hacerse por medio de las armas, y si dichos arreglos no
eran presididos por la calma, la justicia y la prudencia. Decía
que tan poderosas consideraciones habían guiado al congreso
venezolano, cuando en una sesión anterior acordara que estaba
pronto á entrar en relaciones y transacciones de amistad con
Cundinamarca. « Pero Venezuela, anadia, á quien una serie de
males de todo género ha enseñado á ser prudente , que ve en el
general Simón Bolívar el origen de ellos, y que tiembla todavía
al considerar el riesgo que ha corrido de ser para siempre su
patrimonio, protesta que no tendrán aquellos lugar, miéntras
este permanezca en el territorio de Colombia, declarándolo así
el soberano congreso en sesión del dia 28. »
En estas largas y acaloradas discusiones algunos diputados
se arrastraron hasta el polvo por sus innobles y vengativas pa-
siones contra el héroe de la América del Sur y el primer cam-
peón de nuestra Independencia. Creían que el león estaba mo-
ribundo , y por eso le tiraban tajos á diestra y siniestra. Los
nombres de Fortique, de Quintero , de Ayala, de Cabrera, de
Osio y de González deben conservarse por la historia para que
tengan la triste y no envidiable celebridad de haber sido los pro-
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CAPÍTULO XVII.
320
movedores y caudillos de la ingratitud de su patria , que des-
terraba y despedía sin oir á su primero y mas benemérito hijo,
al que habia contribuido principalmente á conquistar y afirmar
su Independencia , y al que puso á Venezuela en la carrera de
libertad que actualmente disfrutaba. Y aun hay un contraste
singular. Cuando Bolívar exponia su honor, su reputación , su
fortuna y hasta su vida por libertar de la dominación española
á la provincia de Caracas, todos ó casi todos los hombres arriba
mencionados vivian tranquilos bajo el imperio español. Sus
nombres no aparecen en los anales de la Independencia, sino
es el de Ayala para narrar la imbecilidad cou que se dejára sor-
prender en Turbaco por los Españoles, siendo causa de que de-
golláran á multitud de víctimas.
Las proposiciones hechas en el congreso venezolano sobre el
ostracismo de Bolívar , y la consiguiente resolución de aquel
cuerpo, pecan también mirándolas bajo de otro aspecto. En
primer lugar, manifiestan la cualidad promineute del carácter
venezolano; sino nos equivocamos es la van idad. Ellas suponen
que las relaciones y transacciones con Venezuela eran de tanto
prez y valía para la Nueva Granada, que esta se apresuraría
humildemente á cometer una infamia política. Tenemos por tal
la expulsión que se le exigía de Bolívar como precio de la
amistad de Venezuela. Aun cuando no hubiese fallecido el
héroe, estamos lejos de pensar que nuestra querida patria se
hubiera sujetado á tamaña indignidad. Venezuela no tenia de-
recho á exigir de la Nueva Granada la expulsión de cualquier
hombre , ya venezolano , ya extranjero , que se hubiera asilado
en su territorio : ¿cuánto ménos la del ilustre Bolívar, primer
campeón de la Independencia del territorio colombiano é hijo
adoptivo de la Nueva Granada? Para cometer semejante felonía
era preciso que entre sus hijos no hubiesen existido ya senti-
mientos de honor, de virtud y de..., pero apartemos la vista de
tan triste cuadro de pasiones , debilidades é inconsecuencias
humanas.
¿)espues de esta cuestión se decidió otra de una importancia
vital para la tranquilidad, la paz y la futura organización tanto
de Venezuela como de Nueva Granada. Tal fué la agregación
que habia hecho la provincia de Casanare, agregación que vi-
gorosamente reclamó el gobierno colombiano. La comisión á
quien se pasára este negocio opinó — « que el congreso debia
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330
HISTORIA DE COLOMBIA.
admitir su agregación á Venezuela, pero sin perjuicio de los ar-
reglos y tratados en que debería entrar la República con la de
la Nueva Granada, el dia que esta pudiera reunir libremente su
representación nacional, o Tal opinión, sostenida por el dipu-
tado Ángel Quintero y por otros de su parcialidad con razones
especiosas, fué combatida victoriosamente por Telleria de Coro,
y por otros muebos diputados que en esta discusión se hallaban
animados de sentimientos y principios incontestables de pro-
bidad y justicia. Los contrarios se dejaban arrastrar por la uti-
lidad transitoria que semejante incorporación produciría á Ve-
nezuela, sin pararse en las funestas consecuencias que en lo
venidero pudieran seguírsele. Mas el triunfo de la justicia fué
espléndido, acordándose el 21 de junio por una mayoría consi-
derable la proposición hecha por Telleria : « que la convención
venezolana no acepte la agregación de la provincia de Casan are,
y que sí la ofrezca usar y use efectivamente de sus buenos ofi-
cios con la Nueva Granada para evitarla todo comprometimiento
por los acontecimientos que han tenido lugar en el mes de abril
del presente año. » Tan justa y política determinación ahorró á
los dos países una guerra desastrosa, que en el caso contrario
habría sido inevitable.
Cuando el congreso de Venezuela trataba de zanjar aquellas
cuestiones que podían turbar la paz exterior del nuevo Estado,
comenzó la serie de conmociones militares que por largo tiempo
lo agitaron interiormente. Á principios de junio estallaron en
el cantón de Riochico , en Chaguarámas y en Orituco del Alto
Llano, capitaneándolas el general Julián Infante, el coronel
Vicente Parejo , el comandante Lorenzo Bustíllos y otros ofi-
ciales : ellos hicieron actas pronunciándose en favor de la inte-
gridad de Colombia y contra la separación de Venezuela. Para
conseguir auxilios enviaron un comisionado adonde el Liber-
tador, pidiéndolos también á Montilla, quien mandaba las
armas en el departamento del Magdalena. Aquesta insurrección
no tuvo séquito ni consecuencias en Venezuela. Desalentáronse
por tanto sus autores , que celebraron una transacción cog el
general José Tadeo Monágas, miembro del congreso y comisio-
nado al efecto; en virtud de ella, los sublevados se sometieron
de nuevo al gobierno de Páez, conservándoles sus grados y em-
pleos, y disculpando su efímero alzamiento. Poco tiempo des-
pués el jefe civil y militar, aludiendo á estos sucesos en una de
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CAPÍTULO XVII. 331
sus proclamas, decia : — « ¡ Venezolanos! no mas actas; no mas
pronunciamientos; no mas que obediencia al soberano con-
greso. » Estas excitaciones y consejos no debían tener mucha
fuerza de persuasión en boca de Páez. Los pueblos de Venezuela
habían visto poco antes romperse la unión colombiana por actas
y pronunciamientos de militares y de civiles, promovidos con
la mayor actividad por cuatro generales en jefe, Páez, Bermúdez,
Marino y Arismendi , así como por otras notabilidades venezo-
lanas. Ejemplos tan recientes eran sin duda mas elocuentes que
meras palabras.
Entre los actos legislativos expedidos por el congreso de Ve-
nezuela , debemos recordar el de 26 de junio, que reintegró en
su libertad y en todos sus derechos á las personas que se ha-
^ lláran presas ó detenidas en el territorio venezolano , por los
acontecimientos políticos que habían tenido lugar en la Nueva
Granada, desde que se disolvió la convención de Ocaña hasta el
26 de noviembre último. Expidióse este decreto legislativo á
solicitud de Pedro Carujo, el mas activo promovedor y el héroe
de los asesinos del 25 de setiembre contra el Libertador. Sin
embargo , este criminal y otros de sus cómplices que sufrían
algún castigo por su delito, fueron absueltos y reintegrados en
todos sus derechos, sin alegar otro fundamento — «que haberse
interesado por la libertad » — a del asesinato y del crimen , »
podríamos añadir nosotros. Sorpréndenos que hombres de tanta
moralidad política como habia en el congreso constituyente de
Venezuela, no hubieran hecho en aquel decreto una excepción
contra los septembristas de Bogotá. Creemos haber sido esta una
debilidad y tributo que pagaron á las pasiones dominantes de la
época. Todo lo que era contra Bolívar pasaba entonces como
justo y conveniente á Venezuela. Mas la Divina Providencia los
castigó bien pronto y con rigor por la mano misma de Carujo ,
quien fué de los conspiradores que en una época posterior der-
rocaron al gobierno de Venezuela.
Miéntras tanto habia llegado á Valencia el comisionado Aran-
mu, que fué muy bien recibido por el jefe civil y militar, así
como por los miembros mas influentes del congreso. Él habia
presentado en 7 de julio la constitución de Colombia con el de-
creto de 11 de mayo, al gobierno de Venezuela, que pasó los
documentos al congreso constituyente. Este después de algunos
dias acordó recibir en su seno al comisionado Aranzazu, á fin
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332 HISTORIA DB COLOMBIA.
de que presenciára las discusiones sobre el decreto ya citado ;
resolución que le fué comunicada por un oficio muy satisfac-
torio. En el mismo dia resolvió el congreso por unanimidad —
« que no se aceptara la nueva constitución colombiana. »
En seguida se discutió (julio 21) largamente la moción del
diputado Narvarte, apoyada por Vargas, Osio y Gallegos, en que
se propuso acordar : — « que Venezuela se reuniera en federa-
ción á los pueblos de la Nueva Granada, concurriendo al efecto
sus diputados al congreso que se reuniría en Santa Rosa. »
Sobre este y otros puntos conexos rodaron las discusiones,
cuyo resultado fué el decreto de 16 de agosto, en que se dis-
puso : — « que Venezuela de ningún modo admita la constitu-
ción colombiana; pero que está resuelta á entrar en pactos
recíprocos de federación , que unan y arreglen las altas rela-
ciones nacionales de Colombia , luego que ambos Estados estén
perfectamente constituidos , y que el general Bolívar haya eva-
cuado el territorio de Colombia. » Dejóse á los futuros congresos
constitucionales el fijar la extensión y los límites del pacto
federal conforme á los dictámenes de la opinión pública , cuyo
pronunciamiento se excitaría por medio de una alocución que
se publicó en efecto.
A la sazón que se expidió este decreto, la opinión de muchos
hombres influentes del congreso y de la mayoría de los pueblos
de Venezuela estaba decidida por la federación de las tres
grandes secciones de Colombia , constituyendo un gobierno ge-
neral. Pero allá mismo y en el resto de la República, los hom-
bres pensadores y que tenían conocimientos prácticos de los ne-
gocios de Estado, juzgaban ser una quimera la proyectada
federación. Era harto difícil que los tres Estados se avinieran
sobre el jefe del poder ejecutivo federal , gobierno que sería en
extremo débil, pues quedaba sujeto á los caprichos de los gobier-
nos particulares, demasiado fuertes para súbditos. Aunque los
tres Estados no tuvieran igual poder, las distancias, los desiertos,
los malos caminos, y las mutuas antipatías del norte, centro y
sur de Colombia hacían que todos pudieran oponer resistencias
casi iguales á la administración federal. Separada, pues, 'Vene-
zuela, como ya era indudable, creían muchos ciudadanos que
sería mas útil y conveniente la independencia absoluta de los
Estados, que no contraer un vínculo federativo del todo nominal,
y que fuese origen fecundo de nuevos trastornos y discordias.
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CAPÍTULO XVII.
333
Aunque el comisionado * A ranzazu diera después de la expre-
sada resolución algunos otros pasos oficiales para obtener un
resultado mas lisonjero en favor de la unión , nada pudo conse-
guir. Por tanto , desde entonces fué un hecho consumado para
el gobierno colombiano la separación de Venezuela.
En esta inteligencia el congreso venezolano eligió al general
Páez presidente, y al doctor Diego Bautista Urbaneja vicepresi-
dente del nuevo Estado, expidiendo el reglamento correspon-
diente para organizar el poder ejecutivo. Páez lo había renun-
ciado por dos veces, para tornar, según decia, á las dulzuras de
la vida privada; pero el congreso no quiso acceder á sus
ardientes votos, colmándole de elogios en su contestación.
Después de dar estas disposiciones orgánicas , el congreso de
Venezuela continuó ocupándose en acordar el proyecto de la
nueva constitución, y en otras leyes que juzgaba necesarias
para la República.
En tanto que la revolución de Venezuela se consumaba , en
el centro y sur de la República ocurrían los importantes
sucesos que vamos á referir.
El general Juan José Flórez, que sin duda meditaba planes
para formar un nuevo Estado de los tres departamentos del
Ecuador, Guayaquil y Asuay, prevalido de la agitación y de
los principios de anarquía que progresaban por todas partes ,
quiso extender el territorio de su prefectura general. Por
intrigas y manejos de sus agentes consiguió que una parte del
cuerpo municipal, el clero secular y regular de Pasto, que de-
pendía entónces del obispado de Quito , así como algunos ve-
cinos, le dirigieran una representación pidiéndole que admitiese
la separación de aquella provincia del departamento del Cáuca,
y su agregación al del Ecuador. Flórez, sin tener autoridad
ninguna para variar la división territorial , atribución que
tocaba al congreso, admitió en 5 de mayo la incorporación de
Pasto conforme se le pedia : ofreció que la sostendría aun á
costa de cualesquiera sacrificios, y que no se impondría á los
Pastusos contribución ni pecho alguno, ofrecimiento imprudente
y puesto á la igualdad del pacto social. Al dar cuenta al poder
ejecutivo de su determinación , repitió — a que sostendría la
agregación de Pasto por cuantos medios estuvieran á su al-
cance; » esto envolvia una amenaza.
El prefecto del Cáuca, doctor José Antonio Arroyo, y el co-
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334 HISTORIA DI COLOMBIA.
mandante general José María Obando , al saber aquella resolu-
ción protestaron contra la arbitrariedad del procedimiento de-
Flórez. Empero teniendo noticia de que este se preparaba á
enviar tropas con el fin de ocupar á Pasto, trataron de antici-
pársele. En efecto, el general Obando siguió á marchas forzadas
de Popayan á Pasto con el excelente batallón Várgas, mandado
todavía por el coronel Diego Whitte. Tanto los oficiales como
los soldados desplegaron el mayor celo y actividad ; así consi-
guieron llegar á Pasto el 29 de mayo. Flórez habia desistido del
envío de tropas, según escribiera á Obando, por los consejos y
observaciones de algunos vecinos de Quito, que juzgaron peli-
groso aquel paso y capaz de producir una guerra civil. Gran
número de los moradores de Pasto odiaban taulo la dependencia
del Ecuador, que daudo por segura la venida de las tropas de
Flórez, habian desamparado sus hogares, retirándose á los
bosques : ellos regresaron á la ciudad luego que supieron el
arribo de Obando con algunas fuerzas. Tenia este inlliijo, y era
amado por los habitantes de Pasto , donde permaneció algún
tiempo.
Mosquera , el presidente electo , hizo en Popayan muchos
esfuerzos para frustrar los proyectos de Flórez sobre Pasto, y
contribuyó á que marchára el batallón Várgas con la prontitud
que exigían las circunstancias. Era el seüor Mosquera entusiasta
por la conservación de la provincia de Pasto, unida al centro.
Hacía tiempo que trabajaba por estrechar las relaciones mu-
tuas con Popayan, pues miraba como probable la disolución de
Colombia, aun desde antes que principiáran las turbaciones de
Venezuela.
El ejecutivo colombiano improbó también la providencia de
Flórez para agregar á Pasto al Ecuador, como ilegal, impolítica
y contraria á la voluntad de la mayoría de los habitantes de
Pasto. Por consiguiente aprobó la enérgica resolución adoptada
por el prefecto y el comandante general del Cáuca.
Aun continuaba desempeñando el poder ejecutivo de Colombia
el vicepresidente Caicedo. Este en cumplimiento de las nuevas
disposiciones constitucionales habia nombrado ya casi todos<tos
prefectos de los departamentos y los gobernadores de las provin-
cias, recayendo sus nombramientos en personas civiles y en pocos
militares cuyos principios liberales eran bien conocidos. El eje-
cutivo quería administrar conforme á la opinión de la mayoría
*
t
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CAPÍTULO XTII. 335
nacional , que estaba decidida por un gobierno estrictamente
republicano y liberal. Mas eran necesarias suma prudencia y
circunspección para no exasperar al partido militar, demasiado
fuerte porque tenia disciplina y las armas á su disposición. En
cualquier punto de la República podia turbar la tranquilidad,
sin que los pueblos le opusieran una resistencia eficaz , aun
cuando la opinión mas general fuese contraria á los militares.
Dirigidos estos por un jefe audaz y de talentos, consumaron
bien pronto en el sur la revolución que meditaban. Los tres
departamentos que formaron en tiempo del gobierno español la
presidencia de Quito, aspiraban á un gobierno independiente.
Tenian sus moradores hábitos y antiguas costumbres, diferentes
en su mayor parte de las de los pueblos del centro y del norte
de Colombia. Por este motivo y por la distancia á que yacen de
Bogotá, el Libertador les había ya constituido, según ántes
hemos dicho , un jefe superior ó prefecto general , y una admi-
nistración casi independiente del gobierno central. Flórez ejer-
cía esta magistratura , y al mismo tiempo mandaba el ejército
del sur, que aun era fuerte y compuesto de los veteranos de
Colombia.
Hacía algún tiempo que el gobierno general sabía por avisos
directos de Quito, y a^n por las mismas cartas de Flórez, que
este trataba y poseía los medios de formar un Estado indepen-
diente en el sur. El vicepresidente Caicedo había querido im-
pedirlo suprimiendo la prefectura general ; mas era ya tardío é
ineficaz el remedio para el mal que se temía.
Bien pronto se supo en Bogotá que Flórez, después de haber
promovido la incorporación de Pasto al Ecuador, se babia reti-
rado á la parroquia de Pomasqui á pretexto de enfermedad,
pero dejando ya todas las cosas preparadas para el pronuncia-
miento de la capital de Quito. Verificóse el 13 de mayo á soli-
citud del procurador general de aquella ciudad doctor Ramón
Miño. Flórez anunció este acontecimiento , según antes lo hi-
ciera el general Páez respecto de Venezuela , como si en él no
hubiera tenido la menor parte. Podemos decir que los funda-
mentos en que se apoyaban Flórez y los que suscribieron el
acta de Quito, eran miserables. Haberse separado el Libertador
del mando ; estar disuelta la Union, y abandonados los pueblos
del sur á su propia suerte; haber, en fin, el presidente Caicedo
propuesto en 15 de abril que se nombrase para Colombia un
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336 HISTORIA DE COLOMBIA.
gobierno provisional, y que por entonces no se diera constitu-
ción, sino que, separada Venezuela, como ya parecía inevitable,
se convocara después una convención granadina, que se ocupase
en mejorar la suerte de sus pueblos : hé aquí los fundamentos
que aducían los jefes y moradores de Quito para su separación.
Era falsa la disolución de la República, así como el abandono
de los pueblos del fcur, regidos hasta entonces por las leyes ge-
nerales de Colombia, que no se habían invalidado porque el
Libertador se hubiera separado del mando , y disuéltose el con-
greso constituyente, después de cumplida la misión que estuvo
á su cargo. Tampoco era exacto que el jefe de nuestro gobierno
se hubiese olvidado de los deparlamentos meridionales, cuando
propuso una convención granadina, queja que Flórez producía
como fundamento para romper la unión. Conforme á la ley
fundamental de Colombia, dichos departamentos se compren-
dian bajo de la denomiuacion de Nueva Granada, de la que
siempre habían sido parte integrante.
Á pesar de que el ministro del interior del gobierno de Co-
lombia manifestara por dos veces tales inexactitudes, y que ale-
gara fundamentos poderosos para mantener en toda la Nueva
Granada la integridad nacional, de nada valieron sus argumen-
tos. Los departamentos de Guayaquil y Asuay imitaron el pro-
nunciamiento del Ecuador, cuyo tipo había dado el acta de
Quito. Acordábase en esta que los pueblos de los tres mencio-
nados departamentos se erigieran en un Estado libre é inde-
pendiente, — a unidos á los demás pueblos que quisieran in-
corporarse; que se encargara del mando supremo civil y militar
al general Juan José Flórez; que este convocara una convención
quince dias después que se recibieran las actas de Guayaquil y
Asuay. » Por estas se añadió la condición funesta para la nueva
República, de que dichos departamentos tendrían en la con-
vención que debia convocarse una representación igual , fuera
cual fuese su población. Todos convinieron en que el Estado
del sur se uniría á los que se establecieran en las secciones del
centro y norte, con un vínculo federal, formando un solo
cuerpo de nación bajo del glorioso titulo de Colombia. Hiciá/on
también una manifestación enérgica de su amor y gratitud
hácia la persona del Libertador, por sus eminentes servicios á
la causa de la libertad , y por las consideraciones que había
tenido siempre con los pueblos del sur.
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CAPÍTULO XVII. 337
Decidida por estas bases la opinión de las ciudades principales
del sur, Flórez expidió en 31 de mayo el decreto convocando un
congreso constituyente que debía reunirse en la ciudad de Rio-
bamba de la provincia de Chimborazo. Publicó el mismo dia el
reglamento de elecciones y una proclama á los pueblos en que
hablaba de la fuerza que habia tenido que hacerse para vencer
su repugnancia á mandar, aserción contraria á todos los hechos,
y que solamente podía alucinar á los niños ó á los tontos: igual
juicio podemos formar, instruidos como estamos de los hechos,
de la siguiente aserción : — « Yo espero libertarme de dos
monstruos que devoran á los gobernantes, la ambición y la
tiranía : mi regla será seguir la marcha de vuestros pensamien-
tos, y ejecutar la ley como la expresión de vuestra voluntad. »
La Nueva Granada en su primera campana para recuperar á
Pasto, y los Ecuatorianos en Miñarica pueden dar testimonio
de la exactitud con que se cumplieran aquellas promesas.
a ¡Compatriotas! añadía, he convocado el cougresoparaántes
del tiempo que habéis prefijado, porque deseo veros cuanto
ántes regidos por una constitución tan sábia como digna de
vosotros : acercaos en torno de vuestros representantes, y for-
mad con ellos un cuerpo compacto , como el solo medio de pre-
cavernos del hábito funesto de la discordia , y de elevar el edi-
ficio del Estado sobre los cimientos de la libertad civil, de la
felicidad interior, de la unión y de la paz. »
Aunque el gobierno colombiano tuviera un derecho perfecto
para oponerse hasta por la fuerza al hecho existente de la se-
paración de los tres departamentos meridionales, que rompía la
integridad de la Nueva Granada, solamente usó de los medios
pacíficos y de razón. Limitáronse á oficios dirigidos á Flórez,
procurando persuadirle de las ventajas que los mismos depar-
tamentos del sur reportarían de continuar unidos al centro, y
de que sus representantes asistieran á una convención donde se
arreglarían todas las cuestiones y los grandes intereses del pro
comunal. Se publicaron igualmente en la Gaceta de Colombia
artículos bien elaborados con el objeto de persuadir lo mismo.
Sitf embargo, la mayoría de los Granadinos que pensaban sobre
las grandes cuestiones de política y que las entendían , jamas
tuvieron inclinación á que se hiciera la guerra á los pueblos
del sur para impedir que se erigieran en un Estado indepen-
diente del resto de la Nueva Granada. Vieron siempre que habia
TOMO IV. 23
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HISTORIA DE COLOMBIA .
oposición en muchos rasgos de los caracteres de los dos pueblos,
por lo cual seria muy difícil hacer de ellos un todo homogéneo
y regido por unas mismas leyes ; que por este motivo el sur,
cuyos moradores jamas se habían creido ni llamado Colombia-
nos , aspiraría constantemente á la separación ; que las distan-
cias y los malos caminos favorecerían sus deseos, haciendo
ademas muy lentas y tardías las comunicaciones con el gobierno
central; en fin, que las rentas públicas ordinarias del Ecuador,
Guayaquil y Asuay no eran suficientes para los gastos de su
administración, y que por tanto aquellos departamentos serian
una carga harto onerosa para los del centro , sobre todo si se
empeñaba una guerra civil entre unos y otros. Consideraciones
tan fuertes de política se presentaron á los Granadinos mas
ilustrados, luego que se iniciára aquella importante cuestión.
Sin embargo, desde los primeros dias no produjeron el conven-
cimiento posterior, porque se aguardaba el resultado de un ele-
mento de unión, que entonces parecía que iba á influir pode-
rosamente en favor del restablecimiento y conservación de la
integridad de la Nueva Granada.
Hablamos del gran mariscal de Ayacucho. Este después de
regresar á la capital, en 5 de mayo, de su comisión de paz á
Venezuela, halló que el congreso constituyente iba á terminar
sus sesiones, y solamente pensó en regresar á Quito. Amaba
tiernamente á su esposa é hija, y deseaba reunirse á ellas en
una vida tranquila, pues no manifestaba ambición ni aspira-
ciones de mando.
Antes de emprender su viaje tuvo una larga conferencia con
el vicepresidente Caicedo, para manifestarle cuáles eran sus
deseos y opiniones respecto de la futura suerte de los departa-
mentos del sur. Se reducían á que les convenia seguir unidos y
haciendo un solo cuerpo de nación con el resto de la Nueva
Granada , á fin de formar una República cuyo gobierno fuese
respetado interior y exteriormente. Se puso , pues , de acuerdo
con el vicepresidente , y le prometió emplear todo su influjo
para impedir una revolución en aquellos departamentos y que
aceleró su viaje á Quito.
Partió en efecto de Bogotá por la ruta de Popayan y Pasto.
Algunos de sus amigos le aconsejaron que siguiera por el valle
del Cáuca al puerto de Buenaventura, y desde allí embarcado
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capítulo xvii. 339
á Guayaquil. Temían por la vida de Sucre en el tránsito de
Popayan á Pasto , plagado entónces de malvados, y donde tenia
enemigos por la guerra de destrucción que había hecho á los
Pastusos en 1822 y 1823. Mas no quiso adoptar el consejo pol-
las demoras que sufriría en su viaje.
Sin embargo de rumores y de hablillas que hubiera en Néiva
sobre asechanzas y planes contra la vida de Sucre, él llegó á
Popayan sin novedad alguna. Allí observaron sus amigos que
se le detenia con frivolos pretextos de que no se hallaban caba-
llerías para los bagajes: supieron también, y esto lo hemos
oído á personas de la mayor respetabilidad, que pocas horas
después de su arribo el estado mayor de Popayan habia dirigido
un correo extraordinario al comandante general íde Pasto, Obaudo,
sin que hubiera motivo alguno que lo exigiese. Tales antece-
dentes y el conocimiento de los hombres que residían en los
caminos del tránsito excitaron las sospechas de varios morado-
res de Popayan. Estos aconsejaron nuevamente á Sucre que
siguiese el camino de Buenaventura, porque sospechaban que
se le quería matar. Conducido por un destino fatal, él de nin-
gún modo accedió, fundándose en los ardientes deseos que
tenia de unirse á su familia, y de ver si podía evitar la separa-
ción del sur, que todo el mundo aguardaba; tampoco pidió una
escolta , lo que le aconsejaron igualmente. El comandante Del-
gado le manifestó en Patía los mismos temores , suplicándole
que se demorase un día á fin de acompañarle ; pero Sucre dijo
que no se podia detener, y continuó su viaje con impavidez.
Solamente iban en su compañía el diputado de Cuenca García
Trélles y dos asistentes.
En el Salto del rio Mayo durmió en casa de José Erazo, guer-
rillero antiguo en favor de los Españoles, y célebre asesino,
terror de todos aquellos contornos. Sin embargo nada aconteció
á Sucre, que continuó su viaje el 3 de jumo, en que solo ca-
minara dos leguas hasta el punto llamado Veuiaquemada. Fué
grande la sorpresa del gran mariscal , cuando encontró allí á
Erazo, á quien había dejado atrás, el que se adelantara por un
canfino exiraviado. Manifestólo asi á Lrazo, daudo este por ex-
cusa un motivo frivolo. Pocas horas después se presentó en la
Venta Juan Gregorio Zarria, que venia de Pasto; era este otro
guerrillero de la misma calaña que Erazo, jefe conocido de los
asesinos de Timbio. Viendo á estos desalmados en pláticas y
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340 HISTORIA DE COLOMBIA.
unidos, Sucre, temiendo por su vida, mandó á sus criados que
prepararan las armas ; pero Zarria y Erazo siguieron hácia el
Salto de Mayo; pues dijo el primero que debia hacer un viaje
acelerado á Popayan.
Al siguiente dia (junio A) Sucre y sus compañeros partieron
de la VeDta á las ocho de la mañana y entraron inmediatamente
en la montaña ó bosque de Berruécos, de funesta nombradla
por los crímenes, muertes y asesinatos cometidos allí desde
que estalló la guerra de Independencia. Préstase á esta clase de
hechos por la espesura de su maleza y arbolado. Apénas habían
caminado média legua los viajeros, cuando en la angostura de
la Jacoba, que llaman también del Cabuyal, se oye un tiro de
fusil y exclama Sucre : — « ¡ Ay! ¡balazo! » En el momento
suenan tres tiros mas de un lado y otro del camino , y el héroe
de Ayacucho cae vilmente asesinado, traspasada la cabeza, el
cuello y el pecho; este por una bala, y aquellas partes por cor-
tados de plomo.
El diputado García, que iba adelante, luego que oyó los
tiros echó á huir hasta reunirse con los criados y arrieros. Ca-
minaba detras Lorenzo Caicedo , sarjento primero y asistente
del general, quien voló á socorrerle; mas hallóle sin vida y
tendido en el lodo. Entónces determina contramarcha? hácia la
Venta , y los cuatro asesinos le llaman por su nombre y le
dicen que se detenga, pues nada le sucederá. Él no lo hace y
continúa aceleradamente á pedir socorro en la Venta, donde no
lo pudo conseguir, pues no hubo quien se atreviera á entrar en
la montaña. Por la tarde se supo que el cadáver del gran ma-
riscal permanecía donde le mataron , sin que le hubiesen qui-
tado ni su reloj ni su bolsillo, que tenia con monedas de oro.
Marchó entónces su fiel asistente Caicedo y con otros dos mozos
condujo el cadáver á un pequeño prado que carecía de bosque,
llamado la Capilla. Aquí le enterró al dia siguiente. Infames
asesinos hicieron que el ínclito vencedor de Ayacucho , el se-
gundo capitán de la América del Sur, y el que aseguró su Inde-
pendencia, adornado también de grandes virtudes cívicas, mu-
riese de este modo en una oscura montaña , que fuese privado
de los honores decretados á su alto rango militar, y que debiese
su sepultura á la fidelidad y compasión de un humilde asis-
tente.
El capitán José María Beltran, que se hallaba en la Venta en
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CAPÍ IT LO XVII. 341
via hácia Pasto conduciendo unos pertrechos , dió parte inme-
diatamente después del suceso á José Erazo, á fin de que reco-
giera algunos hombres para perseguir á los asesinos. Aquel
parte halló á Zárria todavía en la cama cuando eran cerca de
las diez de la mañana , el que lo condujo á Popayan en dos
dias.
En esta ciudad, en Bogotá, en Pasto y en Quito hizo la mas
profunda sensación el asesinato del gran mariscal de Ayacucho.
Deploraron suceso tan lamentable todos los hombres de bien y
los verdaderos patriotas , como una gran desgracia preñada de
males para la patria, los que aun no se podían prever. Las pri-
meras sospechas se fijaron justamente sobre Zárria y Erazo,
como antiguos é insignes criminales. Tampoco estuvo exento
de ellas el general José María Obando, que se hallaba en Pasto,
de donde venia Zárria cuando se encontrara con Sucre en la
Venta. Sospecharon algunos que dicho general habría dado la
orden para el asesinato, pues habia manifestado enemiga hácia
el gran mariscal , especialmente en sus cartas y con algunos de
sus confideutes. Al general Flórez le escribió á Quito en abril y
mayo várias cartas , una de las cuales contenia este pasaje : —
a Pongámonos de acuerdo , don Juan ; dígame si quiere que
detenga en Pasto al general Sucre , ó lo que deba hacer con él :
hábleme con franqueza y cuente con su amigo. » — En otras
le hablaba también mal de Sucre, atribuyéndole que pretendía
sustraer el sur y ponerlo bajo la protección del Perú. Igualmente
habia escrito Obando al general Pedro Murguéitio de Cartago :
— « Si Sucre va por allá se le mande para Popayan y no le deje
ir por Buenaventura. » — Este documento vió la luz pública
algunos años después, los otros fueron unidos á una carta que
Obando escribió á Flórez el dia que supo la muerte de Sucre
(junio 5), en que se quejaba amargamente de su suerte y decia :
a Míreme Ud. como hombre público, y míreme por todos as-
pectos, y no verá sino un hombre todo desgraciado. Cuanto se
quiera decir va á decirse, y yo voy á cargar con la execración
pública. Júzgueme Ud. y míreme por el flanco que presenta
sie^npre un hombre de bien, que creía en este general el me-
diador de la guerra que actualmente se suscita. »
En la misma carta decia Obando á Flórez : a Esto me tiene
volado : ha sucedido en las peores circunstancias y estando yo
al frente del departamento : todos los individuos están contra
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342 HISTORIA DE COLOMBIA .
esa facción eterna de esa montaña. » — Á la misma hora del
dia 5 de junio, á las ocho de la mañana, en que Obando acababa
de recibir la noticia del asesinato de Sucre, dijo de oficio al
prefecto del Cáuca que la muerte habia sido por robarlo. Des-
pués anadia : « Al mismo tiempo ordeno á este jefe que escru-
pulosamente baga todas las averiguaciones necesarias; que cale
esos montes y persiga á los fratricidas hasta su aprehensión.
Ellos probablemente deben haber seguido hácia esa ciudad,
cuando se cree que los agresores han sido desertores del ejército
del sur, que pocos dias há he sabido han pasado por esta ciu-
dad. » Atribuir en un mismo dia y á una misma hora el asesi-
nato de Sucre, en el parte al prefecto á desertores del ejército
del sur, y en la carta á Flórez á la facción eterna de la montaña
de Berruécos , pareció á muchos una circunstancia en gran ma-
nera sospechosa contra Obando.
El pasaje de la carta á Flórez en que se quejaba de su suerte,
pasaje que se creyera ser la expresión indiscreta de una con-
ciencia criminal, las cartas que citamos antes escritas á Flórez
y á Murguéitio , y la comisión conferida á Zarria, persuadieron
á muchos desde entonces que Obando había movido á los ase-
sinos que terminaron la existencia del gran mariscal. Mas no
se han podido explicar bien los motivos que le excitáran, si es
que dió impulso á los matadores. Han opinado algunos que
Obando temia el influjo de Sucre en el Ecuador, y que le ocu-
pára el teatro donde pensaba obrar y engrandecerse. En esta
hipótesis creen que contribuyera á la muerte de Sucre , para
quitar de en medio tan elevada notabilidad, y quedar él mas
igual con los demás. Decían otros que Obando, de acuerdo con
los exaltados, temia igualmente que el gran mariscal de Ayacu-
cho continuara y sostuviera el sistema que llamaban boliviano,
y que por esto invocando la libertad asestaron contra su vida
el puñal asesino.
Obando desde los primeros dias del asesinato procuró hacer
recaer las sospechas contra el general Flórez. Quiso justificar
con algunos testigos de Pasto que habían pasado hácia el Jua-
nambú de cuatro á seis soldados de caballería del Ecuador* y
que estos serian los asesinos. Habló también de la veuida á
Pasto del comandante pastuso Manuel Guerrero á traerle una
carta de Flórez , como de una misión que era sospechosa : dijo
que el mismo comandante Guerrero condujo una partida de
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CAPÍTULO xvu. 343
caballería que no habia regresado enlera al Ecuador. Estas acu-
saciones, que tuvieron sostenedores en el sur, dividieron algún
tanto la opinión pública sobre el origen del atentado. Parecía á
algunos de bastante peso el argumento de que, siendo evidente
que Flórez no podia sostener el primer rango en el Ecuador á
presencia de Sucre, le importaba sobre manera que no existiese
el gran mariscal de Ayacucho ; mucho mas cuaudo considera-
mos que este llevaba la intención de conservar unidos á la
Nueva Granada los departamentos meridionales de Colombia,
cuya separación habia iniciado Flórez. Tales argumentos no
dejaron de excitar sospechas contra este , pues el crimen era
mas útil á él que á ningún otro.
Sin embargo, el número de los que atribuían á Obando la
órden para el asesinato de Sucre fué siempre mayor. Se dijo
que el plan de tan infernal proyecto habia sido obra de algunos
exaltados liberales de Bogotá, quienes lo trasmitieron á Néiva ,
y de allí se comunicó á Popayan. Es cierto que de esta ciudad
se envió un posta á Obando avisándole el viaje de Sucre. Dio
fuerza á tal opinión el número tercero del Demócrata, periódico
que algunos liberales redactaban en la capital. Después de pu-
blicar el Io de junio un artículo incendiario contra Bolívar,
Sucre y otros generales, decían los editores : « Puede ser que
Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar, y por lo
cual el gobierno está tildado de débil , y nosotros todos , y el
gobierno mismo carecemos de seguridad. » Publicábase esto en
Bogotá tres diasántes de que el vencedor en Ayacucho muriera
asesinado en la solitaria montaña de Berruécos. Después de
acaecido tan lamentable suceso , todo el mundo recordó la pre-
dicción del Demócrata, y se tuvo como una revelación impru-
dente y juvenil de alguno que se hallaba iniciado en aquel
misterio de iniquidad. Su autor jamas lo ha confesado, y dice
que fué una coincidencia casual.
Miéntras se consumaba este crimen, el nuevo presidente Mos-
quera se hallaba caminando de Popayan hácia la capital. El
\ 3 de junio tomó posesión de la presidencia de la República
con* grande júbilo de los pueblos, especialmente del partido
que se llamaba liberal ; el militar devoraba en silencio sus pe-
nas y descontentos; pues aunque Mosquera habia sido amigo
de Bolívar, su elección no fué aprobada por este partido, que
lo consideraba como de opiniones demasiado liberales.
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344 niSTORU DR COLOMBIA.
El nuevo presidente continuó por algún tiempo el ministerio
existente. Era ministro interino (te relaciones exteriores el doc-
tor Vicente Borrero, en lugar del señor Canabal ausente. Tenia
la cartera del interior el doctor Alejandro Osorio; desempeñaba
el ministerio de hacienda el doctor José Ignacio Márquez , y el
de guerra y marina el general Joaquín Paris.
La noticia recibida en la capital del asesinato de Sucre (junio
19) causó una fuerte sensación de pena al presidente Mosquera :
él dio las órdenes mas estrechas para descubrir y perseguir á
los autores de aquel horrendo crimen ; mas nada se pudo ave-
riguar judicialmente. El general Obando envió también á la
Venta, luego que recibiera la noticia, al comandante Antonio
Mariano Álvarez y á Fidel Torres , á fin de que buscaran en la
montaña y persiguieran á los asesinos ; empero nada se ade-
lantó; algunos dudaron que sus pesquisas fueran de buena
fe. Tampoco hallaron la menor noticia de los soldados de ca-
ballería que se dijo haber venido del Ecuador, aserción que
se creía inventada de adrede para arrojar sospechas sobre
Flórez.
Poco después el general Luis Urdaneta publicó en Bogotá un
papel denunciando ante el pueblo colombiano á los generales
Obando y López como cómplices en el asesinato de Sucre. Pre-
sentaba hechos y fundamentos que en caso de ser ciertos los
comprometían fuertemente. Tal denuncia los obligó á pedir al
ejecutivo colombiano que les mandára abrir un juicio para vin-
dicarse, juicio que no pudo tener lugar por los disturbios que
sobrevinieron en la capital de la República. Estos elevaron á
Obando y López á los mas altos puestos de la Nueva Granada.
Con semejante posición , por algunos pasos judiciales que die-
ron y por escritos que publicaron en su favor, consiguieron que
se olvidára respecto de López la mancha que le imprimiera
entonces la opinión pública. Sin embargo, Obando jamas pudo
persuadir á los que deciau saber pormenores que le condena-
ban, que no hubiese dado la órden para asesinar al gran ma-
risca) de Ayacucho.
Con la muerte violenta dada á este, se disiparon las granues
esperanzas que mantenía el jefe del gobierno colombiano de que
por su influjo en el Ecuador se conservára la unión de la Nueva
Granada. Presentía Mosquera que debían seguirse males muy
graves de aquel asesinato. Pagando un tributo debido al rele-
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capítulo xvii. 343
yante mérito de Sucre, dispuso por una circular, que los gene-
rales, jefes y oficiales del ejército llevaran luto por ocho días;
mas se olvidó de que se hicieran las exequias y honores fúne-
bres que le eran debidos.
En medio de los sinsabores que causaba á Mosquera este
acontecimiento, otros de naturaleza desagradable vinieron á
aumentarlos. El gobernador de Néiva, Joaquín Barriga, junto
con algunos exaltados de aquella provincia , se denegaban á
obedecer y jurar la constitución. Lo mismo sucedia en la del
Socorro. Aquí era el principal instigador el general Antonio
Obando, unido á varios titulados liberales , los que tenían la
peregrina idea de que debia regir la constitución de Cúcuta ,
porque á ellos se les antojaba.
El presidente Mosquera dictó providencias activas y concilia-
doras para cortar este cisma político que amenazaba con nuevos
desórdenes. Como el Socorro era la provincia que daba mas
cuidado por su población y el carácter de sus habitantes, envió
allá de comisionados al doctor Diego Fernando Gómez, ministro
de la alta corte de justicia, y al ciudadano Miguel S. Uribe,
naturales ambos de la provincia. 'Estos consiguieron persuadir
á los jefes de la revolución de la necesidad y conveniencia de
jurar y obedecer la nueva constitución de Colombia. Néiva hizo
lo mismo.
Habia temores de que tampoco se jurase en Cartagena , por-
que después de haberse circulado las órdenes correspondientes
para que se prestára el juramento constitucional , se suspen-
dieron de nuevo. Aun hubo un motín causado por el general
Francisco Carmona, oriundo de Venezuela, quien pretendía se
desconociera al gobierno supremo. Parece que el general Mon-
tilla, como jefe de las tropas, y el prefecto Amador habían pen-
sado en lo mismo , alegando que las elecciones de presidente y
vicepresidente de la República no fueron libres.
Mas habiendo llegado áTurbaco el Libertador el 25 de mayo,
se le consultó sobre lo que convendría hacer. Sus consejos fue-
ron, según debia esperarse, que se acataran la constitución y el
gobierno supremo. En consecuencia el 12 de junio se juró y
promulgó en Cartagena la constitución de Colombia, y el nuevo
prefecto Juan de Francisco Martin la circuló á todo el departa-
mento del Magdalena, en cuyas provincias se hizo lo mismo.
El istmo de Panamá siguió sin dificultad tan saludable ejem-
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346 HISTORIA DE COLOMBIA.
pío, y los cinco departamentos del centro adoptaron la nueva
constitución.
Tan feliz resultado se debió en gran parte á los buenos con-
sejos que diera el Libertador á sus amigos políticos en las pro-
vincias litorales. Era esta una contestación satisfactoria á las
calumnias de sus enemigos, que le atribuían grandes proyectos
para trastornar á Colombia, los que únicamente existían en la
acalorada imaginación de aquellos. Bolívar solo pensaba, cuando
llegó á Cartagena, en alejarse de nuestras riberas. Con este ob-
jeto fué el 24 de junio de Turbaco á Cartagena , donde se le
recibiera muy bien. Estuvo su equipaje á bordo del paquete
ingles ; pero este carecía de comodidad y encalló al salir de la
bahía ; así fué necesario que sufriera una reparación.
Ademas, con los socorros que Bolívar daba continuamente á
varios oficiales, se disminuyó la pequeña suma que llevára con-
sigo á Cartagena. Sabiendo, pues, que dentro de poco debía ar-
ribar la fragala Shannon de S. M. B., determinó esperarla, mo-
vido á esto principalmente por los ruegos de sus amigos. Arriba
en efecto, pero resulta que La Shannon debía, en cumplimiento
de órdenes que se le habían comunicado, reconocer las costas
de barlovento hasta la Guaira. Fué. pues, necesario aguardar
su regreso. Aprovechándose de esta ocasión, el Libertador repi-
tió á su apoderado en Carácas , el señor Gabriel Camacho , la
urgente solicitud que le había dirigido desde Guadúas , pidién-
dole de sus propiedades particulares los fondos necesarios para
seguir á Europa. Este era su firme propósito , á pesar de los
continuos ruegos é instancias en contrario de sus amigos y par-
tidarios. El crucero de la fragata duró mas tiempo del que se
esperaba; regresó ademas sin conducir los fondos pecuniarios
que urgentemente necesitaba el Libertador para su viaje. Esta
dificultad y el curso de otros varios sucesos que se desarrolla-
ran, impidieron la partida que Bolívar tanto deseaba. Oponíanse
á que realizára su viaje el prefecto, los generales Montilla, Bri-
ceño Méndez, ¡barra y Carreño, junto con García del Rio y
otras várias personas de Cartagena y aun de Bogotá. Fundá-
banse en que el Libertador era un hombre necesario para el
restablecimiento y subsistencia de Colombia. Esperaban que
por una próxima y general reacción sería proclamado jefe su-
premo de la República.
Entre tanto el presidente Mosquera se ocupaba en plantear
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CAPÍTULO XVII. 347
la constitución. Al efecto nombró los miembros que debían
formar el consejo de Estado, corporación que se instalára. Com-
poníase de personas respetables de las diferentes profesiones y
partidos que existían en la actualidad.
El nuevo presidente hizo también alninas variaciones en el
cuerpo diplomático. Revocó los poderes del ministro colom-
biano en París, Leandro Palácios; los del general O'Leary, mi-
nistro en los Estados Unidos , y los del general Tomas C. Mos-
quera en el Perú.
Después que Colombia yacía postrada en un lecho de muerte
por la anarquía, los partidos y las revoluciones, poco ó nada
habia adelantado en sus relaciones exteriores. Aquellos sucesos
lamentables y la cesación del mando del Libertador habían pri-
vado á la República de la auréola de gloria que la rodeára en
dias mas felices , y de las consideraciones que le tributaron al-
gunas potencias extranjeras. Sobre todo la separación de Bolí-
var del gobierno de Colombia se tuvo por várias naciones como
la última calamidad sobrevenida á esta , después de la cual no
habia esperanza de vida para la República. Desgraciadamente
no se equivocaron en sus tristes cálculos.
En circunstancias tan desventajosas, el ministro colombiano
José Fernández Madrid aun trabajaba en Londres cuanto podia
en beneficio de su patria. De consuno con el enviado mejicano,
activó en el raes de febrero la solicitud que tenían pendiente
con el gobierno británico, á fin de que obtuviera de la España,
que no se armaran expediciones en las islas de Cuba y Puerto-
Rico contra las nuevas repúblicas del continente americano que
ántes fuera español.
Consiguió Madrid por el influjo de los amigos que Colombia
y Méjico tenían en Lóndres , que sir Roberto Wilson pronun-
ciara en la cámara de los comunes el 8 de febrero un discurso
manifestando los grandes intereses correspondientes á subditos
británicos que habia empleados en el comercio de Méjico y de
Colombia. Demostró que dichos intereses sufrían mucho con la
guejra que aun hacía la España á sus antiguas colonias; guerra
que ya no tenia un objeto razonable, pues era incapaz de some-
terlas de nuevo. Refirió los proyectos que formaron Colombia y
Méjico en i 825 para independizar de la España á Cuba y Puerto-
Rico, de cuya empresa habían desistido los beligerantes , por
las insinuaciones que Mr Canning hizo á sus respectivos minis-
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318
HISTORIA DE f.OLOMRf A.
tros — «de que la Gran Bretaña no consentiría en el ataque
premeditado, y que lo impediría. » De aquí infirió Wilson que
no habiéndose apoderado Colombia y Méjico de aquellas islas
cuando pudieron hacerlo con facilidad , cediendo á las instan-
cias de la Gran Bretaña, esta debia favorecer á dichas repúbli-
cas, impidiendo que en las mencionadas islas se armaran nue-
vas expediciones , ó á lo ménos persuadiendo á la España que
se abstuviera de ellas.
Mr Huskinson insistió en lo mismo al presentar otra petición
de varios comerciantes de Liverpool , interesados en el tráfico
de Méjico. Contestando á ambos oradores sir Robert Peel , uno
de los ministros de S. M. B., negó que existiera documento
alguno en que se hubiese prohibido á las repúblicas de Colom-
bia y Méjico atacar las islas de Cuba y Puerto-Rico. Por el con-
trario leyó otros en que el gobierno británico reconocía expre-
samente el derecho que tenían las nuevas repúblicas de invadir
aquellas islas, que eran colonias de una potencia enemiga suya,
y el arsenal de donde partían expediciones contra ellas. Dijo
que por estos motivos la Inglaterra no habia querido asociarse
á los Estados Unidos, según estos lo deseaban para manifestarse
contraria á las supuestas intenciones de Colombia y Méjico , ni
para expresarles su desagrado por la invasión proyectada. De
tales antecedentes dedujo la consecuencia , de que el gobierno
de S. M. jamas se habia separado de la línea de conducta que
se propusiera seguir desde el principio de la guerra entre las
colonias españolas y la madre patria — « la de una estricta
neutralidad. » Añadió que esta no impedia que usára con la
España del lenguaje de la amistad : — « Y ciertamente, dijo ,
nunca ha habido un período en la historia de las relaciones
entre la Inglaterra y la España , que ofrezca mas grande proba-
bilidad de que los consejos de la Gran Bretaña sean oidos ; y
este país no obraría con una amistad verdadera, si no aconse-
jase á la España que no consuma sus recursos en trastornar
por esfuerzos infructuosos la tranquilidad del Sur-América , y
que consienta en algún medio por el cual la Independencia de
estas provincias quede establecida y se ponga término á la guerra
actual. Es también evidente que nosotros , en común con todas
las potencias marítimas, y con todas las naciones que se sien-
ten interesadas en la prosperidad de todo país , no dejamos de
tener el mayor empeño en que se decida la cuestión. » Mr Peel
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CAPÍTULO XT1I. 349
prosiguió su discurso manifestando lo mucho que interesaba al
gobierno español el oír los consejos pacíficos de la Gran Bretaña
y de otras naciones amigas ; pues no debía alimentar esperanza
alguna de someter de nuevo á sus vastas colonias , que habia
algunos años estaban independientes de hecho.
La política del gobierno ingles , ó por lo ménos el idioma
con que la expresaba, no se apartó un ápice de esta declarato-
ria. En vano una sociedad de negociantes , formada en Londres
para promover el comercio con Méjico y Colombia, solicitó que
se variase dicha política impidiendo el armamento de nuevas
expediciones en Cuba y Puerto-Rico ; y en vano también los
ministros Gorostiza y Madrid solicitaron lo mismo en conferen-
cias verbales, y por medio de notas por escrito dirigidas al lord
Aberdeen , secretario de relaciones exteriores. Las respuestas
de este fueron siempre, — « que el gobierno de S. M. B. continua-
ría observando la mas imparcial neutralidad en la contienda de
la España con sus antiguas colonias ; pero que usaría constante-
mente de sus buenos oficios para inclinar al gobierno de Madrid
á conceder la paz á las nuevas repúblicas , aunque fuese por
medio de una tregua. Sin embargo de estos buenos oficios y de
los esfuerzos que en el mismo sentido hacía el ministro de los
Estados Unidos en Madrid , el gobierno de Fernando VII per-
maneció inflexible en no reconocer la Independencia de los nue-
vos Estados. Las continuas revoluciones de estos reanimaban
las esperanzas de la madre patria, de que pudiera recuperar su
extenso y rico imperio de la América del Sur y de Méjico. Aun
parecía que meditaba nuevas expediciones , pues envió á Cuba
refuerzos de tropas.
Hallábase pendiente una cuestión tan importante, cuando el
ministro Madrid, cuya salud era delicada desde mucho tiempo
ántes , falleció el 28 de junio en Bárnes cerca de Lóndres, á los
cuarenta y un años de edad ; él fué sentido generalmente por
todos los que le trataban. Con su muerte dejó en la legación
colombiana un vacío harto difícil de llenar, por su probidad ,
sus talentos, su experiencia en los negocios , su patriotismo y
su amor á la libertad de su patria.
La legación carecía de secretario , y activaron algunos de los
negocios pendientes , primero el oficial de la legación Joaquín
García de Toledo, y después el secretario Leandro Miranda,
que arribó á Lóndres. Mas como no habia ministro que prescn-
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350 HISTORIA DE COLOMBIA.
tara á este, solo fué admitido por el lord Aberdeen como agente
confidencial del gobierno de Colombia.
Pocos dias habían corrido después de la malhadada suspen-
sión del viaje del Libertador, que mencionamos ántes, cuando
sus consejeros recibieron noticias que parecía justificaban su
procedimiento. El teniente de navio José Miguel Machado desem-
barcó (junio 28) en Cartagena con noticias de Venezuela que se
juzgaron lisonjeras y de la mayor importancia. Conducía aquel
oficial pliegos para el Libertador en que el general Julián
Infante, el coronel Parejo y el comandante Bustíllos le partici-
paban el pronunciamiento que los cantones de Riochico, Oí ituco
y Chaguaramas habían hecho en favor de la integridad de Co-
lombia, del mismo Libertador como jefe de ella por la voluntad
de los pueblos, y del congreso constituyente reunido en Bogotá,
á cuyas deliberaciones protestaban someterse, desconociendo á
las autoridades revolucionarias de Venezuela. Ofrecían al mismo
tiempo sostener con la fuerza este pronunciamiento. En conse-
cuencia pedían armas, municiones y algunos oficiales subal-
ternos , sarjentos y cabos veteranos, para el arreglo y disciplina
de los cuerpos de voluntarios que se formaban en los diferentes
pueblos conmovidos.
El comisionado exageró sobre manera el movimiento revolu-
cionario, que dijo haberse extendido á Calabozo y á parte del
Bajo-Llano. Pintólo como tan popular que eu todas las provin-
cias de Venezuela se habían levantado á sostenerlo jefes valientes
y de alta nombradla. Manifestaba tener la mayor confianza
del buen éxito de la empresa que habían arremetido los revo-
lucionarios.
El general Montilla y el prefecto del departamento se incli-
naron mucho á prestar los socorros que pedían los pronun-
ciados en Venezuela. Mas al fin no los franquearon, y por medio
de un posta dieron cuenta al gobierno nacional', manifestando
su opinión de que tales nuevas eran muy plausibles, porque
anunciaban que se restablecía en los departamentos de Vene-
zuela la obediencia á la constitución y á las leyes de Colombia.
Miéntras recibían la respuesta, circularon de oficio las noticias
á todo el departamento , y Montilla determinó enviar un buque
lijero á las costas de Venezuela, llevando á su bordo al capitán
de navio Sebastian Bougier, para que recorriéndolas adquiriese
informes exactos de los progresos y estado de la revolución, á
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CAPÍTULO XVII.
fin de instruir de todo al ejecutivo nacional. Añadió que irían
ademas en un buque holandés algunos general es y oficiales que
se hallaban en Cartagena con pasaportes para Venezuela, los
que desembarcarían según las circunstancias en sus costas ó en
Curazao. Acerca de las municiones pedidas manifestaba dudas
sobre si las daría ó no al oficial Machado. En efecto , siguieron
á bordo del buque holandés los generales Pedro Briceño
Méndez, Diego Ibarra y cinco oficiales subalternos.
El Libertador se dirigió al mismo tiempo (junio 29) de oficio
al secretario del interior acompañándole las actas y documentos
que habia recibido de los sublevados. En esta comunicación
felicitaba al poder ejecutivo por la esperanza que hacían renacer
aquellos sucesos del restablecimiento de Colombia. Bolívar con-
testó á los revolucionarios que procedieran con la mayor pru-
dencia á fin de evitar en lo posible los males gravísimos que
una guerra civil podia acarrear á la patria. Ai mismo tiempo
les manifestó la necesidad que tenían de obrar y ponerse de
acuerdo con el general Pedro Briceño Méndez y con el gobierno
de Colombia. En cuanto á sí mismo, su orgullo personal y polí-
tico se lisonjeó con la reacción que priucipiaba á su favor y
contra sus enemigos, que tan cruelmente habian despedazado
su reputación. Empero afligía á su corazón , que amaba tanto a
su patria, la idea de los males que podia causar la guerra civil ;
creía ademas que leudria mal éxito la empresa sin el apoyo del
gobierno general.
Los que se oponían en Cartagena á que el Libertador saliera
de Colombia, tomaron de las turbaciones de Venezuela nuevos,
y en su concepto decisivos argumentos , para manifestarle que
su viaje fuera del país no era conveniente. Empero Bolívar de
ningún modo se convencía , y aun con algunos de sus amigos
llamaba á aquellas instancias — a locas importunidades. » Sin
embargo cedió, aunque convencido de lo coutrario , esperando
siempre realizar su partida cuando regresara la fragata
Shannon.
Era el Io de julio cuando llegó á Cartagena el correo de
Bogttá que conducía la triste nueva de haber sido asesinado el
gran mariscal de Ayacucho. A las nueve de la noche recibió el
Libertador este golpe inesperado en el buhio que habitaba al
pié del cerro de la Popa. Su dolor fué profundo por la desgra-
ciada y temprana muerte de un jefe y compañero de armas tan
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HISTORIA DE COLOMBIA.
célebre como querido. Mas lo sufrió en silencio cual convenia
á un hombre de alma y sentimientos elevados, sin que prorum-
piera en las poéticas expresiones ni en los lamentos que algunos
le han atribuido en aquella solemne ocasión. Tampoco prorum-
pió en las acusaciones contra determinadas personas , á quienes
se dijo y escribió atribuyera Bolívar el asesinato. Sabérnoslo de
personas fidedignas que se hallaron presentes : las mismas nos
han informado que, por una coincidencia fatal , se expuso á un
viento frió y húmedo aquella noche en que contrajo el consti-
pado que se le agravó después hasta conducirle al sepulcro.
Por consiguiente, si el Libertador hubiera salido antes de Co-
lombia, como pensaba , y lo habría ejecutado sin las reiteradas
persuasiones y los obstáculos que le opusieron sus amigos en
Cartagena, se hubiera acaso prolongado su existencia, variando
de clima y tranquilizando su espíritu agitado. Esta agitación y
tantas penas morales como sufría de algunos años atrás, eran
las causas principales que minaban supreciosa vida.
Cuando se recibieron en Bogotá las importantes comunica-
ciones sobre los movimientos de Riochico y del Alto-Llano , el
presidente Mosquera habia completado la organización de su
ministerio. Desempeñaba el de relaciones exteriores el señor
Vicente Borrero, el de hacienda el señor José Ignacio Márquez,
y el de guerra y marina el general Luis F. Rieux , honrado
militar, pero sin nombre ni influjo en el ejército. Por renuncia
del doctor Alejandro Osorio, habia conferido el ministerio del
interior al doctor Vicente Azuero , una de las personas mas in-
fluentes del partido exaltado , y enemigo acérrimo del Liber-
tador, así como de casi todos los hombres civiles y militares
que habían sido ó eran sus amigos. Esta elección y la del señor
Francisco Soto para desempeñar el destino de procurador ge-
neral de la República , hizo creer á muchos que Mosquera,
abandonando el medio imparcial que desde el principio mani-
festó , quería seguir entre los bandos políticos que dividian á
Colombia, y se habia echado en brazos de los exaltados repu-
blicanos. Desde entonces perdió por desgracia la confianza de
los antiguos militares y de otros muchos amigos del Libertidor,
que principiaron á verle con mal ceño y á esquivarse del go-
bierno general. Uno de los primeros fué el general en jefe
Rafael Urdaneta, que renunció el mando del ejército del centro
que obtenía, y pidió su licencia alegando enfermedades, la que
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CAPÍTULO XVII. 353
se le concediera. En aquellas circunstancias y en las posteriores,
Urdaneta debió recordar los esfuerzos que habia hecho para
ganarse el afecto del partido exaltado, obrando activamente
desde enero último á fin de minar el influjo del Libertador y
obligarle á dejar el mando. Los liberales se aprovecharon dies-
tramente de sus servicios , y cuando ya no les parecieron nece-
sarios le abandonaron y aun persiguieron. No olvidaban lo
mucho que Urdaneta habia ayudado al gobierno del dictador,
contribuyendo leal y eficazmente á sostenerle contra los setiem-
bristas y demás que le atacaron con tanto furor.
Rodeado como estaba el presidente Mosquera de un minis-
terio liberal y que trataba de restablecer el imperio de las leyes
contra los abusos militares , era seguro que de ningún modo
podia ni debia apoyar los movimientos revolucionarios de Ve-
nezuela ocurridos en el mes de junio. El presidente hizo con-
testar al prefecto y al comandante general del Magdalena, que
el célebre decreto expedido por el congreso constituyente habia
dispuesto — a que no se hiciera la guerra á Venezuela, aun
cuando no aceptara la constitución. » Así que no dieran los
auxilios pedidos , ni fomentaran aquella revolución , pues el
poder ejecutivo aguardaba el resultado que tuviera la misión
pacífica dirigida á Valencia.
Esta resolución era estrictamente legal, y fué aprobada por
todos los Colombianos que amaban el órden y el cumplimiento
de las leyes. Mas hubo un paso del presidente Mosquera que
fué y en nuestro concepto debe ser censurado con justicia.
Tal era la comunicación que por medio de su ministro del
interior, Azuero, hizo al Libertador de la resolución acordada
por el congreso venezolano en 28 de mayo , según la cual este
se denegaba á entrar en relaciones con el resto de Colombia —
a mientras el general Bolívar permaneciera en su territorio
(julio 14). » — Decia Azuero que le remitia una copia — a á fin
de que V. E. quede informado de esta notable circunstancia,
por lo que pueda influir en la dicha de la nación, y por la tras-
cendencia que tiene en la gloria de V. E. » — Hé aquí los fun-
damentos que se adujeron para dar un paso tan ofensivo al
Libertador. Este no podia esperarlo de un amigo á quien tanto
habia distinguido, como el señor Joaquin Mosquera, que pudo,
sin faltar á ninguno de sus deberes, omitir aquel oficio. Y para
que la venganza del ministro Azuero fuese mas ruidosa , pu-
TOMO IV. 23
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354 HISTORIA DE COLOMBIA.
blicó inmediatamente las comunicaciones en la Gaceta oficial ,
en que insertara igualmente las actas y discusiones ofensivas á
Bolívar, que hubo en el congreso de Valencia para adoptar la
expresada resolución 0).
Aunque Mosquera haya asegurado y sea verdadero que seme-
jante publicación se hizo sin su consentimiento, los amigos nu-
merosos que aun tenia el Libertador, creyeron lo contrario. Le
contaron desde aquel dia entre sus enemigos gratuitos , y por
consiguiente se enajenaron mas y mas de su gobierno.
Bolívar sintió profundamente el agravio que se le habia irro-
gado haciéndole aquella comunicación, á la que nada contestó,
como era debido ; pero su salud , mala ya , se empeoró , y esta
nueva pena obró poderosamente en su alma. Devoróla en amar-
gura hasta el sepulcro.
Con estos pasos del jefe del gobierno y con otros análogos , ó
en que se reformaban abusos, los partidos se pronunciaron mas
abiertamente. El de los amigos del Libertador , que era pode-
roso en la capital y en las provincias, se persuadió de que Mos-
quera y su gobierno, perdiendo la imparcialidad, se habían de-
cidido en favor de los exaltados republicanos, enemigos decla-
rados de los primeros. Desde entonces corrió peligro el gobierno
de Colombia.
No eran estos los únicos cuidados que tenia Mosquera. La
hacienda nacional estaba en completa bancarota. Las rentas
no cubrían los gastos en tiempo de la administración dictatorial,
que las dejó empeñadas por algún tiempo en consecuencia de
las fuertes erogaciones que causáran la guerra del Perú, la con-
tramarcha posterior de las tropas hácia el centro de la Repú-
blica, el desorden y la ninguna economía en los gastos militares.
Como la nueva constitución prohibía que se echara mano para
esto de las rentas aplicadas por ley al crédito público, era mayor
el déficit actual. La administración de Mosquera se hallaba,
pues, en la triste posición de no tener dinero ni crédito alguno
para dar á lo ménos con que vivir á los servidores de la patria.
(1) El señor Mosquera se ha disculpado con sus amigos de un pas^tan
indebido , diciendo : — • que él, como amigo del Libertador, deseaba que
este saliera de Colombia en aquellas circunstancias. • — Una carta suya en
amistad habría producido mejor efecto para conseguirlo, que la comunica-
ción oficial de su ministro Azuero, personaje el ménos á propósito para in-
tervenir en aquel delicado negocio.
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CAPÍTULO XVII. 355
Desde mayo último todos los individuos del ejército y de la
marina estaban á ración , y á los empleados civiles se les había
retenido una cuarta parte de sus dotaciones.
Agregábase á tan aflictivas circunstancias de la hacienda na-
cional el choque de los partidos. Orgulloso el exaltado , que se
llamaba liberal , con haber atrapado el poder, y respirando
crueles odios y venganzas contra el Libertador y sus adictos, los
insultaba constantemente, sobre todo por la imprenta. Eran
órganos de aquel bando político dos periódicos titulados El
Demócrata , y La Aurora , en que no babia reputación del
partido contrario que no se despedazara, ni proyecto, por des-
cabellado que fuera , que no se atribuyese á Bolívar y á sus
amigos para destruir la libertad. En El Demócrata, sobre todo,
se habia predicho el asesinato de Sucre , y se defendió como
santa y patriótica la empresa del 25 de setiembre. Por consi-
guiente aquellos papeles soplaban el fuego de la discordia.
Estuvo de guarnición en Bogotá el batallón Callao, uno de los
que regresaron del Perú. Este cuerpo no tenia buen espíritu ,
pues en Antióquia , donde residiera ántes , varios sarjentos y
cabos tramaron la conspiración de asesinará los oficiales, sa-
quear los fondos públicos en Medellin , exigir contribuciones á
los particulares, é irse á Venezuela. Descubrióse oportunamente
aquel atroz proyecto , y trece conspiradores fueron presos , pa-
gando cuatro su delito con la vida. Merecía la confianza del go-
bierno el coronel Florencio Jiménez, que mandaba este cuerpo,
aunque fuera venezolano lo mismo que otros de sus oficiales ;
empero los repetidos alzamientos y defecciones de las tropas de
aquel país inspiraban á muchos desconfianza.
En aquellos dias llegó á la capital la columna de Boyacá,
formada en Cúcuta de oficiales y soldados granadinos. Mandá-
bala el coronel José Várgas, exaltado republicano , enemigo del
Libertador y de todos los que juzgaba sus partidarios. Ántes de
entrar en la ciudad se repartieron por algunos á los oficiales y
soldados que la componian cintas encarnadas con el mote de
a libertad ó muerte, » las que se les pusieron en los morriones,
y s€ partido los recibió en triunfo. Venían incorporados en esta
columna algunos oficiales de los condenados por cómplices en el
atentado escandaloso del 25 de setiembre. Los festejos con que
los recibía y obsequiaba su bando político, el mote que habían
adoptado , y las doctrinas que se difundían para santificar el
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356 HISTORIA DE COLOMBIA.
asesinato, infundieron temores en todos los que no eran tenidos
por liberales exaltados, y echaron una mancha indeleble sobre
muchos de los que se titulaban liberales en aquella época. El
general en jefe Urdaneta salió de Bogotá con su familia , reti-
rándose á su hacienda de Táquira en el valle de Simijaca;
temia el puñal asesino de sus enemigos. Los ministros extran-
jeros de la Gran Bretaña, del Brasil y de los Estados Unidos
vivían armados y dormian con guardias en sus casas, temiendo
que se les matára, como sucedió con el ingles Duncan de Cipa-
quirá. .Mengua lamentable para nuestra patria! Tan fuertes
recelos se aumentaron cuando el 1° de agosto amanecieron eii
casi todas las paredes de las casas letreros de « libertad ó
muerte. »
£1 mal ejemplo contra la disciplina militar que se diera y no
se reprimió en la columna, ya batallón Boyacá, de cintas con
motes, cundió en la capital. Los Cazadores de Cundinamarca
tomaron la divisa de cinta negra y encarnada, y los partidarios
del Libertador adoptaron una verde. Esto motivó disputas y
riñas en las calles , que produjeron una fuerte oposición entre
el Callao y Boyacá.
Estas demasías podrían haberse reprimido por un presidente
y un ministro de la guerra que hubieran tenido energía. Pero
ni Mosquera ni Rieux poseían esta calidad necesaria para go-
bernar. El primero aceptó la presidencia sin conocer el inmenso
peso que iba á gravitar sobre sus hombros , en momentos de
transición política en que las pasiones se habían desencadenado,
y en que la tempestad crujía por do quiera. Á pocos dias vio,
aunque tarde, las dificultades que le rodeaban, y con un cora-
zón recto y ardientes deseos de hacer el bien , quiso gobernar
con el partido republicano, que era, conforme á sus principios
y á sus sentimientos , el que juzgaba componer la mayoría na-
cional. Viendo esto los amigos del Libertador y de la anterior
administración, unos que eran hombres de órden, se alejaron
del presidente y de los negocios públicos, acogiéndose á la os-
curidad del asilo doméstico ó de sus campos. Otros le hicieron
oposición pública y privadamente, tachándole, por várias^pro-
videncias , de enemistad contra los antiguos militares y servi-
dores de Colombia.
Creyéndose el presidente Mosquera abandonado y sin apoyo,
á pesar de sostenerle el partido exaltado liberal, que tanto decla-
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CAPÍTULO XVII.
3;i7
maba , perdió el ánimo ántes de dos meses de estar desempe-
ñando la primera magistratura de la República. Unido esto á
las noticias alarmantes , ya de miserias que sufrían los emplea-
dos nacionales, ya de revueltas que se fraguaban ó temían en
diferentes provincias , se le juntó un cúmulo de penas á que no
estaba acostumbrado y que no pudo resistir. Desconcertóse su
sistema nervioso, y perdiendo la salud tuvo que dejar el go-
bierno (agosto Io) encomendado al vicepresidente Caicedo. Mos-
quera se retiró al clima templado de Anolaima, á diez leguas de
Ántes de partir habia acordado varios decretos importantes.
Por uno de 28 de julio declaró insubsistentes y contrarios á la
constitución los decretos que habia expedido el Libertador res-
tableciendo el imperio de las ordenanzas militares de España
y los privilegios que ellas concedían al ejército , y creando una
alta corte marcial. Componíase esta de dos jueces civiles y de
seis militares bajo la presidencia del ministro de la guerra.
Tenia dicha corte para su despacho una sala de gobierno, otra
de justicia y una corte-plena. Asemejábase mucho en su orga-
nización y atribuciones al supremo consejo de la guerra en Es-
paña. La supresión de aquel tribunal , creado en favor de la
disciplina y del ejército, y la abolición de gran parte de las
leyes militares que Bolívar habia restablecido en 1828 y 1829
para favorecer á los que seguían esta profesión , así como la
supresión del fuero militar á los cuerpos de milicias, debia
suscitar y excitó en efecto fuertes antipatías coutra el gobierno
de Mosquera ; atribuyósele un espíritu contrario á los militares
y que aspiraba á deprimirlos.
Después de su partida el vicepresidente Caicedo continuó ha-
ciendo otras importantes reformas que su ministro del interior
consideraba necesarias y arregladas á la constitución. Por uno
de aquellos decretos se declaró en 3 de agosto estar derogados
en su parte principal por la constitución colombiana los decre-
tos del Libertador de 20 de febrero y 15 de marzo de i 828 sobre
juicios contra conspiradores. Se abrogaron también en la misma
fecfla los decretos de la dictadura que concedían funciones judi-
ciales á los prefectos, á los gobernadores y á los jefes políticos.
Dichas atribuciones se devolvieron á los jueces que designaban
las leyes colombianas anteriores á los mencionados decretos. El
sólido fundamento de la nueva disposición era que el poder
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358 HISTORIA DE COLOMBIA.
ejecutivo, desempeñado por el jefe de la República y por sus
agentes, debia separarse enteramente del judicial, sin que de
modo alguno se mezclaran.
En medio de la agitación que tenian los partidos y de los
disgustos que á muchos causaban estas reformas, se levantó y
acreditó entre los fanáticos de la capital la opinión de que en
ella existían cinco logias de francmasones. Esto obligó al eje-
cutivo á prevenir á la policía que hiciera un examen prolijo,
del que resultó que dichos rumores eran falsos. En efecto lo
creemos, porque las logias habían caido en un completo des-
crédito, y nadie pensaba en ellas; estado de que no han vuelto
á salir en tantos años corridos después.
Miéntras el gobierno de Colombia se ocupaba en semejantes
reformas, el ministro de hacienda trabajaba con su actividad
acostumbrada en reorganizar las rentas públicas, introduciendo
el orden y la economía en algunos de sus ramos principales. Mas
cansado de las contradicciones que sufría y de las dificultades
que se le presentaban, habia hecho renuncia del ministerio, la
que no le admitió el presidente.
Grecia entre tanto la discordia entre los oficiales y soldados
de los batallones Callao , Boyacá y Cazadores de Cundinamarca,
que guarnecían la capital. Tanto por esto como porque tuvo el
ejecutivo algunas noticias de que se trataba de seducir al Callao
á fin de que apoyára una revolución, determinó enviarle á
Tunja de guarnición. Marcha en efecto el 9 de agosto, y al
siguiente dia llega á la parroquia de Gachancipá, á diez leguas
de la capital. Allí se presentaron al coronel Jiménez , que lo
mandaba, José María Serna, Buenaventura Ahumada, Pedro
Domínguez Hóyos, el coronel Juan Johnson y algunos otros
individuos moradores en las parroquias de la sabána de Bogotá.
Solicitaron estos de Jiménez por medio de una carta firmada
por ellos y por otros ausentes , que no continuára su marcha á
Tunja, á fin de que apoyára el movimiento que decían iban á
hacer los pueblos, cuyo nombre usurpaban unos pocos faccio-
sos. Jiménez parecia dudar, y aun dió parte al ejecutivo de que
temía se le impidiera su marcha quitándole los bagajes. HEn
contestación le previno el ministro de la guerra que disuadiera
de su intento á los que pretendían detener la marcha del bata-
llón, y que si no lo conseguía por medios pacíficos los disper-
sara usando de la fuerza (agosto i i). En el mismo dia se envia-
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CAPÍTULO XVII. 359
ron á Cipaquirá dos compañías de Boyará , regidas por el coronel
José María Gaitan. Por la larde salió el resto del batallón, com-
puesto en su mayor parte de reclutas guiados por su coman-
dante y por el general Francisco de Paula Vélez. En aquel dia
el vicepresidente rechazó una petición firmada por algunos
habitantes de la capital, en que solicitaban el regreso del Callao,
como nna garantía para los que no eran del partido exaltado.
Hizo el gobierno dicho envío de tropas cuando supo que
Serna , Ahumada y Domínguez, auxiliados por Ignacio Acero
y otros campesinos ricos, habían estado reuniendo las milicias
de caballería de la villa de Funza, así como de las parroquias
de Zerrezuela y Facatativá , que marcharon con ellos en alcance
del Callao. Halláronle en efecto en Gachancipá, y viendo su
comandante Jiménez que la revolución tenia el apoyo de las
expresadas milicias, de las que se le presentaron cerca de tres-
cientos hombres, olvidó todas sus protestas de fidelidad. Deci-
dióse, pues, á favorecer aquella rebelión, armada contra el
gobierno que tanto le habia distinguido. La única razón que
diera para colorir su alzamiento, fué decir que habia intercep-
tado un oficio del secretario de la guerra al comandante gene-
ral de Boyacá previniéndole que disolviera el Callao de un
modo que Jiménez juzgaba ignominioso. Pero tal oficio no se
publicó en el manifiesto dado posteriormente por Jiménez , ni
su partido vencedor pudo hallar la copia original en el archivo
del ministerio de la guerra, prueba clara de que nunca exis-
tiera.
Luego que supo Jiménez la marcha á Cipaquirá de la columna
de Gaitan (agosto 12), se dirigió á esta villa. Después de haber
conferenciado con Gaitan , ocupa este la altura del Águila : allí
le ataca Jiménez y le vence , dispersándose la fuerza del gobierno
con pérdida de tres muertos y ocho heridos, tres oficiales y
treinta soldados prisioneros. Gaitan huye hácia la parroquia de
Pacho , de donde regresára á la capital con solo diez y nueve
compañeros. Esta fué la primera sangre que los facciosos derra-
maron , siendo ellos los agresores.
lín aquel mismo dia se publicó de nuevo el decreto contra
conspiradores de 20 de febrero de 1828, con las reformas he-
chas en 3 de agosto último. Los que ejercían el poder, sobre
todo Azuero, habían sido perpetuos declamadores de todas sus
disposiciones. Publicarlas para su observancia fué confesar pa-
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360 HISTORIA DE COLOMBIA.
ladinamente la justicia ó conveniencia con que se adoptaron por
el gobierno del Libertador en circunstancias críticas y de mayor
urgencia.
Con la noticia de haber sido dispersada la fuerza de Gaitan,
el general Vélez , temiendo sufrir igual suerte si combatía en
las inmediaciones de Cipaquirá , invitó á Jiménez á una confe-
rencia; ofrecióle en ella interesarse con el gobierno para que
hubiese un avenimiento. En seguida emprende su retirada hácia
la capital, siendo ya muy cerca de la noche : fué tanta la prisa
con que marchára en aquella noche, que mas parecia una fuga
sin órden que retirada.
Desde Cipaquirá los facciosos se trasladaron a Chia, donde se
les unieron los coroneles Castelli, Mugüerza, Piñérez, Jackson,
París y Johnson, junto con los comandantes Ramón Soto y Se-
bastian Esponda , el capitán José María Mugüerza y el teniente
Baldomero González. Estos oficiales desertaron del gobierno, á
quien debían prestar sus servicios, pasándose á una facción
militar que pretendía alzarse con el mando.
Á Chia fué el general José María Ortega como enviado por el
gobierno á saber cuáles eran las demandas y pretensiones de los
sublevados. Informóse entonces ser una de ellas — « que se
variase el ministerio , pues decían que todos sus miembros eran
demagogos exaltados, que no ofrecían garantía alguna á los
que no pertenecieran á su partido, y que sin esta condición pre-
via no podían someterse. » Jiménez y los demás jefes hablaban
mucho de la protección que habían ofrecido á los habitantes de
la llanura de Bogotá, á quienes no podían desamparar. Se pro-
clamaban también defensores de la religión, procurando encu-
brir sus excesos con este sagrado velo. Mas Johnson, Jackson y
otros Ingleses de una creencia distinta de la católica romana,
se ridiculizaban en extremo llamándose defensores de nuestra
santa religión. Tampoco podían arrogarse este título, según sus
precedentes, Florencio Jiménez, Vicente Piñérez y José María
Serna, ni el clérigo José María Ramírez, cura de Cajicá, uno
de los mas furibundos revoltosos de aquella época desgra-
ciada. •
Con la noticia de que los facciosos pedían la remoción del
ministerio, todos sus miembros renunciaron sus destinos, di-
ciendo que lo hacían á fin de no ser obstáculo para que hubiese
un avenimiento pacífico. El vicepresidente Caicedo no admitió
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CAPÍTULO XVII. 361
la renuncia , pues lo contrario hubiera sido una debilidad extre-
mada.
Los facciosos para imponer al gobierno se avanzaron hasta
Techo, á una legua de la ciudad. Desde allí dirigieron en 15 de
agosto una especie de petición ó manifiesto acordado en junta
general de jefes, oficiales y particulares, fundando su alza-
miento en diez y nueve motivos, ridículos en su mayor parte.
Concluían exigiendo del poder ejecutivo, que ántes de pasar las
dos de la tarde de aquel dia expidiera las siguientes resolucio-
nes : primera , que variase el ministerio , pudiendo conservar
al secretario de relaciones exteriores Vicente Borrero; segunda,
que nombrase ministro de la guerra al general en jefe Rafael
Urdaneta , como el único que por sus relevantes prendas era
capaz de dar garantías á todos los partidos, y de contener con
su influjo cualesquiera desórdenes ; tercera , que se aumentara
la fuerza del Callao en aquel mismo dia hasta igualarla con la
de los otros dos cuerpos de la guarnición, para que los partidos
se respetaran mutuamente; cuarta, que se diera una completa
amnistía á todos los comprometidos ; y quinta , que salieran de
Bogotá y no se confiriese mando alguno á los cómplices en la
conspiración del 25 de setiembre, que no hubieran cumplido
sus condenas.
Habiendo examinado estas proposiciones el jefe del gobierno,
envió á los señores José María Castillo y Luis A. Baralt de co-
misionados adonde los facciosos , á fin de persuadirles que se
retirasen á seis leguas de la ciudad y depusieran las armas,
seguros de una completa amnistía. Ofrecieron hacer lo primero,
aunque exigían que de parte del ejecutivo se mandaran detener
las tropas que se hubiesen pedido en auxilio de la capital. Esta
concesión no se hizo porque no se tenia confianza de que los
jefes de la insurrección cumplieran sus promesas; á su turno
desconfiaban estos de la buena fe del gobierno. Hé aquí el mo-
tivo principal porque no se llegó á una terminación pacífica.
Los facciosos contaban en sus filas seiscientos hombres, los
trescientos veteranos de infantería y trescientos de milicias de
caballería, con cuya fuerza no podían atacar la ciudad capital;
ademas carecían de municiones, pues solo tenían treinta cartu-
chos por plaza. En Bogotá existían quinientos infantes en su
mayor parte bisónos, y mil hombres de milicias y voluntarios
que podían servir para la defensa, pues el entusiasmo contra
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362 HISTORIA DE COLOMBIA.
los amotinados era bastante general. Habia, sin embargo , mu-
cha insubordinación , porque la fuerza armada quería dominar
al gobierno, y sus jefes decian públicamente que no le obede-
cerían, si convenia con los rebeldes en admitir la renuncia de
los ministros, á lo que estuvo inclinado el vicepresidente; entre
tanto, aquellos nada despachaban.
Por parte del ejecutivo se habían pedido auxilios á Tunja,
al Socorro y á Casanare. Aguardándose de la primera ciudad
un cuerpo de milicias y algunos veteranos, salió el general Vé-
lez (agosto 16) á su encuentro con doscientos hombres, á fin de
proteger su entrada en la ciudad. Esto dió motivo á Jiménez
para decir que el gobierno faltaba á lo que le habia ofrecido ,
de suspender la marcha de tropas hácia la capital. Por tanto no
se retiró á seis leguas, y continuando sus partidas en hostilizar
la ciudad, impedían la entrada de vituallas por los caminos de
la llanura.
En estas circunstancias regresó á Bogotá en 17 de agosto el
presidente Mosquera , á quien respetaron las guerrillas enemi-
gas. Por la tarde arengó á las tropas en la plaza de la Catedral,
insistiendo en recordarles la sumisión debida á las leyes, y que
la fuerza armada nunca debia ser deliberante ; mas no hizo
elogio alguno del celo y fidelidad que manifestaba la qué de-
fendía al gobierno, lo que disgustó á muchos.
En los dias siguientes hubo marchas y contramarchas de los
rebeldes y una conferencia en la hacienda de Techo entre Mos-
quera y los jefes de los facciosos, que no le trataron con respeto,
y nada se adelantó. También se tirotearon algunas guerrillas,
y una de las del gobierno perdió un oficial y dos soldados muer-
tos con crueldad, según dijeron.
Deseoso el presidente de terminar aquella rebelión, que tan-
tos males podía causar á la República, resolvió (agosto 23) con-
tra la opinión de algunos de sus ministros, contra la de los jefes
de las tropas y contra la de muchos exaltados liberales, dar una
completa amnistía. Exigíase para gozarla que dejáran las armas
los ciudadanos que no fueran militares, retirándose á sus casas,
y que el batallón Callao después de renovar el juramento <te la
constitución y de fidelidad al gobierno , siguiera adonde se le
destinase. Todo esto debia ejecutarse en el término de ochenta
horas, pasadas las cuales quedaría sin efecto la amnistía ofre-
cida.
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CAPÍTULO XVII.
303
En el mismo dia llegaron quinientos treinta y tres hombres
de infantería que se esperaban de Tunja. Los facciosos manio-
braron para impedir su entrada , é hicieron una larga marcha
nocturna hácia Usaguen. Allí hubo un corto tiroteo, así como
al extremo de la ciudad por San Diego, sin que tuvieran resul-
tado alguno digno de mencionarse.
Fuerte ya el gobierno , determinó enviar á los rebeldes la
amnistía acordada. La persona escogida fué el general Rafael
Urdaneta. Este había ofrecido al gobierno sus servicios desde la
hacienda de Táquira ; aceptólos, y trasladándose á las cercanías
de la capital, se juntó con los facciosos cuando estos picaban la
retaguardia de las tropas que venían de Tunja. Unido á Jiménez
estuvo en Fontibon , y desde allí ofició al gobierno pidiéndole
instrucciones para negociar. La contestación que se le diera fué
enviarle la amnistía concedida, encargándole procurase que la
aceptaran los facciosos. Rechazáronla estos con desden , y dije-
ron que ninguna garantía se les daba miéntras que Mosquera
estuviese dominado por su ministerio , órgano del partido de-
magógico. En consecuencia el presidente dió las gracias á Urda-
neta , y le dijo que podia retirarse, manifestando ántes á los
sublevados, que sin embargo de haberse desechado la amnistía,
el gobierno usaría de indulgencia con todos aquellos que, sepa-
rándose de la facción , se retiráran á vivir tranquilos en sus
casas.
Entónces sospecharon algunos que la conducta de Urdaneta
habia sido falsa, y que bajo de mano fomentára la rebelión del
Callao , acaso desde el principio. Mas por algún tiempo sus he-
chos quedaron ocultos para un gran número, hasta que él
mismo los reveló. En carta escrita al general Flórez el Io de
enero de Í831, excitándole á que se entendieran y obrasen de
acuerdo, después de manifestarle que el presidente Mosquera se
habia dejado gobernar, y que por esto no daba garantías á los
del partido opuesto á los exaltados demagogos, que le habían
amenazado con la deposición por la amnistía que publicara,
añadia : — «Yo conocí que se trataba solamente de degollar a
todís estos hombres y á mí entre ellos , y como es difícil en ta-
les casos ser imparcial, léjos de invitarles para que aceptasen
la amnistía , les aconsejé que combatiesen. Di cuenta al go-
bierno y procuré inclinarlo á que variase la negociación, comu-
nicándole la sublevación de las provincias del Socorro y Tunja,
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I
364 HISTORIA DE COLOMBIA.
que acababa de saber de un modo positivo. Se me contestó que
mi comisión era concluida y que podia retirarme.
» Aquí me tiene Ud., sin querer, colocado en la revolución.
Organicé las fuerzas de Jiménez : le di instrucciones que debia
ejecutar durante mi ausencia , y le designé el campo del San-
tuario para estar al abrigo de una sorpresa. Me fui á mi hacienda
el 25 de agosto, resuelto á organizar la revolución de Tunja y
el Socorro, a procurarle á Jiménez municiones, de que carecia,
y con resolución de volver inmediatamente á ponerme á la ca-
beza de unas tropas que defendian su existencia y la mia. »
Sin embargo de estos procedimientos, Urdaneta escribía en
el mismo tiempo á que se refiere, al secretario del interior desde
Fontibon, lo que sigue : — « Entre tanto yo hago todo lo que
está á mi alcance, y creo poder asegurar á Us. que evitaré cual-
quier ataque de esta parte hasta obtener una contestación de
Us. Si por desgracia no pudiese obtener un resultado ventajoso
en mi comisión , en último caso me retiraré , y aun me iré del
país, porque no puedo ver sin horror los desastres de mi patria,
sin poderla servir. » — Estas dos cartas pintan con verdad la
doble y falaz conducta de Urdaneta en aquellas circunstancias.
Después de ocho dias de comisiones hácia los rebeldes , de
conferencias, de cartas y exhortaciones que terminaron con la
misión de Urdaneta, el presidente Mosquera no habia podido
vencer la obstinación de los facciosos. Fuera de aquel general ,
estos se hallaban apoyados por otra revolución ocurrida en el
Socorro, que capitaneaba el general Justo Briceño, Venezolano
de nacimiento. Allí mandaba el general Antonio Obando,á quien
ordenó el gobierno que viniera en su auxilio. Tenia preparados,
para marchar á Bogotá, el tercer escuadrón veterano de Ayacu-
cho, y parte de un batallón de infantería que estaba formando.
Briceño sedujo algunos oficiales y tropa, y en 18 de agosto hizo
que dichos cuerpos se pronunciáran contra el gobierno y que á
él le reconocieran por jefe. En el momento se puso en comuni-
cación con Jiménez, el que orgulloso con este auxiliar y con los
consejos que le diera Urdaneta , no quiso aceptar la amnistía,
pretextando que debia obrar de acuerdo con Briceño. *
Por tales motivos ya no quedó al presidente Mosquera otro arbi-
trio que disponer el ataque de los rebeldes. Ántes consultó al con-
sejo de Estado, y dió la orden con la mayor repugnancia. Decia
que eran hermanos descarriados, y su filantropía y humanidad
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CAPÍTULO XVII. 36S
no podían conformarse con que se derramára la sangre colom-
biana en una guerra fratricida. Á consecuencia de dicha órden,
salieron el 25 de agosto de Bogotá cerca de mil infantes con un
piquete de caballería y otro de artillería para el servicio de dos
cañones. Mandaba estas fuerzas el coronel Pedro Antonio Gar-
cía, antiguo y valiente jefe en la guerra de Independencia,
acompañándole otros buenos oficiales. Para defender la ciudad
quedaron como cuatrocientos hombres y milicias de volunta-
ríos. Habíase concentrado la defensa en la plaza mayor, cuyas
entradas principales estaban fortificadas con artillería.
Estas fuerzas durmieron en el pueblo de Engativá , á orillas
del río Funza, el que iban á pasar en aquella dirección , para
flanquear el campo del Santuario, ocupado por Jiménez con los
seiscientos hombres que tenia. Mas apénas habia amanecido
(agosto 26) cuando oyeron el fuego de unos reclutas que se
ejercitaban en Bogotá. Creyendo que la ciudad habia sido ata-
cada, la columna enterase puso en marcha para darle auxilio.
Cerca ya de la capital se conoció la verdadera causa de los tiros
que* se habían oido, y el comandante García recibió órden para
contramarchar. Hízolo en efecto , y pernoctaron las tropas en
Fontibon.
Alteróse el plan de ataque meditado ántes, y se pensó atacar
directamente por el Puente-Grande. Después de este hay una
calzada estrecha que tendrá á lo mas diez varas de ancho , ro-
deada de pantanos á uno y otro lado , la que termina en las
casas de la Venta y hacienda de la Ramada y en el cerrito del
Santuario. Esta era la posición ocupada por el batallón Callao y
los trescientos hombres de caballería que le auxiliaban. A de-
recha é izquierda los facciosos ocupaban los hondos fosos que
servían de cercas á las dehesas contiguas , parapetándose detras
de ellos y de una trinchera fabricada á la izquierda de aquella
excelente posición. Los fuegos de la fusilería del Callao enfila-
ban por el frente la calzada , y en los flancos se cruzaban sobre
una grande extensión de la misma.
Las tropas del gobierno, que estaban decididas á superar to-
dcd las dificultades, marchan á las siete de la mañana del 27 de
agosto hácia el Puente-Grande. Cerca de este hallaron á cua-
renta y cinco jinetes enemigos , que fueron retirándose para
empeñar á los nuestros en su persecución. En efecto , así suce-
dió, y nuestra división , en vez de procurar flanquear por su
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366 HISTORIA DE COLOMBIA.
derecha y desde el puente la posición enemiga , se introduce
toda entera en la calzada sin orden ni regularidad alguna. Por
consiguiente forma una larga columna en que hay artillería y
caballería mezcladas con la infantería , sin que estas armas
puedan obrar. Rompióse un fuego vivo de una y otra parte , y
hubo momentos en que parecía que las tropas del gobierno
conseguirían forzar la posición de los rebeldes con el peso y
fuerza de su columna. Pero el coronel García mandó hacer
fuego á pié firme , lo que embarazaba la marcha de los que
venian detras. En este momento cae mortalmente herido
García , y por el frente y los flancos se sienten los estragos
délos fuegos enemigos cruzados sobre la mayor parte de la
columna del gobierno. Esta resiste con vigor hasta la tercera
carga á la bayoneta; empero faltándole cabeza, y hechas un
pelotón la infantería, artillería y caballería, no combaten
mas y huyen despavoridos. Unos heridos se precipitan en
los pantanos que circuyen la calzada , donde perecen ; otros
son lanceados por las milicias de caballería que persiguen
á los fugitivos ; otros caen prisioneros. Ciento y ocho hombres ,
entre ellos un jefe y diez oficiales , quedaron muertos ; ciento
treinta y dos heridos, quinientos sesenta y seis prisioneros, los
treinta y cuatro siendo oficiales , perdiéndose el armamento y
todo cuanto llevaba la división del gobierno. Tres cuartos de
hora apénas duró el combate , que se terminára á las nueve de
la mañana. Debióse tan funesta pérdida á la impericia y preci-
pitación de los que mandaban , que pusieron las tropas en una
situación donde la caballería y artillería no pudieron combatir,
ni maniobrar la infantería, expuesta sin defensa á un fuego des-
tructor. A las diez comenzaron á llegar los fugitivos á la ca-
pital.
La desolación fué general con aquella derrota completa é
inesperada. La ciudad entera no pensó en defenderse, pues solo
quedaron cuatrocientos reclutas desalentados. Así , cuando los
vencedores se presentaron en las cercanías del barrio de San
Victorino, intimaron al gobierno que se rindiera á discreción.
El presidente nombró á los generales Antonio Morales y ¿osé
María Ortega para que ajustaran una capitulación. Siendo exce-
sivas las pretensiones de los facciosos , se pasó la tarde y la
mitad déla noche sin obtener resultado y en la mayor ansiedad.
A la una de la mañana nombró el presidente á los señores José
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CAPÍTULO XVII. 367
María del Castillo y Luis A. Baralt como negociadores. Cuando
amaneció, los reclutas que guarnecían la plaza mayor se habían
desertado. El prefecto José María Mantilla, el comandante ge-
neral Francisco de Paula Vélez, y los ministros Azuero, Márquez
y Rieux estaban ocultos. Solo acompañaban al presidente el
doctor Vicente Borrero, secretario de relaciones exteriores; de
los consejeros el doctor Félix Restrepo ; y de los militares el
coronel Francisco Javier González , y los tenientes coroneles
José Acevedo y José Manuel Montoya , con algunos otros que
habian permanecido custodiando la plaza de la Catedral.
Pasadas las diez de la mañana se firmó (agosto 28) la capitula-
ción por los comisionados del gobierno y los que babia nombrado
Jiménez, que eran el coronel Cárlos Castillo y Pedro Domínguez
Hóyos. Aquella fué ratificada por el mismo presidente de la
República y refrendada por el secretario de relaciones exte-
riores, á causa de haberse ocultado el jefe militar. Estipulábase
en ella una garantía completa de las vidas, personas, libertad y
propiedades de todos los habitantes de la capital, inclusos los
militares. Exigióse empero que salieran dentro de tercero dia
con sus pasaportes para Cartagena los ciudadanos Manuel
Antonio y Juan Manuel Arrúblas , Francisco y José Manuel
Montoya, Vicente y Juan Nepomuceno Azuero, José Ignacio
Márquez, general José María Mantilla, coroneles José María
Gaitan y Francisco Barriga, y el doctor Juan Nepomuceno
Várgas. Convínose en que los reclutas se licenciarían, y que los
soldados, clases y oficiales se agregarían á la división Callao
para la formación de un cuerpo que reemplazára á los bata-
llones extinguidos de Cazadores y Boyacá; que las milicias de
caballería se retirarían á sus casas conservando el fuero militar,
y que el primer regimiento haría parte de la división Callao,
siempre que se necesitára; que se recogerían las armas y mu-
niciones del Estado; que se concederían pasaportes y las demás
garantías necesarias á los que deseáran ausentarse de la capital ;
en fin, que la división Callao ocupára la ciudad á la una de la
tarde del 28 de agosto.
Ifuchos han censurado esta capitulación como un acto de la
mas degradante debilidad, cometido por el primer magistrado
de Colombia. Dicen que Mosquera aprobó en ella artículos in-
constitucionales, como conceder fuero á las milicias, y convenir
por temores infundados en que se desterrára sin juicio ni pro-
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368 HISTORIA DE COLOMBIA.
ceso á sus dos ministros Márquez y Azuero , así como á otros
ciudadanos distinguidos , cuyo único delito era haberse empe-
ñado fuertemente en sostener la constitución , las leyes y al
mismo presidente Mosquera. Este alegaba en su defensa, que
hallándose rodeado de peligros y abandonado por casi todos,
quiso por medio de la capitulación libertar á Bogotá de la zana
de los vencedores, que tomándola por asalto ó á discreción, po-
dían cometer asesinatos , robos y otros excesos, « En compara-
ción de estos males , decía , le pareció menor el destierro de
once ciudadanos beneméritos , que con este sacrificio temporal
se libertarian de que se atentára á sus vidas. » Sin embargo, el
mismo presidente aseguró de oficio al consejo de Estado, que
habia á la sazón , — « que por la fuerza se le habian dictado
condiciones inicuas y contrarias á la constitución del Estado. »
Por consiguiente sus deberes exigian que no las hubiese ratifi-
cado.
Á las cinco de la tarde entraron los facciosos vencedores , y
detras seguian los prisioneros desarmados , sin los oficiales que
debian entrar por la noche. Ningún exceso ni insulto se cometió,
y las tropas desfilaron á sus cuarteles. Todos los ciudadanos y
militares comprometidos se ocultaron.
Viéndose el presidente vejado y oprimido por la fuerza ar-
mada vencedora , que se apoderó de todas las tropas del go-
bierno, así como de las armas y municiones existentes, se per-
suadió que no podia gobernar. En consecuencia se abstuvo de
todo acto gubernativo , y pidió al consejo de Estado le consul-
tára lo que debiera hacer en tan críticas circunstancias, pues la
obediencia que le protestaban los jefes de los facciosos se podia
considerar como palabras vacías de sentido. El consejo, después
de una larga meditación en dos sesiones, dijo al presidente, que
tuviera una conferencia con Jiménez y los generales vence-
dores , á fin de persuadirles que sobreseyeran en dos artículos
de la capitulación del 28. El primero , que trataba de la expul-
sión de los once ciudadanos sin oirles ni juzgarles; y el se-
gundo , que concedía fuero á las milicias , pues ambos eran
inconstitucionales y contrarios á los deberes del jefe de la»Re-
pública.
Túvose en efecto la sesión en la casa del gobierno , concur-
riendo también los negociadores Castillo y Baralt. Mas sin
embargo de las urgentes persuasiones de estos y de Mosquera ,
V
V
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CAPÍTULO XYII.
no cedieron los vencedores un ápice de la capitulación. Aun
hicieron cargo al presideute de que no hubiese puesto presos á
los once ciudadanos proscritos. Ademas los Ingleses Jackson y
Johnson faltaron al respeto debido al primer magistrado de
Colombia. Pareció en aquel dia que Mosquera vencido compa-
recia á ser juzgado por sus vencedores.
Á pesar de esto , el presidente instado por sus amigos para
que ensayára áver si podia reorganizar el gobierno, al fiu con-
vino en formar un ministerio, y en escoger para el de la guerra
al general Rafael Urdaneta , que habia llegado á la capital ;
para relaciones exteriores nombró al señor Pedro Gual; para el
interior al señor Agustín Gutiérrez Moreno, y para hacienda al
señor Rafael Caro. Todos confiaban en que Urdaneta restable-
cería el orden en las tropas, por su influjo y firmeza de carácter.
Él se dejó rogar ántes de admitir, lo que al fin se consiguió
(agosto 31). Ningún otro de los nombrados quiso aceptar el
ministerio.
En vista de la negativa de los jefes militares á dejar de exigir
el cumplimiento délos actos inconstitucionales contenidos en la
capitulación, tanto el presidente como el vicepresidente se man-
tuvieron firmes eu su propósito de no continuaren el mando.
No querían ser el ludibrio de la fuerza armada, cuyos jefes
protestaban obediencia al gobierno, á quien por sus hechos des-
conocían. Pero nuevos actos vinieron á confirmar la justa reso-
lución de aquellos magistrados.
Hasta entónces no habían adoptado los jefes rebeldes ningún
principio político que pudiera generalizar su revolución dán-
dole un carácter, aunque fuese aparente, de utilidad pública.
Como el general Urdaneta era el principal director de los rebel-
des, según su misma confesión, es probable que de él ó de otros
hombres de partido naciera la idea de proclamar jefe de la
República al Libertador. Ya Justo Briceño en el Socorro le
habia llamado á ser generalísimo de las tropas de Colombia.
También habia hecho lo mismo en Tunja el coronel venezolano
de nacimiento Pedro Mares el 25 de agosto , quien , auxiliado
porcunos pocos hombres , redujo á prisión al prefecto Bernar-
dino Tovar, y se apoderó de una provincia de doscientas mil
almas de población. El coronel Joaquín Posada hizo en Honda
y Mariquita otro pronunciamiento semejante contra el gobierno
legítimo. En todas estas provincias unos pocos hombres atre-
TOMO IV. 24
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HISTORIA DE COLOMBIA.
vidos triunfaron de la constitución y de las leyes , sobreponién-
dose á ellas y dominando á cuatrocientas mil almas, sin qué
la masa de los pueblos hiciera el menor esfuerzo para sostener
al gobierno de leyes y garantías que este les daba. ¡Triste
ejemplo de la apatía , de la ignorancia y de la indiferencia de
nuestra población por las instituciones liberales que regían
entonces !
Con el objeto de realizar la proclamación intentada, el juez
de policía Francisco Urquinaona , que hacía de prefecto acci-
dental, convocó por bando á los padres de familia de la capital
y de sus alrededores á fin de que el 2 de setiembre se reunieran
en el salón de las sesiones del congreso. Para nada se contó con
el jefe nominal de la República. Á las tres y media de la tarde
se juntaron el consejo municipal, el cabildo eclesiástico, algu-
nos padres de familia y bastantes campesinos de los pueblos
inmediatos , los que expresamente habían sido llamados desde
el día anterior por Jiménez y socios. El prefecto manifestó que
habiéndose disuelto el gobierno general desde que se habían
declarado várias provincias por S. E. el Libertador, apoyadas
en la fuerza armada, no quedaba otro medio de salvar la Repú-
blica en la terrible lucha que había principiado, en toda la ex-
tensión de Colombia, de consolidar el órden y la libertad , que
llamar al mando supremo á Bolívar : dijo que este no abando-
naría á su patria en aquellos momentos en que su influencia
era la única capaz de ponerla en salvamento ; en fin , que los
padres de familia de la capital no debían tardar en pronun-
ciarse, porque hacer lo contrario sería un crimen de lesa patria.
En estas mismas y en otras consideraciones se fundaba un
proyecto de acta que el mismo prefecto había preparado. Leyóse
y fué aplaudida por los concurrentes, que la sancionaron por
aclamación. Eran sus resoluciones : — « Primera , que se
llame al Libertador para que encargado de los destinos de Co-
lombia, obre del modo que crea mas conveniente para salvarla
de los males que la amenazan ; segundo , que entre tanto que
viene el Libertador, se encargue del mando supremo el general
en jefe Rafael Urdaneta, para que obre del modo que crea mas
oportuno á la felicidad de los pueblos. » Por el articulo tercero
se dispuso que hasta la resolución del Libertador quedáran en
su fuerza y vigor las garantías individuales acordadas en la
constitución , y que rigiera esta en todo lo que no fuese con-
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CAPÍTULO XVII. 371
traria al actual pronunciamiento. Por último se dieron las
gracias á los señores Mosquera y Caicedo por los esfuerzos que
habian hecho en favor de los habitantes de Bogotá; pero se les
consideraba ya en el acta como destituidos de sus empleos.
La asamblea que acordara dicha acta , no fué respetable ni
por el número ni por la influencia de los ciudadanos que la
sancionaron. La mayor parte de las personas notables de la ca-
pital no quisieron concurrir para no ser meros instrumentos de
una facción armada que iba á destruir la constitución y las
leyes , echando por tierra al gobierno legítimo. Después de ter-
minada el acta hubo otra farsa ridicula. Una reunión del popu-
lacho, guiada por unos pocos militares , sacó por las calles en
procesión el retrato de Bolívar, con música, cohetes y repiques
de campanas , tanto en la catedral como en las iglesias de los
conventos. Casi todo el clero secular y regular de la capital era
partidario del niaiido del Libertador. Los principios religiosos
de los exaltados republicanos, que habian ejercido el poder du-
rante el gobierno del señor Mosquera , estaban en lo general
muy desacreditados, aunque la conducta moral y religiosa de
este fuera intachable.
En vista del acta que le pasó el prefecto de Cundinamarca,el
presidente Mosquera consultó de nuevo al consejo de Estado.
Este, después de una madura deliberación, comisionó á su pre-
sidente el ministro de la guerra Urdaneta, para que examinase
la disposición en que se hallaba la fuerza armada — a y si el
gobierno podia contar con ella , no solo para hacerse obedecer,
sino para cumplir y hacer cumplir en todas sus partes la cons-
titución de la República. » El resultado de esta comisión no fué
satisfactorio. Los jefes de la fuerza armada, á los que se agre-
gara Justo Briceño, que acababa de llegar del Socorro, contes-
taron : — a que se negaban á prestar obediencia al gobierno en
lo que tendiera á contrariar la venida del Libertador á ponerse
al frente de la naciou ; y que si por el contrario se llamaba á
S. E. con este preciso objeto, entonces se someterían absoluta-
mente al gobierno. »
Siguióse á esta respuesta una intimación que los jefes Briceño
y Jiménez hicieron al presidente de la República, exigiéndole
una contestación pronta, decisiva y categórica sobre tres pun-
tos: primero, si el gobierno se hallaba decidido i seguir la
marcha del partido vencedor y la voz de las provincias que se
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372 HISTORIA DB COLOMBIA.
habían declarado por el Libertador; segundo, si estaba dis-
puesto á llamarle , haciendo que en el mismo dia saliera al
efecto una comisión; y tercero, si el gobierno recibiría al Li-
bertador con el carácter que quisiera darle la mayoría de los
pueblos.
Al leer una intimación tan insolente, el consejo de Estado
acordó consultar al presidente Mosquera lo que sigue : o No
siendo justo que á nadie se le obligue ó violente á cometer ac-
tos indebidos y que comprometan sus juramentos y su concien-
cia , el consejo opina que SS. EE. el presidente y vicepresidente
tienen la libertad necesaria para retirarse de la capital, donde
reside la fuerza armada que los desobedece, y que se ha erigido
en deliberante, siempre que así lo estimen necesario para evitar
cualquiera violencia que pueda comprometerlos á actos incons-
titucionales; y que en el caso de retirarse den un manifiesto á
Ja nación, para que esta conozca el curso que han llevado los
acontecimientos, la conducta que ha observado el gobierno y
el estado en que actualmente se halla el país. » — Los señores
Mosquera y Caicedo, que desde la funesta jornada del Santua-
rio, habian sido de opinión que debían cesar en el gobierno,
especialmente el segundo, que jamas convino en otro medio, se
conformaron en todo con la consulta del consejo. En el mismo
dia (4 de setiembre), á las seis de la tarde, lo dijeron así á los
jefes que habian suscrito la intimación, y cesaron enteramente
en el gobierno de Colombia. Nueve dias habia estado la capital
sin autoridades reconocidas, y para honor, tanto de los vence-
dores como de sus habitantes, añadiremos que ningún exceso
se cometió.
Aquellos dias fueron amargos para el presidente y para todos
los ciudadanos que amaban á su patria , al ver que una facción
insignificante al principio habia conseguido derrocar al gobierno,
á la constitución y á las leyes. Á pesar del carácter aprehensivo
por lo común del señor Mosquera, él supo , miéntras se suce-
dían tales acontecimientos , hablar con firmeza á los rebeldes,
exponer al consejo de Estado las demasías de estos y sostener
con vigor su opinión de no continuar en el mando. El coníejo
de Estado tuvo constantemente la misma firmeza laudable (i).
(1) Los consejeros que concurrían á las sesiones y que arrostraron el odio
de los vencedores fueron el vicepresidente Caicedo, los ministros Borrero y
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CAPÍTULO xvn. 37,1
Después de su caida Mosquera se fué á los Estados Unidos, y
Gaicedo se retiró á su hacienda de Saldaña.
Apénas recibieron los jefes militares la noticia que deseaban
de haber cesado el gobierno de Mosquera , cuando oficiaron al
prefecto Urquinaona previniéndole convocase al consejo muni-
cipal y á los padres de familia , y los instruyera de este aconte-
cimiento. Juntáronse en efecto en la casa de la prefectura algu-
nos ciudadanos de los mas exaltados partidarios de Bolívar y
acordaron : — « que no se hiciera nueva acta de los vecinos de
la capital , sino que en la mañana siguiente se reuniera la mu-
nicipalidad y ofreciera el gobierno áUrdaneta. En consecuencia
la municipalidad envió á este una diputación suplicándole se
encargase del poder ejecutivo en atención á la confianza que te-
nían los habitantes de Bogotá en su probidad y talentos, á cuya
súplica se unian los votos del mismo consejo municipal. Pedíale
también que después de posesionarse enviára una comisión á
llamar al Libertador, á fin de que viniera á la capital á ejercer
el gobierno supremo de la República.
El general Urdaneta opuso, como de costumbre en tales
casos, algunas dificultades para encargarse del mando de Co-
lombia; pero al fin cedió prestando el 5 de setiembre, en pre-
sencia de todos los oficiales de la guarnición de la capital, el
juramento de — « observar la constitución de la República en
lo que no se opusiera á aquel acto y á los pronunciamientos de
los pueblos. » Hé aquí una nueva prueba de que era el jefe
puesto por una facción armada. El título que se dió fué — « en-
cargado provisionalmente del poder ejecutivo. »
En las circunstancias en que Urdaneta asumió el gobierno,
todos los partidos quedaron contentos, pues temían que se en-
tronizara la anarquía, que tantos males causa á los pueblos. Así
multitud de personas respetables de Bogotá le instaron para que
Urdaneta , y los consejeros Félix Restrepo , Diego Fernando Gómez , Juan
Fernández Soto Mayor, y Agustín Gutiérrez Moreno. Urdaneta opinó públi-
camente como los demás; pero las imprudentes revelaciones que hizo des-
pees nos autorizan á creer que él estaba de acuerdo con los jefes de los
facciosos, á quienes probablemente aconsejaba los pasos que dieron contra
el gobierno, y que como ministro de la guerra aceleró la caida de la admi-
nistración que aparentaba sostener. Sentimos el vernos obligados á emitir
este severo juicio contra un jefe benemérito por muchos títulos, y que fué
nuestro compañero en el ministerio.
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374 HISTORIA DE COLOMBIA •
se encargara del poder ejecutivo. De los militares que pertene-
cían al partido vencedor, él era el único que por su carácter
firme y por su influjo sobre las fropas podía ofrecer garantías
de orden en la capital y en las provincias.
Urdaneta organizó inmediatamente su ministerio. Para rela-
ciones exteriores continuó al doctor Vicente Borrero ; para el
interior nombró al doctor Estanislao Vergara ; para hacienda al
contador Jerónimo Mendoza, y para guerra y marina al general
Joaquín París. Encargó la prefectura de Cundinamarca á Bue-
naventura Ahumada , uno de los mas activos promovedores de
la revolución, y la comandancia general al coronel Mugüerza.
El 4 de setiembre habia conseguido Urdaneta que los once
ciudadanos que debían ser expulsados permanecieran tranquilos
en sus casas. Los vencedores desistieron de aquella condición,
acordándose un nuevo artículo por los mismos comisionados
que firmaron la capitulación del 28 de agosto. Tanto los com-
prendidos en la expulsión como las numerosas personas que se
interesaban en su suerte aplaudieron esta acción del nuevo go-
bernante. Al principio su administración hizo esfuerzos para
calmar la efervescencia de los partidos y amalgamarlos, si era
posible , asi como para restablecer el órden público y la disci-
plina de las tropas.
Inmediatamente envió á Cartagena , en donde aun permane-
cía el Libertador, una comisión compuesta del coronel Vicente
Piñérez y del consejero municipal Julián Santamaría (setiem-
bre 7). Dábale cuenta documentada de todo lo ocurrido en la
capital. Le rogaba encarecidamente que oyera los clamores de
sus conciudadanos, y que en favor de Colombia aceptara su
gobierno, al que ya le habían llamado cuatro provincias, y que
probablemente las demás harían lo mismo. Algunos amigos del
Libertador le escribieron en iguales términos , manifestándole
que su presencia en la capital como jefe del poder ejecutivo era
necesaria para conservar el órden público y restablecer la tran-
quilidad alterada tan fuertemente.
Con este objeto y para conservar la autoridad que se le habia
conferido, decretó Urdaneta que las tropas existentes en los de-
partamentos de Cundinamarca y Boyacá se eleváran á cinco
mil infantes y seiscientos caballos , fuera de seis cuerpos que
habia en las provincias litorales. Pió el mando de la primera
división al coronel Florencio Jiménez, á quien poco después
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CAPÍTULO XVII. 371)
hizo general, y el de la segunda á Justo Briceño; ambos eran
premiados por su alzamiento militar.
En todos los disturbios referidos, los ministros de la Gran
Bretaña , del Brasil y de los Estados Unidos tuvieron simpatías
por los facciosos y se complacieron por el llamamiento del Li-
bertador. Creían que era el único jefe capaz de enfrenar los
partidos y de sostener á Colombia. Sobre todos el ministro Túr-
ner y la mayor parte de los Ingleses residentes en Bogotá fue-
ron hostiles al gobierno de Mosquera, á quien tachaban de
débil y que patrocinaba asesinos, porque no expelía á algunos
reos del 25 de setiembre, y por las doctrinas que sostenian va-
rios del partido exaltado. Empero al presidente no podia hacér-
sele con justicia responsable de estas opiniones de la imprenta
libre, y era intachable su probidad personal.
Á la vez que ocurrían estos sucesos en la capital , acaecían
otros de la misma naturaleza en las provincias costaneras. Ha-
bíanse reunido en Cartagena multitud de militares de alta gra-
duación , amigos entusiastas del Libertador, que veían con sumo
desagrado que este no mandara. De los civiles se les unieron el
prefecto Juan de Francisco Martin y Juan García del Rio, los
que por sus talentos y otras calidades ejercían mucho influjo en
aquella provincia. Todos ellos estaban en oposición al gobierno
de Mosquera. Á pesar de que Bolívar les daba buenos consejos
y de que procuraba calmar las pasiones exaltadas de sus ami-
gos, á fin deque obedecieran al presidente constitucional, ellos
le hacian la guerra, primero sorda y después abiertamente. Los
nombramientos de Márquez y de Azuero para ministros les ha-
bían disgustado sobre manera. Acriminaban al primero como
un delito haber sido el autor del célebre mensaje del ejecutivo
al congreso en 15 de abril último, proponiendo que no se diese
constitución para Colombia, y que se llamara una convención
constituyente de la Nueva Granada. Achacaban á Azuero parti-
cipación en los sucesos del 25 de setiembre, aunque injusta-
mente. Á ambos los tachaban de enemistad hácia el Libertador,
de que tenían ideas exaltadas de libertad , y de que propendían
á 1<* disolución de Colombia. Valuaban á los otros dos ministros
como hombres de pocos talentos y de mezquinas ideas. Así por
diferentes capítulos atacaban en masa al ministerio.
Los papeles que se publicaban en Cartagena desde el 25 de
julio en adelante eran incendiarios. Fuera de los ataques á la
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37G HISTORIA DE COLOMBIA.
administración de Mosquera, se sostenía acaloradamente un
proyecto que podia causar males muy graves, y que puso en
duda el patriotismo de sus promovedores. Tal era que si se re-
conocian los Estados del norte y del sur, Colombia estaba di-
suelta; que en este caso las provincias del Magdalena debían
erigirse en un cuarto Estado que se uniera en federación con
los demás ; idea halagüeña al provincialismo y que por lo mismo
debía tener muchos partidarios.
En tales circunstancias se recibieron en Cartagena las noticias
de la insurrección del Callao y de los pueblos de la llanura de
Bogotá, así como las de la rebelión del Socorro. El general
Briceño envió el acta que hizo , en que ofrecía sostener la inte-
gridad de Colombia y la constitución que hollaba, y en que se
elegía al Libertador para ser generalísimo del ejército. Apénas
se recibió en Cartagena este documento, el general Montilla
convocó el 2 de setiembre á todos los jefes militares que habia
en aquella plaza. Después de largas consideraciones y discursos
para manifestar que el presidente de la República no tenia
libertad ni independencia á causa de hallarse dominado por un
ministerio que representaba á la facción demagógica, en cuyo
obsequio violaba la constitución y las leyes, deprimía al ejér-
cito y daba su protección á insignes criminales, acordaron :
« Primero , desconocer al gobierno de Bogotá protestando no
obedecer las órdenes comunicadas por un ministerio impopular
y reprobado por los pueblos; segundo, auxiliar á los que se
hubieran pronunciado ó se pronunciáran contra el ministerio y
en favor de la carta constitucional é integridad de la República;
y tercero , llamar al Libertador á fin de que se pusiera á la
cabeza, comunicándole este deseo por una diputación de la
junta.
Al día siguiente (setiembre 3) el prefecto del Magdaleua con-
vocó otra reunión de padres de familia, y sus resoluciones rae-
ron : sostener la integridad de Colombia, conforme á la ley
fundamental, á la constitución y á las leyes de la República;
pedir la separación del ministerio y el nombramiento de otro
que mereciera la confianza nacional; exigir la expulsión de*los
asesinos del 25 de setiembre, y que se hicieran exquisitas dili-
gencias para descubrir y castigar á los que dieron muerte al
gran mariscal de Ayacucho ; determinar que se manifestára al
Libertador la necesidad de que asumiese el mando en jefe del
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CAPÍTULO XV II. 377
ejército colombiano , para su dirección y para que no se desviára
de los principios proclamados; encargar finalmente á las auto-
ridades del departamento la adopción de cuantas medidas esti-
máran necesarias para conservar el orden público, y para que
este pronunciamiento se cumpliera en todas sus partes. Acor-
dóse también que una comisión escogida presentara al Liberta-
dor los votos de la asamblea, suplicándole que aceptase la invi-
tación que se le hacía, y que de oficio se enviára copia al
presidente de la República. Hízolo así el prefecto en una larga
nota dirigida en su mayor parte contra el ministerio. Era esta
pieza una verdadera intimación, que fué muy celebrada por
Urdaneta y sus partidarios ; fnélo igualmente el pronunciamiento
de los militares enviado por Montilla, quien prometía auxilios
y cooperación á Florencio Jiménez , pues aun se ignoraba en
Cartagena el nombramiento de Urdaneta. Mas á pesar de tales
excesos, sus autores cometían la burla de asegurar que soste-
nían la constitución y las leyes, cuando abiertamente las ho-
llaban.
Bolívar no quiso tomar el mando del ejército , según las sú-
plicas y los consejos que le daban sus amigos de Cartagena y
de otros puntos. Este paso le hubiera colocado en el rango de
un usurpador ambicioso , lo que habría oscurecido sus glorias.
El juzgaba ser innecesarias é indebidas las actas hechas tanto
por los militares á quienes presidió Montilla , como por los pa-
dres de familia de Cartagena. No eran de la aprobación del Li-
bertador aquellas medidas , y él envió á la junta al general
O'Leary con el objeto de dar consejos á su nombre. Reducíanse
estos á que se dirigiera al gobierno central una representación
pidiéndole que removiera á sus actuales ministros, que en con-
cepto de los ciudadanos que la firmaron no merecían la con-
fianza pública, y que nombrára otros.
Pocos dias después de haber rechazado el Libertador la invi-
tación que se le hizo para tomar el mando del ejército (setiem-
bre 17), llegó á .Cartagena la comisión enviada de la capital con
las actas y documentos que acreditaban la caida del gobierno
coifctitucional, y el llamamiento que se le hacía para que se
encargára del gobierno. Los comisionados pretendieron legiti-
mar las violencias cometidas por la fuerza armada , y las actas
populares. El Libertador contestó en términos generales, dando
expresivas gracias por el honor que le hacian los padres de fa-
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378
HISTORIA DE COLOMBIA.
milia de Bogotá y el gobierno provisional. Ofreció hacer cuanto
estuviera á su alcance para el restablecimiento del orden, y que
presentaría todos aquellos servicios que fuesen compatibles con
sus deberes y que pudiesen redundar en beneficio público.
Anunció Bolívar en 48 de setiembre por medio de una peo-
clama y en su contestación al general ürdaneta , que estaba
pronto á prestar sus servicios á la patria — a como ciudadano
y como soldado, » — y á ayudar á la nueva administración en
cuanto dependiera de sus facultades — « al restablecimiento del
orden, á la reconciliación de los hermanos enemigos , y á recu-
perar la integridad nacional. » Ofrecía que pronto se pondría
en marcha para la cauital-- «á reiterar mis protestas solemnes
de obedecer las leyesylas autoridades actualmente constitui-
das, hasta que las elecciones constitucionales nos proporcionen
los beneficios de uu cuerpo legislativo , y los nuevos magistra-
dos que les den los sufragios de la nación. Hasta que llegue
aquel momento deseado, serviré solo como ciudadano y como
soldado. Espero que, restablecido el órden legal, me será per-
mitido volver á la vida privada, de la que ahora me arrancan
los peligros de la patria , á la que inmolo el precioso bien que
he poseido durante la existencia de Colombia. »
Solo habían trascurrido dos días después de esta proclama ,
cuando las autoridades civiles , militares y eclesiásticas de la
ciudad de Cartagena se reunieron convocadas por el prefecto
departamental, para determinar si seguirían ó no el pronun-
ciamiento de la capital de la República. Acordóse por unanimi-
dad reconocer al gobierno proclamado en Bogotá, protestando
— « que el departamento del Magdalena seguiría unido á fin
de conservar el órden y evitar los desastres que traería la diso-
lución de la República. » También se acordó convocar á los pa-
dres de familia para el dia siguiente. Reunidos en efecto con
todas las autoridades residentes en Cartagena confirmaron el
anterior acuerdo, proclamando al Libertador jefe de Colombia,
á quien la asamblea prometió obediencia y cooperación para el
restablecimiento de la unidad nacional, autorizándole para adop-
tar cuantas medidas creyera conducentes á la salvación de1» la
República y al restablecimiento de la tranquilidad y del órden ,
conservando en su fuerza y vigor la constitución y las leyes
existentes , en cuanto no se opusieran á los expresados fines.
Una respetable comisión de cinco personas debia presentar al
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CAPÍTULO XVII. 379
Libertador estas resoluciones, suplicándole que aceptara el
mando que se le confiaba, y manifestándole también el pro-
fundo respeto que por él tenia la asamblea.
El síndico municipal Juan García del Rio, uno de los miem-
bros de la comisión nombrada por el prefecto, presentó á Bolívar
las actas y resoluciones mencionadas , llevando la palabra en
aquel acto. Para inclinar el ánimo del Libertador le recordó
enérgicamente sus glorias, su patriotismo, y sus deberes de con-
servar íntegra y tranquila á Colombia. « He ofrecido , dijo en
contestación, en una proclama que acaba de ver la luz pú-
blica, que serviré al país, en cuanto de mí penda, como ciuda-
dano y como soldado. Esto mismo tengo el bonor de repetir
ahora; pero decid, señores, á vuestros comitentes, que por res-
petable que sea el pronunciamiento de los pueblos que han
tenido á bien aclamarme jefe supremo del Estado, sus votos no
constituyen aun aquella mayoría que solo puede legitimar un
acto semejante , en medio de la conflagración y de la anarquía
espantosa que por todas partes nos envuelve. Decidles que si se
obtiene aquella mayoría, mi reposo , mi existencia, mi reputa-
ción misma la inmolaré sin titubear en los altares de la patria
adorada, á fin de salvarla de los horrores , de los disturbios in-
testinos, de los peligros de una agresión extraña , y volver á
presentar á Colombia ante el mundo y ante las generaciones fu-
turas, tranquila, respetada, próspera y feliz. » — Obrando con-
forme á estos principios y con el laudable designio de evitar la
guerra civil y la anarquía, Bolívar aconsejaba en aquella época
á sus amigos que sostuvieran y apoyáran al gobierno de Urdaneta
como único centro de unidad nacional.
Algunos han calumniado al Libertador, diciendo que aceptó
el mando de Colombia ofrecido por una facción militar ; pero
los documentos escritos demuestran lo contrario con la mayor
claridad. Tenemos igualmente á la vista cartas suyas origina-
les , en una de las cuales decia, el 25 de setiembre, á Vergara,
ministro del interior de Urdaneta : — a Ud. me dice que dejará
luego el ministerio porque tiene que atender á su familia , y
lueg§ me exige Ud. que marche yo á Bogotá á consumar una
usurpación que la Gaceta extraordinaria de 7 del corriente ha
puesto de manifiesto , sin disfrazar ni una coma la naturaleza
del atentado. No, mi amigo, yo no puedo ir ni estoy obligado á
ello, porque á nadie se le debe forzar á obrar contra su concien-
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HISTORIA DE COLOMBIA.
cia y las leyes. Tampoco he contribuido en la menor cosa á esta
reacción , ni he comprometido á nadie á que la hiciera. Si yo
recogiese el fruto de esta insurrección , yo me haría cargo de
toda su responsabilidad. » — Continuaba después en la misma
carta enumerando los otros motivos que le asistían para no
volver á Bogotá, que, según decia, no era su teatro, donde nada
podria hacer, porque los militares granadinos no le sosten-
drían, y mucho ménos los que rodeaban al gobierno, plagados
como estaban de graves defectos ; porque aborrecía mortalmente
el mando; porque sus servicios no habían sido felices, y porque
estaba cansado y enfermo. — « No puedo, mi amigo , añadía,
no puedo volver á mandar mas, y crea Ud. que cuando he resis-
tido hasta ahora á los ataques de los amigos de Cartagena, seré
en adelante incontrastable.
» Dentro de tres dias me voy hácia Santamaría , para hacer
ejercicio , por salir del fastidio en que estoy y por mejorar de
temperamento. Yo estoy aquí renegando contra toda mi volun-
tad, pues he deseado irme á los infiernos para salir de Colom-
bia; pero el señor N... á la cabeza de otra porción de importu-
nos, me han tiranizado, haciéndome quedar donde no puedo ni
quiero vivir. »
Luego se hacía cargo Bolívar de su proclama y oficio del Í8
de setiembre. Decia que por condescender con los comisionados
de Bogotá, les había ofrecido que no diría redondamente que se
denegaba á aceptar el mando, que usó por eso de las expresio-
nes vagas de — « servir como ciudadano y como soldado , » á
fin de sostener por algún tiempo á la nueva administración,
miéntras buscaba esta cualquier medio de salir de la crítica po-
sición en que se habia colocado. « Yo compadezco, decia, al
general Urdaneta, á Ud. y á todos mis amigos que se han com-
prometido sin esperanza de salir bien , pues nunca debieron
contar conmigo para nada, después que había salido del mando
y que habia visto tantos desengaños. Á nadie le consta mas que
á Ud. mi repugnancia á servir, y la buena fe con que insté por
mi separación. Desde aquel momento he tenido mil motivos
para aprobar mi resolución : de consiguiente sería absurfto de
mi parte volverme á comprometer. Añadiré á Ud. una palabra
mas para aclarar esta cuestión : todas mis razones se fundan en
una: — no espero salud para la patria. — Este sentimiento,
ó mas bien esta convicción íntima , ahoga mis deseos y me ar-
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CAPÍTULO XVII. 384
rastra á la mas cruel desesperación. Yo creo todo perdido para
siempre , y la patria y mis amigos sumergidos en un piélago
de calamidades. Si no hubiera mas que un sacrificio que hacer
y este fuera el de mi vida, ó el de mi felicidad, ó el de mi ho-
nor,.... créame Ud., no titubeára. Pero estoy convencido que
este sacrificio sería inútil, porque nada puede un pobre hombre
contra un mundo entero ; y porque soy incapaz de hacer la fe-
licidad de un país, me deniego á mandarlo. Hay mas aun : los
tiranos de mi país me lo han quitado, y yo estoy proscrito;
así yo no tengo patria á quien hacer el sacrificio. »
Hé aquí la postrera manifestación que hizo el Libertador de
sus verdaderos sentimientos , y una ingenua explicación de su
conducta política en aquella época desgraciada de la República.
Estos sentimientos, depositados en el seno de la amistad y ex-
presados con la mayor franqueza, tienen el carácter augusto de
la verdad ; sobre todo cuando Bolívar no los desmintiera uu
ápice en los pocos meses que sobrevivió á tan explícita declara-
ción. Después de hacerla siguió , conforme indicaba , á Soledad
y Barranquilla, fijándose en este lugar. Así, ahora estamos per-
suadidos haber sido falso que el Libertador escribiera cartas á
Jiménez y socios, elogiaudo la rebelión del Callao, según creí-
mos entónces, cartas cuyos originales hemos buscado con mu-
cha diligencia sin haber podido hallarlos. Conociendo los rec-
tos principios de Bolívar, nos parece mo raímente imposible
que se hubiera degradado y contradicho escribiendo con elogio
á unos facciosos á quienes consideraba tales, y cuyos atentados
condenaba tan enérgicamente.
Á tiempo que Bolívar escribía á sus amigos con tanta clari-
dad sobre los peligros que corrían , y cuando consideraba con
razón , que no habia remedio para salvar la existencia de Co-
lombia , ya tenia conocimiento de nuevas actas. La capital de
Mompox habia hecho la suya presidida por su gobernador Fran-
cisco Troncoso , decidiéndose por el mando del Libertador, por
la integridad de la República , y reconociendo también al go-
bierno provisional establecido en Bogotá. Poco tiempo después
la provincia de Santamaría celebró actas uniformando sus sen-
timientos y su conducta con las de Cartagena y Mompox.
Mas no sucedió lo mismo con la de^Riohacha. El gobernador
de esta José María Cataño , luego que recibió las actas de los
jefes de la guarnición de Cartagena y de los padres de familia,
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382 HISTORIA DB COLOMBIA.
hechas en los primeros días de setiembre, convocó á la muni-
cipalidad y á los vecinos de la capital para deliberar lo que debian
hacer. Acordóse en una junta del li de setiembre, y por mo-
ción de José Andrés Pizarro , sostener al gobierno legítimo y
desconocer á las autoridades constituidas en la capital del de-
partamento ; pedir los auxilios y la protección , no solo del
departamento del Zúlia sino también del gobierno de Vene-
zuela; deponer al comandante de armas, lo mismo que á otros
oficiales , y nombrar á los que debian reemplazarlos. Dispuso
igualmente la asamblea que en los casos difíciles consultara el
gobernador con el consejo municipal.
Esta resolución fué seguida por el cantón de San Juan de
César ; mas no por el valle Dupar , que la rechazára , conti-
nuando unido al departamento. Para sostener la revolución
principiada en la capital se comisionó á Pizarro á fin de que
siguiera inmediatamente á Maracáibo á pedir auxilios de hom-
bres y de oficiales propios para disciplinar los cuerpos que se
iban á levantar. Este paso del gobernador y vecinos de Rioha-
cha debe improbarse bajo de cualquier aspecto que se le mire.
Enhorabuena que se hubieran mantenido fieles al gobierno le-
gítimo, desconocido indebidamente por las autoridades departa-
mentales. Mas pedir auxilios y solicitar la protección de un go-
bierno extraño, provocando así una guerra civil y acaso nacio-
nal que podia costar millares de víctimas , fué un crimen de
lesa patria.
El coronel Miguel Borras, prefecto del Zúlia, acogió con entu-
siasmo la insurrección de Hiohacha , la que animara con sus
cartas y ofrecimientos. Mas no pudiendo remitir tropas sin ór-
denes del gobierno de Caracas, envió al comandante Pedro Ca-
nijo, de tan funesta celebridad , diciendo que era su amigo ín-
timo y antiguo , capaz de obrar y de ser un buen consejero.
Después de estos elogios anadia por último : — « Ud. ya sabrá
que él fué el principal autor de la heroica aunque desgraciada
y malograda conspiración del 25 de setiembre. » Estos elogios
y sentimientos deshonrarán siempre la moralidad de Borras.
Las autoridades y habitantes de la provincia de Riohacha
sufriéronlos males consiguientes á una guerra civil que ellos
provocaron por haber solicitado del gobierno de Venezuela
auxilios y protección contra las autoridades de su patria. Una
expedición marítima á las órdenes del general Manuel Valdes,
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CAPÍTULO XVII.
383
enviada de Santamaría, se apoderó de su capital en 20 de octu-
bre , después que el 3 del mismo los revolucionarios por un
acta habían agregado esta provincia granadina al territorio de
Venezuela. Otra expedición de quinientos hombres de infante-
ría y caballería, mandada por el general José Félix Blanco, mar-
chó desde Mompox sobre el valle Dupar. Por aquella parte es-
taba Garujo con algunas milicias de los cantones de Riohacha y
San Juan , á quienes consiguió entusiasmar en favor de la rebe-
lión. Él mostró una grande actividad, talento y energía, cuali-
dades que le dieron bastante influjo entre los habitantes de Rio-
hacha, que le creyeron un excelente y denodado jefe.
La estación no podía ser mas adversa para combatir en la
provincia de Riohacha. Casi todas sus llanuras estaban anegadas
por las lluvias. Temíase, y con razón, que las enfermedades se
propagaran entre los soldados, y que esto prolongára la guerra.
Tampoco se hallaba tranquilo el departamento del istmo de
Panamá. El gobierno del vicepresidente Caicedo habia dirigido
allá de comandante general á José Domingo Espinar, secretario
que fué del Libertador ; por consiguiente no era adicto á la
nueva administración, que á la sazón presidia Mosquera. Desde
su entrada al mando en i 6 de julio, Espinar violó la constitu-
ción ; asumiendo la comandancia general sin prestar el jura-
mento de obedecerla. Dedicóse en seguida á ganar el afecto de
los negros, de los mulatos, y del resto del bajo pueblo, que in-
solentára en poco tiempo contra la gente blanca y contra los
vecinos distinguidos. Espinar era nativo de Panamá y de la
clase del pueblo á quien excitaba.
No confiando el presidente Mosquera en Espinar, quiso re-
moverle de la comandancia general , puesto en que era mas
peligrosa su desafección, y le nombró gobernador de la provincia
de Veráguas. Para comandante general del Istmo fué escogido
el general José Hilario López , á quien se ordenó que marchára
inmediatamente á su destino; mas como la traslación á Panamá
de este general podia retardarse algún tiempo, ó urgía que
Espinar fuera reemplazado , se le ordenó que entregára la co-
mandancia general interinamente al coronel Cárlos Robledo, y
en su defecto al comandante de milicias Juan de la Cruz Pérez.
Esta providencia irritó sobre manera á Espinar, quien valién-
dose de los militares que le eran adictos, hizo que le dirigieran
una representación en que , imitando las actas de Cartagena ,
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384
HISTORIA DE COLOMBIA.
denominaban al ministerio de Mosquera facción ministerial,)
se comprometían : a primero, á desconocer á todo otro gobierno
que no sea legítimo ; segundo , á sostener á todo trance la inte-
gridad nacional de Colombia, cualquiera que sea su forma de
gobierno ; y tercero, á respetar y proteger cualesquiera pronun-
ciamientos de este departamento , que estén en consonancia de
la integridad nacional y bien del país , conservando y mante-
niendo las autoridades actuales en sus respectivos destinos por
la observancia de la ley. »
Espinar recibió esta manifestación con el mayor gusto , elo-
giándola como que estaba llena de nobles y heroicos sentimientos,
con los que dijo se hallaba identificado. Después de imprimir y
publicar aquel documento , lo dirigió en 6 de setiembre al go-
bierno colombiano con un oficio insolente. Decia en él : «La
mayor parte de las personas encargadas de los ministerios se
encuentran poseidas de un espíritu vertiginoso, por el que
prostituyendo sus mas sagrados deberes , conducen el resto de
la República á una completa disociación, y provocan y entre-
gan los pueblos al furor democrático y á la anarquía mas com-
pleta. » Concluía diciendo que los militares del Istmo no obe-
decían orden alguna comunicada por los ministros existentes
en Bogotá desde el 2 de agosto último, sin decir por qué fijaba
esta fecha.
En seguida Espinar dirigió al ministro de la guerra un largo
oficio, manifestándole que se le designaba para sucesor en
primer lugar al coronel Robledo, que habia muerto hacía algún
tiempo; y en segundo , á un comandante de milicias que tam-
poco lo era. Infería de aquí ser la órden ilegal , y que por tanto
no la cumplía, reteniendo como retuvo la comandancia general.
Ejercía al mismo tiempo la prefectura ó el gobierno civil de
Panamá el generalJosé Fábrega, hombre de nacimiento distin-
guido y de influjo en aquel país. Este era un fuerte contrapeso
para frustrar los planes de Espinar, que pretendía dominar el
Istmo á su antojo. Así, para conseguirlo , después de haber ne-
gado la obediencia al gobierno supremo, trabajó activamente en
desunir las clases de la sociedad, y según la opinión general, él
fué quien excitó el 10 de setiembre p©r la noche un grande
alboroto de negros y mulatos , que amenazaban con el exter-
minio de los blancos; alboroto á que también concurrieron
parte de las milicias y algunos oficiales.
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capítulo xvii. :ís;í
Al siguiente día expidió un decreto declarando al departa-
mento del Islmo en asamblea. Fundábase en que habia una
conmoción interior á mauo armada, eu que se pretendía por
algunos romper la integridad nacional , y en que habia peligro
de una invasión exterior de parte de la Gran Bretaña , á causa
de que , según afirmó , algunos vecinos de Panamá se habían
dirigido al almirante de Jamáica pidiéndole protección para
separar enteramente al Istmo del resto de la República. En con-
secuencia declaraba también, que el comandante general rea-
sumia la prefectura ó el gobierno civil, y que observaría la
constitución y las leyes en lo que no se opusieran á la parte
directiva de los negocios, listo era equivalente á que Espinar
mandaría como se le anlojára y sin traba alguna. Él de ningún
modo tenia autoridad, según laconstilucion vigente, para hacer
tal declaratoria.
En vano se opuso el prefecto Eábrega. Espinar tenia á su de-
voción á la fuerza armada, y aquel se vió compelido á retirarse.
Poco después llegó á Panamá el nuevo prefecto José Vallarino,
que habia sido nombrado por el gobierno de Bogotá. Tampoco
le admitió Espinar, arrojándole violentamente del deparlamento
por una medida de policía.
El almirante de Jamaica desmintió de oficio la aserción de
Espinar, de que se le hubiera ofrecido poner el Istmo bajo la
protección de la Gran Bretaña. Parece cierto que algunos ve-
cinos de Panamá sí maquinaron esta desmembración de Co-
lombia.
Pocos dias después se recibió en Panamá la noticia de la in-
surrección del Callao. Creyendo los habilantes de aquella ciudad
haber llegado el tiempo de realizar sus antiguos proyectos de
independencia absoluta, á petición del síndico personero del
común, se convocó por el jefe político municipal un cabildo
pleno de los empleados y padres de familia. Esta asamblea,
fundándose en que el Istmo no tenia comprometimiento de
unión con la Nueva Granada; en que carecía de relaciones co-
merciales con los deparlamentos del centro ; finalmente, en
qu% separados los pueblos del sur de Colombia , trataban
á los del Istmo como extranjeros hostilizando su comercio,
acordó (setiembre 20/: « Primero, separarse del resto de la
República, especialmente del gobierno de Bogotá; segundo,
mauifestar sus deseos de que el Libertador se encargara del
TOMO IV. Íó
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38b HISTORIA DE COLOMBIA.
mando constitucional de Colombia, en cuyo caso volverla á
unirse luego que la nación colombiana se reorganizara de cual-
quier otro modo legal , quedando entre tanto bajo la inmediata
protección del mismo Libertador; tercero, que Panamá deseaba
que Bolívar se trasladára al Istmo, á fin de que colocado en este
punto pudiese atender á las partes dislocadas de la República, y
cuidar de que fuese reintegrada; cuarto, que continuára el ré-
gimen constitucional en lo que no se opusiera á este pronuncia-
miento; quinto, que se confiára la administración del departa-
mento al general José Domingo Espinar con el título de « jefe
civil y militar, » quien oiria en los casos graves el consejo de
cuatro vecinos respetables, nombrados por él mismo. » De esta
manera el general Espinar usurpó la autoridad y el mando en
el departamento del Istmo.
Después de la catástrofe acaecida en el Santuario al gobierno
constitucional de Colombia, las actas y pronunciamientos de la
mayor parte de las provincias granadinas habian sido aislados ,
y hechos por las ciudades , villas y parroquias. Solo Antióquia
y el Cáuca siguieron otra conducta. En aquel departamento, su
prefecto Alejandro Vélez convocó una asamblea de diputados
elegidos popularmente en todos los cantones. Acordó esta so-
meter la provincia al gobierno existente en Bogotá. En conse-
cuencia Vélez dimitió el mando para no servir á un gobierno
que juzgaba ilegítimo y contrario á los principios liberales y
republicanos que él profesaba.
En el departamento del Cáuca el prefecto doctor José Antonio
Arroyo mandó igualmente reunir una asamblea de diputados á
fin de que deliberasen sobre lo que se debiera hacer en aquellas
circunstancias. Entre tanto el pueblo de Cali, que era entusiasta
por el Libertador , sabiendo los sucesos ocurridos en Bogotá ,
proclamó á Bolívar en el mismo sentido que esta ciudad. Diri-
gido por el capitán Manuel José Collásos y por otros oficiales,
sitió el cuartel que defendia una compañía del batallón Várgas.
Al cabo de quince dias el jefe político Nicolás Caicedo y el co-
mandante militar Eusebio Borrero capitularon con los insur-
rectos. « Mueran los blancos, y viva el Libertador » era el ¿rito
de guerra de estos. Sin embargo de su encono después de la ca-
pitulación se restableció la tranquilidad, y ambos partidos ofre-
cieron cumplir fielmente lo que resolviera la asamblea departa-
mental. El mismo comandante general del Cáuca José Hilario
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capítulo xvu. 387
López, que marchaba contra Cali, tuvo que aprobar el convenio,
retirándose en seguida á Popayan.
Restablecida la tranquilidad se reunió en Buga el 44 de no-
viembre la asamblea de diputados del departamento , presidida
por el general Pedro Murguéitio, admirador constante de Bolí-
var. En todas las sesiones hubo la mayor libertad en la discusión
y en las deliberaciones. Desde la sesión del 13 acordó la asam-
blea, por mayoría de sufragios, uniformar los sentimientos del
Gáuca con los del resto de la República ; es decir, proclamar al
Libertador jefe de Colombia, y á Urdaneta para que gobernase
entre tanto : exigióse expresamente que fuera conforme á la
constitución y á las leyes vigentes. Acordó también — « que
ningún Caucano ni persona residente en el departamento pudiera
ser perseguido ni molestado ante ninguna autoridad, ni en nin-
gún tiempo , por las opiniones políticas que hubiese manifes-
tado, ó por la conducta política ó militar que hubiera observado
desde la disolución del gobierno general hasta aquel dia; de-
jando salva la responsabilidad por perjuicio de tercero en loque
mira á la acción civil. » — Los miembros de aquella asamblea,
que eran patriotas juiciosos y moderados, deseaban evitar la
guerra civil con esta resolución muy propia de las circuns-
tancias.
En la noche que la asamblea de Buga terminaba sus sesiones,
le dió cuenta su presidente Murguéitio de un oficio que acababa
de recibir de Bogotá. El secretario de la guerra Urdaneta insis-
tía en el nombramiento que antes Labia hecho de Murguéitio
para comandante general del Cáuca, por haber destituido á
López , al que trataba de asesino del gran mariscal de Ayacu-
cho, lo mismo que al general José María Obando, con quienes
decía que jamas transigiría. Improbó por consiguiente el con-
venio celebrado con López cuando marchaba contra el pueblo
amotinado de Cali.
En esta comunicación , que tenia la fecha del 2 de noviem-
bre, se decia á Murguéitio : — «Si Us. duda de las buenas in-
tenciones de la asamblea caucana que me dice debe reunirse,
impida Us. dicha reunión , y sobre todo esfuércese por librar
al Cáuca de los monstruos que lo oprimen y lo deshonran, de
los asesinos Obando, López y su pandilla. » — Esta orden se
tomó después por Obando, López y los habitantes de Popayan
como fundamento para decir que los acuerdos de la asamblea
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388 HISTORIA DE COLOMBIA.
de Buga no habían sido libres, para no obedecerlos, y aun para
romper la unidad nacional. Mas con solo ver la serie cronoló-
gica de los sucesos , queda completamente rebatida semejante
acusación.
La misma asamblea determinó que en aquellas circunstan-
cias el prefecto del departamento residiera en alguna de las
ciudades del valle del Cáuca. Urdaneta por un decreto expedido
poco después designó provisionalmente á Cali para capital. Los
vecinos de Popayan sintieron y se quejaron amargamente de
esta resolución, que influiría no poco en su enemiga contra el
gobierno provisional de Bogotá ; la variación de capitales ha
sido siempre un motivo de guerras civiles en Colombia, donde
quiera que ha ocurrido.
El prefecto Arroyo, que se habia manejado en aquellas difí-
ciles circunstancias con mucha firmeza y cordura, renunció en-
tonces el destino. El gobierno de Urdaneta le reemplazó por el
coronel de milicias José Ignacio González, quien se habia mos-
trado en las turbaciones anteriores de Cali muy adicto á Bolí-
var. Arroyo , temiendo ser perseguido , se ocultó en Buga por
algún tiempo.
Á excepción de las provincias de Pasto, Buenaventura, Casa-
nare y Riohacha, toda la Nueva Granada propiamente dicha se
pronunció por el gobierno del Libertador y por el de Urdaneta,
miéntras aquel se trasladaba á la capital á encargarse de la ad-
ministración pública. Mencionóse en algunas actas el sostener la
integridad de la República ; pero en otras muchas este artículo
se omitió. La mayoridad de los Granadinos no quería que se
disipáran sus pocos recursos, ni que se derramára la sangre de
sus hijos combatiendo por sojuzgar á Venezuela y al Ecuador.
Estaban persuadidos, que aun el triunfo completo en esta era-
presa difícil en extremo no haria mas rica ni mas feliz á la
Nueva Granada. Opinamos que tanto en esto como en reconocer
á un gobierno de hecho, mostraron su cordura los Granadinos.
Al dar semejante paso tuvieron en mira libertarse de la anar-
quía y de la guerra civil que habrían sido consiguientes. Pare-
cíales con razón, que era mejor tener provisional menté1 un
gobierno general que carecer de él. Influyó también en su de-
terminación el prestigio de Urdaneta entre los militares y civi-
les, por su elevado puesto en la milicia , por sus antiguos servi-
cios á la causa de la Independencia, y por los altos empleos
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CAPÍTULO XVII.
que habia desempeiiado con probidad , lalento y firmeza. Sin
embargo , estas razones habrían aparecido sin fuerza alguna
delante de los partidos violentos y de los odios populares, sin
la esperanza que muchos alimentaban de que el Libertador se
encargára de la primera magistratura. Su nombre hizo el pro-
digio de acallar por algunos meses los rencores y las exaltadas
pasiones tanto de sus amigos como de sus enemigos los mas de-
cididos.
Empero no se habia conseguido este feliz resultado en la pro-
vincia de Riohacha. Casi toda ella estaba en armas, y sus habi-
tantes solo pensaban en defenderse y sostener sus pronuncia-
mientos. Á pesar de que el jefe de la expedición de Cartagena,
general Valdes, se habia apoderado de la capital con setecientos
cincuenta y cuatro hombres de buena tropa, encerrado en la
ciudad y sin emprender operación alguna, ocupábase en pedir
nuevos auxilios de infantería, caballería y pertrechos, y en
hacer preparativos de defensa. Temiendo que iba á ser atacado,
envió dos compañías del batallón Tiradores á practicar un re-
conocimiento en los alrededores de la plaza. Cuando regresa-
ban el 29 de octubre , cayeron en una emboscada que les habia
preparado Canijo, quien las derrotó haciéndoles perder treinta
y siete soldados y tres oficiales.
Á pesar de esta lijera desgracia, Valdes se resolvió finalmente
á salir en persona hácia Laguna-Grande, donde se dijo estar el
enemigo ; halló empero que Canijo se habia ido al interior de
la provincia en busca de la columna mandada por Blanco. No
habiendo enemigos que se lo impidieran, debia el general Val-
des, en cumplimiento de sus instrucciones , seguir las huellas
de los Riohacheros hasta unirse con Blanco, ó ponerse de acuerdo
para batir á sus contrarios. Mas en vez de hacer esto que exi-
gían sus deberes y su honor, Valdes regresó á la ciudad de Rio-
hacha, donde reposára tranquilo contentándose con pedir su
relevo. Disculpábase con que tenia muchos enfermos ; sin em-
bargo trescientos hombres de sus fuerzas, mandados por un jefe
de valor y actividad , podían haber recorrido sin riesgo toda la
provincia.
En el intermedio la columna de Blanco habia sufrido muchas
demoras y fatigas hasta el valle Dupar. Desde aquíá San Juan
de César, los rios fuera de madre , la anegación del terreno, el
fango y las lluvias, no solo detuvieron sus marchas, sino que
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390 HISTORIA DE COLOMBIA.
produjeron muchas bajas por las enfermedades. Sin embargo
el enemigo no defendió á San Juan, que ocupára Blanco sin re-
sistencia el 27 de octubre. Allí supo que , por la noticia de la
toma de la capital, Canijo habia seguido con seiscientos hom-
bres hácia ella, y que trescientos mas se hallaban en el Molino.
Blanco marcha, pues , contra estos , y al siguiente dia consigue
dispersarlos en el mismo pueblo ; ambos partidos perdieron al-
gunos hombres muertos y heridos. Blanco vió entonces que
protegidas las guerrillas enemigas por la espesura de los bosques
y matorrales , mataban ó herían á sus soldados , sin que estos
pudieran ofenderlas, porque se dispersaban inmediatamente
que veían algún peligro ; género de guerra que debia costar
mucha sangre y que prolongaría la contienda.
Desde el Molino contramarchó Blanco á San Juan , punto
céntrico y de mayores recursos. Esta marcha, que se hizo por
entre pantanos, enfermó á casi toda la columna, cuyos cuarte-
les se convirtieron en otros tantos hospitales. El general Blanco
fué uno de los enfermos de peligro , quien tuvo que dejar el
mando al jefe de estado mayor coronel José de Lima, y trasla-
darse á Dupar.
Fuera de las calenturas que diariamente conducían algunos
hombres al sepulcro , sufrían las tropas del Magdalena el ham-
bre y escasez de muchos artículos necesarios para vivir y cu-
rarse de sus enfermedades. La decisión de los habitantes de
Riohacha por defenderse de los que les atacaban era general.
Ni un hombre podían hallar los defensores del gobierno de Bo-
gotá. Al acercarse á los pueblos , á las haciendas , y aun á las
chozas de los yermos, hombres, mujeres y niños, todos huían,
llevándose cuanto podian conducir. Ni un guia, ni un peón , ni
una noticia podian encontrar los invasores. Por el contrario se
daban á los Riohacheros armados cuantos informes conseguiau
sus compatriotas. Preguntados algunos sobre ¿cuál era la causa
de tanto odio y decisión contra el gobierno existente? contesta-
ban : — « que se habian levantado contra la tiranía del gene-
ral Bolívar y porque la sangre de Padilla pedia venganza^: »
añadían, — « que pronto vendría Páez á libertar los pueblos
del yugo del tirano. » El que designaban con este nombre estaba
retirado hacía ocho meses ; así eran ridículos semejantes moti-
vos para tamaña ojeriza. Borras, el gobernador de Maracáibo,
por medio de Carujo habia ofrecido socorros y halagado á los
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í:apjtii.o xyu. 301
habitantes de Hiohacha con la quimérica y falsa esperanza de
que serian auxiliados por el gobierno de Venezuela. Ingerencia
indebida y falsedad inexcusable de Borras , que por este medio
causó daños muy graves á los pueblos de aquella provincia gra-
nadina.
Siendo tan contrarias las disposiciones de los habitadores de
Riohacha, las tropas acantonadas en San Juan se hallaban sin
vituallas en un país todo enemigo, y apenas por la fuerza po-
dían atrapar algunos ganados. Sabiendo los enemigos que la
columna estaba enferma en gran parte, la atacaron con mas de
quinientos hombres (noviembre H). El coronel Lima consiguió
rechazarlos, causándoles alguna pérdida. Sin embargo, alenta-
dos por Canijo recién venido de Riochacha , pusieron con sete-
cientos hombres el 17 de noviembre un estrecho sitio á las tro-
pas acantonadas en San Juan. En consecuencia las privan del
agua, se apoderan de muchas casas, que fortalecen, é impiden
las comunicaciones entre los cuarteles de los cuerpos. Pasóse la
noche en un tiroteo y alarma continuos. Al amanecer manda
Lima incendiar las casas de paja ocupadas por los enemigos.
Arden, y entonces los acomete con doscientos infantes y sesenta
húsares. Sucesivamente los arroja de las casas y corrales fuer-
tes que ocupaban. En seguida la columna de Canijo es derro-
tada con bastante pérdida, y se dispersa por los bosques. Díjose
que Carujo huyera de los primeros, sin embargo de su bien
acreditada valentía.
Mientras que la guerra desolaba á la despoblada provincia
de Riohacha , en la parroquia de San Juan de la Ciénaga hubo
una revolución contra el gobierno existente. Acaudillábala el
oficial retirado Carlos Hormechea. Á pretexto de que la provin-
cia de Santamarta no dependiera de la autoridad departamental,
junta doscientos hombres y marcha contra la plaza el 16 de
noviembre. La mayor parte de la gente colecticia que llevaba se
le dispersa en el camino que guia á la ciudad de Santamarta;
empero reforzada por los Indios de lionda y Mamatoco, les
ofrece un saqueo por tres dias, y el 18 ataca la ciudad con
igufl número de doscientos hombres. No contaba con que el
mismo dia habia desembarcado el batallón Pichincha , y espe-
raba que se le unirían las milicias de la plaza; mas recibió un
funesto desengaño, pues su comandante Joaquín Mier las con-
dujo al combate. Viéndose perdido Hormechea tuvo que huir
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392 HISTORIA DE COLOMBIA.
precipitadamente , dejando algunos muertos y prisioneros. En
los di as siguientes los amotinados fueron perseguidos con tanta
constancia y actividad por el general José Sardá, que ántes
del Io de diciembre ya estaba completamente restablecida la
tranquilidad. Huyeron los cabecillas hácia Riohacha.
Entre tanto el comandante general del departamento Mon-
tilla, que residía en Santamaría para activar de cerca la pacifi-
cación de Riohacha, supo con certidumbre que tanto la revolu-
ción de la Ciénaga como el haber sido atacada la ciudad, pro-
venia de sugestiones de algunos demagogos vecinos de ella.
Estando autorizado con facultades extraordinarias delegadas
por la prefectura del departamento en virtud de un decreto del
ejecutivo expedido en 19 de octubre , dicto Montilla un acto de
expulsión contra once ciudadanos principales de Santamaría.
Esta providencia causó una dolorosa sensación , y el obispo
doctor José María Estéves se interesó vivamente á fin de que se
revocara, asegurando que podían seguirse malas consecuencias
para la tranquilidad pública. Sin embargo de que Montilla no
las temia, convino, aunque disgustado en extremo contra el
intercesor, según dijo oficialmente á Urdaneta, en modificar su
decreto, fundándose en que el mismo obispo garantía la con-
ducta pública de los que iban á ser expulsados. Al fin sufrieron
esta pena impuesta gubernativamente : Andrés del Campo, teso-
rero, Miguel García Munive, y José García Castillo. Envióseles
á Cartagena , de donde los hizo salir el prefecto, como hombres
peligrosos á la tranquilidad pública, dándoles pasaporte para la
isla de Jamaica.
Terminados los movimientos del pueblo de San Juan de la
Ciénaga } Montilla destinó al gobierno y comandancia general
de Riohacha al general Sardá, quien relevára al inepto Valdes.
Sarda, que era conocido y estimado por los habitantes de la
provincia, halló (diciembre 42) á la división invasora en un
estado lamentable. Sin embargo de haber llevado algún refuerzo,
pudo apénas reunir trescientos hombres disponibles. Estaba el
resto en los hospitales ó convaleciente.
La variación de jefe y el descalabro que habían sufrido los
amotinados en San Juan de César principiaron á producir bue-
nos efectos, sobre todo en este cantón. Muchos de los cabecillas
se presentaron y fueron bien recibidos. Esta conducta dió con-
fianza á los demás, que tornaron á sus domicilios y ocupaciones
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CAPÍTULO XVII. 3'J3
domésticas, restableciéndose la tranquilidad perdida. Los mis-
mos habitantes de San Juan celebraron un acta anulando aquella
por la cual se habian sublevado contra la autoridad departa-
mental.
Á fin de apoyar con la fuerza este buen principio de órden,
forma Sarda una columna volante con la que se pone en cam-
paña con el objeto de perseguir á los cabecillas derrotados en
César. Luego que los Goajiros y demás habitantes del Hacha
tuvieron noticia de quien mandaba las tropas del gobierno, de-
pusieron por todas partes las armas. Perseguidos de cerca por
Sarda el gobernador Cataño, Canijo, Pizarro/Hormechea, Mar-
tínez, los Mendozas y otros veinte individuos de los mas com-
prometidos en la insurrección, emigraron por la Goajira á Ma-
racáibo. Desde entonces la paz y el órden se restablecieron,
quedando la provincia tranquila y sumisa á las autoridades de-
partamentales.
Lo mismo sucedia con el istmo de Panamá respecto del
gobierno de Urdaneta. Después de haberse regido por dos meses
con independencia absoluta del ejecutivo, Espinar, observando
que casi todas las provincias del centro habian reconocido al
gobierno provisional de Bogotá, que mandaba en lugar del Li-
bertador, abandonó el proyecto de formar un Estado en el
Istmo. Reincorporó el departamento al resto de la República;
reconoció la autoridad del gobierno existente, así como el im-
perio de la constitución y de las leyes. Este decreto fué confir-
mado por un acta solemne que acordaron los empleados civiles
y eclesiásticos de Panamá unidos á los padres de familia. Tal
acto, que se verificó el 11 de diciembre, honra el buen juicio
de los habitantes del istmo, reconociendo que no podian soste-
ner el rango de Estado independiente á que aspiraban algunos
ambiciosos de aquel departamento, pobre y de escasa pobla-
ción.
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<*"A ¿-A <• -ív íSA S*;!». ¿¿A
^^^K ^» ^"^F. ^^^^ V^Pi t*?^. -'-"""P- ^pT>* ^3 w^TP* Wí*
Estado de las relaciones exteriores con Francia : su gobierno ofrece reco-
nocer la Independencia de Colombia. — El ministro colombiano Palácios.
— Pasos de los gobiernos de la Gran Bretaña y de la Francia para que
la España reconozca nuestra Independencia. — Constitución de Venezuela.
— Deja lugar para la federación. — El congreso de Venezuela acuerda
otros varios actos. — El Ecuador se da también una constitución. — Lo
que dispone sobre federación de Colombia. — Decreto que expide en ho-
nor de Bolívar. — Misión de Flórez á Bogotá : lo que se le contesta. —
Intrigas de Flórez en Buenaventura y Pasto : consigue unir estas dos
provincias al Ecuador. — Providencias de Ürdaneta en el centro : produ-
cen mucho disgusto en los pueblos. — Principia la revolución en el So-
corro. — Planes vastos de ürdaneta. — Invasiones sobre Cúcuta y la villa
de San Antonio. — Explicaciones pacíücas que da el gobierno de Vene-
zuela. — Oficial que envía á Casanare. — Impide las comunicaciones
epistolares con la Nueva Granada. — Preparativos militares de Ürdaneta
por el sur. — Su injusta conducta con Obando y López. — Pronuncia-
miento de los militares de Popayan á favor de estos. — El cantón de
Popayan se une al Ecuador; debilidad de sus fundamentos. — El Ecuador
admite la agregación. — Misión de Luis Ürdaneta al Ecuador: Espinar
le da auxilios en Panamá. — Revolución de Guayaquil en favor de la
integridad de Colombia. — Imítala el Asuay : también Quito. — Flórez
sin fuerzas emprende combatir la revolución , que llega á Ibarra. — Con-
tribución que exige Ürdaneta en Guayaquil. — Incendio de esta ciudad,
y marcha de Ürdaneta hacia la Sierra. — Enfermedad de Bolívar en Bar-
ranquilla. — Trasládase á Santamaría á la quinta de San Pedro. — Recibe
los sacramentos, hace su testamento y mucre de tisis. — Sus exequias
en Santamaría. — El gobernador de Jamáica le envía un médico. — Ca-
rácter del Libertador como guerrero , como político y como administrador.
— Sus disposiciones testaméntales. — Situación difícil de Ürdaneta en
Bogotá. — Sentimientos que excita la muerte de Bolívar. — Proclama y
providencias que dicta Ürdaneta. — Restablece las garantías individuales
y convoca un congreso en la villa de Léiva. — Reorganiza el consejo de
Estado y nombra el procurador general de la nación. — Entabla negocia-
ciones con Venezuela y con el Ecuador. — Comisionado de este gobierno.
CAPÍTULO XVIII.
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CAPÍTULO XVIII.
39S
— Exequias de Bolívar en Bogotá. — Operaciones de Luis Urdaneta en
el Ecuador. — Contradicciones de Flórez. — Sus operaciones contra los
sublevados en Ibarra y contra Urdaneta. — Contrarevolucion en Buena-
ventura. — Otra en Venezuela por la integridad de Colombia : hace mu-
chos progresos. — No se invoca á Bolívar como jefe supremo. — Provi-
dencias de Páez á fin de oponerse á los revolucionarios. — Ofrece al
gobierno del centro evitar toda clase de hostilidades. — La muerte de
Bolívar favorece al gobierno de Venezuela, asi como la reunión del con-
greso. — Bermúdez se declara en favor del gobierno venezolano. — Ob-
tiene grandes ventajas en el oriente. — Monágas pide una entrevista con
Páez. — * Acuerdos del congreso : autoriza á Páez para terminar la guerra.
— Sucesos militares en el Ecuador. — Convenio entre Flórez y Luis Ur-
daneta. — Marcha retrógrada de este. — Sublévanse Guayaquil y varios
cuerpos contra Urdaneta. — Termina la contrarevolucion. — Son disueltos
los cuerpos de tropas que la hicieron. — Causas de la miseria y del dis-
gusto de los pueblos de Colombia. — Operaciones militares contra Obando
y López. — Las tropas del general Rafael Urdaneta se pasan unas, y son
derrotadas otras en Palmira. — Obando pasa por las armas en Cali á cuatro
oficiales prisioneros. — Ocupa el valle del Cáuca. — Dirige intimaciones
á Antióquia y á Bogotá. — Acta de los pueblos del Cáuca uniéndose al
Ecuador. — Obando no se apodera del mando civil. — Flórez admite con
placer las agregaciones. — Conducta del coronel Posádas.— Providencias
que dicta Urdaneta para sostenerse. — Decreta un reclutamiento de tro-
pas. — Recibe como favorables las noticias de los movimientos de Vene-
zuela en favor de la integridad colombiana. — Peticiones que le dirigen
algunos de sus partidarios en Bogotá. — Envío de tropas y escasez de
numerario. — Movimientos revolucionarios en Soledad y Barranquilla. —
El prefecto declara al departamento del Magdalena en estado de asam-
blea. — Decreta la expulsión de diez y seis ciudadanos. — Sale de Carta-
gena una expedición contra los amotinados : la manda el general Luque.
— Derrota á los sublevados. — Arribo á Sabanilla de los expulsados de
Cartagena. — Su prisión y envío fuera del país. — Rebelión de Luque y
de sus tropas contra el gobierno del Magdalena. — Actas de los militares
y de los pueblos en el mismo sentido. — Principios que proclaman. —
Primeros decretos de Luque como jefe civil y militar. — Se adhiere á su
movimiento la provincia de Santamaría. — Liberales de nuevo cuño que
aparecen. — Situación critica de Montilla en Cartagena. — Los revolucio-
narios obran activamente. — Primeros oficios de Luque á Montilla. —
Luque exige que este deje el mando , lo mismo que el prefecto. — Se
rechaza tal proposición. — Luque asedia la plaza de Cartagena. — Toma
qjs buques de sus enemigos. — Cuestión con el capitán ingles Oldrey;
este impone á Luque duras é injustas condiciones. — Mompox se pro-
nuncia en favor de la revolución. — Comisionados de Santamarta á Lu-
que.— Improbación del convenio que ajustan. — Movimientos alarmantes
en el Istmo. — Espinar los patrocina y fomenta. — Rivalidad de este con
el general Fábrega. — El coronel Alzuru se encarga del mando en Pa-
namá. — Peportacjon dé Espinar. — Sumisión aparente del Istmo al
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306
HISTORIA DE COLOMBIA
gobierno de Bogotá. — Estado en que se halla Antióquia. — Providencias
violentas del coronel Castelli. — Alzamiento de Salvador Córdoba.— Ob-
tiene ventajas en el nordeste.— Derrota á Castelli enAbejorral. — Liberta
Córdoba al departamento; se encarga de su gobierno.
Año de 1830. — Referimos ántes el estado que tenían las
relaciones exteriores de Colombia hasta la célebre revolución de
julio , que arrojó del trono de Francia á Cárlos X y á los demás
individuos de la familia de Borbon que correspondían á lapri-
mera rama. Después que Luis Felipe de Borbon , duque de Or-
leans, fué llamado á ocupar su lugar como rey de los Franceses,
el enviado colombiano Leandro Palácios pidió y obtuvo en 28 de
agosto una conferencia con el ministro de relaciones exteriores
el conde Mole. En ella le informó este — a que S. M. el rey de
los Franceses con acuerdo de su consejo habia determinado re-
conocer á los nuevos Estados americanos, bajo las mismas con-
diciones que lo habia hecho la Inglaterra ; que muy pronto se
le pasaria una nota con la notificación , y que desde luego se le
facultaba para anticipar el aviso á su gobierno. » — En efecto,
el 30 de setiembre el conde Molé dirigió una nota á Palácios en
que le decia : « Estoy encargado por S. M. de anunciarle que,
reconociendo en principio la Independencia de Colombia, estaba
pronto el gobierno francés á concluir con ella un tratado de
amistad , comercio y navegación ; tratado que reposaría sobre el
principio de la mas exacta igualdad. »
Mas cuando Palácios recibió esta notificación , ya tenia en su
poder la orden expedida por el gobierno del presidente Mosquera
en 7 de julio iiltimo revocando su misión diplomática y exo-
nerándole del consulado general. Por consiguiente tuvo que
anunciarlo al ministro francés , y se vió privado así de ser el
plenipotenciario en cuya cabeza fuera reconocida por la Francia
la Independencia de Colombia.
Posteriormente fué nombrado Palácios por el gobierno provi-
sional de Urdaneta, enviado extraordinario y ministro pleni-
potenciario de la República en Lóndres. Excusóse de aceptar
el destino á causa de la triste situación de sus negocios domés-
ticos. El gobierno colombiano, escaso siempre de recursos pecu-
niarios, habia diferido por mucho tiempo el pago de los sueldos
y gastos de su legación en Francia. Hallábase por tanto el mi-
nistro Palácios adeudado, en la miseria y sin medios, para en-
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CAPÍTULO XVill. 397
cargarse de la representación de Colombia en la Gran Bretaña.
De tan triste manera terminaron las misiones diplomáticas de
Colombia en Europa, donde solamente se conservó la de Roma.
Tampoco se habia reemplazado la de los Estados Unidos, vacante
por la revocación de los poderes del general O'Leary.
Después de la* revolución de julio, unidos los esfuerzos del
monarca francés á los de la Gran Bretaña, para persuadir al
gobierno de Fernando VII de lo ruinosas que eran tanto á la
Monarquía española , como al comercio de las demás naciones ,
las expediciones militares contra la independencia de sus anti-
guas colonias, al fin las abandonó. Mas el gabinete de Madrid,
aunque permitió el comercio de las nuevas repúblicas con los
puertos de la Península , se denegó por algunos años á tratar
sobre el reconocimiento de nuestra Independencia.
Las revoluciones sucesivas de Colombia perjudicaban sobre
manera á este grande objeto. Los departamentos del norte y
del sur no retrocedían un punto de la carrera que habían em-
prendido para disolver la República.
Dejamos á los representantes de los departamentos de la an-
tigua Venezuela reunidos en congreso y discutiendo una cons-
titución. Firmóse en 22 de setiembre, estableciendo un gobierno
que siempre debia ser republicano, según su expresión. El po-
der legislativo estaba dividido en senado y cámara de repre-
sentantes, cuya duración debia ser por cuatro años, lo mismo
que la del presidente y vicepresidente de la República. Las elec-
ciones de todos estos funcionarios eran populares, según la
constitución, nombrando el pueblo electores, y restringido
algún tanto el derecho de sufragio. Dióse la misma duración de
cuatro años á los magistrados de la corte suprema de justicia,
y á los ministros de las cortes superiores, golpe funesto contra
los principios que organizan el poder judicial en las demás na-
ciones; siempre se ha sostenido la máxima, de que haciendo á
los jueces temporales, se les quita su independencia.
Por esta constituciou se introdujeron las diputaciones provin-
ciales destinadas á promover los intereses de las provincias. Esta
ert la misma idea de las cámaras de distrito creadas por la
constitución colombiana de 1830, á la que se parecía la de Ve-
nezuela en la mayor parte de su estructura y de sus disposicio-
nes. Empero no la imitó en las facultades del poder ejecutivo;
el de Venezuela quedó constituido con liberalidad, mas era dé-
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398 HISTORIA OE COLOMBIA.
bil en extremo é incapaz de sostenerse contra los embates fre-
cuentes que sufren nuestras mal constituidas repúblicas.
El artículo 227 de la constitución venezolana trataba de la
unión federal, y decia : — a Los futuros congresos constitucio-
nales están autorizados para dictar las providencias conducentes
á que se verifiquen de la manera mas conveniente á los pueblos
de Venezuela los pactos de federación que unan, arreglen 7
representen las altas relaciones de Colombia, luego que se cum-
plan las condiciones del decreto de la materia, y conforme á las
bases que la opinión general vaya fijando para dichos pactos. »
— Tal fué la disposición relativa á Colombia contenida en la
constitución venezolana.
Fuera de esta, el congreso constituyente de Venezuela acordó
varias leyes y decretos para la organización de la nueva repú-
blica. En general nos parecen merecidos los elogios que se tri-
butan al celo y patriotismo de la mayor parte de sus miembros.
Habiéndose instalado este congreso el 0 de mayo y terminado
sus sesiones el 14 de octubre, duró exactamente el mismo tiempo
que el de Cúcuta.
Con los actos constitucionales y legislativos acordados por el
congreso constituyente, debemos considerar como terminada la
separación de los departamentos correspondientes á la antigua
capitanía general de Venezuela. Veamos ahora los pasos que
dieron en la misma carrera las provincias meridionales que for-
maban la presidencia de Quito.
Mencionamos ántes la convocación hecha por el general Flórez
de un congreso constituyente que debia componerse de los re-
presentantes de los departamentos del Ecuador, Guayaquil y
Asuay. Reunióse en efecto en la ciudad de Riobamba, y en
veinte y nueve dias acordó una constitución republicana. Con-
firió el poder legislativo á una sola cámara de diputados, elegi-
dos todos por los pueblos cada cuatro años, en número igual
por cada uno de los tres departamentos. El congreso debia reu-
nirse anualmente. Encargóse el poder ejecutivo á un presidente
cuya duración era de cuatro anos, y por su falta, le reemplazaba
el vicepresidente de la República. Adoptó el título de — « Estado
del Ecuador. » El general Juan José Flórez fué nombrado pre-
sidente, y vicepresidente el ciudadano José Joaquin Olmedo,
natural de Guayaquil.
Se dispuso en esta constitución : — a El Estado del Ecuador
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capítulo xyiii. 399
concurrirá con igual representación á la formación de un colegio
de plenipotenciarios de todos los Estados (de Colombia) , cuyo
objeto sea establecer el gobierno de la nación y sus atribuciones,
y fijar por una ley fundamental los límites, mutuas obligacio-
nes, derechos y relaciones nacionales de todos los Estados de la
unión. » Por otro artículo se disponía — « que cualquiera de
sus disposiciones que resultara en oposición con el pacto de
unión y fraternidad que habia de celebrarse con los demás
Estados de Colombia, quedára derogada para siempre. » Estos
artículos no dejan la menor duda de que los representantes del
Ecuador alimentaban en aquella época la esperanza halagüeña
de que se conservaría Colombia unida con un vínculo fede-
rativo.
El mismo congreso dio inmediatamente después todos los
decretos y leyes orgánicas que se juzgaron necesarias ó útiles
para la marcha regular del nuevo gobierno y de su administra-
ción. Entre los primeros solo mencionarémos el decreto de ho-
nores al Libertador. Se le proclamó padre de la patria y protec-
tor del sur de Colombia ; ofreciósele eterna memoria y gratitud
por sus inmortales beneficios; ordenóse que su retrato se colo-
cára en todas las salas de justicia y gobierno; que el dia de su
nacimiento fuera celebrado como fiesta nacional; ratificáronse,
en fin, todos los títulos y honores que se le habían conferido
por las leyes de Colombia. Testimonio tan brillante de la grati-
tud del Ecuador para con el héroe de la América del Sur, con-
trastaba de una manera elocuente con el ostracismo que le habia
decretado el congreso de Venezuela, y con la ingratitud de su
patria, á la que tanto amara y sirviera.
Desde ántes de instalarse el congreso envió Flórez comisio-
nados á Venezuela y al centro ó Nueva Granada. Dijo en su
mensaje al congreso, que habia sido con el doble objeto de sin-
cerar su conducta, y con el de excitar á sus respectivos gobier-
nos para que sostuvieran la unión colombiana. El enviado á
Bogotá fué el general Antonio Moráles. Vino este encargado y
solicitó con instancia el reconocimiento explícito del nuevo
Estado , proponiendo algunas otras basas para la unión futura.
El general Urdaneta contestó por medio de su secretario del
interior Vergara, que, siendo su gobierno provisional, aguar-
daba la venida del Libertador á encargarse del mando supremo.
Después de nuevas instancias del comisionado, se le dijo que el
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400 HISTORIA DF COLOMBIA.
poder ejecutivo tenia por regla invariable de su conducta el
decreto de \ I de mayo expedido por el congreso constituyente,
y que según sus disposiciones , el gobierno colombiano convo-
caría oportunamente la convención; que concurriendo á for-
marla los diputados del sur, podrían arreglarse en ella con fa-
cilidad todas las cuestiones relativas á la unión y á los intereses
comunes de las diferentes partes de Colombia.
Sin embargo de aquella misión pacífica, estaba muy léjos
Flórez de no tramar proyectos subversivos en los departamentos
del centro para ensanchar su territorio. Fruto de tales pasos
fué la separación de la provincia de Buenaventura, que pertenecía
al departamento del Cauca. Fueron los jefes que promovieron
su pronunciamiento el coronel Francisco García y Manuel de
Jesús Zamora , capitán de la goleta mercante La Rosa. Estos
regresaron de Guayaquil a Iscuandé, seducidos probablemente
por Flórez ó por sus amigos ; asociándose á otros habitantes ,
sorprendieron al gobernador y á sus agentes, se apoderaron del
cuartel y dieron la ley á la capital de la provincia de Buena-
ventura. De aquí provino el acta de Iscuandé celebrada el 29
de agosto, en la que Zamora se tituló gobernador, y García co-
mandante de armas. Por esta acta dicha capital se agregó y
unió al nuevo Estado del sur, uniformando sus sentimientos
con los de Guayaquil. Fundóse únicamente en que la provincia
litoral de Buenaventura tenia relaciones mas íntimas y estre-
chas con los puertos del sur que con los del centro. Los canto-
nes de Barbacoas, Tuuiaco, Guapí y Micay siguieron después el
ejemplo de su capital , aunque mal de su grado , porque care-
cían de fuerzas para resistir. Solamente el Raposo se mantuvo
unido al resto del departamento.
Empero no fueron estas las únicas intrigas de Flórez para
formar en el sur de Colombia un Estado que fuera extenso, rico
y poblado ; él no reparaba en los medios ni en la justicia que
vulneraba desorganizando al centro. Cuando vió que se habían
realizado sus designios sobre la provincia de Buenaventura,
los activó en Fasto. Allí existia de guarnición la mitad del ba-
tallón Vargas regido por el coronel Whitle, pues el otro ni$dio
lo había conducido Obando á Popayan cuando acaeciera la re-
belión del Callao. Whitle, bien fuera que le sedujo Flórez como
un antiguo militar colombiano, con quien debía tener relacio-
nes y simpatías , bien fuera que se desdeñase de servir á las ór-
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CAPÍTULO XVII!.
401
denes de Obando y López, tachados de haber tenido parte en el
asesinato del gran mariscal de Ayacucho , el hecho es que se
dedicó por el gobierno del Ecuador. En consecuencia pasó un
oficio al gobernador de la provincia coronel Francisco María
Lozano , pintándole el estado lamentable de la República , y
diciéndole — « que en estas circunstancias podian los habitan-
tes de Pasto deliberar libremente sobre su destino. » Sabíase ya
por todos los amigos de Flórezloque significaba esta expresión.
El resultado de una asamblea popular que se convocó inmedia-
tamente, y que se verificó el 3 de noviembre, fué que el cantón
y provincia de Pasto se unian al Estado del sur, miéntras el
Libertador reasumía el mando de la República, y disponia lo
que fuera de su agrado, pues los habitadores de Pasto recono-
cían su autoridad. Flórez admitió con el mayor placer este pro-
nunciamiento, y tanto para defender el nuevo territorio como
para ganarse las voluntades de los moradores de la provincia de
Pasto , vino con tropas á la capital , donde permaneció algún
tiempo. Esta adquisición le era en extremo preciosa, y se es-
meró en asegurarla por cuantos medios le fué posible. En Pasto
perdió la Nueva Granada excelentes soldados y oficiales, con
un parque bien provisto que los autores del proyecto regalaron
al Ecuador.
Cuando ocurrían estos sucesos, se necesitaba en el centro de
la Nueva Granada una autoridad fuerte por la opinión de los
pueblos y capaz de reprimir los ambiciosos proyectos que pro-
movía el jefe del Ecuador. Pero en vez de ganarse el afecto de
la mayoría de los ciudadanos , Urdaneta se concitó enemigos á
poco de haber obtenido provisionalmente el gobierno de Colom-
bia. Él mandó reducir á prisión á cuarenta oficiales de los que
habian sido fieles al gobierno legítimo hasta su caida. Aunque
después los puso en libertad, los unos recibieron licencias abso-
lutas; á otros se les dieron pasaportes para salir del país; algu-
nos fueron remitidos á Cartagena, y hubo á quienes borrára de
la lista militar, como los coroneles Gaitan y Murray. En algu-
nos de estos actos violó el poder ejecutivo la constitución , que
prihibia destituir á los oficiales militares siu un juicio previo,
y en otros quebrantó las leyes orgánicas del ejército.
Con tales providencias; con la de haberse declarado arbitra-
riamente el gobierno de Urdaneta , por decreto de 19 de octu-
bre, en uso de facultades extraordinarias , las que delegó á los
TOMO IV. 86
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HISTORIA DI- COLOMBIA
prefectos de los departamentos, todo en virtud de la ley de 28 de
julio de 4824, ya derogada por la constitución de 1830 ; con los
actos abusivos que cometían los prefectos Ahumada y Mares, el
general Justo Briceño, el gobernador Ponce, y otros agentes de
aquella administración , hombres que eran aborrecidos; con el
desorden y la escasez de las rentas públicas; en fin, con el espí-
ritu militar que de nuevo cundia por do quiera, un sordo y
profundo descontento se extendía por todos los departamentos
de la Nueva Granada. Habia una lucha continua entre los hom-
bres de espada y los civiles. Estos deseaban tener constitución ,
garantías y leyes, cuando los militares , con algunas excepcio-
nes honrosas , aspiraban á que se perpetuára su dominación.
Creían muchos de esta clase , que á ellos era debida exclusiva-
mente la Independencia de Colombia , y que por tanto ellos so-
los debían mandar. Ademas , el gobierno existente de Urdaneta
no era tenido por legítimo y se le consideraba como el repre-
sentante de una facción militar que habia usurpado el poder.
Por consiguiente la fuerza era su título y la aquiescencia de los
pueblos. Bajo de tales disposiciones generales de la opinión pú-
blica, era fácil prever que el odio de los pueblos contra el go-
bierno existente iría creciendo con rapidez, y que muy pronto
habría una explosión que sería inevitable en las provincias del
centro de Colombia.
Donde primero estalló la contrarevolucion fué en la capital
de la provincia del Socorro y en el cantón de Vélez ; separóse
este por odio al gobernador Ramón Ponce , quien tenia exaspe-
rados á sus habitantes. Los oficiales Duran, Hurtado y Gómez
la capitanearon en el Socorro , y asumieron el gobierno de la
provincia. Pero el general Briceño , que mandaba la línea de
Cúcuta (noviembre Io), ocurrió prontamente con doscientos ve-
teranos, y de Tunja y Bogotá marcharon hacia Vélez mas de
trescientos hombres al mando del nuevo general Pedro Mu-
güerza. Los revolucionarios fueron batidos donde quiera que
pelearon , muriendo unos y saliendo otros fugitivos. De esta
manera la provincia quedó tranquila; Briceño castigó severa-
mente á los que se habían levantado y cayeron en sus niaflus.
El comandante José María Hurtado , los capitanes Pedro Me-
drano y Francisco Amaya , el teniente Camilo Montero , y el
sarjento Merced Vergara fueron condenados á muerte ; á veinte
mas se les envió al presidio de Cartagena. Estas ejecuciones hi-
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CAPÍTULO XVIII. 403
cieron detestar á Briceño y al gobierno de quien dependía, en
el Socorro y en las provincias adyacentes.
Fuerte y orgulloso el gobierno de Urdaneta por este y otros
sucesos prósperos , así como por verse apoyado en lo interior
por las divisiones disciplinadas del Callao y Boyacá, meditaba
empresas mas altas en los primeros días de noviembre. Ai co-
municar instrucciones militares al general Briceño , le encar-
gaba la inmediata pacificación del Socorro , á fin de que pudie-
ran unirse en Cúcuta las tropas que fuera posible. — « Para
apoyar, según decia , las operaciones que el Libertador debe
emprender sobre Maracáibo y Coro, Us., añadió, debe poner
su mayor atención y cuidado sobre los valles de Cúcuta , reu-
niendo allí las tropas que se pueda , con el fin de obrar sobre
la provincia de Mérida en combinación con las que deben apo-
derarse de Maracáibo, y con el plan general de operaciones que
formará S. E. el Libertador. » — Bien léjos se bailaba este de
meditar ni formar semejantes planes para restablecer á Colom-
bia, porque estaba convencido íntimamente que no podía haber
salud para esta patria querida , y así lo habia escrito confiden-
cialmente á varios de sus amigos. Pero Úrdaneta , Montilla y
algunos otros individuos que promovieron el movimiento revo-
lucionario contra la constitución de 4830; en una palabra, el
partido militar quería á todo trance restablecer á Colombia.
Todavía se lisonjeaban de vencer la resistencia de Bolívar, y
que este se pusiera á la cabeza de una cruzada contra Vene-
zuela. El Ecuador no les daba cuidado, pues habían trazado ya
medidas harto eficaces á fin de que las tropas allí existentes
proclamaran la integridad de la República. Era sin duda por
esto que en esos mismos días se aseguraba por todas partes que
iba á ser reintegrada la República. Empero la resistencia y enfer-
medad del Libertador, la revolución de Riohacha , y la heroica
defensa que hicieron los habitantes de esta provincia, frustra-
ron del todo aquellos planes , é impidieron una guerra fratri-
cida, con la que habrían sufrido mucho la humanidad , la civi-
lización y la hermosa causa de la libertad racional.
fbr el mismo tiempo varios emigrados de la Nueva Granada,
asilados en la villa de San Antonio del Táchira, á quienes capi-
taneaban el general Fortoul y el coronel Concha , se reúnen , y
cincuenta hombres mandados por el último atraviesan la línea
divisoria de Venezuela. Su ataque se dirige á tomar el pueblo
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404 HISTORIA DE COLOMBIA.
de Indios de Cúcuta; pero un destacamento que allí existia,
unido á dos piquetes de infantería y caballería enviados del
Rosario, batieron completamente á los invasores. El coronel
José Concha, su hijo Vicente y algunos soldados quedaron
muertos en el campo.
En seguida el general Cruz Carrillo , que en la actualidad
mandaba las fuerzas colombianas estacionadas en aquellos
valles, marcha sobre el Táchira, pide satisfacción al general
Fortoul y al coronel venezolano Ignacio Parédes, jefes que,
según dijo, regian las tropas existentes en San Antonio. No ha-
biendo recibido al parlamentario, á quien hicieron fuego, Car-
rillo, violando á su turno el territorio de Venezuela, ataca y
dispersa las pocas fuerzas que habia en dicha villa. Por for-
tuna, este acontecimiento no tuvo los malos resultados que
justamente se temieron de que sería motivo para una guerra
con Venezuela. El gobierno de Bogotá reclamó la violación
de su territorio, y los auxilios que dijo se habian prestado
por las autoridades de Maracáibo á los revolucionarios de Rio-
hacha. El secretario de relaciones exteriores de aquel gobierno,
Santos Michelena, contestó negando que se hubieran dado auxi-
lios para atacar al territorio granadino; aseguraba que la em-
presa de Concha habia sido un acto privado que ejecutara aso-
ciándose con otros Granadinos asilados en Venezuela. Al mismo
tiempo se quejaba Michelena con justicia de la conducta del
general Carrillo; esta fué atentatoria y pudo comprometer la
guerra entre los dos países. Por fortuna, de ambas partes hubo
prudencia y circunspección que alejaron un rompimiento.
Sin embargo , Páez envió al oficial Rola de infantería á pedi-
mento del general Juan Nepomuceno Moreno, quien mantenía
independiente á Casanare : debia organizar las tropas de la
provincia , y aun se dijo haberle remitido algunos fusiles y
municiones. Mas limitándose estas fuerzas á la defensiva, se
acordó una suspensión de hostilidades entre ellas y las que
tenia Urdaneta en Boyacá; dicha tregua duró algunos meses.
En lo que sí estuvo severo el gobierno de Venezuela durante
la administración de Urdaneta, fué en la correspondencia con la
Nueva Granada. Eran pocos los correos que se enviaban , y
creemos que una rigurosa policía los supervigilaba, extrayendo
de las balijas todas las cartas é impresos que no convenían á
las miras del gobierno venezolano. Si esta no es la verdad, á lo
uigitizeo uy
CAPÍTULO XVIII. iü.)
ménos fué lo que generalmente se aseguraba en aquel tiempo.
Eran mas serios los cuidados que daban al gobierno de Urda-
neta los sucesos del sur de la República. Provenían estos de la
oposición de los generales Obando y López , exaltada por las
violentas y poco meditadas declaraciones del jefe provisional
del gobierno de Bogotá. Á fin de hacerles la guerra y defender
las avenidas de la cordillera central, partierou de la capital dos
columnas de tropas : la primera hácia la Plata, mandada por el
coronel Joaquín Posádas , quien parecía entonces identificado
con el gobierno de Urdaneta. Dos compañías del batallón
Várgas, que López mantenía apostadas en el punto de Inzá para
defender la montaña de Guanácas , abandonaron su partido , y
proclamando al Libertador, en 20 de octubre fueron á engrosar
las filas de Posádas á las órdenes del comandante Manuel
Várgas.
Aqueste contratiempo y la columna que á las órdenes del
general Pedro Mugüerza penetró por Ibagué al valle del Cáuca,*
así como la decisión de la asamblea de Buga , que sometiera el
departamento al gobierno provisional de Urdaneta, parecía que
habían resuelto la cuestión y asegurado el triunfo contra Obando
y López.
Estos no habían quedado contentos con los acuerdos de
aquella asamblea , tanto por haber proclamado al Libertador,
objeto de sus odios y temores, como porque había reconocido á
Urdaneta por jefe provisional del gobierno de Bogotá. Ellos
tenían razón en mucha parte. Urdaneta, con una lijereza imper-
donable en el primer magistrado , los llamó asesinos del gran
mariscal de Ayacucho en una proclama á los habitantes del
Cáuca y en otros varios documentos oficiales, ántes de haber
sido juzgados y vencidos. En tales circunstancias , no podía ni
debia Urdaneta calificarlos de asesinos, por indicios y sospechas
que respecto de López eran muy leves. Hizo aun mas : declaró
á este fuera de la ley. El profundo resentimiento que debia
causar á López y á Obando la conducta apasionada, injusta y
poco circunspecta de Urdaneta, con respecto á ellos, hacíadesde
enténces creer á muchos, que en breve sonaría en las provincias
meridionales de la Nueva Granada el clarín de la guerra civil.
Bien pronto vieron los hombres previsivos, que no se habían
equivocado. Después que la asamblea de Buga sometió provi-
sionalmente el departamento del Cáuca al mando del Libertador
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406 HISTORIA DB COLOMBIA.
y al de Urdaneta (noviembre 22), Obando y López celebraron
en Popayan una junta general de los oficiales de aquella
guarnición. En ella acordaron : no obedecerlas decisiones déla
asamblea del Cáuca, y colocar á Obando á la cabeza de la fuerza
armada con facultades absolutas para dirigir la guerra , la ha-
cienda y la política, cuya autorización debia durar hasta que se
destruyera el gobierno tiránico de Urdaneta, y se restablecieran
las autoridades legítimas. López continuó como segundo después
de Obando, y comandante general del departamento, destino
que ántes desempeñaba. Viéndose los habitantes de Popayan
bajo la férula de la fuerza armada, tomaron en \° de diciembre
un partido que individualmente pudo ser ventajoso á algunos ,
pero que no tenían derecho para adoptarlo. Tal fué el de
agregar el circuito de Popayan al Estado del Ecuador, some-
tiéndose á su gobierno , á su constitución y á sus leyes. De
acuerdo con estas , proclamaron á Bolívar protector de dicho
Estado, y padre de la patria , en los mismos términos que le
habia reconocido el congreso constituyente del Ecuador.
Por un acuerdo tan singular los vecinos de Popayan rompían
la unidad del departamento del Cáuca , cuyos representantes
legítimos habían reconocido al gobierno de Bogotá por la libre
y espontánea voluntad de la mayoría. Alegaban como funda-
mentos, que solo de este modo podían evitar la guerra civil y
hacerse partícipes de los bienes que les ofrecía la constitución
del Ecuador, Estado libre y tranquilo ; que unidas ya las pro-
vincias de Pasto y Buenaventura á dicho Estado, no habia otro
medio para reintegrar el departamento, que agregar el circúito
de Popayan al Ecuador; que el departamento del Cáuca no
podia ser parte integrante del centro, porque no habia equilibrio
entre los tres Estados que iban á formarse en Colombia, y
porque la naturaleza fijaba al del Ecuador los límites de la
cordillera central de los Andes, cuya fijación de límites dejaban
á la asamblea de plenipotenciarios que debia reunirse.
Por tales fundamentos, de los que nos parecen débiles unos,
y erróneos otros, los autores de aquella acta despedazaban,
contra leyes terminantes, la provincia de Popayan : contribuían
á la disociación de las partes constitutivas de la Nueva Granada,
así como á la usurpación de un territorio que de ninguna ma-
nera correspondía al Estado del Ecuador, circunscrito á la an-
tigua presidencia de Quito. Con estos pasos, en vez de evitar la
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CAPÍTULO XVIll. 407
guerra civil la promovían , y también otra nacional. Era impo-
sible que el gobierno granadino, ya fuera de hecho ó de derecho,
se conformara con perder una porción tan importante de su
territorio como el departamento del Cauca; tampoco podia
ménos que protestar fuertemente contraía pretendida é impolí-
tica fijación de límites del Ecuador, en la cordillera central de
los Andes. Aun la rica provincia de Antióquia se regalaba asi
al nuevo Estado , abriendo un vasto campo á la ambición de
Flórez.
Arrastrado por este sentimiento y seducido por la utilidad
que resultaría al Ecuador, pero despreciando la justicia, que
debe ser la regla de las naciones civilizadas, el presidente de
aquel Estado no tuvo inconveniente alguno en admitir, el 20 de
diciembre, la agregación de Popayan. El poder ejecutivo de la
Nueva Granada improbó su procedimiento á los habitantes de
aquella ciudad, y aun ántes de saber la admisión, dirigió un
fuerte reclamo al general Flórez, fundado en argumentos incon-
testables. Pero el jefe del Ecuador no desistió de su propósito ,
y en sus contestaciones atacó al gobierno de Urdaneta como
ilegítima creación de la fuerza armada. Hasta entónces habia
usado de este medio para desopinar á la administración del
centro y adquirir entre sus pueblos un partido favorable á la
nueva República. Quiso también justificar el procedimiento de
Popayan , alegando que la asamblea de Buga no habia tenido
libertad, aserción insostenible á la vista de los hechos y de las
actas de aquella corporación. Del mismo argumento usaron
Obando, López y el circuito de Popayan.
Al tiempo que Flórez trataba de extender su dominación á
costa de la Nueva Granada, valiéndose de actas populares , que
en el todo ó en gran parte eran sugeridas por sus agentes , se
usaba contra él de esta misma arma prohibida , y de un modo
tan eficaz, que poco faltó para que sucumbiera en la lucha.
El general Luis Urdaneta habia marchado al sur de Colombia
por la via de Cartagena y Panamá. Llevaba instrucciones espe-
ciales , dadas por el jefe provisional de Bogotá , para insurrec-
cionar á las tropas colombianas del sur, y conmover aquellos
deparlamentos contra Flórez y sus partidarios , proclamando la
integridad de Colombia , y el mando supremo del Libertador.
Con este nombre mágico, que siempre habia conducido á la
victoria á los militares colombianos , no dudaban un momento
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408 HISTORIA DE COLOMBIA.
ambos Urdanetas que conseguirían sus designios. Los enemigos
del Libertador, y aun algunos de sus amigos, creyeron entonces
que él aprobaba estos planes de revueltas y de motines mili-
tares; empero estamos hoy persuadidos por medio de varios
documentos que hemos visto después , que ni los principios de
orden que Bolívar inculcaba á la sazón, ni el estado de su
salud, le permitían mezclarse en tales maquinaciones. Esto
mismo persuaden las cartas del Libertador que Luis Urdaneta
condujo para Flórez, cuyos extractos publicó este en aquella
época.
El general Espinar, que era entónces dueño absoluto del
Istmo, adoptó el proyecto y los designios de Urdaneta, dándole
la goleta Istmeño á fin de que se trasladara prontamente á
Guayaquil. Presentóse en esta ciudad bajo las apariencias de
amistad y deferencia por el nuevo gobierno de Flórez ; pero
muy pronto se quitó la máscara. En 28 de noviembre los jefes
y oficiales de la guarnición de Guayaquil , seducidos por Luis
Urdaneta, celebraron un acta en que dieron por nulas y decla-
raron ser hijas del engaño, de las intrigas y de la seducción,
las que ántes se habían hecho en favor de la división de Co-
lombia , erigiendo á los tres departamentos meridionales en un
Estado independiente. Por tanto desconocieron á su gobierno y
proclamaron la integridad de la República, conforme á la cons-
titución de 1830. Proclamaron igualmente el mando supremo
del Libertador en los mismos términos en que le habían llamado
á la primera magistratura los departamentos del centro; por
consiguiente reconocieron al gobierno provisional de Bogotá.
Este pronunciamiento fué seguido inmediatamente por las
demás tropas que existían en el departamento de Guayaquil , así
como por la marina, á cuya cabeza estábala fragata Colombia,
gobernada entónces por el capitán de navio Leonardo Stag. Todos
los cuerpos juraron sostener sus pronunciamientos, la constitu-
ción y leyes de Colombia, su integridad y el mando del Liber-
tador como jefe supremo de la República.
Siguiéronse á las actas militares las de los pueblos de las pro-
vincias de Guayaquil y Manabí, cuyas capitales dieron #el
ejemplo : fué imitado por las villas y parroquias, conviniendo
todas sustancialmente en los mismos puntos. Confirieron tam-
bién plenas facultades al Libertador para reorganizar á Colombia,
y miéntras se recibían sus órdenes, acordaron que asumiera el
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CAPÍTULO XVIII. 409
mando civil y militar del departamento el general Luis Urda-
neta.
Divulgadas estas noticias en el departamento del Asuay, hizo
igual pronunciamiento la guarnición que allí existia. Los pue-
blos y las autoridades civiles de las provincias de Cuenca y Loja
segundaron los mismos pronunciamientos, imitando el ejemplo
de Guayaquil. Hasta en la capital de Quito se declaró por el
Libertador y por la integridad de Colombia el tercer escuadrón
de Granaderos á caballo, acta que hizo el 10 de diciembre. En
ella se invitaba k Flórez á que continuára mandando como pre-
fecto general de los tres departamentos meridionales, y se nom-
braba al general Isidoro Barriga para que se pusiera ála cabeza
de los cuerpos militares existentes en el del Ecuador. En vista
de esta y de las otras actas ya mencionadas, Barriga, que man-
daba la guarnición, convocó en el mismo dia á los generales,
jefes y oficiales del ejército y de las milicias que residían en
Quito. El resultado fué celebrar un acta adhiriéndose á la del
tercer escuadrón; acordóse también que se envidran comisio-
nados á Guayaquil, al Asuay y al general Flórez, anunciándoles
el resultado. Mas afortunadamente para el último , al siguiente
dia los oficiales del tercer escuadrón reconocieron de nuevo por
otra acta al gobierno independiente del Ecuador, y lo mismo
tuvieron que hacer los demás que se habian pronunciado en
Quito.
Miéntras ocurrían estos sucesos, que se agolparon con mu-
cha rapidez , el presidente Flórez se hallaba en Pasto. Dijimos
haber ido á esta ciudad con el batallón Quito para asegurar la
adquisición de aquella provincia , y acaso á fin de proteger los
pronunciamientos del resto del departamento del Cáuca. Los
promovedores de la agregación de Popayan quedaron burlados
completamente con las turbaciones del sur. Alegaron como
fundamento principal de su incorporación — « que el Ecuador
tranquilo y constituido extendía sus benéficas miradas hacia
Popayan, ofreciendo su poderosa protección bajo un sistema
constitucional , » y ántes de que llegaran sus comisionados á
Quito habian desaparecido tan halagüeñas como infundadas
esperanzas.
Á pesar de no haber quedado á Flórez mas tropas que el ba-
tallou Quito, cuatro compañías de Várgas y dos escuadrones
colombianos de caballería , él no se desalienta. Marcha con ra-
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410 HISTORIA DE COLOMBIA.
pidez á la capital (diciembre 45), donde reanima las esperanzas
abatidas de los Quiteños, que justamente confiaban en su 'acti-
vidad, decisión y conocimientos militares. Miéntras llegan sus
tropas, levanta y organiza milicias , y auxiliado eficazmente
por la población y los ricos propietarios del cantón de Quito,
trabaja con asiduidad en reunir toda clase de aprestos mili-
tares.
Entre tanto el segundo escuadrón veterano de Granaderos de
Junin, que estaba de guarnición en la villa de Ibarra, se pro-
nuncia igualmente contra el gobierno ecuatoriano , derrota á
las milicias, se apodera de los caballos del cantón, é intercepta
los correos. En breve se puso en marcha sobre Quito , situán-
dose en el Quinche, á siete leguas de aquella ciudad. Esta defec-
ción y movimiento agravó sobre manera la crítica posición de
Flórez, quien no habia conseguido juntar aun las pocas fuerzas
que le restaban para combatir.
Casi al mismo tiempo el general Luis Urdaneta, sabiendo que
los habitantes de la provincia del Chimborazo y su capital Rio-
bamba aguardaban solo protección para imitar el movimiento
de Guayaquil y del Asuay, determinó obrar activamente , tras-
ladándose con sus tropas á la cordillera de los Ándes. Para ha-
cer los preparativos necesarios exigió cincuenta mil pesos á los
habitantes de la ciudad. Apénas pudo reunir una parte usando
de la fuerza.
En aquellas circunstancias hubo en Guayaquil, el 23 de di-
ciembre, un incendio que destruyera noventa casas , pérdida
muy sensible para sus habitantes. Algunos lo atribuyeron á la
venganza de Urdaneta, irritado porque no le auxiliaban como
él quería. No le creemos un malvado feroz, para cometer este
horrendo crimen. Nos parece mas probable que el incendio se
originára de una destilación de licores , según otros han opi-
nado.
Al siguiente dia después de esta calamidad, Urdaneta se puso
en marcha para la Sierra con la mayor parte de las tropas, de-
jando una corta guarnición en Guayaquil.
Á la sazón que la mayor parte de las provincias del centro y
sur de Colombia se habian pronunciado por el Libertador, pro-
clamándole jefe supremo de la República, ¿ cuál era la situación
de Bolívar? Veámosla.
Hemos dicho anteriormente que el Libertador habia partido
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CAPÍTULO XVIll.
enfermo de Cartagena. Situóse primero en la villa de Soledad
y después en la de Barranqnilla, donde pasó los meses de oc-
\ tubre y noviembre. La soledad en que se hallaba, la zaüa insa-
ciable con que sus enemigos se cebaban en su reputación, — la
ingratitud con que él creía justamente que le habían tratado
muchos de sus amigos queridos y los mismos pueblos en cuyo
obsequio sacrificara su fortuua, sus bienes , su reposo y su sa-
lud en los últimos veinte años , por darles independencia y
libertad, — en fin, la debilidad causada por sus males , todo
esto obraba fuertemente en su alma sensible y en su fogosa
imaginación. Una profunda melancolía y un grande caimiento
de ánimo fueron las consecuencias. Esta situación y la falta de
un buen facultativo que le administrara remedios eficaces,
agravó mucho la enfermedad de Bolívar, que al principio no
se creyera de peligro. Era un catarro pulmonar descuidado por
algún tiempo á causa de la aversión que tuvo siempre á hacerse
remedios.
Viendo el Libertador que su enfermedad crecía , y siguiendo
también el consejo de un médico, determinó trasladarse á San-
tamarta, de donde el obispo Estéves, el general Montilla y otros
de sus amigos le llamaban con instancia. Creyendo que el mar
contribuiria á mejorarle, se embarca, sufre mucho y llega á
Santamaría el Io de diciembre en un estado lamentable de pos-
tración y debilidad. Con algunos remedios activos que le apli-
caron el doctor Próspero Reverend, médico francés , y el doctor
Mac-Night , cirujano de la goleta de guerra Grampus de los Es-
tados Unidos, que por casualidad se hallaba en aquel puerto,
calmaron algún tanto la tos, el dolor al pecho , los insomnios y
otros síntomas alarmantes. Sin embargo, eran lentos los pro-
gresos de la mejoría; creyendo acelerarla, el mismo Bolívar
pidió con ansia que le lleváran al campo, á fin de respirar un
aire mas puro y fresco. En efecto, el dia 6 le condujeron á la
quinta de San Pedro Alejandrino , propiedad del comerciante
Joaquín de Mier, la que dista una legua de la plaza. Allí pasó
dos dias aliviado y mas alegre, de modo que el 8 escribió á uno
de fus amigos en Bogotá, que estaba mejor, y aun le puso una
posdata de su letra. Sin embargo , en aquella misma noche
principió la enfermedad á atacarle la cabeza , apareció el hipo,
los extremos se le enfriaron , tuvo delirio, y la calentura le dio
con mas fuerza. El 10 por la larde estuvo completamente des-
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412 HISTORIA DE COLOMBIA.
pejada su mente y en pleno ejercicio sus facultades intelectua-
les. Cumpliendo, pues , con los deberes del cristiano, recibió la
Eucaristía y la Extremaunción , que le administrara el obispo
Estéves , quien le asistía en aquellos últimos y solemnes mo-
mentos de la vida : también hizo su testamento y dirigió á los
Colombianos sus palabras postrimeras en el lecho de la muerte,
palabras que respiran su amor á la libertad, á la consolidación
de Colombia, y al sostenimiento de la unión entre sus hijos,
a Mis últimos votos , decia Bolívar, son por la felicidad de la
patria : si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y
se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro. »
Estos fueron los últimos actos del Libertador. Desde aquel
dia continuó extinguiéndose su vida como una lámpara. Tur-
badas sus facultades mentales , era frecuente el desvarío hasta
el 17 de diciembre á la una de la tarde , en que espiró pasando
su alma á otra vida. De la disección de su cadáver resultó que
tenia un poco dañados los pulmones, y que las pleuras pulmo-
nares estaban adheridas á las pleuras costales. Según la opinión
del doctor Reverend , la enfermedad que llevára al sepulcro al
mas grande hombre que ha producido la América — « fué en
su principio un catarro pulmonar, que habiendo sido descui-
dado , pasó al estado crónico y consecutivamente degeneró en
tisis tuberculosa. » Bolívar murió en la fuerza de su edad,
cuando apénas contaba cuarenta y siete años cinco meses (*).
Aun podia haber hecho á su patria , y acaso á la América en-
tera, servicios de la mayor importancia. Mas plugo á Dios otra
cosa, y el fundador de Colombia bajó al sepulcro en el aniver-
sario y casi á la misma hora en que once años ántes se habia
proclamado en la ciudad de Angostura la creación de la Repú-
blica. Esta no sobrevivió á la muerte de su padre y fundador.
El entierro del cadáver de Bolívar se dispuso por el general
Montilla con toda la pompa y decoro que fué posible. Verificóse
el 20 de diciembre después de haberle embalsamado. Le acom-
pañaron hasta la tumba algunos de los veteranos de la Inde-
pendencia, y la población entera de Santamarta. Descansó en
humilde sepulcro en una de las bóvedas de la catedral «de
aquella ciudad por doce años , sin distinción alguna que le pu-
(1) Bolívar habia nacido en Caracas el 24 de julio de 1783 : fué, pues, su
vida de cuarenta y siete años, cuatro meses veinte y tres dias.
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CAPÍTULO XVIII. 413
siera el gobierno de la Nueva Granada , según era debido. Pro-
vino esto de que desde la muerte del Libertador desempeñaron
el poder supremo en nuestra tierra, ó enemigos personales
suyos, ú hombres indiferentes á su memoria, aunque Bolívar
los hubiera distinguido miéntras que obtuvo el gobierno de
Colombia (*).
Apénas habian sido depositados en humilde sepulcro los
restos mortales de Bolívar, cuando arribó á San tam arta la fra-
gata inglesa Blanche, trayendo a su bordo al jefe de escuadra
Farguhar. La acompañaba sir Miguel Clare , célebre médico de
la isla de Jamáica, y su viaje era con el objeto de ver si podían
prestar auxilios al Libertador, y salvar su importante vida. A
solicitud del antiguo y constante amigo de Bolívar el señor
Hyslop, el gobernador de Jamáica lord Belmore escribió una
carta al comodoro Farguhar, excitándole á que enviase un bu-
que á Santamaría con un médico inteligente ; carta que hace
(1) Al cabo de doce años (en 1842), Venezuela se arrepintió de la crueldad
é injusticia con que tratára al primero y mas grande de sus hijos. Gracias
al celo de muchos de estos, que habian cedido á la tempestad , sin perder
su afecto y admiración por el Libertador, entre los cuales mencionamos con
mucho placer, como el primero, al doctor José de Várgas, se venció en este
año la ojeriza que conservaban algunos magnates venezolanos, acaso por
sentimientos de envidia y rivalidad contra Bolívar. El congreso decretó en
consecuencia honores á su memoria. Comisionados de Venezuela se trasla-
daron á Santamarta, donde habia otros de la Nueva Granada, sin que lle-
gáran á tiempo los nombrados por el gobierno del Ecuador. El 20 de no-
viembre de 1842 se exhumaron los restos mortales del fundador de tres
repúblicas, con toda la pompa y solemnidad que en Santamarta pudo darse
á aquel acto: ellos fueron embarcados en la goleta venezolana Constitución.
Acompañáronlos la corbeta francesa Circe, el bergantín ingles Albatrojo,
y el bergantín Vénusde Holanda, enviados por sus respectivos gobiernos para
tributar los últimos honores á Bolívar; á cuyos buques de guerra se agregára
después otro de Dinamarca. El convoy arribó felizmente á la Guaira. El
16 de diciembre fué trasladada la urna á Caracas, y el 17, aniversario de
la fundación de Colombia y de la muerte de Bolívar, se hicieron á sus restos
unas exequias magníficas en la catedral de su patria. Nunca hubo ántes en
aquella ciudad fiesta mas concurrida ni mas popular. Los huesos de Bolívar
se«olocaron en la capilla de la Trinidad en la catedral de Carácas, donde
se enterraban sus antepasados. Allí se ha erigido el magnifico sepulcro de
mármol, fabricado en Italia á expensas de la república de Venezuela. ; Her-
mosa, aunque tardía reparación de los ultrajes que en vida se le hicieron
por hijos de Venezuela y de Carácas á quienes Bolívar distinguiera y bene-
ficiara altamente !...
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4U HISTORIA DE COLOMBIA.
mucho honor á los generosos y humanos sentimientos de aquel
magistrado británico. No existiendo en la estación de Puerto
Real ningún buque menor, el mismo comodoro resolvió tras-
ladarse á nuestras costas en la B lanche , trayendo á su bordo á
Mr Clare , quien espontáneamente ofreció venir á Santamaría
para asistir al Libertador. La Providencia había dispuesto que
estos pasos fueran inútiles, porque extinguiera ántes su preciosa
vida ; pero el gobierno de Colombia , los amigos de Bolívar y
todos los amantes de las acciones nobles, humanas y generosas
agradecieron , como era debido , la oportuna manifestación de
lord Belraore (*), del comodoro Farguhar y de sir Miguel Clare,
deplorando que sus auxilios no hubieran llegado ántes.
Bolívar ha dejado de existir, y aunque sus grandes hechos ,
que hemos referido , pintan su verdadero carácter, sin embargo
para que la posteridad se halle en aptitud de formar un juicio
exacto acerca de él, y de que algún filósofo trace su verdadero
retrato, consiguarémos aquí algunas ideas; temiendo sí, que
nuestra débil pluma pueda ser extraviada por las acaloradas
pasiones contemporáneas que aun existen en pro ó en contra
del Libertador.
Bolívar era de estatura mediana, de un cuerpo seco y descar-
(1) La carta de lord Belmore es digna de conservarse ; decía :
« King's-House, 15 de diciembre de 1830.
» Mi querido Señor,
• El señor Hyslop ha puesto en mis manos la carta inclusa. Ella contiene
la relación del peligro extremo á que está reducido el general Bolívar. El
hombre que ha tenido una parte tan distinguida en los acontecimientos po-
líticos que han pasado en los Estados sud-americanos, debe inspirar un fuerte
deseo de suministrarle todos los auxilios que puedan ser practicables en su
actual arriesgada situación.
» Si podéis sin inconveniente despachar prontamente un buque con un
médico inteligente á su bordo, sería este un grande acto de humanidad.
» No dudo que este paso tendrá la aprobación del almirante , será satis-
factorio al gobierno de S. M. y lisonjero á los sentimientos públicos.
» Si pudiera suponer que mi recomendación tuviese algún peso, yo desea-
ría mucho ofrecerla en una ocasión tan interesante , como la de salvfr la
vida , ó de contribuir al alivio de una persona tan distinguida.
» Tengo el honor de ser, etc.
» Belmore.
» Al jefe de escuadra Farguhar, caballero de las órdenes del Baño y de
la Espada de Suecia, en la fragata Manche. »
f
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CAPÍTULO XVII I.
nado ; cuando jóven, de un color blanco y de hermosa tez; pero
después de sus campañas estaba moreno y pálido. Era oval su
cara, sus ojos vivos y penetrantes, y su imaginación ardiente.
En el trato familiar era festivo y franco en extremo ; gustaba
de los festines, pero no perdía la sobriedad. Amó á las mujeres,
especialmente en la juventud. Respetaba la religión católica,
aunque sus opiniones fueran libres, y dirigía su culto á la Di-
vinidad. La generosidad y el desinterés son dos virtudes que
poseía en grado eminente ; él murió pobre después de haber
mandado catorce años h Colombia y al Perú.
Bolívar como guerrero es comparable á los primeros hombres
que nos presenta la historia antigua y moderna. Genio vasto
para concebir sus planes; actividad sin igual para ejecutarlos,
superando cualesquiera dificultades; audacia, valor, constancia
y sufrimiento en las desgracias hasta cautivar nuevamente á la
fortuna, y talento creador para sacar de la nada los recursos,
son calidades brillantes que hacen de Bolívar uno de los guer-
reros mas distinguidos de su siglo. En efecto, haber libertado á
Venezuela, á la Nueva Granada y al Ecuador , comenzando su
atrevida empresa con solo doscientos cincuenta hombres; haber
perseguido á los Españoles hasta el Perú y vencido su ejército
en Junin y Ayacucho, son acciones dignas de la inmortalidad.
Mas de cuarenta mil soldados de la España regidos por excelen-
tes jefes y oficiales , apoyados en plazas fortificadas y en la
fuerza moral de trescientos años de dominación , ocupaban y
defendían estas ricas y vastas posesiones. El talento y la cons-
tancia de Bolívar sacó un ejército de la nada, y se las arrancó
para siempre. En menos de ocho años la bandera colombiana
llameó victoriosa desde las bocas del Orinoco hasta las cimas
argentíferas del Potosí. La gloria de Bolívar llegó á su colmo
con la libertad del Perú , y después de Ayacucho terminó su
carrera militar. Desde entónces podemos considerarle como po-
lítico y administrador.
Bajo del primer aspecto hay actos de Bolívar que se hallan
marcados con el sello de un gran talento. En 1813 libertó á
Ven%zuela, su patria, del yugo férreo de los Españoles ; mas no
pudo organizar el país por el encarnizamiento con que estos y
sus partidarios le hacían la guerra. Entónces por una tremenda
retaliación la declaró á muerte, lo que produjo crueldades y
escenas de sangre que hacen estremecer. Bolívar desde 1816 hizo
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416 HISTORIA DE COLOMBIA.
la guerra con humanidad y creó á la república de Colombia,
grande acto de política que dió al mundo civilizado una idea
muy ventajosa de su fundador. Esta república se constituyó á
la sombra de sus laureles , y Bolívar triunfante , mas allá del
Ecuador, creó también las del Perú y Bolivia. Fué suya la idea
de convocar un congreso americano en el istmo de Panamá :
hermosa utopia que no produjo los efectos deseados.
Con servicios tan eminentes Bolívar se atrajo el amor, el
respeto , la veneración , y una confianza ilimitada tanto de los
jefes y oficiales del ejército libertador, que se plegaron á la obe-
diencia, como de los habitantes de las tres repúblicas. Mas desde
que publicara su profesión de fe política en el proyecto de cons-
titución para Bolivia, que sus consejeros mal avisados hicieron
adoptar en el Perú de uu modo irregular; desde que en 4826
apoyó con su influjo á los que atacaban la constitución de Co-
lombia, promoviendo sus agentes actas ilegales de los pueblos,
para llamarle á la dictadura unos, y hablando otros de un pre-
tendido imperio de Colombia, Perú y Bolivia, ó de una vasta
confederación de las tres repúblicas , cuyo protector sería él
mismo; desde que premió á Páez y á todos los demás que ha-
bían procurado despedazar á Colombia y destruir la constitu-
ción de Cúcuta, incurriendo en su enojo los que sostuvieron al
gobierno constitucional, una desconfianza muy grande se apo-
deró de los Colombianos. Enemigos furiosos se levantaron por
todas partes contra Bolívar, atacándole en nombre de la liber-
tad , que decían quería destruir. En medio de pasiones exalta-
das y de partidos opuestos, el Libertador, apoyado en el ejército
y en la opinión de una mayoría colombiana, aceptó la dicta-
dura, que desgraciadamente produjo la conspiración del 25 de
setiembre , y que entronizó el poder militar mas allá de lo que
se necesitaba para reprimir una excesiva y turbulenta demago-
gia. Bolívar en 1829 improbó y deshizo enteramente el proyecto
de Monarquía meditado por algunos; él jamas la quiso, á pesar
de que amaba el poder vitalicio y el mando sin estar sujeto á
leyes. Calumniado , perseguido y rechazado por sus enemigos
y por una gran parte de Colombia , dejó con repugnancia el
mando supremo ; y no saliendo de su territorio como habia
ofrecido y le convenia, añadió nuevo pábulo á las calumnias
de sus enemigos, que le persiguieron mas allá del sepulcro.
Bolívar aborrecía los pormenores de la administración , y el
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CAPÍTULO XVill. 41"?
bufete, según decia , era para él un suplicio. Tenia vigor y fir-
meza para hacer cumplir sus resoluciones, y una grande cons-
tancia en adelantar sus planes, sin que le arredrárau los obs-
táculos por graves que fueran. Opinaba que en Colombia no
podian establecerse las teorías de los economistas de la Europa,
y por eso preferia conservar las rentas á que estaban acostum-
brados los pueblos. Era económico , y no gastaba con facilidad
los caudales públicos, los que nunca permitia que se defrauda-
ran. Amaba la justicia donde quiera que la veía, y decretaba
conforme á ella. Tenia particular acierto y penetración para
escoger sus primeros tenientes. Sucre , Santander , Soublettc ,
Salón y Flórez fueron dignos subalternos de Bolívar. Condes-
cendiente en extremo con sus amigos, intentaba algunas veces
dar por sus consejos resoluciones contrarias á las reglas estable-
cidas y al plan que seguian sus ministros. Sin embargo , tenia
por estos delicadas consideraciones, y sostenia con vigor lo que
mandaban, prestándoles su entera contianza.
El testamento de Bolívar fué sencillo , y contiene pocas dis-
posiciones dignas de conservarse por la historia. « Declaro, dijo
en la cláusula cuarta, que no poseo otros bienes mas que las
tierras y minas de Aroa, situadas en la provincia de Carabobo,
y unas alhajas que constan en el inventario que debe hallarse
entre mis papeles , las cuales exislen en poder del señor Fran-
cisco Martin , vecino de Cartagena. » Declaró que solo debía
una cantidad de pesos al señor Juan de Francisco Martin y á
Powles y Compañía de Londres, las que mandó pagar á sus
alhaceas. Legó ocho mil pesos á su íiel mayordomo José Pala-
cios en remuneración de sus constantes servicios. Mandó que
la medalla que le había presentado el congreso de Bolivia á
nombre de aquel pueblo , se le devolviera — «en prueba del
verdadero alecto que aun en mis últimos momentos conservo á
aquella república. » También dispuso que se devolviera á la
viuda del gran mariscal de Ayacucho la espada que este le ha-
bía regalado — « para que la conserve como una prueba del
amor que siempre iie profesado al expresado gran mariscal. »
— JÜonó á la universidad de Caracas El Contrato social de Hous-
seau y El Arte militar de Montecuculi , obras que habían perte-
necido á la biblioteca de Napoleón. Dispuso igualmente que sus
alhaceas dieran las gracias ai general sir Roberto Wilson —
« por el buen comportamiento de su hijo el coronel Belford
TOMO IV. S7
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448 HISTORIA ÜE COLOMBIA.
Wilson , que tan fielmente me ha acompañado hasta los úl-
timos momentos de mi vida, o
Para sus albaceas nombró á los señores Pedro Briceño Méndez,
Juan de Francisco Martin, José Vargas de Caracas y Laurencio
Silva. Estos debian repartir los bienes que dejaba por terceras
partes entre sus hermanas María Antonia y Juana Bolívar, y
los hijos de su difunto hermano Juan Vicente Bolívar. Conforme
á su última voluntad, sus restos mortales debian ser depositados
en la ciudad de Carácas, su patria.
Por la cláusula 9* mandó quemar los papeles que tenia
depositados en poder del señor Juan Pavajeau. Según oímos,
eran tres baúles que comprendían toda su correspondencia
epistolar. Sus amigos le hicieron objeciones repetidas sobre esta
disposición , á que les contestára : — « Entre mis papeles hay
comprobantes de la mala fe é infamia de los que han perseguido
mi reputación; deseo destruirlos para que por su publicación
no causen algún dia nuevos males á mi patria. Protesto que
entre dichos papeles no hay documento alguno que pueda
dañarme en lo mas mínimo en el concepto de los mas celosos
amigos de la libertad. » No fué, pues, en obsequio de sus ami-
gos, como algunos han creído, quecondenára al fuego tan nu-
merosos é iuestimables documentos, sino para no perjudicar
á su país en general, que dispuso la destrucción de sus papeles.
La muerte de Bolívar resonó inmediatamente en todos los
ángulos de Colombia, y por do quiera produjo vastos resul-
tados.
Enumeramos ántes los motivos de disgusto que habia en los
pueblos del centro contra el gobierno de Urdaneta. Añadíanse
a estos que muchos de los principales destinos , así militares
como civiles , se habían conferido á los Venezolanos , que eran
ya insoportables á los Granadinos. Su carácter orgulloso, la se-
paración que habían hecho de la Nueva Granada; el haber sido
removidos y enviados á su país los pocos Granadinos que allá
obtenían empleos civiles; la mala conducta de algunos Venezo-
lanos que, como Máres en Tunja y Justo Briceño en el Socorro,
habían oprimido y vejado á los pueblos; los frecuentes reclina-
mientos, algunas prisiones arbitrarias ; la prodigalidad de gra-
dos militares; en fin, la escasez de las rentas públicas destinadas
casi exclusivamente á cubrir una lista militar demasiado nume-
rosa, todo hacía un cúmulo formidable de combustibles, á
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CAPÍTULO IVIU. 419
cuyo incendio no podría resistir largo tiempo el gobierno de
Urdaneta.
Conocíalo este, y ántes de la muerte del Libertador le escribió
cartas sobre cartas instándole para que viniera á la capital á
encargarse del poder ejecutivo; para conseguirlo aun le había
dirigido varios comisionados. Mas la muerte de Bolívar puso
término á este proyecto, y fué necesario concebir otros.
El 9 de enero se supo en Bogotá el fallecimiento del Liberta-
dor. Sintiéronlo profundamente los miembros del gobierno de
Urdaneta, sus partidarios, y los amigos sinceros de Bolívar,
que veían haber desaparecido el hombre grande que daba gloria
y era el ornamento de Colombia. Sus numerosos enemigos en
la capital y en las provincias , ó vieron su muerte con indife-
rencia ó se alegraron. Los mas encarnizados se preparaban con
vileza á manchar su nombre por la imprenta y á hacer execra-
ble su memoria, apellidándole ei tirano. Sin embargo, no fal-
taron en Europa y en América plumas elocuentes que le defen-
dieron, distinguiéndose en Francia la del abate de Fradt, y la
del doctor Várgas en Venezuela.
Desde que se tuvo noticia en la capital, que el Libertador se
hallaba próximo á bajar al sepulcro, Urdaneta había hecho
reuniones de sus amigos y de otras personas ilustradas, para
consultar las medidas que deberían adoptarse después de la
muerte de Bolívar (enero 9). El mismo día que recibiera la
noticia dió una proclama á los Colombianos, anunciándoles con
acerbo dolor el fallecimiento del varón ilustre, fundador de
tres repúblicas, el inmortal Simón Bolívar. « Después de haber
agotado, decía, hasta las últimas heces del cáliz de la amargura
que le ofreció la suspicacia de algunos conciudadanos suyos, ha
pasado á la región de las almas , dejando un vacío inmenso en
Colombia, en América, en el orbe civiüzado.
» ¡Colombianos! las pasiones contemporáneas aun las mas
encarnizadas deben darse por satisfechas. Bolívar no pertenece
de hoy mas sino al dominio de la historia; y iniéntras ella le
asigna en sus páginas el prominente lugar á que le han hecho
acrtedor sus relevantes servicios á la causa de la humanidad ,
nosotros los que teuemos la desgracia de sobrevivirie, debemos
reunimos en torno de su tumba helada , á llorar la pérdida que
hemos hecho, á meditar sobre la situación de Colombia, y pres-
tarle los auxilios de que tanto necesita la patria para revivir.
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420 HISTORIA DE COLOMBIA.
n ¡ Colombianos ! deseoso de que no se malogren los esfuerzos
inauditos de aquel varón esclarecido por la independencia y la
libertad de nuestra tierra, me ocupo actualmente en dictar
aquellas medidas que demandan el reposo y bienestar de los
que viven sometidos al gobierno nacional, y negociar con los
que no lo están los medios de llegar á un avenimiento amistoso,
que teuga por resultado reorganizar á Colombia , y presentarla
de nuevo á los ojos de las naciones en su pasada majestad y
esplendor. En nombre de la independencia y de la libertad
convido á todos los que abriguen en su pecho sentimientos
nobles y generosos , á que coadyuven á la bella empresa de
restaurar á Colombia. Venid, pues, Colombianos, al templo
de la Concordia, venid conmigo á darnos un abrazo fraternal.
Solo así evitaremos que el país sea patrimonio de la anarquía
mas espantosa y devoradora que jamas vieron los siglos. »
Después de esta proclama (enero 10) expidió Urdaneta un
decreto prohibiendo , como una manifestación de sentimiento
por la muerte del Libertador, todo género de diversiones pú-
blicas ó privadas por el espacio de un mes. Mandó que por el
mismo tiempo los empleados colombianos llevaran luto rigo-
roso ; fiualnieute, que en todas las iglesias se hicieran exequias
á Bo)i\ar con la pompa y decoro que fuera posible. Las de la
capital debían ser espléndidas y se difirieron por un mes.
No sucedió lo mismo con la deliberación , que era urgente,
sobre las providencias políticas y gubernativas que deberían
adoptarse como una consecuencia de la muerte del Libertador.
Reunióse el 10 de enero una junta en la casa del gobierno, á
la que asistieron algunas personas ilustradas y de influjo resi-
dentes en la capital. Las opiniones fueron várias , según había
sucedido en las juntas preparatorias ya mencionadas : unos
querían que se convocara extraordinariamente un congreso
constitucional de Colombia; otros, que la convención colom-
biana prescrita por el decreto de 41 de mayo de 1830; otros,
finalmente, aconsejaban la convocatoria de un congreso de
diputados de los departamentos que obedecían la constitución
de 1830, con poderes amplios para resolver lo conveniente*en
la actual crisis de la República.
No pudiéndose avenir, se acordó la convocatoria de otra junta
mas numerosa. En efecto, se reunieron por la noche del mismo
dia veinte personas respetables tomadas de los diferentes par-
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CAPÍTULO XVI II. 121
tidos que agitaban á la capital. Después de una larga delibera-
ción se convino en aconsejar al general Urdaneta — « que con-
vocára un congreso de diputados del resto de Colombia, no
contando con Venezuela ni con el sur, separados ya de hecho,
á fin de que deliberasen lo que fuera mas conveniente; si con-
vocar la convención colombiana de que trata el decreto de \\ de
mayo, ó darse los departamentos del ccn'ro ó de la Nueva Gra-
nada un gobierno provisional hasta que se reunieran las partes
disidentes. » — Fuera de este punto capital, la junta dio* tam-
bién su opinión de que se declararan vigentes las garantías
constitucionales; que se observara en lo posible la constitución
de 1830; y que se negociara con los jefes de Venezuela y del
Ecuador para restablecer la concordia, y presentar basas de
unión á la asamblea de diputados que debía reunirse.
Consultó igualmenle Urdanela, si él debería dejar el mando
después de la muerte del Libertador. Todos se opusieron á que
diera este paso, que podia conducirnos á la anarquía. En dicha
reunión manifestó aquel jefe los mejores de?eos en favor de la
paz , de la unión y de la estabilidad de Colombia , ofreciendo
hacer cuanto se le aconsejara.
Como estas consultas eran privadas , á fin de darles otro ca-
rácter previno Urdaneta á sus ministros que de oficio le diri-
gieran una consulta que contuviese todos los puntos acordados
y los demás que juzgaran convenientes. En efecto así lo hicie-
ron, desenvolviendo los fundamentos legales en que se apoya-
ban. Demostraron lambien que los diputados que se escogieran
debían hallarse autorizados para elegir los altos funcionarios de
la República, que no podían renovarse de otro modo. Firmaron
esta exposición los ministros Vergara, Mendoza, Pey y Juan
García del Rio. Este había sido nombrado recientemente para
el departamento de relaciones exteriores; el doctor Vicente
Borrero, así como el doctor Eusebio María Canabal , renuncia-
ron el expresado ministerio.
El gobierno de Urdaneta expidió inmediatamente (enero 43)
los decretos que se le aconsejaron. Restableció por uno las garan-
tas individuales decretadas por la constitución de 1830, y
mandó observar sus otras disposiciones , en todo lo que fueran
exequibles. Por consiguiente revocó en el mismo decreto la de-
claraciou dada en el de 19 de octubre último. Habíase declarado
por esta el ejecutivo investido de las facultades extraordinarias
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HISTORIA DE COLOMBIA.
concedidas por la ley de 28 de julio de 1824, las que delegára
imprudentemente á los prefectos de los departamentos.
Por otro decreto de igual fecha hizo Urdaneta la convocatoria
de un congreso de diputados de los deparlamentos de Boyacá,
Cundinamarca , Cauca, Antióquia, Magdalena é Istmo, asi
como — «de los demás departamentos, provincias ó pueblos
que espontáneamente obedecieran la constitución de 1830 y
enviáran sus diputados. » — Esta asamblea debia reunirse en
la villa de Léiva, correspondiente á la provincia de Tunja, el
15 de junio próximo. Acordóse que por cada veinte y cinco mil
almas de población, se eligiera un diputado, y otro por un
residuo de trece mil almas; pero que cada provincia debería
nombrar un diputado por lo ménos, fuera cual fuese su pobla-
ción. En el mismo dia se expidió el reglamento de elecciones,
conforme á los principios constitucionales, de que los habitan-
tes de las parroquias que tuvieran voto nombraran los electores,
y que estos eligiesen los diputados ó representantes de las
provincias.
El objeto de la asamblea ó convención de Léiva estaba indi-
cado por el artículo cuarto del decreto ya citado de 11 de mayo.
Conforme á las circunstancias y al estado del país , — « debia
determinar lo conveniente , prescribir lo que sea necesario para
la conducta del ejecutivo, rever la constitución y hacer en ella
las variaciones que sean indispensables , á fln de que resulte
perfectamente adaptada á los intereses nacionales. » También
nombraría los altos funcionarios que provisionalmente debían
encargarse del gobierno de la República. Cincuenta y dos dipu-
tados era el número que, según el censo de población, tendría
esta convención constituyente (i).
En cumplimiento del decreto que mandaba observarla cons-
titución , Urdaneta nombró de nuevo y dispuso instalar el con-
sejo de Estado , que permanecía disuelto desde que en el San-
tuario triunfó el batallón Callao. Componíanle los cuatro
ministros de Estado, el doctor Fernando Caicedo , arzobispo de
Bogotá, dos contadores mayores, Manuel Pardo y José Sanz de
Santamaría, dos abogados, Vicente Borrero y Joaquín J. Gofi,
(1) La población que se calculó á las diez y ocho provincias convocadas fué
de un millón doscientas noventa y un mil cuatrocientas veinte y una almas,
según los censos de 1825.
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CAPÍTULO XYUl. 1 423
y el comerciante Raimundo Santamaría : á estos se agregó des-
pués el prebendado Juan Nepomuceno Escobar : otros indivi-
duos fueron nombrados, mas no aceptaron el destino.
El mismo consejo consultó al doctor José María del Castillo
para que se le confiriese el importante empleo de procurador
general de la nación. Se mandaron establecer igualmente las
cámaras de distrito ó de departamento creadas por la constitu-
ción, á fin de que promoviesen y cuidáran de los intereses
locales de sus respectivas provincias. Con estas y otras provi-
dencias de menor importancia se completó el restablecimiento
de la constitución en todo lo que era posible. Se consideró que
no estaba comprendido en esta jerarquía el llamamiento del
presidente Mosquera, quien se hallaba en los Estados Unidos; ni
el de Caicedo como vicepresidente : opinaban muchos que no
serian admitidos por el partido militar, que los echára abajo y
que no los quería.
Las medidas internas dictadas por el gobierno de Urdaneta
eon sinceridad y buena fe, produjeron buen efecto respecto de
los partidos que dividían á la capital y á las provincias que
prestaban obediencia al ejecutivo de Colombia. La convocación
del congreso constituyente para una época inmediata, el que
debía nombrar los altos funcionarios, presentaba una próxima
esperanza de organizar la República del centro y de curar las
profundas heridas que había recibido la patria por nuestras
crudas disensiones.
Otro de los pasos que Urdaneta había ofrecido , era entablar
negociaciones con los jefes de Venezuela y del Ecuador para
restablecer la concordia , y ver si podía aun conseguirse la
unión colombiana. Á Venezuela envió en clase de comisionado
al doctor Ensebio María Canabal , quien recibió, lo mismo que
antes Aranzazu, una decidida negativa de parte del gobierno de
Páez. Este, en cumplimiento de las resoluciones del congreso
venezolano, solo convenia en la unión federativa, luego que se
organizára la Nueva Granada.
El mismo paso que el encargado del ejecutivo colombiano
diefti con Páez, verificó respecto del Ecuador. Un oficio en que
le participaba la deplorable muerte de Bolívar, y los ardientes
deseos que tenia el gobierno colombiano de que se restableciera
Colombia según las basas que se acordáran en una convención
de diputados de las tres secciones , ó por lo ménos del centro y
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HISTORIA DF COLOMBIA.
del Ecuador, no obtuvo contestación de parte de Flórez. Urda-
neta nombró también al general OXeary de comisionado cerca
del gobierno ecuatoriano; pero esta misión no se realizó, por-
que no fué aceptada.
Inmediatamente después que se babian dado estos pasos, llegó
á Bogotá el coronel Martel , quien se llamaba comisionado de
Flórez para dar explicaciones de su conducta. Dijo que el jefe
del Ecuador estaba decidido á trabajar por la unión federativa
de Colombia ; que no transigiría, y ménos se ligaría con Obando
y López , alianza que se habia anunciado para atacar á Urda-
neta. Añadía que el gran mariscal de Ayacucho babia sido
sacrificado como víctima ofrecida en holocausto al rey de
España, á causa de lo que babia trabajado por la Independencia
de la América del Sur; en fin, que habia admitido la unión de
Pasto al Ecuador, para libertar aquella provincia de la anar-
quía. ¡Vanas y débiles excusas para colorir la usurpación
escandalosa de las provincias meridionales del centro!
Tales fueron los decretos y medidas que se acordaron en
Bogotá á consecuencia de la muerte de Bolívar. Sus exequias se
celebraron el 10 de febrero con toda la pompa y solemnidad que
permitía el estado de la capital , la que se esmeró en tributar
aquel homenaje postrimero al libertador y padre de la patria.
Concurrieron á solemnizarlo aun sus mismos enemigos , aca-
llando algún tanto el furor de sus pasiones rencorosas.
Fueron de suma importancia los efectos que produjo en el
Ecuador la muerte de Bolívar. Dejamos en plena revolución á
los departamentos de Guayaquil y Asuay. Otras provincias del
Ecuador meditaban igualmente declararse por la integridad de
Colombia bajo del sistema federativo y el mando del Libertador.
Con el objeto de favorecer estos pronunciamientos , el general
Luis Urdaneta habia marchado de Guayaquil en los últimos
dias de diciembre, y el 3 de enero estaba ya en Guamote,
primer pueblo de la cordillera en la provincia de Chimborazo ,
y con dirección á Riobamba. En esta ciudad debia reunirse con
los cuerpos que marchaban del Asuay. Desde ántes de su arribo,
la capital y casi toda la provincia del Chimborazo proclamólos
mismos principios de los invasores , y se redujo aun mas la
extensión de la república del Ecuador.
En tan apuradas circunstancias , Flórez se propuso detener á
Urdaneta y ganar tiempo si le era posible. Su adversario , que
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CAPÍTULO XVIII.
425
debia marchar rápidamente sobre Quito con los dos mil vete-
ranos que podia reunir, do tuvo la audacia ni el tálenlo bas-
tantes para dar cima á la empresa que tan felizmente babia
principiado. Entretúvose, pues, en contestaciones con los secre-
tarios de Flórez, que pretendían manifestarle ser injustas, ile-
gales é indebidas las actas y pronunciamientos hechos última-
mente en favor de la integridad y de la constitución colombianas,
así como del mando del Libertador. Al mismo tiempo el
gobierno de Flórez sostenía que habían sido una libre expresión
de la voluntad de los pueblos las actas que en el año anterior
hicieron los departamentos del Ecuador, Guayaquil y Asuay,
rompiendo la unidad de la República , y erigiéndose en Estado
independiente. ¡Como si Flórez , que promovía aquellas actas ,
no hubiese mandado en mayo de 1830 el mismo ejército que
ahora le habia quitado Urdaneta, con el que se decía violentar
este á los pueblos !
Resaltaba aun mas la contradicción del gobierno ecuatoriano,
si consideramos que en los mismos dias sostenían Flórez y sus
partidarios, ser libres, y que manifestaban legítimamente la
voluntad popular las actas de Pasto y de Popayan uniéndose al
Ecuador; á pesar de que las habían precedido los pronuncia-
mientos militares de las respectivas tropas estacionadas en
dichas ciudades. Tanta identidad con las actas promovidas por
L. Urdaneta, no detenia al gobierno del Ecuador para reprobar
estas y aplaudir aquellas. Léjos nosotros de aprobar las unas ni
las otras , deploramos la funesta invención de actas y pronun-
ciamientos que tamaños desórdenes han causado en las nuevas
repúblicas de la América ántes española. Empero no podemos
abstenernos de censurar las contradicciones en que han incur-
rido ó incurren nuestros hombres de Estado, cuando solamente
escuchan los consejos falaces de la ambición.
Preparado ya algún tanto Flórez y afirmada en parte la opi-
nión pública de Quito , marchó hácia Guayabamba contra el
escuadrón que dijimos haberse insurreccionado en Ibarra. Este
emprendió seguir por la cordillera oriental á unirse con las
tropas de Urdaneta, operación harto difícil por la fragosidad
de aquella ruta. En la marcha fué perseguido con dos compa-
ñías del batallón Várgas por el coronel Zubiria en los sitios de
Puitag y Guacal. Auxiliado Zubiria en su activa persecución
por el paisanaje , consiguió rendir al escuadrón por medio de
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426 HISTORIA DB COLOMBIA.
una capitulación que evitara el derramamiento de sangre. Tan
oportuna ventaja dio un respiro al jefe ecuatoriano, asegurando
la provincia de Inibabura y la capital ; también restablecía las
comunicaciones con Pasto y Popayan.
Entonces pudo ya ocurrir á los mas graves peligros que le
amenazaban por el sur. Urdaneta con todas sus fuerzas mar-
chaba sobre Quito, y habia ocupado la villa de Ambato. Dejando
Flórez encargado el gobierno al vicepresidente, siguió con todas
las fuerzas que pudo reunir hasta acamparse en Tacunga.
Desde allí activa las negociaciones con Urdaneta, cerca del cual
desde ántes habia enviado al general Diego Whittle y al coronel
Modesto Larrea. Esta misión produjo el efecto que deseaba
Flórez. Urdaneta resintiéndose de su carácter poco decidido
suspendió sus marchas, que debían ser rápidas, sobre la capital.
Hizo aun mas , firmó una tregua que, dando tiempo á Flórez
para aumentar sus aprestos militares, evitó su ruina prepa-
rando la de Urdaneta.
Por este mismo tiempo la provincia de Buenaventura, viendo
los desórdenes del Ecuador, y que la mayor parte de los depar-
tamentos del centro se habían pronunciado por el Libertador y
reconocido al gobierno existente en la capital de la República ,
hizo lo mismo , uniformando sus votos con los del istmo de
Panamá acordados en 13 de diciembre. El gobernador Zamora,
y el coronel Francisco García fueron los autores principales de
este segundo pronunciamiento, que tanto contrariaba los
proyectos de Flórez.
Cuando los departamentos del centro y del sur de Colombia
se habían pronunciado por la integridad de la República y por
el mando supremo del Libertador , el nuevo Estado de Vene-
zuela sufría un fuerte sacudimiento que estuvo para volcar sus
recientes instituciones. El primer grito de rebelión se dió en la
villa de Aragua, provincia de Barcelona, residencia del general
José Tadeo Monágas , el 15 de enero, en que algunos militares
y civiles extendieron y firmaron un acta. Declarábanse en ella
fuertemente contra la separación de Venezuela y contraen
constitución ; decían que atacaba esta á la religión ; que desafo-
raba al clero y le sujetaba á pagar contribuciones; que destruía
la milicia y sus fueros,tan necesarios para crear y organizar el
ejército. Afirmaban que nadie tenia seguridad en Venezuela ,
donde se perseguía , vejaba y expulsaba á los prelados de la
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CAPÍTULO XVIII. 427
Iglesia, á los curas, y á los mas beneméritos jefes y oficiales
militares. En virtud de tales fundamentos acordaron : o desco-
nocer al gobierno de Venezuela, su constitución y leyes; pro-
clamar la integridad de la república de Colombia, y nombrar
jefe civil y militar al general José Tadeo Monágas , con plenas
facultades para sostener por la fuerza este solemne pronuncia-
miento , así como los que hicieran en el mismo sentido los
demás pueblos ; protestaron ante Dios y el mundo entero no
haber tenido parte alguna en tal acto la seducción ó la fuerza,
y sí el deseo de asegurar la libertad é independencia bajo del
precioso régimen de la integridad de Colombia, establecida y
sancionada por sus legítimos representantes en la constitución
de Cúcuta. »
Los efectos de este pronunciamiento fueron semejantes á los
de una chispa eléctrica. En quince dias hicieron iguales actas
las provincias de Cumaná , Barcelona y Margarita, así como los
cantones de Riochico , Orí tuco y Chaguarámas en la de Cará-
cas. En los primeros dias de febrero se conmovió también de la
misma manera la provincia de Guayana. El general Andrés
Rojas fué nombrado gobernador de Cumaná, José de Jesús
Guevara de Margarita y el coronel Cárlos Padrón de Barcelona.
El comandante Lorenzo Bustíllos mandaba en Riochico, y otros
buenos oficiales en Orituco y Chaguarámas.
Para que estos pronunciamientos se hubieran extendido con
tanta rapidez á todo el departamento de Maturin y á una parte
del de Venezuela* era preciso que hubiese una fuerte predispo-
sición contra el nuevo gobierno. Aunque en algunos puntos
pudo tener influjo la fuerza militar, como en las ciudades de
Cumaná y Barcelona, creemos que en otros muchos lugares los
pueblos se conmovieron por sí mismos , proclamándose defen-
sores de la religión , del clero y de los militares , cuyos fueros
decían haberse violado por la nueva constitución. Nos parece
también que muchos ciudadanos respetables, oprimidos al prin-
cipio por la fuerza y por el influjo de Páez , Arismendi , Ma-
rino , Bermúdez y otros jefes, que se pusieron á la cabeza de la
revofucion para separar á Venezuela de la unidad colombiana,
habían respirado ya, y deploraban en silencio la disolución de
tan hermosa república : ellos saludaron con entusiasmo el pri-
mer rayo de esperanza que luciera á sus ojos para restablecer
la brillante creación de Bolívar. Nosotros mismos participába-
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42* HISTORIA DE COLOMBIA.
mos entonces de esta ilusión grande y patriótica , y nos lison-
jeábamos de que pudiera renacer Colombia tan gloriosa como
estaba cuando triunfaron sus huestes en Ayacucho. Pero estas
esperanzas eran vanas. Asegurada una vez la Independencia de
la América del Sur, primordial objeto de su creación, la na-
turaleza, las distancias, la oposición de caracteres y acaso de
intereses del centro , norte y sur de la República oponian una
valla invencible al restablecimiento é integridad de Colombia.
Los pronunciamientos del oriente de Venezuela y los que
habían estallado hácia Barquisimeto y Trujillo , tuvieron una
particularidad notable. En niuguno de ellos se mencionaba el
nombre del Libertador, ni se le invocaba para nada. Esto era
contrario á las actas del centro y sur de Colombia, donde se le
había llamado al mando supremo. En Venezuela proclamaron
unos la constitución de Cúcuta , así como las leyes y decretos
que emanaron de ella hasta 1826; otros hablaban en general
de la constitución y leyes de Colombia, sin fijarse en cuál debia
ser el código fundamental. Sin embargo del silencio que guar-
dáran las actas de los que en Venezuela se pronunciaron por la
integridad de Colombia, acerca del Libertador, sabemos que los
principales jefes contaban con que realizado el movimiento,
Bolívar se pondría á su cabeza para restituir á Colombia su
brillo y reciente esplendor. Contaban igualmente con los auxi-
lios que pudiera darles el gobierno de Bogotá , cerca del cual
enviaron al ciudadano José María Otero en clase de comisio-
nado.
En aquel tiempo se creyó en Venezuela por diferentes datos,
que uno de los principales agentes y promovedores de esta re-
volución era el general Pedro Briceño Méndez, quien residía en
Curazao.
Luego que recibiera las primeras noticias de tan alarmantes
movimientos , el general Páez , que habitaba en Valencia , ca-
pital entonces de Venezuela, principió á dictar con acuerdo del
consejo de gobierno cuantas providencias estaban á su alcance.
Hallábanse vacías las arcas públicas, y apénas podía contar con
setecientos hombres , fuerza inadecuada para comprimif tan
extensa revolución. En Carácas no existia guarnición alguna,
y era muy fácil que hubiese allí un pronunciamiento, disgus-
tados como se hallaban sus moradores por la traslación del
gobierno á Valencia. Había también el peligro de que las tro-
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CAPÍTULO XV1I1. 429
pas de los insurrectos , que dominaban los valles del Tuy, ocu-
páran la antigua capital , golpe que hubiera sido en extremo
funesto al nuevo gobierno.
Era tan crítica la situación de este, que se dijo como cierto
que Páez envió parte de su familia al Apure , y que él tenia
hechos todos sus preparativos á fin de seguir á los Llanos á ha-
cerse fuerte al lado de sus antiguos compaüeros de armas.
Antes probó todos los medios pacíficos que aconsejaban la
prudencia y las circunstancias, á fin de apagar el incendio. Em-
pero nada aprovechó el envío de dos comisionados á Monágas ,
autorizados para conceder la mas completa amnistía á todos los
que se habian pronunciado. Confiando estos en su número , en
su decisión, en la popularidad de su causa y en el antiguo re-
nombre militar de su jefe, no cedieron un punto de sus preten-
siones.
Fué , pues , necesario al gobierno de Venezuela prepararse
para combatir por la fuerza la revolución. El consejo de Estado
autorizó á Páez para levantar cinco mil hombres de tropa, fuera
de los diez mil que ántes habia decretado el congreso consti-
tuyente. En consecuencia el general Marino , secretario de la
guerra, obtuvo el nombramiento de jefe de operaciones. Salió ,
pues, con algunas tropas, la mayor parte de milicias , dirigién-
dose por Calabozo y el Sombrero hácia Chaguarámas. El único
fruto de esta marcha fué batir algunas guerrillas de los enemi-
gos; pero en breve tuvo que retroceder al Calvario, ocupando
el paso del Guaniachito en el rio Orituco. Escasez de víveres,
mala salud de las tropas, y una escandalosa baja ocasionada
por la deserción ; hé aquí los poderosos motivos que obligaron
á Marino á emprender esta marcha retrógrada , á pesar de un
refuerzo que le llevára el general Soublette.
En aquellas circunstancias habia recibido Páez la nota que
le dirigió Urdaneta en 16 de enero, convidándole de nuevo á la
unión colombiana, y participándole haber fallecido el Liberta-
dor. En este documento oficial Urdaneta manifestaba sus ar-
dientes deseos de que los países se entendieran pacíficamente y
evitffran todo motivo de disgusto. Hallándose Páez cercado de
atenciones, aunque se denegára á contribuir para restablecer la
primitiva unión de Colombia , dirigió órdenes á los jefes que
mandaban sus tropas en la linea de San Antonio del Táchira,
para que guardáran la mejor armonía con las fuerzas granadi-
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430 HISTORIA DR COLOMBIA.
lias estacionadas en los valles de Cuenta. Originóse de aqui la
celebración de un convenio entre el general Justo Briceño por
la Nueva Granada, y Júdas Tadeo Piñango por la de Venezuela.
Ofrecióse en aquel documento evitar toda clase de hostilidades;
que no se aumentarían las tropas en la frontera; que se resta-
blecerían las comunicaciones y el comercio de los ciudadanos
de uno y otro Estado ; en fiu, que los emigrados venezolanos y
granadinos que se bailaran en la frontera, volvieran libremente
á sus domicilios. Aunque tal conveuio se aprobara por el go-
bierno de Bogotá, el de Caricas miraba á este con desconfianza,
y no habia libertad para la correspondencia epistolar ni para
enviar periódicos á Venezuela. Ignoramos la causa; pero jamas
llegaban á sus destinos; esta es una prueba indudable de que
los extraían.
La noticia que á la sazón se divulgára de la muerte del Li-
bertador, tuvo mucho influjo en el sostenimiento del gobierno
venezolano. Los que meditaban llamarle al gobierno supremo
á fin de que reorganizara á Colombia , cayeron de ánimo y se
hallaron de repente sin tener base alguna para sus operaciones
futuras.
Habíase conseguido reunir el primer congreso constitucio-
nal (marzo 18). Este declaró á Páez presidente por cuatro años,
y á Urbaneja vicepresidente del Estado, acontecimientos felices
para el jefe del gobierno venezolano.
Presentóse ademas en tales circunstancias un auxiliar que
tuvo mucho influjo en el sostenimiento del mismo gobierno.
Tal fué el antiguo y célebre general Bermúdez. Apoyado este
por algunos vecinos de Guiria se pronunció contra la revolu-
ción, celebrando en 29 de marzo un acta contraria á la que ha-
bían hecho aquellos habitantes en favor de la integridad de
Colombia. Bermúdez proclama altamente la obediencia al go-
bierno constitucional de Venezuela, y con pocos recursos al prin-
cipio consigue ser auxiliado y sostenido en su proyecto por otros
guerreros de influjo y celebridad en el oriente. Por estos medios
obtuvo la ventaja de que Kio-Caribe, Cariaco, Carúpano y Cu-
manacoa imitaron el ejemplo de Guiria, y que le reconociesen
por su jefe. Tales pronunciamientos , originados en parte de
algunas violencias cometidas por los partidarios de la integri-
dad de Colombia, que habían expulsado á los que no eran adic-
tos á su sistema, comprometieron fuertemente la causa que
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CAPÍTULO xvm. 434
sostenían. Llamada la atención de sus jefes por el oriente , no
pudieron, según pensaban, extender sus operaciones por el bajo
Tuy ni ocupar á Carácas. Entre tanto el gobierno de Vene-
zuela aumentó sus preparativos de defensa, reuniendo tropas y
otros elementos militares para una campaña activa. Con estos su-
cesos la opinión pública, que estaba muy vacilante, se mejoró en
favor del sostenimiento de la iniciada separación de Venezuela.
Proclamado Bermúdez como jefe de la reacción en Cumaná,
no perdió un momento luego que tuvo reunida alguna tropa
(abril 8). Al acercarse á la capital se conmueven las milicias y
proclaman al gobierno de Venezuela. El general Rójas, que
manda en la ciudad, ocurre prontamente á apaciguar el motín;
mas perece á manos de los soldados. Llamado Bermúdez por los
habitantes de Cumaná, ocupó á esta ciudad el 10 de abril. Atri-
buyéronse á Rójas excesos y providencias violentas contra los
ciudadanos que no eran de su partido, á los que expulsara. Los
Cumaneses hicieron entónces un acta contrariad su pronuncia-
miento en favor de la integridad de Colombia. Habíase dicho
ser esta la expresión libre de la voluntad de sus habitantes.
Díjose lo mismo de la última, aunque firmada bajo el imperio
de las bayonetas de Bermúdez.
Amenazado el general Monágas al oriente por Bermúdez , y
al poniente por las tropas del gobierno venezolano; privado
también del influjo poderoso que el nombre del Libertador
ejercia en favor del proyecto de reintegrar á Colombia , da otro
giro á sus designios. Envia, pues, dos comisionados á Valencia
solicitando una entrevista con el jefe del Estado. Páez no se
atrevió á concederla sin consultar al congreso.
Esta corporación, acaso para ceder algún tanto á la opinión
de los que deseaban la existencia é integridad de Colombia ,
acordó en i 2 de abril : « que se envidra por el congreso una
comisión cerca de la primera representación de los pueblos de
la Nueva Granada, suficientemente instruida y autorizada para
tratar de la convocatoria de una gran convención colombiana
que arreglara los pactos de que se hablaba en la constitución,
luegf que el país se hallára perfectamente constituido. » Era
entónces la opinión dominante, que las tres secciones de Co-
lombia, Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, después de
constituirse en Estados independientes, se unieron con un vín-
culo federativo.
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432 HISTORIA DE COLOMBIA.
£1 mismo congreso dio en seguida eii 18 de abril la autoriza-
ción competente á Páez para que tuviera una entrevista con
Monágas, poniéndose ántes á la cabeza de las tropas. Autorizóle
también — « para ajustar definitivamente la paz con los insur-
rectos, garantizándoles seguridad en sus personas y propiedades,
siempre que los comprometidos se sometieran á la constitución
y á las leyes, »
Miéntras que en Venezuela ocurrían estos sucesos con el
designio de restablecer á Colombia, se lidiaba también por la
misma causa allá en los departamentos meridionales. Dejamos
al gobierno del Ecuador empeñado en una guerra civil y peli-
grosa por el número y la calidad de las tropas que combatían
en favor de la integridad de Colombia. El presidente Flórez con
grande habilidad ganaba tiempo sobre su enemigo poco deci-
dido. Después de terminada la tregua que ántes mencionamos,
hubo lijeros combates de guerrillas, y Urdaneta ocupó á la
Tacunga, situándose Flórez en Saquisilí. En tales circunstan-
cias recibió este la noticia comunicada por el jefe del gobierno
de Bogotá de la muerte de Bolívar. Tan funesta noticia era un
golpe de rayo que debia trastornar enteramente los designios de
Luis Urdaneta y de sus partidarios, los que de repente se veían
privados del poderoso apoyo que les daba este nombre mágico
en el Ecuador. Flórez, aprovechándose con destreza de las cir-
cunstancias, se empeña en persuadir á Urdaneta que entre en
un convenio, que al fin se firma en la hacienda de la Ciénaga
el 9 de febrero. Estipulóse en él que se enviarian comisionados
por ambas partes para saber si vivia ó no el Libertador, y si se
encargaba del gobierno supremo de la República; que en este
caso el Ecuador reconocería su autoridad como la del primer
jefe de la nación. Mas, que si no existia Bolívar, ó se había
ausentado fuera del territorio de Colombia, la división de Urda-
neta reconocería nuevamente al Estado del Ecuador, sometién-
dose á su constitución y á sus leyes; pero que se darían pasa-
portes á los jefes, oficiales y soldados que voluntariamente
quisieran dirigirse al país de su naturaleza ó adonde les aco-
modase, después de ser ajustados sus alcances, según lov per-
mitiera la escasez del erario, á cuyo fin se aplicarían con
preferencia sus fondos y rentas nacionales.
El jefe del Ecuador habia calculado diestramente que la
marcha retrógrada estipulada, y que emprendieron las tropas
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CAPÍTULO XVlII.
de Urdaneta sobre Riobamba, sería la señal de alarma y desa-
liento para todos los partidarios de la integridad. En efecto,
esta noticia y la de la muerte del Libertador obraron mas efi-
cazmente en el ánimo de las tropas y de los pueblos , que un
ejército victorioso. Los habitantes de Guayaquil dieron el pri-
mer ejemplo ; se pronunciaron con firmeza y al frente de una
guarnición enemiga por el gobierno del Ecuador; lo mismo
hicieron las tropas y la marina. Los imitó el Asuay, y Urdaneta
quedó encerrado en Riobamba. Á pesar de esto, él procura
ganar tiempo miéntras recibe algunos refuerzos; esperábalas
reliquias de los batallones Cedeño y Girardot, así como una
parte de Ayacucho que principiaba á llegar de Panamá. Le
dirigía este refuerzo el general Espinar. Entre tanto Urdaneta
parecia decidido á no cumplir lo pactado.
Empero los pueblos toman las armas y le molestan sobre
manera en la marcha que emprendió hácia el cantón de Alausí,
posición desde donde podia obrar sobre Cuenca ó Guayaquil.
Flórez, que se habia situado en Riobamba, no perdía tiempo,
y diestro en los manejos é intrigas secretas, procuraba por me-
dio de hábiles emisarios corromperla fidelidad de las tropas de
Urdaneta. El batallón Cáuca, que en su marcha se habia atra-
sado en la parroquia de Chunchi, es el primero que da el
ejemplo en 19 de marzo : él hace rendir las armas á una
columna de Girardot, reduce á prisión á los oficiales que se
resisten á contramarchar á unirse con las fuerzas de Flórez. Una
completa desmoralización en las tropas de Urdaneta fué la con-
secuencia de este suceso. Todos los cuerpos que le acompañaban
le abandonan y reconocen al gobierno del Ecuador, poniendo
presos á los jefes y oficiales opuestos. Flórez manda reunir
aquellos cuerpos en su cuartel general, donde los disuelve y
borra de la lista militar; hace esto á presencia de los batallones
y escuadrones que habian permanecido fieles al gobierno ecua-
toriano; en ellos incorporó á los soldados, cabos y sarjentos de
los cuerpos disueltos. Mas de ciento cincuenta jefes y oficiales
reciben sus pasaportes para salir del país, con lo cual se ter-
minó aquella revolución, una de las mas peligrosas para la
Independencia del Ecuador.
El general Flórez mostró en tan difíciles ó peligrosas cir-
cunstancias talentos nada comunes, energía, valor y previsión;
así fué que las dominó completamente y tuvo un éxito feliz. En
TOMO IV. 28
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4;u
HISTORIA DF. fOI.OMBU.
el desenlace manifestó mucha tolerancia y humanidad. Ninguno
de los comprometidos fué perseguido ni procesado, corriéndose
un velo sobre los sucesos anteriores.
Los cuerpos militares que hicieron esta revolución pertene-
cían á los veteranos que tanta gloria habían dado á las armas
de Colombia. Desde que la tercera división auxiliar lanzó en
Lima en 1827 el grito funesto de la insurrección, se corrompió
la moral del ejército colombiano. Apénas hubo batallón ó escua-
drón que no se manchára con un motín militar. Sucesivamente
todos ellos perdieron su nombre y fueron disueltos por su in-
disciplina.
Miéntras que en el sur y norte de la República ocurrían estos
sucesos, tampoco gozaba el centro de tranquilidad.
Por do quiera, así en sus departamentos como en los extre-
mos de Colombia, la pobreza y la miseria hacían alarmantes
progresos debidos á muchas causas anteriores y presentes. La
dilatada guerra de Independencia; nuestras oscilaciones conti-
nuas, que ahogaban en su cuna toda clase de industria; las
conscripciones y alistamientos militares : hé aquí lo que prin-
cipalmente oprimía y vejaba á los pueblos. Veinte y un años
hacía que los artesanos, agricultores y mineros eran arrancados
de sus hogares para llevarlos al ejército, donde la mayor parte
desaparecían por las deserciones , las enfermedades y los com-
bates. Tal contribución de sangre, y el peso enorme de la lista
militar, que absorbía casi todas las rentas y los recursos que
por la fuerza se quitaban á estos desgraciados países, sin que
sobrára para satisfacer los sueldos de los empleados civiles, ni
para cubrir algunas de las deudas mas sagradas de la Repú-
blica, tenían sobre manera disgustados á sus habitantes. Ade-
mas, las rentas públicas se hallaban en un estado lamentable
de atraso, y poca ó ninguna esperanza había de que mejorasen.
La prodigalidad de los grados y ascensos militares habia sido
uno de los cargos que con mas justicia se habían hecho al Li-
bertador en sus últimos años. Bajo la administración de Urda-
neta tampoco hubo economía. Multitud de hombres decididos
por su partido, pero aborrecidos unos, y otros ineptos; efetos
malos y aquellos sin méritos, obtuvieron grados y ascensos en
la milicia. Lo peor fué que eran en gran parte Venezolanos, lo
que hacía creerá los Granadinos que aun seguían bajo la domi-
nación de aquellos, que nos despreciaban. Herido en lo mas
V
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CAPÍTULO XVIII
vivo el amor propio y el orgullo que podemos llamar nacional,
se acumulaban combustibles para un incendio, si tamaño mal
no se remediaba. Mas sucesos desgraciados obligaron al gobierno
de Urdaneta á nuevos alistamientos de reclutas y á promociones
de oficiales que aumentaron el disgusto de los pueblos contra
la preponderancia militar, cáncer que nos devoraba desde años
atrás.
Otra causa de mucho desagrado en aquellos dias era haberse
convertido eu cuartel para la tropa veterana el edificio del colegio
de San Bartolomé , uno de los mas antiguos establecimientos
literarios de la capital, y haber cesado por consiguiente los
estudios de la juventud. Inferíase de esto que se pretendía
ahogar las luces y la instrucción de los Granadinos. Á pesar de
várias reclamaciones , este edificio , que es una fortaleza, no se
entregó al rector del colegio. Urdaneta y sus partidarios le ocu-
paban como una cindadela en el centro de Bogotá.
En medio de la agitación producida por todos estos motivos
de disgusto en los pueblos granadinos , ocurrieron sucesos des-
graciados para la administración de Urdaneta. Fué el primero
en el sur. Hemos referido ántes, que los generales Obando y
López habian sido proscritos por el jefe del ejecutivo de Co-
lombia, y declarados en consecuencia jefes militares absolutos
por la guarnición de aquella ciudad ; en fin, que para impedir
ó refrenar sus tentativas habia marchado por Ibagué la columna
del general Mugüerza. Esta se hallaba sostenida por las milicias
del valle del Cauca, mandadas por el general Murguéitio, deci-
dido por la causa de Urdaneta. Sosteníala también el nuevo
prefecto de aquel departamento, José Ignacio González, y los
habitantes de Cali, que tenían igual entusiasmo contra Obando
y López.
Estos sin embargo habian trabajado con la mayor actividad
en los meses de diciembre y enero. Ellos concitaron á sus par-
tidarios de Patía, del Tambo, de Timbío, de Popayan y demás
pueblos inmediatos á esta ciudad, contra la tiranía y usurpación
de Urdaneta. Así consiguieron reunir y armar una columna de
iufíftitería y caballería, en la que estaban incorporados los anti-
guos y valientes guerrilleros realistas de aquella comarca.
Eran como seiscientos hombres, que sus jefes denominaron
— « ejército de la libertad. »
El gobierno de Urdaneta habia dispuesto que las fuerzas de
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430 HISTORIA DE COLOMBIA.
Obando y López fueran atacadas á la vez por el valle del Cáuca
y por la columna que mandaba el coronel Joaquin Posádas en
la Plata; tenia esta sus puestos avanzados en el camino de
Guauácas; pero debia salir al pueblo de Pitayó atravesando el
páramo de las Moras , combinación difícil por las distancias y
fragosidad de la cordillera interpuesta. Á fin de impedir esta
combinación , Obando y López , después de engañar á Posádas
por un amago de falso ataque , determinaron marchar rápida-
mente contra las fuerzas existentes en el valle del Cáuca , las
que regia Mugüerza por enfermedad de Murguéitio. Hallábase
el primero recorriendo el cantón de Cali, cuando supo que sus
enemigos se movian hácia Quilichao. En el momento comunicó
las órdenes convenientes para que sus fuerzas , compuestas del
batallón Cazadores de Bogotá , un escuadrón de húsares y una
columna de doscientos hombres de las milicias de Cali, se tras-
ladáran á la villa de Palmira. Habiéndose incorporado Mugüerza
á estos seiscientos hombres , se le informó de positivo que las
tropas enemigas se hallaban en Palmira desde el 9 de febrero.
Determinó entonces sorprenderlas y atacarlas al amanecer del
día siguiente, sin embargo de que un cuerpo de milicias que
conducia de Buga Murguéitio , habia contramarchado hácia
esta ciudad por la ocupación de Palmira.
En efecto , Mugüerza emprende su marcha á las doce de la
noche con mucha confianza de un feliz resultado, y dispuesto
á atacar al enemigo al amanecer. En este movimiento nocturno
el batallón Cazadores de Bogotá , que iba á la vanguardia , se
dividió en dos trozos por sugestiones y arbitrios del capitán
Nicolás Madiedo , que obraba en favor de Obando. Luego que
este supo la crítica situación de las tropas de Mugüerza (febrero
10), las atacó á las cinco de la mañana en una llanura limpia
de la hacienda de Papayal, colocándose en el centro de las
fuerzas divididas de Mugüerza. Una compañía de Várgas, regida
por el capitán Luis Quintero, y un trozo de poco mas de dos-
cientos hombres de Cali, cuyo comandante era ManuelJosé
Collazos, pelearon con mucho valor; mas no pudieron resistir
al mayor número. El escuadrón de húsares , ya muy dismi-
nuido por haber perdido el dia anterior dos destacamentos,
hizo también esfuerzos para proteger la reunión del batallón
Cazadores , aunque en vano , pues sufrió una dispersión. El
mencionado batallón, cuya oficialidad era contraria al gobierno
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CAPÍTULO XVill.
4Ü7
de Urdaoeta , no quiso combatir. Dirigido por su comandante
Vicente Bustamante se emboscó, exceptuando una compañía
que mandaba el capitán Reyes, la que peleó valerosamente :
desde allí vió sin rubor sacrificar á sus compañeros de armas.
Concluida la resistencia , se unió á los vencedores , á quienes
consideraba como defensores de la libertad. Mataron estos como
setenta hombres en la pelea, y se hicieron dueños de todo lo
que llevaba aquella columna. Mugüerza escapó á Cali con doce
húsares y ocho oficiales, de donde siguió á Panamá en compañía
del prefecto González.
Obtenida tan fácil ventaja, que duplicó las fuerzas de Obando,
nada hubo que se le pudiera oponer en el valle del Cáuca. El
i 3 de febrero Cali cedió con repugnancia á la fuerza, retirándose
Manuel José Collázos con sesenta hombres de los mas compro-
metidos en aquella ciudad, á la montaña de las Hójas, donde
se dispersaron. En Cali permaneció López con parte déla fuerza
para contener á sus habitantes, decididos por el partido de
Urdaneta; pero un indulto calmó los ánimos inquietos, y los
mas comprometidos se ocultaron. Allí hizo fusilar Obando á
cuatro oficiales prisioneros, que fueron los capitanes Quiuteroy
Réyes, que le habían resistido tenazmente, y los tenientes Sal-
daña y González ; dijo que los ejecutaba á fin de inspirar temor
al populacho de Cali. Este se habia insolentado contra los blan-
cos desde setiembre último, á quienes amenazaba con la muerte.
Por semejante espíritu de castas y de insubordinación sufrieron
mucho en todo aquel año los habitantes de Cali. El mismo
Obando confesó después haber pensado quitar la vida á todos
los oficiales prisioneros que habían tenido parte en la matanza
del Santuario ; pero al fin no cometió á sangre fría este crimen
revolucionario. Mas sí confiscó , hizo vender y gastar un carga-
mento de mercancías del comerciante Lloreda; estas se disi-
paron fácilmente y costaron después una suma considerable á
la Nueva Granada, por haber resultado ser propiedad inglesa.
En seguida marchó Obando con una parte de sus tropas á
pacificar el resto del valle de Cáuca. Sabido el triunfo de Pal-
mir» se dispersaron algunas milicias que habia reunido Mur-
guéitio; y el pueblo mismo de Cartago , su patria, le redujo á
prisión y envió á Obando, quien le remitiera á Popayan, some-
tiéndosele en consecuencia el valle entero.
Desde Cartago dirigió Obando intimaciones al coronel Castelli,
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438 HISTORIA DE COLOMBIA.
que defendia á Antióquia , y al mismo Urdaneta en Bogotá :
por todas partes difundió la voz de que marchaba contra la
capital. Pero sí envió tropas á ocupar la provincia del Chocó
por medio del segundo comandante José Fernández y unos
pocos soldados. Fácilmente consiguieron su objeto, encargándose
del gobierno de la provincia Juan Nepomuceno Duran. Al
mismo tiempo López desde Cali habia dirigido hácia Buenaven-
tura al comandante Atanasio Villamarin , poniendo á sus
órdenes un destacamento de tropas. Este, unido á varios mora-
dores de influencia en la provincia , los que le allanaron el
camino, obligó á capitular al coronel Francisco García, comán-
dame de armas de la capital Iscuandé. García vió el suceso con
tanta pena , que se quitó la vida el 24 de marzo. Atribuyóse
también este suicidio á enajenación mental , por la disolución
de Colombia, la muerte del Libertador, de quien era admirador
entusiasta, y la elevación de Obando , su enemigo declarado.
Todas las ciudades del valle de Cáuca, luego que se some-
tieron á Obando, celebraron actas por consej osé influjo de este,
desconociendo la autoridad del gobierno de Urdaneta. Decían
que con la muerte del Libertador habia caducado , pues con-
forme á la voluntad de los pueblos debia solo mandar hasta que
Bolívar se encargára del gobierno supremo. En consecuencia
declaraban , que se unian al Estado del Ecuador — - « provisio-
nalmente, miéntras que la convención colombiana, ó un con-
greso de plenipotenciarios de los nuevos Estados , arregla defi-
nitivamente el territorio que deba pertenecerles , según las
conveniencias y necesidades locales de los pueblos. » Portante
ofrecieron observar la constitución y leyes del Ecuador. La
misma conducta observaron las provincias de Buenaventura y
Chocó , luego que desconocieron la autoridad del gobierno de
Bogotá. Lisonjearon á la última con la apertura del rio Atrato
para el comercio extranjero ; esta medida se habia originado
del prefecto Arroyo y de la asamblea del Cáuca, los que la juz-
garon muy favorable á la prosperidad de aquel departamento.
Empero solo sirvió para aumentar el contrabando y disminuir
los productos de las aduanas del centro. «
Obando pudo en aquellas circunstancias asumir el mando
del Cáuca ; mas no lo hizo, pues llamó al prefecto Arroyo á que
gobernára bajo la autoridad del Ecuador, conducta que le honra.
Sin embargo, él conservó el título de « director de la guerra, »
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CAPÍTULO XV III. 439
bajo del cual disponía de casi todos los recursos del departa-
mento. Mas no podemos aprobar las agregaciones que promo-
viera al Ecuador, desmembrando indebidamente á la Nueva
Granada, preparando así una guerra á su patria, y extendiendo
los límites del Ecuador hasta las bocas del Atrato y golfo de
Urabá en el Atlántico.
Flórez admitió con el mayor placer estas agregaciones que tanto
lisonjeaban su ambición : él dirigió al coronel Zubiria á felicitar
á Obando por su triunfo en Palmira , y le escribió una carta de
amistad , contrariando lo que tantas veces habia protestado.
Hizo aun mas : como jefe del Ecuador le dió instrucciones para
que se limitára á la defensa del departamento del Cauca , sin
extender la guerra mas allá de sus confines, porque iba á tratar
de entenderse con Urdaneta; órdenes que no cumplieron
Obando y López.
Entre tanto el coronel Posádas supo la pérdida de la columna
de Mugüerza, lo que le causó un grande alarma; emprendió
por tanto su retirada de la ciudad de la Plata hácia la de Néiva.
Envió ántes un comisionado á Cali proponiendo á López un
armisticio , el que se le concediera. Mas Urdaneta improbó tal
paso, que le hizo desconfiar con razón de la fidelidad vacilante
de Posádas.
La defección de una parte de las tropas en Palmira, la derrota
del resto y la pérdida absoluta de la columna de Mugüerza se
supieron en Bogotá el 21 de febrero. Fué este un golpe funesto
y muy sensible para el partido militar que dominaba al país.
Los liberales vencidos en el Santuario se alegraron , pues divi-
saban ya un punto de apoyo para una reacción , á la que se
hallaban dispuestos los ánimos en todas partes.
Lo conocía Urdaneta, y como hombre de revoluciou principió
á dictar cuantas medidas le parecieron necesarias para soste-
nerse hasta el 15 de junio en que se debía instalar la conven-
ción de Léiva, pues decía que esta era su única ambición
(febrero 22). Él mandó poner presos al día siguiente á seis ofi-
ciales del partido liberal, de quienes desconfiaba; luciéronse en
lo%posteriores otros arrestos de personas que no merecían su
confianza por igual motivo. Un mes ántes se habían declarado
vigentes las garantías individuales, y al primer revés del go-
bierno se violaron abiertamente. Tal contraste exaltó los áni-
mos del partido liberal, irritado también porque sus adversa-
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440 HISTORIA DE COLOMBIA.
ríos los militares decian hallarse compuesto de asesinos y mal-
vados.
Otra de las providencias que el gobierno de Bogotá juzgara
necesarias, fué un alistamiento, forzado según costumbre, para
engrosar el ejército. Semejante medida era siempre una de las
mas desagradables á nuestros pueblos, enemigos declarados del
servicio militar. Ocultábame todos los hombres útiles; las
poblaciones los auxiliaban , quedando solo para las faenas de
las artes y de la agricultura los viejos , las mujeres y los
niños. Esto causaba muchos perjuicios ; empero hallábase ür-
daneta decidido á no dejar el puesto con deshonor y á man-
tener el orden público, según el sistema de gobierno estable-
cido.
En aquellos difíciles di as vinieron á fortalecer las esperanzas
de Urdaneta y de sus partidarios las noticias que el general
Pedro Briceño Méndez comunicó desde Curazao á las autori-
dades del Magdalena, fletando una goleta al intento. Eran
aquellas los pronunciamientos de una gran parte de Venezuela
por la integridad de Colombia , acompañando las actas respec-
tivas de las provincias de Cumaná, Barcelona, Margarita y otros
lugares. El comandante de milicias José María Otero , en clase
de comisionado especial , vino á Cartagena desde Cumaná con
el objeto de informar á las principales autoridades de tamaña
novedad y de todos los pormenores de la revolución. Grande
fué el alborozo que nuevas tan lisonjeras causaron á Urdaneta
y á su partido : juzgaban y decian que era seguro el restableci-
miento de Colombia, la que iba á renacer recuperando su pri-
mera gloria. Decidiéronse por consiguiente á sostener con vigor
la empresa acometida.
La misma decisión tenian sus partidarios en la llanura de
Bogotá. Los mas exaltados de aquellos campesinos dirigieron
peticiones al gobierno de Urdaneta con multitud de firmas.
Apoyándose en la reciente defección de las tropas de Mugüerza,
que se creía mas general, pidieron el castigo de los asesinos del
25 de setiembre y del gran mariscal de Ayacucho; que se les
borrára de la lista militar, así como á los oficiales que en Pal-
mira hubiesen traicionado al gobierno ; que no se empleára á
ninguno de los que se cogieron prisioneros en la acción del
Santuario ; en fin , que se removiera á los empleados que no
fuesen de toda confianza. Como estas peticiones apoyaban el
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CAPÍTULO XVIII. 441
sistema de energía desplegado por Urdaneta y sus partidarios,
fueron bien recibidas. Examinólas en el consejo de gobierno, y
en la mayor parte ofreció hacer lo que se le pedia ; procuró sin
embargo que sus resoluciones , publicadas en la Gaceta oficial ,
se conformáran á las disposiciones legales.
Otra de las providencias que dictó Urdaneta para sostenerse ,
fué enviar el batallón Callao, compuesto de setecientos cin-
cuenta hombres , hácia el sur. Debia situarse en la villa del
Espinal, como punto céntrico para atender á los caminos que
giran por Néiva y por Ibagué. Se temia que Obando y López
marcharan sobre la capital, y con aquellas tropas avanzadas se
ponia el gobierno en aptitud de batirlos en detal.
En estas circunstancias era grande la escasez de numerario ,
tanto para sostener las fuerzas militares en campaña como para
los demás gastos necesarios y urgentes. Echóse , pues, mano de
algunos fondos pertenecientes al crédito público, los que se ha-
llaban en depósito. Tal providencia era contraída á lo dispuesto
en la constitución ; y sin embargo , el consejo de Estado aprobó
unánimemente el gasto : debíase ántes que todo proveer á la
existencia de la República, primera y mas importante ley de la
necesidad ; á esta deben ceder todas las otras, cuando se halla
legalmente comprobada.
Sin embargo de tales providencias , era harto difícil que Ur-
daneta sostuviera la autoridad de su gobierno. Después de la
muerte de Bolívar se habia aumentado sobre manera, y en to-
das las provincias, la inquietud de los pueblos y del partido
liberal contra la administración intrusa. Acaso el departamento
que mas fuerte apoyo daba á Urdaneta por su población, por su
riqueza y por los dos mil hombres de buenas tropas que lo
guarnecían , era el del Magdalena. Allí mandaba en clase de
comandante general Montilla , y como prefecto Juan de Fran-
cisco Martin , bien conocidos ambos por sus talentos, actividad
y energía , así como por su decisión en sostener la administra-
ción de Urdaneta y el partido militar que pretendía continuar
dominando á la Nueva Granada. Estos jefes se hallaban apoya-
dosgsn Santamarta por los generales Valdes y Carreño, porSardá,
que mandaba en Riohacha, y por otros militares de nombradía
que se habían reunido en el Magdalena ántes y después del
fallecimiento de Bolívar.
Á pesar de fuerzas tan- respetables, Montilla y de Francisco
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442 HISTORIA DE COLOMBIA.
no estaban seguros; ellos eran odiados, porque se les conside-
raba como apoyos é i nstrumentos de un gobierno ilegítimo, que
una gran parte de los Granadinos llamaban tiránico. Hija sin
duda de esta persuasión, harto fundada, fué una revolución
que estallára en Sabanalarga, Soledad y Barranquilla, del 12 al
14 de febrero. La dirigían los capitanes Policarpo Jiménez,
nombrado comandante en jefe, Sántos de la Hoz, Lorenzo Her-
nández , Crispin Luque y Antonio Pantoja ; apoyábanla varios
oficiales de milicias ó retirados y algunos vecinos principales de
las mencionadas poblaciones; asimismo el capitán Perlaza, se-
gundo comandante del batallón de milicias de Santamaría; este
condujo hombres de Sitionuevo , Remolino y otros lugares in-
mediatos de dicha provincia , obteniendo en consecuencia el
nombramiento de segundo jefe.
Jiménez envió circulares á los pueblos conmovidos , anun-
ciándoles contra quiénes era el pronunciamiento y los objetos
de la revolución. — « Tan halagüeño recuerdo, decian , los ha
hecho afrontar los riesgos , y al través de obstáculos casi insu-
perables, se han pronunciado de una manera libre y espontánea
contra el gobierno intruso, ilegal y despótico de Bogotá, contra
el de Cartagena como el baluarte único que sirve de escudo á
los manejos viciosos de aquel , y finalmente contra todo el que
pretenda oponerse á sus santos proyectos. Ellos no son otros
que los de buscar la felicidad en medio de instituciones sábias,
á la sombra de leyes benéficas y administradas por magistrados
legalmente colocados por el pueblo. Salvar á sus hermanos del
Magdalena de la horrorosa suerte que les amenaza, y de los
males que experimentan. »
Los principios que proclamaban los jefes de esta revolución,
y el idioma con que los revestían, parecieron entónces superio-
res á la inteligencia de los campesinos y militares de inferior
graduación, que ostensiblemente dirigían aquel pronuncia-
miento. Es, pues, de inferirse que los motores principales y los
directores de la iniciada revolución se hallaban en la plaza de
Cartagena. Este hecho tomó un carácter de verdad y aun de
evidencia para el prefecto del departamento, por los papeleain-
cendiarios que allí se publicaban, por la agitación de los libe-
rales, cuyas expresiones indiscretas revelaban sus simpatías en
favor de la revolución que había estallado en los cantones no-
veno y décimo. Por los avisos de la policía se averiguó que en
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CAPÍTULO XVII 1.
la ciudad de Cartagena se habia formado una fuerte suscricion
entre los liberales para auxiliar el movimiento, y que se engan-
chaban hombres que fueran á sostenerlo; expuso lo mismo el
comandante de dichos cantones José María Castillo , quien oyó
decir á los revolucionarios cuando le hicieron prisionero , que
habian recibido ya doce mil pesos. Descubrióse al mismo tiempo
en Cartagena un club de insurrección. Apoyado en tales funda-
mentos y en la urgente necesidad comprobada con multitud de
hechos , según decia el decreto , de que no podía conservarse la
tranquilidad pública dentro de los muros de la plaza, si no se
adoptaban remedios extremos , el prefecto declaró al departa-
mento del Magdalena en estado de asamblea, conforme á la ley
de 24 de julio de 1824. Concedía esta al poder ejecutivo de Co-
lombia, en los casos de conmoción interior á mano armada, fa-
cultades extraordinarias muy extensas, las que podia delegar á
sus agentes. Pero la constitución de 1830 derogó aquella ley, y
el gobierno de Urdaneta habia declarado en 13 de enero último,
que estaban en su fuerza y vigor las garantías individuales, que
de nuevo echaba por tierra el decreto de la prefectura.
Mas el gobierno del Magdalena tenia, según pensaba, un fun-
damento para obrar así, que era superior á las leyes, — « el de
la necesidad de la propia conservación. » — Revolucionado el
país y atacado el gobierno por hombres que tampoco obraban -
de conformidad con las leyes, no quedaba al prefecto de Fran-
cisco Martin y á Montilla otro recurso que romperlas ligaduras
que estas les oponían. Todos los gobiernos en iguales casos
obran del mismo modo para conservarse. Los que no lo hacen
son precipitados de su asiento como imbéciles, sin que nadie los
compadezca en su caida. Cien ejemplos pudieran citarse en la
historia de las nuevas repúblicas americanas de una y otra ma-
nera de proceder. De todos ellos resulta la consecuencia necesa-
ria — «de que sus congresos han obrado sin previsión alguna,
no dando á sus débiles gobiernos las facultades suficientes para
conservar la tranquilidad pública en paz y en guerra. » Ama-
mos como el que mas la verdadera libertad, y por eso deseamos
ardientemente que nuestros gobiernos republicanos pudieran ,
en virtud de sus facultades naturales , aprehender, mandar
juzgar y castigar á todos los tunantes á quienes se antojára de-
clararse jefes supremos y para disponer á su arbitrio de nuestras
vidas , libertad y propiedades. Treinta y ocho anos hace que
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444
HISTORIA UK COLOMBIA.
estamos sufriendo tan funestas oscilaciones , y la experiencia
nos debiera hacer mas cautos y avisados (*).
El prefecto del Magdalena expidió el decreto de asamblea por
el acuerdo unánime de tres abogados; el asesor de la prefectura
Ramón Ri poli, jefe de policía, Ildefonso Méndez, y Eusebio
María Canabal. Persuadido por datos que juzgó verídicos, de
que iba á estallar una revolución en la ciudad , se apresuró á
cortarla expeliendo á sus mas respetables y exaltados promove-
dores ántes que pudieran realizar sus designios. En 19 de fe-
brero, arresta , pone á bordo de la goleta holandesa María , y
hace salir para Kingston de Jamáica al doctor Enrique Rodrí-
guez, uno de los próceres de la Independencia , á Manuel Mar-
celino Núñez, comerciante rico, á Jorge López, Calixto Noguera,
Manuel Asanza , Juan José Nieto, Diego Martínez, Alejandro
Salgado, Francisco Correa, Julián Figueroa, Miguel Grau,
Juan Suárez, Damián Bérrio , Pedro Laza y Jerónimo Echeona.
Era del número de los diez y seis expulsos Antonio Castañeda,
quien logró escaparse y se fué á reunir con los revolucionarios.
Tales providencias gubernativas para asegurar la plaza de
Cartagena se habian dictado con acuerdo del comandante gene-
ral Montilla : este no se descuidó por su parte en acordar con
la mayor prontitud las medidas que juzgaba oportunas para
sufocar la revolución en su cuna. El nombra, desde las prime-
ras noticias que recibe dé los movimientos , al general José
Ignacio Luque, comandante en jefe de la expedición que se pre-
paraba contra los revoluciouarios. La componían algunas com-
pañías de los batallones Yaguachiy Pichincha, parte de una
de las milicias de Cartagena, y un piquete de caballería ; fuer-
zas que salieron inmediatamente de la plaza.
En Barranquilla se apoderaron los revolucionarios de un
parque bien provisto de armas y municiones, que Montilla ha-
bía sacado de Santamaría porque sus moradores no le inspira-
ban confianza. Con este auxilio se juntaron y armaron en pocos
dias mas de quinientos hombres de infantería y caballería, los
que se apostaron en Sabanalarga , ocupando buenas posiciones.
Luque las reconoce y no ataca al enemigo , porque dice (fue
no tiene bastantes fuerzas, las que pide á Montilla; bien para
asegurar el éxito del combate, bien por otro motivo que alegára
(1) Escribíase esto en 1848.
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CAPÍTULO XVIII. 445
después, harto inmoral para un jefe en quien se habia deposi-
tado la confianza en aquellas difíciles circunstancias. Sea de
esto lo que fuere, lo cierto es que se retiró á la Aguada de
Paula á esperar refuerzos. Uniéronsele algunos y recibió la
órden terminante de acometer á los sublevados, y batirlos sin
reparar en las fuerzas que tuvieran, ni en las posiciones que
ocuparan. Esta órden fué cumplida, y el 20 de febrero se trabó
la pelea en la hacienda de Sans-Souci. Milicias indisciplinadas
no pudieron resistir á las fuerzas bien organizadas de Luque.
Venció este sin pérdida, y sus contrarios con la de algunos
hombres muertos y prisioneros, dispersándose el resto. En
seguida ocupó Luque á Soledad y Barranquilla. Desde aquí dió
sus disposiciones á fin de tomar cinco bongos armados, una
falúa y una flechera con piezas de á seis, que ya habian puesto
los revolucionarios para dominar el rio Magdalena. Desalentado
el capitán Perlaza, que mandaba dichas fuerzas sutiles, entregó
en la Ciénaga al general Carmona siete buques armados, en
que tenia seiscientos sesenta y un fusiles con sus pertrechos y
municiones. Rindiéronse también la flechera y un bongo en
Pedraza, embarcaciones que después de rendidas se habian
fugado.
A tan feliz éxito para el gobierno del deparlamento contri-
buyó eficazmente el que de la vecina provincia de Santamaría
no se auxiliára la revolución; exceptuando los hombres que
sedujo Perlaza. Por el contrario el general Carreño hacia prepa-
rativos para combatirla, y lo mismo sucedía en la provincia de
Mompox.
Cuando ocurrían estos sucesos (febrero 22), llegaron á Saba-
nilla los quince individuos que por una providencia guberna-
tiva habian sido arrojados de Cartagena. El capitán Rotre de
La María estaba comprometido por un documento escrito á no
tocar en puerto alguno de Colombia , y á seguir directamente á
Jamáica. Mas, seducido por la mayor ganancia que le ofrecieron
los deportados, y no creyendo que las tropas del gobierno do-
minaran á Sabauilla, los condujo á este puerto pretextando una
avtría ; iban á fomentar la revolución y cayeron prisioneros de
Luque, quien los enviara inmediatamente á Cartagena á dispo-
sición del prefecto. Este, sin permitirles desembarcar, los obligó
á salir para Jamáica.
Los oficios que Luque dirigiera al prefecto y á Mantilla sobre
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44tt HISTORIA DK COLOMBIA.
el arribo y prisión de estos ciudadanos , á quienes dijo que iba
á juzgar como conspiradores y reos de lesa patria, y su pronta
remisión á Cartagena, manifestaban la mayor decisión en favor
del gobierno existente. Igual conducta observaba respecto de
los demás comprometidos en la rebelión, que habian caído pri-
sioneros , especialmente con los que la promovieron ó capita-
nearon : él los perseguía con actividad, auxiliado por el jefe
político de Barranquilla, Santiago Duncan, y por el coman-
dante de milicias de artillería Juan Glen , dos extranjeros do-
miciliados y decididos contra la revolución. Luque mandó
juzgar como reos de Estado á todos los principales en cumpli-
miento de las órdenes é instrucciones del prefecto y de Montilla.
Diariamente se descubrían nuevos cómplices, y se ejecutaban
nuevas prisiones. La revolución había sido mas popular y ex-
tensa en los cantones, de lo que al principio se creyera.
En tales circunstancias el Ingles Juan Glen convidó á un
banquete, el 6 de marzo, á Luque y á otros varios jefes déla
columna. Cuando acalorados por el vino daban algunos brindis,
el comandante de Pichincha, José María Vezga,dijo : «Brindo
por que el comandante general Montilla sea mas justo y haga
salir á campaña al batallón de artillería que constantemente
hace la guarnición de Cartagena. » Este brindis solo fué aplau-
dido por el comandante de Yaguachi, Juan Bautista Rodríguez.
El teniente de artillería Miguel Franco lo impugnó, y Vezga
acalorado profirió expresiones, excitando á la sedición contra
Montilla; lo mismo hizo el comandante Rodríguez, quien tra-
bara una disputa con el coronel José de Lima, á quien Luque
arrestó, suponiéndole autor de aquellas disensiones. Mas enar-
decidos los espíritus por el vino , ambos comandantes sin escu-
char las órdenes y reconvenciones del jefe de estado mayor
coronel Pedro Rodríguez, marcharon á ponerse á la cabeza de
sus batallones, acuartelados , Pichincha en Soledad, y Yaguachi
en Barranquilla.
En el intermedio Luque parecía indeciso y que permaneceria
fiel al gobierno que había depositado en él su confianza; pero
dentro de pocos minutos se desengañaron los habitantes* de
Barranquilla que esto creían. Habiendo estado Luque en el
cuartel de Yaguachi , salió diciendo : — «La revolución está
hecha contra el comandante general y contra el prefecto, y las
tropas me aclaman por su jefe, nombramiento que he aceptado. »
1
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CAPÍTULO XV ni. 447
— Marchó luego á la villa inmediata de Soledad , donde en
compañía de Vezga y con el auxilio de Pichincha desarma con
engaños á una parte del batallón de milicias de Cartagena, que
allí existia, y pone presos á los jefes y oficiales que se denega-
ron á seguir este motin militar. Uno de sus primeros actos fué
reducir á prisión y exigir una fuerte suma al coronel de mili-
cias Pedro Juan Bisbal, rico hacendado.
Los jefes y oficiales de Yaguachi, Pichiucha y aun algunos
de milicias, hicieron después un acta (marzo 6), en que se pro-
nunciaron por el sistema federativo, que dijeron era la voluntad
de los pueblos de los cantones noveno y décimo de la provincia
de Cartagena : nombraron á Luque de jefe civil y militar para
dirigir la empresa, revistiéndole del poder necesario á fin de
conseguir un feliz resultado en todo el departamento : le indi-
caron que debia observar la constitución y las leyes en lo que
no se opusieran al buen éxito de la revolución; acordaron,
finalmente, que el mismo Luque, luego que hubiera sometido
á su obediencia el departamento , convocara una convención de
los representantes de este, á fin de que determinaran el sistema
de gobierno bajo del cual se decidieran á constituir la Repú-
blica, cuya integridad deseaban sostener los oficiales que sus-
cribieron el acta mencionada.
Los vecinos principales de Soledad, Barra uqu illa y otros
pueblos inmediatos de los cantones noveno y décimo se adhi-
rieron solemnemente al acta de los jefes y oficiales; ellos pro-
metieron obediencia á Luque y auxiliar á su división con sus
personas y propiedades , hasta conseguir la destrucción del go-
bierno existente, que los oprimía y vejaba; ofrecieron también
contribuir al establecimiento de uno que fuera justo, liberal y
legítimo, á fin de que les asegurase las garantías individuales,
por cuya consecución los pueblos habían hecho tan grandes
sacrificios.
Várias han sido las causas y motivos asignados para esta
revolución capitaneada por Luque. Dijeron unos, fundados en
su ninguna moralidad, que se le había ganado por algunos
libef ales, especialmente por los quince expelidos de Cartagena,
que dijimos haber arribado á Sabanilla, y que se le compró
dándole dinero. Esto es probable , y que también le sedujeron
con la fundada perspectiva de popularidad y de engrandeci-
miento futuro, que obtendría abrazando la causa de los pue-
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i 48 HISTORIA DE COLOMBIA.
blos. El mismo Lnque aseguró en documentos oficiales, que
desde su salida de Cartagena estaba inclinado á faltar á la con-
fianza que hizo de él Montilla; que por esto le exigió el envío
de mas y mas tropas, á fin de que la plaza quedára indefensa;
que en Soledad y Barranquilla se habia decidido enteramente
al ver la opinión de los pueblos contra el gobierno actual; en
fin, que lo hizo para enjugar las lágrimas de muchas familias,
cuyos principales miembros estaban presos y debian morir por
el delito de conspiración , en cumplimiento de las órdenes é
instrucciones de Montilla y de Francisco. Esta confesión pinta
el carácter de aquel jefe.
Después de su defección Luque obra con actividad. Él dirigió
circulares á los pueblos excitándolos á la rebelión contra el go-
bierno departamental : les habla á nombre de la libertad, pi-
diéndoles cooperación y toda clase de auxilios para marchar
contra Cartagena, en cuya plaza dice que entrará sin falta
dentro de ocho dias. « Si los pueblos, añade, aman la libertad
y detestan el gobierno actual , se les presenta una ocasión pre-
ciosa para lograr sus fines; mas si permanecieren indiferentes,
ellos sabrán el tin que les espera; bien entendido que si me he
, comprometido , ha sido contando con la cooperación general. »
— En el mismo dia expidió una proclama á las tropas de su
mando , excitándolas á emplear su valor á fin de obtener para
sus compatriotas instituciones basadas en la libertad y la justi-
cia, bajo de las cuales gozarían de los derechos sociales y polí-
ticos, con cuyo objeto le habian puesto á su cabeza, revistién-
dole del poder y autoridad necesarias para llevar al cabo tan
generosa empresa. « Cuando vuestro valor consiga, decia, ver
reunida la asamblea del departamento, habréis consumado la
grande obra á que tan generosamente os habéis comprometido,
y vuestro general, vuestro amigo y compañero de armas, sen-
tirá con vosotros el dulce placer, la mejor gloria que es capaz
de obtener un mortal sobre la tierra, cual es — a la de hacer
el bien y la felicidad de sus compatriotas. » Estos bellos senti-
mientos se le hacían firmar á Luque, pues él era incapaz de
concebirlos y de proferirlos. *
El 7 de marzo expidió el nuevo jefe superior algunos decretos;
por uno levantaba el destierro impuesto á várias personas por
las autoridades departamentales, cuya expulsión declaró in-
constitucional. Por otro nombró al doctor Manuel Romay go-
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CAPÍTULO XYIU.
449
bernador político de la provincia de Cartagena, con las atribu-
ciones que las leyes concedían á los gobernadores.
El espíritu y la opinión de los pueblos del Magdalena estaban
prontos y decididos á sacudir el yugo del gobierno de Urdaneta
y de sus agentes. Así fué que apénas se supo en el belicoso pue-
blo de San Juan de la Ciénaga el pronunciamiento de Luque ,
cuando fué imitado el 8 de marzo por el general Francisco
Carmona, quien sedujo al batallón Tiradores que allí existia;
lo mismo bizo en Santamaría el general Trinidad Portocarrero
al dia siguiente. Fué en vano que se opusiera al acta el general
José María Carreño, segundo jefe militar del departamento. Sin
fuerzas nada pudo bacer para reprimir al pueblo. Prestóse el
gobernador Manuel Valdes á presidir la reunión. Su resultado
fué : primero, adherirse al pronunciamiento de la división Luque.
y de los pueblos para sostener las libertades patrias ; segundo, de-
clarar independiente de Cartagena á la provincia de Santamarta,
en su gobierno político y militar — « hasta que reunida, según
decían, la representación nacional, se ponga en su conoci-
miento esta separación; sin que ella obste para que activamente
se coopere del modo posible á sostener la división libertadora,
miéntras se consigue el objeto generalmente proclamado. » Los
generales Valdes y Carreño manifestaron en seguida sus deseos
de que la gobernación y la comandancia de armas recayeran en
personas de la confianza pública. Nombróse en consecuencia
gobernador de la provincia por unanimidad de sufragios al
doctor Estévan Díaz Granados, y para comandante de armas al
general Trinidad Portocarrero. Se convino también en que se
confiriese á Carmona la comandancia general de las fuerzas pro-
tectoras de la libertad.
Tres liberales de nuevo cuno habían aparecido en pocos dias
en la Nueva Granada , y todos eran Venezolanos. Luque, el
destructor de prensas en Bogotá para que no hubiese libertad
de imprenta; Carmona, cuyos principios estaban en la punta de
su lanza, quien pretendió en vida del Libertador sublevarse en
Cartagena, á fin de que no se jurase la constitución de 1830; y
Pogtocarrero, el mismo que sublevára al batallón Granaderos en
Bogotá para quitarlo al gobierno del centro porque este era
liberal ; estuvo también decidido á hacer fuego á los habitantes
de la capital, si le atacaban , para castigar su delito. Tales ante-
cedentes persuadían á todos los que no se dejaban llevar de
TOMO IV. 29
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450 HISTORIA DE COLOMBIA.
apariencias, que miras é intereses privados eran los móviles de
la fingida liberalidad de aquestos generales; aun habia quienes
predijeran desgracias á la patria por su permanencia en la
Nueva Granada. ¡ Tan malo era el concepto que merecian á los
pueblos !
El mismo dia que se hizo el pronunciamiento de la Ciénaga,
supo Montilla en Cartagena el de Luque. La plaza habia quedado
guarnecida con poco mas de cuatrocientos artilleros y algunas
milicias. Como el espíritu de sus habitantes era en lo general
contrario al gobierno existente, no podia disponer de un sol-
dado para enviar fuera. Limitóse, pues, á pedir auxilios á Car-
reno, mandándole que obrara contra los sublevados del modo
que juzgase mas conveniente y según las circunstancias : lo
mismo dijo á Sarda en Riohacha ; pero estas cartas fueron in-
terceptadas por los revolucionarios de Santamaría. Aunque no
lo fueron la orden al coronel Juan Antonio Piñérez, comandante
de anuas de Mompox , y el parte dirigido al gobierno de Bogotá
pidiéndoles prontos y abundantes socorros para salvar el depar-
tamento del Magdalena, no produjeron efecto alguno. Urdaneta
se hallaba en iguales conflictos, y no podia desprenderse de
cien hombres. El auxilio mas pronto que podia esperar Mon-
tilla era el de doscientos jinetes montados, que pidió á las sa-
banas de Sotavento, adonde enviára al coronel Lima.
Aprovechóse Luque de estas circunstancias tan adversas para
Montilla. Él remite con prontitud armas y municiones á Car-
mona para que active la reacción de la provincia de Santamaría ;
él le excita á completar el armamento de los bongos de guerra
que habia entregado Perlaza en San Juan de la Ciénaga; él
arma dos mas, y con la flechera María los dirige hácia Mompox
á las órdenes del general Masa, quien habia sido arrojado de
Cartagena. Pocos dias después llegó á Barranquilla el general
Portocarrero con todas las fuerzas sutiles que habia en la Cié-
naga. Destinósele también á proteger el pronunciamiento de la
ciudad y provincia de Mompox en favor de la causa que soste-
nían los pueblos del bajo Magdalena.
Dadas estas disposiciones, Luque, auxiliado eficazmente ^)or
los habitantes de los cantones nono y décimo , y teniendo ya su
espalda segura, se trasladó á Sabanalarga (marzo Í3). Desde
allí ofició por primera vez á Montilla , disculpando con mucho
embarazo su alzamiento. Díjole que lo habia hecho con el de-
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CAPÍTULO XVIII.
451
signio de proteger la opinión de los pueblos que deseaban el
establecimiento de un gobierno liberal, y para eximir del su-
plicio á gran número de personas respetables , comprometidas
en la revolución de los cantones de barlovento. Dirigió este
oficio y las actas que habian hecbo las tropas y los pueblos con
dos comisionados, que fueron el presbítero Julián Pertruz y
Juan Best, los que también llevaron los mismos documentos
con otro oficio para el consejo municipal de Cartagena. Luque
exigía, aunque vagamente, que las autoridades de la plaza se
conforniáran con el contenido de aquellas actas. El consejo
municipal, á quien presidia el doctor José María Baloco, res-
pondió que nada tema que hacer con la organización política,
pues las leyes detallaban sus atribuciones. El comandante gene-
ral Montilla contestó á Luque con moderación y firmeza, mani-
festándole que él tenia deberes que cumplir y que los desem-
peñaría con honor. Excitaba al nuevo jefe civil y militar á que
dejára en libertad á los pueblos, á fin de que usaran, cuando
tuvieran por conveniente, del precioso derecho de petición, sin
causar los escándalos que se estaban experimentando, ni impe-
dir las elecciones para la convención que debía reunirse en
Léiva. Las primarias debieron haberse hecho en los ocho pri-
meros días de marzo, y estaba fijado el 1° de abril para la reu-
nión de las asambleas electorales. Por consiguiente, parecía
imposible que en medio de la fermentación que agitaba á los
pueblos de las costas del Atlántico, pudieran celebrarse las
elecciones de las provincias ya pronunciadas y en revolución.
Luque no se dió por satisfecho con la respuesta que le habia
dirigido Montilla. En otra comunicación que le pasara el Ib de
marzo desde Santa Hosa , le habló con mas claridad. «Los pue-
blos y yo, decia, estamos muy lejos de cometer escándalos y de
entorpecer el curso de esa reunión popular que debe nombrar
los diputados á la convención. Por el contrario, los pueblos
anhelan por que esta se verifique ; pero de ninguna manera
quieren que üs. esté á la cabeza de la comandancia general, ni
el señor Juan de Francisco Martin á la de la prefectura. Yo no sé
qu#motivos tengau para esa descontiauza; pero la experiencia
de otras funestas elecciones me hace darles la razón, y convenir
también en que para realizar esta grande obra, üs. y el señor
prefecto depositen sus destinos en personas que merezcan la
confianza pública , porque así lo piden los pueblos, y porque
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452 HISTORIA DE COLOMBIA.
así es necesario que sea cuando se trata de organizar su go-
bierno Us. debe penetrarse de estas razones y dejar al pue-
blo en aptitud de obrar : él lo teme , y es necesario que haga
este sacrificio en su obsequio y en el de la patria. Sobre este
principio Us. y yo podemos entrar en tratados que ahorren la
efusión de una sangre tan preciosa y que puede economizarse á
tan pequeño costo. »
Ni el honor ni los comprometimientos que tenian Montilla y
de Francisco con el gobierno de Colombia, podian permitirles
ceder tan pronto á las exigencias de Luque. Tampoco este ins-
piraba respeto alguno por su conducta y precedentes. Sin em-
bargo, el prefecto le contestó — o que ni él ni el comandante
general tenian apego alguno á sus empleos ; que para restable-
cer la concordia entre todos los pueblos habían dirigido ya las
renuncias de sus destinos ai gobierno supremo; que estaban
prontos y aun deseosos de consignar en otras manos la autori-
dad que ejercían; que este paso nohabia sido dictado por temor
alguno de las fuerzas que mandaba Luque , » — sino porque,
patriotas de corazón, deseamos alejar las calamidades que se
están causando á los beneméritos pueblos de la provincia, to-
mándose por causa nuestra permanencia á su frente. Pero como
los poderes que ejercemos emanan del gobierno supremo de la
República, y que por otra parte no sería decoroso abandonar el
puesto en los momentos de peligro, nos consideramos obligados
por nuestros deberes hacia el gobierno y la nación, y por nues-
tro mismo honor, á aguardar á que nuestras renuncias sean
aceptadas y que pongamos en posesión de la autoridad á las
personas que el supremo gobierno elija para ejercerla. » —
Entre tanto se recibía la aceptación de las renuncias, exigían
de Luque que desistiera de la actitud hostil que había tomado,
para manifestar de esta manera su respeto por la constitución,
por las leyes y por las garantías de los Colombianos, todas las
cuales disponían que no se ocurriera á las vías de hecho, ántes
de haberse agotado los medios pacíficos.
Muy léjos de adoptar este arbitrio, Luque publicó (marzo 17)
un decreto cortando toda clase de comunicaciones con la plaza
de Cartagena. Por otro abolió los derechos que se exigían en la
provincia para el sostenimiento de la policía. Estos gravitaban
principalmente sobre el consumo de las carnes; eran fuertes, y
por tanto odiosos á los pueblos. Quitándolos procuraba el jete
ngiiize
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CAPÍTULO XVIII.
civil y militar atraerse la benevolencia de aquellos, y adquirir
popularidad.
La empresa que meditaba de asediar y rendir á Cartagena
era á propósito para conseguir este objeto. Los pueblos en nues-
tras provincias tienen por lo común fuertes antipatías contra su
capital. Se aumentaban entonces por los enemigos harto nume-
rosos que se habian adquirido el prefecto de Francisco, el
comandante general Montilla y sus adictos, á quienes conside-
raban los liberales como á jefes del partido militar ; odiábanlos
también porque habian roto la constitución de 4830 en el depar-
tamento del Magdalena, desconociendo al gobieruo de Mosquera,
y mandando después con facultades extraordinarias opresivas á
los ciudadanos. Gran parte de los habitantes se hallaban can-
sados de esta situación; todos los civiles pensadores, así como
algunos militares, deseaban ardientemente que la Nueva Gra-
nada se reorganizára bajo de un gobierno republicano que diera
garantías á las personas y propiedades de los ciudadanos.
Declarándose protectores de los pueblos y de sus libertades
fué que unos hombres como Luque , Portocarrero y Carmona,
consiguieron levantar desde el principio de su reacción á las
provincias de Cartagena y Santamaría. El primero habia puesto
su cuartel general en Turbaco, á tres leguas y media de Carta-
gena, y enviado á la goleta Zúlia á cruzar delante del puerto.
Era su proyecto asediar la plaza y rendirla por hambre, si no
conseguía entrar fomentando interiormente una revolución ó
negociando algún avenimiento. Para esto continuaron los par-
lamentarios y oficios mutuos, apoyados siempre en las bases
arriba mencionadas, sin que tuvieran resultado alguno favora-
ble. Las autoridades superiores de Cartagena trataron con des-
precio á Luque, y no creían que recibiera de los pueblos tan
fuerte apoyo. Sin embargo , estos le dieron cuantos recursos
necesitaba para su empresa , y engrosaron sus filas hasta mil
doscientos hombres por tierra , y diez y ocho buques menores
en la bahía; mandábalos el comandante Juan Bautista Rodrí-
guez.
tflique distribuyó sus tropas en las entradas principales de
Cartagena, y el 24 de marzo solo quedaban algunas vías por
donde pudieran recibirse vituallas. Para impedir la entrada de
las que se conducían de las sabánas y demás cantones de Sota-
vento , envió Luque una columna de doscientos hombres regi-
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HISTORIA DB COLOMBIA
dos por el primer comandante Lorenzo Hernández. No teniendo
el coronel Lima, que, según dijimos, habia ido allí á levantar
caballería, fuerzas que oponerle, huye hacia la plaza y cae
prisionero. Entonces aquellos pueblos desconocen á las autori-
dades departamentales y hacen actas adhiriéndose á la revolu-
ción dirigida por Luqne. Exceptuando la ciudad capital , toda
la provincia de Cartagena se declaró en insurrección , priván-
dose por tanto á los sitiados de los recursos que necesitaban
para sostenerse.
Añadióse á esta desgracia la de perder el pailebot Meta y un
bongo armado en guerra, buques únicos que defendian la bahía.
El coronel Bougier, que los mandaba, cuando hacía un recono-
cimiento sobre Pasacabállos cayó en una emboscada que le
habia preparado el comandante de las fuerzas sutiles Rodríguez,
y quedó prisionero con sus buques. Esta pérdida fué muy sen-
sible y perjudicó sobre manera á los sitiados.
Para impedir los daños que pudieran causarles el pailebot
Meta y la goleta Zúlia, declaró Montilla que los buques de los
sitiadores eran piratas dedicados al robo y al pillaje. Hallábase
de cónsul ingles en Cartagena , Mr Eduardo Watts, quien tenia
relaciones de familia con el prefecto de Francisco ; por esto y
por otros motivos estaba decidido en favor de los sitiados. Mo-
vido por tales sentimientos requirió al capitán Guillermo Oldrey
de la fragata inglesa Hyacinth, que con La Champion se halla-
ban ancladas en la bahía , para cumplir la resolución de Mon-
tilla. Ocurrió también (marzo 24) el caso de que el capitán del
Meta apresó y condujo á Cospique a la goleta mercante inglesa
Kingston, cuando entraba á la bahía. Oldrey calificó dicho acto
como un insulto al pabellón británico. En consecuencia El Meta
fué apresado y detenido por las fragatas, y tuvo que enviar
Luque al capitán Alfonso Acevedo á bordo de La Hyacinth á
negociar la libertad del pailebot. Por una carta aquel jefe satis-
fizo á Oldrey de que el insulto de que este se quejaba no habia
sido hecho por su órden. Después de tres dias, Acevedo y Pablo
Infanzón firmaron un convenio con el cónsul Watts y el primer
teniente Hope de La Hyacinth, el que fué aprobado por anftos
jefes. Luque prometió que el capitán del Meta sería juzgado y
removido de su mando; también, que no se haría daño alguno
á los intereses británicos , y que se devolverían los que estuvie-
sen detenidos ó embargados. Lo mismo exigió Oldrey — « res-
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CAPÍTULO XYlll.
pecio de las personas y propiedades de los subditos de las na-
ciones aliadas con la Gran Bretaña, como los Franceses y
Americanos, cuyos buques tendrían libre entrada y salida de
la bahía de Cartagena. » Por último ofreció Luque entregar la
correspondencia é intereses que en los correos detenidos en su
campo, hubiera para cualesquiera subditos británicos.
En virtud de estas duras estipulaciones Oldrey puso en liber-
tad al Meta (marzo 27), y prometió no cometer acto ninguno
hostil contra las embarcaciones sitiadoras. Á pesar de que el
capitán Oldrey revistiera sus procedimientos con modales ca-
ballerescos, no hay duda que la mayor parte de sus exigencias
fueron un abuso de la fuerza por medio de la cual adicionó
el tratado de Colombia con la Gran Bretaña. De esta manera
multitud de comandantes de los apostaderos ingleses en los
puertos de las nacientes repúblicas de la América antes espa-
ñola , se han erigido frecuentemente en dictadores y exigido
convenios, que ellos, como en Cartagena, han llamado tratados
degradantes para los nuevos gobiernos, fundándose en la última
razón de las naciones poderosas, — la fuerza.
Fuera de este convenio, que contrariaba las esperanzas de los
sitiados, otra noticia vino á hacer mas crítica su posición. Tal
fué el haberse pronunciado también la ciudad y provincia de
Mompox. Subia contra esta capital la expedición que hemos
referido al mando del general Portocarrero. Teniendo la guar-
nición de Mompox simpatías por la causa que patrocinaban las
fuerzas que iban á atacarla , se pronunció en 4 de abril en el
mismo sentido , dirigida por su comandante el coronel Juan
Antonio Piñérez; ella declaró que no emplearía sus armas
contra las tropas que mandaban Luque y Portocarrero. En
aquel dia se pronunciaron igualmente las autoridades y padres
de familia de Mompox. Presidiendo la junta el gobernador
Francisco M. Troncoso , acordaron : primero, que sé adherían
al pronunciamiento de la guarnición, como único medio de
evitar la guerra civil ; segundo, que la provincia de Mompox se
declaraba independiente hasta que se reuniera la asamblea de-
partamental , ó cualquiera otra legalmente constituida que or-
ganizara la República; tercero, que sin perjuicio de esto, la
provincia contribuiría con todo lo que le fuera posible para
sostener los principios que defendía el ejército protector de los
derechos del pueblo; cuarto , en fin , que léjos de admitir las
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HISTORIA DE COLOMBIA.
renuncias que habían hecho el gobernador Troncoso y el
comandante Piñérez de sus respectivos destinos (abril 4), la
asamblea les instaba y aun obligaba á que continuáran ejer-
ciendo su autoridad para conservar el orden público. Se les
confirieron ademas todas las facultades necesarias para sostener
este pronunciamiento.
Tal era el estado en que se hallaba el departamento del Mag-
dalena en los primeros dias de abril. Á excepción de las provin-
cias de Rioliacha , comprimida por la fuerza armada , así como
por el influjo y valor del general Sardá, las demás se habían
pronunciado contra el gobierno departamental y contra el de
Urdaneta en Bogotá. Proclamaban todas el restablecimiento de
un gobierno constitucional que diera garantías á los ciudadanos.
Algunas mencionaban el sistema federativo á fin de que se
adoptára; otras, como las de Santamartay Mompox,no querían
que hubiese departamentos , sino provincias dependientes del
poder ejecutivo de la República.
Entre tanto Luque se hallaba acampado en Alcivia, donde
recibiera una diputación enviada por el gobernador de Santa-
marta, Granádos, en cumplimiento de un acuerdo del consejo
municipal. Componíase del canónigo penitenciario de aqueÜa
catedral, Santiago Paeres Mazenet , y del jefe político Antonio
Falques. Su objeto era poner las basas para uniformar el pro-
nunciamiento de las dos provincias ; desconocer al gobierno de
Urdaneta; auxiliar alas demás provincias para sacudir el yugo
de la opresión; abolir, en fin, el sistema de la división departa-
mental, y que cada provincia fuera independiente de las demás ;
miéntras que la representación nacional acordaba la constitu-
ción mas conveniente. Dichos comisionados tuvieron conferen-
cias con Luque y Romay, y convinieron en la convocación de
una asamblea departamental , la que haria Luque como jefe
superior ; detallaron las facultades que tendría aquella asam-
blea sobre las provincias del departamento , y las que se reser-
vaban los gobiernos provinciales. Aquestas disposiciones esta-
blecían una verdadera federación. Era sin embargo provisoria
y miéntras se juntaba la representación nacional de los depar-
tamentos del centro , acontecimiento que se promovería por
todos los medios posibles para conservar la integridad de la
República, y el goce tranquilo de las libertades de los pueblos.
Se reconocía, por último, la autoridad superior de Luque en todos
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capítulo xv ui. 457
los negocios de ínteres general de las provincias del departa-
mento del Magdalena , basta la resolución de la asamblea de-
partamental , ó hasta que se restableciera la autoridad legítima
del presidente y vicepresidente de la República.
Dichos acuerdos se presentaron al gobernador y al consejo
municipal de Santamaría, que los improbó en todas sus partes,
porque no se habia convenido , según dijo , — «en la absoluta
abolición del ominoso sistema departamental, de ese sistema de
abatimiento y de mengua para las provincias. » Improbólo
también porque los comisionados traspasaron sus facultades,
ingiriéndose en acordar varios puntos de legislación. Al mismo
tiempo que el consejo municipal reprobó el convenio de esta
manera terminante (abril i), aseguraba á las autoridades revo-
lucionarias de Cartagena , que la provincia de Santamaría no
vacilaría un momento en prestarles cuantos auxilios estuvieran
á su alcance , á fin de perfeccionar la noble empresa que de
consuno habian acometido, y que sus habitantes tenian las
mas favorables disposiciones para conservar con ellas la mejor
armonía.
Por el mismo tiempo no estaba tranquilo el departamento del
Istmo. Hemos referido ántes que Espinar, comandante general,
habia reconocido en diciembre último al gobierno de Colombia
y uniformado á Panamá con los pronunciamientos de las demás
provincias. Aquel acto , debido al influjo del Libertador, quien
privadamente así lo aconsejó y aun mandára á Espinar, perdió
toda su fuerza con la muerte de Bolívar. Espinar, infatuado
por una loca vanidad porque fué secretario del Libertador, y le
habia acompañado en algunas de sus campañas en calidad de
escribiente, tenia la idea fija de que era un grande hombre , y
que en el Istmo, su patria, debia representar un papel brillante.
Mas como ni por su familia ni por sus precedentes en Panamá,
donde habia sido practicante de cirugía, podía considerarse con
el apoyo de la clase pudiente y notable déla provincia, lo buscó
en los negros, en los mulatos y en el resto de la plebe. Prodi-
gándola sus favores y elevando á los cabecillas que la movían ,
como un Estrada y otros, logró tenerla á su devoción. Conci-
tándola contra los blancos con la mas negra felonía, y diciendo
por medio de sus satélites , que era preciso hacer del istmo de
Panamá una república semejante á la de Haití, consiguió aterrar
á los blancos, y que temiendo por su misma existencia no se
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458 HISTORIA DE COLOMBIA.
opusieran á sus planes. Estos eran formar un Estado indepen-
diente en el Istmo para que figurase al lado de Venezuela, del
centro y del Ecuador. Tál proyecto lisonjeaba también á muchos
habitadores influentes de Panamá ; aunque no les gustase el
jefe supremo que se les preparaba.
Espinar estuvo muy léjos de abandonar su proyecto favorito
con el reconocimiento nominal que ántes hiciera del gobierno
de Bogotá. Él continuó mandando como dictador bajo el título
de prefecto y comandante general, sin hacer otra cosa que
avisar el recibo de algunas órdenes que le enviaban los minis-
tros de Urdaneta ; él hizo numerosas promociones militares y
nombró hasta coroneles; él impuso contribuciones y usó de las
rentas públicas, de los diezmos y de otros fondos eclesiásticos,
como se le antojaba , sin atender á leyes ni á los reglamentos
del ejecutivo; él se arrogó el poder judicial condenando á des-
tierros y á la deportación á muchos de los vecinos principales
que juzgaba se le oponian ; él cerró en febrero los puertos de
Chágres y de Portobelo , temiendo que llegaran al gobierno las
quejas de los habitantes del Istmo, y que se enviáran tropas del
Magdalena á libertarlo ; él, finalmente, dispuso un alistamiento
general , y alarmó á los pueblos como si estuvieran en vísperas
de una invasión exterior. Miéntras oprimia de esta manera,
apoyado en las tropas y en los 'negros y mulatos, atemorizaba a
los blancos , haciéndoles entrever el término de su vida si con-
trariaban sus planes de engrandecimiento y dominación.
Consideraba Espinar como rival suyo harto peligroso al ge-
neral José Fábrega ; este era de un carácter afable y bondadoso,
calidades que le atraían una benevolencia bastante general. En
el año anterior Espinar habia privado á Fábrega de la prefectura
del Istmo , cuando se alzó contra el gobierno de Mosquera.
Retiróse entónces á Santiago de Veráguas, y los pueblos de esta
provincia le nombraron su gobernador y comandante general
en noviembre último, luego que se pronunciaron por el Liber-
tador, y provisionalmente por el mando de Urdaneta. Esta
elección de Fábrega, que tanto contrariaba los inicuos planes
de Espinar, le tenia desesperado. Así, para consolidar su pocfkr
y arojar del Istmo á su rival , determinó recorrer la provincia
de Panamá , é ir con fuerzas en caso necesario hasta Veráguas ,
si Fábrega no obedecía sus órdenes.
Hallábase en Panamá el coronel Juan Eligió Alzuru , natural
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CAPÍTULO XTIIÍ. 459
de Venezuela , antiguo y valiente militar de la Independencia ,
que tanto se distinguió en la batalla de Tarqui. Este había
ganado la confianza de Espinar, haciéndole creer que entraba
en todos sus planes. Dejóle, pues, encargado de la comandancia
de armas de Panamá, mientras duraba su ausencia al interior.
Realizó en efecto su viaje continuando el curso desús tropelías ;
y aunque Fábrega hubiera sido capaz de oponerle resistencia,
no lo hizo , temiendo ensangrentar el suelo patrio con una
guerra civil que podia degenerar en otra de castas. Espinar aun
decretó su expulsión junto con la de otros vecinos respetables
de Veráguas.
Ya regresaba á Panamá el dictadorcillo Espinar con parte del
batallón Ayacucho, que habia llevado consigo. Entonces cor-
rieron voces que meditaba nuevas proscripciones, y que debía
estallar un motin de negros y mulatos, para obligar á los blan-
cos á romper la unión con el gobierno de Bogotá, y conferir á
Espinar el mando civil y militar. Excitado el coronel Alzuru,
quien era también muy ambicioso, á que remediase tamaños
males, que iban acaso á destruir el Istmo, no se dejó rogar. De
acuerdo con los jefes y oficiales de la guarnición de Panamá
asumió, el 2t de marzo, la comandancia general, negándole
obediencia al loco de Espinar. Este, que se hallaba cerca, voló
á Panamá; empero Alzuru, que era un militar con quien no
podia lidiar Espinar, habia tomado tan bien sus medidas, que
no le dejó arbitrio ni recurso. Tuvo, pues, que conformarse
mal de su grado y abandonar sus infundadas ilusiones. En
consecuencia, para salvar un poco las apariencias, dirigió al
siguiente dia (marzo 22) un oficio á Alzuru diciéndole : — « que
el gobierno supremo le habia nombrado consejero de Estado, y
dispuesto su relevo, el que aun no habia llegado; pero que
tanto por aquel nombramiento como por su incapacidad física,
se separaba de la comandancia general, y que habia dado á
reconocer á Alzuru en dicho destino, pues era el jefe de mas
graduación de los existentes en la plaza. » — Concluía dicién-
dole que le eran muy plausibles sus disposiciones en favor de
la integridad nacional y de la tranquilidad pública; aserción
que nadie le creyera, como tan contraria á todas sus operacio-
nes y actos precedentes.
Á fin de que no conmoviera al populacho para ejecutar sus
detestables planes, Alzuru embarcó á Espinar en la goleta
460 HISTORIA DE COLOMBIA.
Consecuencia, que iba á dar la vela para Guayaquil, cuyo capi-
tán ofreció conducirle precisamente á aquel puerto. Aquesta
expulsión y la órden terminante que se le comunicára de no
regresar al departamento del Istmo, fueron los únicos males
que sufriera Espinar, por todos los que habia irrogado á su
patria.
Realizada su expulsión de Panamá, el asesor de la prefectura
se hizo cargo del gobierno civil , y Alzuru del militar, conforme
á las leyes y á la constitución de 1830, que se mandó observar.
Alzuru ofreció al gobierno de Colombia la mas sumisa obedien-
cia, y que trabajaría por que no se rompiera en el Istmo la in-
tegridad nacional, según lo habia intentado Espinar. La calma
y la tranquilidad turbadas se restablecieron, y los habitantes
de Panamá y Veraguas vieron alejarse los tremendos males que
ántes les amenazaban , por una guerra de castas que un hijo
espurio habia querido encender.
Parecía que los movimientos ocurridos en el departamento
del Istmo contribuirían á consolidar la obediencia del gobierno
existente de Colombia; mas no tenían el mismo carácter los
que agitaban al de Antióquia. Aquí mandaban el coronel Juan
Santana como prefecto , y el coronel Cárlos Castelli en clase de
comandante general con quinientos hombres de guarnición.
Uno y otro habían sido nombrados por Urdaneta como parti-
darios suyos. Contra el prefecto, que era un hombre bastaute
nulo, no habia en el departamento fuertes antipatías, sin em-
bargo de ser Venezolano. Mas odiábase á Castelli por haber sido
tránsfuga del gobierno de Mosquera, y distinguídose como San-
tuarista y extranjero que perseguía en Antióquia á los patrio-
tas liberales, numerosos en esta provincia.
El objeto principal de las persecuciones de Castelli en favor
del gobierno de Urdaneta fueron el coronel Salvador Córdoba,
su familia y varios liberales , que capitaneados por el primero
no cesaban de tramar para desconocer aquel gobierno, que
juzgaban sin derecho alguno para mandar. Después de la muerte
del Libertador, esta era la opinión general en los departamentos
del centro , la que habia penetrado en Antióquia á todas^us
parroquias. Córdoba, que carecía de armas y municiones para
una reacción, tuvo que ocultarse en Barbosa. Perseguido allí
por Castelli, este le aprehendió y condujo á Medellin. También
redujo á prisión á la madre, hermanas y hermanos de Córdoba .
C
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CAPÍTULO XV1I1.
461
lo mismo que á otros varios ciudadanos amigos ó parientes de
este. Quiso aun Castelli fusilar á Córdoba y al capitán Hamon
Palacio, sin forma de juicio; pero se opusieron el auditor de la
comandancia general , y una junta de oficiales militares que se
reunió en Medellin por órden del mismo Castelli , cuando él
estaba en la ciudad de Antióquia. Por tales motivos y porque
temia que le hicieran una revolución , pues todas las personas
liberales de la provincia habian tomado el partido de los presos,
al fin se retrajo de esta ejecución. Determinaron entónces Cas-
telli y Santana, quien estaba ya por las medidas violentas, en-
viar a Cartagena á Salvador Córdoba y á su hermana Venancia,
a los capitanes Ramón Palacio y Valentín Jaramillo, y á los
ciudadanos Eusebio Izasa y José Antonio Rodríguez. Esta reso-
lución no se ejecutó al fin respecto de la señora Córdoba. Hallá-
base entónces Castelli temeroso por la parte meridional de la
provincia, pues Obando y López habian ocupado al mismo
tiempo el valle del Cauca, y el primero dirigia intimaciones
desde Cartago.
La expulsión de los mencionados ciudadanos aherrojados con
grillos, y expuestos en Medellin, Rionegro y Marinilla á una es-
pecie de vergüenza pública con el fin de inspirar terror á los de-
mas, causó una indignación general eu los primeros días de
marzo. El 14 de este mes fueron entregados los presos en la
aldea de Nare al teniente Bibiano Robledo, quien mandaba una
escolta de ocho hombres. Este a la primera insinuación de Cór-
doba y de sus compañeros los puso en libertad y se unió á ellos
contra sus opresores. Desembarcando en San Bartolomé á la iz-
quierda del rio Magdalena, penetran á la ciudad de Remédios ,
donde son auxiliados por aquel vecindario y por el de Zara-
goza con algunos voluntarios, con armas y municiones. Marchan
entónces sobre Canean y Yolombó; aquí sorprenden la noche
del r de abril, auxiliados por el doctor Francisco Antonio Obre-
gon y por otros vecinos, al oficial Alzate con cerca de cien mili-
cianos enviados por Castelli para coger vivos ó muertos á Cór-
doba y á sus rebeldes compañeros. Dos oficiales y sesenta
soltados prisioneros, con todo lo que llevaba aquella compañía,
fueron el resultado del encuentro.
Reforzado Córdoba con estas armas y con voluntarios libera-
les que se le reunieron , marchó hasta Copacavana á cuatro le-
guas de Medellin. Sabiendo allí que las fuerzas de Castelli
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462 HISTORIA DE COLOMBIA.
estaban divididas, parte en esta ciudad, y la otra en el Abejorral
al mando del primer comandante Miguel Núñez, se decidió por
una marcha atrevida de flanco para atacar á este y batir á las
tropas contrarias en detal. Electivamente el 1 i de abril se tras-
ladó á Rionegro, donde se le agregaron el capitán veterano Es-
cobar y otros ciudadanos ; en Marinilla le entregaron también
treinta y cinco fusiles. Sabiendo allí que el coronel Gastelli ha-
bía salido de Medellin con el fin de batirle, marchó el 12 con
su columna hácia Abejorral, distante ocho leguas de montañas.
El 13 á las dos de la tarde estuvo al frente de dicha parroquia,
donde el capitán Núüez habia tomado una posición ventajosa.
Después de un lijero tiroteo con una de las avanzadas , Núñez
y sus doscientos hombres se dispersaron cuando iban á ser ata-
cados, dejando en poder de Córdoba cosa de setenta prisioneros,
cien fusiles y diez mil cartuchos. ¡ Con tanta facilidad tomó las
armas y municiones de que carecian sus compañeros los libe-
rales!
Bien lo necesitaban, porque aun no habían acabado la perse-
cución, cuando ya los tiroteaban las avanzadas de Gastelli,
quien se presentó al amanecer del U en actitud de combatir.
Delante de la columna de Córdoba hizo resonar las voces, —
« de que todo el que no abandonára al jefe rebelde, y se uniera
á las tropas del gobierno, recibiría la muerte después del com-
bate. » — Esta amenaza, irritando á los liberales, aumentó su
valor. Rompióse en el acto el fuego , ocupando los soldados li-
berales las mismas posiciones que ántes abandonára el capitán
Núñez. Al cabo de hora y media en que el enemigo combatía
parapetado con las tapias del cementerio de Abejorral, fueron
forzadas sus posiciones, y Gastelli huyó cuando duraba todavía
el fuego que hacían sus soldados. Entonces lo mandó cesar Cór-
doba, quien atrajo amigablemente á los vencidos, uniéndolos á
sus tropas. Quince muertos y veinte y un heridos de una y otra
parte, fueron las desgracias de ese dia. Los liberales cogieron
trece oficiales y ciento diez soldados prisioneros , con casi todas
las armas y municiones que tenia Gastelli. En su fuga , este
cayó prisionero en la parroquia de la Ceja. Córdoba mostró «ha-
bilidad en sus movimientos, debida en su mayor parte á la coo-
peración y consejos de los oficiales veteranos Escobar y Hoyos ;
pero sobre todo á los del joven voluntario doctor iMariano Ospi-
na, bajo cuya dirección se ejecutaron casi todos los movimientos.
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CAPÍTULO XV1U. 463
Después de esta acción no hubo resistencia alguna en el de-
partamento de Antióquia. El coronel Córdoba entró el i 8 de
abril en Medellin la capital. Sus habitantes le recibieron con
el mayor entusiasmo y alegría, viéndose libres del pesado yugo
bajo del cual estaban oprimidos; alegrábanse especialmente de
que cesára el alistamiento para el ejército , al que tanto han
detestado siempre los Antioqueños. Á ninguno de los sostene-
dores del gobierno de Urdaneta se redujo á prisión, exceptuando
á Castelli y al capitán Allesteran , contra los cuales habia un
odio harto general.
Córdoba, autorizado por actas de los pueblos principales de
Antióquia, se hizo cargo del mando civil y militar del departa-
mento. Este desconoció como ilegítimo al gobierno de Bogotá ,
presidido por Urdaneta : se puso á las órdenes del vicepresi-
dente constitucional Domingo Caicedo, á quien Córdoba enviara
sin tardanza al oficial Anselmo Pineda con el encargo de darle
cuenta de todo lo acaecido. Los pueblos pidieron unánimemente
que se nombraran magistrados granadinos y no extranjeros
como los que habian depuesto.
Entre tanto se restablecía el órden prescrito por la constitu-
ción, acordaron la convocatoria de una asamblea departamental
compuesta de diputados de todos los cantones ; esta debía pres-
cribir reglas al coronel Córdoba para gobernar provisionalmente
el departamento.
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CAPÍTULO XÍX.
■
Primeros movimientos de insurrección en Lbaté.— Descalabro que sufre un des-
tacamento de Casanare. — Prisiones arbitrarias en Bogotá. — Arribo de la
división Callao. — Defensa de su conducta, que publica el gobierno de
Urdaneta. — Noticias alarmantes que circulan. — Pronunciamientos en
Néiva, seguidos por el coronel Posádas. — Progresos de la insurrección
liberal y apoyos que tiene. — Alarma del partido de Urdaneta. — Tropas
que lo amenazan desde Casanare. — Urdaneta se desalienta y quiere
renunciar el mando. — Nombra comisionados para tratar con el vice-
presidente Caicedo. — Renuncia el gobierno dos veces ; el consejo de
Estado no admite la dimisión , temiendo á los militares. — Pide permiso
Urdaneta para salir á ponerse á la cabeza de las tropas. — Deja el go-
bierno encargado á sus ministros. — Lo anuncia en una proclama : pensa-
mientos que contiene. — La guerrilla de Ubaté ocupa á Cipaquirá. —
Retirase y es derrotada en las Pilas. — Defecciones várias. — Oficio que
el ministro García del Rio dirige á Caicedo. — Este se declara en
ejercicio del poder ejecutivo. — El general López se traslada de Popayan
á Néiva. — Su proclama. — Encárgase del mando de las tropas constitu-
cionales; debilidad de estas. — Un comisionado del vicepresidente llega
á Bogotá; contestación que recibe. — Junta consultativa que reúne el go-
bierno de Urdaneta. — Su resultado. — Movimiento délas fuerzas de Cai-
cedo. — Armisticio celebrado con los comisionados de Urdaneta. — Di-
versos rumores sobre las fuerzas de los partidos opuestos. — Cartas entre
Urdaneta y López. —Algunos partidarios de Urdaneta no quieren que
haya un avenimiento. — Entrevista y convenio de Apulo ; sus estipula-
ciones. — Acuerdo secreto. — Expedición salida de Casanare. — Combate
de Serinza y derrota del general Justo Briceño ; sus consecuencias. —
Sepárase Urdaneta del mando. — Proclama que da. — Exposición del
ministro García del Rio. — El consejo de Estado nombra á Caicedo jefe
del ejecutivo colombiano. — Continúa el asedio de Cartagena. — Comu-
nicaciones entre Luque y los jefes de la plaza. — No se avienen. — Una
batería de la Popa hace fuego contra la ciudad. — Escasez de víveres
que hay en ella. — Representación amenazante de algunos vecinos, que
exigen un avenimiento. — El general Montilla nombra comisionados de
paz. — Ajustase una capitulación; sus condiciones principales. — La opi-
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CAPÍTULO XIX. 465
nion pública derriba á Montüla. — Galantería con que los partidos con
tenderes se hacían la guerra. - Luque falla á lo estipulado. - Expulsión
violenta de varios jefes del partido militar del Magdalena. — Es útil
pero injusta. — Conducta uniforme y censurable de los diferentes partidos
republicanos. — Luque no convoca la asamblea departamental : motivos
laudables de su procedimiento. — Evitase la federación. — Revolución
de Riohacha : esta provincia nombra sus jefes. — Las del Magdalena se
preparan á obedecer al gobierno central. — Estado de la opinión en Bo-
gotá. — Arribo del vicepresidente Caicedo. — Se presenta al consejo de
Estado ; asume el poder ejecutivo. — Sus ofrecimientos á los pueblo» y al
ejército. — Organiza su ministerio y el consejo de Estado. — Nombra
los prefectos y gobernadores. — Procura amalgamar los partidos — Con-
voca una convención de diputados del centro. — Bases que flja para las
elecciones de los representantes. - Objetos de la convención. — Insegu-
ridad del orden público en la capital. — La domina el Callao — Pro-
yectos de sus jefes. - López Üene una conferencia con Moreno en Cipa-
qmra. — Pénense de acuerdo. — Entrevista en Fontibon que irrito los
ánimos. — El ejército constitucional se presenta en los arrabales de Bo-
gotá. — Bravatas de Jiménez y socios. — El vicepresidente procura evitar
un choque. — Los Venezolanos promueven la discordia y no obedecen
- Asesinato cometido por este bando. - El vicepresidente adopto un
partido a fín de cortar las disputas. - Se da pasaporte á los jefes y
oficiales de la div.sion Callao. - Entrada en Bogotá del ejército consti-
tucional. - Disolución pública del Callao y de otros cuerpos. - Termí-
nase con esto la usurpación del poder público. - Libértense las provin-
cias de Tunja, Socorro y Pamplona. - Los Venezolanos celebran en
¿71*27?™° par\trasladar8e * 8U P»í>; los Granadinos se retiran
al interior del suyo. - Sucesos políticos y militares de Venezuela.-
Paez autorizado por el congreso, termina la guerra de oriente con una
completo amnistía. - Somclcnse los cabecillas del occidente de Vene-
ex', u .T/h^0,8 r^08 qUe haye" Bo*otó-- Quieren los liberales
exaltados adoptar de hecho medidas violentas. - López, Moreno y Her-
cZ!ZC° T 7l0S P™^8 80n los dos hermanos fueros. -
í iZntT™ áe?lcent\A™" en *a Ofensa que publica sincerando
su conducta irregular. - Situación crítica del vicepresidente Ca.cedo -
Sus providencias y noticias favorables que recibe. - Hace varia, conce-
siones a los liberales. conce-
^wíí^^i1,831 ; ~ Mién,tras ocurrían tales sucesos en los depar-
igutlmente agitado. Referimos ántesel influjo que había tenido
finara, las esperanzas que esta hizo concebir al partido liberal
y as providencias del gobierno de ürdaneta para sostenerse hasta
que se reuniera la convención de Léiva. Mas la opinión pública
tomo iv. 80
•
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466 HISTORIA DE COLOMBIA.
se generalizaba rápidamente contra aquella administración , y
los movimientos del Cáuca, así como los primeros ocurridos en
Soledad y Barranquilla, hacian crecer por todas partes la exal-
tación del partido liberal, contrario al gobierno existente.
Creyendo algunos patriotas exaltados que habia llegado el mo-
mento de alzar el estandarte de la insurrección , lo hicieron
primero en el cantón de Ubaté.
Allí ó en sus alrededores se juntaron el 49 de marzo los co-
roneles Mariano Acero , Calixto Molina y Juan José Néira :
estos, unidos á Manuel y Miguel Rodríguez de Guachetá, se
trasladaron á Ubaté , donde, poniéndose de acuerdo con el co-
mandante de milicias Leopoldo Flórez (marzo 20), proclamaron
la libertad y el desconocimiento del gobierno de Urdaneta. Al
siguiente dia capitaneados por Acero marcharon hácia Guachetá,
llevándose al batallón de milicias y recogiendo las caballerías
de las haciendas de aquel valle. En Guachetá les quedaba á su
espalda el extenso páramo de Gachaneca, muy conocido por los
promovedores del movimiento , en el que podían dividirse en
guerrillas para atacar los lugares que mas les convinieran. Así
no debían temer el envío que iba á hacer Urdaneta de doscientos
milicianos al mando del flamante general Piñérez. De Junja
marchaban también fuerzas con igual destino , regidas por el
general Juan José Patria.
Este acababa de obtener una ventaja sobre las tropas de Ca-
sa nare. Como ciento cincuenta hombres mandados por el co-
ronel José María Gaitan , que se titulaba comandante déla van-
guardia, babian ocupado la parroquia de Labranza-Grande.
Desde allí se extendieron á la mitad de marzo en el partido de
Mongera y otros inmediatos pertenecientes al cantón de Soga-
moso; era su objeto colectar muías y caballos para la expedi-
ción que el general Moreno proyectaba contra la provincia de
Tunja. En electo, Gaitan recogió sobre cuatrocientas caballerías,
y con este botin habia regresado á Labranza-Grande, donde
vivía sin tomar ningunas precauciones. Patria, á la cabeza de
cuatrocientos hombres, le persigue en silencio y consigue sor-
prenderle en aquella parroquia : algunos muertos, diez y ocho
prisioneros, la dispersión del resto de la tropa de Gaita y la re-
cuperación del botin hecho por este, hé aquí el fruto de tal
acción. Ella retardó la meditada expedición de Casanare. El
general Moreno , irritado contra Gaitan , quiso pasarle por las
CAPÍTULO XIX. 467
armas; con dificultad consiguieron aplacarle algunos de sus
amigos.
Ei movimiento de Ubaté alarmó sobre manera á Urdaneta ,
quien se puso furioso coutra los anarquistas , demagogos , ase-
sinos y promovedores del desorden , como él y sus agentes
llamaban á los liberales. Sus apoyos principales, el prefecto
Ahumada, Domínguez Húyos, juez de policía , el jete político
Rainon Berííias y el comandante general Viceute Finérez, par-
ticiparon de los temores de un próximo trastorno en la capital,
y quisieron parar el uolpe. Erigiéronse, pues, en dictadores, y
por la larde del 21 de marzo allanaron cuantas casas se les
antojára, reduciendo á prisión á mas de veinte y cinco personas
á quienes bautizaron con el nombre de bberales, y por consi-
guiente de sospechosos. Al día siguiente (marzo 22) continuaron
las mismas prisiones, que pusieron á Bogotá en la mayor cons-
ternación. Catorce ciudadanos de ios presos salieron coniinados
á Cartagena, y al cabo de dos dias enviaron otros cinco mas; á
estos se anadió una mujer, la señora Carmen Hodriguez, juz-
gada peligrosa porque habia sido liberal y tenia dos hijos,
uno en Casanare y el otro en Popayan, haciendo la guerra a
Urdaneta.
Tales procedimientos arbitrarios y de una verdadera tiranía
se ejecutaron por órdenes verbales comunicadas al prefecto
Ahumada y socios, pues no hubo ministro que las quisiera
hrmar. Fué grande la exasperación que causaron en el ánimo
de todos los que deseaban constitución, leyes y garantías; par-
tido compuesto de la mayoridad de ios departamentos del
centro. Dichas providencias lo acabaron de enagenar, aumen-
tando la oposición contra el gobierno de Urdaneta.
Después de haber concurrido activamente á ejecutar estas
fechurías, Pinérez partió hácia Lbalé á la cabeza de sus dos-
cientos milicianos. La guerrilla se habia retirado á Cuachetá, y
no hallándola escribió que se habia dispersado; mas no era asi.
Consiguió ai ün atacarla en combinación con el general Patria,
y después de ua lijero tiroteo los liberales abandonaron el
cain\>o. Hallándose bien montados se escaparon, internándose
en el páramo de Gachaneca. Pinérez lúe llamado á la capital á
ün de impedir que con sus tropelías luciera mas odioso al go-
bierno.
Para dar mayor seguridad á la capital, regresó el general
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468 HISTORIA DE COLOMBIA.
Jiménez con cuatrocientos hombres de la división Callao, acan-
tonada aun en la villa de la Mesa. Con este apoyo se calmó
algún tanto la agitación temerosa de los gobernantes. Ellos pro-
curaban defender las violentas providencias que á la sazón ha-
bian adoptado, fundándose en la imperiosa ley de la necesidad,
á cuyo efecto publicó el poder ejecutivo un artículo en la
Gaceta de Colombia, que revelaba todo su pensamiento en aque-
llos dias (marzo 27).
Comenzaba recordando la época difícil en que principiára
Urdaneta á ejercer provisionalmente el gobierno , la muerte del
Libertador, — la convocatoria de la convención de Léiva, — los
pasos conciliatorios dados por el gobierno de Colombia con los
jefes del norte y sur de la República, — en fin, el restableci-
miento de las garantías individuales , de la constitución y las
leyes, para que todos los ciudadanos gozáran de sus derechos,
y añadía : — « Con estas providencias no se habia siquiera
dejado á las pasiones el menor pretexto para fomentar discor-
dias y sembrar por toda la extensión del país el desórden y la
anarquía.
» Empero léjos de realizarse las halagüeñas esperanzas que
habia concebido S. E. de la razón pública y del patriotismo de
los Colombianos , ha descargado sobre esta desventurada región
un diluvio de calamidades de todo género. La defección , la dis-
cordia, la inmoralidad, se han cebado en la triste Colombia:
todo es animosidad, conato para subvertir el orden, y agitacio-
nes convulsivas, cual lasque preceden á la muerte de los cuer-
pos físicos y políticos.
» Á pesar de la lenidad con que el gobierno se ha conducido
aun respecto de sus declarados y conocidos enemigos, en medio
de la moderación que ha sido la norma de la presente adminis-
tración,— no obstante sus puras y rectas intenciones, el genio
del mal se ha desencadenado para oponerse á sus benéficos
proyectos. No se quiere que haya reposo ; no se quiere que lle-
guemos á un avenimiento amistoso. Las maquinaciones se suce-
den sin intermisión : una revolución ocupa el lugar de otra,
apénas sofocada; de todas partes se asestan tiros envenenados
al gobierno. Mas en vano está la perversidad en armas para
trastornar los planes de la autoridad. Habrá reposo á pesar de
los malvados. Se reunirá la convención á pesar de los promo-
vedores del desórden. Nos entenderemos con nuestros hermanos
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CAPÍTULO XIX. 400
de Venezuela y del Ecuador, á pesar de los enemigos de la
causa sagrada de la patria y de la humanidad.
» El gobierno, que no desea sino el bien común, se había
lisonjeado de que llegaría el término apetecido por las vias le-
gales; y así él como todos sus agentes se han mostrado escru-
pulosamente adictos á las formas, hasta tanto que la primera,
la mas imperiosa, la mas sagrada de todas las leyes, la de la
conservación de la sociedad, le ha impuesto el deber de sacri-
ficarlo todo á esta consideración. En efecto, cuando hay con-
flicto entre los deberes del magistrado; cuando tiene que elegir
entre la conservación de los derechos de unos individuos cua-
lesquiera y la quietud de toda la sociedad , y su salvación de
los horrores de una anarquía devorad ora, la justicia, la pru-
deucia, las consideraciones políticas y morales, todo aconseja
que debe elegirse el menor entre los males. Con dolor han tenido
que adoptar las autoridades de los pueblos insurrectos en estos
últimos tiempos medidas enérgicas, y separar á las personas
peligrosas de los lugares donde pudieran ser perjudiciales. »
De paso rebatía la opinión emitida ya por algunos, de que
siendo ilegítimo el gobierno de Urdaneta, debia este llamar al
presidente y vicepresidente elegidos en 1830 y entregarles el
poder ejecutivo. Decia que estos magistrados no podían haber
durado legalmente sino hasta el 15 de febrero último , en que
debían haberse hecho las elecciones prescritas por la constitución
y la ley; así que su gobierno sería de hecho como el actual.
« Supuesto que este existe , añadía , tiene derecho de conser-
varse, y hará por tanto todo lo necesario al efecto. Lo harán
sus miembros, no por ambición sino por un sentimiento de pa-
triotismo y de deber. Es preciso decir la verdad. La nación está
dividida en dos grandes partidos , que se subdividen y modifi-
can después : uno , compuesto de la mayor y mas sana parte ,
quiere la integridad nacional; otro la separación. Ambos cuen-
tan en su número personas de luces y de influjo; sugetos
amantes del órden, de la estabilidad. Unos hay que desean go-
zar de la libertad racional y de reposo ; otros que no respiran sino
liotncia y disturbios. En medio de este remolino y de este con-
flicto de ideas y de opiniones, el gobierno aspira á mantener la
pública tranquilidad, hasta que llegue el día apetecido en que
se reúnan los representantes de la nación. Entónces depondrá
S. E. las insignias del mando ante aquella asamblea augusta :
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470 niSTORIA DE COLOMBIA.
entonces podrá esta deliberar y resolver lo que estime conve-
niente sobre los intereses vitales del país , y sobre los magistra-
dos que han de dirigir sus destinos. Desengáñense, pues, los
facciosos, y sosiégúense los amantes del bien público. El go-
bierno está irrevocable y firmemente decidido á no permitir
desórdenes y á emplear lodos los medios que estén en la esfera
de su poder para sofocar cuantas revoluciones asomen; á casti-
gar severa y ejemplarmente á todo perturbador, y á no tolerar
que una facción determine en ningún caso lo que ha de ser es-
tablecido y resuelto por la voluntad soberana. »
Hé aquí cuáles eran los sentimientos, el juicio que formaba
sobre la opinión pública , y los enérgicos proyectos que con
tanta valentía meditaba y publicaba el gobierno de Urdaneta
en los últimos di as de marzo. Veamos si pudo cumplirlos.
Apénas habia hecho esta publicación , cuando se agolparon
los acontecimientos adversos. Súpose que la ciudad capital de
Néiva se habia pronunciado el 17 de marzo contra el gobierno
existente, proclamando como jefe legítimo al vicepresidente
general Domingo Caicedo, y que el coronel Manuel González, y
el comandante de milicias Juan Arciniégas eran los caudillos de
la insurrección. Súpose que los cantones de la Purificación y
del Espinal se habían adherido al mismo pronunciamiento,
junto con San Luis y otros pueblos correspondientes al de Iba-
qué. Súpose que el general Luque habia hecho una revolución
en Soledad y Barranquilla, cuyas consecuencias aun se ignora-
ban, pero se temia que fueran fatales al gobierno actual. Sú-
pose , en fin , que Obando y López se estaban preparando para
reaüzar una invasión por las rulas de Cartago y la Plata , sin
que hubiera avanzado mas tropas que oponerles que la divi-
sión Gundinamarca, que no merecía tal nombre; mandábala el
coronel Posadas , de cuya fidelidad habia sus dudas , y aun cir-
culaban rumores de una defección.
Para precaver este acontecimiento y someter de nuevo á los
pueblos de las provincias de Néiva y Mariquita, que se hubie-
ran insurreccionado, contramarchó la parte de la división Ca-
llao, que estaba en Funza : debia seguir rápidamente á la villa
del Espinal y recoger la columna de Posádas. Solo llegó hasta
el rio Magdalena, pues ya era tarde.
Aquel jefe y sus oficiales habían querido continuar sus mar-
chas á unirse con la división Callao ; pero los habitadores de
c
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CAPÍTULO XIX. 471
Néiva, Purificación, Viilavieja y Anatagaima les manifestaron
que estaban firmemente decididos á impedir por la fuerza la
marcha de aquellas tropas. Tales protestas, unidas á la persua-
sión y á las constantes sugestiones de personas influentes de
Néiva y sus alrededores, al fin arrastraron á Posádas. Este con-
vocó el 27 de marzo una junta de los jefes y oficiales de su
mando. En ella , teniendo en consideración la muerte del Li-
bertador ; que el gobierno do Urdaneta era provisional , y que
la provincia de Néiva habia manifeslado ya su firme resolución
contra dicho gobierno , se decidió : « primero , someterse la co-
lumna á los deseos de la provincia de Néiva y obedecer sus
mandatos ; segundo , reconocer que los magistrados supremos
nombrados por el congreso de 4830, eran los magistrados cons-
titucionales y legítimos de la nación ; tercero , reconocer tam-
bién la existencia de derecho del poder ejecutivo nacional en
el vicepresidente de la República , por no hallarse en el país el
presidente ; cuarto , desconocer al general Rafael Urdaneta
como jefe del poder ejecutivo nacional; quinto, en fin, remitir
copia de este acuerdo al vicepresidente general Domingo Cai-
cedo, pidiéndole sus órdenes para obedecerlas, y al general Ur-
daneta — a rogándole á nombre de la patria y de la humani-
dad, de esta patria de sus hijos, que la ha adoptado como suya,
acoja este pronunciamiento y restablezca él mismo el órden
legal , para que cese una guerra de exterminio , que si llega á
encenderse , abrasará de un extremo á otro la magnánima y
gloriosa Colombia. »
Antes de llegar á la capital de la República la noticia de este
pronunciamiento , en el departamento de Cundinamarca se au-
mentaban cada dia los riesgos para el gobierno existente. El
3 de abril fueron sorprendidos en el cuartel de Ubaté sesenta
hombres que lo custodiaban y les tomaron las armas y muni-
ciones ; allí fué herido y perdió una mano el valiente y patriota
coronel Juan José Néira , que mandaba el ataque con la guer-
rilla de Guachetá. El A del mismo abril ocupó el general Anto-
nio Obando la ciudad de Ibaqué en la provincia de Mariquita ,
comuna guerrilla de liberales que habia levantado. En seguida
tomó á Ambalema , y el oficial Joaquín Barriga se apoderó de
Honda, puerto sobre el Magdalena, necesario para las comuni-
caciones del gobierno de Bogotá con las costas del Atlántico.
Libertada Honda, regresaron los patriotas liberales que ¡el go-
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472 HISTORIA ÜE COLOMBIA.
bienio de Urdaneta había expedido para Cartagena , los que se
hallaban todavía en Nare.
El 6 de abril se recibió en Bogotá la noticia del pronuncia-
miento de Posádas y de su columna, golpe muy sensible para
Urdaneta y sus partidarios. Ya los patriotas liberales tenian en
Néiva un punto de apoyo en la fuerza veterana que regía Posá-
das. Así fué que la opinión pública se desarrolló con mas vigor
desde aquel dia contra el gobierno existente. Establecióse una
frecuente comunicación con los patriotas de Néiva, y un ex-
tenso espionaje á su favor. Las mujeres eran el órgano principal,
las que enviaban dinero, pólvora y municiones con el mayor
descaro y actividad. Los coroneles Espina, Vanégas y Montoya,
qon otros muchos oficiales y paisanos amigos de la libertad,
marcharon también ocultamente á Néiva, á dirigir y activar las
operaciones contra Urdaneta.
Este y sus agentes Ahumada, Domínguez Hóyos, Piñérez,
Berínas, Mariano Paris y otros, redoblan de actividad para
sostener su partido sin detenerse en los medios. Continúan las
prisiones de los que juzgan son liberales ó desafectos; se reco-
gen hombres, caballos y víveres para aumentar y mantenerla
fuerza armada; por todo lo cual se daban recibos que contenían
promesas de pago. La falta de fondos y de las rentas públicas,
que en su mayor parte habían desaparecido , era uno de los
mayores obstáculos que sentía Urdaneta para sostenerse. Todos
los productos de las rentas se daban á los militares; los emplea-
dos civiles casi nada recibían , y sumidos en la miseria aumen-
taban el descontento. En tal estado Urdaneta creía ver estallar
á cada instante una revolución en la capital; así era que vivía
encerrado en la casa de gobierno y rodeado de guardias , tanto
de noche como de dia ; solo por sus amigos se dejaba ver.
El comandante general de Boy acá, que vino á la capital, le
afirmó un poco en su resolución de sostenerse á todo trance.
Supo que podia contar en Tunjacon mil hombres disciplinados.
Entónces aun no se temía una invasión próxima de las tropas
que se decia estar preparando el general Moreno en Casanare.
Ignorábase haber recibido este por Guayana los oportunos aftxi-
lios de quinientos fusiles y quinientos mil cartuchos; ademas,
trescientos hombres de caballería de Apure, mandados por el
coronel Orta, bajo de cuyas órdenes servían los comandantes
Acosta, Melgarejo y otros. Dijose en Casanare que estos socorros
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CAPÍTULO XIX. 473
eran dados por algunos particulares; pero los suministró el
gobierno de Páez. El comisionado Aranzazu, que residía en
Caracas en clase de particular, fué el que promovió eficazmente
• su envío.
Otras defecciones de menor importancia que la de Posádas
ocurrieron también en aquellos dias. Se desertaron los oficiales
Gutiérrez, edecán de Piñérez, y Fominaya, comandante de un
escuadrón, llevándose hasta cincuenta hombres : ellos mar-
charon á la parroquia de Cáqueza, á seis leguas de la capital, á
levantar una guerrilla contra el gobierno actual , y en efecto la
formaron.
En \ista del pronunciamiento general de la opinión de los
pueblos, tanto Urdaneta como sus agentes principales comen-
zaron á desmayar. Ahumada renunció la prefectura; Piñérez
fué destinado á Mompox , aunque no siguiera á su destino ; á
Domínguez Hóyos se le envió á la Mesa. Los Ingleses Johnson y
Jackson anunciaron que se iban para los Estados Unidos. En
aquellos dias era mucha la efervescencia que existia contra los
Ingleses por la parte que algunos habian tomado en que se ti-
ranizára á los pueblos, y porque trataban á los liberales de la-
drones y asesinos. El ministro Túrner era el que usaba mas de
este lenguaje insultante, que le exponia fuertemente á una
falta de respeto hácia su persona.
Desde el 7 de abril comenzaron á correr voces de que Urda-
neta pensaba en dimitir el poder ejecutivo y enviar comisiona-
dos á Néiva y á Popayan, donde Obando y López, á fin de ne-
gociar un avenimiento pacífico. En efecto, el 9 se presentó en
la sala del consejo de Estado. Después de hacer una larga expo-
sición de los principios que habian dirigido su conducta desde
que se hizo cargo del mando de la República , y del estado de
agitación en que por desgracia se hallaba esta , consultó al con-
sejo ¿si no sería conveniente que dejase el gobierno, cuando
parecía que la odiosidad y el descontento de los pueblos se di-
rigían especialmente contra su persona, ó si debería continuar
hasta la reunión del congreso de Léiva? « Por qué mas allá, dijo,
no^habrá poder humano que me haga seguir en el destino que
ocupo. » — En seguida continuó exponiendo los principios que
habian dirigido su política interior y exterior. Habiéndose re-
tirado Urdaneta , acordó el consejo consultar al jefe del ejecu-
tivo, que debía seguir en el mando hasta la reunión del con-
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474 HISTORIA DE COLOMBIA.
greso de Léiva. Aprobó también en todas sus partes la medida
indicada por Urdaneta, de enviar comisionados de paz á Néiva
y al Cáuca, á fin de que cesáran las hostilidades y todo perma-
neciera en su estado actual hasta la reunión del congreso.
En cumplimiento de este acuerdo Urdaneta nombró de co-
misionados á García del Rio, y por su renuncia al doctor José
María del Castillo ; ambos renunciaron , pues creían que sus
personas y opiniones no eran agradables á los liberales.
Mas los acontecimientos se sucedían rápidamente , y en los
cuatro dias siguientes recibió Urdaneta noticias harto desagra-
dables de diferentes puntos. Unióse á estas la efervescencia de
los ánimos en la capital y en los demás lugares adyacentes.
Fundado en tales motivos y en que se decia en Bogotá por in-
dividuos influentes, que él era un obstáculo que impedia la ter-
minación pacífica de las actuales desavenencias , hizo el 13 de
abril otra renuncia al consejo de Estado , á quien dirigió un
largo mensaje. Se esforzaba mucho en este documento para
manifestar la necesidad de que se le admitiera su renuncia.
Repitióla por otro segundo mensaje en que dijo al consejo :
« Para evitar toda duda , declaro que he cesado en el ejerci-
cio del gobierno , de hecho y de cuantos medios pueda ha-
cerse valer mi cesación. » — Sin embargo de tan decidida pro-
testa, el consejo declaró : que no estaba vacante el poder eje-
cutivo ; que él no tenia facultad para admitir la renuncia , y
que Urdaneta debia continuar ejerciendo el gobierno de Co-
lombia.
Algunos miembros del consejo deseaban admitir la dimisión
y elegir á algún hombre moderado como el doctor Vicente Bor-
rero, ó José Sans de Santamaría , que fuese agradable y diese
garantías á ambos partidos. Mas durante la discusión varios
oficiales y otros exaltados partidarios de Urdaneta permanecie-
ron en la galería exterior de la sala : ellos dijeron en alta voz :
— « que si se admitía la renuncia del general Urdaneta y se
nombraba otro que no les gustara , no le reconocerían y que
tomarían una resolución violenta. » Estas bravatas intimidaron
á los consejeros. *
Al día siguiente, 14 de abril, se presentó Urdaneta en la sala
del consejo, é hizo una larga exposición para mantener ser ne-
cesario que se le concediesen todos los medios de sostenerse con
dignidad , y de proveer á su propia conservación , salvando en
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CAPÍTULO XIX.
47 S
lo posible las disposiciones constitucionales. El consejo , des-
pués de una madura deliberación, autorizó á ürdaneta— <* para
colocarse á la cabeza del ejército , si lo juzgaba necesario , con
las miras de facilitar las transacciones pacíficas que iban á en-
tablarse , y de proveer á la mejor defensa y á la conservación
del órden público. »
Los comisionados que habia mencionado ürdaneta haberse
nombrado , eran los consejeros Vicente Borrero y Raimundo
Santamaría. Ellos marcharon hácia Néiva el 15 de abril, ani-
mados de los mejores sentimientos por el bien y felicidad de
su patria. Teuia su comisión el objeto de negociar un aveni-
miento amistoso con Posadas y los pueblos insurrectos de Néiva,
y con Obando y López.
En virtud de la autorizaciou que recibiera ürdaneta expidió
un decreto anunciando que el 16 de abril saldría de la capital
con el designio de facilitar las transacciones con los jefes de
Néiva y del Cauca, y con el de mandar personalmente el ejér-
cito. Por su ausencia dejaba encargado el poder ejecutivo á los
ministros de Estado , los que reunidos determinarían todos los
negocios pertenecientes al despacho, ménos los de las transac-
ciones pendientes. El mismo dia publicó una proclama á los
pueblos, en que les decia que ibaá ponerse á la cabeza de una
división numerosa y aguerrida ; que no era su ánimo romper
desde luego las hostilidades, sino el estar apercibido para la de-
fensa y para que tuvieran buen éxito las negociaciones pacíficas
que habia emprendido. Anunciaba la seguridad del triunfo en
caso de combatirse ; mas preferiría que todo se terminára sin
derramar la sangre preciosa de los Colombianos. « ¡ Conciuda-
danos! decia, reunida que sea la convención y obtenido un
término decoroso de avenimiento, yo os ofrezco solemnemente
renunciar la autoridad y volver á la vida privada : hé aquí
el término de mis aspiraciones. » En compañía de ürdaneta
salió también para Funza el ex-prefecto Ahumada, que habia
sido reemplazado por el coronel Julián Santamaría. El temor
que tenían ürdaneta y sus agentes de una revolución en la
caj#tal, donde eran detestados, ó que se araotináran las tro-
pas, fueron los motivos urgentes para este viaje. En el mismo
dia llegó á Funza la división Callao, que podía contar mil
hombres. Era el proyecto reunir la de Boyacá y juntar dos mil
hombres en la explanada que riega el Funza. Pero uua expedi-
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47 r,
HISTORIA DE COLOMBIA.
cion que se decia con probabilidad estarse reuniendo en Ca-
sanare, daba algún cuidado, é impidió la concentración de las
fuerzas.
La guerrilla de Ubaté continuaba molestando al gobierno de
Urdaneta. Con su apoyo la villa de Cipaquirá se habia pronun-
ciado contra él y desconocídole en U de abril. Hubo allí la
desgracia de que mataron con un tiro inesperado de fusil al
jefe político Miguel Santamaría. Estando Cipaquirá á diez le-
guas de la capital, Urdaneta, después de haber procurado por
medio del señor José París , aunque en vano , que continuara
prestándole obediencia , hizo que la ocupáran dos compañías
del Callao. El coronel Acero con su guerrilla se retiró el 19 de
abril hácia Chocontá. En las Pilas fué sorprendida esta guerrilla
dos dias después por el general Briceño al frente de veinte hú-
sares de Ayacucho : matóles algunos hombres, hízoles cuarenta
y un prisioneros , y les tomó las armas y municiones. De los
restos, unos se fueron á Pacho, acogiéndose los demás al pá-
ramo de Gachaneca.
En otros puntos ocurrían también defecciones. Cincuenta
soldados que habia en Guáduas desertaron , y en Honda se
unieron á los enemigos de Urdaneta. Ochenta que Ahumada
pudo juntar de las milicias de Facatativá, que ántes fueron tan
entusiastas por aquel partido, se amotinaron igualmente insul-
tándole, y siguieron para Honda con sus armas y municiones.
La guardia del molino de pólvora también se 'desertó.
En medio de tanta agitación , Urdaneta se hallaba sincera-
mente animado de los mas vivos deseos de evitar la guerra ci-
vil é impedir el derramamiento de sangre que era consiguiente.
Así , después de prepararse para combatir, si era necesario ,
quiso dar cuantos pasos juzgaba conducentes á fin de restable-
cer la paz en los departamentos del centro. Hizo , pues , que su
ministro García del Rio dirigiera una nota al general Domingo
Caicedo, á quien ya se invocaba como vicepresidente constitu-
cional , invitándole á una entrevista en la villa de la Mesa ó en
Tocaima, — « dirigida, seguu decia , á combinar algún medio
de conciliar los partidos y de restablecer el órden social... ftien
sea que Us. haya acogido los pronunciamientos de los pueblos
que se han declarado por su elevación al mando, ó que los haya
desechado, Us. puede hacer mucho por su influjo personal
en beneficio de la patria, en el estado actual de las cosas;
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CAPÍTULO XIX.
477
S. E., que conoce sus sentimientos de humanidad y amor á sus
conciudadanos, aguarda mucho de su cooperación. »
Desde ántes de llegar á Néiva aquella nota , habían ocurrido
en esta provincia sucesos importantes. Hemos dicho anterior-
mente que sus pueblos, los de Mariquita y las tropas que man-
daba Posádas, habían proclamado al general Caicedo como vice-
presidente constitucional de la República, y pedidole sus órde-
nes. Caicedo, que vivia retirado en la parroquia del Chaparral,
no quiso en muchos dias acceder á la solicitud que se le dirigía
de reasumir el mando, y aun se ocultó para libertarse de las
instancias y de la urgencia con que se lo pedian los comisiona-
dos de los pueblos. Sin duda no se creía bastante apoyado ni
en aptitud de resistir á las tropas que mandaba Urdaneta, que
estaban mejor disciplinadas y eran mas numerosas que la co-
lumna de Posádas y las milicias que se le habían unido en
Néiva. Empero , urgido por los frecuentes mensajeros que se le
enviaban, y conociendo por las noticias que recibía de varios
puntos ser general la opinión en su favor, se decidió al fin á
arrostrar la tempestad que se le preparaba. En aquellas cir-
cunstancias difíciles tuvo mucho influjo en su ánimo la consi-
deración del grande servicio que haria á su patria, si asu-
miendo el poder ejecutivo conseguía restablecer el orden legal
en los departamentos del centro, y calmar los partidos irritados,
que por do quiera tenían conmovidas las provincias.
Trasladándose , pues, á la villa de la Purificación , expidió
allí en 44 de abril un decreto, declarándose en ejercicio del po-
der ejecutivo, como vicepresidente de la república de Colom-
bia, y restableciendo el gobierno constitucional al pié que tenia
el 27 de agosto de 1830. Fundó la expedición de tal decreto en
que el presidente Mosquera se hallaba fuera de la República; en
que el gobierno actual de Bogotá era obra de la violencia que des-
truyó al legítimo por medio de la fuerza militar; en que era un
deber de los magistrados constitucionales conservar el órden y la
tranquilidad interior; finalmente, en que de todas partes se re-
clamaba la observancia de la ley escrita, en cuyas circunstancias
abándonar la República y su propia suerte, y dejar que se des-
pedazáranlos partidos armados, sería un cargo incontestable
por los magistrados escogidos conforme á la constitución de
1830. Refrendóse este decreto por Pedro Mosquera , nombrado
provisionalmente secretario del interior.
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HISTORIA D£ COLOMBIA.
Cuando esto sucedía se hallaba cerca de Purificación el gene-
ral José Hilario López. Este fué excitado por los jefes y autori-
dades de la provincia de Néiva, para que volára en su auxilio,
pues se habían pronunciado por la causa de la libertad. El
coronel Posádas también le habia dicho hacía algún tiempo que
obrarian de acuerdo. Al comunicarle su reacción, le instó á fin
de que marchase á Néiva con las tropas que mandaba denomi-
nadas « ejército de la libertad. » En efecto, López, que habia
dirigido ya un destacamento de observación á la ciudad de la
Plata, al mando del comandante José Antonio Quijano, apro-
vechó la favorable ocasión que se le presentaba para hacer la
guerra al gobierno de Urdaueta , que tan mal le habia tratado.
Salió, pues, de Popayan el ti de abril, acompañado solo por una
compañía veterana y por sus ayudautes. El coronel Eusebio
Borrero quedó mandando en el Cauca , porque Obando debía
seguir á López con todas las fuerzas que pudiera reunir.
Al llegar á la capital de Néiva dirigió López una proclama á
los habitantes de la provincia, en que les decia : — « ¡Qué glo-
ria para mí verme invocado por los Neivanos protector de las
libertades públicas ! Mi gobierno , os lo juro, no es indiferente
á la situación de los Granadinos. Gozando el Ecuador de una
paz octaviana y abundando en recursos de todo género, él los
prodiga gustoso en obsequio de sus hermanos. Mi deber es,
por tanto, restablecer las autoridades legítimas , ayudaros á sa-
cudir el yugo , y en seguida restituirme al punto de donde he
partido , con la gloria de haber contribuido á conquistar nues-
tra existencia política sobre tales bases.
» El ilustre campeón, el valiente general Obando estará bien
pronto con nosotros, y en pocos dias os veréis confundidos con
los vencedores de Palmira, cuyas legiones marchan ya en per-
secución del tirano , cuando este bambolea sobre la silla presi-
dencial. Los pueblos lodos se arman en masa contra el usurpa-
dor, y si él insiste en no querer oir el grito de la patria y el de
su propia conciencia, pronto le veréis escarmentado. ¡Ami-
gos ! un esfuerzo simultáneo es suficiente para coronar nuestra
obra del mejor suceso. Verifiquémoslo , pues, y la patria ¡ferá
salva. »
Según esta proclama, López venia con el carácter de auxiliar,
como general ecuatoriano , y lo mismo los pocos soldados que
conducía. Muchos creyeron entonces en los grandes recursos
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CAPÍTULO XIX.
479
del Ecuador, y aguardaban por momentos las legiones triunfa-
doras en Palmira con el campeón que las condujera á la victo-
ria. Pero otros mejor instruidos rebajaban mucho de aquellas
exageraciones, hijas de un verdadero patriotismo.
Por nombramiento del vicepresidente Caicedo (abril 17), Ló-
pez se hizo cargo del mando en jefe de las tropas que habia en
la provincia, á las que llamára — « ejército de operaciones. »
Eran doscientos infantes y cien jinetes veteranos , con doscien-
tos cincuenta hombres de las milicias de caballería de Néiva , y
algunos oficiales sueltos de los fugitivos de Bogotá ; pero la ca-
ballería estaba desmontada en su mayor parte : habia pocas
armas y muuiciones, y se carecía de dinero y de los otros ele-
mentos necesarios para hacer la guerra. Sin embargo , López no
se arredra con tamaños obstáculos, é inmediatamente comienza
á trabajar en la organización , disciplina y aumento de las tro-
pas. Posádas continuó mandando la columna llamada de Cun-
dinamarca, y el coronel José Manuel Montoya fué nombrado
jefe del estado mayor general.
En las provincias de Néiva y Mariquita habia grande entu-
siasmo por el restablecimiento del gobierno legítimo ; así los
pueblos se prestaban gustosos al servicio militar y á dar los
caballos, víveres y demás recursos que se les pedían. Para todo
esto servia mucho el influjo de Caicedo y el de sus hermanos y
parientes en dichas provincias , decididos á sostenerle : todos
franquearon voluntariamente los caballos y ganados de sus ha-
ciendas.
La noticia de haber asumido el vicepresidente de la Repú-
blica el poder ejecutivo de Colombia (abril 18), fué recibida en
Bogotá por el partido liberal como el anuncio lisonjero del
próximo triunfo del principio de legitimidad y órden, que es-
taba cifrado en el restablecimiento de la constitución. Fué con-
ductor de los pliegos el doctor José María Céspedes, comisionado
por Caicedo para anunciar á Urdaneta las buenas disposiciones
en que se hallaba, y el estado verdadero de los negocios. Urda-
neta quedó contento del comisionado , á quien despachó con
uná'larga nota. En esta, al contestar el ministro García del Rio
el recibo del decreto expedido por el vicepresidente en U de
abril , se empeñó en manifestar que el gobierno de este era
también de hecho , porque su elección habia caducado desde el
15 de febrero último, en que, según el artículo ochenta y cinco
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480
HISTORIA DE COLOMBIA.
de la constitución, y la ley de 30 de abril del año anterior, de-
bieron otras personas elegidas por los pueblos ocupar las pri-
meras magistraturas de la República. Añadía que Urdaneta
cedería en el momento el poder ejecutivo , si creyera que por
este medio se aquietaban los partidos , se calmaban los ánimos,
y se removían los obstáculos para el establecimiento de la ar-
monía y de la concordia; pero que léjos de obtener tan feliz
resultado, era probable que se redoblarían los males. Recordaba
que aun tenia el carácter de vencedor el partido que triunfára
en el Santuario; en cuyo caso la razón y la filosofía demanda-
ban que ninguno de los dos bandos contendores exigiera que
todo fuese condescendencia y humillación para el otro ; sino que
ambos se hicieran concesiones mutuas, en obsequio de la paz y
en beneficio de la sociedad. Decia que el general Urdaneta y
los que sostenían su autoridad , se hallaban dispuestos á dar
cuantos pasos racionales y decorosos pudieran conducir á la
reconciliación apetecida. Concluía instando porque se realizára
la entrevista que había propuesto Urdaneta. Este era en efecto
el medio que parecía mas adecuado para llegar a un aveni-
miento pacífico , que evitára la efusión de sangre y una guerra
fratricida, sentimientos harto generales en aquellos dias, y que
honran á los Granadinos.
Manifestáronse claramente en una junta convocada por el
ministro García , que se componía de treinta padres de familia
de la capital. Después de trazar un cuadro bien triste y melan-
cólico del estado del país, pidió á los concurrentes á nombre
del gobierno que expusierau francamente los medios que con-
vendría adoptar para restablecer la tranquilidad pública. Si-
guióse la opinión del doctor Castillo, que sostuvo con la claridad
y fuerza de razón acostumbrada en sus discursos, que siendo
ya muy general la insurrección de los pueblos contra el go-
bierno existente, no debia este asesinarlos haciéndoles la guerra.
Así que convendría tener una entrevista con el general Cai-
cedo,para excogitar de común acuerdo los medios de establecer
una administración provisional que diera garantías verdaderas
y efectivas, tanto á los vencedores en el Santuario, como á^os
vencidos, que amenazaban ya á los primeros. Esto sucedía
ántes de saberse que Caicedo se habia declarado en ejercicio del
poder ejecutivo y que López estaba en Néiva como auxiliar.
Habiendo hecho este jefe los preparativos mencionados ántes,
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CAPÍTULO XIX. 481
marchó de la Purificación hácia el Guamo, donde se decia exis-
tir doscientos hombres de las tropas de Urdaneta : no habién-
dolos hallado , continuó sus marchas hasta el paso del Magda-
lena, llamado Boca de Fusagasugá. Supo haber estado allí en
efecto una columna del Callao, pero se retiró á Tocáima, luego
que de la márgen opuesta del Magdalena se le hicieron algunos
tiros por el teniente coronel Arciniégas , que se había adelan-
tado con el escuadrón de Néiva. Dispuso López que le siguiera
el resto de sus tropas, á fin de pasar el Magdalena y avanzarse
hasta Tocáima ; el vicepresidente contrarió esta orden creyendo
muy arriesgado el paso del rio y que se comprometia la divi-
sión. Mas al fin asintió, persuadido de la conveniencia y aun
necesidad de obrar activamente. Como no habia quien defen-
diera el paso del Magdalena, se emprendió con lentitud y en
pequeñas barquetas.
En aquellas circunstancias llegaron al paso de la Boca de
Fusagasugá los comisionados Borrero y Santamaría, que anun-
ciaron sin tardanza su misión de paz. López la comunicó inme-
diatamente al vicepresidente Caicedo , quien trasladándose á
aquel punto comisionó al mismo López y á Posádaspara las con-
ferencias. En nada pudieron convenir definitivamente, porque
eran exageradas las pretensiones de ambas partes ; pero acorda-
ron el 21 de abril en la hacienda de Peñadiza un armisticio por
quince dias, dentro de los cuales se realizaría la entrevista de
los generales Urdaneta y Caicedo en el punto nombrado Juntas
de Apulo. Las aguas del Funza debían formar la línea divisoria
de las fuerzas contendoras , y extenderse el armisticio á todas
las fuerzas que obedecían á Urdaneta. Durante el armisticio las
tropas del gobierno legítimo se reunieron sobre la márgen iz-
quierda del rio Funza, y ascendieron apénas á seiscientos cin-
cuenta hombres, la mitad veteranos.
Esta debilidad de las fuerzas liberales no era conocida en la
capital. El que ménos, daba al vicepresidente mil y quinientos
hombres mandados por buenos y valientes jefes. Se creía que
López y Obando habían reunido todas las tropas, así las victo-
reas como las vencidas en Palmira, lo que parecía muy pro-
bable. Ademas, se hablaba á la sazón de dos mil hombres en-
viados por Flórez á Popayan al mando del general Isidoro
Barriga para hacer la guerra á Rafael Urdaneta, en justa retri-
bución de los males que Luis Urdaneta habia causado al Ecua-
TOMO IV. 31
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48fc2 HISTORIA DE COLOMBIA.
dor, por la comisión expresa que le diera aquel de sublevar al
ejército del sur. Los adictos al gobierno provisional tampoco se
descuidaban en convertir semejante rumor en su provecho;
daban por efectiva la venida de dos mil hombres, pero decían
que era á castigar los asesinos de Sucre : unos y otros se equi-
vocaban.
Después de ajustado el armisticio , López escribió á Urdaneta
una carta que abundaba en nobles y patrióticos sentimientos.
Manifestábale que sus mas ardientes votos eran por la paz, ol-
vidando su proscripción y las injurias que se le habian hecho.
Urdaneta expresó en su contestación , que deseando la felicidad
del centro como si fuera uno de sus hijos, todos sus pasos se
dirigían á evitarle males, ya que no podia hacerle bienes, pues
no tenia interés alguno personal que defender. « Yo estoy, aña-
día, muy lejos de todo espíritu de partido, y cuanto deseo es
la felicidad de esta tierra : busco los medios de evitarle desas-
tres; si los alcanzo, habré llenado mis votos; en caso contrario,
mi honor como viejo soldado será mi guia.
» Es preciso no equivocarnos : hay dos grandes bandos que
se odian y se temen. Nosotros debemos colocarnos en un punto
mas elevado que ellos , y ver cómo les hacemos darse un ósculo
de paz. De otro modo no habrá tranquilidad. Mas claro; es pre-
ciso hacer por que ninguno de los partidos triunfe, sino que se
refundan; que la razón y no las pasiones hable á todos. La
empresa es difícil, mas no imposible. Por mi parte no habrá
sacrificio que no haga porque Ustedes se entiendan. »
Urdaneta escribía esto desde Funza, donde tenia su cuartel
general. Hallándose animado de tales sentimientos y con tan
favorables disposiciones para un avenimiento pacífico, no tuvo
la menor dificultad en aceptar la entrevista que le proponía
Caicedo; empero sí le costó algún trabajo calmar la exaltación
de Ahumada, Acero, Mariano París, y de algunos oficiales ve-
nezolanos que no querían oír hablar de transacción, probable-
mente por la desconfianza que tenían del partido liberal. Decían
que concentrando las tropas en la explanada de Bogotá, junta-
rían mas de dos mil hombres, fuerza á que no podrían resistir
los pocos soldados veteranos, las milicias y gente colecticia que
sostenían á los liberales. Semejantes reflexiones serian exactas
tratándose de un primer choque; pero decididos como estábanlos
pueblos contra el partido militar, este habría al fin sucumbido,
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CAPÍTULO XIX.
483
después de haber causado grandes males al país, y derramado
mucha sangre en una guerra fratricida. Urdanela conocía me-
jor la opinión pública y la situación de los negocios; así, no
solo estaba decidido á dejar el mando, sino á hacer en la entre-
vista los demás sacrificios que se le exigieran y que fuesen com-
patibles con su honor.
Él escogió para que le acompañaran al doctor José María
Castillo y á su ministro García del Rio, en cuyos talentos y ex-
periencia tenia la mayor confianza. Llevó también al general
Florencio Jiménez como representante de los militares exalta-
dos, á fin de que se acordára con su anuencia cualquiera con-
venio.
En dos dias se terminaron las conferencias en las Júntas de
Apulo, entre los tres comisionados antedichos, y los del vice-
presidente Caicedo , que fueron López , Posádas y Pedro Mos-
quera como secretario del interior. El resultado fué acordar en
28 de abril un convenio que se aprobára inmediatamente por
ambos jefes. Estipulóse en él que los generales Urdaneta y Cai-
cedo emplearían cada uno la autoridad que ejercía, su influjo
personal y cuantos medios le sugirieran su patriotismo y luces,
para que se transigieran amigablemente las diferencias que
existían en los deparlamentos del centro; así como para que
estos se reunieran bajo de un solo gobierno , hasta llegar la
época deseada de que se juntara una convención que los cons-
tituyese , dándoles magistrados y arreglando sus relaciones con
las otras partes independientes de Colombia. Se consignaron á
un eterno y perpétuo olvido las disensiones pasadas, ofrecién-
dose mutuamente la mayor moderación respecto de las opinio-
nes , acontecimientos y actos políticos anteriores. Se declararon
aseguradas las garantías individuales, los grados y ascensos mi-
litares que se hubiesen concedido por una y otra parte. Las
tuerzas veteranas , mandadas respectivamente por ambos gene-
rales, debían permanecer en su organización actual con los
jefes que las dirigían ; después de jurar obediencia y fidelidad al
gobierno, este determinaría acerca de ellas lo que juzgara con-
veniente, lo mismo que sobre las tropas existentes en el Cáuca :
todas las milicias llamadas al servicio debían regresar á sus
casas y á sus tareas domésticas. Se declaró abolida, hasta que
la convención organizara los departamentos del centro, la odiosa
distinción de Granadinos y Venezolanos, que tantos disgustos
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484 HISTORIA DR COLOMBIA.
habia causado, y que no debia existir entre hijos de Colombia,
según se expresaban los negociadores.
Tal fué el célebre convenio de las Júntas de Apulo. No se es-
cribió la base principal sobre que estribaron todas las demás
estipulaciones : « que el general Urdaneta dejára el mando, so-
metiendo todas las tropas que estaban á sus órdenes al gobierno
y autoridad que ejcrcia el vicepresidente Caicedo. » Aunque
Urdaneta con las fuerzas que tenia pudiera haber combatido á
las de Caicedo con bastante probabilidad del triunfo , la opinión
general estaba tan decidida contra su administración , que tuvo
el buen juicio de conocerlo para retirarse oportunamente. Ade-
mas, él no podia resolverse, aunque algunos de sus amigos le
excitaban fuertemente , á derramar la sangre de los hijos de sn
patria adoptiva, en nuevos combates empeñados por la discordia
civil. Estos sentimientos y la conducta moderada que observára
Urdaneta en aquellos dias , la que tanto contribuyó al restable-
cimiento del órden y de la paz, son muy laudables, y desmien-
ten completamente las calumnias que en aquella época de pasio-
nes publicaron contra él sus enemigos.
Regresando para su cuartel general de Funza, supo Urdaneta
que sus deseos de evitar la guerra civil y de economizar las víc-
timas sacrificadas por la discordia, no se habían cumplido en
todas sus partes. Entre tanto se negociaba en Cundinamarca,
las tropas que regía el general Justo Briceño en el departamento
de Boyacá, habían combatido en Serinza con las del general
Juan N. Moreno de Casanare. Estas en número de setecientos
hombres, los trescientos de caballería, marcharon desde Pore
hasta la cordillera en los primeros dias de abril, siguiendo el
camino de Morcóle á Paya. Desde aquí atravesaron la cordillera
por el páramo de Pisba, donde el frió les mató algunos solda-
dos saliendo al pueblo de Socha el 23 de abril. La división Bri-
ceño se hallaba situada en Sogamozo , donde tenia mas de mil
hombres. Moreno escribió de oficio al general Juan José Patria,
queriéndole gauar para la causa de la libertad; empero nada
pudo conseguir. Entónces determina atravesar á nado con^su
división el caudaloso y rápido Chicamocha, porque estaba cor-
tada la cabuya. Empréndese esta penosa y difícil operación
desde las ocho de la noche, y se termina á las siete de la mañana
del siguiente dia, en cuya hora se presenta una partida ene-
miga con la que se cambian algunos tiros, el rio de por medio.
CAPÍTULO XIX. 485
Por una marcha forzada de diez á doce leguas Moreno ocupó á
Serinza con sus tropas á las diez de la noche.
En aquel mismo dia Briceño y Patria se hallaban en el pue-
blo de Corrales ; mas luego que supieron la ruta que habían
tomado sus enemigos , se apresuraron á marchar por la Floresta
sobre Serinza. Era su mayor empeño impedir que el enemigo,
que carecía de caballos, los consiguiera en el hermoso valle de
Serinza. Sin embargo, no pudieron presentarse en las cercanías
de la villa hasta las ocho de la mañana del 26 de abril por el
camino de Belén. Moreno colocó en la plaza sus jinetes regidos
por el coronel Orla, y distribuyó su infantería detras de los
cercos á derecha é izquierda del camino. La división Briceño
rompió el fuego á las diez marchando en columna cerrada. Ya
iba superando todas las dificultades y la resistencia que le opo-
nían los infantes de Casanarc, y solo distaba poco mas de cien
varas de la plaza, cuando Moreno dispuso que Orta y sus jinetes
arremetieran lanza en mano y pié en tierra. Así lo hizo á la
cabeza de sus intrépidos llaneros. Este movimiento, sostenido
por una carga que al mismo tiempo diera la infantería á la
bayoneta, decidió la victoria en favor de las tropas de Gasanare.
El general Patria , el coronel Joaquín Barrera, dos capitanes
con otros varios oficiales subalternos , trescientos cincuenta y
seis soldados, quinientos fusiles, el parque y multitud de caba-
llerías quedaron en poder de los llaneros, que combatieron con
una intrepidez nada común. Hubo cien muertos de una y otra
parte, entre ellos dos capitanes de Casanare. El general Briceño
huyó hacia Santa'Rosa, camino de Tunja, con cerca de cuatro-
cientos hombres, sin que le pudieran perseguir los jinetes ene-
migos, porque no tenían caballos. Moreno manchó la victoria
haciendo matar al comandante Francisco Miranda y á otros tres
ó cuatro oficiales prisioneros. Era el primero un excelente jóven,
desgraciado hijo del célebre general Miranda. No se pudo alegar
un justo motivo para tales asesinatos. El general en jefe Moreno
confirió el grado de generales, en premio, según dijo, de su
denodado valor, á los coroneles Calixto Molina, Eustaquio Orta,
Jflan José Várgas y José María Gaitan.
Impuesto Urdaneta de estos sucesos desgraciados, á conse-
cuencia de los cuales habia perdido una parte de sus tropas
disciplinadas y la importante provincia de Tunja, se afirmó
aun mas en su propósito de separarse del mando. Sus compa-
$8G HISTORIA DE COLOMBIA.
ñeros de armas manifestaron también mayor docilidad para
someterse al convenio de Apulo , viendo que ya era harto difícil
poderse sostener contra las fuerzas que mandaban López y Mo-
reno , las que combinándose con facilidad podían marchar sobre
la capital. Así fué que apénas arribó Urdaneta á Funza (abril 30),
dirigió un mensaje al consejo de Estado. Recordábale en él qne
ántes habia dimitido el mando de la República, porque llegó á
entender que en su ejercicio no podia hacer á los pueblos los
beneficios que deseaba ; que el consejo no le admitió la renun-
cia , temiendo que se siguieran muchos males al reposo público;
que él habia cedido por el momento ; mas que previendo las
calamidades espantosas en que el país iba á envolverse si no se
entendían los partidos y se sufocaban los odios y los resenti-
mientos, habia buscado los medios de que todos se dieran un
abrazo fraternal ; que felizmente lo consiguió en el convenio de
Apulo , conforme al cual debían todos mirarse como hermanos.
« En consecuencia , decia , he resuelto separarme de los nego-
cios públicos ; y no debiendo ni queriendo mandar mas , he
cesado en este instante en el ejercicio del poder ejecutivo.
Ruego por tanto al consejo, se ocupe sin pérdida de tiempo de
nombrar la persona que haya de encargarse de la suprema au-
toridad.
» Al terminar mi vida pública estoy satisfecho , porque mi
conciencia me dice que he cumplido con cuantos deberes me
impuso la patria en la delicada situación en que me he visto
colocado. »
En la misma fecha dirigió Urdaneta una proclama á los pue-
blos, en que expresaba iguales sentimientos, manifestándoles
que habia dejado con gusto el mando. Excitábalos á la concor-
dia y á la paz, únicos medios de que florecieran la patria y la
libertad. En otra proclama á las tropas de su mando les decia
haber cesado la guerra civil por el convenio de Apulo; les daba
gracias por su fidelidad y subordinación, y las exhortaba á la
obediencia y sumisión al gobierno , á que abandonáran los par-
tidos , y que todos se mirasen como hermanos. Con estos pasos
oficiales Urdaneta cumplió fielmente cuanto habia ofrecido. •
Reunido por el ministro García del Rio el consejo de Estado
(abril 30), aquel le dió cuenta de algunos pormenores de las
conferencias y artículos acordados en Apulo. Especialmente di-
rigió sus explicaciones al artículo primero, que no estaba claro.
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CAPÍTULO XIX.
487
En cuanto á este dijo : — a Después que el señor general Ur-
daneta , presente en las discusiones , manifestó su deseo único,
que era la tranquilidad del país, y el señor general Caicedo
significó que el suyo estaba distante de querer mandar, se pro-
puso como conveniente nombrar una tercera persona que estu-
viera exenta de comprometimientos y que por su prudencia
pudiese conciliar los dos partidos ; pero como el señor Caicedo
habia expedido su decreto de 14 de abril en que se investía con
el carácter y autoridad del poder ejecutivo, no podía adoptarse
esta medida sin el desaire que le afectaría necesariamente. Se
convino, pues, secretamente en un término medio, á saber :
que el señor general Urdaneta renunciaría, ó si era necesario
se separaría de hecho , para que vacante la plaza que ocupaba,
el consejo de Estado nombrase la persona que debia sucederle,
siendo de esperar que los señores consejeros dieran su voto al
señor general Caicedo , viniendo por este medio á ser legítima
su autoridad á los ojos de uno y otro partido, y por consiguiente
las medidas que él tomase, entre ellas la principal la convoca-
toria de una convención granadina, gozarían del mismo carác-
ter de legitimidad , sin que á esta pudiese oponérsele la tacha
del vicio contrario. Que en breves días se dictarían las provi-
dencias oportunas con respecto á los deparlamentos del Magda-
lena y Boyacá ; y pasados ellos el señor Caicedo se separaría del
mando de hecho ó á pretexto de enfermedad ; y que entonces
tendría lugar el nombramiento de un tercero, cuya estipulación
debia quedar reservada. »
El consejo de Estado aprobó el convenio de Apulo. En se-
guida leyóse el mensaje del general Urdaneta, en que declaraba
haber cesado en el ejercicio del poder ejecutivo ; este se declaró
vacante en consecuencia. También se acordó que debia nom-
brarse por el mismo consejo la persona que se habia de encar-
gar de dicho poder. Desde la primera votación resultó electo
unánimemente el general Domingo Caicedo; durante su ausen-
cia se acordó que continuara el consejo de ministros ejerciendo
el poder ejecutivo.
n\ participar el consejo de Estado estas resoluciones al ge-
neral Urdaneta, añadió expresiones honoríficas por todo lo
que habia hecho á fin de que se restableciera la paz y se
reconciliáran los partidos. « Al comunicar á V. E., añadía,
estos actos del consejo de Estado, es de mi deber rendirle en su
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488 HISTORIA DE COLOMBIA.
nombre las debidas gracias por su amor al orden y al bienestar
del país, por la cordura y moderación que ha desplegado en las
críticas y angustiadas circunstancias que le han rodeado, y por
ese desprendimiento sin igual que manifiesta V. E. en bene-
ficio y por la prosperidad comunal. »
Fueron también muy lisonjeras las expresiones con que se
comunicara dicha elección al general Caicedo. El consejo le
manifestó ademas la urgente necesidad que había de que se
trasladase inmediatamente á la capital á tomar posesión del
mando supremo. En efecto, eran generales los deseos de que el
vicepresidente viniera á Bogotá , donde muchos é importantes
negocios exigían su presencia y autoridad.
Todos estos sucesos habian sido muy favorables al restable-
cimiento del gobierno legítimo en los departamentos del centro.
Filáronlo igualmente los que entre tanto habian ocurrido en
las provincias litorales. Dijimos ántes que hácia el 4 de abril
había conseguido el general Luque bloquear enteramente á
Cartagena, con cerca de mil doscientos hombres, la mayor
parte de milicias; pero como los sitiados solo tenían el batallón
veterano de artillería y algunas milicias sacadas de una pobla-
ción enemiga en lo general del sistema y partido militar que
sostenían los jefes de Cartagena , estos no podían salir fuera de
las murallas á combatir contra los sitiadores con los quinientos
hombres, que era el total de sus fuerzas. Por la parte exterior
de la bahía, la goleta Zúlia impedia la entrada de los víve-
res, que solo podían traerse del extranjero, recurso bastante
tardío.
En tal estado Luque para estrechar mas el asedio trasladó su
cuartel general , primero á Alcibia y después al cerro de la
Popa , que con sus fuegos domina en parte la plaza. Desde
Alcibia ofició de nuevo en 12 de abril al consejo municipal
excitándole á fin de que interviniese en que se franqueára la
entrada á las tropas y al pueblo armado que le seguían, a Si
existe , añadía , la mas lijera presunción sobre que no podré
asaltar esa plaza, yo quisiera que Uss. comisionáran persogas
cerca de este campo para que lo examinasen : hallarían que
poseo todos los elementos necesarios al efecto; pero elementos
que arruinarían esa infeliz población y que causarían espan-
tosos desastres. Esta ha sido la sola consideración que me ha
movido á reposar aquí; porque es mucho lo que me cuesta la
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CAPÍTULO XIX. 489
idea sola de ver teñido el suelo colombiano con la sangre de
sus mismos hijos. Pero como estas consideraciones se atribuyen
á temor ó imposibilidad , me veo en el caso de hacer constar
que estoy en aptitud de tomar dicha plaza en el momento
mismo que lo determine Verían también la completa orga-
nización, órden y brillante moral que adornan las fuerzas que
mando , quedando desmentidas cuantas noticias falsas se han
fraguado para ridiculizar el respetable estado de la causa que
defiendo Al consejo le toca, pues, conocer por sí solo el
asunto en cuestión, puesto que la conducta de los jefes á quienes
se ha sometido el departamento, muy distantes de procurar una
transacción amigable , parece que aman la guerra y que se
complacen en ver sacrificada la humanidad, »
Á consecuencia de esta invitación el consejo municipal rogó
al prefecto que continuára las negociaciones , á fin de ver si se
obtenía un avenimiento amistoso. Tenia el prefecto resenti-
miento con Luque por haberle devuelto un oficio, diciendo que
no quería tratar con él, y se dirigió al comandante general
Montilla. El prefecto como jefe del gobierno autorizó á este para
que nombrára una comisión de las personas que tuviese á bien,
á fin de que pasando al campo de Luque, procedieran á acordar
las bases de una reconciliación fraternal. Añadía empero la
condición de que se realizára el avenimiento — « siempre que
S. S. los señores jefes y las tropas bajo de su mando reconozcan
al gobierno supremo nacional residente en la capital de Bogotá. »
Montilla nombró de comisionados al general José María Carreño,
á Juan de Dios Amador y al alcalde primero municipal José
María Baloco. Luque eligió también comisionados para tratar
con los de la plaza.
Las pretensiones de los bandos contendores eran opuestas y
harto difíciles de conciliarse. Luque y sus partidarios exigían
que el prefecto de Francisco y el comandante general dejaran
el mando de la plaza , y expresamente habían desconocido la
autoridad del gobierno de Bogotá ; sus contrarios ponían por
ba^ de cualquier convenio este reconocimiento, y que ellos
cesarían en sus destinos luego que el gobierno supremo admi-
tiera las renuncias que le habían dirigido; no por temor alguno,
según decían, de las tropas sitiadoras , incapaces de tomar una
plaza como la de Cartagena, ante cuyas fortalezas se habían
estrellado tropas aguerridas mas numerosas mandadas por ca-
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490
HISTORIA DE COLOMBIA.
pitanes de mucha nombradla. El resultado de las conferencias
era fácil de preverse. No hubo transacción.
Entonces resolvió Luque usar de lo que él llamaba medios
formidables é imponentes de coacción. Eran dos cañones de á
veinte y cuatro y un obús de nueve pulgadas traídos de Saba-
nilla , los que con mucho trabajo había conseguido montar en
el cerro de la Popa. Con estas piezas comenzó á tirar sobre la
plaza balas rasas y granadas , que molestaban á sus habitantes,
pero que no podian causar un daño capaz de hacer rendir á
Cartagena. En el primer dia de fuego se reventó uno de los
cañones.
Pero los alimentos escaseaban, pues habia gran dificultad
para conseguirlos : su precio habia alzado considerablemente ,
de modo que los pobres sufrían mucho, y el asedio costaba á
los ricos privaciones y gastos extraordinarios que disminuían
sus fortunas. Unidos estos motivos de descontento á que gran
parte de los moradores de Cartagena consideraban á los sitia-
dores como á sus hermanos y amigos, que hacían esfuerzos para
libertarlos del yugo y opresión en que ellos opinaban que los
tenian el prefecto , Montilla y sus partidarios , era de temerse
ya una explosión revolucionaria dentro de la ciudad, ó ya un
pronunciamiento en favor de los principios que proclamaban
los sitiadores.
Al fin el descontento de los habitantes de Cartagena se mani-
festó de una manera legal. Ellos, presididos por el gobernador
del obispado doctor Juan Marmicon, y por el administrador de
la aduana Vicente Ucros , dirigieron en 21 de abril una repre-
sentación al prefecto; la firmaron los empleados principales de
la plaza , algunos jefes militares y los vecinos mas influentes,
tanto civiles como eclesiásticos. En aquel documento pintaban
con energía los males que en la actualidad sufría la población
por la guerra civil , pues mas de la mitad de aquella , acosada
por el hambre, habia tenido que abandonar la ciudad, y salir á
los climas insalubres de los campos , donde perecería una gran
parte; el resto quedaría arruinado en su salud por la ¿jala
calidad de los alimentos, y en sus intereses por la carestía. Así
era que la guerra, si continuaba, sería el exterminio de Carta-
gena. Emitían la opinión de que debían admitirse cualesquiera
proposiciones que hiciese el general sitiador, « — porque ni la
razón, decían , autorizan á los magistrados
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CAPÍTULO XIX. 491
para sacrificar á un pueblo por sostener opiniones que en nada
conducen á la Independencia del país, y que en realidad son
contrarias á la libertad. De aquí es que todos los pueblos del
departamento han proclamado esta, y con razón, pues Us. mismo
en su conciencia hallará que hace años que no existe en la
Nueva Granada Porque exceptuando unos pocos dias en
que se gozó de libertad durante el imperio de las constituciones
de los años de 1821 y 30, todo el resto se ha pasado en virei-
natos con el nombre de prefecturas generales cargadas de facul-
tades extraordinarias , con las que no habia seguridad en las
personas y propiedades ; así fué que continuamente se han visto
destierros, persecuciones y un silencio sepulcral en la imprenta :
todo esto, y otras cosas que reservamos, es lo que ha obligado á
los pueblos á adherirse á proclamar sus libertades, y á nosotros
nos obliga igualmente á adherirnos al resto de todo el departa-
mento. Suplicamos á Us., ya que es el primer magistrado de
esta plaza, que junto con los clamores de los miserables oiga
nuestra respetuosa representación , é interponga su autoridad
para que de cualquiera manera se transijan las diferencias en
todo el dia de mañana; en inteligencia, que por nuestra parte
no necesitamos garantía alguna , porque estamos satisfechos
que los sitiadores son nuestros hermanos , y en cualquiera cir-
cunstancia nos han de tratar como tales; pero en el caso no
esperado de que se desatienda nuestra representación , supli-
camos á Us. publique orden para que todo malcontento , <de
cualquiera clase y condición, salga libremente de la plaza, pro-
testando , en caso que se niegue uno ú otro, repetir nuestros
quebrantos y padecimientos contra Us. mismo, cuando hubiere
lugar y se oiga la voz de la ley. »
La mencionada representación, libre, enérgica y amenazante,
equivalía á un verdadero pronunciamiento dentro de las mu-
rallas de la plaza. Unióse á ella que constantemente se traba-
jaba por las familias de los jefes y oficiales sitiadores, así como
por otras personas verdaderamente liberales , en seducir á los
artilleros y milicianos que componían la guarnición. Temíase
por^anto una revolución, que podia ser de las castas insolen-
tadas ya, si no se trataba de un avenimiento sin tardanza al-
guna. Estado tan crítico decidió á Montilla á escribir á Luque
y á Romay, invitándoles á que tuvieran una entrevista amigable
en el lugar que ellos designáran para tratar de una transacción
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402 IUSTORIA DE COLOMBIA.
pacifica. Decía — « que daba este paso , no porque le faltaran
recursos para prolongar la defensa mas largo tiempo, sino por-
que estaba pronto á hacer cualesquiera sacrificio compatible
con su honor y su conciencia, para evitar el derramamiento de
sangre colombiana , y los gravísimos males que se estaban si-
guiendo de la guerra civil , sobre todo después que su delica-
deza se hallaba comprometida , pues se habia tomado por pre-
texto de la guerra su permanencia en el mando. »
La entrevista no se realizó ; pero fué consecuencia de esta
invitación el nombramiento de nuevos comisionados. Por la
parte del general Montilla se escogieron los señores Juan de
Dios Amador y Daniel F. OXeary, y por la de Luque los seño-
res José María del Real y coronel José María Vezga. Reunidos
estos en la parroquia del pié de la Popa , acordaron en 23 de
abril un convenio que fué ratificado el mismo dia por ambos
generales. Conforme á su tenor, el mando civil de la provincia
de Cartagena lo recibiría como gobernador el doctor Manuel
Romay, y el militar el general Luque. En consecuencia, este
con quinientos hombres ocuparía la plaza y sus castillos el dia
26 : el resto de sus tropas se retiraría al siguiente dia á Tur-
baco (abril 29). Á los tres di as después de ocupar á Cartagena,
Luque como jefe superior civil y militar del departamento ex-
pediría el decreto convocando una convención departamental ;
para esta podían ser nombradas todas las personas elegibles con
arreglo á las leyes vigentes. Estipulóse que ningún individuo
de la plaza sería perseguido en su persona é intereses por sus
opiniones políticas hasta aquel dia, y que todos gozarían de las
garantías constitucionales, así como de sus empleos, de los que
no serian removidos sus actuales poseedores, siempre que me-
recieran la confianza del gobierno , hasta que se reuniera la
convención departamental. Debían cumplirse las órdenes y con-
tratas del gobierno y de la prefectura recibidas hasta aquella
fecha. Las propiedades tomadas á particulares desde el 44 de
febrero, en que principió esta revolución, se devolverían á sus
dueños, y las gastadas serían satisfechas. También debían po-
nerse en la administración de correos de la plaza todas las^or-
respondencias ó intereses detenidos en Mompox y en el cuartel
general de Luque , cualquiera que fuese su procedencia. Por
último se acordó la libertad de todos los detenidos por opinio-
nes políticas; que se darían pasaportes á los individuos que los
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CAPÍTULO XIX.
493
quisieran para cualquier otro punto de la República ó fuera de
ella; y que los empleados civiles y militares serian ajustados y
pagados , dándoseles un buque nacional para irse donde gus-
taran, franqueándoseles los auxilios de ordenanza.
Esta capitulación se la arrancó á Montilla la fuerza de la opi-
nión pública, decidida enérgicamente contra el partido militar.
Los pueblos deseaban con ansia reposo y garantías, dulces bie-
nes que esperaban conseguir por el triunfo del partido liberal.
Así , no fué la fuerza física la que venció á Montilla , en cuyo
elogio debemos decir, que durante el bloqueo hizo cuanto es-
tuvo á su alcance para que no se derramára la sangre colom-
biana. Sus oficiales en varios puntos no usaron de los fuegos
de las fortificaciones sobre algunos de los sitiadores á quienes
podían alcanzar , por no destruir á sus hermanos. Esto sucedió
particularmente en los castillos de Bocachica. El mismo Luque
en un momento de demencia ó embriaguez quiso tomarlos á
bordo de lanchas y canoas. El comandante Cárdenas pudo ma-
tarle con los tiros de las baterías , y advirtiéndole á la voz el
peligro que corría , consiguió disuadirle de su temeraria em-
presa.
Luque era un jefe propio para subalterno , valiente pero sin
talentos, disipador, sin reparar en los medios de adquirir, y que
se dejaba arrastrar por los excesos de la bebida. Por consi-
guiente el ejército protector no inspiraba confianza ; si otro ge-
neral de mejor conducta lo hubiera mandado, en ménos tiempo
se habría terminado la contienda. De la incapacidad de Luque
provenia el desorden que habia en sus tropas , y de su mala
conducta, el violento despojo de sus propiedades que sufrieron
algunos Colombianos y extranjeros , á quienes tuvo después
que indemnizar el gobierno granadino. Los coroneles Vezga y
Uzcátegui, que dominaban á Luque, se condujeron mejoren
aquellas circunstancias ; pero no tenian la capacidad suficiente
para impedir y reformar los abusos (i).
(1) El prefecto Juan de Francisco Martin , que no tenia confianza en las
ofeim del general Luque, que preveía se buscarían por este y los que le
cercaban pretextos para no cumplir la capitulación que acababa de cele-
brarse; y que por otra parte juzgó que por sus relaciones en todo el de-
partamento siempre seria objeto de celos y de desconfianza de las nuevas
autoridades, determinó ausentarse de la ciudad, trasladándose á la isla
de Jamaica. Luego que estuvo ratificada la capitulación , pidió y obtuvo del
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494 HISTORIA DE COLOMBIA.
En el dia de la ocupación de Cartagena y en los dos siguien-
tes, la conducía de los vencedores fué buena : parece que co-
menzaban á tranquilizarle algun tanto Montilla y sus partida-
rios sobre las desconfianzas que habian tenido de que el general
Luque no cumpliera la capitulaciou. Mas no lardaron en des-
engañarse.
Los coroneles Yezga, Rodríguez y Uzcálegui tenían mucho
inüujo sobre Luque, incapaz de obrar por sí mismo. Estos,uni-
dos á otros oficiales de los que, como ellos , habian traicionado
la confianza de Montilla, temían sobre manera sus talentos y
predominio sobre las tropas , que tantos años le habían obe-
decido : temían igualmente la presencia del prefecto de Fran-
cisco, y de algunos antiguos jefes que habian sido fieles al go-
bierno general. Juzgaban que estos podian hacer y capitanear
general Luque su pasaporte. En su consecuencia entregó la prefectura el
24 de abril al doctor Ildefonso Méndez , quien como jefe de policía debía
sucederle en el mando en caso de ausencia , y se embarco en la tarde del
día 25 de abril en la fragata de S. H. B. La Blanche, mandada por el co-
modoro Farquhar, quien la había ofrecido al prefecto para conducirlo á
Kingston Jamaica. Después de la entrada en Cartagena de las tropas sitia-
doras el 26 de abril, el comodoro Farquhar determinó permanecer en la
bahía de Cartagena por algunos días mas , y sabiendo el general Luque y el
coronel Vezga que el antiguo prefecto estaría en la bahía por aquel tiempo,
mandaron en la tarde del 26 un comisionado á bordo de La B lanche cerca
del señor Juan de Francisco, encareciéndole no se ausentase y volviese á
la ciudad , pues contaban con su cooperación patriótica , como uno de los
hijos distinguidos de Cartagena, para las importantes reformas que habian
de hacerse en el departamento : al mismo tiempo el general Luque interesó
al comodoro Farquhar y al cónsul Watts para que persuadieran al señor de
Francisco del ínteres patriótico que le movia para instarle á que no se au-
sentase del pais. El prefecto de Francisco no condescendió con lo que le
pedían, haciendo presentes los motivos de conveniencia política que le de-
cidían á retirarse á Kingston; aprovechó la oportunidad de manifestar al
comodoro Farquhar su resolución decidida de seguir para Jamaica , y su
deseo de hacerlo lo mas pronto posible ; el comodoro , que creyó nece-
sario permanecer en la bahía de Cartagena con la fragata Manche y otros
buques de la escuadra para proteger los intereses británicos en caso de des-
órdenes que algunos temían , destacó de la escuadra la corbeta de ¿Ierra
Champion , la que puso á disposición del prefecto para que lo condujese á
Kingston. La Champion zarpó de la bahía de Cartagena en la mañana del
28 de abril, conduciendo al prefecto y á su hermano el coronel Narciso de
Francisco, comandante de las milicias de la provincia, quien también había
obtenido pasaporte del general Luque para seguir á Jamaica.
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CAPÍTULO XIX.
495
una contrarevolucion en Cartagena , que restableciera su po-
der. Aunque nos parece que Montilla en aquellas circuns-
tancias habría cumplido la capitulación, es indudable que tenia
la probabilidad y los recursos necesarios para una reacción, que
habría sido funesta á la causa de la libertad y del órden en la
Nueva Granada.
Tomando , pues , los jefes vencedores el pretexto de que el
batallón de artillería trataba de hacer un movimiento revolu-
cionario, Luque, usando de la autoridad de comandante en jefe
del ejército protector de los pueblos y de sus libertades, y como
jefe superior civil y militar del departamento del Magdalena,
expidió en 28 de abril dos decretos. Por el primero reformó el
batallón de artillería , reduciéndolo á una brigada de tres com-
pañías, que mandarían oficiales de toda su confianza ; el resto
lo refundió en los demás cuerpos veteranos.
Era el segundo decreto de mas trascendencia : según sus
disposiciones se mandaba expedir en el acto pasaportes para
fuera de Colombia á todos los individuos que por sus opiniones,
empleos y relaciones pudieran ser perjudiciales de cualquiera
manera. Esta expulsión debia durar hasta que restablecido el
gobierno legítimo dispusiera otra cosa. Añadíase contra las
personas que regresáran al territorio libertado , sin el corres-
pondiente salvoconducto , la pena de que serian consideradas
fuera de la ley. Este decreto se ejecutó en el mismo dia, po-
niendo presos y trasladando después á un buque destinado á
Jamáica á todos los individuos que el partido vencedor designó
como perjudiciales. Fueron estos los generales Mariano Mon-
tilla, José María Carreño, José Laurencio Silva y Pedro Mu-
güerza ; los coroneles Aldercreutz , Lima , Pedro Rodríguez ,
Esponda, y otros varios oficiales hasta el número de catorce. El
general OXeary salió también por el mismo tiempo.
La expulsión de estos ciudadanos, aunque útil en polí-
tica, pues libertó á la Nueva Granada de algunos jefes y oficia-
les venezolanos que habían causado á su gobierno muchos
embarazos, fué una escandalosa violación de la capitulación de
Cartagena. Esta, según referimos ántes, decia : — « Ningún
individuo de la plaza será perseguido en su persona ó intereses,
sean cuales hayan sido hasta el dia sus opiniones políticas , y
gozará de todas las garantías que le concede la constitución. »
— Esta no permitía los golpes de Estado, y que los ciudadanos
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496 HISTORIA DR COLOMBIA.
fueran arrancados de sus domicilios , para enviárseles á una
tierra extranjera. Aquí resaltaba una de esas contradicciones
en que incurren los partidos políticos en las revoluciones;
Luque y sus partidarios decían haberse levantado contra las
arbitrariedades del prefecto y del comandante general del Mag-
dalena ; una de ellas, mencionada expresamente , era la expul-
sión de varios ciudadanos sin que ántes fueran juzgados. Mas
apénas han obtenido el poder, cuando , olvidando sus viejas
declamaciones y sus promesas solemnes , ellos también depor-
tan con violencia á antiguos y beneméritos servidores de la
Independencia, que reposaban en la fe de una capitulación.
Acaso esta conducta uniforme de todos los partidos republi-
canos nace de la misma naturaleza de las instituciones. Sus
gobiernos débiles no pueden resistir al influjo, al poder ó á la
inquietud revolucionaria de algunos ciudadanos. Para no ma-
tarlos, providencia cruel y peligrosa, hállanse en la triste nece-
sidad de arrojarlos á una tierra extraña usando de facultades
extraordinarias, ó por medio de una revolución. ¿ Cuánto mejor
sería que las constituciones de las nuevas repúblicas americanas
contuvieran una disposición que permitiera adoptar aquella
providencia dolorosa, pero á veces saludable y necesaria, bajo
de precauciones que impidieran los abusos de la arbitrariedad ?
Creemos que sus gobiernos serian entónces fuertes y capaces de
impedir todas ó la mayor parte de nuestras frecuentes y malha-
dadas revoluciones. De ellas emanan la falta de libertad y garan-
tías, así como el atraso de estos países, tan favorecidos por la
naturaleza y dignos de mejor suerte por el carácter de sus
pueblos.
En otro punto faltó Luque entónces á su palabra , falta que
fué aplaudida por todos los hombres pensadores. Tal fué la de
convocar la asamblea de diputados del departamento del Mag-
dalena , que habia ofrecido ántes de la capitulación y en esta
misma (mayo 5). Él manifestó á los pueblos en una exposición
bien meditada, los motivos poderosos que habían impedido la
convocatoria. Uno de estos era la denegación absoluta de Santa-
marta á concurrir á acto alguno, cuya tendencia fuera sosüner
la división departamental de la República, la que decia estar
abolida irrevocablemente por su parte. Otro motivo fué la no-
ticia, que habia recibido ya, de haberse restablecido el gobierno
constitucional de 1830 por el decreto que expidiera el vicepre-
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capítulo xix.
497
sidente en 14 de abril. Siendo el objeto de la convención depar-
tamental , suplir la falta de este gobierno , era ya innecesaria
después de su feliz restablecimiento : « A él pues, añadía
Luque, es á quien debéis ya respetar y obedecer; él oirá vues-
tras pretensiones; él adoptará los medios mas eficaces para
vuestra común seguridad. El gobierno sabe muy bien que los
intereses, las relaciones y los derechos de las cuatro provincias
del Magdalena están íntimamente ligados con los de las provin-
cias del interior, y todos debemos correr al rededor de ese go-
bierno para salvarnos de los horrores de la anarquía, para rea-
nimar el espíritu público , para revivir el crédito de Colombia
con las naciones extranjeras , y para que entremos á disfrutar
de los dulces bienes de la paz, de la tranquilidad y del
reposo.
» Sí, i compatriotas ! ya la guerra no es necesaria; vosotros
estáis en posesión de todos vuestros sacrosantos derechos , de
vuestra libertad, de vuestra seguridad individual y de vuestras
fortunas; pero debéis advertir y conocer que sin ser fieles á
vuestros mismos votos, á los sacrificios que habéis consagrado á
ese mismo gobierno, ellos habrían sido inútiles, y vosotros,
léjos de haber trabajado por vuestro bien , habríais minado los
cimientos de vuestra deseada felicidad. Mi corazón no lo teme
de vosotros , y por eso no dudo de que continuaréis la marcha
que habéis emprendido. Esperadlo todo del gobierno que es la
obra de vuestras manos. El gobierno supremo conoce vuestros
males , conoce la necesidad de convocar una nueva convención
en donde queden afianzados los destinos de las provincias del
centro. No os alejéis, no os extraviéis de este paso que resta dar
para concluir la obra de vuestros sacrificios. »
Los principios de política y de conveniencia que enunciaba
Luque en esta manifestación no podían ser mas justos , opor-
tunos y bien meditados. Así es que sus consejeros en aquellas
circunstancias hicieron un servicio muy distinguido á la futura
organización de la Nueva Granada , impidiendo la convención
departamental. Era de temerse que esta rompiera la unidad cen-
traJfproclamando el sistema de gobierno federativo, al que tanta
inclinación han tenido algunos hijos de la provincia de Carta-
gena, creyendo engrandecer á su patria y elevarse ellos mismos.
La anarquía, la guerra civil y otros males incalculables habrían
sido indudablemente las consecuencias inmediatas de aquel
TOMO IV. 32
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498 HISTORIA DE COLOMBIA.
paso funesto. La Nueva Granada desde 1840 hasta i 81 6, Buenos
Aires, Guatemala y Méjico, son ejemplos y argumentos incon-
testables de los males que el sistema de gobierno federativo
derrama profusamente sobre los pueblos de la raza española en
América. Nos alucinamos en otro tiempo cual niños sin expe-
riencia en política, creyendo que podíamos y debíamos organi-
zamos como los descendientes de la raza anglo-sajona en la
América del Norte , á quienes nos supusimos iguales. Hé aquí
el origen fecundo de los males que sufren y que acaso aun su-
frirán por mucho tiempo Buenos Aires , Guatemala y Méjico.
La rivalidad de la provincia de Santamaría con la de Carta-
gena, y el haber escuchado Luque los consejos de algunos ver-
daderos y desinteresados patriotas, alejó por fortuna en aquella
época el peligro de la federación. Con tales consejeros el general
Luque siguió manejándose bien miéntras que el gobierno
colombiano reorganizaba el departamento. Hizo , pues, un ser-
vicio muy distinguido á la Nueva Granada poniéndose á la
cabeza de la reacción de los pueblos del Magdalena hasta arran-
car el poder á los jefes venezolanos que capitaneaban el partido
militar, apoyados en los muros y en los recursos de la plaza de
Cartagena. Sin tan fausto acontecimiento es probable que los
esfuerzos de los pueblos del interior para darse constitución y
garantías , hubieran encontrado en las provincias de la costa
graves obstáculos , que habrían retardado por algún tiempo el
triunfo decisivo de los principios liberales y de la organización
de la República.
El 26 de abril , en que el partido militar sucumbía en Carta-
gena, el pueblo de la ciudad de Riohacha reconquistaba la
libertad. Su anterior gobernador José María Cataño se presentó
en aquella ciudad , adonde regresaba de Maracáibo después de
su emigración forzada. Halló á los habitantes en la mayor efer-
vescencia con las noticias de las revueltas ocurridas en la pro-
vincia de Cartagena. En seguida, tomando la milicia las armas,
se apoderó del castillo de San Jorge, sin que el comandante
general Sardá opusiera resistencia á la voluntad del pueblo ;
antes por el contrario, excitó oficialmente al consejo munictyal
á fin de que se reuniera y deliberase acerca de la crítica situa-
ción de la provincia.
En efecto así sucedió , y el resultado fué acordar el consejo :
que todas las cosas se restablecieran al estado que tenían el 41
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CAPÍTULO XIX.
de setiembre anterior, en que regían la constitución de 1830 y
las leyes, desconociéndose al intruso gobierno de Bogotá, y á
las autoridades departamentales; declarar independiente la
provincia de Riohacha , para unirse al resto de la República
luego que tuviera leyes, órden y paz; prevenir que se estable-
cieran relaciones de íutima fraternidad y alianza con las demás
provincias que se habían pronunciado por la justa causa , para
obrar de consuno en la salvación de la patria; nombrar, en fin,
comandante de las tropas de la provincia al general Sarda,
quien debia organizar el ejército para sostener la neutralidad
de Riohacha, — « limitándose solamente, según decia el acta,
ú ejercer todas las facultades que eran necesarias en lo relativo
á la guerra, sin ingerencia en la política; y que habiendo sido
siempre el señor Sarda el protector del pueblo y el ángel tutelar
de su salvación , se le den las mas expresivas gracias por su
buen comportamiento. » Á consecuencia de estas resoluciones
populares, la provincia de Riohacha, cuyos moradores habían
sido tan liberales como valientes defensores de las leyes, quedó
tranquila bajo del mando del gobernador Cataño y del general
Sardá, á quien el pueblo había dado un testimonio tan brillante
de su buena conducta. Posteriormente los chismes y denuncia-
ciones del general Carmona le indispusieron con el gobierno
general hasta borrarle injustamente de la lista militar. £1 re-
sentimiento perdió á Sardá, haciéndole rebelarse; en conse-
cuencia terminó su vida bajando al sepulcro asesinado.
Á causa de estas revoluciones en el departamento del Magda-
lena , todas sus cuatro provincias se gobernaban con indepen-
dencia unas de otras, por los jetes civiles y militares que habían
elegido. Mas no siendo ninguna de ellas bastante fuerte para
considerarse capaz de figurar como Estado independiente, y
existiendo mutuas rivalidades que hacían entónces imposible
un acuerdo entre sus habitantes para decidirse por el sistema
federativo , todas celebraron la noticia de que se hubiera resta-
blecido el gobierno constitucional de 1830, preparándose á
obedecer y acatar sus órdeues. No tardaron en comenzar á re-
díase las del vicepresidente Caicedo.
Dejamos á este en los últimos dias de abril marchando hacia
la capital de la República, donde se deseaba su presencia. Antes
de su arribo ocuparon á Bogotá el 2 de mayo cerca de setecientos
hombres de la división Callao, mandados por Jiménez; habíalos
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500 HISTORIA DE COLOMBIA.
precedido el general Urdaneta, que se manifestaba muy satis-
fecho. Empero no sucedía lo mismo con los jefes y oficiales
venezolanos, con algunos ingleses y con pocos granadinos. Por
do quiera hablaban contra Urdaneta á causa de haberlos aban-
donado , según decían , y contra el convenio de Apulo ; este
ponia término al reinado militar, y especialmente los jefes y
subalternos venezolanos deploraban amargamente el instante
en que su dominación cesára en los departamentos del centro.
Á pesar de los beneficios de la paz que iba á traer el convenio
de Apulo, se reprobaba generalmente por los liberales exaltados
el reconocimiento que hizo de los grados y ascensos militares.
Parecia á muchos Granadinos que por esta condición los Vene-
zolanos continuarían residiendo en los departamentos del cen-
tro ; esto les parecia con razón ominoso al futuro bienestar del
país, en lo que no se equivocaban.
En medio de estos partidos acalorados se aguardaba con ansia
el arribo de Caicedo, á quien se consideraba como el iris de paz.
Él no se hizo esperar y entró en la capital á las once de la
noche del 2 de mayo , viniendo solamente acompañado por
algunos oficiales. Halló la ciudad muy agitada no solo por los
partidos , sino también porque se decía como positivo, que el
30 de abril habia dormido en Hato- Viejo, á diez y seis leguas
de Bogotá , la división de Moreno , y que se avanzaba rápida-
mente. Se temía sobre manera la indisciplina de los llaneros de
Casanare. Empero tal noticia fué una equivocación : las tropas
que venían y que llegaron á Funza eran los restos de la división
Boyacá en número de cuatrocientos hombres, ó poco ménos.
Salváronse estos de Serinza, y luego se les unieron algunos
destacamentos que juntó Briceño.
Al siguiente día después de su arribo y ántes de principiar
Caicedo á ejercer el mando, concurrió al consejo de Estado. Sus-
citóse allí la cuestión — « de si debia prestar ó no el juramento
constitucional. » Él se denegaba , porque habiendo asumido el
gobierno como vicepresidente, no había necesidad de otro jura-
mento. El ministro García del Rio sostenía que debia jurar —
« para tranquilidad del país y del mismo consejo que le htbia
nombrado; que con este paso quedarían satisfechos ambos par-
tidos, considerándole el uno proclamado por él como vicepresi-
dente, y el otro en virtud del nombramiento del consejo ; de lo
contrario se daría ansa alas personas exaltadas del partido libe-
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CAPÍTULO XIX.
ral que abrigaban todavía desconfianzas y temores, para que no
dejasen continuar por mucho tiempo la tranquilidad. Que todos
los de su partido habían consentido en el convenio, bajo el su-
puesto de que el señor Caicedo tomaría el mando en virtud del
nombramiento del consejo de Estado; porque si lo hacía como
vicepresidente se renovarían las escenas pasadas, en que se les
reputaba como facciosos; y si al fin se da un paso falso, es preciso
confesar que se han perdido los que se promovieron para ase-
gurar la paz. » — Después de discutirse las opiniones contra-
rias, se convino en que el vicepresidente dijese ante las autori-
dades reunidas en la casa de gobierno , que volvía á tomar el
mando, y que jurase « cumplir con sus deberes y con el con-
venio celebrado en las Juntas de Apulo. » Verificóse el acto in-
mediatamente, y Caicedo quedó el 3 de mayo reconocido como
jefe de la República.
Él anunció á los pueblos su reinstalación en el poder ejecu-
tivo por medio de una proclama, en que maniíestaba que los
mas ardientes deseos de la felicidad pública le habían arrancado
de la vida privada; que el resultado feliz de sus desvelos había
sido un tratado que conciliaba el honor del gobierno y la dig-
nidad nacional, asegurándoles la paz y la concordia. « El 28 de
abril, decía, forma una nueva era para nosotros : en él co-
mienza una época gloriosa y la mas laudable de la posteridad.
Este dia ha cubierto con un denso velo todo lo pasado , y der-
rama el bálsamo de la paz en los hijos de este suelo que nos
pertenece.
» ¡ Compatriotas! librad vuestra confianza en el gobierno: él
os ofrece protección y garantías inviolables en el cumplimiento
de las leyes. Abrazaos recíproca y cordialmente, y al olvidar
para siempre hasta el recuerdo de nuestras quejas, jurad todos
en vuestro corazón, no existir sino para la patria, para este
ídolo de los Colombianos. »
En otra proclama al ejército le felicitaba por el restableci-
miento de la paz, que había hecho deponer á todos las armas y
los resentimientos para darse un ósculo fraternal. «Soldados,
anadia, en esta contienda habéis salido todos vencedores y nin-
guno vencido; solamente habéis triunfado de las pasiones. La
posteridad os llamará virtuosos. ¡Soldados! contad con el go-
bierno como el gobierno cuenta con vosotros. »
Este idioma era consolador y propio para inspirar confianza
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502 HISTORIA DE COLOMBIA.
á los diferentes partidos; pero como aun no habia llegado tropa
alguna á la capital , de las que mandaba López , se hallaba el
vicepresidente á merced de la división Callao : muchos tuvie-
ron por una grave imprudencia la venida de Caicedo á la capi-
tal sin fuerzas que le apoyaran ; pero él nada temia, y esperaba
con su natural bondad y sangre fria dominar y amalgamar los
bandos políticos.
Uno de los primeros cuidados de Caicedo fué organizar
su ministerio. Para hacienda nombró al doctor Pedro Gual ,
para el interior al doctor José María Castillo , para relaciones
exteriores al señor Alejandro Vélez, y para guerra y marina al
general José María Obando. Castillo y Gual pertenecian á los
moderados, amigos de Bolívar; Obando y Vélez á los exaltados
liberales ; por tanto ningún partido quedó contento. Castillo se
posesionó inmediatamente , y miéntras que los otros lo hacian,
continuaron en el despacho los anteriores ministros Pey, Men-
doza, y García del Rio. Con esta mezcla pretendia Caicedo sa-
tisfacer é inspirar confianza á los opuestos bandos.
El mismo espíritu de mezclar y fundir los partidos presidió
al nombramiento de los consejeros de Estado. Continuaron los
cinco que existían de la administración de Urdaneta. Eran es-
tos los ciudadanos José Sanz de Santamaría , Manuel Pardo ,
Vicente Borrero , Raimundo Santamaría y el canónigo Juan
Nepomuceno Escobar. Ademas fueron nombrados los señores
Félix Restrepo , Juan Fernández Sotomayor, Vicente Azuero ,
Juan García del Rio , José María Ortega , Diego Fernando Gó-
mez , Agustín Gutiérrez Moreno y José Manuel Restrepo. Los
ocho individuos nombrados últimamente pertenecian , unos á
los moderados liberales y otros á los exaltados. Algunos no ad-
mitieron y fueron reemplazados después. En esta corporación
era donde ménos peligro habia con la divergencia de opiniones.
El vicepresidente hizo de nuevo los nombramientos de los
prefectos de los departamentos y gobernadores de las provin-
cias, reformando los que ántes habia hecho desde Purificación.
Para Cundinamarca escogió al doctor Bernardino Tovar; para
Boyacá al señor Policarpo üricoechea; para Antióquia al se9br
Francisco Montoya; y para el Magdalena al doctor Estévan Díaz
Granádos. Todos eran ciudadanos de influjo y moderados en su
liberalismo. La misma política presidió en la elección de los
gobernadores de Néiva , Mariquita , Socorro , Mompox , Santa-
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CAPÍTULO XIX. 503
marta yRiohacha; hombres de juicio maduro , de probidad y
sin exaltación, fueron escogidos para que restablecieran la tran-
quilidad de las provincias y calmáran la efervescencia de ios
partidos. Este era el fin que se habia propuesto Caicedo en su
administración , fin laudable y oportuno , para el cual era su
carácter muy á propósito por su calma bondadosa.
Después de haber dictado el vicepresidente las providencias
conducentes para organizar su gobierno , quiso ocuparse de
aquellas que debian servir para reorganizar la República. Hacía
tiempo que todos los hombres amantes de leyes , de garantías y
de orden, deseaban una reunión de diputados de las provincias
que componían los departamentos del centro. Es cierto que
Urdaneta la habia convocado para la villa de Léiva ; pero los
trastornos ocurridos en algunos departamentos impidieron las
elecciones, y aunque en otros se habian hecho , siempre estaba
incompleta la representación nacional. Fuera de esto, era tanto
el odio y la detestación que se tenia del gobierno de Urdaneta,
al que la generalidad consideraba como usurpado , ilegítimo, y
representante del poder militar, que ninguno de los liberales
quería que se juntase la convención en virtud de la convocato-
ria expedida por aquel general. Caicedo resolvió, pues, en 7 de
mayo convocar de nuevo una convención de diputados de los
departamentos de Gundinamarca , Cáuca , Antióquia , Istmo ,
Magdalena y Boy acá ; debia reunirse en la capital el 15 de no-
viembre próximo.
El mismo dia se expidió el reglamento prescribiendo el modo
de hacer las elecciones primarias y las secundarias. Conforme
á sus disposiciones carecian del derecho de sufragio todos aque-
llos que no tuvieran — « una propiedad raíz cuyo valor libre
alcanzase á trescientos pesos , y en su defecto ejercer alguna
profesión ó industria que produzca una renta anual de ciento
cincuenta pesos. » Ninguno que no tuviera alguna propiedad
raíz, cuyo valor libre fuese de mil quinientos pesos, ó una renta
anual de doscientos pesos provenientes de bienes raíces , ó la
de trescientos pesos que fueran el producto del ejercicio de al-
guál profesión que requiriese grado científico , oficio ó indus-
tria útil ó decorosa , ó un sueldo de cuatrocientos pesos , podia
ser nombrado elector. Los diputados debian ser de treinta años
cumplidos de edad , poseer una propiedad raíz del valor libre
de cuatro mil pesos, ó en su defecto la renta de quinientos ó la
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504 HISTORIA DE COLOMBIA.
de ochocientos que fueran el producto de algún empleo ó del
ejercicio de cualquier género de industria. Por cada veinte y
cinco mil almas se elegiría un diputado , y otro por un residuo
de mas de doce mil quinientas; cada provincia nombraría un
diputado, aun cuando su población fuese menor que la base
dicha. Igualmente se elegirían tantos suplentes cuantos fueran
los principales.
En la convocatoria de este congreso se exigió mayor propie-
dad ó renta que la prescrita por el reglamento de elecciones
para el de 1830. El secretario Castillo, que lo redactara, y los
hombres de Estado liberales moderados y de experiencia en
Colombia, se hallaban convencidos de que en teoría ó en prin-
cipio podia muy bien defenderse aun el sufragio universal;
pero que en la práctica debia restringirse por el mismo bien de
la comunidad. Sostenían que tales restricciones eran necesarias
en nuestras repúblicas , pues se dirigían á que votaran sola-
mente los ciudadanos que por su posición social tuvieran inte-
rés en conservar el orden público, y la instrucción bastante para
dar su voto á personas que lo merecieran , sin dejarse arrastrar
como instrumentos ciegos de los jefes de los partidos. Quien
ataque estas restricciones como injustas ó inconvenientes , no
conoce la población de Colombia, ignorante por lo general, y
se olvida que tenemos diferentes castas.
Tanto en este como en el anterior reglamento eleccionario ,
se impuso á los ciudadanos hábiles para sufragar la obligación
de concurrir á las asambleas primarias á dar su voto. ¡ Inútil
precaución ! Ellos continuaron alejándose de las mesas eleccio-
narias, y por una contradicción inexplicable, hombres amantes
del bien público y del sistema representativo no iban á votar,
bien por no tomarse aquella molestia, ó mas bien porque las
elecciones indirectas y por grados daban muy poco influjo al
voto individual en las asambleas primarias.
Los objetos asignados á la convención de los departamentos
del centro eran : acordar una constitución para la República ,
elegir los magistrados que debían regirla, y ocuparse de los de-
mas negocios que tuvieran por conveniente.
Estas providencias del nuevo gobierno eran excelentes; pero
aun les faltaba su base principal : seguridad en el órden pú-
blico. La división Callao ocupaba exclusivamente la capital
con mil doscientos hombres de buenas tropas mandados por
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CAPÍTULO XIX.
antiguos jefes , algunos de los cuales no querían conformarse
con el convenio de Apulo. Lo mismo sucedia con cerca de cua-
trocientos soldados, restos de la división Briceño , acampados
en la estancia de Garzón , que yace fuera de la extremidad oc-
cidental de Bogotá. Las fuerzas que mandaba López y que obe-
decian al vicepresidente aun no habían llegado á la explanada
que circunda a dicha ciudad, y se iban reuniendo en la parro-
quia de Zerrezuela. Así , el vicepresidente y sus agentes se ha-
llaban á la merced del Callao, cuyos jefes y oficiales no inspira-
ban confianza alguna por sus opiniones conocidas, y porque se
sabia las proposiciones que vertían contra el gobierno. El gene-
ral López y su estado mayor vinieron solos á la capital á fin de
infundir mayor confianza y respeto á los jefes y oficiales disi-
dentes.
Sin embargo , Caicedo y el general en jefe consiguieron por
su buen modo y persuasiones , que después de una revista la
división Callao jurára obediencia y fidelidad al gobierno y sos-
tener las estipulaciones acordadas en las Juntas de Apulo. Des-
pués se ha dicho que esto fué una burla; pero se creyó entón-
ces que el juramento se habia prestado en debida forma (mayo
6). En aquel mismo dia se unieron á la división Callao las reli-
quias de la de Briceño , quien por su antigüedad tenia la pre-
tensión de mandar las tropas exclusivamente : él quería come-
ter desafueros.
Uno de los motivos de desconfianza que alegaba Jiménez y
los demás jefes del Callao , era que las tropas llamadas del
gobierno aun no habían jurado observar el convenio de Apulo.
Hallando el general López ser justa la observación, ofreció que
se prestaría inmediatamente el juramento y que podían enviar
un comisionado que lo presenciára. Dióse en efecto la órden, y .
aquel acto solemne tuvo lugar en el cuartel general de Vene-
zuela.
En este lugar se iban reuniendo los diferentes cuerpos de
tropas y las guerrillas que obedecían al gobierno. Se habia pre-
venido por el general en jefe López á la división de Casanare
silGada en Cipaquirá , que marchára hácia el mismo lugar con
los mil quinientos hombres de que se componía. Pero el gene-
ral Moreno daba respuestas evasivas , y se aseguraba que arras-
trado por malos y exaltados consejeros no quería reconocer la
autoridad del general en jefe ni el convenio de Apulo.
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HISTORIA DE COLOMBIA.
Era, pues, harto crítica la situación del vicepresidente y de
López en la capital. Solo tenían á su favor la fuerza moral, cuyo
imperio era verdaderamente débil. Los partidos encontrados se
chocaban, y cada dia se esparcían rumores , ya de que los jefes
del Callao pensaban hacer una marcha rápida hácia Cúcuta ,
donde el general Carrillo tenia cerca de ochocientos hombres ,
y unidos á este emprender nuevas operaciones ; ya que su
proyecto era atacar y batir en detal á los diferentes cuerpos
que se iban juntando en Zerrezuela. Este habría sido el plan
mas peligroso para los liberales y para la futura organización
de la Nueva Granada. La división Callao podia reunir mil seis-
cientos hombres de buenas tropas, y haciendo con celeridad su
marcha sobre Zerrezuela, que solo dista de Bogotá cinco leguas
de buen camino , sorprender y batir á los mil trescientos , la
mayor parte de milicias , que allí existían , mandados por el
general Antonio Obando. Afortunadamente Jiménez y socios
no tomaron con decisión un partido hostil á la causa de la li-
bertad, que hubiera corrido un gran peligro. Conociendo esta
situación peligrosa, Caicedo, López y otros hombres influentes
se empeñaron en calmar los ánimos enardecidos, y en inspirar
confianza al partido militar, de que fielmente se observaría el
convenio de Apulo. Muchos exaltados de uno y otro bando
deseaban con suma imprudencia un rompimiento que habría
costado harta sangre, causando males muy graves á la patria.
Para hacer mas crítica la posición del gobierno se supo que
algunos militares del Callao abrigaban el proyecto de asesinar
á López y á su comitiva. Persuadido este de la existencia de se-
mejante plan, y de la urgente necesidad que habia de reunir
las tropas y acercarlas á la ciudad , á fin de inspirar respeto ó
batir á la división Callao , salió de Bogotá (mayo 7) cerca de la
noche, y por caminos extraviados para evitar una celada, llega
á Zerrezuela. Después de dar aquí sus disposiciones marcha á
Cipaquirá á verse con el general Moreno. Hallóle enfermo é im-
pregnado de las ideas mas extravagantes. Sus malos y exaltados
consejeros le habían imbuido en que debia obrar con total in-
dependencia, hasta destruir absolutamente al partido boliviano,
matando ó desterrando á los que hubieran sostenido al Liberta-
dor. Hubo aun quienes propusieran á Moreno que asumiera la
dictadura, para extirpar al partido contrario. ¡Y estos hombres
se llamaban patriotas liberales!...
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CAPÍTULO XIX.
507
El general Moreno , aunque era un llanero ignorante , tenia ,
según el testimonio de los que le trataron de cerca, buenas in-
tenciones y deseaba el bien de la patria. Así, después de una
conferencia con López , ofreció obedecer sus órdenes y las del
vicepresidente, observando y haciendo observar lo convenido
en Apulo. El general en jefe marchó al dia siguiente (mayo 9)
para Zerrezuela, y en el mismo se puso en movimiento la divi-
sión Casanare hacia el cuartel general, la que tenia mil qui-
nientos hombres, mitad de infantería y el resto de caballería;
tres escuadrones eran de llaneros, excelentes y temibles jinetes.
Allanados puntos tan importantes para el restablecimiento del
órden, faltaba acordar el modo de refundir la división Callao
en las demás tropas, según lo convenido en Apulo. Con este
objeto el vicepresidente salió el 11 de mayo, asociado de Jimé-
nez y de otras personas, á tener en Fontibon, á dos leguas de
Bogotá, una entrevista con López y Moreno. Allí fué insultado
Jiménez en presencia de Caicedo y de López por los insubor-
dinados oficiales de Casanare, que aun dieron muestras de que-
rer asesinarle : una escena igual pasó entre los oficiales que
acompañaron á Jiménez y otros del gobierno. En medio de
estos disgustos, el vicepresidente y el general en jefe solo po-
dian calmar pasiones tan irritadas con su prudencia y sus con-
sejos, á fin de que no se cometiera un atentado criminal y es-
candaloso. Lo consiguieron, y el resultado de la conferencia fué
que el ejército del gobierno entraría en la capital el 13. Para dar
mayor solemnidad á su entrada se acordó que algunos de los
cuerpos mandados por Jiménez marcharían sucesivamente de
la plaza cuando se acercara el ejército constitucional, y se in-
corporarían á este para entrar todos juntos como hermanos y
compañeros de armas.
El 13 de mayo por la mañana cerca de cuatro mil hombres
de infantería y caballería se presentaron desde el extremo de
la calle ancha de San Victorino, hasta el puente de Aranda.
Según lo acordado , debían haber salido temprano quinientos
hombres del batallón Kífles á unirse y fraternizar con las tropas
qi# llegaban. Mas en vez de esto se presentó eu el llano de
Garzón el titulado general Vicente Piñérez á intimar oficial-
mente á López á nombre de Jiménez— « que los jefes y oficia-
les de su división habían resuelto morir con las armas en la
mano, ántes que obedecer las órdenes de que salieran los cuer-
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508 HISTORIA DE COLOMBIA.
pos sucesivamente á incorporarse con el ejército; que por tanto
se dispusiera para el combate , pues todo estaba pronto de su
parte , y solo se esperaba el regreso de Piñérez á la plaza para
marchar los batallones. » El general en jefe contestó semejante
mensaje con la firmeza y energía debidas al puesto que ocupaba,
y ordenó el ejército para la acción, en caso de que Jiménez
realizára sus bravatas.
En estas circunstancias, impuesto el vicepresidente del estado
crítico de los negocios ordenó á Jiménez y á López que guarda-
ran sus actuales posiciones sin dar un paso adelante, pues iba
á salir al campo á fin de arreglar la cuestión pendiente. En
efecto, se presentó á las once de la mañana, acompañado del
secretario de lo interior y de otros altos funcionarios, á tener
una conferencia con López. Manifestó en ella el vicepresidente
que los jefes de la plaza abrigaban desconfianzas y temían ser
víctimas del ejército libertador, y era por esto que no consen-
tían en la marcha sucesiva de los cuerpos de la división Callao.
Enumerando los motivos en que fundaban sus temores, se adu-
jeron como principales la aparición del ejército constitucional
cuando aun no se le esperaba , y las demasías que se permitie-
ron algunos oficiales con Jiménez y sus compañeros en la entre-
vista de Fontibon. « Para restablecer la confianza, dijo el señor
Caicedo, y hacer cesar los temores de los jefes del Callao, sería
preciso que las tropas constitucionales se retiraran á Fontibon,
miéntras se dispone la salida de los cuerpos que guarnecen la
ciudad, pues sin esta condición es difícil que Jiménez obedezca,
y en tal caso sería necesario combatir, originándose males muy
graves á la patria, »
López aseguró al vicepresidente de la rectitud de sus inten-
ciones y que habia improbado la conducta observada por algu-
nos acalorados imprudentes con Jiménez y sus compañeros , de
la que no podia inferirse que el ejército de su mando intentara
cometer con ellos una felonía ; así , que podia el gobierno dar á
los jefes residentes en la plaza todas las seguridades que juzgára
convenientes, de que serian respetados en sus personas y pro-
piedades, siempre que se sometieran á lo acordado en Fonti-
bon. En cuanto á la retirada del ejército á esta parroquia,
López la combatió como inútil y poco honrosa.
A pesar de que el vicepresidente á su regreso procuró inspi-
rar confianza á Jiménez sobre las buenas intenciones del ejér-
4
1
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CAPÍTULO XIX.
500
cito constitucional , no lo pudo conseguir, ni tampoco el que se
le obedeciera cumpliéndose con la salida de las tropas. Dió
mucho cuidado el que Jiménez ocupára sin órden ni conoci-
miento del gobierno el fuerte edificio del colegio de San Barto-
lomé, paso que indicaba miras hostiles, y que produjo grande
alarma é irritación en la ciudad. Dirigíase principalmente el
odio público en aquellas circunstancias contra los jefes y oficia-
les venezolanos , autores principales de estos desórdenes. Algu-
nos de ellos habian sido expelidos de Venezuela, y ahora vién-
dose sin patria ni hogar, pretendían residir en el centro, aunque
fuera soplando el fuego de la discordia; los otros deseaban con-
tinuar viviendo á costa nuestra y utilizándose de la sustancia de
los pueblos.
Un suceso inesperado vino á comprometer hasta lo sumo las
esperanzas que existían de una terminación pacífica de la con-
tienda. Los oficiales Galarza y Toledo, deseosos de verá sus
familias, entraron en la ciudad violando las órdenes generales de
López. Habiendo sido reconocidos por unos húsares de Ayacu-
cho correspondientes á la columna que trajo Briceño, Galarza
fué asesinado, Toledo herido y llevado prisionero á uno de los
cuarteles del Callao, donde se ocultaron los asesinos. El gene-
ral en jefe necesitó de la mayor firmeza, tino y prudencia para
contener á los jefes de los diferentes cuerpos , que pedían á gri-
tos un ataque inmediato contra los enemigos que violaban todas
sus promesas. Manifestóles que sería peligroso atacar en sus
fuertes cuarteles á la división Callao, que poseía todos los me-
dios de defensa, inclusa buena artillería ; que se derramaría así
inútilmente una sangre preciosa, pues era de hermanos; que
iba á exigir la entrega de los asesinos para que fueran castigados ;
y que si no obtenía la debida satisfacción, se hallaba con los
suficientes recursos para hacer rendir las armas á los facciosos,
sin exponerse á un derramamiento innecesario de sangre co-
lombiana.
Los habitantes de Bogotá sufrieron aquel dia (mayo 13) por
dos largas horas la mas penosa ansiedad, temiendo un ataque,
el^aqueo y las muertes que habrían sido consiguientes. Los
llaneros de Moreno eran los mas temibles, como indisciplinados
semibárbaros , que mataban á un hombre con la misma sangre
fria que á un toro.
En virtud de los esfuerzos que hacía el vicepresidente para
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510 HISTORIA DE COLOMBIA.
mediar entre los partidos contendores, pudo conseguir que
estos se reprimieran. Jiménez entregó presos á los asesinos, á
fin de que fueran juzgados por la autoridad competente, noticia
que se mandó publicar en el ejército para calmar algún tanto la
efervescencia de las tropas.
Habíanse ya cambiado várias contestaciones y mensajes entre
López y Caicedo, algunos de ellos bastante acalorados, cuando
el vicepresidente adoptó medidas mas eficaces para hacerse obe-
decer. Viendo la resistencia constante que oponian los jefes y
oficiales venezolanos á incorporarse con las tropas del gobierno,
les mauifestó que hallándose mal queridos en los departamentos
del centro , era mejor que pidieran sus pasaportes y que hicie-
ran lo mismo todos los que no quisieran seguir con la división
Callao á unirse con el ejército constitucional. Ademas, que los
cuerpos se pusieran á las órdenes del general en jefe, en la
misma noche, el que enviaria jefes y oficiales de su confianza
para que los mandáran. Este partido fué aceptado, y el vicepre-
sidente lo comunicó á López sin tardanza, previniéndole que
suspendiera la entrada de las tropas hasta el dia siguiente, y
que entre tanto el ejército se retirase á pernoctar en la hacienda
de Techo. A pesar de que muchos oficiales pretendían que se
desobedeciera esta órden, López la cumplió, sin embargo de
que el tiempo era horrible por las lluvias incesantes.
El vicepresidente dió cuenta al consejo de Estado de todo lo
ocurrido, indicándole que para cimentar la confianza sería con-
veniente que él dejara el mando , proposición que hizo en virtud
de la estipulación secreta que hubo en las Juntas de Apulo.
Empero el consejo se opuso unánimemente á la indicada re-
nuncia, y excitó al vicepresidente á continuar empleando sus
esfuerzos para conciliar los partidos y restablecer la calma de
la República, que se hallaba tan agitada.
Al dia siguiente (mayo 44) mas de ciento cinco jefes, oficiales,
sarjentos y cabos venezolanos pidieron sus pasaportes, unos
para Venezuela y otros para las Antillas. Al separarse del Ca-
llao desorganizaron los cuerpos sacando cerca de doscientos
hombres de los mejores para asistentes , y se dispersaron tá-
renla húsares de Ayacucho, que eran oíros tantos facinerosos.
Urdaneta, que aconsejaba á los suyos la sumisión al gobierno,
y que ninguna parte habia tenido en los disturbios de aquellos
dias, Briceño, Máres y otros oficiales de los mas comprometidos
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CAPÍTULO XIX. 511
se ocultaron en la ciudad, temiendo el odio y la efervescencia
de las pasiones que agitaban ai pueblo y á las tropas contra
ellos. Apénas quedaron ocho ó diez oficiales sin ningún jefe en
la división Callao, lo que demoró hasta las cuatro de la tarde
su entrega al general José María Mantilla, nombrado para reci-
birla; pero como llovia mucho y el ejército constitucional se
hallaba acampado á alguna distancia, se difirió la entrada para
el dia siguiente.
Á las siete y media de la mañana del 15 de mayo salió la
división Callao á unirse con el ejército, que estaba formado en
la llanura contigua á la calle ancha de San Victorino. Á las diez
y media rompió su marcha de entrada por las calles de San
Juau de Dios y del Comercio en medio de las aclamaciones de
un numeroso concurso, formándose en la plaza mayor. Hubo
en la parada, que fué hermosa por la variedad de trajes, espe-
cialmente de la caballería, el mejor órden. El pueblo y las
tropas manifestaron mucha alegría, porque veían cumplidos
sus mas ardientes votos, que eran por el restablecimiento de la
tranquilidad y de la paz , perdidas habia tantos meses.
En aquella misma parada , á presencia del vicepresidente, de
los altos funcionarios y de las tropas , fué disuelto el batallón
Callao, distribuyendo sus clases y soldados en otros cuerpos ;
esta suerte era bien merecida por su indisciplina y por el fu-
nesto ejemplo que habia dado destruyendo al gobierno legítimo,
y derramando tanta sangre en el Santuario. López envió la
bandera de este batallón al consejo municipal de Popayan,
para que se conservára en su sala, como un recuerdo honroso
de lo que habían trabajado los hijos de aquella ciudad por
restablecer el imperio de la constitución y de las leyes. El
mismo López era quien mas se habia distinguido en tan lau-
dable como patriótica empresa. Desde su arribo á Néiva, dos
meses ántes, trabajó en ella con actividad, valor, prudencia y
tino. La Nueva Granada jamas debe olvidar tan importantes
servicios.
Dos dias después de la disolución del Callao cupo la misma
siM|pte á la columna de Boy acá, que correspondía a la división
Briceño. Se dispuso que los jefes y oficiales de esta y del Callao
que hubieran pedido sus pasaportes , se dirigieran á Cúcuta en
partidas de diez en diez, supervigilados por un oficial del go-
bierno, á fin de impedir cualquiera reunión peligrosa á mano
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512 HISTORIA DB COLOMBIA.
armada. Después siguieron otros jefes y oficiales por la vía de
Santamaría.
Tal fué la terminación feliz de la rebelión que iniciára el ba-
tallón Callao el 12 de agosto del año anterior. La fuerte aversión
que tenia la generalidad de los pueblos al mando despótico y á
las arbitrariedades del partido militar; su justo anhelo por ver
organizados los departamentos del centro con absoluta inde-
pendencia del norte y sur de Colombia ; sus ardientes deseos de
que la representación nacional acordara una constitución y
leyes que ofrecieran verdaderas garantías á las libertades pú-
blicas : hé aquí los estímulos poderosos que casi á un mismo
tiempo hicieron levantar á los pueblos contra un poder usurpa-
dor. Mas sus generosos y patrióticos esfuerzos habrían carecido
de centro y de una verdadera legitimidad , sin la declaratoria
del 14 de abril. Asumiendo el vicepresidente Caicedo el poder
ejecutivo conforme á la constitución de 1830 , zanjó todas las
dificultades y puso los fundamentos para el convenio de Apulo.
Con esta prudente y oportuna transacción de los opuestos ban-
dos, quitó al partido militar el único jefe de antiguo renombre
que podia capitanearlo en los departamentos de los Andes gra-
nadinos , y evitó la guerra civil. El general Urdaneta tuvo el
buen juicio y el desprendimiento bastante para retirarse de la
lid y no derramar la sangre de sus hermanos, sacrificando en
gran parte su amor propio y su fama militar.
Á pesar de las amargas críticas que los exaltados liberales
hicieron en esta época al vicepresidente Caicedo, sobre los
miramientos con que trataba á los jefes y oficiales adictos al
partido militar, y por lo que llamaban su debilidad , esta-
mos persuadidos de que sin su prudencia y contemporizacio-
nes, habría estallado la guerra civil, y derramádose mucha
sangre antes de terminarla. Creemos por tanto que esta es una
de las páginas hermosas de la vida pública de Caicedo , digna
del reconocimiento, así de los contemporáneos como de nuestra
posteridad.
Cuando ocurrían estos sucesos en Bogotá, se conmovían igual-
mente las provincias del departamento de Boyacá. La de Tu&ja
se pronunció contra el gobierno de Urdaneta á consecuencia de
la acción de Serinza. £1 ciudadano Eduardo Flórez, vecino de
Yélez, poniéndose á la cabeza de unos pocos hombres , libertó
la del Socorro, auxiliado por sus moradores, siempre liberales
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CAPÍTULO XIX.
513
y belicosos. Era comandante de armas de aquella provincia To-
mas Fernández, el que sin embargo de ser natural de ella, la
había tiranizado en extremo , siguiendo el impulso que le daba
su cuñado el general Justo Briceño. Vióse Fernández obligado
á huir hácia Jirón y Pamplona.
Esta provincia tuvo mas dificultades para conseguir el resta-
blecimiento de su libertad. En los valles de Cúcuta existían
cerca de ochocientos soldados de la división Boyacá, los que
hacían la guarnición de aquella frontera y guardaban la línea
del Táchira. Contra dichas fuerzas había marchado con alguna
tropa el coronel José María Várgas, enviado desde Tunja por el
general Moreno. Auxiliado Várgas por las milicias del Socorro
y de Málaga , ocupó la ciudad de Pamplona retirándose un
destacamento venido de Cücuta , que se llevó las armas y mu-
niciones que allí existían. Pamplona se declaró entonces por el
gobierno legítimo , lo que había querido ejecutar desde ántes.
Empero no hicieron lo mismo las tropas de Cúcuta, regidas
por el general venezolano Cruz Carrillo. Este era decidido por
el gobierno de Urdaneta, y por algunos días no quiso acceder
al reconocimiento del gobierno legítimo, sino era bajo de cier-
tas condiciones. Mas urgido por el coronel Várgas , quien le
amenazaba con hostilidades, y viendo ser imposible que se sostu-
vieran aquellas tropas, cedió el mando al coronel José de la Cruz
Parédes, que desde ántes habia sido nombrado para sucederle.
Persuadido de la crítica situación en que se hallaban los Venezo-
lanos en la Nueva Granada, celebró un convenio con el general Pi-
ñango, jefe de las fuerzas de Venezuela que existían en aquella
frontera. Conforme á dicho convenio los jefes militares y oficia-
les venezolanos serian admitidos en Venezuela con sus empleos
y grados , sometiéndose á la constitución de aquel Estado , de
cuyas garantías debían gozar lo mismo que los demás ciudada-
nos. También se estipuló que se daría asilo en Venezuela á los
Granadinos comprometidos con el partido liberal, que se deci-
dieran á trasladarse á su territorio , ya fuesen militares ó ya
civiles. En consecuencia los generales Carrillo y Blanco , el co-
rcusí Parédes y algunos oficiales y soldados venezolanos pasaron
la línea del Táchira con sus armas y municiones, y se pusieron
á las órdenes del general Piñango. Este avenimiento fué cele-
brado generalmente ; los Granadinos deseaban que los Vene-
zolanos se fueran á su patria , pues temían nuevas revueltas
TOMO IV. 33
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514 HISTORIA DE COLOMBIA.
promovidas por el genio inquieto de algunos hijos de aquel país.
El resto de las tropas y oficiales granadinos que había en
Cúcula, en número como de seiscientos hombres, marchó hácia
Pamplona á las órdenes del coronel Vargas. No temiéndose ya
nada de Venezuela, se dejaron los valles de Cúcu ta con un corto
destacamento : su objeto principal era supervigilar é impedir
cualquiera tentativa que pretendieran hacer algunos Granadi-
nos inquietos, asilados en la frontera venezolana.
Tan faustos acontecimientos produjeron en las provincias de
la Nueva Granada una alegría general , y hacían concebir espe-
ranzas muy halagüeñas de un porvenir mas dichoso. Con tales
sucesos se había terminado enteramente el grito que se diera
en los departamentos del centro en favor de la integridad de
Colombia. Poco ántes había obtenido igual triunfo el gobierno
del Ecuador. Veamos ahora cuál había sido el éxito de la con-
tienda que dejamos trabada en Venezuela por la misma causa,
dirigida por el general Monágas.
Dijimos ántes que el congreso de Venezuela había autorizado
al jefe del poder ejecutivo, general Páez , á fin de ponerse á la
cabeza del ejército en campaña , concediéndole la facultad de
una completa amnistía á los disidentes. Miéntras que esto se
verificaba, hubo algunos combates parciales entre las fuerzas del
gobierno y las de Monágas , en que por lo común fueron estas
maltratadas. El general Mari ño hizo marchas hábiles y obtuvo
la superioridad sobre los contrarios. Invitado á una conferencia
por Monágas , la realizaron á las márgenes del rio Uñare. Allí
los defensores de la integridad de Colombia propusieron á Ma-
riño un nuevo plan , que tenia por objeto formar un Estado de
las cuatro provincias de Cumaná, Barcelona, Margarita y
Guayana, con el título de Estado de oriente, que debia federarse
con los que se constituyeran en el resto de Venezuela. Este
proyecto fué desenvuelto en un acta de Barcelona del 22 de
mayo, en que se proclamara á Marino como primer jefe del
Estado de oriente, y á Monágas como el seguudo. Hubo mo-
mentos en que parecía que lisonjeado Mariñocon esta esperanza
de próximo engrandecimiento , habia adoptado la propu*4a.
Sin embargo se mantuvo fiel, y recibió una severa improbación,
tanto del gobierno de Páez como del congreso , porque habia
sometido el mencionado plan á la consideración de este, sin ha-
berlo ántes rechazado., según lo exigían sus deberes.
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capítulo xix. 5<r>
Viendo Monágas que nada podia adelantar y que sus proyec-
tos eran inasequibles , aceptó la entrevista con Páez , que se
tuvo en el valle de la Pascua , correspondiente al cantón de
Chaguarámas. Fué su resultado expedir Páez su decreto de 24
de junio , mandando restablecer la constitución y las leyes de
Venezuela en las provincias de Guayana , Barcelona y Marga-
rita, en los cantones del llano de Cumaná y en el de Chaguará-
mas en la provincia de Carácas ; disponer que los magistrados ,
jefes , militares y empleados en la administración que existían
en dichas provincias en Io de enero último, tornáran al ejerci-
cio de sus funciones; prescribir el licénciamiento de las tropas
que se hubieran reunido por órdenes del general Monágas, re-
cogiéndose las armas y municiones; disponer la devolución á
sus dueños del ganado vacuno, caballos, muías y otros efectos
que se hubieran tomado; conceder, finalmente, á Monágas y á
los demás jefes , oficiales y soldados , así como á cualesquiera
otras personas comprometidas en el movimiento revolucionario
de las mencionadas provincias , la mas completa garantía y se-
guridad de sus personas y propiedades. Por este acto se puso
fin á las turbaciones que ocasionaron los pronunciamientos de
las provincias orientales de Venezuela. Poca sangre se derramó
en los combates , y al fin los Venezolanos se dieron un ósculo
fraternal. Resultado feliz que aplaudimos con mucho placer.
Atribuyóse en gran parte a la disciplina , moderación y fideli-
dad del ejército de Venezuela , que en aquellas circunstancias
difíciles dió pruebas inequívocas de moralidad. Por estas virtudes
el congreso acordó un acto espléndido en su elogio, declarán-
dole « salvador de la patria. » Después de haber celebrado con
entusiasmo tan feliz pacificación, se puso en receso el 3 de julio.
Termináronse igualmente por el mismo tiempo los movi-
mientos revolucionarios promovidos en Barquisimeto y Trujillo
por los coroneles Castañeda y Cegarra, en favor de la integridad
de Colombia y de la religión ultrajada por la expulsión del ar-
zobispo de Carácas. Á pesar de que juntaron algunos partida-
rios y de que en la parroquia de San Lázaro , cantón de Tru-
se levantara también el comandante Pedro Alcázar bajo
del mismo pretexto , no pudieron sostenerse. Alcázar fué redu-
cido á prisión; Castañeda y Cegarra, asi como sus partidarios,
salvaron sus vidas por un indulto que les concediera el go-
bierno; mas perdieron sus grados y empleos.
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516 HISTORIA DE COLOMBIA.
-
Después de este movimiento revolucionario en favor de la
integridad de Colombia, no hubo otro que se presentara en Ve-
nezuela con alguna seriedad para sostener aquella causa. Tam-
poco en el Ecuador ni en los departamentos del centro. Así fué
que entonces pareció consumada la separación de las diferentes
partes de Colombia.
Aun faltaba mucho para su organización, especialmente en
el centro. Según referimos ántes , el vicepresidente Caicedo ha-
bía quedado reconocido el 15 de mayo por todas las tropas exis-
tentes en Bogotá. Mas su política conciliatoria no era aprobada
por algunos jefes militares y por gran parte de los corifeos del
partido liberal. Así fué que en las noches del 46 y 47 de mayo
hubo numerosas juntas de jefes militares y de muchas personas
civiles, presididas por el general Moreno. En dichas juntas se
declamó fuertemente contra la conducta política de Caicedo;
improbáronse especialmente la composición del ministerio y del
consejo de Estado, porque existían en uno y otro varios miem-
bros que habían sido amigos y consejeros de Bolívar y de Ur-
daneta. Censuróse con acrimonia revolucionaria, que aun se
paseáran en la capital los jefes y oficiales de la división Callao,
que pidieron sus pasaportes, á quienes el gobierno habia con-
cedido algunos dias de plazo á fin de preparar su viaje. Díjose
que era necesario adoptar sin tardanza alguna fuertes medidas,
tales como la renovación del ministerio, del consejo de Estado
y de todos los empleados civiles, reemplazándose con personas
que mereciesen la absoluta confianza del pueblo; la reducción
de empleados , de los que solo debían quedar los que fueran
absolutamente necesarios; la reforma de la lista militar activa
y de las milicias, separando á todos los desafectos; la expulsión
temporal de algunos de estos fuera del territorio granadino , y
la confinación de otros á provincias donde no fuesen perjudi-
ciales ; la remoción de sus beneficios á algunos eclesiásticos te-
nidos por bolivianos decididos; en fin, la reforma del regla-
mento de elecciones para la convención, convocándola para un
tiempo mas cercano , disminuyendo igualmente las bases de
población , de edad y de propiedad. Sobre todos estos patatos
se pronunciaron violentos discursos , que respecto de algunos
oradores eran la libre expresión de la venganza que respiraban.
Sin embargo, al mismo tiempo les ocurría que todos sus
proyectos de destierros y deposiciones de empleados civiles,
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CAPÍTULO XIX.
ÍH7
militares y eclesiásticos , así como de las reformas que exigía
el partido liberal , debían encallar en el carácter bondadoso y
conciliador del vicepresidente Caicedo , que decididamente re-
chazaría ó daria largas á las exigencias de los exaltados. Se pro-
puso , pues, y se apoyó por una gran parte de los concurrentes
á la primera de aquellas juntas, un plan harto violento. Díjose
que contando con los jefes del ejército, especialmente con los de
la división Casanare, que eran los mas violentos, se quitase el
mando al vicepresidente, y que se nombrára al general José
María Obando, ó al general Moreno jefe del gobierno, dándole
plenas facultades para ejecutar sin tardanza las medidas pro-
puestas; una de ellas era la de prender inmediatamente á Urda-
neta y á todos los jefes y oficiales de su partido.
Aun duraba la discusión , cuando se presentó en la sala el
general en jefe López, que había tenido oportuno aviso délo
que se trataba. Después de haber escuchado las proposiciones y
discursos, cada vez mas acalorados, que se hacían, con los que
procuraban los exaltados atraerle á sus opiniones, López emitió
la suya, absolutamente contraria á las violentas, sediciosas y
revolucionarias medidas que se habían sostenido.
Comenzando por manifestar que á nadie cedía en principios
republicanos ni en los ardientes deseos de ver asegurada la li-
bertad que acababan de reconquistar, les preguntó : « ¿Hay
aquí un solo patriota que ultrajando al gobierno legítimo y á
la santidad de las leyes , intente arrogarse facultades que no le
han sido otorgadas , para tomar en su virtud medidas de hecho
á fin de aterrar á nuestros antiguos enemigos? ¿Hay uno solo
que quisiera hollar la constitución, y con la espada en la mano
amenazase las garantías sociales, se sobrepusiese á la autoridad
constituida, y obrase apasionadamente por el estéril y vergon-
zoso deseo de una venganza criminosa? Pues digo á Ustedes que
el que tal piensa no es patriota, no ama al país, ni quiere el
honor y lustre del ejército libertador. Ningún argumento mas
fuerte de retorsión pudiera ofrecerse á nuestros enemigos; nin-
guna justificación mas completa pudiera presentárseles. ¿Por
quras que los hemos combatido, por qué hemos venido hasta
esta ciudad , trayendo en triunfo el pabellón nacional? ¿No ha
sido porque nuestros adversarios despreciaron las leyes y der-
rocaron el gobierno? ¿No ha sido por restablecer el imperio de
esas mismas leyes, y reinstalar á ese mismo gobierno en el
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HISTORIA DE COLOMBIA.
puesto que le habían usurpado el despotismo militar y una
ambición desenfrenada? ¿Y no es por esta conducta que hoy se
cubre de honor y gloria el ejército restaurador? Y obrando en
contrario ¿qué se diría de nosotros? Nada ménos se diria sino
que nuestras intenciones no habían sido otras que reemplazar
á los anteriores mandatarios , y gobernar como ellos á nuestro
antojo; que nuestro objeto no habia sido restablecer la libertad
sino oprimir al pueblo invocándola. »
Luego que expuso López razones tan poderosas para conde-
nar el proyecto que se discutía, convino con los de la junta en
que era excesiva la lenidad del vicepresidente; pero hizo el
debido honor á la rectitud de sus intenciones y á la bondad de
su carácter, que no le permitía afligir ni aun á sus mortales
enemigos. Díjoles que podían sacar grandes ventajas del genio
conciliador de Caicedo, sin necesidad de ocurrir á medios vio-
lentos, — « que nos harían perder en un instante la suma de
reputación que hemos ganado en tantos años, y nos arrojaría
en un océano de calamidades y deshonra. » Comprometióse
López á ser el mediador entre ellos y el gobierno, asegurándo-
les que el vicepresidente haría cuanto le fuera posible para sa-
tisfacer los deseos de los miembros de la junta ; aseguró espe-
cialmente que bien pronto se alejarían los jefes y oficiales que
habían pedido sus pasaportes , cuya residencia en Bogotá era
peligrosa, y al mismo tiempo desagradable á los patriotas libe-
rales.
Mas ninguna de tan plausibles razones y promesas calmó la
efervescencia y calor de la junta. Nuevos discursos se pronun-
ciaron cada vez mas amenazadores. Decían que nada se podía
esperar del vicepresidente , — «y que no debían separarse sin
haber resuelto obrar por sí mismos , ántes que sus gargantas
fuesen cortadas por la cuchilla de sus enemigos, á quienes pa-
trocinaba el vicepresidente con desprecio y mengua de los ciu-
dadanos ilustres y beneméritos. »
Miéntras los oradores peroraban de esta manera para irritar
los ánimos, López, hablando privadamente á Moreno, consiga ió
persuadirle que sus consejeros, que pretendían ser sus amigos,
trataban de precipitarle haciéndole perder su reputación y cré-
dito; así, que suspendiese toda deliberación en aquella junta
hasta que él obtuviera una respuesta del vicepresidente, lo que
Moreno prometió hacer.
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CAPÍTULO XIX.
519
Esto no curó el nial ; se aumentaba por instantes la exaltación
de la junta, y habia poca esperanza de calmarla. «No perdamos
el tiempo, decían, no perdamos el tiempo inútilmente. Si el
general en jefe no apoya nuestros proyectos ; si nos da la pena
de verle separado de nuestro lado discorde en opiniones, que él
tome en hora buena su partido, que nosotros tomaremos el que
nos corresponde, y en que ya estamos todos convenidos. »
Entonces irritado López con tan irregular tenacidad , les dijo
que se equivocaban si creían que serian sostenidos por todo el
ejército en medidas diametralmente opuestas á la constitución
y á las leyes; que la división Cundinamarca sostendría al go-
bierno con fidelidad, y que poniéndose á su cabeza, él se sacri-
ficada mas bien al lado de muchos de sus compañeros de
armas, que estaba seguro abrigarían los mismos sentimientos,
ántes que consentir en un solo acto de rebelión.
íbase agriando por momentos la disputa , y López hablaba
ya de actos indebidos por su parte , cuando el general Moreno,
aprovechando un momento de silencio, dijo : — « que en vir-
tud de las seguridades que daba el general en jefe , de que el
vicepresidente adoptaría medidas mas firmes , era de concepto
que se abrazáran sus indicaciones, y que todos se retirasen
hasta obtener la respuesta. » Convínose en esta proposición, y
allí mismo se dieron á López los apuntamientos de las medidas
que, en concepto de la junta, debían tomarse por el vicepresi-
dente.
De esta manera frustró López con su oportuna firmeza y buen
juicio los anárquicos proyectos de aquellos demagogos, aña-
diendo nuevo lustre al mérito que ya habia adquirido. Coadyuvó
á tan importante objeto el antiguo patriota doctor Ignacio Her-
rera, sin embargo de que sus opiniones habían sido exageradas,
especialmente contra los Bolivianos, á quienes detestaba.
Conforme á lo que públicamente se dijo en aquella época, se
distinguieron en la mencionada junta los dos hermanos Juan
Nepomuceno y Vicente Azuero , por la exageración de sus pre-
tensiones. El último, que estaba adornado de talentos, de
prftcipios republicanos , de vasta lectura , y que hablaba con
mucha facilidad , tuvo que defenderse de las opiniones verda-
deras ó que se le atribuyeron en aquellas juntas. Escandalizó
principalmente á los habitantes de la capital, que el atleta mas
denodado contra la dictadura de un hombre como Bolívar, la
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HISTORIA DE COLOMBIA.
propusiese ahora en cabeza de Obando ó de Moreno, contradi-
ciendo de esta manera toda su anterior conducta, y manifes-
tando que no los principios, y sí las pasiones eran las que le
movían.
Para vindicarse, pues, de tales censuras, dio Ázuero á luz
una manifestación de sus opiniones , que verdaderamente no le
hizo honor. Decia en ella « que no sabia por qué ciega fatalidad
le cabia en todos tiempos la triste suerte de ser perseguido y
calumniado. » Era fácil para un observador explicar este hecho
cierto. Azuero no examinaba el carácter de los pueblos ni el de
los hombres con quienes vivia : tenia por esto la extraña pre-
tensión de que se organizáran y gobernaran por las teorías que
él exageraba de la última obra de política que habia leido. En
consecuencia se hallaba siempre excéntrico y contrariado por
hombres mas positivos, lo que no podia sufrir su genio irrita-
ble. Él negó que hubiera propuesto un dictador; pero no se
mostró contrario á la institución de un magistrado semejante,
a Víctima, decia, de los dictadores, soy enemigo de ellos.
Pero ¿quién ignora que en los pueblos modelos de la libertad
se suspende el acto del habeas corpus que contiene las garantías
individuales, en los casos de grave peligro ó de discordia civil ? »
En estos mismos casos fué que en Colombia se ocurrió á la dic-
tadura, que él tanto habia improbado.
Pero en vez de que Azuero sincerára con la expresada mani-
festación su conducta política, causó otro nuevo escándalo por
un ataque brusco, inoportuno é injusto que diera á la consti-
tución de 1830. Esta era el principio de unidad y de legitimi-
dad proclamado por los pueblos como la áncora de órden y
salvación ; el vicepresidente era también obedecido por la mayor
parte de las provincias como emanación legítima de aquel có-
digo. Así fué que todos los verdaderos patriotas procuraban
aumentar entonces el prestigio de la constitución, que tantos
bienes estaba produciendo. Sin embargo, Azuero con el poco
tacto político que acostumbraba , y para sostener una hipótesis,
escribe y publica en toda Colombia que la constitución no es
legítima , porque fué obra del admirable convocado por el uSír-
pador Bolívar; porque Venezuela , el Ecuador y algunas pro-
vincias del centro no la aceptaron ; en fin , porque las bayonetas
la echaron abajo el 27 de agosto en el Santuario. De aquí infería
que se podían adoptar, sin que hubiese ley que obstára, cuan-
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CAPÍTULO XIX.
tas medidas violentas se propusieron en las mencionadas juntas.
Añadía que tres ó cuatro horas eran suficientes para acordarlas,
y salvar así la República. Afortunadamente la manifestación de
Azuero fué impugnada con razones victoriosas, lo que impidió
en su mayor parte los malos efectos que pudiera haber produ-
cido.
En medio de este torbellino de pasiones encontradas , era
bien crítica la situación del vicepresidente , á quien se comba-
tía en sentidos opuestos. Empero sostenido por la calma bonda-
dosa de su carácter, y apoyado eficazmente por el general
López, por los coroneles Posadas, Montoya, Acevedo y otros
jefes amigos del órden legal, y por la división Cundinaraarca,
pudo frustrar los anárquicos proyectos de los exaltados libera-
les, de la misma manera que había impedido la guerra civil.
Para esto fué preciso disminuir las tropas existentes en la
capital, lo que se consiguió proporcionando á las milicias algu-
nos auxilios en dinero á pesar de que se hallaban exhaustas las
arcas nacionales. Esto era mas urgente por los robos y asesina-
tos que principiaban á experimentarse en Bogatá y en sus alre-
dedores. Atribuyéronse con justicia y verdad á los soldados de
la división Casanare, y á los desertores del escuadrón Ayacucho
y del Callao. Entre tanto la muerte dada por seis enmascarados
á un Alemán, cervecero de profesión, llamado Meyer, por ro-
barle, causó mucho alarma á los extranjeros ; temían que fuese
una conspiración contra ellos , porque ántes habían ocurrido
otros dos casos semejantes, alarma que pronto se disipó.
Después de acudir el vicepresidente á la salida inmediata de
las milicias, dedicóse á meditar las concesiones que debería
hacer á las exigencias de los exaltados liberales. Afortunada-
mente recibió en aquellas circunstancias (mayo 49) la plausible
noticia de la capitulación de Cartagena, y de que el general
Luque con sus tropas y los pueblos del Magdalena estaban de-
cididos á sostener la constitución de 4830 y los magistrados
que conforme á ella se habían elegido. Esto le inspiró mayor
firmeza, tanto respecto de los adictos al partido militar como
d^os liberales. Hizo, pues, que salieran inmediatamente para
el departamento del Magdalena los jefes y oficiales del Callao,
que después de haber pedido sus pasaportes aun permanecían
en la capital. Concedió á los liberales por un decreto de 20 de
mayo, que se instalára la convención el 15 de octubre, antici-
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522 HISTORIA DB COLOMBIA. — CAPÍTULO XIX.
pándose un mes el dia prefijado anteriormente. Mas no habiendo
quedado contentos los liberales, arrancaron al vicepresidente
otras concesiones respecto de la misma convención. Tales fue-
ron que por cada quince mil almas se nombrara un diputado,
y otro por un residuo que excediera de la mitad, rebajándose
la edad de los representantes, de treinta á veinte y ocho años.
En lo que sí permaneció inflexible el vicepresidente, fué sobre
la propiedad exigida á los sufragantes parroquiales y á los
electores, puntos que Azuero y otros pedian que se reformáran;
no se hacían cargo de las castas numerosas que tenemos, ni de
la ignorancia de las masas de nuestra población. Improbamos
también el empeño de algunos liberales por que se disminuyera
la base de población, á fin de aumentar el número de diputados
en la convención que iba á reunirse. Mas vale siempre una
corporación de hombres escogidos, aunque sea poco numerosa,
que otra de muchos, en que una gran parte carezca de valía
individual. Lo mismo opinamos respecto de la edad de treinta
años , preferible á otra menor por el juicio y la experiencia, que
maduran; pero los demagogos querian tener mas deslinos que
ocupar con las menores trabas posibles.
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CAPÍTULO XX.
Petición de Obando y López para que se les juzgue. — Declaraciones del
poder ejecutivo y de la alta corte de justicia. —Irritación contra Urdaneta,
que se va con su familia. — Partida de otros jefes y oflciales. — Obando
se posesiona del ministerio de la guerra. — Junta revolucionaria contra
el vicepresidente Caicedo. — Petición que le dirigen algunos jefes mili-
tares. — En consecuencia renuncian los ministros Castillo y Mendoza. —
Irritase el vicepresidente, y los liberales moderados culpan á López. —
Calumnias contra el Libertador y Urdaneta. — El vicepresidente hace
nuevas concesiones. — Expulsión de los jefes y oflciales urdanetistas. —
Renovación del ministerio. — Santander restituido á todos sus honores
y derechos; igual reintegración hace el ejecutivo á los que sufrieron
por el 25 de setiembre. — Célebres discusiones en el consejo de Esta-
do. — Propónese la nulidad del convenio de Apulo. — Se consultan al
vicepresidente otras medidas violentas. — No las adopta ; sus motivos.
— Caicedo está discorde con su ministro Obando. — Regresa á los Llanos
la división Casanare. — Elecciones para la convención. —Alzamiento del
coronel Alzuru en el Istmo. — Le reemplaza el ejecutivo con el coronel
Herrera. — Este no es admitido en Chágres. — Sitúase en Portobelo y
pide auxilios á Cartagena. — Pormenores sobre la rebelión de Alzuru en
Panamá. — Motin del batallón Tiradores en Santamaría. — Se reprime
expulsándose á los revoltosos. — Situación de Herrera en Portobelo. —
Recibe comisionados de Panamá. — Rómpelas negociaciones y se le unen
los comisionados. — Apodérase de Chágres. — Tropelías y preparativos
de Alzuru en Panamá. — Avanza el coronel Herrera á las cercanías de
esta ciudad. — Expedición que el general Fábrega reúne en Veráguas;
marcha contra Alzuru. — Herrera ataca á este y le derrota. — Arriban
el mismo dia las tropas de Fábrega. — Prisión de Alzuru y de otros
cabecillas. — Cuatro son fusilados. — Arribo de Luque á Chágres con
^erzas auxiliares. — Trasládase á Panamá ; asegura la tranquilidad y
unión del Istmo. — Son expelidos del centro los jefes y oficiales vene-
zolanos. — Luqué y las tropas vuelven á Cartagena. — Comisión del
coronel Montoya á las provincias del Magdalena. — Estas se gobiernan
civil y militarmente con independencia unas de otras. — Carácter general
de los diputados para la convención granadina; faltan los de algunas
provincias. — Nueva misión diplomática que envia Flórez á Bogotá. —
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524 HISTORIA DE COLOMBIA.
La opinión del centro está decidida contra las usurpaciones de su terri-
torio. — Disturbios en Bogotá. — Juicio y condenación del coronel Cas -
tellí. — Exigencias vengativas del partido exaltado. — Movimientos que
causa un juicio de imprenta. — Censura de algunos hechos. — En Po-
payan despiden las tropas del Ecuador. — Provincias que no eligieron
diputados. — Ministros reemplazados. — Instálase la convención grana-
dina. — Mensaje del poder ejecutivo : puntos que contiene. — Renuncia
del vicepresidente , que no es admitida. — Negocios que discute la con-
vención. — Animosidad contra la memoria de Bolívar. — Exposiciones que
presentan los ministros de Estado. — Juicio acerca de ellas. — López
marcha hácia Popayan á promover la unión. — Primer decreto de la con-
vención acerca de la reincorporación del Cáuca. — Alzamiento del
batallón Vargas en Quito : su castigo cruel. — Discusiones sobre el
nombre de Colombia. — El centro adopta el de Nueva Granada. — Lí-
mites que asigna á la República. — Bases para su organización. — Aná-
lisis y juicio sobre el proyecto de constitución granadina. — El vicepre-
sidente Caicedo es reemplazado por el general Obando. — Decreto reser-
vado de expulsión contra muchos. — Cúmplese respecto de los militares
y civiles. — Decrétase un gobierno provisional para la Nueva Granada. —
Es reconocido por los ministros extranjeros. — Estado de la cuestión del
Cáuca. — Proyectos políticos de sus habitantes y de los del Istmo. —
Casanare se reincorpora á la Nueva Granada. — Gaceta del gobierno gra-
nadino. — Decreto sobre el crédito público. — Triste situación rentística.
— Pronunciamiento de la guarnición de Popayan. — Proclama de Flórez
contra el gobierno de la Nueva Granada. — La convención Aja bases para
reconocer al Ecuador. — Popayan y el Chocó se reúnen á la Nueva Gra-
nada. — Se acuerda la constitución granadina ; su análisis. — Santander
y Márquez nombrados presidente y vicepresidente. — Este se encarga
del poder ejecutivo. — Envia una comisión de paz al Ecuador. — Bases
que fija la convención granadina para la unión colombiana. — La con-
vención termina sus sesiones con un decreto de olvido. — Acuerdo del
congreso de Venezuela para reorganizar á Colombia. — No produce buen
resultado la comisión al Ecuador. — Se rompen las hostilidades. — La
Nueva Granada recupera á Pasto. — Termínase la guerra por un tratado.
— La Nueva Granada reintegra su territorio. — Ocurren nuevas dificul-
tades para reorganizar á Colombia. — Se abandona la idea de una con-
federación . — Se trata de dividir la deuda y los intereses comunes al
Ecuador , Nueva Granada y Venezuela. — Tratado concluido en Bogotá
que pone las bases. — No concurre el Ecuador , desorganizado por la
guerra civil. — El gobierno de Venezuela aprueba y ratifica el tratado
sobre la división de los intereses colombianos comunes. — Oposición de-
cidida del congreso granadino. — Se rechaza el tratado; mas consideré*
de nuevo se aprueba. — Lo mismo hace el Ecuador. — Reúnese en Bo-
gotá la comisión colombiana de ministros. — Protocolo que acuerda sobre
las deudas activas de Colombia. — División de las pasivas. — Suma que
corresponde á cada república , de capital é intereses. — Cantidades que
habían amortizado. — Conclusión de la Historia.
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CAPÍTULO IX.
Año de 1831. — Las concesiones otorgadas á los liberales por
el vicepresidente Caicedo habían satisfecho algún tanto las aspi-
raciones de estos; esperaban, sin embargo, obtener otras várias
luego que el general Obando se posesionara del ministerio de
guerra y marina. Arribó en efecto á la capital (mayo 25), y al dia
siguiente hizo una representación al poder ejecutivo, que firmó
también el general López. Decían que en oficio de 2 de no-
viembre de 1830, dirigido por el ministro de la guerra de Urda-
neta al general Pedro Murguéitio, y publicado en la Gaceta de
Colombia, se les llamó asesinos del gran mariscal de Ayacucho ;
y que se habia asegurado existir en las oficinas del gobierno las
pruebas de que ellos perpetraron aquel horrendo crimen. En
consecuencia pedían al vicepresidente que se recogieran dichas
pruebas de las secretarías, y en caso de haberlas, se les siguiera
el competente juicio; pero que si no existían se diera la orden
para que los ex-ministros afianzaran la calumnia.
Concluían haciendo la protesta, el general Obando , de que
ántes de purificar su conducta no le era decoroso tomar posesión
del alto puesto de ministro de la guerra; y López, de que no
podia continuar desempeñando el importante destino de general
en jefe, del que pedia se le relevára. Después de mandar reunir
los documentos que hubiera en los archivos de los respectivos
ministros, declaró al poder ejecutivo : — « que no resultaba de
ellos la justificación necesaria sobre el autor de la muerte del
general Sucre, y que existiendo los datos con que pudiera for-
marse el proceso en el sur, que se habia erigido en Estado in-
dependiente, se pasára el expediente á la alta corte marcial, á
fin de que aconsejára el poder ejecutivo la providencia que hu-
biera de dictar en desagravio del honor de los generales Obando
y López. »
Esta declaratoria tuvo la particularidad de haberla suscrito
el ministro Pey, el mismo que habia firmado el oficio en que se
les habia declarado asesinos : indiferencia que no hubiera
tenido cualquiera otro hombre mas pundonoroso ó entendido.
La alta corte marcial, presidida por el doctor Félix Restrepo,
dGblaró á la consulta del gobierno, que de todos los documentos
existentes contra Obando y López — «no resulta ni aun por
lijeros indicios, que dichos generales hayan tenido parte directa
ó indirectamente en aquella muerte (la de Sucre), y el tribunal
opina que la declaratoria de la Gaceta de 7 de noviembre de
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526 HISTORIA DE COLOMBIA.
4830, á mas de su ilegalidad por no habérseles oido con arreglo
á la constitución y á las leyes, es positivamente voluntaria y
calumniosa. Reservando á dichos señores generales su derecho
contra el autor ó autores de la calumnia, para que usen de él ,
si lo juzgaren conveniente, ante los tribunales respectivos. » El
poder ejecutivo hizo sustancialmente la misma declaratoria que
publicó en la Gaceta oficial (i).
La representación de Obando y López dirigida contra Urda-
neta y sus ministros, para exigirles que probáran sus aserciones,
y una carta del mismo ürdaneta escrita al general Montilla que
se diera á luz , causó mucha irritación contra él. Decia en la
carta , que le enviára oficiales venezolanos , únicos en quienes
confiaba, porque los Granadinos eran traidores; al mismo
tiempo despedazaba en ella á López, Flórez , Castillo y sus mi-
nistros Pey y Mendoza, tratando con justicia á los dos últimos
de ineptos. Aunque Urdaneta negára la autenticidad de esta
carta, como presentaba muchos caracteres de ser genuina, au-
mentó sobre manera el odio que se le profesaba en Bogotá.
Temiendo, pues, las consecuencias, determinó partir inme-
diatamente para Santamaría, á fin de salir de Colombia. Verifi-
cólo el 28 de mayo por la noche, de acuerdo con el vicepresi-
dente, el que , para mayor seguridad de su persona , le hizo
acompañar por el coronel Vicente Vanégas. Dos dias después le
siguió su familia.
Por el mismo tiempo habian marchado para salir del terri-
torio de la República ciento diez entre oficiales y jefes , unos
por Cúcuta y otros por ét Magdalena, quitándose por tanto ese
motivo de alarma para los liberales. Empero no habian cesado
las quejas contra el vicepresidente , porque dejó ir á ürdaneta
y á otros militares contra quienes existían reclamaciones judi-
ciales. Decíase que Caicedo estaba empeñado en favorecer á
todos los que ejecutaron la revolución de agosto, y que no que-
riendo hacer daño á nadie promovía la impunidad del crimen.
Obando y López estaban acaso mas disgustados que los otros
por la partida de Urdaneta; ellos pidieron se le suspendiera el
viaje, y aunque se les concedió, nunca tuvo efecto. Esta pru-
dencia y la promesa que Caicedo hizo á los liberales de que
adoptaría otras medidas enérgicas , pareció haber calmado bas-
(1) Véase la nota 24*.
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CAPÍTULO XX. 527
tanle el disgusto que contra él existia, por su bondad, que se
creyera excesiva.
Satisfecho Obando con los informes dados por los respectivos
ministros, de que no existian otros documentos sobre el asesi-
nato del gran mariscal de Ayacucho que los pasados á la alta
corte marcial, y con las declaratorias honrosas de este supremo
tribunal y del vicepresidente de la República, se posesionó el
2 de junio de la secretaría de guerra y marina. Los liberales
exaltados esperaban conseguir con su apoyo las medidas recla-
madas en las juntas del 16 al 18 de mayo; así redoblaron sus
esfuerzos para vencer la calma y la fuerza de inercia que les
oponia Caicedo.
Celebran, pues, al efecto otra junta revolucionaria convocada
por Moreno (junio 3), á la que asisteu López, Mantilla, Posádas,
Montoya y otras muchas personas militares y civiles. El
proyecto de varios era hacer una asonada contra el vicepresi-
dente, porque no perseguía á los Bolivianos, enemigos del
sistema liberal; porque no les quitaba los empleos que tenian,
y los desterraba fuera del país. Moreno y el comandante general
de Gundinamarca , Vicente Vanégas , se habían avanzado hasta
formar listas de los proscritos, que publicaron por la imprenta.
De los civiles, los hermanos Azueros, el doctor Joaquín Suárez
y otros entre quienes había algunos militares , se pronunciaron
decididamente contra el gobierno y por las medidas violentas.
López, Posádas, Montoya y los jefes de los cuerpos se declararon
por sostener al ejecutivo para que no se le arrancaran por la
fuerza providencias indebidas. Por consiguiente los revolucio-
narios nada pudieron adelantar, y salieron muy disgustados de
aquella junta.
Sin embargo, aunque en menoría, consiguieron ganar prosé-
litos para dar otro paso indebido. Al día siguiente los generales
López, Moreno, Antonio Obando y Mantilla, junto cou los coro-
neles Orta y Juan José Molina, dirigen al vicepresidente una
petición, en que solicitan : 1" que se renueven el ministerio y
el consejo de Estado, y que en estas corporaciones no tengan
P30e los que hayan pertenecido á las administraciones de
Bolívar y Urdaneta ; 2o que haya una reforma de la lista civil
en el mismo sentido, disminuyendo también su número ; 3° que
iguales reformas se hagan en la lista militar ; 4° que se juzgue
á los individuos que expresan que habían sido los mas activos
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f)28 HISTORIA DE COLOMBIA.
sostenedores del gobierno de Urdaneta, y que se destituya de
sus beneficios eclesiásticos á varios curas; 5o, en fin, que se dé
otra forma á la Gaceta de Colombia y se quite á su actual re-
dactor, nombrando dos individuos que la redacten bajo la ins-
pección del secretario de lo interior.
Esta petición , que se leyó cuando estaban reunidos los mi-
nistros, fué apoyada por Obando, con cuyo acuerdo parece
haberse dirigido, é hizo una fuerte sensación en el consejo. En
el acto los ministros Castillo y Mendoza dijeron , que siendo
dirigida contra ellos , desde aquel mismo instante dejaban el
ministerio. Caicedo la miró con indignación , y no quiso con-
sentir en el retiro de los dos ministros , que á pesar de esto
insistieron en su renuncia. El público sensato, participando de
la misma indignación, creyó que se habia irrogado al gobierno
un insulto muy grave, queriendo arrancarle, como por la
fuerza, providencias violentas, que repugnaban á la conciencia
del vicepresidente y á la política conciliatoria de los partidos ,
que se habia propuesto seguir, apoyado en razones poderosas.
Una fracción vengativa , concitada por los hermanos Azueros ,
por los jefes de la división Casanare y pr>r otros exaltados , no
quería que sus enemigos políticos disfrutáran de las garantías
constitucionales. Así , hombres que se habian llamado entu-
siastas por la libertad, y que decian haber sufrido por ella, eran
entónces acérrimos defensores de las facultades extraordinarias,
de los destierros y de las privaciones de empleos civiles , mili-
tares y eclesiásticos, sin forma ni procedimiento de juicio,
i Extraña y frecuente contradicción de los partidos políticos í
Los ciudadanos amantes del órden deploraron que el general
López hubiera firmado tal pedimento , desviándose del juicio
y moderación que ántes habia manifestado. Disculpábase di-
ciendo que el vicepresidente no habia querido adoptar provi-
dencia alguna de las propuestas por él , para satisfacer, aunque
fuera en parte , las exigencias de los liberales ; que por tanto le
tachaban de una parcial debilidad en favor de los Bolivianos.
En aquellos dias era grande la efervescencia de los exaltados
liberales , que no pudiendo aniquilará sus enemigos protegÉios
por la constitución y por el gobierno que la cumplía, exhala-
ban sus resentimientos por medio de la imprenta. El Liberta-
dor, Urdaneta y sus amigos habian sido, según ellos , los tira-
nos detestables de su patria. La historia imparcial conserva los
CAPÍTULO XX.
hechos del primero y también los del segundo. Aquel por su
noble generosidad estuvo muy lejos de merecer los epítetos con
que se le ha querido denigrar. Urdaneta , según los escritores
parciales y vengativos de la época, habia igualado las cruelda-
des de Nerón y de Robespierre. ¡ Vanas é injustas declamacio-
nes ! Podemos asegurar que á ninguno hizo matar por sus ór-
denes durante su gobierno , y que algunos de sus enemigos solo
sufrieron prisiones y cortos destierros. Él, por no derramar la
sangre de los Granadinos, dejó el mando que aun podia soste-
ner. Un hombre á quien dominaban estos nobles y humanos
sentimientos, no era cruel ni malvado, como injustamente han
querido pintarle alguuos liberales apasionados de aquel tiempo.
Debemos restablecer la verdad de los hechos con la mas severa
imparcialidad , presentando á Urdaneta como un veterano de la
Independencia, caballero, afable y cortez.
Á pesar de tales gritos y clamores del partido liberal, porque
no se le vengaba , el vicepresidente seguía con laudable firmeza
el plan de conducta que se habia propuesto, persuadido íntima-
mente de que la tranquilidad pública no corría peligro. Sin
embargo , de tiempo en tiempo hacía algunas concesiones al
partido vencedor, lo que también le aconsejaba su política con-
ciliadora; fué por esto que mandó salir dentro de tres dias á
los jefes y oficiales que habían pedido sus pasaportes para fuera
de la República, sin que todavía hubieran realizado su viaje.
Conminóles con la pena de que serian juzgados como pertur-
badores de la paz pública, ó conspiradores , según lo exigieran
sus hechos precedentes. El general Justo Briceño salió disfra-
zado para el Magdalena, temiendo el odio que se habia adqui-
rido por sus persecuciones en el departamento de Boy acá. Des-
pués se le declaró fuera de la ley, porque no se habia presen-
tado á las autoridades, y se creía hallarse oculto en Bogotá. ¡ In-
justa é inconstitucional declaratoria, hecha conforme á un de-
creto del vicepresidente redactado por Oband o, y ejecutado por
el comandante general de Cundinainarca, Vicente Vanégas !
Otra concesión importante hizo el vicepresidente á los libe-
rate>. Tal fué la renovación del ministerio. No habiendo que-
rido continuar los ministros de hacienda y del interior, nombró
para el departamento del interior y relaciones exteriores con
calidad de interino al doctor Félix Restrepo , presidente de la
alta corte de justicia; buen abogado, de probidad sin tacha, y
TOMO IV. 34
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HISTORIA 1>F. COLOMBIA.
de principios liberales moderados , pero anciano ya, demasiado
escrupuloso , y de poca experiencia en materias de gobierno.
Su nombramiento fué agradable á todos los partidos. Lo mismo
sucedió con el doctor José Ignacio Márquez , escogido para mi-
nistro de hacienda. Habíase distinguido en aquel ministerio en
las administraciones del Libertador y de Mosquera, por sus ta-
lentos , por su probidad, por su consagración al trabajo, y por
su liberalidad no exaltada. Esperábase que la hacienda pública
podría convalecer, bajo de su dirección, de la postración lamen-
table en que se hallaba. No habia un real en cajas, y cerca de
tres mil hombres existían en la capital , á los que nada mas po-
día dárseles que una mera ración y escaso vestuario; sin em-
bargo, era preciso consumir en ellos casi todos los recursos del
país á fin de tenerles contentos. La división de Casanare era la
mas difícil de manejar por sus pretensiones harto exageradas.
Con la variación de los ministros Castillo y Mendoza, salieron
estos del consejo de Estado : entonces aceptó el doctor Vicente
Azuero la plaza que en él se le habia conferido. Antes no quiso
tomar posesión , para no asociarse con amigos de Bolívar y Ur-
daneta.
Á las mencionadas concesiones el vicepresidente añadió otra
de mucha importancia. Por decreto de 10 de junio restableció
al ex-general Francisco de Paula Santander — « en todos sus
grados y honores militares, y en todos los derechos de ciudada-
nía en los propios términos que los gozaba en el año de 1828,
ántes de su injusta proscripción , que solo ha sido y será para
él un nuevo título de gloria. » — Hé aquí las mismas palabras
del decreto, en cuyos considerandos se afirmó — « que fué so-
lamente por la intiexibilidad y denuedo con que defendió los
fueros y libertades del pueblo, que se le despojó de los grados y
honores adquiridos en premio de sus servicios, y se le condenó
á los tormentos de la expatriación. » — Los hechos que hemos
referido en sus respectivos lugares manifiestan la inexactitud
de estas aserciones del partido vencedor, y los hombres impar-
ciales así los juzgaron en aquel tiempo. Les pareció también
que un poder ejecutivo constitucional no podia anular de^fca
plumada sentencias de tribunales dictadas conforme á disposi-
ciones legales cuando se pronunciaron. Sin embargo, fué bas-
tante general la aprobación que se diera á la medida acordada
por el gobierno, de que regresara á su patria el general Sanlan-
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CAPÍTULO XX.
der. Esperábanse grandes ventajas á la República de la conti-
nuación de sus servicios por sus talentos, firmeza y experiencia
en los negocios gubernativos.
Por el mismo decreto se restituía plenamente á sus derechos
y honores — « á todos aquellos ciudadanos que han sido con-
denados á presidios, á la confinación de alguna isla ó provin-
cia, ó expulsados de la República en castigo de sus opiniones ó
de sus esfuerzos por la libertad. » — Obando, que fué el redac-
tor de tal decreto , llamaba esfuerzos en favor de la libertad,
o los que hicieron los asesinos del Libertador en la infausta
noche del 25 de setiembre. » Después de algún tiempo sentia
Obando, y aun lo publicó por la imprenta, no haber sido del
número de los que concurrieron á tan criminal intento (i).
Eran harto conocidos sus sentimientos contra el Libertador,
y no se dejó pasar sin fuertes censuras el que un gobierno
como el de Caicedo llamara oficialmente — « esfuerzos en favor
de libertad » — acciones tan inmorales como reprobadas por la
civilización y la filosofía.
Parecia racionalmente que con tales concesiones hechas al
partido liberal, calmarían sus pretensiones exageradas de ven-
ganza y proscripción contra sus enemigos políticos. Pero no fué
así : el ministro Obando, sostenido en el consejo de Estado por
el doctor Vicente Azuero , renovó todas las exigencias de las
juntas de mayo. El 2 de julio hizo una triste y exagerada pin-
tura de los riesgos que corría la libertad amenazada con un
próximo trastorno por jefes y oficiales enemigos que aun exis-
tían en la capital y en los lugares inmediatos, los que tenían
armas y municiones ocultas , que no habían querido entregar,
sin embargo de los bandos severos publicados por las autorida-
des. Dijo que , en su concepto , los enemigos de la libertad po-
seían actualmente mayores y mas seguros medios para causar
un nuevo trastorno, que cuando hicieron el del Santuario ; que
(1) En la página 64 de los « Apuntamientos para la historia , » que hizo
escribir y publicar Obando en Lima , dice :
tuve yo el honor de pertenecer á aquel número de Romanos que ,
con una revolución desgraciada, aterraron sin embargo á la tiranía ven-
cedora ; yo hubiera tenido parte en ella , si hubiera estado en Bogotá ; pero
ya que no puedo contar este entre los servicios que he hecho á la libertad ,
ya que no tuve aquel honor , tendré á lo menos la satisfacción de vindicar
aquel grande hecho. »
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HISTORIA DE COLOMBIA.
por esto se hallaban en extremo disgustados los pueblos , que
veían la poca energía del gobierno, y que á su lado vivían pro-
tegidos por este algunos extranjeros y otros corifeos de la san-
grienta revolución de agosto, que aguardaban el momento opor-
tuno para dar el golpe con seguridad; en fin — «que nada
habia sido mas desagradable á los pueblos que el convenio de
Apulo, porque parecía que habia puesto al gobierno en incapa-
cidad de obrar ; que dicho convenio habia sido reclamado por
provincias y departamentos enteros , y que , ademas de que
nunca el señor Caicedo estuvo facultado para convenir en per-
donar crímenes nacionales , y en reconocer los ascensos dados
por el general Urdaneta, los mismos facciosos lo habían que-
brantado por su parte ; por lo cual debia declararse que dicho
convenio de Apulo no existia. » En seguida propuso al consejo
como de la mas urgente necesidad , que tomara medidas en el
mismo dia, que sacasen á los pueblos de los fundados temores
que abrigaban de ver trastornado el orden público.
El doctor Vicente Azuero, que estaba preparado para obrar
de acuerdo con Obando, expuso que debían consultarse al poder
ejecutivo medidas generales de administración y de seguridad
pública. Las llevaba escritas en un papel que leyó , dividido en
várias proposiciones que dijo iría haciendo, para que se discu-
tieran sucesivamente, porque todas eran de la mayor impor-
tancia. El consejo convino en este órden de procedimiento.
La primera y mas importante proposición, que era la base de
las demás fué : — « que se consulte al gobierno declare solemne
y formalmente, publicándose en la Gaceta y comunicándose á
todas las autoridades, que no existe el convenio de Apulo , por
haber sido roto por los mismos facciosos. » — En la discusión
expresaron los defensores de aquella proposición, que el rompi-
miento provino de los jefes y oficiales de la división Callao, que
no quisieron unirse á las tropas del gobierno , ni obedecer las
órdenes de este, contra lo que se habia estipulado en Apulo,
resistencia que, según hemos dicho, fué efectiva. También fun-
daban otros la nulidad diciendo : que Briceño habia atacado á
Moreno en Serinza, violando el armisticio de Tocaima, Anda-
mento que no tiene fuerza alguna, porque en Tunja se ignora-
ban tales convenios cuando se combatía en Serinza. Aprobóse
la proposición de Azuero después de una larga discusión.
En los dias siguientes lo fueron también con lijeras alteracio-
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CAPÍTULO XX. 533
nes las demás que hizo. Reducíanse á que se declararan nulos
todos los grados militares conferidos por el gobierno intruso ;
que se echára del país á los extranjeros que hubiesen obrado
en contra del gobierno legítimo , y que con documentos se pi-
diera á los respectivos gobiernos la remoción de los agentes
públicos que habian favorecido la insurrección de agosto; que
se desterrara por dos años á los caudillos de la misma insur-
rección ; que se removieran de sus empleos civiles, militares y
eclesiásticos á todos los desafectos ; que se recogieran inmediata-
mente todas las armas y municiones que hubiese en poder de los
particulares; en fin, que se acusáran varios impresos que llamó
sediciosos, publicados durante el gobierno deUrdaneta; en esta
acusación debian incluirse algunos artículos de la — « prosti-
tuta Gaceta de Colombia, » según se la llamaba entónces, por-
que habia sido órgano fiel de los principios y sentimientos polí-
ticos de las diferentes administraciones que se habian sucedido.
Esta proposición fué una verdadera necedad.
Vigorosamente se impugnaron por algunos miembros del
consejo varios puntos de la consulta; pero hubo siempre una
mayoría que los acordára. La consulta se pasó al poder ejecu-
tivo junto con otra sobre economías que debian hacerse en la
administración pública , en la que se proponían , sin haberse
pedido su opinión al consejo , supresiones de empleos y de cor-
poraciones con otras medidas que no estaban en la esfera de las
facultades constitucionales del ejecutivo. El vicepresidente las
reservó por tanto para la convención nacional , que no debía
tardar. En cuanto á la otra consulta en que el consejo se habia
arrogado también una indebida iniciativa, sobre el convenio de
Apulo y los demás puntos mencionados ántes , sin conformarse
con ella guardó un profundo silencio. Era imposible queCnicedo,
adornado de mucha probidad y de gran bondad de carácter,
faltára abiertamente al convenio de Apulo, que habia jurado sos-
tener; juramento solemne que prestaron también las tropas de
su mando ; ni que hiciera las destituciones, destierros y confis-
caciones que se le proponían por el consejo , órgano entónces
haií^apasionado de los exaltados liberales.
Aunque de Cartagena , de Antióquia, del Socorro y de otras
provincias se dirigieron también al poder ejecutivo represen-
taciones contra el conyenio de Apulo, especialmente contra los
grados y ascensos militares conferidos por Urdaneta, que algu-
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HISTORIA DK COLOMBIA
nos hacían subir á dos mil, y contra la permanencia en el cen-
tro, de los cabecillas y promovedores de la revolución de agosto
último, el vicepresidente se mantuvo firme en cumplir lo que
habia ofrecido. Él quería con mucha razón conservar á todos
los partidos las garantías constituciouales. No le parecía justo
ni político que se echasen á rodar las solemnes estipulaciones
acordadas en Apulo, que habían ahogado la guerra civil, por-
que algunos oficiales del partido de Urdaneta hubieran desobe-
decido ciertas órdenes del gobierno , cuando todos los demás
que siguieron á aquel jefe se habían sometido. Los ascensos de
generales conferidos por Urdaneta se impugnaban con mas jus-
ticia. El vicepresidente por sí solo y sin consentimiento del
senado no podia haberlos aprobado ; era evidente que la deci-
sión de este punto correspondía ála próxima convención nacio-
nal, debiendo entre tanto quedar en suspenso.
Caicedo y su ministro Obando estaban, pues, en abierta con-
tradicción acerca de cuestiones gubernativas de tamaña impor-
tancia. Las opiniones de Obando no eran solo teóricas, sino que
las ponía en práctica. Así, él daba licencias absolutas á unos,
borraba á estos y retiraba á aquellos jefes y oficiales , cuyos
grados y ascensos militares se hallaban garantidos por el con-
venio de Apulo. En un gobierno mejor establecido Obando hu-
biera sido removido del ministerio. Pero Caicedo no podia hacer
esto, pues dicho ministro por su influjo sobre los liberales, por
su laboriosidad en el despacho, por el vigor de su carácter, y
por sus claros aunque incultos talentos , daba fuerza á la admi-
nistración y garantías de órden, especialmente en el ejército.
La diminución de este era una de las cuestiones que se agi-
taban con calor en los primeros dias de julio (13). Consi-
guióse al fin que marchára hácia Tunja la división Casanare ,
compuesta de cuatrocientos infantes y trescientos jinetes. Mu-
chos dias ántes debieron salir, pero sus jefes dirigían nuevas y
nuevas demandas que era difícil satisfacer por la escasez de
dinero en las tesorerías. El general Moreno la siguió después.
Temíase que esta división indisciplinada , á la que excitaba el
coronel José María Gaitan y otros exaltados, pretendiera, s^bn
se decia , hacer un Estado independiente del departamento de
Boyacá. Por fortuna no se realizaron dichos temores, y los sol-
dados de Casanare tornaron á sus llanuras : ellos no podían
conformarse en Bogotá, con no estar facultados para matar reses
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CAPÍTULO XX. :i3ü
de la hacienda que mejor les pareciera, ni con no tener carne á
discreción como en el Llano. Los habitaules de la cordillera
quedaron cansados de los desórdenes que cometían auxiliares
tan molestos, y rogando al cielo que nunca mas los volviesen á
necesitar. Moreno habia prometido hacer que la provincia de
Casauare se reincorporára al departamento de Boyacá , y que
sus diputados concurrieran á la próxima convención.
Las elecciones para esta se realizaron en todas las provincias
con regularidad, verificándose el 20 de julio las de diputados.
Á pesar de la exaltación de los ánimos , aunque todas las elec-
ciones recayeron en ciudadanos liberales conocidos, habia mu-
chos moderados capaces por sus talentos de reprimir la fogosi-
dad de los exaltados. La provincia de Casanare no hizo
elecciones, porque no tuvo quien las dirigiera ; tal era el estado
de su atraso moral. Tampoco se realizaron en el departamento
del Istmo, á causa de hallarse agitado por la discordia civil.
Hemos referido ántes la deposición de Espinar, hecha por el
coronel Alzuru , quien se subrogó en lugar del primero en el
mando militar , dejando el civil á la persona designada por la
ley. Poco mas de tres meses permaneció Alzuru en su aparente
sumisión al ejecutivo nacional. Mas apoyado por multitud de
jefes venezolanos que fueron expulsados del Ecuador, y sedu-
cido acaso por consejos pérfidos é interesados, comenzó á obrar
con arbitrariedad. Improbóle el gobierno de Bogotá la muerte
que hizo dar al comandante Manuel Sotillo y al teniente José
Villanueva, después de un juicio que les mandó seguir, porque
habían denunciado como espía en Guayaquil , y conductor de
pliegos del gobierno de Urdaneta, al desgraciado coronel Manuel
de León. Esta denuncia lo llevó al suplicio, y fué ejecutado en
la isla de Puná á presencia de otros varios oficiales colombianos.
Desde ántes de saber aquella ejecución arbitraria dispuesta por
Alzuru , el gobierno del centro le habia removido de la coman-
dancia general del Istmo. Mandóle entonces venir á Bogotá á
dar cuenta de su conducta. El nombrado para sucederle fué el
coronel Tomas Herrera, joven oficial que habia concurrido á la
lit^ad de la capital, distinguiéndose siempre por la liberalidad
de sus principios políticos y su oposición á la tiranía. Se le pre-
vino que marchára inmediatamente dándole instrucciones
sobre el modo con que debia obrar , á fin de que en el Istmo
fuera reconocido el gobierno legítimo : este desconfiaba justa-
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536
HISTORIA DE COLOMBIA .
mente de la conducta de Alzuru, así como de los demás jefes y
oficiales venezolanos adictos al partido militar que dominaba
en Panamá.
' Conforme á las órdenes que de antemano se habían comuni-
cado á Cartagena, el general Luque dió á Herrera el auxilio de
doscientos veteranos de que se componia el batallón Yaguachi.
Embarcóse para Chágres (julio U) comboyado por la goleta de
guerra Zúlia y el pailebot Telégrafo. Mas no pudo desembarcar
en aquel puerto á causa de que el comandante del castillo
Ruperto Hand se opuso y le negó los auxilios, diciendo á Her-
rera que la capital de Panamá se habia pronunciado contra el
gobierno central, erigiendo al Istmo en Estado soberano é inde-
pendiente. Por esta novedad el coronel Herrera determinó des-
embarcar en Portobelo para tener este punto de apoyo en sus
ulteriores operaciones. Consiguió en efecto realizar su plan , y
los habitantes de aquella ciudad se manifestaron decididos por
el gobierno nacional y por el sostenimiento de las instituciones
liberales. Desde Portobelo Herrera pidió á Luque algunos auxi-
lios de hombres, armas y municiones para combatir la tiránica
autoridad que Alzuru habia usurpado en la provincia de Pa-
namá.
Esta usurpación era reciente, pues comenzó el 8 de julio, dia
en que por órdenes de Alzuru , convocó el prefecto José Valla-
rino una junta de las corporaciones y padres de familia de
Panamá. Propuso en ella Alzuru que el Istmo desconociera al
gobierno central, erigiéndose en Estado independiente. Después
de reinar en la asamblea un triste silencio , se votó la moción
de que se tomase en consideración el proyecto de separarse , la
que fué negada unánimemente. Aun no habia aterrado Alzuru
á los hombres sensatos y patriotas , de que en su mayoridad se
componia la junta.
Empero lanzado el coronel Alzuru en un mal camino , y
comprometido con el gobierno de Bogotá, á quien habia faltado
abiertamente, fué impelido por los pérfidos consejos de los jefes
y oficiales militares expulsos del Ecuador, que pretendían hacer
del Istmo un patrimonio suyo. Concurrían también al mismo
objeto las sugestiones de várias personas civiles que por otras
miras habían delirado siempre con la Independencia, algunas
de ellas con el designio de enriquecerse. Viéndose, pues,
apoyado , no se arredró por una manifestación tan contraria y
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CAPÍTULO XX.
r»37
enérgica. Desde aquel dia se decide á emplear los mismos é
inicuos medios de que ántes se valiera Espinar para aterrar á
los habitantes del Istmo. Gana enteramente la confianza de la
oficialidad del batallón Ayacucho y de la artillería, cuerpos que
guarnecian á Panamá; destituye al primer comandante, que no
merece su confianza por ser granadino ; al segundo lo eleva á
primero y da una multitud de ascensos hasta coronel inclusive.
Mas no era esto solo : valiéndose de los cabecillas de la plebe ,
amotina al pueblo, y promueve asonadas nocturnas, que hacen
temer á los pacíficos habitantes el degüello y los asesinatos
propios de una guerra de castas excitada por malvados , crueles
é infames.
Aterrados así los ánimos , convocó para el 9 de julio otra
junta. En ella por moción de José Obaldía, apoyada por Mariano
Arosemena, se declaró insubsistente la constitución, tomándose
en consideración un acta presentada por el mismo Obaldía.
Arrancóse su aprobación por el terror causado á las corpora-
ciones y padres de familia. Según el acta mencionada se declaró
insubsistente la constitución de 1830, y las provincias del
Istmo se erigieron en Estado independiente para confederarse
con los demás establecidos en Colombia. Alzuru fué nombrado
jefe superior militar y el general José Fábrega jefe civil, decla-
rándose vigentes las garantías establecidas por la constitución
de 1821. De esta manera Alzuru , protegido por las tropas que
habia en el Istmo , á las que ofreció pagar todos sus haberes
atrasados , siempre que sostuvieran sus proyectos , y por el
pueblo bajo que él mismo habia insolentado , consiguió apode-
rarse de toda la autoridad. El prefecto José Vallarino fué de-
puesto en consecuencia, y el jefe político de Panamá, Justo
Parédes , hombre sin influjo , obtenía una sombra de mando
civil por ausencia de Fábrega. Alzuru aborrecía á este y no
pensaba darle posesión del destino conferido por la asamblea
del 9 de julio.
Siguióse á la referida acta un fantasma ridículo de Estado
istmeño, presidido por Justo Parédes, quien convocó muy séria-
ifflhte la dieta que debia organizar el gobierno, cuyos funcio-
narios se eligieron. Pero al lado de esta farsa, se representaba
un drama verdaderamente trágico que tenia por actores princi-
pales á Alzuru y socios. Aquel , sin cuidarse de la división de
mandos , se arroga y ejerce á su arbitrio tanto el militar como
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538 HISTORIA DE COLOMBIA
el civil. Él depone á los empleados que no adoptan sus ideas ,
y aun destierra á varios para ensayarse en las violencias que
habia de cometer.
En tales circunstancias supo Alzuru estar relevado del mando
por el gobierno central , y que habia retrocedido de Chágres á
Portobelo el coronel Tomas Herrera, que se hallaba nombrado
comandante general del Istmo, con órdenes de enviar á Carta-
gena al batallón Ayacucho, ciego instrumento de la actual y de
las anteriores revoluciones. Con esta noticia, tanto Alzuru como
Luis Urdaneta y los demás jefes y oficiales venezolanos de la
comparsa temen ser llamados á juicio y perder los sueldos que
arrancaban á los habitadores del Istmo. Todos redoblaron, pues,
sus esfuerzos para sostenerse mutuamente.
Entre tanto Herrera se hallaba en Portobelo disciplinando
las milicias que se le habian presentado voluntariamente para
marchar contra los que tiranizaban á Panamá. Aguardaba tam-
bién algunas armas , municiones , vituallas y mas tropa, que
habia pedido á Cartagena. Cuando se preparaban estos auxilios,
ocurrió en Santamarta un suceso alarmante que inspirara fun-
dados temores de que se turbara la tranquilidad pública.
Tal fué el motin del batallón Tiradores, y del escuadrón Hú-
sares del Magdalena, que guarnecían la ciudad de Santamarta.
Habia algún tiempo que, por la escasez de las rentas públicas ,
apénas se podia pagar medio sueldo á los oficiales , el que aun
se les atrasaba algunos meses, lo mismo que las raciones diarias
á los soldados. Esto habia ocasionado quejas y reclamaciones
dirigidas al gobierno de la provincia, y al mismo poder ejecu-
tivo; pero el mal continuaba sin remedio. Añadíase á él, que
existían celos y rivalidades entre el pueblo de Santamarta y las
tropas, y entre Venezolanos y Granadinos.
En estas circunstancias algún imprudente mal intencionado
puso un pasquín por el que se amenazaba á los Venezolanos
con que se les echaría á palos y nada se les daria para subsistir.
Valiéndose de estos motivos, los oficiales de dichos cuerpos se
juntan el 25 de julio muy temprano , y hacen una especie de
acta que constaba de once artículos. En ella acordaron : irs?í
Venezuela porque se les trataba inicuamente, no dándoles lo
necesario para sus alimentos y los de la tropa; fletar un buque
francés que se hallaba en el puerto, á fin de que los condujera
á su país, y que el gobernador de la provincia pagára el flete;
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CAPÍTULO XX. 539
pedir al mismo veinte mil pesos á cuenta de mayor cantidad
que se adeudaba á los mencionados cuerpos y distribuirlos entre
ellos; exigir las raciones necesarias , y tomar del parque las
municiones precisas para el completo de cuatro paquetes por
plaza ; invitar al general Carmona á que los siga por ser Vene-
zolano; cubrir los puntos necesarios hasta su embarque; y ha-
cer todo esto — « con el mayor órden, para dejar sentada su
reputación y pericia militar, tocando solo con las autoridades
de la plaza , sin ofender á ninguna otra persona. »
Conforme á estas resoluciones, el primer paso de los jefes de
los cuerpos, que eran el coronel José de Jesús García, de Tira-
dores , y el comandante Autonio Ferrer, de Húsares, fué arres-
tar al gobernador José Ignacio Granádos, al jefe político, al
comandante interino general Portocarrero, al tesorero y al ad-
ministrador de la aduana. El general Carmona se hallaba en la
Ciénaga enfermo, y se le llamó inmediatamente. El jefe polí-
tico Miguel García Munibe y el general Portocarrero escaparon
de los arrestos, porque los amotinados obraban con muchas
consideraciones, por lo cual permanecían encerrados en sus
cuarteles. Portocarrero y García, ya en libertad, enviaron in-
mediatamente avisos á los pueblos mas cercanos , que alarma-
ron, á fin de que marcháran en auxilio de la capital. Tanto
ellos como Carmona hicieron en todo el dia grandes esfuerzos
con el objeto de persuadir á los amotinados que se sometiesen
de nuevo ofreciéndoles un indulto; pero fué en vano, porque
insistieron en sus demandas, aunque sin cometer excesos. Al
dia siguiente mas de seiscientos hombres armados se juntaron
en los alrededores de Santamaría , los que unidos á sus habi-
tantes dieron la ley á los sublevados. Tuvieron estos que ren-
dirse á discreción, y en consecuencia se les desarmó. Separóse
á los oficiales y soldados granadinos que no habían tenido parte
en la sedición, y que no querían irse, en número de doscientos
diez y ocho hombres, que se enviaron por tierra á Cartagena.
Diez y ocho oficiales y ciento diez y siete individuos de tropa
venezolanos fueron embarcados en la goleta Samaría con solo
y seis fusiles, las raciones precisas y algún dinero, la que
debia conducirlos á Maracáibo. Después siguieron á Venezuela
ocho oficiales mas. Fué muy digna de elogio la decisión de los
pueblos contra la soldadesca amotinada. De esta manera desa-
pareció de la escena militar el batallón « Tiradores de la Guar-
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540 HISTORIA DE COLOMBIA.
día, » uno de los mas antiguos de la guerra de Independencia
de Colombia, al través de la cual habia pasado con gloria y
renombre militar.
Con la noticia de la sublevación de Tiradores se supo inme-
diatamente que sus aparentes designios eran de seguir á Vene-
zuela, y por tanto no impidió la salida de la goleta Zúliaj del
pailebot Telégrafo. Debian conducir armas, víveres y municio-
nes á Portobelo , é impedir en caso necesario que los restos de
los cuerpos amotinados fueran al Istmo, según temian algunos.
El general Luque preparaba una expedición mayor, que condu-
ciría en persona. Habia temores fundados de que las pocas
fuerzas que mandaba Herrera en Portobelo , no fuesen capaces
de libertar al Istmo de la tiranía de Alzuru.
Este habia dirigido adonde Herrera dos negociadores : el co-
ronel Francisco Picón y el primer comandante José Obaldía, los
que llegaron á Portobelo el 30 de julio. Allí entablaron confe-
rencias, en que los comisionados de Alzuru hicieron á Herrera
várias proposiciones que juzgaban conducentes para evitar la
guerra civil. Dijéronle que sus tropas iban sin duda á perecer,
pues Alzuru estaba apoyado por la opinión pública , decidida á
sostener el pronunciamiento del 9 de julio ; aserción que com-
probaban con várias cartas de vecinos de Panamá. El mismo dia
se recibió un oficio del general Fábrega, nombrado jefe superior
civil , en que manifestaba su aquiescencia en favor del pronun-
ciamiento hecho en la mencionada acta. Fundado en tales datos
determinó Herrera condescender con las propuestas de los co-
misionados , sancionando en cierto modo la Independencia de
las provincias del Istmo. Pero estas indebidas concesiones no se
consumaron , pues ántes de firmarlas se recibieron noticias po-
sitivas de que Alzuru habia roto las ligaduras que le imponía
el acta de 9 de julio. Habíase declarado, el 30 de este mes, en
ejercicio del poder civil y del militar, negándose á dar posesión
á Fábrega. En consecuencia dictó un decreto orgánico del go-
bierno del Istmo, miéntras se juntaba la dieta, convocada ya
para el 15 de agosto del presente año.
Impuesto el coronel Herrera de tales noticias, rompe las c<^*
ferencias , y consigue que los comisionados Picón y Obaldía se
incorporen á la división libertadora; náceles la promesa — o de
que el gobierno sostendrá el pronunciamiento del Istmo, cuando
libre de los opresores que abriga en su seno, lo haga de un
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CAPÍTULO XX. 541
modo oportuno ., y sin los recelos que inspira el terrorismo mi-
litar, o La adquisición para la causa de la libertad de estos dos
hombres de influjo , produjo los efectos mas saludables. Por su
medio se sorprendió la fortaleza de Chágres sin costar un solo
tiro, y bajo de sus fuegos se rindió el berganlin Triana, lla-
mado después el Protector. Allí cayó prisionero el comandante
Ruperto Hand, asesino del general Córdoba, después de estar
rendido. También se pasaron en breve al partido de la libertad
las fuerzas avanzadas que mandaba en Gapireja el comandante
José Rio del Valle, y quedó abierto el camino hácia Panamá.
Miéntras Herrera trasladaba de Portobelo á Chágres, y desde
allí á La Gorgona, los setecientos hombres de que ya se compo-
nía su expedición, Alzuru desplegaba en Panamá toda la vio-
lencia y la crueldad de su carácter. Después de impedir á Fá-
brega que tomára el mando civil , le mandó salir desterrado
junto con el prefecto José Vallarino y los oficiales Juan de la
Cruz Pérez, Sebastian Arce y José María Tello, Blas y Mariano
Arosemena , Manuel María Ayala , Agustín Taliaferro , Manuel
Arce y Diego González. Estos ciudadanos, protegidos por la
goleta ecuatoriana La Istmeña, arribaron con seguridad al puerto
de Montijo ; sin embargo de que se les habia mandado pasar
por las armas si desembarcaban en cualquier puerto del Istmo :
ellos debían ser deportados, unos á Páita, otros á Guayaquil, y
otros á Costa-Rica. Acompañaron á estos individuos varios otros
patriotas distinguidos , y todos fueron á levantar y armar la
provincia de Veráguas contra el tirano Alzuru.
Este no se descuidaba (agosto 15) : auxiliado por los exce-
lentes jefes y oficiales que habían abrazado con mucho calor su
causa , puso en Panamá mil y cien hombres disciplinados, pro-
vistos de artillería y de un buen parque; fuera de otra columna
que mandaba en Natá el coronel José Antonio Miro. Para sos-
tener dichas tropas demasiado numerosas en un país tan pobre
como el Istmo, Alzuru oprime y veja á los habitantes de Pa-
namá por cuantos medios le sugieren su genio violento y los
malos consejeros que le rodean. Él prohibe bajo pena de la
4ltta toda comunicación con las tropas invasoras; él declara que
serán fusilados los que no tomen las armas, ó los que emigren,
y sus bienes confiscados en beneficio del Estado ; él da grados
y ascensos militares á los cabecillas que concitan la plebe contra
los blancos , y aun á esclavos ; él forma una compañía nombrada
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HISTORIA DE COLOMBIA.
de Desguazadores, es decir asesinos, regida por el cabecilla
Manuel Estrada de funesta nombradla desde la época de Espi-
nar; él, en fin, declara la guerra á muerte contra los invasores,
y envia un asesino pagado para matar á Herrera; hecho que se
comprobó debidamente.
Luego que Herrera adquiere un conocimiento exacto de tales
sucesos, y de que Alzuru permanece con sus tropas en Panamá,
determina avanzar, y se acerca en efecto al Riogrande, inme-
diato á la ciudad. Desde allí le intima en 22 de agosto, y Alzuru
sin abrir el pliego hace matar á los inocentes conductores, que
eran un anciano y un niño hijo de este.
La inmobilidad de Alzuru provenia en parte de que hácia el
occidente del Istmo le llamaban otros cuidados. Mencionamos
antes el arribo del general Fábrega y de sus compañeros á la
provincia de Veráguas. El capitán de La Istmeña les franqueo
cincuenta hombres disciplinados que tenia á bordo, regidos por
el comandante Pedro Mena. Flórez habia dirigido aquel buque
y alguna tropa creyendo por varios avisos que existia un par-
tido en el Istmo que deseaba unirse al Ecuador. En efecto, al-
gunos intrigantes meditaban este singular proyecto, que no
pudieron llevar á cabo. Con tal auxilio, con los jefes y oficiales
que llegaron emigrados de Panamá, y sobre todo con el influjo
de Fábrega y el amor á la libertad que animaba á los habitantes
de Santiago, ciudad capital de Veráguas, se consiguió en pocos
dias formar una división respetable. Esta se puso en marcha
hácia Panamá el i5 de agosto. Unióse en Natá con la que man-
daba el coronel Miro, que se habia pronunciado contra el ti-
rano del Istmo. Ambas ascendieron á mil quinientos hombres
bien armados, entre los cuales habia doscientos veteranos.
Eran fundadas sus esperanzas de vencer á Alzuru, sobre todo
cuando supieron que al mismo tiempo le atacaban las fuerzas
del coronel Herrera. Marcharon, pues, sobre la ciudad de Pa-
namá.
Las tropas que mandaba Herrera, que ascendian ya á ocho-
cientos hombres, se hallaban acampadas á media legua de Pa-
namá. Sin embargo, Alzuru no abandonó la ciudad ni hm
atacar á su enemigo, que era inferior. Por cuatro dias hubo un
tiroteo continuo con el Riogrande por medio, cuyo paso estaba
defendido por las fuerzas sutiles de Alzuru , que mandaba Luis
Urdaneta. Resolvióse por fin el 24 de agosto á salir con cerca de
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CAPÍTULO XX.
novecien (os hombres de infantería, los que protegidos por la
escuadrilla pasaron el rio, situándose aquel dia en el punto
llamado Albina de Bique, y amenazando acometer á Herrera
por su retaguardia. Este no quiso permitir que se completara
el movimiento, y muy temprano marchó sobre el enemigo.
Trabóse el combate con la infantería mandada por Alzuru.. á
cuyos fuegos se unian también los de la escuadrilla de Urda-
neta. Sin embargo , el batallón Yaguachi y otra pequeña parte
de las tropas de Herrera fueron suficientes para derrotar la in-
fantería de Alzuru, quien no sostuvo aquel dia su antiguo
nombre de valiente. Retiróse á la hacienda de Cárdenas, y
Herrera, después de haber ocupado á Panamá, donde se rin-
dieron doscientos hombres de caballería, salió con una columna
de tropas á perseguir los restos de Alzuru (agosto 27). Alcanzó-
los en las márgenes del Riogrande , y á los primeros tiros de la
descubierta se dispersaron , abandonando sus banderas, parque
y armamento. Alzuru con algunos jefes y oficiales se ocultó en
un bosque espeso que tenia á su derecha.
Por una feliz casualidad para los liberales, Alzuru y los que
sostenian su autoridad fueron cogidos aquel dia entre dos fue-
gos; al mismo tiempo que los atacaba Herrera, los acometían
por un flanco las tropas que conducía el general Fábrega. Por
esto la derrota fué tan completa. Urdaneta y Alzuru con otros
jefes y oficiales cayeron sucesivamente prisioneros, entre los
cuales se incluyeron algunos de los cabecillas que promovían
la guerra de castas. Habiéndoseles conducido á Panamá, el co-
mandante general Herrera se creyó autorizado y en la necesidad
de hacer con algunos un pronto y ejemplar castigo. Inmediata-
mente puso en capilla al general Urdaneta, al coronel Alzuru,
al Mejicano capitán de ingenieros Francisco Araújo, y al capi-
tán comandante de Desguazadores Manuel Estrada, que fueron
pasados por las armas, como los mas criminales en las revueltas
del Istmo. Herrera dió al gobierno por motivos de esta ejecu-
ción que de otra manera peligraba la tranquilidad pública; que
habían declarado la guerra á muerte contra sus tropas, asesi-
n^» á sus emisarios de paz, matado á un alcalde, á otros
labradores y aun á mujeres; hechos crueles que le autorizaban
para usar de represalias. El poder ejecutivo aprobó la conducta
del comandante general Herrera, á quien el secretario de la
guerra José María Obando dirigió expresiones lisonjeras por sus
Di
344
HISTORIA DE COLOMBIA.
oportunos servicios en aquella campaña, que restableció la tran-
quilidad del Istmo.
Cuando ocurrían en Panamá sucesos tan favorables al triunfo
de la causa de la libertad (agosto 30), arribó á Chágres el gene-
ral Luque con una división de setecientos hombres , destinada
para auxiliar las operaciones de Herrera. Aunque allí mismo
supo Luque la completa dispersión de las tropas de Alzuruy la
muerte de sus jefes, determinó sin embargo seguir á Panamá á
fin de apoyar las medidas que se tomáran para asegurar la fu-
tura tranquilidad del Istnio. Varios de sus principales habitan-
tes deliraban siempre en el establecimiento de un Estado inde-
pendiente. Obaldía y Picón habian comprometido á Herrera,
quien les ofreció en Portobelo, que promoviera aquel proyecto
á fin de que se realizára. Aun se decia como cierto que se iba
á convocar de nuevo la dieta istmeña, con el designio, según
algunos, de formar un Estado de la unión colombiana; y con-
forme á la opinión de otros para unirse al Ecuador. Esta aso-
ciación parecía á algunos habitantes del Istmo mas ventajosa
para su comercio con Guayaquil. Creían también ser mas fáci-
les por mar sus comunicaciones con el gobierno residente en
Quito, que con el de Bogotá.
Impuesto Luque de estos precedentes, condujo sus fuerzas á
Panamá. Con ellas impuso respeto á los que pretendían la sepa-
ración; por entonces abandonaron su proyecto, pues lo veían
contrariado por las tropas que guarnecían á Panamá, las que
estaban regidas por oficiales escogidos, adictos y fieles al go-
bierno central. El batallón Ayacucho y los artilleros que habia
en Panamá, fueron disueltos como cómplices de los escándalos
que dieron Espinar y Alzuru. Los jefes y oficiales que habian
promovido y apoyado tantas revueltas, recibieron sus pasapor-
tes , unos para el sur, y otros para Cartagena hasta el número
de sesenta; ellos tuvieron que salir del territorio granadino, y
el gobierno los borró de su lista militar.
Por el mismo tiempo fueron expelidos de Cartagena Floren-
cio Jiménez y otros varios jefes y oficiales que habian pertene-
cido á la división Callao, los que estaban presos en los castü^s
de Bocachica , por excesos que pretendieron cometer en Bar-
ranquilla y miéntras se pacificaba el Istmo. Casi todos los ofi-
ciales expulsos de la Nueva Granada tomaron la ruta de Vene-
zuela , de donde eran naturales , haciendo algunos escala en
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CAPÍTULO XX. 545
Curazao, como los generales Rafael Urdaneta con su familia,
Manuel Valdes y otros. Por esta expulsión los departamentos
del centro se libertaron de la pesada carga de doscientos treinta
jefes y oficiales , casi todos venezolanos hostiles á su gobierno ,
que habian derrocado unos, y otros querido trastornar promo-
viendo asonadas y motines militares en diferentes puntos. Sin
contar algunos oficiales venezolanos muy subalternos, solo
permanecieron por desgracia en el territorio granadino los ge-
nerales Luque y Carmona, que eran también de Venezuela. De
estos el primero debia manchar en breve los importantes servi-
cios que acababa de hacer á la causa de la libertad , y los que
habia prestado á la Independencia de Colombia , con un hecho
criminal y vergonzoso que le perdió por el resto de sus dias :
al segundo se le consideraba desde entonces por muchos como
un jefe engreído , insubordinado y de poco talento , á propósito
para capitanear revueltas. No se engañaron. Una guerra fratri-
cida y mil víctimas sacrificadas por la ambición de Carmona
hicieron arrepentir dolorosamentc á la Nueva Granada en una
época posterior de haber alimentado en su seno aquella víbora.
Restablecida la tranquilidad del Istmo por la muerte ó ex-
pulsión de los militares que por algún tiempo lo habian conmo-
vido, Luque determinó regresar á Cartagena con todas sus
tropas, dejando en Panamá solo doscientos hombres. La miseria
á que estaba reducido el país por las locuras y revoluciones de
Espinar y de Alzuru , hacian urgente aquella medida. No se
hallaba en mejor situación el departamento del Magdalena, lo
mismo que casi todos los del centro , cuya industria , comercio
y agricultura habian sufrido mucho con las frecuentes revolu-
ciones , los reclutamientos y el crecido número de tropas que
habian sostenido, sin órden ni contabilidad militar.
Para remediar tamaños males el vicepresidente de la Repú-
blica acordó disminuir y reorganizar el ejército , comisión que
diera en las provincias litorales al coronel José Manuel Mon-
toya, jóven oficial , que por sus talentos , actividad y consagra-
ción al servicio militar, merecía toda su confianza. Este llevó
taiÜlen á Cartagena el secreto encargo de supervigilar la con-
ducta de Luque, quien no inspiraba confianza por su poco jui-
cio. En virtud de los arreglos que hizo Montoya, desaparecieron
los batallones Pichincha y Yaguachi, suerte que habian tenido
poco áutes Tiradores y Ayacucho : estos eran los últimos de
TOMO IV. 35
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IIIST.-RIA DE COLOMBIA.
aquellos cuerpos que se habiau cubierto de gloria en la guerra
de Independencia, gloria que mancillaron al fin por su indisci-
pbna é insubordinación. Desde entonces los números dieron
nombres á los batallones granadinos.
Las reformas becbas por el coronel Montoya en el departa-
mento del Magdalena, no se extendieron á concentrar de nuevo
la autoridad militar. Sus provincias continuaron regidas por
comandantes de armas en lo militar, y por gobernadores en lo
civil, los que dependían inmediatamente del ejecutivo nacional.
Era tanto el odio que se tenia á la división departamental en
Santamaría, Moinpox y Riohacha, que el poder ejecutivo, con
acuerdo del consejo de Estado, tuvo que accederá que se gober-
náran civil y militarmente con independencia de la capital del
departamento, mientras que se instalaba la convención grana-
dina, cuya deseada época no se hallaba distante.
Eran ya bien conocidas en los primeros quince dias de se-
tiembre las elecciones de los diputados que debían componer la
próxima convención de los departamentos del centro. Com-
prendían en su mayor parte á los patriotas mas ilustrados de
las diferentes provincias. Á primera vista los partidos de exal-
tados y moderados liberales se balanceaban. Los primeros tenian
por jefes á los doctores Vicente Azuero y Francisco Soto. Entre
los segundos eran los mas prominentes los doctores José Ignacio
Márquez y Félix Restrepo, y los obispos José María Estéves de
Santamaría y Juan Fernández Sotomayor de Cartagena. Habia,
pues, fundadas esperanzas de que en la convención no triunfa-
ran las ideas exageradas de una demagogia turbulenta y perju-
dicial, sino los principios republicanos de una democracia justa
y moderada.
En todo el departamento del Cauca no quisieron nombrar
diputados para la convención, insistiendo en su agregación al
Ecuador. El presidente Flórez los apoyaba, el que no desistia de
sus ambiciosos proyectos de usurpar el territorio granadino. Para
lisonjear á los habitantes del Cauca , abrió al comercio exterior
el rio Atrato, concesión que también hizo el gobierno del cen-
tro á fin de neutralizar aquella medida, que debia ser una Uti-
lidad mayor ofrecida al contrabando.
Flórez habia enviado igualmente á Bogotá al coronel Basilio
Palácios con el objeto de negociar la agregación definitiva del
Cáuca al Ecuador, y el reconocimiento de la independencia de
4-
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capítulo xx. 547
aquella república. Ambas cuestiones pertenecían á la autoridad
de la convención futura. Si el Ecuador se reducia á los límites
de la antigua presidencia de Quito , todos los hombres influen-
tes del centro estaban de acuerdo en que se reconociera su in-
dependencia del resto de la Nueva Granada. Mas era también
uniforme la opinión de que el centro no debia consentir'por
ningún motivo en la agregación del Cauca al Ecuador, pues la
gobernación antigua de Popayan, de que se formó aquel depar-
tamento , jamas habia sido parte de la presidencia de Quito :
todo el mundo convenía en que ántes de permitir semejante
agregación debíamos correr los azares de una guerra. Juzgábase
esta conveniente para reprimir los proyectos de engrandeci-
miento del Ecuador, y sostener nuestros derechos fundados en
un excelente principio reconocido por las nuevas repúblicas de
la América española ; tal es : « que los límites de estas deben
arreglarse á los que tenian por disposiciones de los reyes de Es-
paña las diferentes secciones de las colonias de que se formaron
aquellas, al tiempo de proclamar su independencia. » — Era,
pues, una cuestión de vida para los departamentos del centro
de la Nueva Granada conservar el statu quo de 1810, bajo la
pena de exponerse á la mas completa disolución, y á las tramas
seductoras ó á los ataques de un vecino ambicioso.
En tanto que se discutían cuestiones tan importantes , los
ánimos de los moradores de la capital no estaban del todo tran-
quilos. La subsistencia ó insubsistencia del convenio de Apulo
era la manzana de la discordia. Los exaltados patriotas, y aun
algunos moderados liberales, opinaban que era inválido : gran
número de estos, junto con el vicepresidente de la República y
aun alguno de sus ministros, sostenían su validez. Pero los ata-
caba en público y en sus actos oficiales el secretario de la
guerra Obando, que decía en pleno consejo de Estado — « que
en el ramo de la guerra el gobierno era el ministro, y que este
opinaba ser nulo dicho convenio. » ¡ Extraña pretensión, que
reducia á un mero estafermo al jefe del ejecutivo , y que no te-
nia apoyo constitucional ! Siguiendo tal doctrina Obando habia
i^Bidado juzgar como conspirador al coronel Carlos Castelli. Ha-
biendo sido condenado á muerte, el comandante general Antonio
Obando le mandó poner en capilla, conforme á las órdenes del
ministro de la guerra , por sus hechos en Antióquia durante el
gobierno de Urdaneta. Al fin se le sacó de allí por interposición
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548 HISTORIA DE COLOMBIA.
de personas respetables que le manifestaron estar mal seguido
el proceso; ellas temian que se mancháray ensangrentara la
revolución con una ejecución injusta é indebida, asesinando á
un jefe benemérito en la guerra de Independencia. Valió tam-
bién á Castelli haberse podido escapar de los que le custodia-
ban, y acogídose á sagrado.
Pero ya que se impidió á Obando aprovecharse de esta oca-
sión de satisfacer las pasiones vengativas de su partido, usó del
poder que le daba la debilidad del vicepresidente , para bor-
rar de la lista militar y arrojar fuera de los departamentos
del centro á muchos jefes y oficiales que correspondian al par-
tido que hemos llamado militar. Creemos que la medida fué
útil para la tranquilidad del centro, pero que se violaron así
los convenios solemnes estipulados en Apulo.
El partido exaltado sostenia las mismas opiniones que el mi-
nistro de la guerra, y después del triunfo que le dió el men-
cionado convenio , habia instado de mil maneras al vicepresi-
dente Caicedo, para que confinára á otras provincias y arrojára
á un país extranjero á muchas personas que habian sido adictas á
Bolívar, ó que pertenecieron al gobierno de Urdaneta. Como no
podían conseguirlo, alarmaban frecuentemente á la capital, con
noticias de conspiraciones y de revoluciones inminentes; cuen-
tos inventados adrede para ver si podían perder á sus enemigos
políticos. No lo conseguían, y esto aumentaba el enojo de aquel
partido contra Caicedo , del que pensaban deshacerse cuando se
reunieralaconvencion.Su bondadoso carácter no convenia á
las pasiones vengativas que los animaban.
En esta situación de los espíritus un incidente lijero vino á
causar un grave escándalo. Publicóse por la imprenta una ma-
nifestación de la conducta de la curia metropolitana, papel que
era un libelo infamatorio contra el arzobispo de Bogotá, doctor
Fernando Caicedo , tio del vicepresidente , y contra su secretario
Agustín Herrera. El autor de este impreso, que fué acusado,
resultó ser el clérigo José María Castillo. El general López se
declaró su protector, y como tal fué á defenderle ante los jura-
dos. El juicio duró casi todo el dia (setiembre 24) , y huípil
gran concurso compuesto en parte de militares. Á pesar de esto,
el jurado, obrando con laudable firmeza , condenó al clérigo ca-
lumniador. De la sala del juicio fué el culpable á la cárcel ,
acompañado de López , de oficiales militares y de multitud de
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CAPÍTULO XX.
estudiantes con música y cohetes, causando mucho alboroto é
intentando algunos impedir el cumplimiento de la ley. Después
recorrieron las calles del mismo modo , asociado ya á los albo-
rotadores el ministro de la guerra Obando. Aquellos quebraron
las vidrieras de la casa del señor Joaquin Orrantia , uno de los
jurados : gritaron que murieran este y otros varios individuos.
También gritaron y pusieron letreros de — « Mueran la aristo-
cracia y la dinastía. » — Estos eran dirigidos contra la familia
de Caicedo , á la que correspondían el vicepresidente y el arzo-
bispo de Bogotá. Obando, López y algunos otros oficiales se ha-
bian declarado contra ellos y querian molestarlos. La conducta
de Obando y López fué reprensible en aquella noche, porque
en vez de sostener el imperio de las leyes , las violaron y per-
mitieron que se insultára al gobierno por una facción militar.
Al dia siguiente continuó el alboroto en la plaza mayor,
donde se reunieron las bandas de música de los cuerpos , me-
nos la del primer batallón , que no quiso franquear su coman-
dante el coronel Manuel González, teniendo á su cabeza oficiales
militares. Allí dirigieron vivas á Castillo , á quien felicitaron
por su prisión. Recorrieron luego las calles con la misma mú-
sica, alboroto y gritos de la noche precedente. Aquesta alga-
zara y alegría de muchos se dirigía principalmente á solemnizar
el aniversario del 25 de setiembre , en que se pretendiera ase-
sinar á Bolívar. Con igual objeto hubo en la villa de Cipaquirá
tres dias de fiestas , á las que concurrieron Obando y López.
¡ Funesto ejemplo y triste perversión de la moral pública !
En estos mismos dias ocurría en Popayan una disputa pro-
movida por el coronel Zubiria , comandante de doscientos cin-
cuenta hombres del batallón Quito : habian estos venido del
Ecuador para sufocar un movimiento revolucionario que ántes
estallára en Cali , causado por la facción militar y por el bajo
pueblo , que desde el año anterior tenían conmovida aquella
ciudad. Aunque las autoridades de Popayan pidieron el men-
cionado auxilio, sus habitantes miraron con disgusto su arribo,
á causa de que muchos no querian depender del Ecuador. Para
Mrcer un alboroto tomaron por pretexto la prisión que decretó
Zubiria del comandante José Antonio Quijano , por haberle
reclamado la persona de un oficial Urdaneta, á quien se juzgaba
como desertor. El comandante Manuel Delgado, que regresando
de Bogotá se hallaba en las cercanías de Popayan con una co-
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550 H1ST0HIA DE COLOMBIA.
luinna de tropas, pidió la libertad de Quijano : lo mismo hijo
el coronel Zarria, por cuyo pedimento sufrió un arresto. Ar-
móse también el pueblo contra Zubiriay sus fuerzas, cuya pre-
sencia le irritaba. Ya estaban los ánimos á punto de un rompi-
miento que habría sido fatal á las tropas del Ecuador ; pero el
coronel Zubiria cortó aquella extremidad por medio de un con-
venio escrito , que aprobaron el prefecto y el comandante gene-
ral del Cáuca. Conforme al tenor de este. Zubiria dió libertad á
los presos y ofreció regresar al Ecuador junto con las demás
tropas que estuvieran en marcha para el Cáuca ; y que entre
tanto no saldrían las suyas del recinto de la ciudad ; estipula-
ciones que se cumplieron en todas sus partes.
Una oposición tan decidida á las órdenes y al jefe enviado por
el gobierno ecuatoriano , manifestó claramente que la mayoría
de los habitantes de Popayan no estaba por que continuára la
unión con el Ecuador , y que sus simpatías eran reunirse al
centro, con cuyas provincias habia mas de un siglo que forma-
ban un todo político. Pero las autoridades, especialmente el
prefecto doctor José Antonio Arroyo, contrariaban aquellos co-
natos y se creían obligados á sostener la agregación al Ecua-
dor, cuya constitución habían jurado los pueblos del Cáuca.
Temían que estallára la guerra civil entre aquella república y
la del centro si obraban de otro modo ; y no veían que sería
inevitable, si continuaban apoyando una separación que vul-
neraba profundamente los derechos políticos de la Nueva Gra-
nada.
Insistiendo en semejante resolución el prefecto Arroyo, se
denegó por segunda vez á obedecer las órdenes del poder eje-
cutivo del centro y á mandar hacer las elecciones para la con-
vención. Por consiguiente no se eligieron diputados en las pro-
vincias de Popayan, Pasto, Buenaventura y Chocó. Tampoco se
habian nombrado en Casanare, Panamá y Veráguas, pero
debían elegirse. Era sin embargo difícil que llegáran á tiempo
los representantes de las dos últimas provincias. El total de los
diputados que correspondían á las provincias del centro era de
ochenta y nueve, pues contaban según el último censo una^
blacion de un millón trescientas diez y siete mil almas.
El 15 de octubre , que fué el designado para instalar la con-
vención , apenas hubo en la capital cuarenta y seis diputados ,
y las dos terceras partes del número total eran sesenta. Contá-
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CAPÍTULO XX. Üoi
banse entre aquellos los ministros Márquez y Vélez. El primero
fué reemplazado por el doctor Diego Fernando Gómez, y el
segundo por el señor Manuel María Quijano : por excusa de
este, se nombró para el ministerio del interior y relaciones
exteriores al doctor Francisco Peréira.
Al cabo de ciuco dias hubo el número legal de diputados, y
el vicepresidente, asociado del secretario de la guerra , que
desempeñaba interinamente el ministerio de lo interior, instaló
la convención en la capilla castrense , el mismo edificio en que
antes se tuvieron las sesiones del congreso constituyente de
i 830. El doctor José Ignacio Márquez fué elegido presidente
interino del cuerpo, y el doctor Francisco Soto vicepresidente.
Escogióse para secretario á Florentino González , que no era
diputado.
En la misma fecha el vicepresidente Caicedo dirigió un corto
mensaje á la convención. Le manifestaba la complacencia que
tenia al ver reunidos á los representantes del pueblo para reor-
ganizar la República , expuesta hacía mucho tiempo á tantos
movimientos y oscilaciones. Hablaba de la rebelión del Callao,
que derrocára al gobierno constitucional; del que se erigió de
hecho sobre sus ruinas, y de las diferentes reacciones que hubo
contra él. Mencionó el célebre decreto de U de abril , por el
cual se declaró él mismo en ejercicio del poder ejecutivo cons-
titucional , poniéndose á la cabeza de los patriotas de Néiva,
apoyados en dos pequeños destacamentos de tropas , para cuyo
triunfo por las armas habría sido necesario derramar la sangre
de centenares de víctimas.
Estos cruentos sacrificios se habían evitado por el convenio
de A pulo , cuya oportunidad y conveniencia defendia así : —
« El vicepresidente ignoraba los heróicos esfuerzos que bajo la
dirección de jefes denodados y valientes hacían los pueblos del
departamento del Magdalena , y nada sabía de las brillantes
jornadas y espléndidas victorias del Abejorral y de Serinza. En
tales circunstancias se presentaron al gobierno las vias de tran-
sacción. Por medio de ellos se restituía á la constitución yálas
Iflpis su imperio, á los pueblos sus derechos, á los ciudadanos
sus garantías; el gobierno nacional era reconocido, y la facción
que habia escandalizado á la República , iba á ser destruida
para siempre. El gobierno podia obtener los objetos de la reac-
ción, y la mas brillante victoria, no empañada con una gota de
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552 HISTORIA DE COLOMBIA.
sangre ni una lágrima. Precedido por la clemencia y la mode-
ración , sostenido por soldados no ménos valientes que amigos
del órden, apoyado en la fuerza moral de la opinión, y habién-
dose reservado la facultad de alejar á los perturbadores de la
paz, nada habia que temer por la tranquilidad pública y la se-
guridad del país. Se inclinó, pues, el gobierno á las medidas de
conciliación, y en las Jiintas de Apulo tuvieron lugar los con-
venios que han llevado este nombre. Vosotros habéis tenido la
complacencia de transitar por los pueblos sin oir los gemid os de
la viuda y del huérfano que hubieran quedado, si prefiriendo
una guerra fratricida á los convenios, sangrientos combates hu-
bieran restablecido el gobierno nacional. Este triunfo , á la vez
de la justicia y de la razón, designará el grado de civilización
del país , no será olvidado en las bellas é interesantes páginas
de nuestra historia , y marcará la clemencia del gobierno , la
humanidad , moderación y virtudes de los pueblos que digna-
mente representáis. Al principio, es verdad, se elevaron fuertes
reclamos contra las transacciones de Apulo, expresados por la
justa venganza de algunos oprimidos y ultrajados por el go-
bierno absoluto; y efecto en otros del temor de ver repetidas
las sangrientas escenas del mes de agosto del año de treinta.
Entonces se ignoraba el resultado de estos convenios , y este
celo patriótico quedó satisfecho después que se tomaron por el
gobierno las medidas convenientes á la seguridad pública. Ellas
han sido de tal naturaleza que no se ha visto turbada la tran-
quilidad de los departamentos. » — La humanidad, la política
y la conveniencia de la transacción de Apulo no pudieron haber
sido mas sólidamente defendidas.
Después tocaba lijeramente los sucesos y separación de Casa-
nare , del Cáuca y del Istmo. En cuanto á los diferentes ramos
del gobierno y de la administración pública, se referia el vice-
presidente á la cuenta que darían en sus memorias los respec-
tivos secretarios , de los decretos expedidos y del estado de los
negocios públicos. Concluía exhortando á la convención á que
constituyera la República sobre basas sólidas que hicieran su
felicidad, adaptándolas á las circunstancias del país, sin as|flHr
á la perfección, que era obra del tiempo.
El mismo dia 20 de octubre el vicepresidente hizo renuncia
de la magistratura que desempeñaba, á fin de que se pusiera en
manos mas hábiles que las suyas. Fundábala en su inexpe-
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CAPÍTULO XX. 553
rienda, en que sus sentimientos le alejaban de la posición que
ocupaba, y en que su salud se habia deteriorado. La considera-
ción de esta renuncia se difirió para cuando se resolviera la
cuestión de si se creaba un gobierno provisional. Algunos di-
putados , ó mas bien el partido exaltado de la convención, no
estaba contento con el vicepresidente, porque se habia denegado
con firmeza á hacer destierros , y á violar enteramente los con-
venios de Apulo. Caicedo lo sabía y por esto se anticipó á dimitir
la vicepresidencia. Á pesar de tales resentimientos de muchos
diputados, la convención casi por unanimidad reconoció la im-
portancia de los servicios que Caicedo habia prestado á la Re-
pública, dándole un testimonio justo y expreso en la contesta-
ción al mensaje que le dirigieron.
Desde las primeras sesiones se ocupó la convención de varios
objetos importantes. Dióse un reglamento para su gobierno in-
terior : eligió presidente y vicepresidente, por el tiempo que se
habia fijado, á los mismos diputados Márquez y Soto; admitió
á discusión un proyecto que presentára el diputado Alejandro
Vélez , poniendo las basas para la organización de la Nueva
Granada como Estado independiente ; también otro suprimiendo
la división departamental y las comandancias generales de
distrito. Nombró igualmente una comisión compuesta de los
diputados Bernardino Tovar, Juan de la Cruz Gómez, Domingo
C. Cuenca, Romualdo Liévano , é Inocencio Várgas, para que
redactaran un proyecto de constitución.
Discutióse á la vez otro proyecto confirmando el decreto que
habia expedido el vicepresidente, por el cual reintegró al gene-
ral Santander en todos sus grados y honores Lo adicionaba
rehabilitando la memoria del general José Padilla , y de los
demás individuos que habían sido asesinados, según decía, con
motivo del acontecimiento del 25 de setiembre de 4828. Esta
discusión y cualquiera otra que tenia relación con la dictadura
y el mando del Libertador , dieron frecuente motivo á Soto , á
los Azueros y á otros varios diputados que habían sido sus ene-
migos para desencadenarse contra Bolívar ; ellos despedazaban
tifamente su reputación , sin reparar que descansaba ya en el
silencio de la tumba, por lo cual no podia defenderse; tampoco
atendían á que habia hecho eminentes servicios á la causa de
la independencia y libertad racional. En todo el tiempo que
duró esta convención y aun mucho después, siguieron el mismo
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554 HISTORIA DE COLOMBIA.
sistema de amargas y frecuentes declamaciones contra el tirano,
á quien principalmente debian la facultad de poder usar de
aquel lenguaje sin riesgo alguno.
En este intermedio se presentaron á la convención las memo-
rias de los ministros de hacienda, del interior y relaciones ex-
teriores , y de guerra y marina , escrilas por Márquez , Vélez y
Obando. Cada uua de ellas contenia la cuenta detallada del
estado en que se hallaban los diferentes ramos de la adminis-
tración , y proponian las medidas que en su concepto debian
adoptarse para mejorarla. Pareció mas completa la del secretario
Márquez , el que pasó revista de todo el sistema tributario de
los departamentos del centro, manifestando en cada uno de sus
ramos las providencias y decretos que serian mas convenientes
para mejorarlos. Él calculó aproximadamente sus rendimientos
anuales en tres millones noventa y tres mil cuatro pesos, y los
gastos para el año económico siguiente en tres millones cuatro-
cientos mil trescientos diez y seis pesos, de modo que había un
déficit de trescientos siete mil trescientos doce pesos. Era tan
grande el atraso que entónces presentaban todos los ramos de la
hacienda nacional , que nos parece debia ser mucho mayor el
descubierto en que se hallaban. Márquez habia trabajado con
grande empeño en restablecer ó introducir el orden en las
rentas, y en hacer las economías que fueran posibles , lo que
consiguiera cuanto lo permitió la brevedad del tiempo. Mejorar
las contribuciones existentes, sin establecer nuevas, y ahorrar
gastos, hé aquí el programa que Márquez se propuso durante
el corto período de su ministerio, y en su memoria ó exposición
oficial á la convención. Todo el mundo confirmó la buena opi-
nión que ya se tenia de su juicio y de sus talentos distin-
guidos.
El ministro de relaciones exteriores nada nuevo añadió á las
noticias que ántes hemos dado sobre la situación en que se
hallaban las relaciones exteriores de Colombia, así respecto de
las repúblicas americanas, como de las potencias europeas, con
quienes teníamos relaciones diplomáticas.
Una gran parte de la exposición del ministro de la guer*N,e
empleó en la historia de los sucesos militares que hemos refe-
rido. Habló después de las fuerzas militares existentes en el
centro, que dijo se habían reducido á dos mil trescientos se-
tenta hombres para economizar gastos. Propuso que en el
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capítulo xx.
555
próximo año económico se compusiera el ejército, reducido al
pié de paz, de cuatro mil doscientos hombres, y que en caso
de guerra se elevára á siete mil ochenta soldados de todas ar-
mas. Era esta fuerza pequeña, y excesiva la primera. Después
de hacer tales indicaciones, recorrió Obando con algún acierto
los diferentes ramos de la organización del ejército y de las
milicias. Sin contar con la marina, formó un presupuesto de
dos millones seiscientos ocho mil setecientos veinte y seis pesos
para, los gastos en tiempo de guerra. En el de paz dijo que po-
drían hacerse con cerca de la mitad de aquella suma.
Instalada y organizada la convención, el poder ejecutivo, que
ya no temia un trastorno en la capital , envió á Popayan al
general López (octubre 28). El objeto principal de su viaje era
promover por cuantos medios le fueran posibles la reincorpora-
ción al centro, del departamento del Cauca. Para conseguirlo
llevó instrucciones detalladas y algún dinero con que ocurrir á
los gastos mas precisos , á fin de formar y extender la opinión
pública en favor de nuestro gobierno. Se esperaban felices re-
sultados de aquella misión.
Esta esperanza era mas probable si consideramos que el
cantón del Citará, en la provincia del Chocó, se habia pronun-
ciado va en favor del gobierno del centro. Prestóle obediencia
proclamando su reunión á las demás provincias sus hermanas.
El primer decreto importante que dio la convención (noviem-
bre 8), fué autorizando al poder ejecutivo para tomar las medi-
das conducentes , á fin de que el departamento del Cáuca se
reincorporara al Estado del centro. Se le prevenia que hasta
donde fuera posible pretiriese los medios pacíficos ; mas podia
hacer la guerra, si la ambiciosa pertinacia de Flórez no dejaba
otro arbitrio á los Granadinos, la que se veía apoyada por las
decisiones del primer congreso constitucional del Ecuador. Este
habia expedido en 7 de octubre un decreto admitiendo la agre-
gación del departamento del Cáuca al Ecuador, y declarándole
parte integrante del Estado. La convención granadina protes-
taba, pues, por otro decreto contra la usurpación de su terri-
En los mismos dias en que el congreso del Ecuador se mani-
festaba tan poco justo con el centro, sufrió Quito uno de tantos
motines militares como produjo aquella época de transición. En
la noche del 10 al 11 de octubre tres compañías del batallón
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556 HISTORIA DE COLOMBIA.
Vargas, que guarnecían la capital , instigadas por el sarjento
Miguel Arboleda, se sublevan y arrestan á todos los oficiales,
incluyendo á su antiguo coronel Diego Whittle, entonces co-
mandante general. En aquella noche estuvo el presidente Flórez
en mucho riesgo de perder la vida por su arrojo en reprimir el
motin casi solo.
Las demandas de los sublevados eran : sus pagas y atrasos
con la facultad de regresar á las provincias del centro, de cuyo
gobierno decian depender, puesto que por la violencia y los
engaños se les habia separado, el año anterior, de su obediencia
y servicio. Al fin, para evitar mayores males, se les dió algnn
dinero y marcharon hácia Pasto, dejando en libertad á sus ofi-
ciales. Whittle esperando reducirlos á su deber los sigue , cae
prisionero en una emboscada, y Arboleda con bárbara crueldad
le manda fusilar en el puente de Gnayabamba, arrojando su
cadáver al rio. Empero este delito no queda impune, pues Fló-
rez manda pasar por las armas á cuantos amotinados se apre-
hendan. Él hizo cortar la retirada á los sublevados por las tro-
pas que tenia en Pasto; así los obligó á seguir hácia la montaña
de Barbacóas , donde fueron atacadas y destruidas las tres com-
pañías. El general Flórez castigó cruelmente su delito, haciendo
fusilar á muchos de los amotinados, y no quiso imitar la con-
ducta benigna y racional del gobierno colombiano, que permi-
tió á todos los Venezolanos , á pesar de sus revueltas militares,
regresar á su país prestándoles los auxilios necesarios. Esto era
debido también á los Granadinos del batallón Várgas, que pre-
tendian volver al centro, de donde se les hizo desertar por ma-
nejos é intrigas. Flórez y Whittle cogieron amargos frutos de la
defección que promovieron en Pasto con el designio de despojar
á la Nueva Granada de aquel batallón y de sus provincias me-
ridionales.
Á tiempo que la convención granadina dictaba las medidas
convenientes para reintegrar su territorio desmembrado por el
sur, ocupábase también con mucho empeño en discutir el
proyecto presentado por el diputado Vélez, el que contenia las
bases para la organización del Estado de Nueva Granada. li-
citóse la cuestión de si debia tener este nombre ó continuar con
el de Colombia; podíalo hacer aunque se hubiesen independi-
zado el norte y el sur de la República. Unos querían conservar
aquel nombre glorioso, bajo del cual habíamos sido reconocidos
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CAPÍTULO XX.
557
como nación independiente. Otros preferían el de Nueva Gra-
nada, para no heredar las deudas y gravámenes de Colombia;
decian que esta denominación debía corresponder á la unión
federativa de los tres Estados, que se habían formado en su
territorio.
Una y otra opinión tenían numerosos y ardientes partidarios
que las sostenían con mucho saber y empeño. Al fin, después
de algunos días de largas, pero juiciosas discusiones (noviem-
bre 10), se votó nominalmente esta proposición : — «Las pro-
vincias del centro de Colombia forman un Estado con el nombre
de Nueva Granada : la constituirá y organizará la presente con-
vención. » Treinta y un votos hubo en favor, y treinta en contra
de tal denominación, que fué adoptada por tan pequeña mayo-
ría. Azuero y Soto y casi todo el partido exaltado estuvieron
por el nombre de Nueva Granada; Márquez, Vélez y la mayor
parte de los liberales moderados por el de Colombia, que tenia
en su apoyo la opinión de muchos hombres que habían figurado
en la República. Fuimos de este número; pero es necesario con-
fesar francamente que la opinión de los exaltados liberales
estaba apoyada en mejores fundamentos, y que el nombre de
Nueva Granada convenia mas que el de Colombia al Estado que
se iba á constituir.
Decidido este punto, ya no hubo dificultad alguna para esta-
blecer las demás basas orgánicas de la Nueva Granada. Se acordó
que tendría por límites los que dividían el vireinato del nuevo
reino de Granada, de las capitanías generales de Venezuela y
Guatemala, y de las posesiones portuguesas del Brasil. Deter-
minóse — « que por la parte meridional, sus límites serian de-
finitivamente señalados al sur de la provincia de Pasto, luego
que en otro decreto se hubiera establecido lo conveniente res-
pecto de los departamentos del Ecuador, Asuay y Guayaquil. »
La convención habia determinado no reconocer su Independen-
cia, miéntras persistieran en sostener la agregación del depar-
tamento del Cáuca. Por su parte decidió que de ningún modo
admitía agregaciones de pueblos de otros Estados. Igualmente
daflfcró que el de la Nueva Granada estaba dispuesto á establecer
con el de Venezuela los nuevos pactos que mejor les convinie-
ran, sin renunciar los derechos de su soberanía : también á
entrar en los arreglos que debieran hacerse de los derechos ,
intereses y compromisos que habían sido comunes á todos los
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558 HISTORIA DE COLOMBIA.
pueblos de Colombia. Reconoció, en fiii, del modo mas solemne
y ofreció pagar á los acreedores de Colombia, nacionales y ex-
tranjeros, la cantidad de la deuda que proporcionalmente le
correspondiera.
Acordadas estas basas en la convención , y suprimidas por
una ley las prefecturas y los departamentos , dejando solo go-
bernadores y provincias, la comisión nombrada presentó el
proyecto de constitución para la Nueva Granada. Daba á la Re-
pública la misma organización general que tenia la de Colombia,
dividiendo los poderes en legislativo , ejecutivo y judicial. El
legislativo compuesto de un senado , cuyos miembros duraban
cuatro anos, y de una cámara de representantes que se renova-
ría cada dos años. La duración del presidente y vicepresidente
de la Nueva Granada se fijó en cuatro años, prohibiéndose la
reelección para los mismos destinos en el periodo inmediato.
La duración de los magistrados de los tribunales de justicia se
redujo también á cuatro años quitándoles la perpetuidad de
que gozaban en Colombia, durante su buena conducta. Los re-
dactores de este proyecto se aprovecharon poco de todo lo bueno
que contenían las constituciones colombianas de 4824 y 4830,
en lo que no mostraron acierto. Ellos introdujeron nuevas dis-
posiciones cuya conveniencia no habia manifestado la práctica;
se dejaron arrastrar de las pasiones de la época, poniendo res-
tricciones odiosas contra las personas elegibles para los destinos
públicos; privaron al poder ejecutivo de sus facultades natura-
les, dejándolo sin fuerza para mantener el orden y la tranqui-
lidad de los pueblos; en fin, se perdieron en detalles reglamen-
tarios, ajenos de una constitución. Por consiguiente su obra
resultó muy imperfecta.
Entre tanto el partido exaltado llevaba adelante dos proyec-
tos que tenia pendientes en la convención. Era el primero qui-
tar el destino de vicepresidente á Caicedo , estableciendo por ley
un gobierno provisional de la Nueva Granada; y el segundo
expedir un decreto concediendo facultades extraordinarias al
poder ejecutivo, á fin de que pudiera desterrar sin forma ni
figura de juicio á todos los cabecillas de la revolución de aptto
de 4830, y borrar de la lista militar á los jefes y oficiales que
juzgára desafectos al gobierno liberal de la Nueva Granada.
Ambos proyectos se discutían en sesiones secretas.
Con el fin de frustrarlos á lo ménos en parte, los diputados
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CAPÍTULO XX. 559
que no querían se irrogára un desaire á Caicedo, propusieron
que se le admitiera la renuncia que habia hecho por segunda
vez. Fué aceptada en 21 de noviembre después de acaloradas
discusiones, y se acordó que al dia siguiente se elegiría el jefe
del ejecutivo. Estuvo la elección entre el doctor Márquez y el
secretario de la guerra Obando, la que duró desde las once y
medía de la mañana hasta las nueve de la noche, hora en que,
después de diez y siete votaciones , Obando fué nombrado vice-
presidente de la República. Al otro dia (uoviembre 23) prestó
el juramento en el seno de la convención para entrar en ejercicio
de sus funciones. Este nombramiento disgustó á muchos Gra-
nadinos : primero, porque no querían que los mandára un jefe
militar, para que no tuviera tanta preponderancia esta clase;
segundo, porque Obando, criado en los campos, no era hombre
de luces ; y tercero , porque en su concepto , aun no se habia
justificado del asesinato que se le atribuía del gran mariscal de
Ayacucho. Creían ser una degradación para los Granadinos
verse mandados por tal hombre. Otros muchos opinaban no ser
justo el último cargo, y le juzgaban inocente del crimen que se
le atribuía.
Los exaltados liberales le habían elegido después de una re-
sistencia del partido moderado, para que llevase á efecto la
medida con que deliraban desde algunos meses ántes, de que
se castigára con destierros y con borrar arbitrariamente de la
lista militar á todos los jefes y oficiales que hicieron la revolu-
ción de 4830, ó que la habían sostenido. En 29 de noviembre
se acordó definitivamente el decreto en la convención con cali-
dad de reservado. Los exaltados lo arrancaron por un verdadero
cansaucio del partido moderado , y por votaciones que eran casi
siempre de treinta contra veinte y ocho. Capitaneaba á los mo-
derados liberales el doctor José Ignacio Márquez, y á los exal-
tados el doctor Vicente Azuero. Creían los primeros que tal
medida era injusta, extemporánea, innecesaria y mas bien
perjudicial que útil , en el estado do tranquilidad en que se
hallaba la República, y después que con juramento se habían
gfÜIltido en el convenio de Apulo las personas, propiedades,
grados y ascensos concedidos por uno y otro bando.
Otras muchas personas atacaban con razón la medida, como
una contradicción manifiesta del partido que exclusivamente se
atribuía la liberalidad de principios. Este habia declamado
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560 niSTORlA DE COLOMBIA.
siempre contra las facultades extraordinarias y los procedi-
mientos arbitrarios; pero en el momento en que se veía elevado
y asido del poder, ya no atendia á sus principios anteriores ni
reparaba en los medios. Venganza pedia de sus enemigos polí-
ticos, y venganza obtuvo bajo el pretexto de asegurar la tran-
quilidad pública.
En 3 de diciembre sancionó el vicepresidente Obando aqueste
decreto reservado de la convención. Preveníase en él que fueran
expelidos de la República, ó confinados al arbitrio del poder
ejecutivo, todos los civiles que hubieran sido jefes ó agentes
principales para derribar al gobierno legítimo en 1830; y que
se borrára de la lista militar á los jefes y oficiales del ejército y
de las milicias , que hubieran hecho lo mismo, sostenido al go-
bierno intruso de Urdaneta, ó recibido de este empleos, grados
y ascensos (*).
Respecto de los militares, ya Obando, como secretario de la
guerra y creyéndose tan autorizado como el ejecutivo, tenia
muy avanzada su odiosa tarea. Conforme al decreto mencionado,
diez y siete generales, cuarenta y nueve coroneles, cincuenta
y dos comandantes , y ciento cincuenta y ocho oficiales subal-
ternos de ejército, quedaron borrados definitivamente de la
lista militar granadina; de ellos los doscientos treinta salieron
expulsados; añadiéronse en virtud del decreto muy pocos á los
borrados y expelidos ántes por Obando. De las milicias fueron
borrados trece coroneles y ciento cincuenta y un oficiales de
diferentes grados inferiores á los primeros.
En cuanto á los civiles fué mas benigna la ejecución. Dos in-
dividuos solamente salieron de la República , y se confinaron
veinte y cinco á distintos lugares. La expulsión de los militares
peligrosos que ya estaba hecha, se consideró necesaria, ó por lo
ménos muy útil para conservar la tranquilidad , que de otro
modo no se habria podido mantener; la de los civiles fué una
providencia innecesaria que solo pudo servir para escarmiento.
El vicepresidente Obando la suavizó cuanto le fué posible.
Luego que acordára la convención el decreto referido , se
ocupó especialmente en la organización de un gobierno p*^
sional para la Nueva Granada. Entónces ya no se opusieron á
esta medida los amigos del general Caicedo, como lo hicieron
(1) Véase la nota 25».
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CAPÍTULO XX. 561
ántes de la admisión de su renuncia de la vicepresidencia,
cuando la creían dirigida contra él. Expidióse, pues, un de-
creto legislativo estableciendo la nueva administración bajo el
título de « Gobierno de la Nueva Granada , » el que debia ob-
servar la constitución de 4830. No se hizo novedad en las ar-
mas , bandera y tipos de las monedas, establecidos por las leyes
de Colombia, hasta que se dispusiera otra cosa. Se previno que
en las inscripciones y sellos oficiales del nuevo Estado se pu-
siera — « Colombia. — Estado de la Nueva Granada. » — Esto
indicaba el pensamiento de conservar el nombre glorioso de
aquella República bajo la unión federativa de los tres Estados.
No obstante esta declaratoria , los ministros y agentes diplo-
máticos extranjeros que residian en Bogotá , no desconocieron
al nuevo gobierno granadino, con el que continuaron enten-
diéndose de oficio como con el de una nación independiente.
El ministro ingles Túrner no llevó á efecto las repetidas ame-
nazas que habia hecho anteriormente , de que desconocería al
gobierno si no era colombiano, ó si se limitaba á ser granadino.
Fué lástima que no nos hubiera desconocido , y que no cadu-
case el ominoso tratado con la Gran Bretaña. Colombia lo aceptó
inconsideradamente y á perpetuidad. Él solo es igual á ambas
naciones sobre el papel, y la Nueva Granada no ha podido re-
chazar esta lamentable herencia que la dejó su madre.
En el intermedio, las provincias de la Nueva Granada per-
manecían tranquilas aguardando el resultado de la convención.
Solamente en las del Magdalena hubo algunos conatos de guerra
de castas , que fueron reprimidos y castigados. En parte pro-
movía aquellas ideas y otras harto subversivas una sociedad
popular que se formó en Cartagena bajo el título de « Vetera-
nos de la libertad. » Siendo perjudicial su existencia, el gober-
nador de la provincia la disolvió.
Por el mismo tiempo se agitaba con bastante calor la impor-
tante cuestión sobre el departamento del Cauca. Sus habitantes
principales habían pedido al gobierno del Ecuador que los dejára
en libertad para decidir de su suerte. Flórez respondió que las
pitecias del Chocó y Popayan tenían esta libertad; mas no la de
Pasto y una parte de Buenaventura, agregadas definitivamente
al Ecuador. Lo mismo dijo al gobierno granadino contestando
las reclamaciones que se le habían hecho del territorio usur-
pado. Fundábase en que eran fronteras naturales del Ecuador,
TOMO IV. 36
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562 HISTORIA DE COLOMBIA.
por lo cual le convenían, alegando también que se le habían
unido. Añadía que estaba decidido á sostener su agregación con
la fuerza, porque tenia tropas y aliados poderosos. Aludía al
Perú, gobierno que se habia apresurado á reconocer al Ecuador,
aunque sin alianza. Sospechaban algunos que este paso era con
el objeto de que desapareciera Colombia , para no cumplir el
tratado hecho en Guayaquil en 1829, y continuar la usurpación
de la provincia de Jaén y Máinas sobre el Amazonas, sospechas
que se realizaran después.
Algunos habitantes del Cauca alimentaban en aquella época
dos proyectos. Era el primero deliberar en una asamblea de-
partamental ¿qué sería lo que les ofrecería mas ventajas, si
continuar unidos al Ecuador, ó pertenecer de nuevo al centro?
Exigían que el gobierno granadino declarase que se conformaría
con las decisiones de la asamblea. Nuestro gobierno estuvo muy
léjos de asentir á tal propuesta, porque juzgaba incontestables
sus derechos, y no quería exponerlos á las intrigas de Flórez,
ni á la versatilidad de los cuerpos colegiados populares , que se
dejan doblegar por todo viento que sopla. El gobierno de la
Nueva Granada tenia esperanzas fundadas de que atraídas las
provincias del Cáuca por sus antiguas habitudes de dependencia
del centro , y por la opinión de algunos de sus moradores de
mas influencia, voluntariamente se agregarían de nuevo, sobre
todo cuando vieran que su gobierno se habia reorganizado con-
forme á los principios mas liberales. Obando y López, así como
sus amigos y otros varios vecinos prominentes de Popayan,
Pasto y Buenaventura, trabajaban activamente por la reunión
de estas provincias al territorio granadino.
El otro proyecto que meditaban algunos habitantes , era for-
mar un cuarto Estado de Colombia con las cuatro provincias de
aquel departamento y con la de Antióquia. Pensaban que po-
dían sostenerse muy bien teniendo puertos en el Atlántico y en
el Pacífico. Comprendían igualmente en su territorio á todo el
suelo aurífero de la Nueva Granada con pocas excepciones.
Aunque el general Obando se manifestaba contrario á este
proyecto , temían algunos que lo promoviera bajo de mati^*f
que arrastrára á López , sobre quien ejercía un grande influjo ,
para formarse un pequeño teatro donde figurar exclusivamente.
En el istmo de Panamá se trabajaba en el mismo sentido de
formar un Estado independiente, como las ciudades anseáticas.
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CAPÍTULO XX. 563
Allí existían siempre los antiguos elementos de separación y
las personas influentes que la promovían. Por fortuna aquellos
temores no se realizaron respecto del Cauca y del Istmo. Los
diputados de Panamá vinieron á la convención granadina.
Los de Casanare habían sido nombrados; pero hubo que
mandar rehacer las elecciones , que resultaron nulas. En esta
provincia existia un partido fuerte de Venezolanos , que pre-
tendía siempre unir Casanare á Venezuela. El general Moreno,
que se habia decidido por la unión á la Nueva Granada, contra-
restaba con su influjo los esfuerzos de aquella facción. Él obtuvo
la superioridad, y en 21 de diciembre consiguió que el colegio
electoral declarase reincorporada desde aquel dia la. provincia
de Casanare al territorio de la Nueva Granada. El mismo colegio
nombró á Moreno diputado para la convención. Viuo inmedia-
tamente á la capital y contribuyó con su voto á las reformas
constitucionales.
Año de 4832. — Mientras que se discutían estas, la conven-
ción no perdia un momento en reorganizar cuanto le era posi-
ble la administración granadina. Para que fuese su órgano,
mandó establecer un periódico oficial con el título de Gaceta de
la Nueva Granada, que se sustituyó á la de Colombia (i). Supri-
mió la comisión colombiana del crédito público , miéntras los
tres Estados de Venezuela , Nueva Granada y Ecuador acorda-
ban de consuno las medidas mas adecuadas para su restableci-
miento. Dispuso al mismo tiempo que continuara suspenso el
pago de los intereses de la deuda consolidada, y que las rentas
destinadas por la ley de 1826 para satisfacer dichos intereses se
recaudaran por las tesorerías de las provincias , llevándose
cuenta de su montamiento. Hiciéronse por la ley justas excep-
ciones acerca de la deuda flotante radicada en las aduanas de
la Nueva Granada , y sobre las deudas que afectaban á las teso-
rerías de la República , cuya satisfacción se mandó continuar.
Empero se prohibió generalmente que se reconociera de nuevo
deuda alguna contraída por la república de Colombia. El go-
bierno granadino necesitaba con urgencia de estas medidas ,
PMfrde otro modo era incapaz de cubrir las cargas necesarias
(1) £1 número primero de esta Gaceta se habia publicado en la villa del
Rosario de Cúcuta el 6 de setiembre de 1821 , y el último número 566 salió
el 29 de diciembre de 1831.
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50i HISTORIA DR COLOMBIA.
para su existencia, y remediar, aunque fuera en parte, la mise-
ria en que yacían sus empleados civiles y militares, á quienes
solo podia pagar una parte de sus sueldos.
Esta situación se hacía mas penosa , considerando cuán dis-
tante se hallaba el día de realizar las mejoras económicas, por
la probabilidad de una guerra próxima con el Ecuador. La
cuestión pendiente sobre el departamento del Cauca era vital
para la Nueva Granada, y su convención estaba decidida á cor-
rer cualesquiera azares, antes que permitir la desmembración
de su territorio. Esperaba sin embargo reintegrarlo por la ac-
ción de los mismos pueblos. Esta esperanza comenzó á reali-
zarse en Popayan. Allí estaba el general López, decidido por la
reincorporación al centro ; aquel había obtenido del gobierno
del Ecuador el empleo de comandante general , destino que le
confiriera también el de la Nueva Granada desde noviembre
último, dándole instrucciones para arreglar sus procedimientos
(enero 10). Poniéndose en efecto López al frente de la guarnición
veterana y de las milicias de Popayan , proclamó su adhesión al
gobierno granadino , y el desconocimiento del ecuatoriano :
anunció que las tropas que le seguían y lehabian proclamado
su general, componían la vanguardia del ejército destinado á
restablecer la integridad del territorio de la Nueva Granada. —
« Estoy, dijo, á la cabeza de mil hombres victoriosos é inven-
cibles : por ahora no intento sino guardar el sagrado suelo que
ocupo desde las márgenes del Juanambii. » — Protestó igual-
mente su consideración y respeto á las autoridades ecuatorianas
mientras el gobierno granadino les subrogaba otras. Dijo tam-
bién que para mantener las tropas de su mando no ocurriría á
la prefectura, pues tenia muchos amigos que le proporcionarían
los recursos suficientes para cuanto necesitara. Los habitantes
de Popayan no tomaron parte alguna en este movimiento del
todo militar.
Dos motivos que López alegó para justificar su pronuncia-
miento, fueron : primero, que las tropas de su mando, así ofi-
ciales como soldados, estaban pereciendo de hambre y de mise-
ria ; y segundo, que el prefecto accidental Gastrillon le suscfflH
competencias diarias, injustas é ilegales. Todo el mundo juzgó
fútiles y rebuscados tales fundamentos, que eran un verdadero
pretexto, i Cuánto mas noble hubiera sido hablar con franqueza
la verdad, diciendo que se pronunciaba por el gobierno de su
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CAPÍTULO XX. í)65
patria para reintegrar su territorio que se le pretendía usurpar,
y ver si de este modo podia impedir una guerra funesta al país
de su nacimiento !
Apénas supo Flórez que López se habia pronunciado contra
la unión del Cauca al Ecuador (enero 31), publicó una proclama
belicosa y plagada de aserciones inexactas. Decía que el go-
bierno del centro, insensible á los males de la guerra , la habia
declarado al Ecuador por medio del comandante general del
Cauca , quien aseguró « que estaba en campaña, » abrumando
así al pueblo de Popayan bajo el peso de las armas que se le
confiaron, quebrantando también sus promesas y juramentos.
Anadia : — «La historia de Colombia no presenta un hecho
de revolución mas degradante ni una guerra tan injusta y fra-
tricida. La cuestión obvia del Cauca es el pretexto de que se
valen nuestros enemigos para derramar la sangre de los viejos
patriotas, y escandalizar al mundo con una contienda de inau-
ditos horrores; mas la causa verdadera es la usurpación que
pretenden hacer de nuestro territorio, para extender el de la
Nueva Granada hasta el Macará (i) ; los procedimientos del con-
greso bogotano han continuado estas miras de ambición. Lle-
naos de consuelo por la convicción de que el gobierno de vues-
tra voluntad aparece inculpable , lleno de justicia y razón. »
Excitaba en seguida á los Ecuatorianos á la guerra para sos-
tener su independencia é instituciones. Ofrecíales con jactancia
que fué desmentida por hechos posteriores — « una victoria
espléndida y gloriosa, » y concluía con el siguiente pasaje : —
« Hombres infatuados con apariencias de victorias, osan insul-
tar á los vencedores de tres grandes ejércitos ; ellos tendrán que
arrepentirse de su necio orgullo : les probarémos en el campo ,
que no es lo mismo ser pérfidos y tiranos, que inmortales cu el
Ecuador. » — Este período se dirigía contra Obando y López.
Cuando la mencionada proclama se recibió en Bogotá , ya la
convención y el gobierno granadino podían contestar victorio-
samente las infundadas aserciones de Flórez, que habia venido
á Pasto para defender el territorio usurpado. Dicha contestación
'^■^ublicar la ley acordada en la convención desde el 10 de
febrero. Por ella se autorizaba al poder ejecutivo de la Nueva
(1) Kio que divide el territorio de la provincia de Loja del de la provincia
peruana de Piura.
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566 HISTORIA DE COLOMBIA.
Granada para reconocer al Estado formado en el sur de Colom-
bia , compuesto de los departamentos del Ecuador , Asuay y
Guayaquil, por los límites que tenian el año de 1830, fijados
por la ley de 25 de junio de i 824 sobre división territorial.
— Se añadían las condiciones de que ambos Estados respetarían
sus límites; qué reconocerían la parte que les tocára proporcio-
nalmente de las deudas de Colombia; que observarían los trata-
dos de esta república ; que enviarían sus diputados á la asam-
blea de plenipotenciarios colombianos; en fin, que se compro-
meterían á conservar ilesa la integridad del territorio de Colom-
bia , hasta que se verificara la reunión de sus plenipotenciarios,
ó de la autoridad que debia deslindar y arreglar los negocios
comunes á Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.
Á pesar de las amenazas de Flórez y de las tropas que tenia
en Pasto, iniciado una vez el pronunciamiento del Cáuca por la
autoridad militar, siguieron el ejemplo los pueblos. El cantón
de Popayan hizo en 7 de febrero su acta de reincorporación á la
Nueva Granada, entrando á ejercer sus destinos el gobernador
de la provincia y los demás funcionarios públicos que habían
sido nombrados por el ejecutivo granadino. Cali, Buga, Cartago
y los demás cantones del valle del Cáuca imitaron el ejemplo ,
así como el cantón de San Juan ó Nóvita en el Chocó. Por tanto
esta provincia y la de Popayan quedaron reincorporadas al ter-
ritorio de la Nueva Granada con júbilo universal de sus habi-
tantes. No pudieron hacer lo mismo la de Pasto y Buenaven-
tura, oprimidas por las tropas del Ecuador. Sabíase empero que
la mayor parte de sus moradores lo deseaban ardientemente, y
esperaban con ansia que el gobierno granadino les extendiera
su mano protectora para salir de la opresión en que yacían.
Entre tanto la convención terminó sus funciones constitucio-
nales, y en 29 de febrero firmaron los diputados, presididos por
el obispo de Santamarta doctor José María Estéves , la constitu-
ción para el Estado de la Nueva Granada. Mandóla ejecutar en
i° de marzo el vicepresidente encargado del poder ejecutivo
José María Obando.
Esta constitución se resentía demasiado de la época de pasio-
nes en que se daba. En el poder legislativo nada habia de
nuevo respecto de las constituciones anteriores ; pero se exten-
dió acaso demasiado el derecho de sufragio en las elecciones
primarias, grave defecto en pueblos que tienen castas ignoran-
te
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CAPÍTULO XX. 567
tes como la generalidad de nuestras parroquias. Debia ejercer
el poder ejecutivo un presidente elegido popularmente , cuya
duración sería de cuatro años, sin facultad para reelegirle en el
próximo período ; por su falta un vicepresidente nombrado de
la misma manera y por igual término desempeñaba el poder
ejecutivo. Quitáronse á este algunas de sus facultades naturales,
de tal suerte, que se le dejó atadas las manos; así en cualquiera
conmoción ó conatos para hacerla, no podia conservar la tran-
quilidad ni el órden públicos. Diósele un consejo de Estado á
quien consultar los negocios. Componíase de siete consejeros
nombrados por el congreso cada cuatro años.
En el poder judicial se apartó la convención de los principios
seguidos basta entonces , sancionados por la experiencia y co-
mún acuerdo de las naciones cultas. Limitó á cuatro años la
duración de los magistrados que ántes desempeñaban sus desti-
nos durante su buena conducta. En muchos de los altos em-
pleos se exigió para obtenerlos ser Granadino por nacimiento ;
restricción de egoísmo nacional que privó á la Nueva Granada
de los talentos y servicios de varios ciudadanos nacidos en otras
partes fuera de su territorio. Para las provincias se establecie-
ron gobernadores y cámaras provinciales ; en los cantones jefes
políticos, consejos municipales y jueces de primera instancia.
Diéronse á las parroquias alcaldes y jueces que conocieran de
los negocios de menor cuantía. De esta manera quedó completa
la escala descendente de la organización política y judicial de
la Nueva Granada.
Sancionada la constitución (marzo 9), procedió la convención
granadina á elegir los altos magistrados que debían plantearla
y ejecutarla. Desde el premier escrutinio resultó nombrado
presidente de la República por cuatro años el general Santan-
der. La elección de vicepresidente fué largamente contestada
entre el general José María Obando , candidato del partido exal-
tado, y el doctor José Ignacio Márquez , que lo era del mode-
rado civil que no quería ser gobernado por solo generales. Al
cabo de quince votaciones triunfó el último , y Márquez fué
d^Bfrado vicepresidente.
Como Santander estaba ausente , pues se hallaba en los Esta-
dos Unidos en via para su patria , la convención previno á Már-
quez que concurriera al día siguiente 10 de marzo á prestar el
juramento constitucional en la sala de sus sesiones. Verificóse
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568 HISTORIA DE COLOMBIA.
en efecto aquel acto con las solemnidades acostumbradas, y
quedó encargado del poder ejecutivo.
Estas elecciones fueron generalmente aplaudidas. Márquez
había manifestado en el ministerio de hacienda talentos distin-
guidos, probidad, economía y amor al trabajo. Ninguno dudaba •
de los talentos del general Santander, de su experiencia en las
cuestiones de gobierno, de sus principios republicanos , y de su
consagración al despacho de los negocios. Se le consideraba tam-
bién fuera de los partidos que desde 1830 habían agitado tanto
á la Nueva Granada , y que en sus viajes por la Europa habría
aprendido bastante. Pero temían otros las pasiones rencorosas
de Santander contra sus enemigos políticos de 1828 , y qae
uniéndose, aunque no fuera de corazón , á los exaltados libera-
les, pues por su misma naturaleza era duro y despótico su carác-
ter, causara males y nuevas divisiones á su patria. Dirá la histo-
ria que desgraciadamente se realizaron estos presentimientos.
El vicepresidente organizó la administración granadina. Los
ministros Gómez de hacienda , y Peréira del interior y relacio-
nes exteriores , continuaron por algún tiempo de secretarios,
nombre que les daba la nueva constitución. El general José
María Obando aceptó la secretaría de guerra y marina, para
cuyo destino fué nombrado.
Márquez hizo otra elección importante. Tal fué la de una co-
misión de paz cerca del gobierno del Ecuador, á fin de arreglar
la cuestión del Cáuca y ver si podia evitarse la guerra. La con-
vención, fijando en el artículo segundo de la constitución los
límites meridionales de la Nueva Granada — « al sur de la pro-
vincia de Pasto, » no habia dejado al poder ejecutivo otro arbi-
trio que conseguir aquellos límites. Era, sin embargo, un deber
del vicepresidente hacer cuantos esfuerzos estuvieran á su al-
cance para evitar la guerra con el Ecuador, persuadiendo á su
gobierno de la justicia de nuestras reclamaciones. Esta misión
fué encargada al doctor José Manuel Restrepo y al reverendo
obispo de Santamarta José María Estéves, á quienes acompañaba
como secretario el coronelJosé Acevedo. Partieron sin tardanza,
y entre tanto se activaron los aprestos militares. Se queri^H*
minar pronto la cuestión pendiente del Cáuca, para acelerar la
proyectada unión colombiana, que debia componerse de los
tres Estados que se habían erigido en la República.
Á la sazón que la convención granadina discutía váidas leyes
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CAPÍTULO XX.
o69
orgánicas y administrativas, que juzgaba necesarias para plan-
tear la constitución, y para que sirviesen de norma al nuevo
gobierno, acordaba por parte de la Nueva Granada las bases
que le parecían mas convenientes á fin de cimentar la unión
colombiana. Conteníanse en la ley sancionada definitivamente
el i 5 de marzo. Conforme á sus disposiciones debia el poder
ejecutivo promover una reunión de plenipotenciarios que se
juntarían en el lugar que juzgaran mas á propósito, concurriendo
dos por cada uno de los tres Estados. Esta asamblea — « debia
examinar, acordar y proponer á los respectivos gobiernos los
pactos de unión que se juzgáran conducentes á la prosperidad
de Colombia. » Por parte de la Nueva Granada se proponía que
se estipulára : primero, que todos los Estados formaran un
cuerpo para cualquiera especie de tratado ó convenio que hu-
biera de celebrarse con la España, y que ninguno pudiera ha-
cerlo solo, sin permiso de los demás; segundo, quearreglára
lo conveniente sobre el pago en común, ó la distribución equi-
tativa de la deuda, así como de cualesquiera otras cargas, de-
rechos y acciones pertenecientes á Colombia; tercero, que nin-
guno de los Estados colombianos pudiera ocurrir para terminar
sus mutuas querellas al funesto recurso de las armas, y que
siempre nombráran árbitros; cuarto, que ningún Estado de
Colombia tuviera facultad de concluir con ninguna potencia
extranjera tratado alguno de límites ó de cesiou de territorio ,
sin previo conocimiento de los otros Estados; quinto, que los
Estados de Colombia hicieran siempre una sola causa común
para defender á todo trance su independencia política, su inte-
gridad territorial y cualesquiera otros derechos generales contra
todo insulto, ataque ó agresión de una potencia extranjera;
sexto, que ninguno de los tres Estados exigiera derechos á los
efectos y manufacturas extranjeras que se introdujeran por sus
puertos, con el preciso objeto de ser internados en otro de los
mismos Estados, sino los moderados de depósito en que se con-
viniera; séptimo, que los Estados colombianos se obligáran á
prohibir bajo de severas penas el tráfico de esclavos, bien para
i#ip&rtarlos en su territorio , ó bien para negociar con otras
naciones; octavo, en fin, que los mismos Estados se compro-
metieran á mantener perpetuamente una forma de gobierno
republicano, popular, representativo, electivo, alternativo y
responsable.
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570
HISTORIA DK COLOMBIA.
Ademas se decía en la ley , que si para consolidar la unión
se creía conveniente el establecimiento de una comisión, asam-
blea ó congreso común que estuviera reunido permanentemente,
en períodos fijos , ó en ciertas circunstancias , podría también
estipularse así por el ejecutivo de la Nueva Granada. Este que-
daba autorizado igualmente para convenir en el establecimiento
de un gobierno federativo, cuyos pactos y constitución debían
acordarse por una convención colombiana compuesta de dipu-
tados elegidos según la base de población. Dichos pactos y cons-
titución no se pondrían en planta ni surtirían efecto alguno
hasta que no hubieran sido ratificados por cada uno de los tres
Estados , en la forma establecida por sus respectivas constitu-
ciones. Mas se prohibía decididamente al ejecutivo granadino
convenir en el restablecimiento de un gobierno central, común
á toda la República de Colombia.
Después de constituir á la Nueva Granada; después de dar
leyes orgánicas para su gobierno y administración, y después
de acordar estas basas, la convención granadina terminó sus
sesiones el Io de abril. Ninguno puede negar á esta corporación
patriotismo , saber y ardientes deseos de dar á su patria insti-
tuciones republicanas convenientes á los pueblos, y por tanto
duraderas. Aunque las pasiones necesarias de la época en que
estuvo reunida, época triste en que ardían y germinaban por do
quiera los partidos, hicieron extraviar á la mayoría de sus
miembros respecto de algunos artículos constitucionales, espe-
cialmente sobre los relativos á las facultades del poder ejecutivo,
este fué un tributo que pagaron álas circunstancias del tiempo.
Algunos, y aun nosotros mismos hemos censurado el decreto
reservado que expidiera la convención , autorizando al ejecu-
tivo para borrar de la lista militar álos jefes y oficiales , y para
desterrar ó privar de sus destinos á los civiles que hubieran per-
tenecido al bando de Urdaneta. Creíamos con otros varios, que
esta providencia era contraria á la fe debida á un solemne con-
venio. Pero no hay duda que ella consolidó por algunos años
la tranquilidad pública , arrojando de nuestro suelo á muchos
hombres , militares irritados y audaces que alimentabaiflfr
siones vengativas : también ahorró con esta providencia á so
tesoro exhausto crecidas sumas de sueldos que habría sido nece-
sario pagar á los borrados de la lista militar. La medida fué
útil , pero injusta.
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CAPÍTULO XX.
571
Para mejorar la suerte de todos aquellos Granadinos que es-
tuvieran sufriendo por la parte que algunos habian tomado en
destruir al gobierno legítimo , la convención , al terminar sus
trabajos , autorizó al poder ejecutivo para permitir que regre-
saran á su patria los Granadinos por nacimiento que hubieran
sido desterrados. También les concedió un olvido absoluto de
todos los hechos políticos cometidos contra la constitución y las
leyes hasta el 5 de mayo anterior en que se restableció el go-
bierno legítimo. Este acto de clemencia era necesario á On de
reparar los males causados por el decreto reservado de 3 de di-
ciembre último.
Desde ántes que se disolviera la convención , había comu-
nicado el gobierno granadino al de Venezuela las bases acordadas
en 15 de marzo parala proyectada reorganización de Colombia.
Cuando el presidente de Venezuela recibió aquella nota , hallá-
base reunido el congreso , y según el mensaje que le habia di-
rigido el ejecutivo , arabos poderes colegisladores estaban dis-
puestos á entrar en convenios con la Nueva Granada, constituida
ya, para restablecer á Colombia. Conforme á estos patrióticos
y benévolos sentimientos, el congreso venezolano acordó en
29 de abril una ley por la cual — a reconocia á los Estados de
la Nueva Granada y del Ecuador en sus nuevas constituciones
políticas. » — Decretaba — « que el Io de noviembre próximo
marcháran á Bogotá dos comisionados elegidos por el congreso
con el objeto de tratar con el de la Nueva Granada y del
Ecuador acerca de los preliminares de los nuevos vínculos de
unión , proponiendo las bases de una convención colombiana ,
que establezca los pactos de federación que sean mas condu-
centes á la prosperidad de Colombia. »
El lugar de las sesiones debia escogerse por los comisionados
reunidos, y ningún acuerdo sería obligatorio sin que se ratifi-
cára por la correspondiente legislatura. Venezuela proponía —
« que los tres Estados formáran un solo cuerpo para cualquiera
especie de tratados, bien fuera con la España ó con cualquiera
o^ywtencia extranjera. » Las demás bases contenidas en esta
legran sustancialmente iguales á las que ántes mencionamos,
acordadas por la convención granadina, aunque estaban redac-
tadas con mas sencillez y precisión. En cumplimiento de esta
ley, el congreso nombró de comisionados al señor José Ensebio
Gallégos y al general Francisco Carabaño.
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572 HISTORIA DE COLOMBIA.
La Nueva Granada y Venezuela estaban, pues , de acuerdo en
las bases y actos preliminares parala confederación colombiana.
Mas la primera no habia reconocido al Ecuador, cuyos tres de-
partamentos habian sido parte integrante del vireinato de Santafé
ó de la Nueva Granada. La cuestión lamentable del Cauca
impedia aun el reconocimiento de aquel Estado ; pero estaba
decretada ya por la convención granadina , previas ciertas con-
diciones. Los comisionados Restrepo y Estéves, después de
largas y muy detenidas conferencias en la villa de Ibarra y en
Quito con los del Ecuador, señores José Félix Valdivieso, José
Joaquín Olmedo y Nicolás Artela , y de cambiar repetidas notas,
se vieron obligados á proponer : — « que se suspendieran las
negociaciones por tres meses, mientras se posesionaba el general
Santander presidente propietario de la Nueva Granada. » Los
comisionados del Ecuador rechazaron esta proposición , y el
10 de agosto declararon terminadas las conferencias y rotas las
negociaciones de paz, acompañando la rotura con una fuerte
protesta. Dichos comisionados habian rebajado mucho de sus
primeras y exageradas pretensiones. En la última nota hicieron
la siguiente propuesta : — «El Estado del Ecuador continuará
poseyendo por ahora la provincia de Pasto y el cantón de Bar-
bacóas por sus límites actuales. El Estado de la Nueva Granada
continuará poseyendo por ahora el territorio que se extiende
mas allá de los límites indicados , y sobre el cual el Ecuador
reclama sus derechos. Esta posesión temporal subsistirá hasta
que la convención general de Colombia, ó la autoridad que le-
galmente se constituyese , determine la demarcación y límites
respectivos de ambos Estados. »
Ni los comisionados ni el gobierno granadino podían acceder
á esta proposición, que comprometía derechos ciertos, á las con-
tingencias de la reunión de un cuerpo que era probable no se
juntára jamas , ó que se compusiera de miembros parciales.
Ademas, la constitución y las leyes granadinas no dejaban ar-
bitrio al poder ejecutivo, para abandonar por algún tiempo al
Ecuador la posesión de una parte de su territorio. Los comisio-
nados de la Nueva Granada rechazaron, pues, la propueíH^
rotas las conferencias pidieron sus pasaportes saliendo de Quito
en 24 de agosto para restituirse á su patria.
Inmediatamente se rompieron las hostilidades, y una división
de mil quinientos hombres de buenas tropas granadinas, man-
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CAPÍTULO XX.
dadas por el general José María Obando, marchó sobre Pasto.
La defección de ciento treinta soldados ecuatorianos, a quienes
se habia confiado la defensa de la Tarabita sobre el rio Jua-
nainbú , franqueó á Obando este paso difícil. Muchos Pastusos
amigos de la Nueva Granada corren entónces á las armas y for-
man guerrillas. El general ecuatoriano Farfan , que manda en
Pasto , pierde la cabeza, se desalienta, y en mucho desorden
pasa el rio Guaitara y corta el puente, abandonando enteramente
el primer cantón de Pasto ; mas continúa ocupando el de Tú-
querres. En consecuencia Obando entra en la ciudad de Pasto
el 21 de setiembre.
Á la sazón que tales noticias llegaron á Quito, estaba reunido
el congreso y causaron grande alarma. Recibióse en aquellas
circunstancias una comunicación de Obando en que ofrecía la
paz al Ecuador, previa la restitución del territorio cuestionado.
El congreso previno entónces al poder ejecutivo que negociara
la paz y le dió las bases. Un armisticio celebrado el 9 de octu-
bre por el cual ambas partes beligerantes debían dejar al cantón
de Túquerres como un campo neutro , armisticio que compren-
día á la provincia de Buenaventura , fué el primer paso de la
reconciliación. En seguida el presidente del Ecuador nombró
de comisionados á los señores Pedro José de Arleta y Antonio
Fernández Salvador, quien no aceptara. Por parte de la Nueva
Granada fueron los negociadores el general Obando y el coro-
nel Joaquín Posádas.
Reunidos en Pasto convinieron en un tratado de paz , amis-
tad y alianza, que se firmó en 8 de diciembre. Conforme á sus
estipulaciones , las dos partes contratantes se reconocieron mu-
tuamente como Estados soberanos é independientes. El Ecuador
reconoció por límites de la Nueva Granada los reclamados por
esta , que eran los mismos que habia fijado la ley colombiana
de 25 de junio de 1824 , entre los departamentos del Cauca y
Ecuador : por consiguiente las provincias de Pasto y de Buena-
ventura quedaron incorporadas á la Nueva Granada, y se esti-
pulóque ninguno de los dos Estados admitiría agregaciones de
pKÜtos del otro. La alianza fué — « para su defensa común,
para la seguridad de su independencia y libertad , y para su
bien recíproco y general, así como para conservar ilesa la inte-
gridad del territorio de Colombia. » Cada uno de los Estados
se obligó á reconocer la parte de la deuda de dicha república
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574 HISTORIA DE COLOMBIA.
que proporcionalmente le correspondiera , á responder de los
valores pertenecientes á la unión, de que hubiera dispuesto, y
i observar los tratados públicos de Colombia. Comprometié-
ronse también á enviar oportunamente al lugar que se desig-
nara sus respectivos ministros para formar la asamblea de ple-
nipotenciarios , ó aquella corporación ó autoridad que debia
deslindar y arreglar los negocios comunes á las tres secciones
en que se babia dividido Colombia. Arregláronse igualmente
en el mismo tratado otros puntos que tocaban solamente á los
Estados contratantes.
Tal fué el completo suceso que obtuvo la Nueva Granada para
reintegrar su territorio que se pretendía usurpar. Por tan feliz
éxito quedaron deslucidas enteramente las ridiculas fanfarro-
nadas de Flórez en su proclama de 31 de enero último, y la
victoria segura que babia ofrecido a los Ecuatorianos. La mayor
parte de estos , ó por lo ménos los mas notables , favorecían las
aspiraciones de Flórez sobre el territorio granadino, y deseaban
extender los límites de su república á costa de la Nueva Gra-
nada. Tan injustas pretensiones y esperanzas mal concebidas
quedaron burladas enteramente, y el gobierno del Ecuador
tuvo, aunque fuera mal de su grado, que ratificar el tratado de
Pasto.
Parecía que restablecida la paz entre el Ecuador y la Nueva
Granada, que mutuamente habían reconocido su independencia
y soberanía nacional , se habrían removido los obstáculos que
retardaban hasta entónces el nombramiento y reunión de los
ministros plenipotenciarios que debían componer la asamblea
colombiana. Pero no fué así. Aunque el congreso de Venezuela
habia elegido para comisionados á Gallégos y á Carabaño, nin-
guno quiso admitir el destino. El ejecutivo los reemplazó con
otros que renunciaron también, y lo mismo hicieron las demás
personas escogidas sucesivamente. Los motivos que influían en
estas renuncias eran : que á los nombrados no se les ocultaba,
que á la mayor parte de los que componían el gobierno de Ve-
nezuela les repugnaba entrar en federación con los demás Es-
tados colombianos, y que la opinión pública mas generaldKft-
poco lo quería.
Este era también el dictámen de muchos ciudadanos influentes
en la Nueva Granada, que veían con claridad mayores males
que bienes en la confederación proyectada. Hecha una vez la
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CAPÍTULO XX. 575
separación de Venezuela, de la Nueva Granada y del Ecuador,
les parecía mas conveniente su independencia absoluta en todos
los ramos del gobierno, que no el contraer vínculos sumamente
laxos de federación. Eu su concepto solo servirían estos para
impedir que se hiciera oportunamente el bien, de motivos para
disputas y acaso para guerras. Por otra parte , aun cuando se
constituyera un gobierno general, ¿qué podría disponer este
para hacerse obedecer por los tres Estados relativamente fuertes
que se confederaban ? Nada : hubiera sido preciso dividirlos, lo
que ninguno de ellos quería , y con razón, para no exponer su
unidad y existencia á los azares de la federación. Esta en la
América ántes española ha sido por donde quiera, y nos parece
que será perpetuamente el origen fecundo de anarquía, de
guerras civiles y de todo linaje de desórdenes. Los Estados co-
lombianos debian , pues , ser muy cautos para comprometerse
en una federación, que les trajera por resultado funesto , ó las
guerras civiles ó la anarquía de Buenos Aires y Guatemala.
Año de 4833. — Venezuela fué la primera en retroceder ofi-
cialmente de la carrera emprendida. Su congreso en las sesiones
de este año (abril 6), revocó el decreto que en 29 de abril ante-
rior habia expedido, fijando las bases para la unión federativa
de Colombia. En lugar de esta prevenía al ejecutivo — « que
promoviera é iniciára lo mas pronto con los gobiernos de Nueva
Granada y Ecuador las estipulaciones necesarias para la liqui-
dación y división de la deuda general que contrajo Colombia, y
de los derechos y acciones comunes. »
En cumplimiento de este decreto el gobierno de Venezuela
dirigió á Bogotá con el carácter de enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario al señor Sántos Michelena. Este fué
reconocido como tal (agosto 29) , y principió sus negociaciones
con el secretario de relaciones exteriores de la Nueva Granada ,
Lino de Pombo , autorizado expresamente para concluir los
tratados.
Tan importantes discusiones como eran las de repartir pro-
porcionalmente entre la Nueva Granada, Venezuela y Ecuador
latfMa doméstica, la extranjera y los derechos activos de Co-
lombia, debian prolongarse por algún tiempo, á fin de dar lugar
á la meditación , y á considerar mil circunstancias económicas
que eran de tenerse presentes. Retardó también la conclusión
del tratado ó convención la falta de un ministro del Ecuador,
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576 HISTORIA DE COLOMBIA.
cuyo gobierno jamas se negó abiertamente á enviarle ; pero no
llegó el caso de que arribára á Bogotá.
Año de 1834. — Así corrieron muchos meses , y cansados de
aguardar la concurrencia del Ecuador, los ministros de Nueva
Granada y Venezuela firmaron al fin en 23 de diciembre el tra-
tado sobre la división de la deuda colombiana. Tocaron á la
Nueva Granada cincuenta unidades del total, á Venezuela veinte
y ocho y média , y al Ecuador veinte y una y média. En la
misma proporción debían repartirse los haberes y acciones en
favor de Colombia. La población de cada uno de los tres Esta-
dos, conforme al censo general practicado en 1825 , fué la base
adoptada para esta división.
El mismo tratado contenia las disposiciones convenientes para
liquidar y repartir todas las deudas consolidadas y consolidables,
la flotante y la de tesorerías que pertenecían á Colombia hasta el
31 de diciembre de 1829, dia en que de común acuerdo se dió
por consumada la separación de Venezuela. Á pesar de esto se
declararon también comunes á las tres repúblicas varios gastos
posteriores de la lista diplomática , y los impendidos en el con-
greso constituyente de 1830. Estas liquidaciones y la resolución
ó transacción de cualesquiera dudas ó reclamaciones que hu-
biera contra Colombia, respecto de los intereses pecuniarios,
debían decidirse por una comisión de ministros colombianos
que se establecía por el mismo tratado. La residencia asignada
á dicha comisión, compuesta de un representante por cada Es-
tado , era la ciudad de Bogotá. Aquí debían juntarse inmedia-
tamente después que se hubieran canjeado por las tres repú-
blicas las ratificaciones de la convención. Este fué el primer
documento oficial común, en que adoptaron tal denominación,
dejando de llamarse Estados.
Año de 1835. — Cuando se firmó la convención colombiana
de 23 de diciembre anterior, no habia esperanza deque el Ecua-
dor diera su adhesión constitucional. Hallábase envuelto el país
en una guerra civil de los liberales contra Flórez y Rocafuerte,
que apoyaba al primero en Guayaquil con toda su autoridad
(enero 18). La contienda terminó en Miñarica con una holWle
carnicería y por la emigración de los patriotas ecuatorianos, que
justamente querían dar garantías y libertad á su patria. ¡ Befa
y deshonor á los autores de tan sangrienta ejecución, y al que la
cantara en estrofas brillantes, como un acto sublime de heroísmo !
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CAPÍTULO XX.
577
Venezuela fué la primera de las tres repúblicas que aprobó
en 28 de abril la citada convención de 23 de diciembre. Su con-
greso acordó el acto legislativo en las sesiones de este año , ter-
minadas ántes de la revolución militar del mes de junio. Volcó
esta momentáneamente á su gobierno, causando graves daños
al país , y obligó á los pueblos de Venezuela á hacer costosos
sacrificios. m
La Nueva Granada tardó en aprobarla expresada convención.
En las sesiones ordinarias del congreso de este año se manifestó
una fuerte oposición en la cámara de representantes contra
aquel tratado , que la generalidad de los Granadinos estimaba
como excesivamente gravoso á la República. Por esto cerró el
congreso sus sesiones sin haberle prestado su aprobación cons-
titucional.
Año de 1836. — En las de 1836, volvió á discutir la misma
cuestión con el mayor calor. Hiciéronse fuertes inculpaciones al
gobiernMel general Santander, porque babia convenido en que
se firmase una convención en extremo onerosa á la Nueva Gra-
nada, descargando á Venezuela de gran parte de la deuda que
debia corresponder á dicha república. Se decia que para la di-
visión de los créditos activos y pasivos de Colombia , no solo
debia atenderse á la población , sino también á la riqueza de
sus diferentes secciones ; que Venezuela con ménos población
que la Nueva Granada, era proporcionalmente mas rica, por su
posición marítima y por su agricultura , harto superiores á la
nuestra ; en fin , que una gran parte de la población granadina
se componia de Indios proletarios , que nada producían para
satisfacer la deuda colombiana.
Con estos y otros argumentos , tomó la cuestión una acrimo-
nia inusitada en la cámara de representantes. Díjose que el po-
der ejecutivo habia procedido inconstitucional mente en el nom-
bramiento de su ministro Pombo, porque no lo hizo con acuerdo
y consentimiento del consejo de Estado; lo que era verdad.
Hubo votaciones en que los diputados así lo decidieran , por lo
cual se desorganizó por algunos dias la administración grana-
difl^á causa de la renuncia que hicieron de sus destinos , el
22 de marzo, los tres secretarios de Estado, Pombo, Soto y An-
tonio Obando. Después de largas y acaloradas discusiones, que
duraron quince dias , la convención de 23 de diciembre fué re-
chazada en la cámara de representantes por una gran mayoría
TOMO IV. 37
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578 HISTORIA DE COLOMBIA.
(abril 9). Los fundamentos que ántes adujimos contra la divi-
sión de la deuda, de la manera que se hizo; la fuerte oposición
que hallaba el gobierno de Santander ya en el último año de
su período ; el resentimiento de muchos Granadinos contra el
congreso de Venezuela , porque habia negado su aprobación al
tratado de límites con la Nueva Granada : hé aquí los motivos
de aquella negativa.
El congreso y el poder ejecutivo de la Nueva Granada juzga-
ron que este rechazo era definitivo. En consecuencia , el último
excitó á los gobiernos de Venezuela y del Ecuador para que se
congregáran sus ministros plenipotenciarios en alguna de las
ciudades que indicaba, á negociar un nuevo tratado. El presi-
dente del Ecuador convino en la necesidad de la medida; pero el
de Venezuela propuso que en la próxima reunión del congreso
granadino se le sometiera nuevamente la misma convención.
Año de 1837. — Era una oportunidad favorable para tal pro-
cedimiento la de haber cesado la administración del general
Santander, reemplazada por la del nuevo presidente doctor José
Ignacio Márquez. Esta por consiguiente podia contar en las cá-
maras legislativas con la mayoridad que le habia elevado á la
silla presidencial. Confiando el ejecutivo en tan sólido apoyo ,
dirigió (abril 6} al congreso un mensaje pidiéndole que fundára
el crédito público de la Nueva Granada. Proponíale como base
primordial para conseguirlo , que examinára nuevamente y que
aprobárala convención del 23 de diciembre de 4834. En efecto,
el congreso asintió á la propuesta ; en el mes de mayo aprobó
dicha convención, y puso al gobierno granadino en aptitud de
ratificarla. Contribuyó también á este fin el que la opinión pú-
blica era ya favorable al tratado sobre división de la deuda ,
pues gran número de los Granadinos influentes creían entónces
que sería mejor terminar cuestiones desagradables con Vene-
zuela, aun cuando se hicieran algunos sacrificios por la Nueva
Granada.
Obtenido apénasete resultado , se supo oficialmente que el
congreso del Ecuador habia aprobado también la referida con-
vencion en 13 de abril. El doctor Francisco Marcos obtuv^Wíf
consecuencia el nombramiento de ministro plenipotenciario
cerca de la Nueva Granada ; él se puso inmediatamente en ca-
mino para Bogotá. Era el objeto de esta misión acelerar el arreglo
definitivo de Tos negocios colombianos.
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CAPÍTULO XX. 579
Año de 4838. — El poder ejecutivo de Venezuela había nom-
brado con el mismo carácter al señor Santos Michelena, que
tan bien desempeñó su comisión anterior. Ambos ministros
llegaron á Bogotá , y fueron reconocidos en los meses de enero
y febrero por el gobierno granadino. En consecuencia se realizó
en 22 de febrero el triple canje de las ratificaciones de la con-
vención de 4834 , en virtud de haberse accedido á ella por parte
del gobierno ecuatoriano.
En seguida el poder ejecutivo de la Nueva Granada nombró
al doctor Rufino Cuervo para su ministro plenipotenciario. Es-
tando así completo el número , la comisión colombiana de mi-
nistros se instaló en Bogotá el 25 de abril, para ejercer las fun-
ciones expresadas en la convención de 23 de diciembre.
Como esta en su artículo 27 decía, — « que los gobiernos
de las tres repúblicas acordáran las medidas mas conducentes
para liquidar y cobrar los créditos activos de Colombia , » la
comisión de ministros firmó en 16 de noviembre otra conven-
ción en forma de protocolo , que aprobaron y ratificaron debida-
mente las partes contratantes. Encargóse por ella á los minis-
tros ó agentes de las tres repúblicas la liquidación y cobro de
mas de dos millones y medio de pesos que las casas de B. Goldsh-
midt y Herring , Graham y Powles quedaron debiendo á la
República por los empréstitos de 4822 y 4824, así como cuales-
quiera otras deudas que resultáran á su favor. La liquidación
de lo que debían y aun adeudan á Colombia las repúblicas del
Perú y Bolivia, por los auxilios que les prestára á fin de con-
seguir su Independencia , se encargó al ministro que nombrase
el gobierno de la Nueva Granada. Practicadas que fueran las li-
quidaciones , y asegurado el cobro del saldo que resultára , los
encargados de estos arreglos debían dar cuenta á los gobiernos
de las tres repúblicas, para que cada una dispusiera como tu-
viese por conveniente de la parte que le tocase conforme á las
bases acordadas en la convención de 23 de diciembre de 4834.
En la misma proporción se debían distribuir los gastos que se
impendieran en la liquidación y cobro de todos los créditos
de Colombia ; pero el gobierno granadino se comprometió
á supür los fondos necesarios para los gastos que se hicieran en
las misiones diplomáticas al Perú y Bolivia , destinadas á los
indicados objetos.
Año de 1839. — La comisión colombiana arremetió desde su
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580 HISTORIA DE COLOMBIA.
instalación la empresa harlo difícil de liquidar los créditos pa-
sivos de Colombia , y de oir tanto las reclamaciones individuales,
como las que presentaran las naciones extranjeras, sobre expo-
liaciones hechas á sus súbditos por los corsarios de Colombia,
las que debia decidir ó transigir según justicia y equidad.
Auxiliada por otras comisiones subalternas que se crearon en
la Nueva Granada , en el Ecuador y en Venezuela , pudo con-
cluir sus principales tareas. Los ministros plenipotenciarios traba-
jaron con asiduidad é inteligencia, y sobre todo con una armonía
que hará siempre honor á su tino , prudencia y circunspección.
Ninguna cuestión desagradable se suscitó entre las tres repú-
blicas hermanas sobre la división de los créditos pasivos de
Colombia. Terminóse esta operación el 16 de mayo de 1839.
La distribución que se hizo de la deuda extranjera fué de
seis millones seiscientas ochenta y ocho mil novecientas cin-
cuenta libras esterlinas de capital , que á cinco pesos la libra
esterlina son 34,065,000. Aproximadamente los intereses cor-
ridos sobre esta deuda extranjera desde los respectivos contratos
de empréstito, hasta el 31 de diciembre de 1838, ascendían á
veinte y nueve millones cuatrocientos cincuenta mil pesos.
La deuda interior ó doméstica (mayo 16) en sus diferentes
ramos ascendía en capital el 31 de diciembre de 1829 á veinte
y cinco millones trescientos veinte y seis mil diez y siete
pesos noventa y ocho centesimos. Sus intereses aproximados
no bajaban en 31 de diciembre de 1838 de catorce millones qui-
nientos cincuenta y siete mil doscientos sesenta y ocho pesos
setenta centésiraos.
Conforme á la división de capitales que hizo la comisión co-
lombiana de ministros , cupieron á la Nueva Granada, por sus
cincuenta unidades , veinte y nueve millones seiscientos no-
venta y cinco mil quinientos ocho pesos noventa y nueve
centesimos. Tocaron á Venezuela, por sus veinte y ocho y média
unidades, diez y seis millones novecientos veinte y seis mil cua-
trocientos cuarenta pesos doce centésimos. En fin , correspon-
dieron al Ecuador, por sus veinte y una y média unidades, doce
millones setecientos sesenta y nueve mil sesenta y ocho
ochenta y siete centésimos. Estas diferentes porciones hacen
montar el capital oavidido entre las tres repúblicas á cincuenta
y nueve millones trescientos noventa y un mil diez y siete pesos
noventa y ocho centésimos.
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CAPÍTULO XX. í>8!
Según lo que hemos dicho , la suma total aproximada de los
intereses corridos hasta el 31 de diciembre de 4838 , tanto de
la deuda extranjera como de la doméstica , ascendió á cuarenta
y cuatro millones siete mil doscientos sesenta y ocho pesos se-
tenta centésimos. De esta suma tocaron á la Nueva Granada ,
conforme á las liquidaciones que debían hacer sus mismas ofi-
cinas, veinte y dos millones tres mil seiscientos treinta y cuatro
pesos treinta y cinco centésimos ; á Venezuela doce millones
quinientos cuarenta y dos mil setenta y un pesos cincuenta y
ocho centésimos; y al Ecuador nueve millones cuatrocientos
sesenta y un mil quinientos sesenta y dos pesos setenta y siete
centésimos. Por consiguiente la deuda por capital é intereses
que tocó á la Nueva Granada fué de cincuenta y un millones
seiscientos noventa y nueve mil ciento cuarenta y tres pesos
treinta y cuatro centésimos ; la de Venezuela ascendió á veinte
y nueve millones cuatrocientos sesenta y ocho mil quinientos
once pesos setenta centésimos ; en fin , la del Ecuador fué de
veinte y dos millones doscientos treinta mil seiscientos treinta
y un pesos sesenta y cuatro centésimos. Las tres partidas as-
cienden á ciento tres millones trescientos noventa y ocho mil
doscientos ochenta y seis pesos sesenta y ocho centésimos (i).
(1) El pormenor de la división de la deuda que hemos tomado de docu-
mentos oficiales es como sigue :
Qeuda extranjera. Total en pésol.
Empréstito de 1822 2,000,000 »
Empréstito de 1824 (») 4,750,000 »
Id. de Méjico sin interés. . . 63,000 »
6,813,000 . 34,065,000 .
Deuda doméstica.
Consolidada al cinco por ciento. . . . 5,359,255 74
Consolidable á id 331,086 06
Consolidada al tres por ciento. . . . 6,936,707 18
Consolidable á id 2,821,328 90
Deuda flotante 5,956,204 60
(■Bfeorerías 3,639,771 »
Reconocimientos de liquidación. . . . 281,665 50 25,326,018 98
Monto de los capitales. . . . 59,391,018 98
(1) En este empréstito se habían amortiiado m.OBO libras «tarimas , lo que dismiony*
su
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582 HISTORIA DE COLOMBIA.
Cada una de las tres repúblicas había amortizado parte de
esta deuda. La amortización hecha por la Nueva Granada era
de tres millones novecientos cincuenta y nueve mil novecientos
treinta y cinco pesos treinta y ocho centésimos. Casi la misma
suma habia amortizado Venezuela , y era muy corta la amorti-
zación hecha por el Ecuador.
Hé aquí la terminación de los negocios colombianos , des-
pués de haberse disuelto Colombia (mayo 16). Esta república,
semejante a la de Roma , debió su origen á guerrilleros auda-
ces á quienes los Españoles llamaron bandidos, los que vagando
en las dilatadas llanuras del oriente de Venezuela, se burlaron
del poder de la España con la lanza y el caballo. Reunidos luego
bajo el mando de ilustres y denodados jefes, entre los cuales
descollára Bolívar como el primero , ocupan la Guayana espa-
ñola, triunfan en Boyacá , se apoderan de la Nueva Granada, y
la república de Colombia se levanta majestuosa , desde las sel-
vas antiguas del Orinoco. Esta brillante creación de Bolívar y
de Zea, de Páez y de Mariño, de Arismendi, Bermúdez, Mo-
nágas, Soublette, Santander, Sucre, y de tantos otros benemé-
ritos patriotas que con su espada ó sus consejos presidieron á
su nacimiento levantándola en sus brazos , tiene un crecimiento
Viene. . . . 59,391,018 98
Intereses aproximados corridos hasta 31 de
diciembre de 1838.
De la deuda extranjera 29,450,000 *
De la interior al cinco por ciento. . . 5,493,206 50
De id. al tres por ciento. . . 4,266,074 70
Flotante y de tesorerías 4,797,987 50 44,007,268 70
Total. . . . 103,398,287 68
División.
Á la Nueva Granada por cincuenta unida-
des de capital 29,695,508 99
Á id. por intereses. . . . 22,003,635 35- 51,699,144 34
Á Venezuela, capital 28 1/2 unidades. . 16,926,440 12
Á id. por intereses 12,542,071 58 29,468,511 70
Al Ecuador, capital 21 1/2 unidades. . 12,769,068 87
k id. por intereses. 9,461,562 77 22,230,631 64
Suma igual. . . . 108,398,287 68
CAPÍTULO XX.
583
precoz , y casi desde sus primeros dias se presenta en el rango
de las naciones orlada su frente con los laureles de la victoria ,
y esclarecida con los triunfos de sus fundadores. Ella liberta
luego su territorio venciendo al león de Iberia en Boyacá , Ca-
rabobo, Cartagena, Pichincha, y, cual otra Roma después déla
conquista de la Italia , se lanza mas allá de sus riberas , no para
esclavizar , sino para libertar á sus hermanos oprimidos en el
antiguo imperio de los Incas. Dirigidas sus huestes por Bolívar,
el primer caudillo de la América, triunfaron en Junin, y en
Ayacucho Sucre las condujo á la victoria. En consecuencia la
bandera colombiana flamea hasta en las cimas argentíferas de
los Andes del Potosí, dando nacimiento á dos repúblicas, afian-
zando para siempre la Independencia de la América del Sur.
Mas Colombia sobrevive muy poco á tan espléndidos triunfos
(mayo 16). Debilitada por los grandes esfuerzos que le costaran
sus victorias ; mal gobernada por su extensión, por la fragosidad
de sus caminos , por la guerra , y por algunos vicios de sus insti-
tuciones y de sus leyes orgánicas ; conmovida por las pasiones
exaltadas , por los partidos enconados y por la indisciplina de
sus tropas , Colombia desaparece del catálogo de las naciones ,
desgarrado su seno por sus mismos hijos : ella baja al sepulcro
casi á la par con su Libertador, dejando en pos de sí huellas
luminosas cual metéoro.
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APÉNDICE.
NOTAS ILUSTRATIVAS
DEL TOMO CUARTO
DE LA HISTORIA DE COLOMBIA.
nota t».— Página M.
El doctor don Manuel Lorenzo Vidaurre, Peruano célebre desde el
tiempo del gobierno español por sus extravagantes inconsecuencias
de toda clase, fué desde esta época uno de los mas encarnizados
enemigos del Libertador, cuya reputación procuró mancillar por
cuantos medios estuvieron a su alcance. Antes fué acaso el mas bajo
de sus aduladores, y la siguiente anécdota, que copiamos de un pe-
riódico contemporáneo, da la medida de su abyección.
a En un baile que se dió en Lima, y á que habia concurrido el
Libertador, Vidaurre se colocó delante de S. E. (causa vergüenza
referirlo) en cuatro pies, y le dirigió estas palabras : Señor, ante el
H^^superior de los hombres, no creo deber ni poder presentarme
sino en esta posición. Hónreme S. E. dejando sentir su planta bien-
hechora sobre mis espaldas. » — ¿ Qué caso podría hacerse de los
dicterios que desde este tiempo lanzara contra Bolívar un hombre
tal como Vidaurre?
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586
HISTORIA DE COLOMBIA
Noto ti. - Página 18.
En 1 5 de diciembre anterior llamó el secretario de la guerra Hérez
al general Lara, y le previno que estuviera vigilante, porque se ha-
bía denunciado al gobierno peruano que los cuerpos de la división
colombiana proyectaban una insurrección contra sus jefes, y quo
estaban decididos á tomarla escarapela del Perú. En consecuencia de
este aviso se recibieron alguuas declaraciones, y el resultado fué que
el teniente granadino Mariano Castillo , según ántes indicamos, se
había propuesto exaltar la rivalidad entre Venezolanos y Granadinos
para conseguir por este medio insurreccionar los batallones. Seme-
jante proyecto , cuyos promotores se juzgaron incapaces de conse-
guirlo, pareció que no podría tener resultado alguno, y se terminó
por Lara con una órden general encargando la concordia.
Moto *». — Página 26.
Hay una proclama de Bustamante á los Colombianos del sur, que
este imprimió en Lima, suponiéndola dada á bordo del bergantín
Congreso el 26 de febrero, en la que anuncia el regreso de la tercera
división; por consiguiente, era ya una cosa acordadacon el gobierno
del Perú desde ántes que se le pasára el citado oficio, y por inadver-
tencia délos directores de Bustamante dejaron de corregir aquel ana-
cronismo, que es harto significativo. En 26 de febrero Bustamante se
hallaba en la Magdalena.
Noto o». — Página 44.
El primer obispo nombrado por Su Santidad fué el doctor Buena-
ventura Arias , auxiliar de la diócesis de Mérida de Maracáibo. Si-
guieron después en mayo de este aflo los doctores Fernando Caicedo
y Ramón Ignacio Méndez para los arzobispados de Bogotá y de
cas. Para obispo de Quito nombró al doctor Manuel Sántos Escobar,,
quien ya habia muerto; — para Cuenca al doctor Calixto Miranda ;
— para Santamaría al doctor José María Estéves, — y para Antióquia
á su primer obispo Fr. Mariano Gainica, de la órden de Predicadorti.
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 587
Todos estos prelados recibieron el pase de sus bulas bajo de las mis-
mas protestas con que lo daba el consejo de Indias en tiempo del
gobierno español , salvando así los derechos de la potestad civil ;
tampoco se permitió que prestáran los electos el juramento de ciega
obediencia al papa.
Mota a*. — Página 47.
Hé aquí estos cuadros importantes :
ESTADO GENERAL
De las rentas y gastos de Colombia, para el alto económico de 1817 á 1818.
Los productos de las rentas públicas de Colombia desde 30 de ju-
nio de 1825 á la misma fecha de 4826, fueron los siguientes :
Aduanas 5,688,019 4
Casas de moneda. 142,454 4
Quintos y fundición de metales . . . 37,277 3 479,428 7
Estanco de tabaco 800,518 5
— de pólvora 26,586 6
— de aguardiente 16,438 7 843,544 2
Correos 1 1 1 ,659 4
Salinas 215,333 3
Diezmos 258,199 4
Tributos de Indios 138,067 7
Alcabalas 78,598 » 801,858 2
Bodegas del Estado 2,277 7
Papel sellado 62,294 3
Contribuciones directas 144,168 5
Venta de tierras baldías 3,182 3
Aprovechamientos varios 49,505 6 261,429
Derechos de vendutas 2,314 2
Hospitalidades 10,110 7
Confiscaciones várias 40,364 3
Pr^ju^ps varios 13,521 i
Ramos ajenos 174,531 4
Masa común de hacienda 980,828 7
Existencia del año anterior .... 232,622 7 i ,454,293 7
Reñías ordinarias. . . . 9,228,573 3
-
:¡88
HISTORIA DE COLOMBIA.
Viene.
9,228,573 3
Rentas extraordinarias.
Empréstitos 2,691,412 »
Reintegros al erario 72,871 6
Contribuciones extraordinarias . . . 35,001 »
Donativos 3,904 5
Depósitos 97,083 4
Deudas cobradas 24,536 4
2,924,809 3
Total 12,153,382 6
Gastos.
En el departamento de relaciones exte-
riores
En el departamento del interior.
— de guerra .
— de marina .
— de hacienda
Interes de la deuda exterior . .
Para un fondo de amortización .
Sobrante
69,369 7
526,886 4
4,307,797 5
912,721 »
579,047 »
1,800,000 »
300,000 »
8,495,822 »
3,657,560 6
Otra comparación.
Rentas ordinarias (1) 9,228,573 3
Gastos ordinarios 8,495,822 »
Sobrante 733,751 3
Este sobrante desaparecía si en el año se armaba y sostenía toda
la marina. Entónces costaría esta 2,026,422 6; por consiguiente ha-
bría un déficit de 380,950 3.
(1) Creemos que este producto era estimado ó por cálculos de aproxima-
ción en gran parte : lo juzgamos exagerado, y en nuestra opinión las ren-
tas ordinarias de Colombia jamas excedieron de siete millones de pesos , j
acaso ménos.
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 589
ESTADO GENERAL
-
De la población de Colombia, según el censo formado por órdenes del poder ejecutivo en l8is
Departamentos de l'enezuela.
Provincias. Esclavos. Hombres Totales Totales Nombres
libres, de provincias. de departa- de estos.
Margarita 423 14,265 14,690
Cumaná 4,963 33,211 35,174
Barcelona 993 35,154 36,147 86,011 Maturin.
Guayana 50 16,260 16,310
Apure 197 22,136 22,333
Barínas 1,586 85,593 87,179 125,822 Orinoco.
Caracas 30,534 136,432 166,966
Carabobo 9,651 150,223 159,874 326,840 Venezuela.
Maracáibo .... 993 24,051 25,044
Coro 1,326 20,352 21,678
Trujillo 1,226 31,325 32,551
Mérida 1,14* 40,543 41,087 120,960 Zúlia.
50,088 609,545 659,633
Departamentos de la Nueva Granada.
Casanare 30 19,030 19,080
Pamplona .... 1,118 65,008 66,126
Socorro...... 2,265 132,896 135,161
Tunja 331 189,351 189,682 410,049 Boyacá.
Bogotá 2,382 186,313 188,695
Néiva 1,237 45,920 47,157
Mariquita 896 50,443 51,339
Antióquia .... 4,368 99,885 104,253 391,444 CandÍBamirea.
Cartagena .... 4,866 115,797 120,663
Santamaría. . . . 1,629 42,766 44,395
RifOTfta 634 11,291 11,925 176,983 Magdalena.
Panamá 1,410 64,709 66,119
Veraguas 286 33,680 33,966 100,085 Istmo.
Pasa. . . . 21,452 926,909 1,078,561
J
i
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590 HISTORIA DE COLOMBIA.
Viene. . . 21,452 926,909 1,078,561
Chocó 4,843 12,407 17,250
Popayan 12,393 75,126 87,519
Buenaventura . . 6,700 10,984 17,684
Pasto 451 26,874 27,325 149,778 Cáuca.
45,839 1,182,500 1,228,339
Departamentos del Ecuador.
Pichincha .... 717 132,452 133,169
Imbabura .... 2,315 56,710 59,025
Chimborazo ... 345 115,075 115,420 307,614 Ecuador.
Cuenca 320 76,103 76,423
Loja 930 33,541 34,471
JaenyMainas . . » » » 110,894 Asuay.
Manabí 300 17,150 17,450
Guayaquil .... 2,048 53,990 56,038 73,488 Guayaquil.
6,975 485,021 491,996
Resumen.
Veneiuela Nuera Gra- Ecuador. Totales,
inda.
Hombres libres. . 609,545 1,182,500 485,021 2,277,066
Esclavos 50,088 45,839 6,975 102,902
Indio* iidep«ii¡«ntei . . 26,579 144,771 32,481 203,831
686,212 1,373,110 524,477 2,583,799
Nota 1». Según los informes de los gobernadores, este censo es
bajo, porque los habitantes se denegaban á ser inscritos, juzgando
que era destinado á sacar reclutas é impouer contribuciones. Cal-
culó, pues, el secretario del interior que en 1 825 la población debia
ser de dos millones ochocienias mil almas.
2a En los dos arzobispados y ocho obispados de Colombia habia mil
seiscientos noventa y cuatro eclesiásticos seculares, y mil trescientos
setenta y siete regulares distribuidos en cincuenta y un conroRos
de varias órdenes.
3* Resultaron setecientas ochenta y nueve monjas distribuidas en
treinta y tres monasterios.
4a Los Indios no civilizados é independientes que habitan en los
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 591
vastos desiertos, especialmente del oriente de Colombia, se pusieron
en los censos por estimaciones que juzgamos solo aproximadas.
lióla — Página 63.
Usando de esta facultad fué que el Libertador dispuso que los prin-
cipios de legislación universal no se ensefláran por las obras de Je-
remías Bentham. Accedió en esto á los informes y á los deseos de
una gran mayoría de los padres de familia, que no quedan se cor-
rompiesen los tiernos corazones de sus hijos con las ponzoñosas doc-
trinas que tienen por base la utilidad. Los gobiernos y administracio-
nes sucesivas se apartaron de esta saludable disposición, y por
desgracia han cogido amargos frutos de inmoralidad y corrupción
en la juventud.
Nota t«. — Página 64.
Se ha creido que el foco principal de este terremoto fueron los
volcanes de Huila y Puracé, en la cordillera que divide las aguas del
Magdalena y del Cauca; este rio creció mucho, y sus aguas quedaron
fétidas y turbias. Crecientes de lodo y de lava corrieron hacia el
Magdalena , cuyas aguas se enturbiaron y se pusieron hediondas
hasta morir muchos peces. Los cerros se derrumbaron , y taparon
rios y arrojos, cuyas represas corrieron después con grande violencia,
arrastrando hombres, animales y plantíos; de esta manera perecie-
ron eu Néiva mas de doscientas personas, y se inutilizaron multitud
de plantaciones, especialmente en el valle de Suaza; este rio estuvo
sin correr cincuenta y cinco dias, cubriendo el agua dos leguas á lo
largo del valle, média de ancho, y subiendo ciento cincuenta varas.
Al fin rompió los diques el agua, hizo muchos daños, y esterilizó las
vegas del alto Magdalena con la tierra no vegetal y las arenas que
regára en ellas. Las ciudades de Bogotá, Néiva, Popayan y Pasto
fueron las que mas padecieron con dicho terremoto.
Mota W. — Página 78.
Á pesar de que sus derechos eran tan claros, nuestro gobierno de
4
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592 HISTORIA DE COLOMBIA.
ningún modo quería tener en su ejército soldados peruanos ni boli-
vianos. Así fué que desde 29 de julio de este aflo dio órden para que
se licenciáran todos los que existieran en los cuerpos que formaban
la tercera división, y en el batallón Ayacucho, órden que repitió
después al general Flórez.
Mota 9» Página 83.
El que esto escribo tuvo mucha parte en aquella conducta pasiva
por una delicadeza equivocada. Mas ahora conoce que fué un error
capital el haber dejado que el bando enemigo del gobierno obrára á
sus anchas sin contrarestar sus intrigas eleccionarias. Si el Liberta-
dor y sus amigos hubieran empleado el grande influjo que tenian
> en Colombia, para que se nombráran diputados á la convención ¿
republicanos que hubieran deseado el establecimiento de una liber-
tad justa y racional, y no los excesos de la demagogia, puede ase-
gurarse que la mayoría de la convención habría sido favorable á sus
miras. Entónces acaso la existencia de Colombia se hubiera prolon-
gado algunos años mas. En justicia nada se puede objetar contra el
influjo racional del ejecutivo en las elecciones populares ; así obran
los gobiernos republicanos en los Estados Unidos; lo mismo sucede
en Inglaterra , en Francia , y donde quiera que se ha establecido el
sistema representativo.
Mota — Página 99.
Nos parece que el proyecto de constitución presenlado por el doc-
tor Castillo y sus amigos era sencillo ; y mas propio para Colombia
que el redactado por Azuero y la comisión.. En el primero se elegían
los representantes , uno por cada cuarenta mil almas con dos años
de duración, y los senadores uno por cada provincia, los que dura-
ban cuatro años. El presidente y vicepresidente de la República de-
bían permanecer ocho años en sus puestos, y al ejecutivo se daban
sus atribuciones naturales para mantener el órden y la trauqúflGR
en todos los casos ordinarios , y facultades mas amplias para los ex-
traordinarios, concediéndole un consejo de Estado con quien con-
sultar en varios casos. Los miembros del poder judicial debían per-
manecer en sus destinos por todo el tiempo de su buena conducta.
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NOTAS ILUSTRATIVAS. ?i93
Ademas, el territorio de Colombia se dividía en catorce departa-
mentos cuyos jefes nombraba el poder ejecutivo. En la constitución
redactada por Azuero y socios , se ponían muchas trabas á la acción
del gobierno general bajo del título de garantías que se multiplica-
ban excesivamente. Por cada treinta y cinco mil almas se elegía un
representante , y cada provincia que tuviera ménos dé cincuenta
mil nombraba un senador, y dos cuando tuviera esta mas población,
los que duraban solo tres afios. La duración del presidente y vice-
presidente de la República era de cuatro, y la de los miembros del po-
- der judicial de seis afios. El consejo de Estado se compondría de
siete consejeros, de los cuales el congreso escogía cuatro. Los de-
partamentos, que eran veinte ó mas, tenían asambleas ó verdaderas
legislaturas por sus atribuciones; ellas intervenían en el nombra-
miento de los agentes inmediatos del ejecutivo. Así, este quedaba
privado de sus facultades naturales, y reducido á una sombra de
poder, incapaz de regir á Colombia, agitada por tantas pasiones y
acalorados partidos.
Wot» ffi. — Página 106.
La calumnia, que por algunos afios despedazó el honor del Liber-
tador, ha publicado que fué obra suya la disolución de la conven-
ción de Ocafia. Podemos asegurar que esto es falso, y que Bolívar
tuvo siempre el mayor respeto por los representantes de la nación,
aunque muchas veces sus opiniones fueran contrarias á la mayoría
de los congresos. Los diputados que abandonaron la convención de
Ocafia lo hicieron espontáneamente, siguiendo los dictámenes de su
conciencia. Colocado el Libertador en una posición muy crítica, de-
ploró la disolución como la mayor calamidad pública ; aunque al
mismo tiempo juzgaba que lo sería igualmente el que se adoptára
el proyecto de constitución sostenido por la mayoridad de los repre-
sentantes.
Mota 1 1». — Página 108.
El partido exaltado se llamaba á sí mismo liberal , y servil al que
pretendía se diera al poder ejecutivo colombiano toda la fuerza ne-
cesaria para mantener la tranquilidad y el órden público, ó que
TOMO IV. 38
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i ¡¡ : í ¡
504 HISTORIA DF COLOMBIA.
deseaba para nuestros pueblos una libertad racional, la única que
podian disfrutar sin precipitarse en la anarquía , a la que debían
conducirlos las ideas exageradas do la pura democracia. Viendo los
amigos de la libertad racional el abismo en que íbamos todos á
hundirnos por el acaloramiento á que habían llegado los dos parti-
dos, que desde t826 dividían la República ; el uno á cuyo frente se
hallaba el Libertador, y el otro dirigido por el general Santander, y
que la convención de Ocaña en vez de curar los males debia empeo-
rarlos, si acordaba una constitución dictada por el segundo partido,
juzgó que para mantener la hermosa unión colombiana, y encadenar
la fiera anarquía, no habia otro remedio que poner el gobierno su-
premo del Estado en manos del Libertador con facultades ilimitadas.
Los pueblos del sur, varios de la Nueva Granada y el departamento
del Zúlia se las habían conferido desde 1826, época en que no tuvo
por conveniente aceptarlas. Los departamentos de Venezuela, Matu-
rin y Orinoco, por multitud de actas dirigidas á la convención de
Ocaña, manifestaron igualmente su opinión sobre lo mismo, así
como algunos otros pueblos del Ecuador. Por tales actos y por mu-
chos otros de naturaleza privada, fué que los promovedores de la
memorable acta de Bogotá acordada en 13 de junio, y los que se
adhirieron á ella en toda la República , concedieron al ' Libertador
cuantas facultades fueran necesarias para reorganizar á Colombia, y
por el tiempo que las juzgára convenientes. Estaban seguros de que
Bolívar, cuyas opiniones liberales eran harto conocidas en el curso
de su larga carrera pública, no retendría el mando mas allá del
tiempo absolutamente necesario. Injustamente, pues, se ha llamado
serviles á los que promovieron y acordaron las actas de facultades
extraordinarias. Ellos querían para los pueblos de Colombia la liber-
tad que pueden soportar nuestros esclavos , nuestros Indios, nuestros
artesanos y nuestros agricultores diseminados en vastas soledades,
clases que componen los ocho décimos de la población. Para estos,
hablarles de los derechos del hombre y no de sus obligaciones so-
ciales, era y aun es libarles un veneno mortal : creían que soste-
niéndose la unión colombiana y la tranquilidad pública por la mano
fuerte y el influjo de Bolívar, vendría, cuando mas dentro de un
aüo de este gobierno, esencialmente provisional, una época maW^
en que se constituyera Colombia, asegurando á los pueblos la liber-
tad, la igualdad legal , la propiedad y una recta é imparcial admi-
nistración de justicia. Los que pensaban y obraron de esta manera,
que fué la mayoridad de los Colombianos , pudieron equivocarse
«
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NOTAS ILUSTRATIVAS. * 595
como frecuentemente sucede en los cálculos políticos, fundados por
lo común en elementos tan variables; pero ellos amaban la libertad,
y les pareció mas seguro obtenerla por aquel remedio transitorio,
que adoptando las teorías inaplicables á nuestros pueblos, que los
llamados liberales pretendían imponerles contra su voluntad. Ambos
partidos deseaban una misma cosa, la libertad, y querían conse-
guirla siguiendo caminos diferentes. Nos parece que con una ú otra
excepción las intenciones de los dos partidos fueron puras.
El que esto escribe tuvo alguna parte en aquellos sucesos, tanto
en clase de particular, como en la de presidente del consejo de go-
bierno; así espera de la indulgencia pública, que se le permita
aquesta rápida justificación de su conducta y de la de otros muchos
ciudadanos , patriotas estimables y verdaderamente liberales.
Nota 13». — Página 121.
En seguida ponemos los decretos del Libertador dictados en virtud
de sus facultades extraordinarias para juzgar á los conspiradores. Á
su lado se verán los que sirvieron de tipo expedidos por el vicepre-
sidente de Colombia general Santander. Es muy importante su com-
paración para responder á mil calumnias y acusaciones. Su texto
auténtico es como sigue :
DECRETO DEL LIBERTADOR.
Simón Bolívar, Libertador pre-
sidente de la República de Co-
lombia, etc., etc., etc.,
Usando de las facultades ex-
traordinarias que concede al po-
der ejecutivo el artículo 128 de
la constitución en los casos de
conmoción interior á mano ar-
ó de invasión exterior, las
que he declarado corresponderrae
por decreto de ayer; oido el dic-
tamen del consejo de gobierno, y
considerando ser de absoluta ne-
DECRETO bEL VICEPRESIDENTE.
Francisco de Paula Santander,
general de división, vicepresi-
dente de la República, encargado
del poder ejecutivo, etc., etc.,
Usando de las facultades ex-
traordinarias que me atribuye la
ley en tiempo de guerra, y con
vista del decreto de 22 de octu-
bre expedido en Maracáibo por el
general en jefe del ejército expe-
dicionario, he venido en decre-
tar^
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5% HISTORIA DB COLOMBIA.
cesidad prescribir trámites breves
y seguros para que sean castiga-
dos pronta é irremisiblemente
todos los traidores y conspirado-
res contra el gobierno de la Re-
pública, lo que no se puede con-
seguir si los procesos siguen el
curso ordinario de las leyes, con-
formo lo acredita la experiencia,
DECRETO .*
Art. i°. Los juicios contra los
traidores, conspiradores y demás
abajo expresados, serán sumarios :
ellos corresponderán privativa-
mente, y sin que valga fuero al-
guno en contrario, a los coman-
dantes geueráles de los departa-
mentos, ó á los comandantes de
armas; y donde no los haya, á
los gobernadores de provincia. La
sentencia se pronunciará con dic-
támen del auditor, y por su falta
con el de un asesor, y será ejecu-
tada inmediatamente.
Art. 2o. La pena de los traido-
res y de los conspiradores que
abajo se expresarán, será la de
muerte y confiscación de bienes
á favor del Estado. Se exceptúan :
primero, la dolé y gananciales,
queserándelamujer,siempre que
resulte inocente; segundo, el ter-
DECRETO
Art. \°. Queda revocado desde
hoy el decreto de 30 de setiembre
del año pasado, que habla de cons-
piradores.
Art. 2o. Los conspiradores con-
tra el sistema actual de la Repú-
blica y su gobierno serán casti-
gados precisamente con pena de
muerte, y sus bienes distribuidos
en el modo que prescribe el artí-
culo Io del citado decreto do 30 de
I setiembre (1).
(1) Dice lo siguiente : « Art. 1°. Los conspiradores contra la Hepii
sea que se propongan someterla nuevamente al yugo español , ó trastorna!
su actual forma, serán desterrados perpetuamente de la provincia de su
vecindario, y confinados á los lugares que se estimen convenientes, según
la gravedad de su crimen y la especie de conspiración que intentaren , y
sus bienes serán aplicados al Estado , si no tuvieren hijos y mujer. Si tu-
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NOTAS ILUSTRATIVAS.
597
cío y quinto de los bienes, que
serán de los hijos ó de otros he-
rederos forzosos, cuando los haya
inocentes.
Art. 3o. Son traidores : primero,
todos los que residiendo en el ter-
ritorio de Colombia toman las ar-
mas á favor de una potencia ex-
tranjera^ los que hacen la guerra
y deponen de hecho á cualquiera
autoridad constituida por el go-
bierno de la República; segundo,
los que aconsejan , auxilian ó fo-
mentan la rebelión; tercero, los
que tengan correspondencia con
los enemigos, ya permanezcan
estos dentro ó ya fuera de la Re-
pública, y los que circulen pape-
les seductores de los mismos ene-
migos.
Art. 4o. Son conspiradores de
primera clase y deben sufrir la
pena del artículo 2o : primero,
todos los que secretamente so
reúnan ó coliguen, ya en favor
de los enemigos de la República,
y ya contra su gobierno ó auto-
ridades constituidas; segundo, los
que aconsejen, auxilien ó fomen-
ten la conspiración.
Art. 5o. Los que sabiendo una
conspiración tramada no la des-
cubran inmediatamente, sufrirán
la pena de presidio por un tér-
mino que no exceda de ocho afíos,
"~?án expelidos del territorio de
Art. 3o. El juicio contra los
conspiradores será sumario, y
pertenece su conocimiento al co-
mandante general del departa-
mento , ó comandante de armas
de la provincia ; sin embargo de
cualquiera otra ley ó disposición,
y sea cual fuere la clase, fuero ó
profesión.
Art. 4o. Este decreto será obser-
vado en los departamentos del
Orinoco, Venezuela , Zúlia, Boya-
cá, Magdalena, Cundinamarca,
Cáuca y el Istmo, hasta que no
cambien las circunstancias pre-
sentes de la guerra.
Art. 5o. Son conspiradores : pri-
mero , cuantos con ánimo de se-
ducir á los pueblos esparzan noti-
cias falsas sobre los movimientos
y número del enemigo; segundo,
los que aconsejen , auxilien y fo-
vieren hijos inocentes que no hayan tomado parte en el delito del padre ,
se reservarán á estos las dos terceras partes de los hienes , y si solo tuvie-
ren mujer, igualmente inocente , se le dejará su dote y gananciales. »
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598
HISTORIA DE COLOMBIA.
la República por un tiempo que
no exceda de diez años.
Art. 6o. Sufrirán la pena de
expulsión ó destierro por tiempo
limitado : primero , los que con
ánimo de seducir á los pueblos
esparcen noticias falsas sobre los
movimientos y número de los
enemigos; segundo, los que abu-
sando de su ministerio divulgasen
especies que desalienten el ánimo
del pueblo é inspiren ideas con-
trarias al gobierno, ó contra el
sistema establecido, capaces de
excitar á la rebelión; tercero, los
que resistieren directamente cum-
plir las providencias decretadas
por el gobierno para salvar el
país.
Art. 7°. Las personas que su-
pieren que otras están en cual-
menten partidas de guerrillas ó
que subleven los pueblos ; tercero,
cuantos se encuentren en ellas;
cuarto, todos los que resistan di-
rectamente ó con falsos pretextos
cumplir las providencias de las
autoridades establecidas , para
salvar el país; quinto, los que
abusando de su empleo ó minis-
terio divulgaren especies que des-
alienten el ánimo del pueblo, ó
inspiren ideas contrarias al go-
bierno ó contra el sistema esta-
blecido; sexto,los que mantengan
correspondencia con los enemigos,
aunque estén fuera del territorio
de la República, ó con los lugares
dependientes del gobierno espa-
ñol ; séptimo, los que promuevan,
auxilien ú oculten los desertores
de los ejércitos.
Art. 6ft. Las personas que supie-
ren que otras están en los casos
que van referidos en el presente
decreto, y no las denunciaren,
serán castigadas con destierros,
multas ó muerte, á discreción del
juez militar, según la gravedad y
extensión de la conspiración.
El secretario de Estado del des-
pacho del interior queda encar-
gado de la ejecución de este de-
creto.
Dado en el palacio del gobierno
en Bogotá, á 21 de enero de 1823.
— F. P. Santander. — El sMIP*
tario del interior, J. Manuel
Restrepo.
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NOTAS ILUSTRATIVAS.
quiera de los casos de los artícu-
los 3o, 4o, 5o y 6o, y no las denun-
ciaren , serán juzgadas por los
mismos jueces y de igual modo
- que los traidores y conspiradores,
imponiéndoles por tiempo limi-
tado la pena de expulsión, des-
tierro ó multa, según la gravedad
del delito.
Art. 8o. I.os juicios que se for-
men contra los ciudadanos no
militares por la infracción de los
artículos Io, 2o y 3o de mi decreto
de 24 de noviembre sobre reunio-
nes indebidas, se sujetarán á las
fórmulas prescritas por el decreto
del congreso, de fecha 12 do oc-
tubre del año undécimo, y á los
perturbadores se aplicará la pena
de expulsión ó destierro por tiempo
determinado, que se proporcio-
nará á la gravedad del delito.
Art. 9o. El presente decreto so
observará por ahora en los depar-
tamentos de Maturin, Venezuela,
Orinoco y Zúlia.
Art. 10°. El secretario de Es-
tado del despacho del interior
queda encargado de la ejecución
de este decreto.
Dado en Bogotá á 20 de febrero
de 1828 — 18°.— Simón Bolívar.
— El secretario de Estado del
despacho del interior, José Ma-
nuel Restrepo.
Por otro decreto posterior, su
fecha 15 de marzo, este decreto
se Imo extensivo á toda la Repú-
blica.
600 HISTORIA DE COLOMBIA.
Compárense los dos anteriores decretos , y se verá que en ambos
los juicios son sumarios y los jueces militares; pero el del Libertador
designa también como jueces á los gobernadores de las provincias, y
manda que la sentencia se pronuncie con dictamen de letrado , dis-
posiciones que daban mas garantías que en los decretos del vicepre-
sidente Santander. En el de 23 de enero (art. 5o) se individualizan
siete clases de conspiradores sujetos á la pena de muerte, y en el de
Bolívar solo cinco (artículos 3o y 4o), los que están comprendidos en
los parágrafos 2o, 3o y 6o, artículo 5o del decreto de Santander. Por
consiguiente es claró* que la pena de muerte impuesta por este en
los parágrafos Io, 4°, 5o y 7o de dicho artículo 5o fué modificada por
el Libertador en ios artículos 5o, 6° y 7o de su decreto; aunque sin
incluir el parágrafo 7o, que trata de los que promovieran la deserción,
delito cuyo castigo se dejó á las leyes comunes. Bolívar dijo entónces
al secretario del interior que el decreto de Santander, redactado y
escrito por este en su totalidad, era demasiado riguroso en sus penas
de muerte, las que debían restringirse, como lo hizo. Si alguno dijera
que cuando el vicepresidente expidió el decreto de 21 de enero, las
circunstancias eran mas críticas que en la época en que el Libertador
dió el suyo, se equivocaría. En el primer caso el general español Mo-
ráles habia ocupado á Maracáibo con mil y seiscientos hombres que
elevó á poco mas de dos mil ; en el segundo, habían estallado rebe-
liones en los departamentos del Zúlia, Venezuela, Orinoco y Maturin;
á favor de la España en los tres primeros , y en el último iniciando
una guerra de colores. Solamente la facción de los Téques habia
enrolado en sus filas tres mil hombres al terminar el año anterior,
y se tenia como cierto que una armada española auxiliára á sus
partidarios en la Costa Firme con tropas, cuadros de oficiales y ele-
mentos de guerra. Aquestas alarmantes noticias produjeron justa-
mente la declaración del uso de facultades extraordinarias, así como
los decretos de 20 de febrero y 15 de marzo sobre juicios y penas
contra los conspiradores. Semejantes procedimientos eran efectos
necesarios de las circunstancias de la guerra de Independencia, y de
los disturbios que algunos ambiciosos, cubiertos con el manto de li-
bertad y garantías, se complacían en promover. Los llamados libe-
rales caracterizaron de tiránicos los decretos del Libertador, {ÜNpty
algunos de estos, junto con su jefe Santander, fueron juzgados por
ellos; siendo así que cuando el mismo Santander expidiera en el
curso de su administración como vicepresidente de Colombia otros
decretos semejantes y aun mas severos , los habían tenido por justos
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 601
y políticos. ¡ Tan ciego y parcial era el juicio de las pasiones exaltadas
que arrastraban á los hombres de aquel partido! Debe observarse
también que los mencionados decretos del Libertador fueron expe-
didos seis meses ántes de la conspiración del 25 de setiembre, cuando
ninguno pensaba que pudiera ocurrir tan desgraciado suceso. Por
tanto no se juzgó á los conspiradores, ni á los que los animaron,
por disposiciones acordadas después de ocurrido el hecho, como al-
gunos han dicho falsamente.
lio*» 14». — Página 123.
Desde aquel tiempo se creyó por muchos, creencia que ha sido
confirmada después , que Santander no supo el asesinato que se iba
á cometer el 25 de setiembre. Parece que los conjurados no se lo
comunicaron, bien para que no se lo impidiera, ó bien porque no tu-
vieron tiempo después de juntarse en casa de Várgas Tejada. Nos
parece que Santander hubiera impedido la perpetración de un crimen
tan execrable.
Mota lft». — Página 176.
Bolívar, en un papel que publicó en este año en una imprenta de
Cuenca, con el título : Una mirada sobre la América española, adujo
varios y muy graves hechos para probar que las principales opera-
ciones de Lámar en el Perú, desde que abandonando el servicio
español se pasó á los independientes, se habian dirigido á abrir las
puertas del país á los realistas, y que esta era la clave para descifrar
su conducta. Sucre también le llamó agente de los Españoles, en un
documento oficial escrito el 18 de abril de este año, en que se vin-
dicaba ante el Libertador de várias acusaciones que le foabia hecho
Lámar en otro documento oficial, donde se excusaba de no haber cum-
plido el convenio de Girón.
Mota te*. — Página 178.
Manuel María Córdoba presentó algún tiempo después al Libertador
una barra de este mismo oro, que le habia tocado en el reparti-
miento, diciendo — « que la restituía por creerla mal adquirida. »
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002
HISTORIA 1>K COLOMBIA
Bolívar por una debilidad inexcusable le contestó que la retuviera,
pues era habida en buena guerra. ¡ Buena guerra la rebelión contra
el gobierno de la República!...
Ifota 19'. — Página 182.
E) 19 de abril arribó á Guayaquil con su familia el señor Pedro
Gual, que regresaba, por la vía de Acapulco, del malogrado congreso
americano, que debió reunirse en Tacubaya. Á pesar del carácter
público que traía de un congreso en que el gobierno del Perú babia
sido parte, el comandante de Guayaquil, Prieto, detuvo á Gual un
mes entero como preso, en un buque y en la plaza. Consultado el
gobierno peruano, mandó que se diera libre el tránsito al ministro
Gual. Su arribo fué muy agradable al Libertador, quien le habia
mandado buscar donde quiera que estuviese, á fin de encomendarle
las negociaciones definitivas de paz con el Perú.
Mota isa. — Página 192.
Por este tiempo ó poco ántes escribió el Libertador el papel titu-
lado : Una mirada sobre la América española, que ya hemos citado.
Pintó en él muy enérgicamente y con negros colores á los gobiernos
de várias repúblicas americanas y á muchos de sus jefes. De todo el
contesto de este folleto se deduce la ninguna esperanza que tenia
Bolívar de que la revolución hispano-americana hiciera la felicidad
de los pueblos. Así en este escrito como en otras piezas suyas del
mismo período , parece que se arrepentía de su obra , y que estaba
temeroso de haber hecho un mal á los Americanos del Sur condu-
ciéndolos á la Independencia. ¡Tanta era la impresión que hacian en
su alma los crímenes cometidos por do quiera y las revueltas conti-
nuas de las nuevas repúblicas !
Nota — Página 224.
Por desgracia en Colombia jamas se apreció el derecho de sufragio
por el mayor número de los que le gozaban : ellos no concurrian á
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 603
votar en las elecciones primarias ó de parroquia, y se puede asegurar
que cuando mas un décimo de los sufragantes iba á dar sus votos, y
algunas veces no sufragaba ni la vigésima parte. Los pueblos mira-
ban como un gravámen penoso la concurrencia á las asambleas pri-
marias, de modo que en el artículo 40° del reglamento para estas
elecciones se declaró un acto obligatorio el concurrir á dar su voto
en dichas asambleas. Motivaron tal resolución los deseos que tenia el
Libertador de que las elecciones para el congreso constituyente fue-
ran en lo posible la expresión de la voluntad nacional. En gran parte
provino de aquella medida compulsoria , que hubiese mayor número
de sufragantes parroquiales. Este desprecio del derecho de sufragio
se puede atribuir principalmente a que las elecciones eran indirectas
en Colombia, y á que las decidían los electores nombrados por los
sufragantes parroquiales : también , á que la generalidad de nuestros
pueblos, poco instruidos en la práctica del gobierno representativo,
han mirado con desden y molestádose por el lijero trabajo de con-
currir á las asambleas primarias. Aun en la actualidad (1848) sucede
lo mismo en muchas provincias de la Nueva Granada, después de
treinta y ocho años de gobierno representativo. ¡Tan difícil ha sido
variar las habitudes y la apatía que nos legara el sistema colonial !
Mota «O*. — Página 237.
El partido político á que pertenecía Córdoba atribuyó su muerte
á una órden expresa del general O'Lcary, creencia que fué harto
general , sobre todo en la Nueva Granada. Apoyóse en declaraciones
dadas en 1831 por los coroneles Castelli y Murray y por el general
Francisco Urdaneta. Sin embargo, O'Leary ha rechazado semejante
aserción como calumniosa y altamente ofensiva á su carácter. Ase-
gura que el comandante Hand no conocía personalmente á Córdoba,
y que solo dos días áutes O'Leajjrfwbia conocido á Hand; por consi-
guiente, que era el hombre ménos á propósito para comunicarle tal
órden^ue habría dado de preferencia á otros oficiales con quienes
télflr^tyor confianza, ó á algún sarjen to ó cabo de sus conocidos.
Tacha las declaraciones de Urdaneta y Castelli , como dadas en una
época on que el primero quería congraciarse con el partido político
vencedor, que era contrario á O'Leary, á fin de que se le reinscribiera
en la lista militar. En cuanto á Castelli, dice que dió su declaración
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604
HISTORIA DE COLOMBIA.
para salvar su vida, que estuvo al perder en 1831, y conseguir des-
pués su libertad. La declaración de Murray merecía poco crédito á
O'Leary por su mal carácter, conocido generalmente. Ademas, el
general O'Leary dice con razón que si él hubiera querido quitar la
vida á Córdoba, lo pudo hacer con facilidad mandándole juzgar
breve y sumariamente, según el decreto contra conspiradores, y por
haber hecho matar en Medellin á los oficiales Vélez y Herrera; que
si le hubiera podido tomar prisionero, habría hecho con él lo mismo
que hizo cou sus hermanos Salvador Córdoba y Manuel A. Jaramillo:
pedir al gobierno su indulto como premio del servicio que O'Leary
acababa de prestar pacificando á Autióquia, indulto que consiguió
del Libertador. La conducta clemente de O'Leary respecto de todos
los complicados en la revolución de Antióquia, su carácter bien cono-
cido, que en la guerra de Independencia fué siempre dulce, humano
y verídico, nos han persuadido deque injustamente se le atribuyela
muerte del general Córdoba. Este fué un suceso lamentable, no
meditado, y consecuencia inmediata de la guerra civil promovida
por el mismo Córdoba con la mayor imprudencia y aun locura, para
saciar su desmesurada ambición.
Nota ti». — Página $50.
Baralt y Díaz en su Historia de Venezuela hablando de esta impro-
bación, dicen : a No por esto ha dejado de hacer la opinión pública
á Bolívar dos cargos graves sobre este negocio delicado. Uno de ellos
es el no haber acompañado á la desaprobación de las demasías del
consejo el juicio y castigo de sus miembros, tanto mas culpables,
cuanto mayor era la confianza que burlaban conspirando contra las
instituciones patrias. No faltaron ciudadanos ilustrados y amigos
verdaderos del Libertador, que le propusieron satisfacer la vindicta
pública con el ejemplar escarmiasio. de aquellos hombres; pero dese-
chando tan justo y cuerdo dictámen , dejólos en sus puestos y dividió
con ellos la responsabilidad de una culpa que pudo y debió haber
castigado. »
Creemos que los historiadores no meditaron bastantemente sus
aventuradas aserciones. ¿Cuáles fueron las demasías del consejo para
que sus miembros debieran ser juzgados y castigados? Haber pre-
tendido, dirán, que se cambiárau las instituciones republicanas por
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NOTAS ILUSTRATIVAS.
las monárquicas. Empero en las circunstancias de la época este no
era un delito. Cuando iba á reunirse un congreso constituyente, au-
torizado para dar á Colombia las instituciones mas propias para hacer
la felicidad de los pueblos, los miembros del consejo de ministros
tenían como ciudadanos algún derecho para proponer á los repre-
sentantes del pueblo colombiano la adopción de la forma de gobierno
y de las instituciones que juzgáran mas á propósito para asegurar la
felicidad común. Quedaba siempre á la sabiduría de los represen-
tantes de la nación la libre facultad do adoptar ó no las reformas
que se les propusieran. Hallábase en este caso el proyecto de Monar-
quía. Pensóse por los miembros del consejo presentarlo al congreso
constituyente si veían que estaba apoyado por la opinión pública.
¿Dónde se halla aquí el crimen político, dónde la conspiración con-
tra las instituciones patrias, dónde la confianza burlada que debieron
castigarse inexorablemente? Existen solo en la intolerancia y opinio-
nes exclusivas de Baralt y Díaz. ¿Con que es un delito proponer á
un cuerpo constituyente que adopte instituciones monárquicas en
lugar de las republicanas? Si lo fuera , lo que negamos decidida-
mente, el crimen estaría de parte del que las adoptára, mas no del
que las proponía, dejando al cuerpo deliberante en plena libertad
para estatuir lo que juzgára mas conveniente á la felicidad de Co-
lombia.
Si los miembros del consejo de ministros hubieran querido variar
por sí mismos y por medios tortuosos, secretos é ilegales las insti-
tuciones de su patria, entónces sí habrían conspirado y cometido
un delito; pero estuvieron muy lójos do abrigar tales pensamientos.
Hay una prueba decisiva de que el pueblo colombiano jamas pensó
que los miembros del consejo hubieran cometido un delito promo-
viendo el proyecto de Monarquía. Poco tiempo después salieron del
ministerio, y el partido contrario, compuesto de exaltados republica-
nos, ocupó los principales destinos del gobierno de Colombia. Sin
embargo, ningún periódico, ni una sola voz se levantó para perse-
guir ó pedir el castigo de los miembros del consejo que habían con-
cebido el proyecto de Monarquía. Por consiguiente la opinión pú-
blica,juez inexorable, no consideró que hubiese alguna criminalidad
e<ÉflBPWfiducta.
Atribuyéndosela Baralt y Díaz manifiestan su grande parcialidad
contra los Granadinos. En i 826 Páez y su partido en Venezuela pro-
pusieron al Libertador que se coronase echando abajo con violencia
la constitución de Colombia. Este suceso pasa casi desapercibido y
•
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606 HISTORIA DE COLOMBIA.
sin censura bajo la pluma Je los hisloriadoies venezolanos. Has al-
gunos Granadinos quieren presentar al congreso un proyecto de Mo-
narquía, para que los representantes del pueblo colombiano lo adop-
ten ó rechacen. Entónces Baralt y Díaz se levantan airados, y
fulminan castigos contra los Granadinos que han tenido tal inso-
lencia. ¿Podrán creerse las aserciones de historiadores que escriben
con tan poca crítica y tanta parcialidad?...
El proyecto de cambiar las instituciones republicanas por las mo-
nárquicas podia ser extemporáneo, inadaptable y acaso ruinoso á
Colombia, mas no era criminal. El congreso constituyente quedaba
en plena libertad de adoptar ó rechazar la proposición, en caso de
que se le hubiera hecho.
Es una patraña é infundada credulidad la anécdota de que se pro-
pusiera á Bolívar por algunos de sus amigos el castigo de sus minis-
tros, miembros del consejo. Baralt y Díaz residían en Venezuela muy
léjos del Libertador, y no podian saber los consejos que á este se
dieran en el sur de la República ó en Bogotá. No hemos oido men-
cionar tales consejos, y nos parece que nunca existieron.
K«ta — Página 280.
También fué obra exclusiva del jefe civil y militar y de sus con-
sejeros el reglamento llamado de corregidores, que alteró sobre ma-
nera el régimen parroquial y municipal de los departamentos de
Venezuela, Maturin y Orinoco, causando no poco disgusto á los
pueblos. Fuélo igualmente la institución de la policía general, que
hizo bienes en 1828, moralizando á los esclavos, disminuyendo los
vagos, y acosando á las guerrillas, á sus partidarios y fautores; pero
en 1829 degeneró, y uo podia ménos de ser insoportable álos Vene-
zolanos. Era director de policía un hombre violento como Arismendi,
poco avezado á las prácticas de Jajjuena sociedad y plagado de otros
defectos; él no reprimía los abusosTte sus dependientes, extendidos
en todas las parroquias, donde hacían lo que se les antojaba. Un
establecimiento que ponía trabas al libre trato y comunicacitHMifes
pueblos, que los sujetaba á obtener papeletas, pasaportes y otros
cien requisitos, aunque hubiera sido útil en circunstancias peligro-
sas, no podia convertirse, como lo hizo Páez, en una institución
permanente; él costaba en la sola provincia de Caracas cerca de
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NOTAS ILUSTRATIVAS. «07
ochenta mil pesos anuales, que se repartían el jefe y los comisarios
de policía. Así fué que el consejo de ministros habia tenido quejas
é informes seguros de los perjuicios y disgustos que causaban en los
departamentos sujetos á la autoridad de Páez,los decretos sobre
corregidores y el orgánico de la policía general. Pidió entonces in-
forme á aquel jefe, quien evadió la pregunta, contestando un oficio
destemplado en noviembre de este año.
Nota «3a. — Página 318.
El Libertador vendió desde fin de marzo su vajilla de plata á la
casa de moneda de Bogotá, la que apenas produjo dos mil quinien-
tos treinta y cinco pesos. Bien poco mas tenia Bolívar, y el hombre
que habia dominado desde el Orinoco hasta el Potosí, y que tuvo
por tantos años á su disposición las rentas de estos ricos países, solo
pudo juntar para su viaje fuera de Colombia diez y siete mil pesos.
¡ Noble y virtuoso ejemplo de pureza y desprendimiento !
Contaba ademas con la venta de sus minas de cobre de Aroa, he-
redadas de sus padres , sobre las cuales habia un pleito reñido. Es
digna de conservarse la carta que escribiera el Libertador sobre esta
materia á su apoderado en Carácas, la que es auténtica y como
sigue :
« Guáduas, mayo 11 de 1830.
» Señor Gabriel Camacho.
» Mi querido amigo,
» Al íin he salido de la presidencia y de Bogolá, encontrándome
ya en marcha para Cartagena, con la mira de salir de Colombia y
vivir donde pueda. Pero como no es fácil mantenerse uno en Europa
con poco dinero, cuando habrá muchos do los sugetos mas distin-
guidos de aquel país, que querrá|^jDligarme á que entre en la so-
ciedad de alta clase , y después que he sido el primer magistrado de
la República, parecerá indecente que vaya á existir como un mise-
raü^ÍKr mi parle, le digo á Ud. que no necesito de nada, ó de
muy poco, acostumbrado como estoy á la vida militar. Mas el honor
de mi país y el de mi carácter me obligan imperiosamenle á pre-
sentarme con decoro delante de los demás hombres; mucho mas,
cuando se sabe que yo he nacido con algunos bienes de fortuna, y
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608 HlSTOftU DH COLOMBIA.
que tengo pendiente todavía la venta de las minas heredadas de
mis padres , y cuyos títulos son los mas auténticos y solemnes. Yo
no quiero nada del gobierno de Venezuela ; sin embargo, no es justo,
por la misma razón , que este gobierno permita qne me priven de
mis propiedades , sea por confiscación ó por injusticia de parte de los
tribunales. Me creo con derecho para exigir del jefe de ese Estado,
que ya que he dejado el mando de mi país solo por no hacerle la
guerra, se me proteja á lo ménos como al mas humilde ciudadano.
» Mucho he servido á Venezuela; mucho me deben todos sus hijos,
y mucho mas todavía el jefe de su gobierno; por consiguiente, sería
la mas solemne y escandalosa maldad que se me hubiese de perse-
guir como á un enemigo público. No lo creo sin embargo, y por lo
tanto le ruego á Ud. se sirva hacer presente todo lo que llevo dicho,
y todo lo que Ud. sabe en mi favor, al general Páez y al doctor
Yáñez, porque estos deben ser los que mas influyan, sea directa ó
indirectamente, en este negocio. Se sabe que tengo justicia y que
estoy desvalido. Con estos títulos solos me creo ya en seguridad
contra los tiros de mis enemigos.
» No sé todavía adonde me iré por las razones dichas. No me iró
á Europa hasta no saber en qué para mi pleito, y quizá me iré á
Curazao á esperar su resultado, y sino á Jamáica; pues estoy deci-
dido a salir de Colombia, sea lo que fuere en adelante. También
estoy decidido á no volver mas , ni á servir otra vez á mis ingratos
compatriotas. La desesperación sola puede hacerme variar de resolu-
ción. Digo la desesperación, al verme renegado, perseguido y ro-
bado por los mismos á quienes he consagrado veinte años de sacri-
ficios y peligros. Diré no obstante que no los aborrezco; que estoy
muy distante de sentir el deseo de la venganza, y que ya mi cora-
zón los ha perdonado , porque son mis queridos compatriotas, y
sobre todo Caraqueños...
» Tenga Ud. la bondad, mi querido amigo, de escribirme á Lon-
dres por medio de sir Roberto Wilson , y á Jamáica por el señor
Hislop. Ambas cartas deben ser^nplicadas para que me llegue al-
guna, aunque se pierda otra, y porqíle las primeras las recibiré en
las Antillas. Escriba Ud. ademas al señor Madrid sobre todo lo que
ocurra en el pleito. En el correo anterior escribí ¿ Ud. dicHKHe
que habia aprobado la transacción propuesta por el señor Ackers,
debiendo yo pagar por ella las cuatro mil libras esterlinas, pues
quiero terminar el negocio de cualquier modo , y sobre esto he es-
crito ya también al señor Madrid.
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 609
» El congreso ha mandado que se me pague fielmente la pensión,
y me ha dado las gracias por mis servicios; á pesar de todo, no
puedo contar con esta gracia , porque nadie sabe los acontecimientos
que sobrevendrán, y las personas que tomen el mando. Por lo mismo
lo mas seguro es mi propiedad que reclamo una y mil veces, para
vivir independiente de todo el mundo.
» Salude Ud. á su mujer y á mis hermanas. — De Ud. de corazón.
» Bolívar. »
£1 abogado que defendía el pleito sobre las minas de Aroa á la
parte contraria al Libertador, era el doctor Andrés Fortique. Este
era uno de los encarnizados y gratuitos enemigos de Bolívar, y mu-
chos atribuyeron la pasión de Fortique al interés que tenia en ganar
el pleito, persiguiendo al Libertador. Habiéndose dado cuenta en
una de las sesiones del congreso venezolano, que Bolívar habia
escrito desde Guáduas,quo acaso iria ¿Curazao, esta noticia produjo
una moción digna de conservarse por la historia para perpétuo des-
honor de sus autores. Propuso el diputado por Caracas , Ramón
Ayala , apoyado por el de Maracáibo , Juan Evangelista González, —
« que se declarára al general Bolívar fuera de la ley si iba á Cu-
razao, y lo mismo á todo el que se le uniera. » Afortunadamente el
congreso de Venezuela no tomó en consideración proposición tan
violenta; pero debió rechazarse expresamente. Las pasiones renco-
rosas de la época no conocían entónces límite alguno.
Mota «4». — Página 526.
En 4 de noviembre de 1839 hallándose en Pasto el general Pedro
A. Herran , haciendo la guerra á fin de pacificar aquella provincia,
que se habia rebelado contra el gobierno de la Nueva Granada , des-
cubrió que José Erazo,guerrilleEQ^ntiguo de los realistas, le estaba
traicionando y en colusión cofTsu antiguo compañero de crímenes,
Andrés Noguera, el que hacía entónces una guerra de exterminio á
^^PPenfeHores del gobierno. En consecuencia mandó Herran que
lleváran á Pasto á Erazo. Viéndose este preso, ó ignorando el motivo,
su conciencia criminal le sugirió el pensamiento de que se le habia
aprehendido por la muerte de Sucre. Dijo, pues, en presencia del
comandante Manuel María Múlis y de otros oficiales, — « que sabía
TOMO IV. 89
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610 HISTrtMl V DE imoBM.X.
quiénes fueron los individuos que asesinaron en la montalía de Ber-
ruécos al general Sucre. » — Se tomó ansa de aquí para iniciar el
proceso , y Erazo declaró que el asesino principal habia sido el coro-
nel Apolinar Morillo, quieu le trajo una carta del teniente coronel
Antonio Mariano Álvarez á fin de quo cooperara al asesinato. Confesó
también después que le habia llevado otra carta del general José
María Obando dirigida al mismo objeto. Erazo y su mujer Deside-
ria Meléndez babian conservado estos documentos en la cueva de
una elevada roca cercana á su casa de babitaciou, en el Salto de
Mayo, laque llamaban — « su archivo secreto, » de donde sacó las
cartas el oficial Apolinar Tórres, enviado al efecto por el juez de la
causa.
Conducido Apolinar Morillo ¿ Pasto desde Cali, donde residía,
confesó paladinamente su delito, conviniendo en las principales
circunstancias referidas por Erazo y por su mujer. Morillo dijo que
la muerte de Sucre habia sido ejecutada por Andrés «Rodríguez y
Juan Cuzco, soldados peruanos licenciados, y por Juan Gregorio
Rodríguez, Indio natural de la Aipujarra; súpose que todos tres
habiau muerto ya. Erazo declaró que ni él ni Juan Gregorio Zarria
acompañaron á Morillo hasta el lugar escogido para el asesinato,
pues la noche ántes se arrepintieron y regresaron al Salto desde la
cuchilla ó altura arriba de la Ventaquemada; pero Morillo sostuvo
que Erazo buscó los asesinos en cumplimiento de las órdenes que él
le entregara de Obando y de Álvarez, y que los colocó en la Angostura
de la Jacoba, lugar escogido para la perpetración del asesinato. Mo-
rillo declaró que se habia decidido á cometer el crímeu, porque
habiendo llegado á Pasto como expulsado del Ecuador, Obando le
propuso que se quedára en el país y tomara servicio; que poco des-
pués le llamó, y á presencia del jefe de estado mayor, Antouio Ma-
riano Álvarez, le dijo : « La patria se halla en peligro, y el único
modo de salvarla es que Ud. en este momento marche al Salto de
Mayo á encontrar al general Sucre, que está al llegar, y á matarlo;
porque este general trae comisión., para levantar los pueblos del
Ecuador, y hacer un movimiento á^frh de coronar al Libertador.
Para el efecto daré á Ud. un papel para Erazo, que vive en el Salto;
que unido con este y los auxilios que lo preste, podrían fiar e^Bp*
perfectamente. Ud. instruirá á Erazo de su comisión á la voz, para
que se entere bien, y él dirija el golpe; y para lo que se ofrezca,
tome cuarenta pesos, para que gratifique á los que lo acompañen; »
en fin, que al darle el general Obando la plata y el papel dirigido á
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NOTAS IUISTIUTIVaS. <JH
Erazo, el comandante Ál varez le entregó otra carta de recomendación
para el mismo.
Comprobóse eu el proceso con tres testigos contestes que las cartas
entregadas por Erazo y conservadas en su archivo secreto , eran las
mismas que llevó Morillo, que este afirmó constantemente haber
recibido de Obando y de Ál varez.
La del primero decia : — « Buesaco, mayo 28. — Mi estimado
Erazo, el dador de esta le advertirá de un negocio importante, que
es preciso lo haga con ¿I. Él le dirá á la voz todo, y manos á la obra.
Oiga todo lo que le diga, y üd. dirija el golpe.— Suyo.— José María
Obando. »
La del segundo decia : — « Pasto, mayo 31 de 1830. — Querido
Erazo, el comandante Morillo, que es el que conduce esta, me hará
üd. el favor de atenderlo y servirlo en cuanto pueda, pues es amigo
mió. — Vea Ud. en lo que puede servir su amigo. — Antonio Ma-
riano Ályabbz. »
Cuando todo esto se descubría en Pasto, Obando estaba en Bogotá,
de donde partió diciendo que iba á someterse al juicio que contra él
seseguia. En efecto, llegó hasta Mercadéres, á tres jornadas de
Pasto. Mas allí se arrepintió poniéndose en armas contra el gobierno
granadino. En consecuencia dispersó y tomó prisionera una columna
de doscientos noventa hombres, traicionados por sus jefes. Obando
admitió después un indulto que le concediera el general Herran, y
en 1° de marzo de 1840 marcharon juntos á Pasto,donde se continuó el
proceso hasta la confesión y el careo de los reos. Empero de repente
Obando, Álvarez, Fidel Tórres y Juan Gregorio Zárria se fugan en
la noche del 5 de julio de 1840, y todos ellos se arman contra el
gobierno de la República. Vencido Obando en Huilquipamba y des-
pués en la Chanca, tuvo que penetrar por los desiertos de Mocoa y
del Amazónas hasta salir al Perú.
Esa repugnancia de Obando á que se pronunciara el fallo defini-
tivo en este célebre proceso, y tantas víctimas sacrificadas en sus
dos rebeliones contra el gobierm^f su patria, han confirmado en
muchos la idea de que su catlsa no era buena. Sin embargo, después
de examinar cuidadosamente el proceso , no podemos ménos que
dflflPffiRla'Tmparcialidad histórica que nos caracteriza — « que no
hay pruebas para condenar á Obando como asesino de Sucre. » El
único testigo, Apolinar Morillo, es tachable, á pesar de que se rati-
ficó en sus declaraciones hasta el momento de ser fusilado como
asesino del gran mariscal de Ayacucho ; ademas, una parte de sus
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612 HISTORIA DR COLOMBIA.
declaraciones es falsa evidentemente. Las otras pruebas forman , es
cierto, un cúmulo de indicios y sospechas; pero uo tienen la clari-
dad necesaria, ni la fuerza bastante para fallar contra Obando.
Creemos firmemente que en la República no se hubiera encontrado
tribunal ninguno tan injusto que le condenara en virtud de las
mencionadas pruebas. Por consiguiente, nos parece que Obando
obró mal impidiendo con su fuga y con la sangrienta rebelión que
fomentara después, que se pronunciára el fallo definitivo en aquella
ruidosa causa. Su reputación, su bienestar, y la tranquilidad de la
Nueva Granada estaban interesados en su terminación legal. Nos
parece infundado cuanto ha querido decir Obando sobre no tener
garantías; y que el gobierno del presidente Márquez pretendía opri-
mirle y sacrificarle al odio y á las pasiones rencorosas de sus enemi-
gos. El gobierno granadino deseaba que, descubiertos al fin los ase-
sinos de Sucre, se les castigara con Morillo; pero jamas pretendió
que la espada de la justicia se desenvainara contra un inocente, ó
que cayera sobre personas cuyos delitos no estuviesen comprobados.
Cualesquiera otra cosa que hayan dicho en sus voluminosos escritos
Obando y sus partidarios en Lima , nos parecen meras suposiciones
del odio de los partidos políticos. — Tampoco está probado, como ha
pretendido Obando, que Flórez fuese el que ordenára el asesinato
de Sucre. Son documentos dignos de leerse para elucidar esta cues-
tión : los Apuntamientos de Obando para la historia; la Historia cri-
tica sobre el asesinato del gran mariscal de Ayacucho , escrita por Iri-
zarri, y la contestación á esta, dada por Obando. — Empero después
de tantos escritos, aun queda sin descubrir este misterio de iniqui-
dad. Obando permanecía expatriado en Lima, de donde habia pedido
permiso de regresar á fin de que se le juzgára. Mas su pedimento
estaba concebido en términos tan inconvenientes, que el senado gra-
nadino negó el permiso en las sesiones de 1848; tem i an que durante
la administración Mosquera, el regreso de Obando fuera la señal do
una revolución. Llegó después el \° de enero de 1849, en que el
presidente Mosquera, usando daiu^acuHades constitucionales, dió
una amnistía é indulto general por tocios los delitos políticos y co-
munes perpetrados hasta el 20 de abril de 1843, e^mie se sancionó
la constitución actual de la República. En dicho induTuTésflM^-
prendido sin duda el delito que se atribuye á Obando.
Este supo en Lima la amnistía ó indulto de Mosquera , y en el
momento determinó regresar á Bogotá á reclamar contra la amnistía
y á pedir que se le juzgue. En efecto, llegó á la capital eH3 de
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NOTAS ILUSTRATIVAS. 613
marzo de 1849. Pidió en seguida á Mosquera que le mandára abrir
uu juicio, lo que se le negó. Esta primera solicitud era moderada,
mas no la segunda que dirigió al congreso,, concebida en términos
irregulares, que respiran odio y venganza contra Mosquera, Herran,
Márquez y otros distinguidos Granadinos, que llama sus perseguido-
res. Los informes de las comisiones del congreso fueron contrarias
al juzgamiento de Obando después de la amnistía. Hízose en seguida
la proposición y se presentó un proyecto de decreto, en que se de-
claraba — a que las amnistías so podían renunciar y pedir un jui-
cio. » Parecía que el congreso acordaría este acto legislativo; mas
solamente paso en la cámara de representantes. El senado lo rechazó,
y lo mas curioso es que los amigos políticos de Obando votaron con-
tra el proyecto de que se le pudiera juzgar. Esta circunstancia dió
mucho que pensar en la materia.
Parece, pues, terminado este negocio, que se originára en el ase-
sinato de Sucre. La verdad no se ha podido averiguar. Unos conde-
nan á Obando, y otros le absuelven, diciendo que se le ha perse-
guido injustamente. El juicio de la historia, que aun no se puede
pronunciar con toda libertad y seguridad, no será decisivo, si no se
descubren otros documentos mas claros que los que han visto la luz
pública hasta hoy (26 de junio de 1849).
Mota — Página 560.
Este decreto reservado lia permanecido has la ahora sin ver la
luz pública. Siendo un documento importante, lo copiamos á conti-
nuación.
La convención del Estado de la Nueva Granada
Dfxreta :
Art. Io. Hasta tanto que se publica la constitución, queda auto-
rizado el poder ejecutivo para expeler gubernativamente del territo-
rio de la Nueva Granada ó cal^jarafttiferentes provincias á aquellos
individuos que por su influencia y su conducta anterior den fundados
^^■IrtPWffler que turben el órden público ó ataquen la seguri-
dad del Estado, y muy particularmente á los que no hayan nacido
eu el territorio de Colombia.
Art. 2o. El poder ejecutivo borrará de la lista militar á todos los
generales, jefes y oficiales subalternu¿, lauto del ejército permanente,
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I
614 HISTORIA m COLOMBIA.
como de la milicia nacional , que hayan cooperado á la destrucción
del gobierno legítimo, ó al sostenimiento del gobierno intruso de
Rafael Urdaneta y á los que hayan recibido de este último empleos,
grados y ascensos militares.
Art. 3°. Quedan exceptuados de la disposición del artículo anterior
los generales, jefes y oficiales subalternos que hayan contribuido
eficaz y notoriamente al restablecimiento del gobierno legítimo. El
poder ejecutivo rehabilitará con la antigüedad correspondiente á
aquellos otros generales, jefes y oficiales subalternos que acrediten,
por hechos que no dejen duda, que cooperaron al mismo restableci-
miento.
Art. 4°. Separará de sus destinos á los empleados civiles que con
sus hechos ú opiniones conocidas hayan manifestado ser desafectos
al gobierno constitucional , y de quienes se tema fundadamente
que no le sirvan con la fidelidad y actividad necesaria al bien pú-
blico.
Art. 5°. Todos los eclesiásticos seculares que hayan cooperado
eficazmente á la destrucción del gobierno legítimo ó al sostenimiento
del intruso, y de quienes se tema que turben el órden público, que-
dan comprendidos en la disposición del artículo 1°, y llegado el caso
que en él se prevé, el poder ejecutivo pasará al ordinario eclesiástico
lista de todos ellos, para que provea el beneficio en persona de la
confianza del gobierno, durante la ausencia del respectivo beneficiado.
Los eclesiásticos regulares que hayan obrado de la misma manera,
serán destinados á las misiones establecidas.
Art. 6°. Los destinados á salir del país, ó á confinamiento de una
provincia á otra, que se ocultaren ó sustrajeren á sufrir el destino
que se les imponga, serán obligados á sufrir la expulsión ó confina-
miento en cualquier tiempo en que sean aprehendidos, aun después
de publicada la constitución.
Art. 7o. Se publicarán en las gacetas ministeriales los nombres de
los generales, jefes y oficiales subalternos que sean borrados de la
lista militar, los de los individuosaue sean removidos de la lista
civil, y los de los que sean conÜ c ladí )¡?Vexpel idos.
Art. 8o. El ejecutivo dará oportunamente cuenta á esta convención
de las medidas que tome en virtud de la autorizacímilftlB'sfcTG*^^
fiere por el presente decreto.
Art. 9o. Los enemigos del gobierno constitucional que hayan salido
voluntariamente del territorio de la Nueva Granada, serán conside-
rados como los que han sido expelidos de él.
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NOTAS ILUSTRATIVAS.
G15
Dado en Bogotá á 29 de noviembre de 1831, vigésimo primero de
la Independencia. — El presidente de la convención , — Francisco
Soto. — El secretario, — Florentino González. — Bogotá, 3 de di-
ciembre de 1831. — Ejecútese. — J. M. Orando. — El ministro se-
cretario del interior y justicia, — Josó Francisco Peréira.
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ÍND1CU Dlí LAS MATKRIAS
CONTENIDAS EN EL TOMO CUARTO
DE LA
HISTORIA DE COLOMBIA.
— -— c— C2T-»
PARTE TERCERA,
COKTI3U1DA.
Página.
Capítulo xii. — Sucre nombrado presidente vitalicio de Rolivia. —
Admite la presidencia solo hasta 1828. — El consejo de gobierno
del Perú celebra un tratado de confederación con Bolivia. — Sus
bases.— Se aprueba por el congreso de Bolivia con modificaciones.
— Se desmoralizan las tropas colombianas en Bolivia. — El capitán
Matute se deserta con un escuadrón. — Pasos que da el gobierno
peruano para adoptar la constitución boliviana. — Adóptase y Bo-
lívar es nombrado presidente vitalicio. — Partido republicano que
se opone sordamente. — Disgustos con las tropas colombianas. —
Santa Cruz y otros Peruanos están opuestos á la nueva constitu-
ción. — Corrompen á la tercera división auxiliar. — Facilidad que
encuentran ; por qué motivos. — Se activa y estalla el motin. —
Prisión y maltrato que se da á los jefes. — Acta que acuerdan
los oficiales sublevados. — Movimientos consiguientes en Lima. —
Convócase un congreso, y se declara insubsistente la constitución
boliviana. — Juicio acerca de esta decisión. — Parte oficial de estos
sucesos que se da al gobierno de Colombia. — Regocijo indebido
en Bogotá. — Conducta irregular de Santander. — Singular res-
puesta dada por este á Bustamaj^^^abecilla de la rebelión. —
El vicepresidente envia al gedffiuAntonuTObando para mandar las
tropas sublevadas; sus iifitrucciones. — Escobedo, comisionado pe-
^g^l^kÉi^Éflifota. — Cuál es su misión. — Enojo del Libertador
sTsaner el motin de la tercera división , la fiesta en la capital y la
contestación á Bustamante. — Rompe enteramente con Santander.
— Procedimientos posteriores de la tercera división. — Persecu-
ciones é insultos en el Perú contra los Colombianos. — La pri-
mera división auxiliar se une á la segunda en Bolivia. — Situación
uiginzeo
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GIS
HISTORIA DE COLOMBIA.
crítica de Sucre. — El gobierno del Perú envía á Colombia la ter-
cera división. — Miras siniestras que trae. — López Méndez es el
director de Bustamante. — La expedición se divide. — Situación in-
defensa de Guayaquil. — Una parte de la tercera división arriba á
Manabi. — Planes de los jefes revoltosos. — Providencias que dic-
tan las autoridades para frustrarlos. — Revolución que estalla en
Guayaquil. — Lámares nombrado jefe civil y militar; su hipocresía.
— Transacción entre las autoridades legítimas y los facciosos. —
Conducta de Lámar y de la municipalidad. — Todo el departa-
mento sigue la revolución de Guayaquil. — Bustamante ocupa el
Asuay ; sus miras proditorias. — El general Flórez 8e opone : él con-
sigue aprehender á Bustamante y á sus partidarios. — Le envía á
Guayaquil , y Bustamante no cumple sus promesas. — Antonio
Obando llega al Ecuador. — Arribo á la costa del batallón Aya-
cucho , el que se divide. — Conducta de los revolucionarios y de
Obando. — Flórez invade á Guayaquil y ocupa á Daule. — Opi-
niones singulares de Obando. — Órdenes contrarias que recibe del
ejecutivo : su regreso á Bogotá. — Lámar es nombrado presidente
del Perú. — Nuevos disturbios en Guayaquil : este departamento
se decide por el sistema federativo. — Divúlgase que Flórez también
lo quiere. — Estado de las relaciones exteriores de Colombia. — La
República es reconocida por el papa. — Primeros obispos que nom-
bra. — Terquedad de la España. — Se instala el congreso colom-
biano en Tunja. — El vicepresidente hace el juramento consti-
tucional. — Mensaje que dirige al congreso ; informes de los se-
cretarios de Estado. — No se admiten las renuncias de Bolívar y
de Santander. — Órdenes que este comunica contra la tercera
división. — Anuncia el Libertador su próximo regreso á la capital;
proclama que da en Caracas. — Fuerzas que le preceden.— Ultimos
arreglos que haco en Venezuela. — Se embarca para Cartagena. —
Leyes importantes que dicta el congreso. — Pago de intereses de
la deuda interior. — Discusiones sobre reforma de la constitución.
— Alarma de los liberales exaltados contra el Libertador. —
Proyecto de separación que publica Azuero. — Revolución que iba
á estallar. — Santander es uno de los agitadores principales. —
Se convoca una convención. — Temores á las tropas que conduce
el Libertador. — Irregularidad de algunas providencias dictadas
por este. — Oposición decidida oiue^Santander le hace ; sus dife-
rentes planes contra Bolívar^ :=ÍMensS}^gue este dirige al con-
greso. — Presta el juramento constitucional y Se encarga del poder
ejecutivo. — Convoca extraordinariamente al congTe*»^ — ¿^^^^^
de nuevo á los secretarios de Estado. — Personas que á su arribo
se ocultan por temores. — Providencias del Libertador para calmar
los partidos, mejorar la administración pública y conseguir buenas
elecciones. — El congreso aprueba su conducta y lodos sus actos en
Venezuela. — Santander pide que se le juzgue sobre la inversión
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ÍNDICE DRL TOMO CUARTO. 610
Página.
del empréstito. — El congreso termina sus sesiones. — Terremoto
en las provincias del centro. — . Movimientos de Guayaquil. — Allí
se restablece el orden constitucional. — Operaciones de los guer-
rilleros realistas en Venezuela : sus fuerzas. — Púez los bate y per-
sigue. — Otras insurrecciones en los departamentos del Orinoco y
Maturin. — La de Cumaná es de mal carácter. — Principian á
enardecerse las cuestiones con el Perú. — Sublevación de algunas
tropas colombianas en Bolivia; se castiga aquel motin promovido
por los Peruanos y por los impresos de Colombia. — Fuerte mani-
festación de su gobierno contra el peruano. — £1 Libertador reforma
el ejército. — Escuadra española que cruza sobre las costas de Ve-
nezuela : nada consigue. — Establece Páez una alta policía. — Efica-
ces providencias que dicta para restablecer y asegurar el órden
público en la antigua Venezuela 5
Capítulo xm. — Los miembros del gobierno se abstienen de influir en
las elecciones para la convención , mas no los liberales exaltados.
— Disgusto del Libertador. — Sus opiniones sobre forma de go-
bierno. — Determina seguir á Venezuela. — Se reviste de facul-
tades extraordinarias en los departamentos del nordeste de la Re-
pública. — Fija las bases para seguir los juicios contra conspira-
dores. — Declara que ejercerá el gobierno fuera de la capital. —
Reorganiza el ministerio. — Excesos contra la libertad de imprenta.
— Declárase con facultades extraordinarias en toda la República. —
Reformas que son consiguientes. — Peticiones contra los abusos
de la imprenta. — Indiferencia de Bolívar respecto del Perú.— *6igue
hácia los departamentos de Venezuela. — Operaciones de los di-
putados para la convención de Ocaña. — Disturbios en Cartagena
promovidos por Padilla. — El general Montilla los reprime. —
Padilla sigue á Ocaña. — Extraña resolución de la mayoría de los
diputados ; es revocada. — Padilla vuelve á Cartagena. — Se le re-
mite preso á la capital. — Alarmado el Libertador determina ir á
Cartagena. — Se detiene en Bucaramanga. — Instálase la conven-
ción. — Oye el mensaje del presidente de la República : su conte-
nido. — Peticiones numerosas que se dirigen á la convención ;
recíbelas mal. — Declara urgente la reforma de la constitución
acordada en Cúcuta. — Rechaza el gobierno federativo. —Acuerda
algunas bases para la futura constitución. — Proyecto que redactan
los liberales exaltados. — El doctor^astillo presenta otro ; propone
que se llame á Ocaña al Libaiiflflror^^WJtse esto. — Discusiones
acaloradas que hay en Jj^Tmveneion. — La minoría se juzga opri-
D^b^p^^fH^llH^ropuestas para avenirse. — Sepáranse veinte
"^mMlipinadosT— Estos dan un manifiesto sincerando su conducta
irregular. — Se disuelve la convención. — Críticas circunstancias
en que se halla el Libertador. — Pide la opinión de su consejo
do gobierno. — Acta de Bogotá haciendo á Bolívar dictador. —
La aprueba el consejo de gobierno. — Este da cuenta al Libertador
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820 HISTORIA DE COLOMBIA.
Página.
presidente, que admite la nueva magistratura. — Su regreso á
la capital. — Juicio sobre tales actos. — Toda la República se
adhiere al acta de Bogotá sin discrepancia. — Cargos que se hacen
al Libertador. — Providencias que dicta en varios ramos. — Ex-
tingue el corso. — Creación de un jefe superior en el Magdalena.
— Expide el decreto orgánico del gobierno dictatorio ; su contenido.
— Proclama con que lo publica. — Castillo nombrado presidente
de los consejos. — Se jura el nuevo gobierno con regocijo, espe-
cialmente en Venezuela. — Movimientos revolucionarios en la pro-
vincia de Cumaná. — Misión diplomática conferida á Santander
cerca del gobierno de los Estados Unidos. — Sorda agitación que
reina en Bogotá. — Denunciase una conspiración. — Estalla para
asesinar al Libertador. — Su escape providencial.^— Los conjurados
son batidos. — Bolívar se presenta y es recibido con entusiasmo por
las tropas y por sus amigos. — Profunda y dolorosa pena que siente.
— Elogio merecido por algunos jefes. — Severas providencias que
se dictan. — Ejecución de varios reos. — Motivos probables que
los impelieron al crimen. — Encárgase la terminación de los procesos
al comandante general de Cundinamarca. — Condenación de Guerra,
Padilla y otros : también la de Santander. — Consúltanse al consejo
de ministros varias sentencias de muerte. — Aconseja que estas penas
se conmuten por otras. — El Libertador se conforma. — Congra-
tulaciones que se le dirigen por la salvación de su vida. — Se
traslada al campo. — Arribo del ministro peruano Villa. — Prin-
cipia á negociar. — Puntos que se discuten. — Iucidente que rompe
la negociación. — Villa pide y se le da su pasaporte. — Intrigas
peruanas en Bolivia. — Conferencia en el Desaguadero entre Sucre
y Gamarra. — Herida que recibe el gran mariscal en un motin. —
Gamarra invade pérfidamente á Bolivia. — Urdininea encargado de
la defensa. — Traiciones de algunos Bolivianos. — Tratado ver-
gonzoso de Piquiza. — Energía de Sucre, quien protesta contra los
actos del gobierno peruano. — Sale de Bolivia y también las tropas
colombianas. — Toca en el Callao como mediador pacífico : nada
consigue. — Proclamas belicosas de Flórez y del Libertador contra
el Perú. — Manifiesto del gobierno de Colombia justificando la
guerra. — Fuertes recriminaciones é insultos del presidente del
Perú. — El consejo colombiano de gobierno se opone á la guerra ;
sus razones. — Consigue que sa. .envié un ministro con instruc-
ciones de paz. — La noticia brtrTaTmvalf*v^c Bolivia irrita de nuevo
al Libertador. — Le calma el consejo. -—"b**de entónces quiere
constantemente la paz. — Estado general de las reía^rt»»»^»^^',^^^^
de Colombia.— El gobierno español no cede un ápice de sus^^1
proyectos de reconquista. — Ofrecimientos secretos que se le hacen.
— Desconfianza que asiste á las demás potencias sobre nuestra
estabilidad. -Tratado que se ajusta con los Países-Bajos. — Misión
francesa de Brcsson. — El ministro Polignac se opone á entrar en
»
■
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ÍNDICE DBL TOMO CUARTO. G21
relaciones con las nuevas repúblicas ; no reconoce al ministro co-
lombiano en Paris 81
Capítulo xiv. - Rompimiento de la guerra con el Perú. — El go-
bierno peruano no admite la misión de O'Leary : niega al Libertador
sus títulos legales. — Declara bloqueados nuestros puertos del Pa-
cífico. — Lámar se traslada á Piura : insultos que escribe contra
Bolívar. — Fuerzas del Perú y Colombia. — Sucre es nombrado
general en jefe. — Pérdida de la corbeta colombiana Pichincha. —
Bloqueo y ataque de los Peruanos contra Guayaquil. — Son recha-
zados y muere el vicealmirante Guise. — Sublevación en Popayan de
Obando y López de acuerdo con Lámar. — Marcha de Bogotá una
división al mando do Córdoba. — Obando triunfa en la Ladera de
las tropas del gobierno. — Apodérase do Popayan, donde encuentra
apoyo ; mas no en los valles del Cauca y Néiva. — Obando se apo-
dera de Pasto. — Córdoba ocupa á Popayan. — Providencias de
Páez en Venezuela para mantener la tranquilidad pública. — El Li-
bertador convoca un congreso constituyente de Colombia : expide
otros varios decretos importantes. — Pasos que da en favor del co-
mercio con la España; motivos políticos que los dictan. — Extingue
el corso. — Sigue á Popayan. — Fuerzas militares que marchan
hácia el sur. — Ocupaciones que deja al consejo de ministros; em-
peño de este en reunir el congreso constituyente. — Manifiesto de
Páez defendiendo la conducta política del Libertador y contra la
Monarquía. — Sus protestas de amistad no fueron cumplidas. —
Noticias que Bolívar recibe en Popayan sobre el estado del ejército
del sur. — Hostilidades de Obando y López como auxiliares de los
Peruanos. — Operaciones del general Hérez en los Pastos. — Proyec-
tos incendiarios de Lámar contra los Colombianos. — El Libertador
está decidido á trabajar por la paz. — El ejército peruano se
mueve sobre las fronteras de Colombia. — El general Flórez
junta en Cuenca al colombiano. — Estado critico de Guayaquil ; blo-
queado estrechamente, capitula Illingrot con los Peruanos. — Con-
serva una parte del departamento. — Marcha por Loja del éjercito
de Lámar ; sus proclamas contra el Libertador. — Encuentra sim-
patías y apoyo en los habitantes de Loja. — Sucre se pone en
Cuenca á la cabeza del ejército colombiano ; su proclama, número,
estado y situación del ejército del Sur. — Negociaciones de paz que
se rompen. — Invasión y toma de Cuenca. — Ataque nocturno
contra Saraguro. — Graves^j0lffi^^^^*usa á los Peruanos. —
Marcha de estos háciaJ^m, y la de Sucre hasta la llanura de Tar-
^oui^=J^¡jflpgprtrTacar á los Peruanos. — Derrótalos en el Por-
•^^WCTarqui. — Brillante comportamiento de los jefes colombia-
nos. — Sucre expide un decreto de honores y recompensas al
ejército vencedor. — Decreta la erección de una columna sobre
el campo de batalla. — Ofrece una capitulación á los Peruanos,
que ponen dificultades ; pero al fin la aceptan en Jirón. — Bases
622 historia de Colombia.
Páfin».
y artículos que contiene. — Fueron demasiado generosas las con-
cesiones y sin garantías para su cumplimiento. — Pérdidas que
sufrieron los Peruanos. — Operaciones deObando y Lópe2. — Am-
nistía que publica el Libertador. — Produce buenos efectos en Patía.
— Decreto que da en el puente de Mayo; concede ventajas y una
completa amnistía á todos los comprometidos en la revolución. —
Es aceptada. — Motivos que influyeron en tan generosa conducta.
— El Libertador llega á Pasto, donde es bien recibido. — Sabe al
dia siguiente el triunfo de Tarqui. — Los Peruanos no devuelven á
Guayaquil en cumplimiento de órdenes que Lámar les comunica.—
Motivos que este alega para colorir su pérfida conducta. — Excesos
que sus tropas cometen al retirarse. — Sentimiento penoso del
Libertador por la continuación de la guerra ; providencias que dicta
para hacerla con vigor. — Da una proclama á los Colombianos,
manifestándoles sus deseos de paz. — Dispone que Flórez marche
con varios cuerpos sobre Guayaquil. — Dificultades para atacar la
plaza reforzada por los Peruanos. —Se incendia en la Ria de Gua-
yaquil la fragata Presidente, del Perú. — Arreglos administrativos
que hace el Libertador en Quito. — Actívala guerra sin descuidar la
paz. — Dirige aberturas pacificas al gobierno del Perú. — Manifiesto
que este publica justificándose de no cumplir la capitulación de
Jirón. — Descontento de los pueblos del Perú contra la guerra. —
El Libertador sale de Quito y se dirige hácia Riobamba; sus desig-
nios. — Fragatas colombianas enviadas al Pacífico. — En La Cun-
dinamarca sigue de Cartagena á Puertocabello el general Santander.
— Bolívar se traslada á la provincia de Guayaquil. — Defectos ó di-
ficultades que ofrece su plan de campaña. — Descontento en el Perú
y maquinaciones contra el presidente Lámar. — El general La-
fuente se apodera en Lima del poder ejecutivo. — Gamarra en
Piura asume el mando del ejército del norte. — Lámar es deportado
al Centro-América. — Justicia que los Peruanos hacen á Colombia
y al Libertador. — Lafuente y Gamarra mandan abrir negociaciones
de; paz. — Armisticio celebrado con los jefes de Guayaquil. —
Misión diplomática que el Libertador envía á Lima. — Armisticio
general que se ajusta en Piura. — Recuperación de Guayaquil. —
Grave enfermedad" que Bolívar sufre en esta ciudad; causas que la
producen. — Célebre circular que dirige para que los pueblos de
Colombia indiquen la forma de ¡¿gjjj^nu) y el primer magistrado que
deseen. — Instalación del Congreso ¡raKj¡no : nombra presidente
á Gamarra, decidido por ajusta r la paz.^^C^jneba el nombra-
miento del ministro plenipotenciario del Perú. - kfohuui****¿*HK^^
ferencias en Guayaquil. — Se firma un tratado definitivo de paz.
— Condiciones honrosas á ambas partes , que contiene. — Declara-
ción aceptada. — El Libertador nombra un ministro plenipoten-
ciario para Lima, y una comisión de limites. — Regresa á Quito.
— Expide varios decretos para mejorar la administración pública
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ÍNDICE DFL TOMO CUARTO. 623
Wgina.
de los departamentos meridionales. — Censura de algunos. — Los
regulares sometidos al ordinario eclesiástico. — El general Flórez
revestido en el sur de la autoridad superior civil y militar. — Bo-
lívar sigue hacia la capital de la República. ....... 143
Capítulo xv. — Estado de los departamentos del nordeste de Colom-
bia. — Escasez de sus rentas públicas; su independencia del go-
bierno central. — Desagrado con la policía establecida por Pácz.
— El sur de Colombia se gobierna también por leyes excepcio-
nales. — Temores que inspira el estado de la República. — Se
proyecta el establecimiento de una Monarquía con un principe ex-
tranjero.— Harrison ministro délos Estados Unidos, y Bresson co-
misionado francés en Bogotá. — Apoya este el proyecto de Monar-
quía; mas no el Libertador. — Se piensa que la adopte el congreso
colombiano. — El proyecto ofrece muy graves dificultades. — Bús-
case el apoyo de los jefes militares y del alto clero. — Se sondea
el ánimo de Bolívar sobre el establecimiento de Monarquía. —
Proyecto del Libertador para que se solicite el apoyo y protección
de una gran potencia. — El consejo de ministros se opone á tal
idea. — Insistencia de Bolívar ; juicio sobre esta. — Puntos que
Brcsson discute con el ministro de relaciones exteriores. — Las de
Colombia han retrogradado: motivos para esto. — Conferencias en
Londres con el ministro británico sobre Cuba y Puerto-Rico. — Tra-
tado con los Países Bajos. — Nada consigue Colombia en Francia.
— Ministro que envia el emperador del Brasil. — El general Har-
risson es reemplazado por Moore. — Ventajas del cambio; cesa la
política maquiavélica del presidente Adams de los Estados Unidos.
— Manejos é intrigas de Uarrisson y de Torrens, encargado de ne-
gocios de Méjico. — Juicio de Bolívar sobre las logias masónicas. —
El gobierno de los Estados Unidos ofrece no mezclarse en nuestros
negocios domésticos. — Nombramiento de O'Leary para ministro
plenipotenciario en Washington. — Objetos de esta misión. —
Proyectos de conquista que emprende realizar la España. — Capi-
tulan en Venezuela las guerrillas realistas , ménos la de Cisnéros.
— El general Santander arriba á Pucrtocabello y sigue á Europa. —
Suerte de la fragata Cundinamarca. — Elecciones para el congreso
constituyente. — El consejo de gobierno adelanta el proyecto de
Monarquía. — Acuerdo lijando sus basas. — Negociaciones iniciadas
con los comisionados ingles y fr2¡MBte¿níL(la cuenta al Libertador
de estos pasos oficiales. — Ejfl^rinentoT^h que el consejo apoya
sus actos. — Bolívarj^Ppone -á sus ministros que el congreso
^^^^^gglatfri^ruela separación de Venezuela y de la Nueva
^CTanadaT— Impugna de paso el establecimiento de la federación y
de Monarquía. — Opina por un presidente y un senado vitalicios ;
empero nada quiere proponer. — Juzga que toca al congreso
establecer « el gobierno que mejor convenga á la nación, y á él
sostenerlo. » — Este es el resúmen de sus opiniones y su voluntad
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ni
624 HISTORIA OE COLOMBIA.
Mina*
decidida. — El consejo de gobierno se opone ni proyecto de disolver
á Colombia. — Tramas revolucionarias del general Córdoba. — Se
levanta en Antióquia y se apodera de esta provincia. — Sus falaces
promesas y ambiciosos proyectos. — Oposición que halla en los '
pueblos. — Córdoba procura extender la revolución. — Activas pro-
videncias que dicta el consejo de ministros para reprimir la expe-
dición militar que envia. — Esta penetra por las montañas de An-
tióquia, ataca y vence á los rebeldes. — Córdoba muere después de
la acción del Santuario. — So deplora su muerte. —Tropas que se
dirigían á combatirle. — O'Leary indulta á los comprometidos.—
La provincia del Chocó también se somete de nuevo al gobierno. —
El Libertador celebra el restablecimiento de la paz. — Espíritu mi-
litar que en esta época reina en el territorio colombiano. — El
poder civil está abatido. — Aquesta situación se atribuye al Li-
bertador, que pierde su popularidad. —El mismo espíritu militar se
opone á la reorganización de Colombia. — La expedición española
contra Méjico capitula. — Bolívar imprueba á sus ministros el pro-
yecto de Monarquía. — Avísales que ha resuelto separarse del
mando. — Célebre carta que escribe á Páez acerca de sus miras
futuras. — El consejo de ministros defiende su conducta sobre el
proyecto de Monarquía. — Segunda improbación del Libertador, que
está bien fundada. — Abandono del plan de Monarquía. — En
Francia no produce efecto alguno. — Conferencias y explicaciones
del ministro ingles de relaciones exteriores; fuertes y fundadas ob-
servaciones que hace. — El ministro colombiano Madrid toca otros
puntos de negociación; su resultado. — Túrner nombrado ministro
de la Gran Bretaña en Bogotá. — Temores que hay en Europa
« de que se disuelva Colombia 198
Capítulo xvi. — Mal estado de la opinión en Venezuela contra el go-
bierno del Libertador. — Publicación de una carta de este para
calmar la irritación. — Púez y Soubiette en Valencia. — Reciben allí
la circular para que los pueblos pidan lo que quieran. — Excítalos
Páez á que lo hagan. — Primeras actas en forma de peticiones al
congreso constituyente. — La de Carácas acuerda su separación abso-
luta de Colombia, estableciendo un Estado independiente. — Juicio
sobre dicha acta : se demuestran sus defectos. — Insultos escritos
contra el Libertador, que se reprimen. — Páez no acepta la primera
magistratura de Venezuela, que se Je ofrece. — Motivos déla nega-
tiva y de su contestación, -^ü^cuenn^ú gobierno colombiano de
lo acaecido y ofrece mantener el órden. — ^v-ns diputados vene-
zolanos quieren asistir al congreso de I I In Ti i , , Jj^^p
el acta de Carácas. — Algunas son muy injuriosas al Libertador.
— Valencia, la primera, pide su ostracismo. — San Rafael de
Orituco le defiende. — Parroquias que revocan sus poderes á los
diputados al congreso. — Petición que algunos vecinos notables de
Carácas dirigen al Libertador.— Esfuerzos que hacen los jefes para
i
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ÍNDICE DEL TOMO CÜARfO. 625
generalizar la revolución, sobre todo en el Zúlia. — Páez se mani-
fiesta decidido á sostenerla. — Parte que tuvo en ella el almirante
ingles Fleeming. — El gobierno de Colombia pide órdenes al Li-
bertador sdbre tan grave negocio. — Dispone oficialmente suspen-
der toda negociación acerca del proyecto de Monarquía. — Opinio-
nes en la Nueva Granada contra la unión : también sobre forma
de gobierno. — Páez establece en Venezuela un gobierno inde-
pendiente. — Convoca un congreso constituyente en Valencia. —
El departamento del Zúlia se adhiere á la revolución. — Proclama
hinchada de Páez anunciándolo. — Preparativos de defensa que
hace. — Fórmase en Bogotá la diputación del congreso colombiano.
— El Libertador arriba á la capital. — Reforma su ministerio. —
Instalación del congreso constituyente.— Mensaje que le dirige Bo-
lívar, y puntos principales que contiene. — Su proclama á los Co-
lombianos. — Injusticia con que se ataca al Libertador. — El con-
greso defiende su honor. — Exposición al congreso del presidente
del consejo de ministros. — Aquel se ocupa en formar un regla-
mento interior. — El congreso se decide por conservar la unión co-
lombiana. — Proyecta el Libertador ir á Venezuela. — Partida del
comisionado Bresson. — Presentación de dos ministros extranjeros.
— ■ Preparativos militares del prefecto general Montilla para con-
servar la tranquilidad del Zúlia. — El ejecutivo dispone reunir otra
división en Cúcuta. — El general O'Leary es su jefe ; instrucciones
que recibe. — El batallón Boyacá se subleva y pasa á Maracáibo. —
Temores que inspira esta defección. — Sistema defensivo que se
adopta respecto de Venezuela. — Comisiones constitucionales que
se forman. — Decreta el congreso una comisión de paz que siga Ve-
nezuela ; instrucciones que le da. — Basas que se adoptan para la
constitución : alocución del congreso á los Colombianos.— Resuelve
mantener la unión de Colombia. — Bolívar indulta á los que aun
sufren penas por los sucesos del 25 de setiembre. — Nombra al ge-
neral Caicedo presidente del consejo de ministros. — Á la comisión
de paz se le impide penetrar á Venezuela. — Proclama belicosa de
Páez, quien sale á campaña. — Los comisionados colombianos tratan
con los de Venezuela en la villa del Rosario de Cúcuta. — Nada
se consigue. — Miras pacificas del gobierno de Colombia ; el de Ve-
nezuela trabaja por conmover la Nueva Granada. — Revolución de
Casanare. — Asesinatos que cometen los cabecillas. — Alarma que
causan estos sucesos. — Con^00VlrevNM*ion en Bogotá. — Consejo
que reúne el Libertadn^^fis^ustos que causa. — Opiniones rei-
sedé constitución. — Las apoya por un raen-
"poder ejecutivo. — El congreso insiste en darla. — Protestas
que dirigen los ministros de la Gran Bretaña y del Brasil. — Son
infundadas. — Proyecto de decreto para acordar las opiniones en-
contradas. — Se restablece la libertad de imprenta. — Opinión en
la Nueva Granada á favor de la separación de Venezuela ; sus mo-
TOMO IV. 40
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626 HISTORIA DE COLOMBIA.
Páfiu.
tjvos, — Discusiones acerca del futuro presidente de la República :
Bolívar quiere serlo. — Proyecte reasumir el mando. — Movi-
mientos que esto causa en los partidos. — Sus fieles amigos le
aconsejan que se retire definitivamente. — Anuncia al congreso su
última resolución. — Contestación del congreso y sentimientos de
los bandos políticos. — Bolívar se decide á salir de Colombia. —
Supresión de las prefecturas generales. — Terminase la constitu-
ción. — Mosquera y Caicedo nombrados presidente y vicepresidente.
— Encárgase este del mando de la República. — Moción en favor
del Libertador. — Se manda publicar la nueva constitución. — De-
creto que arregla cómo ha de ofrecerse á Venezuela. — Sublevación
del batallón Granaderos. — Sus consecuencias y motivos. — Te-
mores de Bolívar, que sigue á Cartagena. — Decreto del congreso
en su favor. — Este cierra sus sesiones. — Juicio acerca de él y
respecto de la constitución. — Carácter de los nuevos magistrados.
— Sucre era el presidente que habría convenido. — Desobediencia
de la división acantonada en Pamplona. — Arribo á Cúcuta de una
división venezolana : su jefe Marino viola el territorio granadino.
— La división de Pamplona capitula su traslación á Venezuela. —
Aranzazu y Soto comisionados granadinos para ofrecer la nueva
constitución á Venezuela. — Aranzazu consigue que se retiren de
Cúcuta los Venezolanos. — Marino deja allí á los soldados y oficiales
granadinos. Sométense estos al gobierno colombiano. . . . 255
Capítulo xvii. — Instalación del congreso constituyente de Venezuela.
— Mensaje de Páez. — Aquel trata de dar una constitución. —
Discusiones previas y acuerdo contra Bolívar. — Comunicase la
resolución al congreso de Bogotá. — Ingratitud de los Venezolanos
con su Libertador. — La Nueva Granada no los imita. — No se
admite la agregación de Casanare á Venezuela. — Pronunciamientos
en Venezuela á favor de la integridad de Colombia. — Cesan por
un avenimiento pacifico. — El congreso venezolano da un acto en
favor de los autores y cómplices del 25 de setiembre. — Rechaza
la constitución de Colombia; pero ofrece entraren pactos recíprocos
de federación. — Dificultades que se tocan para esta. — El comi-
sionado Aranzazu nada mas puede conseguir. — El congreso consti-
tuyente nombra á Páez presidente de la República. — El general
Flórez agrega la provincia de Pasto al Ecuador. — Las autorida-
des superiores del Cauca frustran jaquel paso ilegal. — El poder
ejecutivo aprueba su conduct^'»íí,n!Wl^¡mpeña el vicepresidente
Caicedo. — Pretensiones de los departa menrik^iel sur : Flórez las
apoya. — Acta de Quito declarándose indrprrnTTTi '^cnu.lp
mismo Guayaquil y Cuenca. — Nombran á Flórez jefe dvilyimTn'arlr^**
— Convoca un congreso constituyente de los tres departamentos :
promesas que hace á los pueblos. — El gobierno del centro com-
bate con razones la separación ; mas ninguno piensa en que se use
de la fuerza para impedirla. — El general Sucre se pone de acuerdo
Diaitized t
ÍNDICE DEL TOMO CUARTO. 627
Págínt.
con el vicepresidente Caicedo; parte hácia Quito. — Temores que
hay de que peligre su vida. — Su arribo á la Venta Quemada. —
Sospechas que tieno de Sarria y Erazo. — Es asesinado en la mon-
taña de Berruécos. — Pormenores de este crimen. — Sentimiento
general que causa. — Sospechas contra algunos. — El general
Obando procura hacerlas recaer sobre Flórez. — Cuál es la opinión
pública mas común. — Predicción del asesinato. — Mosquera se po-
sesiona de la presidencia : su ministerio. — Pesquisas sobre el ase-
sinato de Sucre. — Denuncia hecha por Luis Urdaneta. — Luto de-
cretado en honor de Sucre. — Movimientos contra la constitución
de Colombia en Néiva, Socorro y Cartagena, que se cortan. —
Júrase la constitución. — Conducta del Libertador en las provincias
litorales. — Causas que impiden su viaje á ultramar. — Estable-
cimiento del consejo de Estado. — Variaciones en el cuerpo diplo-
mático. — Estado de las relaciones exteriores de Colombia. —
Discusiones en el parlamento británico sobre la Independencia de
las repúblicas americanas. — Muerte del ministro Madrid. —
Noticias recibidas en Cartagena sobre la insurrección de Venezuela
en favor de la integridad de Colombia. — Sensación que causan.—
El Libertador las comunica al gobierno del centro ; su contestación
á los revolucionarios y á sus amigos. — Sabe la muerte de Sucre :
contrae su última enfermedad. — Mosquera organiza definitivamente
su ministerio. — Niega auxilios á los sublevados'en Venezuela. —
Comunica al Libertador su ostracismo de Venezuela. — Juicio sobre
este paso. — Los bandos políticos se pronuncian mas fuertemente.
— Situación del ejecutivo colombiano. — Oposición entre los ba-
tallones Callao, Boyacá y Cazadores. — Mosquera se desalienta con
el estado critico de los negocios. — Reformas várias que decreta
su gobierno : sepárase del mando por algunos dias. — Marcha del
Callao hácia Tunja ; detiénese en Gachansipá y es seducido por al-
gunos revoltosos. — Ataca y vence en Cipaquirá á un destacamento
del gobierno. — Se unen varios jefes á los facciosos. — Trátase de
un avenimiento que no se consigue. — Peticiones de Jiménez y
socios sin resultado. — Fuerzas de los rebeldes y del gobierno; este
pide auxilios á las provincias. — Regres > del presidente Mosquera ;
acuerda una amnistía y recibe un refuerzo. — Intervención del
general Urdaneta; es doble su conducta. — Revolución del So-
corro. — Determina el ejecutivo que se ataque á los facciosos. —
Trábase el combate y los re^JMP'liM^fyi completamente. — El
presidente Mosquera ca^ffía y entrega á Bogotá. — Deja el mando
dftgnw»» dé^n^a^ÉBdentes. — Pronunciamientos en favor dol
,— Acta en que Bogotá hace lo mismo. — Separación de-
finitiva de Mosquera y de Caicedo. — Urdaneta se encarga del ejecu-
tivo con gusto de la capital. — Organiza su ministerio. — Invalida
la expulsión de once ciudadanos. — Envía una comisión llamando
á Bolívar. — Simpatías de los extranjeros por los facciosos. —
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628 HISTORIA DE COLOMBIA.
Página.
Estado de la opinión en Cartagena. — Desconócese allí la autoridad
y gobierno de Mosquera. — Proclaman al Libertador, que se de-
niega á tomar el mando. — Su contestación al acta de Bogotá. —
Publica una proclama.— Resiste á nuevas actas de- Cartagena. — El
mismo explica y vindica su conducta pelitica. — Su juicio sobre el
gobierno de Urdaneta y acerca de la situación de la República. —
Mompox imita los pronunciamientos. — Itiohacha se opone á ellos
con vigor. — Pide auxilios á Maracáibo ; le envian á Canijo. —
Fuerzas quo atacan á la provincia de Riohacha. — Espinar con-
mueve á Panamá contra el ejecutivo: declara al Istmo en asamblea
sin causa justa. — Sepárase este de la unión del centro. — Asamblea
de Antióquia y su resultado. — Movimientos en Cali á favor de Bolí-
var.—La asamblea del Cáuca so decide también por su. mando. —
Otros acuerdos de la misma. — Opinión de las provincias de la
Nueva Granada contra la guerra civil. — Esta continúa en Riohacha
con varios sucesos. — Decisión de sus habitantes contra el gobierno
existente. — Son derrotados en San Juan de César. — Movimiento
revolucionario en Santamaría. ■ — Expulsión decretada contra algunos
ciudadanos. — Sardá sigue á Riohacha y pacifica esta provincia. —
La de Panamá se reúne y obedeco al gobierno del centro . . . 324
Capítulo xviii. — Estado de las relaciones exteriores con Francia : su
gobierno ofrece reconocer la Independencia de Colombia. — El mi-
nistro colombiano Palácios. — Pasos de los gobiernos de la Gran
Bretaña y de la Francia para que la España reconozca nuestra Inde-
pendencia. — Constitución de Venezuela. — Deja lugar para la fe-
deración. — El congreso de Venezuela acuerda otros varios actos.
— El Ecuador se da también una constitución. — Lo que dispone
sobre federación de Colombia. — Decreto que expide en honor de
Bolivar. — Misión de Flórez á Bogotá : lo que se le contesta. —
Intrigas de Flórez en Buenaventura y Pasto : consigue unir estas
dos provincias a) Ecuador. — Providencias de Urdaneta en el
centro : producen mucho disgusto en los pueblos. — Principia la
revolución en el Socorro. — Planes vastos de Urdaneta. — Invasiones
sobre Cúcuta y la villa de San Antonio. — Explicaciones pacificas que
da el gobierno de Venezuela. — Oficial que envía á Casanare. —
Impide las comunicaciones epistolares con la Nueva Granada. —
Preparativos militares de Urdaneta por el sur. — Su injusta con-
ducta con Obando y López. — Pronunciamiento de los militares de
Popayan á favor de estos. ^^¿R^iMl^^de Popayan se une al
Ecuador; debilidad de sus fundamentosT^^^^Ecuador admite la
agregación. — Misión de Luis Urdaneta al F r uacfB» " - ! — ' ?„jil.a., „
auxilios en Panamá. — Revolución de Guayaquil en favor de Ta^**1
integridad de Colombia. — Imítala el Asuay : también Quito. —
Flórez sin fuerzas emprende combatir la revolución, que llega á
Ibarra. — Contribución que exige Urdaneta en Guayaquil. — In-
cendio de esta ciudad , y marcha de Urdaneta hacia la Sierra. —
Diaitiz
ÍNDICE DEL TOMO CUARTO. 6
Pági
Enfermedad de Bolívar en Barranquilla. — Trasládase á Santamaría
á la quinta de San Pedro. — Recibe los sacramentos, hace su testa-
mento y muere de tisis. — Sus exequias en Santamarta. — El go-
bernador de Jamaica le envía un médico.— Carácter del Libertador
como guerrero, como político y como administrador. — Sus disposi-
ciones testaméntales. — Situación difícil de Urdaneta en Bogotá.
— Sentimientos que excita la muerte de Bolívar. — Proclama y
providencias que dicta Urdaneta. — Restablece las garantías indivi-
duales y convoca un congreso en la villa de Léiva. — Reorganiza
el consejo de Estado y nombra el procurador general de la nación.
— Entabla negociaciones con Venezuela y con el Ecuador. — Comi-
sionado de este gobierno. — Exequias de Bolívar en Bogotá. —
Operaciones de Luis Urdaneta en el Ecuador. — Contradicciones
de Flórez. — Sus operaciones contra los sublevados en Ibarra y
contra Urdaneta. — Contrarcvolucion en Buenaventura. — Otra en
Venezuela por la integridad de Colombia : hace muchos progresos.
— No se invoca á Bolívar como jefe supremo. — Providencias de
Páez á fin de oponerse á los revolucionarios. — Ofrece al gobierno
del centro evitar toda clase de hostilidades. — La muerte de Bo-
lívar favorece al gobierno de Venezuela , asi como la reunión del con-
greso. — Bermúdez se declara en favor del gobierno venezolano.
— Obtiene grandes ventajas en el oriente. — Monágas pide una
entrevista con Páez. — Acuerdos del congreso : autoriza á Páez para
terminar la guerra. — Sucesos militares en el Ecuador. — Convenio
entre Flórez y Luis Urdaneta. — Marcha retrógrada de este. — Su-
blévanse Guayaquil y varios cuerpos contra Urdaneta. — Termina la
contrarevolucion. — Son disueltos los cuerpos de tropas que la hi-
cieron. — Causas de la miseria y del disgusto de los pueblos de Co-
lombia. — Operaciones militares contra Obando y López. — Las
tropas del general Rafael Urdaneta se pasan unas, y son derrotadas
otras en Palmira. — Obando pasa por las armas en Cali á cuatro
oficiales prisioneros. — Ocupa el valle del Cáuca. — Dirige intima-
ciones á Anlióquia y á Bogotá. — Acta de los pueblos del Cáuca
uniéndose al Ecuador. — Obando no se apodera del mando civil. —
Flórez admite con placer las agregaciones. — Conducta del coronel
Posadas.— Providencias que dicta Urdaneta para sostenerse. — De-
creta un reclutamiento de tropas. — Recibe como favorables las noti-
cias de los movimientos de Ve"¿j¡¿«l3en favor de la integridad co-
lombiana. — Peticiones^^^^UngeWflgunos de sus partidarios
en Bogotá. — - En^j^^iropas y escasez de numerario. — Movi-
gPprtÉPW^^^onarios en Soledad y Barranquilla. — El prefecto
declara al departamento del Magdalena en estado de asamblea.
— Decreta la expulsión do diez y seis ciudadanos. — Sale de Carta-
gena una expedición contra los amotinados : la manda el general
Luque. — Derrota á los sublevados. — Arribo á Sabanilla de los ex-
pulsados de Cartagena. — Su prisión y envío fuera del país.— Re-
40*
630 HISTORIA DE COLOMBIA.
Página.
belion de Luque y de sus tropa» contra el gobierno del Magdalena.
— Actas de los militares y de los pueblos cu el mismo sentido. —
Principios que proclaman. — Primeros decretos de Luque como
jefe civil y militar. — Se adhiere á su movimiento la provincia de
Santamaría. — Liberales de nuevo cuño que aparecen. — Situación
critica do Montilla en Cartagena. — Los revolucionarios obran acti-
vamente. — Primeros oficio» de Luque á Montilla. — Luque exige
que este deje el mando, lo mismo que el prefecto. — Se rechaza
tal proposición. — Luque asedia la plaza de Cartagena. — Toma dos
buques de sus enemigos. — Cuestión con el capitán ingles Oldrcy;
este impone á Luque duras é injustas condiciones. — Mompox se
pronuncia en favor de la revolución. — Comisionados de Santa-
marta á Luque. — Improbación del convenio que ajustan. — Movi-
mientos alarmantes en el Istmo. — Espinar los patrocina y fomenta.
■ — Rivalidad de este con el general Fábrega. — El coronel Alzuru
se encarga del mando en Panamá. — Deportación de Espinar. —
Sumisión aparente del Istmo al gobierno de Bogotá. — Estado en
que se halla Antióquia. — Providencias violentas del coronel Castelli.
— Alzamiento de Salvador Córdoba. — Obtiene ventajas en el nor-
deste.— Derrota á Castelli en Abcjorral. — Liberta Córdoba al depar-
tamcrito; se encarga de su gobierno 393
Capítulo xix. — Primeros movimientos de insurrección en L'baté.— Des -
calabro que sufre un destacamento de Casanare. — Prisiones arbitrarias
en Bogotá. — Arribo de la división Callao. — Defensa de su con-
ducta, quo publica el gobierno de Urdaneta. — Noticias alarmantes
que circulan. — Pronunciamientos en Néiva, seguidos por el coronel
Posadas. — Progresos de la insurrección liberal y apoyos que tiene.
— Alarma del partido do Urdaneta. — Tropas que lo amenazan
desde Casanare. — Urdaneta se desalienta y quiere renunciar el
mando. — Nombra comisionados para tratar con el vicepresidente
Caicedo. — Renuncia el gobierno dos veces ; el consejo de Estado
no admite la dimisión, temiendo á los -militares. — Pide permiso
Urdaneta para salir á ponerse á la cabeza de las tropas. — Deja el
gobierno encargado á sus ministros. — Lo anuncia en una proclama :
pensamientos que contiene. — La guerrilla de Ubaté ocupa á
Cipaquirá. — Retirase y es derrotada en las Pilas. — Defecciones
várias. — Oficio que el ministro García del Rio dirige á Caicedo.
— Este se declara en ejercicio d^j^tW ejecutivo. — El general
López se traslada de Popayan *Tf Neiva.-^Ji^rpclama. — Encárgase
del mando de las tropas constitucionales; cfthfcj^ul de estas. —
Un comisionado del vicepresidente llega á Bogotá ;<rtnl9A8n#*^i«ii|fl^
recibe. — Junta consultativa que reúne el gobierno de Urdaneta. —
Su resultado. — Movimiento délas fuerzas de Caicedo. — Armisticio
celebrado con los comisionados de Urdaneta. — Diversos rumores
sobre las fuerzas de los partidos opuestos. — Cartas entre Urdaneta y
López. — Algunos partidarios de Urdaneta no quieren que haya un
ÍNDICB DEL TOMO CUARTO. ñS9
Página.
avenimiento. — Entrevista y convenio de Apulo ; sus estipulaciones.
— Acuerdo secreto. — Expedición salida ée Casanare. — • Combate
de Serinza y derrota del general Justo Briceño; sus consecuencias.
— Sepárase Urdaneta del mando.— Proclama eme da. — Expo-
sición del ministro Garcia del Rio. — El consejo de Estado nombra
á Caicedo jefe del ejecutivo colombiano. — Continúa el asedio de
Cartagena. — Comunicaciones entre Luque y los jefes de la plaza.
— No se avienen. — Una batería de la Popa hace fuego contra la
ciudad. — Escasez de víveres que hay en ella. Representación
amenazante de algunos vecinos, que exigen un avenimiento. — El
general Montilla nombra comisionados de paz. — Ajústase una ca-
pitulación; sus condiciones principales. —La opinión pública der-
riba á Montilla. — Galantería con que los partidos contendores se
hacían la guerra. — Luque falta á lo estipulado. — Expulsión violenta
de varios jefes del partido militar del Magdalena. — Es útil , pero
injusta. —Conducta uniforme y censurable de los diferentes partidos
republicanos.— Luque no convoca la asamblea departamental :
motivos laudables de su procedimiento. — Evitase la federación.
— Revolución de Riohacha : esta provincia nombra sus jefes. —
Las del Magdalena se preparan á obedecer al gobierno central. —
Estado de la opinión en Bogotá. — Arribo del vicepresidente Cai-
cedo. — Se presenta al consejo de Estado ; asume el poder ejecu-
tivo. — Sus ofrecimientos á los pueblos y al ejército. — Organiza su
ministerio y el consejo de Estado. — Nombra los prefectos y go-
bernadores. — Procura amalgamar los partidos. — Convoca una
convención de diputados del centro. — Bases que fija para las elec-
ciones de los representantes. — Objetos de la convención. — Inse-
guridad del órden público en la capital. — La domina el Callao.
— Proyectos de sus jefes. — López tiene una conferencia con Moreno
en Cipaquirá. — Pónense de acuerdo. —Entrevista en Fontibon
que irrita los ánimos. — El ejército constitucional se presenta en
los arrabales de Bogotá. — Bravatas de Jiménez y socios. — El vice-
presidente procura evitar un choque. — Los Venezolanos promueven
la discordia y no obedecen. — Asesinato cometido por este bando.
— El vicepresidente adopta un partido á fin de cortar las dis-
putas. — Se da pasaporte á los jefes y oficiales déla división Callao.
— Entrada en Bogotá del ejército constitucional. — Disolución
pública del Callao y de otro^^pij||L¿- Termínase con esto la
usurpación del poder púb^ Libértanse las provincias de Tunja ,
Socorro y PamnloMi^^^Los Venezolanos celebran en Cúcuta un
0^PP^^K!fl^rasladarse a su país; los Granadinos se retiran al
interior del suyo. — Sucesos políticos y militares de Venezuela.
— Páez , autorizado por el congreso , termina la guerra de oriente
con una completa amnistía. — Sométense los cabecillas del occi-
dente de Venezuela. — Acalorados partidos que hay en Bogotá. —
Quieren los liberales exaltados adoptar de hecho medidas violentas.
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632 HISTORIA DE COLOMBIA.
Página.
— López, Moreno y Herrera los contienen. — Los principales son
los dos hermanos Azueros.— Contradicciones de Vicente Ázuero en
la defensa que publica sincerando su conducta irregular. — Situa-
ción crítica del vicepresidente Caicedo. — Sus providencias y noti-
cias favorables que recibe. — Hace varias concesiones á los libe-
rales 464
CatItülo xx. — Petición de Obando y López para que se les juzgue.
— Declaraciones del poder ejecutivo y de la alta corte de justicia. —
Irritación contra ürdaneta, que se va con su familia. — Partida.de
otros jefes y oficiales. — Obando se posesiona del ministerio de la
guerra. — Junta revolucionaria contra el vicepresidente Caicedo. —
Petición que le dirigen algunos jefes militares. — En consecuencia
renuncian los ministros Castillo y Mendoza. — Irrítase el vicepresi-
dente, y los liberales moderados culpan á López. — Calumnias contra
el Libertador y Urdaneta. — El vicepresidente hace nuevas conce-
stones. — Expulsión de los jefes y oficiales urdanetistas. — Reno-
vación del ministerio. — Santander restituido á todos sus honores
y derechos; igual reintegración hace el ejecutivo á los que su-
frieron por el 25 de setiembre. — Célebres discusiones en el con-
sejo de Estado. — Propónese la nulidad del convenio de Apulo.
— Se consultan al vicepresidente otras medidas violentas. — Ñolas
adopta ; sus motivos. — Caicedo está discorde con su ministro
Obando. — Regresa á los Llanos la división Casanare. — Elecciones
para la convención. — Alzamiento del coronel Alzuru en el Istmo.
— Le reemplaza el ejecutivo con el coronel Herrera. — Este no es
admitido en Chágres. — Sitúase en Portobelo y pide auxilios á
Cartagena. — Pormenores sobre la rebelión de Alzuru en Panamá.
— Motín del batallón Tiradores en Santamaría. — Se reprime ex-
pulsándose á los revoltosos. — Situación de Herrera en Portobelo.
— Recibe comisionados de Panamá.— Rómpelas negociaciones y se
le unen los comisionados. — Apodérase de Chágres.— Tropelías y
preparativos de Alzuru en Panamá. — Avanza el coronel Herrera á
las cercanías de esta ciudad. — Expedición que el general Fábrega
reúne en Veráguas; marcha contra Alzuru. — Herrera ataca á este
y le derrota. — Arriban el mismo dia las tropas de Fábrega. —
Prisión de Alzuru y de otros cabecillas. — Cuatro son fusilados. —
Arribo de Luque á Chágres con fuerzas auxiliares. — Trasládase
á Panamá ; asegura la tranom^djtj^^union del Istmo. — Son
expelidos del centro los jefes- y oficialesVífi¿£zolanos. — Luque y
las tropas vuelven á Cartagena. — Comisión ac^t^^nel Montoya á
las provincias del Magdalena. — Estas se gobiernan civrl
mente con independencia unas de otras. — Carácter general de los
diputados para la convención granadina ; faltan los de algunas
provincias. — Nueva misión diplomática que envia Flórez á Rogotá.
— La opinión del centro está decidida contra las usurpaciones de
su territorio. — Disturbios en Rogotá. — Juicio y condenación del
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ÍNDICE DBL TOMO CUARTO.
P
coronel Castelli. — Exigencias vengativas del partido exaltado. —
Movimientos que causa un juicio de imprenta. — Censura de algunos
hechos. — En Popayan despiden las tropas del Ecuador. — Provin-
cias que no eligieron diputados. — Ministros reemplazados. — Ins-
tálase la convención granadina. — Mensaje del poder ejecutivo :
puntos que contiene. — Renuncia del vicepresidente , que no es
admitida. — Negocios que discute la convención. — Animosidad
contra la memoria de Bolívar. — Exposiciones que presentan los
ministros de Estado. — Juicio acerca de ellas. — Lópes marcha
hácia Popayan á promover la unión. — Primer decreto de la conven-
ción acerca de la reincorporación del Cáuca. — Alzamiento del
batallón Várgas en Quito : su castigo cruel. — Discusiones sobre
el nombre de Colombia. — El centro adopta el de Nueva Granada.
— Limites que asigna á la República. — Bases para su organiza-
ción.— Análisis y juicio sobre el proyecto de constitución granadina.
— El vicepresidente Caicedo es reemplazado por el general Obando.
— Decreto reservado de expulsión contra muchos. — Cúmplese res-
pecto de los militares y civiles. — Decrétase un gobierno provisional
para la Nueva Granada. — Es reconocido por los ministros extran-
jeros. — Estado de la cuestión del Cáuca. — Proyectos políticos de
sus habitantes y de los del Istmo. — Casanare se reincorpora á la
Nueva Granada. — Gaceta del gobierno granadino. — Decreto sobre
el crédito público. — Triste situación rentística. — Pronunciamiento
de la guarnición de Popayan. — Proclama de Flórez contra el go-
bierno de la Nueva Granada. — La convención fija bases para reco-
nocer al Ecuador. — Popayan y el Chocó se reúnen á la Nueva Gra-
nada. — Se acuerda la constitución granadina ; su análisis. —
Santander y Márquez nombrados presidente y vicepresidente. —
Este se encarga del poder ejecutivo. — Envía una comisión de paz
al Ecuador.— Bases que fija la convención granadina para la unión
colombiana. — La convención termina Sus sesiones con un decreto
de olvido. — Acuerdo del congreso de Venezuela para reorganizar
á Colombia. — No produce buen resultado la comisión al Ecuador.
— Se rompen las hostilidades. — La Nueva Granada recupera á
Pasto. — Terminase la guerra por un tratado. — La Nueva Granada
reintegra su territorio. — Ocurren nuevas dificultades para reorga-
nizar á Colombia. — Se abandona la idea de una confederación. —
Se trata de dividir la deuda ylo^Jntereses comunes al Ecuador ,
Nueva Granada y Yenezue^^^^rauRlBboncluido en Bogotá que
pone las bases. — No^^rcurre el Ecuador, desorganizado por la
l^^^jU^^Ü^obierno de Venezuela aprueba y ratifica el
WrtaT^obre la división de los intereses colombianos comunes. —
Oposición decidida del congreso granadino. — Se rechaza el tratado ;
mas considerado de nuevo se aprueba. — Lo mismo hace el Ecua-
dor. — Reúnese en Bogotá la comisión colombiana de ministros.
— Protocolo que acuerda sobre las deudas activas de Colombia. —
634 HISTORIA DE COLOMBIA. — ÍNDICB DBL TOMO CUARTO.
P&gina.
División de las pasivas. — Suma que corresponde á cada república,
de capital é intereses. — Cantidades que habian amortizado. —
Conclusión de la Ilisloria. t , , « , ! . , . . . . . 623
Apéndice. — Notas ilustrativas de la Historia de Colombia . , . , 616
FIN DEL TOMO CUARTO.
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